Después del «te amo»

«¿Estoy enamorado? —Sí, porque espero».

— Roland Barthes

Queridos(as) lectores(as):

Hay libros que uno lee para comprender un tema y otros que parecen comprendernos mientras los leemos. Fragmentos de un discurso amoroso (1977), de Roland Barthes, pertenece a los segundos. Ahí estamos esperando una llamada, interpretando un silencio, reconstruyendo una conversación, preguntándonos por qué respondió de aquella manera y no de otra. Hoy podríamos agregar el mensaje visto y no contestado, la hora de la última conexión o esa miserable notificación que consigue convertir cinco minutos en una investigación digna de Scotland Yard. Cambian los dispositivos; el enamorado conserva buena parte de sus tragedias.

Barthes tuvo la inteligencia de no escribir un tratado que explicara el amor desde fuera. Su libro pone en escena la voz de quien ama: sus esperas, celos, ausencias, fantasías, angustias y declaraciones. Él mismo explica que busca «[…] dar a leer un lugar de palabra», el de alguien que habla amorosamente frente a un objeto amado que no habla (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). Y precisamente ahí se encuentra tanto la extraordinaria fuerza del libro como el punto desde el cual quisiera discutir con él. Barthes escucha maravillosamente al enamorado; pero escuchar al enamorado todavía no significa haber agotado el amor. Porque entre todo aquello que siento por alguien y el encuentro con esa persona existe una distancia que a veces preferimos no mirar.

El enamorado y su pequeño teatro

Una de las grandes intuiciones de Barthes consiste en mostrar que el enamorado no deja de producir significados. Un retraso rara vez es solamente un retraso; una palabra puede convertirse en promesa y un silencio en anuncio de catástrofe. «La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme» (Ibídem), escribe al describir ese extraño estado en el que la llegada del otro parece suspender nuestra propia vida. Quien ha esperado una llamada, una respuesta o el regreso de alguien sabe que Barthes no exagera demasiado: hacemos cosas mientras esperamos, por supuesto, pero una parte de nosotros permanece sentada junto a un teléfono imaginario.

El problema aparece cuando advertimos que todo ese discurso, aunque aparentemente esté dedicado al otro, sigue ocurriendo dentro de nosotros. Interpreto su silencio, imagino sus intenciones, anticipo sus respuestas, atribuyo significados a sus gestos. Puedo pasar horas pensando en alguien y, paradójicamente, estar relacionándome muy poco con quien realmente es. Barthes llega a formularlo de manera brutal: «El ser que espero no es real» (Ibídem). No significa que la persona sea imaginaria, sino que la figura que espero ha sido construida también por mi deseo. El otro llega a un lugar que, en cierta medida, ya habíamos preparado para él.

Sigmund Freud permite profundizar esa sospecha. Al pensar la idealización amorosa observa que «[…] se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal» (Introducción del narcisismo, 1914). No quiere decir que todo amor sea un ejercicio narcisista ni que sólo busquemos espejos. Significa que nunca llegamos vacíos a una relación. Llevamos deseos, carencias, recuerdos, fantasías y antiguas maneras de entender qué significa ser queridos. A veces admiramos en alguien precisamente aquello que sentimos que nos falta; otras, reconocemos una forma de cariño que conocemos desde hace mucho o buscamos desesperadamente la que nunca tuvimos. Nos enamoramos de una persona, sí, pero también de lo que esa persona comienza a representar en nuestra historia.

El inconveniente de que el otro exista

Y entonces sucede algo «terrible»: la persona amada empieza a ser ella misma. Tiene opiniones que no habíamos previsto, necesidades que no coinciden con las nuestras, momentos en los que prefiere estar sola, heridas que nuestro amor no cura mágicamente y deseos cuya finalidad no consiste en hacernos felices. La fantasía comienza a encontrar resistencia. Barthes conoce perfectamente este momento. «Temo y repruebo al ser amado, desde el momento en que ya no ‘pega’ con su imagen» (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). La frase me parece fundamental porque señala una de las experiencias más difíciles de cualquier relación: descubrir que el otro no ha venido al mundo para interpretar el personaje que escribimos para él. Podemos sentir entonces que cambió, que nos engañó o que el amor se está terminando, cuando en algunas ocasiones simplemente estamos conociendo dimensiones suyas que nuestra idealización había dejado fuera.

Aquí conviene hacer justicia a Barthes antes de criticarlo. Fragmentos de un discurso amoroso no pretende ofrecer una teoría completa de la pareja ni enseñarnos cómo amar. Su objeto es deliberadamente el discurso del sujeto amoroso. Por eso sería bastante pobre acusarlo de no haber escrito el libro que nosotros hubiéramos querido. Mi discusión comienza en otro sitio: en lo que sucede cuando tomamos la experiencia del enamorado como si bastara para definir el amor. Entonces el amor corre el riesgo de quedar reducido a una sucesión fascinante de estados interiores: yo deseo, yo espero, yo interpreto, yo temo, yo sufro. El otro ocupa el centro de mi pensamiento y, sin embargo, puede continuar siendo un desconocido.

La paradoja es maravillosa y un poco cruel: podemos estar obsesionados con alguien sin haber aprendido todavía a encontrarnos con él. Podemos conocer sus horarios y desconocer sus miedos; recordar cada palabra que nos dijo y no haber escuchado lo que intentaba decirnos; desearlo intensamente y seguir relacionándonos con la versión de esa persona que mejor encaja en nuestra historia.

Sentir amor no es todavía saber amar

Aquí es donde Erich Fromm ofrece un contrapunto útil. «El amor es una actividad, no un afecto pasivo» (El arte de amar, 1956). La afirmación parece sencilla, pero cambia radicalmente el problema. Si el amor es únicamente algo que me ocurre, su intensidad podría bastar como prueba. Si amar también implica una actividad, entonces tendremos que preguntarnos qué hacemos con aquello que sentimos. Podemos estar profundamente enamorados y escuchar pésimamente. Podemos sentir celos terribles y llamarlos amor; desear a alguien y no respetar sus límites; escribir cartas magníficas y desaparecer cuando esa persona necesita nuestra presencia. Incluso podemos decir «te amo» con absoluta sinceridad mientras seguimos exigiendo que el otro se convierta en aquello que necesitamos. La intensidad de una emoción demuestra que la emoción es intensa; no demuestra, por sí misma, nuestra capacidad para construir una relación.

Esto tampoco significa reducir el amor a responsabilidad, comunicación eficiente y acuerdos razonables, como si la pareja ideal fuera una pequeña sociedad administrativa con excelente manejo de conflictos. Sería una manera bastante triste de corregir a Barthes. Hay algo del enamoramiento que merece ser preservado: esa desproporción por la que una persona entre millones adquiere para nosotros una importancia que ninguna hoja de cálculo podría justificar. El deseo, la fascinación, la ternura, incluso cierta locura, forman parte de la experiencia. Fromm mismo no convierte el amor en mera disciplina: cuando afirma que amar es dar, habla de una capacidad humana ejercida libremente, no de sacrificarse hasta desaparecer.

La diferencia que quisiera introducir es otra: enamorarse puede sucedernos; amar también compromete lo que hacemos después. El encuentro puede ser accidental. La fascinación puede sorprendernos. Nadie decide un martes a las cuatro de la tarde enamorarse profundamente a partir del jueves. Pero cuando ese acontecimiento comienza a convertirse en relación aparecen cuestiones que la intensidad no puede resolver por nosotros: escuchar, negociar, reparar, poner límites, aceptar límites, aprender a pedir, descubrir cuándo acompañar y cuándo dejar espacio. Sobre todo, aparece la tarea más difícil: permitir que dos personas continúen siendo dos.

El amor quizá comienza de verdad cuando dejamos de conversar con la imagen que construimos del otro y nos atrevemos a encontrarnos con la persona que estaba detrás de ella.

El amor después del discurso

Tal vez aquí podamos regresar a Barthes sin necesidad de abandonarlo. Su libro nos entrega un retrato extraordinario de esa criatura vulnerable, ridícula, lúcida, angustiada y conmovedora que somos cuando nos enamoramos. Sería absurdo despreciarla. Todos hemos convertido alguna vez veinte minutos de silencio en una teoría general del abandono. Todos hemos esperado una señal y, cuando finalmente llegó, fingimos durante unos minutos que tampoco estábamos tan pendientes. El enamorado barthesiano no es un idiota que debamos superar; es una dimensión de nosotros que conviene escuchar.

Pero quizá el amor no pueda quedarse ahí. Llega un momento en que el otro debe dejar de ser únicamente protagonista de nuestro discurso y obtener derecho a réplica. Tiene que poder decirnos quién es en lugar de limitarse a confirmar quién imaginamos que era. Tiene que poder sorprendernos, decepcionarnos, contradecirnos y decirnos que no. Y nosotros debemos conservar exactamente el mismo derecho. Ahí la fantasía amorosa encuentra su límite, pero quizá también su posibilidad de madurar.

Curiosamente, el propio Barthes se aproxima a ese punto cuando escribe sobre la dificultad de aceptar la alteridad del amado y termina imaginando una suspensión del juicio sobre sus cualidades: «Amo al otro no según sus cualidades […] sino según su existencia» (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). Tal vez aquí nuestra crítica tenga que volverse también crítica de sí misma. Barthes no desconoce al otro; sabe perfectamente que existe y que su existencia hiere la fantasía. Lo que podemos añadir es que reconocer esa alteridad no tiene por qué ser únicamente otra figura del discurso amoroso. Puede convertirse en una práctica: conocer a alguien sin reducirlo a lo que nos proporciona, aceptar su diferencia sin volverla indiferencia y decidir, desde ahí, si podemos construir algo juntos.

Reflexión final

Tal vez el problema nunca haya sido decir «te amo». El problema comienza cuando suponemos que esas palabras resuelven aquello que apenas están inaugurando. Podemos amar lo que alguien despierta en nosotros, la imagen que construimos de esa persona y aquello que representa para nuestra historia. Podemos esperar, desear, temer perderla y sentir que su ausencia reorganiza el mundo entero. Todo eso pertenece legítimamente a la experiencia amorosa y Barthes hizo algo extraordinario al darle un lenguaje.

Pero llega un momento en que el otro debe dejar de ser únicamente protagonista de nuestro discurso. Tiene que poder hablarnos, contradecirnos, decepcionarnos, sorprendernos y seguir siendo alguien digno de ser escuchado aun cuando deje de coincidir con aquello que necesitábamos que fuera. Quizá entonces descubramos que el amor no se vuelve más pequeño cuando abandona la fantasía; se vuelve más difícil, porque ya no amamos únicamente aquello que imaginamos, pero también puede volverse mucho más profundo. Barthes nos enseñó a escuchar al enamorado. Amar quizá comience cuando también aprendemos a escuchar a la persona amada.


¿Y ustedes? ¿Alguna vez descubrieron que una parte de aquello que amaban pertenecía más a la persona que habían imaginado que a quien tenían enfrente? Los(as) leo. Si esta reflexión les dejó algo dando vueltas, compártanla con alguien con quien todavía valga la pena seguir conversando sobre el amor.

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Curso: Filosofía para no filósofos

«Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!»

Immanuel Kant

Queridos(as) lectores(as):

Todos pensamos. O, al menos, eso nos gusta creer. Pensamos cuando elegimos pareja, cuando discutimos de política, cuando decidimos si perdonar a alguien, cuando repetimos una noticia, cuando juzgamos lo que hizo otro, cuando tratamos de explicar por qué algo nos duele o cuando, en alguna noche particularmente larga, nos preguntamos qué demonios estamos haciendo con nuestra vida. Tenemos opiniones sobre el amor, la justicia, Dios, la felicidad, la libertad, el éxito, la muerte y hasta sobre cómo deberían vivir los demás. Pensamiento, aparentemente, no nos falta. Pero existe una pregunta bastante más incómoda: ¿cuánto de eso que pensamos lo hemos pensado realmente nosotros?

Llevo buena parte de mi vida profesional rodeado de esa pregunta. Estudié Filosofía en la Universidad Panamericana y posteriormente me formé también en Psicoanálisis; he trabajado en investigación académica, escritura y divulgación cultural, fui articulista y corrector, colaboré durante años con ISTMO, creé y conduje el programa de radio In.Cultura y he dedicado una parte importante de mi vida laboral a la docencia de Humanidades, Filosofía, Ética, Lógica, Historia del Pensamiento, Análisis de Problemas y Toma de Decisiones. Hoy continúo dando clases en la Universidad Nacional Autónoma de México. Son espacios distintos —el aula, el micrófono, la página escrita—, pero en todos he terminado encontrándome con el mismo problema: tenemos acceso a cantidades extraordinarias de información y eso no significa necesariamente que hayamos aprendido a pensar mejor.

Pensar no es tener una opinión

Quizá nunca habíamos tenido tantas oportunidades de decir públicamente lo que pensamos. Basta abrir cualquier red social para comprobarlo. Opinamos sobre una guerra que comenzamos a estudiar hace siete minutos, diagnosticamos psicológicamente a desconocidos, compartimos una frase atribuida a Nietzsche que Nietzsche jamás escribió y, después de ver un video de cuarenta segundos, estamos perfectamente preparados para resolver un problema que lleva dos mil quinientos años preocupando a filósofos, científicos, juristas y teólogos. No nos faltan opiniones; quizá nos está faltando algo anterior a ellas: criterio.

Por eso me preocupa cierta idea contemporánea según la cual pensar críticamente consiste simplemente en desconfiar de todo. No. El pensamiento crítico tampoco significa llevarle la contraria a todo mundo, sentirse intelectualmente superior ni sustituir una doctrina por otra que nos resulte más simpática. Implica algo bastante más exigente: aprender a preguntar qué sabemos, cómo lo sabemos, qué razones sostienen una afirmación, qué podría demostrar que estamos equivocados y cuánto de aquello que defendemos procede de una reflexión propia y cuánto hemos heredado sin advertirlo. Kant formuló el problema de manera particularmente incómoda al definir la minoría de edad como la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro (cfr. Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, 1784).

Ahí encuentro una de las tareas más urgentes de una cultura crítica. No consiste en producir personas que piensen como nosotros, sino precisamente en lo contrario: formar personas capaces de pensar incluso cuando sus conclusiones no coincidan con las nuestras. Enseñar Filosofía no debería significar entregar un nuevo catálogo de respuestas correctas. Debería proporcionar herramientas para examinar respuestas, incluidas las propias.

Hay que rescatar a la Filosofía de la filosofía

Durante años dando clases he visto repetirse dos caricaturas. En una, la Filosofía es una disciplina inaccesible poblada por señores muertos que escribieron libros incomprensibles y cuyos nombres tenemos que memorizar para aprobar un examen. En la otra, mucho más reciente, el filósofo termina convertido en una especie de proveedor de frases bonitas: Marco Aurelio aparece para ayudarnos a ser productivos, Nietzsche para decirnos que debemos creer en nosotros mismos y algún pobre estoico es obligado a protagonizar un reel con música épica y cinco consejos para convertirnos en nuestra «mejor versión». Las dos caricaturas me parecen igualmente pobres.

La Filosofía no es un museo de cadáveres ilustres, pero tampoco es autoayuda con palabras griegas. No nació para proporcionarnos frases que podamos poner sobre la fotografía de un atardecer. Nació de algo mucho más elemental y mucho más peligroso: la admiración y la pregunta. Aristóteles comienza su Metafísica afirmando que «todos los hombres desean por naturaleza saber» (Metafísica, Libro I, ca. siglo IV a. C.). Ese deseo no exige pertenecer a una facultad de Filosofía. Aparece cuando alguien pregunta por qué existe algo en vez de nada, qué hace buena una vida, qué podemos conocer con certeza, qué le debemos a los demás o qué significa verdaderamente ser libres.

Por eso creo que necesitamos rescatar la filosofía incluso de la idea simplona que hemos construido de ella. Filosofar no es saber muchas cosas sobre filósofos. Podemos memorizar perfectamente las categorías de Kant y seguir siendo incapaces de examinar nuestros propios prejuicios. Podemos recitar a Nietzsche y vivir obedeciendo valores que nunca hemos cuestionado. Podemos conocer las Meditaciones de Descartes y compartir cualquier tontería que aparezca en WhatsApp porque confirma lo que ya queríamos creer. Conocer la Historia de la Filosofía es extraordinariamente valioso; pero la filosofía comienza a cobrar vida cuando aquello que estudiamos nos obliga a volver la mirada sobre nuestra propia manera de pensar.

Los muertos tienen la mala costumbre de seguir haciendo preguntas

Ahí aparece Aristóteles preguntándonos qué significa vivir bien y qué relación tienen nuestros hábitos con la persona en la que nos convertimos. San Agustín nos obliga a entrar en ese territorio incómodo de la interioridad, el deseo, el tiempo y la búsqueda de sentido. Descartes pone sobre la mesa una pregunta que hoy, entre desinformación, algoritmos y certezas instantáneas, resulta tremendamente contemporánea: ¿cómo sé que aquello que creo verdadero realmente lo es?

Después llega Kant para preguntarnos qué significa actuar libre y responsablemente; Rousseau para complicarnos la relación entre individuo y sociedad; Kierkegaard para recordarnos que elegir también produce angustia; Nietzsche para sospechar de nuestros valores y preguntarnos de dónde vienen; Camus para enfrentarnos con un mundo que no siempre ofrece las respuestas que quisiéramos encontrar, y Foucault para interrogarnos acerca de los discursos, las instituciones y las relaciones de poder que participan en la construcción de aquello que consideramos normal. Ninguno de ellos puede decirnos qué hacer el próximo martes a las cuatro de la tarde. Y qué bueno. La Filosofía no debería vivir nuestra vida por nosotros. Puede hacer algo bastante más respetuoso: proporcionarnos conceptos, distinciones y preguntas para que podamos comprender mejor aquello que estamos viviendo y decidir qué queremos hacer con ello.

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Filosofía para la vida cotidiana

Esto también explica por qué siempre me ha interesado tender puentes entre la academia y la conversación cotidiana. He pasado por aulas, investigación, radio, revistas y divulgación, y nunca me ha convencido la idea de que el rigor intelectual deba venir acompañado necesariamente de solemnidad. Una idea puede explicarse de manera accesible sin volverla estúpida. Podemos hablar de Kant sin convertir la conversación en un seminario de posgrado y podemos reírnos mientras hablamos de Nietzsche sin reducirlo a un meme. Divulgar no significa rebajar el pensamiento: significa trabajar lo suficiente una idea como para poder compartirla sin esconderla detrás de la jerga.

Tal vez por eso Crónicas del Diván ha terminado siendo también un espacio para ese ejercicio. Aquí hemos cruzado Filosofía, Psicoanálisis, Historia, Literatura, Arte y Cultura popular porque la experiencia humana nunca ha respetado demasiado bien las fronteras de los departamentos universitarios. Me interesa una cultura que no sirva como ornamento para parecer interesante durante una cena, sino como una caja de herramientas para mirar con mayor profundidad aquello que nos sucede. Porque una cultura crítica tampoco debería decirnos qué tenemos que pensar. Su función, creo, es mucho más hermosa y más incómoda: ayudarnos a reconocer cuándo estamos pensando y cuándo simplemente estamos repitiendo. Enseñarnos a tolerar una pregunta durante el tiempo suficiente para no aceptar la primera respuesta disponible. Hacernos capaces de decir «no lo sé» sin experimentar esa frase como una derrota. Y, quizá lo más difícil de todo, enseñarnos a cambiar de opinión cuando encontramos mejores razones.

Filosofía para no filósofos

De todas estas inquietudes nació Filosofía para no filósofos. No quiero formar filósofos profesionales en diez sesiones. Sería bastante sospechoso que después de estudiar Filosofía durante años hubiera descubierto de pronto cómo resolver el asunto en quince horas por Zoom. Tampoco quiero enseñar una colección de nombres, fechas y doctrinas para que al final podamos presumir que «ya vimos a Kant». Quiero hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: sentarnos a pensar juntos.

Durante diez encuentros recorreremos algunas de las grandes preguntas de Aristóteles, San Agustín, Descartes, Kant, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche, Camus y Foucault para llevarlas después a nuestros problemas cotidianos: nuestros hábitos, nuestras decisiones, la angustia, el amor, la libertad, las relaciones con los demás, la información que consumimos, las ideas que repetimos, el poder, el sentido que buscamos y aquello que hacemos cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos de ella.

No hacen falta conocimientos previos. De hecho, el nombre del curso es deliberado: Filosofía para no filósofos. Quiero conversar especialmente con quien alguna vez pensó que la Filosofía «no era para él, no era para ella», con quien tuvo un profesor que consiguió convertirla en una lista de autores muertos, con quien siente curiosidad pero no sabe por dónde comenzar y también con quien simplemente sospecha que podría estar viviendo rodeado de preguntas bastante más interesantes que las respuestas rápidas que nos ofrecen todos los días.

Comenzaremos el miércoles 7 de octubre a las 19:00 horas, tiempo de la Ciudad de México. Serán 10 sesiones de una hora y media por Zoom, con material de apoyo, por un pago único de $600 MXN. Las inscripciones estarán abiertas hasta el lunes 5 de octubre. Y si al terminar esas diez conversaciones alguien sale con menos certezas de las que tenía cuando entró, pero con mejores herramientas para examinarlas, no consideraré que el curso haya fracasado. Al contrario. Porque después de tantos años entre libros, aulas, micrófonos y conversaciones, cada vez estoy menos convencido de que una buena educación consista en llenar a alguien de respuestas. Quizá consista en algo mucho más difícil: enseñarnos a no entregar nuestra inteligencia al primero que nos ofrezca una certeza cómoda.

Pensar mejor. Preguntar mejor.

Y sí, también dejar de repetir como pericos lo que alguien más dijo…

Héctor Chávez Pérez
Crónicas del Diván

Para información e inscripciones a Filosofía para no filósofos, pueden escribirme directamente. Nos vemos el 7 de octubre. Y no se preocupen: nadie tendrá que fingir que entendió a Kant a la primera… ni siquiera yo.

Amar después del hechizo

«Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección».

— Antoine de Saint-Exupéry

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo profundamente seductor en las historias de amor que nos contaron cuando éramos pequeños. No necesariamente porque creyéramos que algún día conoceríamos a una princesa, un príncipe o un hada madrina, sino porque aquellas historias ofrecían una tranquilidad difícil de encontrar en la vida adulta: los personajes eran reconocibles, sus intenciones terminaban por revelarse y, después de superar las dificultades, el amor encontraba su lugar definitivo. Bastaba con que llegara la persona indicada para que todo comenzara a tener sentido.

Con el tiempo descubrimos que las relaciones no funcionan exactamente así. Quien nos enamora también puede decepcionarnos; alguien que nos ha hecho daño puede tener cualidades extraordinarias; nosotros mismos podemos ser amorosos en ciertos momentos y profundamente torpes en otros. Sin embargo, una parte de nosotros continúa esperando que el amor verdadero se parezca a una historia en la que los buenos siempre actúan bien, los malos nunca dejan de serlo y la persona amada sabe, casi por arte de magia, qué necesitamos. Quizá dejar de idealizar una relación no consista en renunciar a la belleza de las historias de amor, sino en comprender que una persona real no fue escrita para interpretar el papel que imaginamos para ella.

El personaje que inventamos

Cuando comenzamos a enamorarnos, no conocemos de inmediato a la otra persona. Conocemos sus gestos, algunas historias, ciertas maneras de mirarnos y aquello que decide compartir con nosotros. Lo demás lo vamos descubriendo, pero también lo imaginamos. Una conversación puede hacernos pensar que por fin encontramos a alguien que nos comprende; una muestra de ternura puede convertirse en la promesa de que nunca nos lastimará; una coincidencia puede parecernos la prueba de que estábamos destinados a encontrarnos. No hay nada extraño en ello. El enamoramiento también está hecho de expectativas, fantasías y deseos. El problema aparece cuando dejamos de reconocerlos como nuestros y comenzamos a exigir que la otra persona responda a ellos como si hubiera firmado un contrato que nunca leyó.

En Introducción del narcisismo (1914), Freud escribió: «Se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal». La observación nos permite pensar que, en ocasiones, aquello que nos deslumbra de alguien no es únicamente lo que esa persona es, sino lo que representa para nosotros: la seguridad que anhelamos, la confianza que quisiéramos tener, la vida que imaginamos compartir o incluso una versión de nosotros mismos que deseamos alcanzar. Así, sin advertirlo, podemos comenzar a enamorarnos de una promesa que nadie nos hizo. Y cuando la persona real aparece con sus dudas, sus límites y sus contradicciones, sentimos que ha cambiado, que nos ha engañado o que el amor se está terminando. A veces, por supuesto, alguien puede ocultarnos deliberadamente aspectos importantes de su vida. Pero otras veces lo que se rompe no es una mentira del otro, sino la certeza con la que habíamos confundido nuestras propias expectativas.

Nadie es solamente el villano

En una película, un personaje puede existir para cumplir una función muy precisa: ser el héroe que salva, el villano que destruye o la persona destinada a despertar el amor del protagonista. Su historia se organiza alrededor de aquello que necesita la narración. En la vida real, en cambio, nadie cabe por completo en un solo papel. Una persona puede ser un amigo extraordinario y una pareja con la que resulta muy difícil convivir. Puede cuidar amorosamente de su familia y mostrarse incapaz de escuchar a quien tiene enfrente. Puede ser generosa, inteligente, divertida y, al mismo tiempo, actuar con una crueldad que no debemos minimizar. Sus cualidades no borran sus errores; sus errores tampoco nos permiten conocer, de una vez y para siempre, la totalidad de lo que es.

Esto se vuelve especialmente difícil cuando una relación termina. A veces necesitamos convertir al otro en el villano de nuestra historia para sentir que nuestra decisión de alejarnos está justificada. Recordamos entonces sus peores momentos y desconfiamos de cualquier recuerdo agradable, como si reconocer que también hubo ternura invalidara el dolor que vivimos. O hacemos exactamente lo contrario: conservamos sus mejores gestos y los utilizamos para disculpar aquello que nos lastimó.

Pero no tenemos que elegir entre esas dos versiones. Podemos reconocer que alguien nos hizo felices y que también nos hizo daño. Podemos agradecer lo vivido sin desear repetirlo. Podemos comprender sus dificultades sin convertirnos en responsables de resolverlas. Que una persona tenga aspectos maravillosos no significa que sea una buena pareja para nosotros. Y que una relación no haya podido continuar tampoco significa que todo lo que vivimos en ella fuera falso.

El día en que termina la película

Hay un momento particularmente importante en muchas relaciones: aquel en el que dejamos de sorprendernos únicamente por lo que admiramos y comenzamos a encontrarnos con aquello que nos incomoda. Descubrimos que el otro necesita estar a solas cuando nosotros queremos compañía, que no expresa el cariño como esperábamos o que tiene temores que no desaparecen por mucho que lo amemos. Entonces podemos interpretar la diferencia como una falla. Si de verdad me quisiera, pensaría como yo; si fuéramos el uno para el otro, no tendríamos que explicar tantas cosas; si este fuera el amor que esperaba, no debería resultar tan complicado. Son ideas comprensibles, pero pueden convertir cualquier desacuerdo en una amenaza para la relación.

Erich Fromm formuló una pregunta que sigue siendo incómoda: «¿Es el amor un arte?» (El arte de amar, 1956). Su planteamiento nos invita a considerar que amar no depende exclusivamente de encontrar a la persona adecuada, sino también de nuestra disposición a conocer, cuidar y relacionarnos con alguien cuya existencia no gira alrededor de nosotros. Eso no significa que el amor deba ser una lucha permanente ni que tengamos que soportar cualquier dificultad para demostrar que sabemos amar. Significa que dos personas pueden quererse sinceramente y necesitar aprender a comunicarse, negociar sus diferencias y reconocer aquello que cada una puede —o no puede— ofrecer. En los cuentos, el final feliz suele llegar cuando los protagonistas por fin están juntos. En la vida, estar juntos es apenas el comienzo de una historia para la que ninguno recibió un guion.

El hechizo no termina cuando descubrimos que el otro es imperfecto; termina cuando dejamos de amar al personaje y comenzamos a encontrarnos con la persona.

Amar no es justificarlo todo

Aquí conviene detenernos en una confusión que puede resultar dolorosa: aceptar que somos contradictorios no significa que cualquier comportamiento deba ser aceptado en nombre de nuestra humanidad. Es cierto que todos podemos equivocarnos, reaccionar mal, decir algo hiriente o atravesar momentos en los que no sabemos cómo acompañar a quien amamos. Pero también somos responsables de lo que hacemos con esas dificultades. Una cosa es reconocer que alguien tiene una historia que ayuda a comprender sus actos; otra muy distinta es utilizar esa historia para disculpar indefinidamente el daño que causa.

A veces nos enamoramos tanto de las posibilidades de una persona que dejamos de prestar atención a la relación que efectivamente tenemos con ella. Vemos su ternura y pensamos que, cuando resuelva sus problemas, dejará de lastimarnos. Reconocemos su inteligencia y confiamos en que algún día comprenderá lo que necesitamos. Nos aferramos a sus mejores momentos como si fueran una garantía de lo que vendrá. Pero amar a alguien no nos obliga a apostar nuestra vida a la posibilidad de que algún día se convierta en quien necesitamos que sea. Podemos acompañar procesos de cambio cuando existe voluntad compartida, responsabilidad y condiciones para hacerlo. También podemos reconocer que, por mucho cariño que exista, hay relaciones que no podemos o no queremos continuar.

Dejar de idealizar implica mirar a la persona completa, no solamente sus virtudes ni únicamente sus heridas. Y mirarla completa también supone preguntarnos cómo nos sentimos a su lado, qué lugar tienen nuestros deseos y qué sucede cuando expresamos aquello que nos duele.

Después del hechizo

Tal vez por eso resulta tan difícil el momento en que una persona deja de parecernos extraordinaria en todos los sentidos. Sentimos que algo se ha perdido. Ya no anticipa cada una de nuestras necesidades, no siempre encuentra las palabras correctas y tiene días en los que apenas puede ocuparse de sí misma. Su humanidad comienza a hacerse visible allí donde antes habíamos colocado una promesa. Pero ese descubrimiento no tiene por qué ser el final del amor. Puede ser el comienzo de una relación menos dependiente de la fantasía y más interesada en el encuentro. Ahora podemos preguntarle al otro qué desea en lugar de darlo por supuesto; podemos decir lo que necesitamos sin esperar que lo adivine; podemos reconocer nuestras diferencias sin convertirlas inmediatamente en pruebas de desamor.

Y también podemos descubrir que, una vez desaparecida la idealización, no deseamos continuar. Esa posibilidad forma parte del mismo ejercicio de honestidad. Conocer mejor a alguien no nos obliga a elegirlo, así como quererlo no garantiza que podamos construir juntos la vida que deseamos. El amor no se vuelve menos valioso cuando dejamos de exigirle perfección. Quizá, por primera vez, podemos distinguir entre la historia que habíamos imaginado y la que dos personas reales están dispuestas a escribir.

Reflexión final

No necesitamos renunciar al romanticismo, a los detalles inesperados ni a la ilusión de compartir una vida con alguien. Podemos seguir deseando una historia hermosa. Lo que quizá necesitamos abandonar es la idea de que una historia solo puede ser hermosa si sus protagonistas nunca se contradicen, nunca se decepcionan y siempre saben exactamente cómo amarse. Después del hechizo aparece alguien que no es enteramente héroe ni villano, que tiene virtudes que admiramos y dificultades que quizá no podamos acompañar. También aparecemos nosotros, con nuestras expectativas, nuestros temores y nuestra propia capacidad de amar y lastimar.

Y entonces llega una pregunta mucho más importante que aquella con la que suelen terminar los cuentos: ahora que comenzamos a conocernos sin personajes de por medio, ¿queremos y podemos construir una historia juntos? Quizá el amor no necesite que encontremos a alguien que jamás nos decepcione. Quizá necesite que dejemos de confundir a una persona con el personaje que habíamos imaginado para ella.


¿Alguna vez descubriste que estabas enamorado(a) de una idea de alguien más que de la persona que tenías enfrente? Me gustaría leerte en los comentarios o escríbeme directamente en Contacto. Puedes seguirme en Instagram: @hchp1. Si esta reflexión te acompañó, compártela con alguien con quien te gustaría conversar sobre el amor más allá de los cuentos.

La solución Ultrón

«Poca importancia tiene para ella la cuestión de si los objetivos como tales son razonables o no»

— Max Horkheimer

Queridos(as) lectores(as):

En Avengers: Age of Ultron (2015), Tony Stark y Bruce Banner intentan crear una inteligencia artificial que proteja a la Tierra de amenazas que quizá los Vengadores no puedan detener. El propósito parece difícil de cuestionar: evitar una catástrofe antes de que ocurra. Sin embargo, cuando Ultron examina la Historia humana, encuentra guerras, crueldad, destrucción y una especie que amenaza constantemente su propia supervivencia. Entonces llega a una conclusión aterradora: si debe garantizar la paz y los seres humanos son quienes la perturban, la humanidad se ha convertido en el obstáculo que necesita eliminar.

Ultron no renuncia a la misión que le encomendaron. La lleva hasta un extremo en el que su propósito original pierde todo sentido. Quiere salvar el mundo, pero su solución consiste en destruir a quienes debían habitarlo. Y aunque resulta sencillo reconocer la monstruosidad de su proyecto, hay algo inquietantemente familiar en su manera de razonar: todos hemos conocido, o incluso defendido, alguna solución que prometía arreglar un problema sin detenerse demasiado a considerar lo que destruiría en el camino.

Una razón que sabe cómo, pero olvida para qué

Max Horkheimer dedicó parte de su trabajo a examinar una forma de racionalidad que se ocupa principalmente de encontrar los medios adecuados para alcanzar un fin. Al describirla, escribió: «Ella tiene que habérselas esencialmente con medios y fines» (Crítica de la razón instrumental, 1947). El problema no consiste en que sepamos calcular, organizar o construir herramientas eficaces. Esas capacidades nos permiten curar enfermedades, mejorar nuestras condiciones de vida y enfrentar dificultades que antes parecían insuperables. La cuestión comienza cuando damos por sentado que un objetivo merece alcanzarse simplemente porque hemos encontrado la manera de conseguirlo.

Ultron es una representación extrema de esa dificultad. Su misión es producir paz; su procedimiento consiste en identificar y suprimir aquello que genera conflicto. Pero nunca vuelve sobre la pregunta fundamental: ¿qué significa la paz si para alcanzarla debemos eliminar a las personas que iban a disfrutarla? Una solución puede ser coherente con las premisas que hemos elegido y, aun así, revelar que esas premisas eran insuficientes. No basta con que un procedimiento funcione. También importa preguntarnos qué estamos llamando éxito.

Horkheimer y Theodor W. Adorno advirtieron que el conocimiento puede ponerse al servicio del dominio cuando todo comienza a valorarse por su utilidad. Su crítica no era una invitación a abandonar la razón, sino a impedir que esta se redujera a una herramienta incapaz de examinar sus propios propósitos. La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo nuestra manera de mirar el mundo: una cosa es preguntarnos cómo conseguir lo que deseamos y otra, igualmente necesaria, preguntarnos por qué lo deseamos y qué estamos dispuestos a sacrificar para obtenerlo.

Cuando las personas se convierten en el problema

Imaginemos una ciudad cuyo gobierno decide que el tránsito debe ser cada vez más rápido. Para lograrlo, amplía avenidas, elimina cruces peatonales y reduce los espacios donde la gente puede detenerse. Los automóviles circulan con mayor eficiencia, pero caminar se vuelve peligroso y los habitantes pierden lugares para encontrarse. El proyecto ha cumplido su objetivo medible. Lo que ha olvidado es que la ciudad existe para quienes viven en ella, no para que los vehículos alcancen una velocidad determinada. Algo semejante ocurre cuando una institución se preocupa tanto por sus indicadores que deja de escuchar a las personas a las que debía atender, o cuando una empresa organiza el trabajo con tal obsesión por la productividad que termina agotando a quienes lo realizan. Medir resultados puede ser necesario; confundir esos resultados con el sentido de nuestra actividad es otra cosa. El riesgo aparece cuando el ser humano deja de ser el destinatario de una solución y se convierte en una variable que estorba.

Ultron lleva esta confusión a su expresión más brutal. Observa la violencia humana y concluye que la humanidad entera debe desaparecer. Pero reconocer un problema real no significa haber comprendido todas sus causas ni estar autorizado a resolverlo de cualquier manera. La existencia de la guerra no borra la posibilidad de la cooperación; la crueldad no anula el cuidado; nuestros fracasos no hacen irrelevante nuestra capacidad de reconocerlos y actuar de otra forma. Ultron contempla una parte de nuestra Historia y la convierte en la totalidad de lo que somos.

La humanidad que Ultron no puede comprender

Sigmund Freud tampoco imaginaba al ser humano como una criatura naturalmente pacífica que sólo necesita buenas condiciones para vivir en armonía. El señaló que «[…] es lícito atribuir a su dotación pulsional una buena cuota de agresividad» (El malestar en la cultura, 1930). La agresividad, desde esta perspectiva, no es una anomalía que podamos atribuir exclusivamente a unas cuantas personas perversas. Forma parte de las dificultades con las que debemos lidiar para construir una vida compartida. Freud también escribió que «[…] el prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual» (Ibídem). Puede convertirse, asimismo, en destinatario de nuestra hostilidad. La convivencia exige, por tanto, algo más complejo que reunir a individuos y esperar que se comporten espontáneamente de manera bondadosa. Necesitamos límites, acuerdos e instituciones capaces de contener la violencia; pero también vínculos que hagan posible reconocer al otro como alguien cuya existencia no se reduce a satisfacer nuestros deseos.

Ultron reconoce la primera parte del problema: somos capaces de hacernos daño. Lo que no comprende es que nuestra respuesta a esa capacidad no tiene por qué ser la desaparición de la humanidad. Podemos intentar limitar la violencia sin eliminar a quienes podrían ejercerla; podemos revisar nuestras formas de convivencia sin exigir que desaparezca toda diferencia. Una paz construida sobre la imposibilidad de disentir, equivocarse o cambiar sería, cuando menos, una paz que habría perdido mucho de aquello que vuelve humana a la vida. Esto no significa celebrar el conflicto ni justificar el sufrimiento. Significa reconocer que una sociedad sin violencia no es lo mismo que una sociedad sin personas capaces de entrar en conflicto. Confundir ambas cosas es el error que convierte el deseo de protección en una fantasía de control absoluto.

Cuando una solución exige sacrificar aquello que pretendía proteger, quizá ha llegado el momento de preguntarnos si todavía recordamos para qué la buscábamos.

Nuestro pequeño Ultron cotidiano

La tentación de Ultron no se limita a la tecnología ni a los grandes proyectos sociales. También aparece en decisiones mucho más íntimas. Queremos evitar que nos lastimen y comenzamos a desconfiar de cualquier persona que se acerque. Queremos que una relación funcione y tratamos de corregir cada rasgo del otro que nos resulta incómodo. Queremos construir un futuro estable y organizamos nuestros días de tal manera que ya no queda tiempo para disfrutar el presente que intentábamos mejorar. En todos esos casos existe un deseo comprensible. Nadie necesita defender el sufrimiento para cuestionar una solución que termina produciendo uno distinto. Protegernos no tendría que significar volvernos incapaces de confiar; cuidar una relación no debería exigir que la otra persona deje de ser quien es; trabajar por un porvenir mejor no tendría que convertir nuestra vida actual en un sacrificio interminable.

El psicoanálisis permite introducir una pregunta allí donde solemos exigir respuestas inmediatas. Antes de buscar el procedimiento que elimine aquello que nos incomoda, podemos preguntarnos qué significa ese malestar para nosotros, por qué se repite y qué esperamos conseguir al hacerlo desaparecer. No se trata de permanecer inmóviles frente a lo que nos hace daño, sino de advertir que algunas soluciones pueden convertirse en nuevas formas de padecimiento cuando nunca interrogamos el deseo que las sostiene. A veces descubrimos que hemos dedicado tantos esfuerzos a impedir que algo vuelva a dolernos que también hemos cerrado la puerta a experiencias que deseábamos vivir. O que, intentando convertirnos en la persona que imaginábamos ser, comenzamos a despreciar a la persona que somos ahora. Nuestro pequeño Ultron aparece precisamente ahí: cuando la solución se vuelve más importante que la vida para la cual la buscábamos.

Reflexión final

Quizá lo más perturbador de Ultron no sea que una inteligencia artificial quiera destruir a la humanidad, sino que crea estar cumpliendo perfectamente su misión. Su error no comienza cuando decide atacar. Comienza antes, cuando deja de preguntarse a quién debe proteger y qué significado tiene aquello que llama paz. La razón nos ayuda a encontrar caminos, pero no debería dispensarnos de examinar hacia dónde conducen. Una solución no merece nuestra confianza únicamente porque sea eficaz. También debemos preguntarnos a quién beneficia, qué consecuencias produce y si conserva algo de aquello que nos llevó a buscarla.

Porque si para construir un mundo perfecto necesitamos eliminar todo aquello que vuelve imperfecta a la humanidad, ¿a quién exactamente estamos salvando? Y quizá, antes de preguntarnos cómo conseguir de una vez por todas lo que deseamos, convendría hacernos otra pregunta: ¿seguiremos reconociendo nuestra vida cuando finalmente lo hayamos conseguido?


¿Alguna vez encontraste una solución que, con el tiempo, terminó alejándote de aquello que querías cuidar? Me gustaría leerte en los comentarios. O puedes escribirme directamente en Contacto. Pero te invito a que me sigas en Instagram: @hchp1. Si esta reflexión te acompañó, puedes compartirla con alguien con quien te gustaría seguir conversando.

Apostar y vivir

«¿Qué objeto tenía aquella apuesta? ¿Qué bien había en que aquel hombre perdiera quince años de su vida y yo arrojara dos millones?»

— Antón Chéjov, La apuesta (1889).

Queridos(as) lectores(as):

Durante los meses en que me alejé un poco de Crónicas del Diván, aproveché para hacer algo para lo que nunca parece haber suficiente tiempo: leer sin la obligación de convertir inmediatamente lo leído en una clase, una publicación o un texto. Entre los autores a los que regresé —y en los que terminé profundizando bastante más de lo previsto— estuvo Antón Chéjov. Quizá porque Chéjov posee esa rara capacidad de contar algo aparentemente sencillo y, cuando uno termina, descubrir que la historia llevaba varias páginas hablando de nosotros.

Uno de esos cuentos fue La apuesta, de 1889. Un banquero y un joven abogado discuten durante una cena sobre la pena de muerte y la cadena perpetua. La discusión se calienta, aparece el orgullo —ese magnífico patrocinador de nuestras peores decisiones— y terminan haciendo una apuesta absurda: el abogado permanecerá quince años voluntariamente aislado y, si consigue soportarlo, recibirá dos millones. «Usted apuesta sus millones y yo apuesto mi libertad» (La apuesta, 1889) dirá el joven aceptando. Lo que ninguno de los dos parece comprender todavía es que no están apostando solamente dinero y libertad. Están apostando tiempo. Y el tiempo, a diferencia del dinero, no puede recuperarse después.

Antes de avanzar, te comento que habrá un spoiler del cuento. Por si no lo has leído y quieres hacerlo, te dejo aquí una versión en línea. Sigamos…

La persona que imaginamos llegar a ser

Todos hacemos apuestas parecidas, aunque normalmente sin notario y sin encerrarnos quince años en una habitación. Apostamos años por una profesión, una relación, una empresa, una casa, reconocimiento, estabilidad o cierta idea de éxito. Nos decimos: cuando consiga aquello, cuando llegue hasta allá, cuando gane suficiente, cuando me asciendan, cuando esa persona finalmente me elija… entonces comenzaré a vivir de la manera que imagino. Algo de esto toca una vieja cuestión freudiana. Al hablar del narcisismo y de la formación del ideal, Freud observa que el ser humano no renuncia fácilmente a aquella sensación infantil de perfección y procura recuperarla construyendo una imagen hacia la cual dirigirse: «[…] lo que proyecta ante sí como su ideal es el sustituto del narcisismo perdido de su infancia» (Introducción del narcisismo, 1914). Ese ideal puede orientarnos; necesitamos proyectos, aspiraciones, alguna imagen de aquello que queremos llegar a ser.

El problema aparece cuando el yo que vive termina convertido exclusivamente en empleado del yo que algún día debería existir. Y entonces comenzamos a negociar con la vida: cinco años más y después descansaré; cuando consiga ese puesto tendré tiempo; cuando tenga dinero suficiente viajaré; cuando termine este proyecto cuidaré mi relación; cuando alcance aquella versión de mí mismo finalmente estaré satisfecho. Siempre existe un «después» donde supuestamente comenzará la vida verdadera. Mientras tanto, ésta —la única que efectivamente tenemos— sigue ocurriendo.

El deseo también cambia mientras caminamos

Lo fascinante del cuento de Chéjov es que el abogado consigue resistir. Durante aquellos quince años lee compulsivamente: literatura, idiomas, filosofía, historia, ciencia, religión. Mediante los libros conoce un mundo al que físicamente no puede acceder. Pero mientras acumula conocimiento ocurre algo que nadie había incluido en las condiciones de la apuesta: cambia el hombre que hizo la apuesta. Esto parece obvio hasta que pensamos en nuestra propia vida. Cuando perseguimos algo durante diez años suponemos silenciosamente que la persona que finalmente lo consiga seguirá queriendo exactamente lo mismo que aquella que comenzó a perseguirlo. Pero nosotros también transcurrimos. Cambian nuestros afectos, nuestras prioridades y nuestra manera de entender el éxito.

A veces alcanzamos aquello que deseábamos y descubrimos, con cierta perplejidad, que el deseo llegó antes que nosotros y ya se marchó. Arthur Schopenhauer describió con bastante crudeza esta trampa: las dificultades y la distancia hacen que una meta parezca capaz de satisfacernos, pero esa «ilusión se desvanece cuando la alcanzamos» (cfr. Estudios sobre el pesimismo, 1851). Quizá por eso algunos triunfos vienen acompañados de una tristeza difícil de confesar. Conseguimos aquello por lo que trabajamos durante años y pensamos: ¿esto era?

Cuando el ideal empieza a cobrarnos intereses

Tener ideales no es el problema. Sería una vida bastante triste aquella en la que no quisiéramos convertirnos en nada. El conflicto aparece cuando la distancia entre quienes somos y quienes creemos que deberíamos ser se convierte en una deuda permanente. Sigmund Freud atribuía al ideal del yo funciones de observación y exigencia: en él se reúnen también demandas provenientes de nuestro entorno que el yo real no siempre consigue satisfacer (cfr. Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). Y nuestros ideales, por supuesto, tampoco nacen completamente solos.

¿Quién decidió qué significa para nosotros «haber triunfado»? ¿De dónde salió la edad a la que supuestamente deberíamos tener casa, pareja, hijos, dinero o reconocimiento? ¿Quién nos enseñó qué aspecto tendría nuestra mejor versión? A veces perseguimos durante años una vida que deseamos sinceramente. Otras veces descubrimos que llevábamos media existencia intentando satisfacer una expectativa que nunca nos detuvimos a interrogar. Por eso conviene preguntarnos de vez en cuando no solamente cuánto falta para llegar, sino algo bastante más incómodo: ¿todavía quiero llegar allí?

Hay apuestas que merecen nuestro tiempo. El peligro comienza cuando, intentando ganar lo que deseamos, terminamos apostando la vida que queríamos vivir.

Ganar la apuesta y perder la vida

Cuando están a punto de cumplirse los quince años, Chéjov da vuelta completamente la historia. El banquero ya no es aquel hombre inmensamente rico que podía perder dos millones sin pestañear; ahora teme que pagar destruya lo que queda de su fortuna. Llega incluso a contemplar matar al abogado. El hombre aparentemente libre termina siendo prisionero precisamente de aquello que posee. Mientras tanto, el hombre encerrado ha llegado a una conclusión radical. En la carta que deja antes de marcharse afirma haber conocido mediante los libros «[…] la sabiduría de los siglos», pero termina rechazando aquello que los seres humanos persiguen y valoran (La apuesta, 1889). Y hace algo desconcertante: sale de su encierro unos minutos antes de que venza el plazo. Después de quince años, renuncia voluntariamente a los dos millones.

Podemos discutir si su conclusión es sabia, nihilista, exagerada o profundamente triste. Chéjov, afortunadamente, no nos entrega un manual de instrucciones. Pero deja una pregunta difícil de esquivar: ¿qué ocurre si dedicamos una parte enorme de nuestra vida a ganar algo y, cuando finalmente podemos cobrarlo, descubrimos que ya no lo queremos? Tal vez algunas derrotas consistan precisamente en ganar demasiado tarde.

Apostar por una vida sin perderla en el intento

No creo que la respuesta sea dejar de apostar. Vivir también significa elegir y, por tanto, renunciar. Ortega y Gasset lo expresó de manera hermosa: «[…] vivir es sentirse fatalmente forzado a ejercitar la libertad, a decidir lo que vamos a ser en este mundo» (La rebelión de las masas, 1930). No podemos conservar abiertas todas las posibilidades. Elegir una vida significa necesariamente dejar otras sin vivir.

Quizá la cuestión sea aprender a distinguir entre apostar por nuestra vida y apostar nuestra vida. Podemos trabajar por aquello que queremos sin convertir cada día presente en simple moneda para comprar un futuro. Podemos tener ambición sin vivir permanentemente insatisfechos con quienes somos. Podemos construir una relación sin sacrificar todo lo demás para conservarla. Podemos perseguir un sueño y, de vez en cuando, detenernos para comprobar que todavía es nuestro.

Porque cambiar de opinión no siempre significa fracasar. Renunciar a una meta puede ser doloroso, pero también puede significar que hemos dejado de obedecer a la persona que fuimos hace diez años. Hay apuestas que merecen nuestro esfuerzo. Y hay otras de las que quizá debamos levantarnos antes de perder otros quince años intentando demostrar que teníamos razón.

Reflexión final

Al principio de La apuesta, el joven abogado está convencido de que quince años de libertad valen dos millones. Al final posee el derecho a esos dos millones y decide que ya no los quiere. Entre un momento y otro ha transcurrido prácticamente una vida. Quizá por eso el cuento me acompañó después de terminarlo. Porque todos tenemos alguna apuesta abierta. Una meta por la que estamos entregando tiempo, una persona por la que seguimos esperando, una versión futura de nosotros mismos a la que llevamos años intentando alcanzar. Y no necesariamente debemos abandonarlas. Algunas merecen profundamente el esfuerzo. Pero quizá convenga mirarlas de vez en cuando y preguntarnos: ¿cuánto de mi vida estoy dispuesto a entregar por esto? ¿Y quién estoy siendo mientras intento conseguirlo?

No vaya a ser que un día lleguemos finalmente al lugar donde juramos que comenzaría nuestra vida y descubramos que la vida era precisamente todo aquello que ocurrió mientras intentábamos llegar. Apostemos, entonces. Arriesguémonos. Construyamos proyectos, enamorémonos, soñemos en grande, trabajemos por aquello que verdaderamente queremos. Pero procuremos no entregar como precio aquello mismo que pretendíamos ganar: nuestra propia vida.


Quizá valga la pena pensar hoy cuál es esa apuesta que tienes abierta y si todavía reconoces en ella algo que verdaderamente deseas. Si descubrirlo te lleva a preguntas que quisieras trabajar con mayor profundidad, puedes escribirme desde Contacto para comenzar un proceso de análisis. Y si quieres seguir compartiendo estas conversaciones de café, puedes comentar, compartir esta entrada o encontrarme en Instagram como @hchp1.

Esta vez no te preguntaré si estás dispuesto(a) a ganar. Te preguntaré algo un poco más importante: ¿qué estás dispuesto(a) a perder para conseguirlo?

¡Hasta pronto!

“Hay un cansancio del corazón distinto al cansancio del cuerpo”.

— Fernando Pessoa

Queridos(as) lectores(as):

He pensado mucho si escribir esto o simplemente desaparecer unos días en silencio. Supongo que parte de mí quería evitar el momento incómodo de admitir algo muy sencillo: estoy cansado. No en el sentido espectacular o dramático que ahora parece exigirse para que el agotamiento sea válido. No hablo de derrumbarme ni de convertir el cansancio en identidad. Hablo más bien de algo silencioso. Profundo. Humano. De ese momento en que uno descubre que lleva demasiado tiempo viviendo hacia afuera. Es curioso. Pasamos años aprendiendo a resistir, a cumplir, a seguir adelante, y pocas veces aprendemos a detenernos sin culpa. Como si descansar fuera casi una traición a quienes esperan algo de nosotros(as). Como si el silencio fuera un fracaso. Y creo que poco a poco empecé a olvidarme de algo importante: no quiero convertirme en alguien que escribe desde la pura inercia.

A veces lo mejor que podemos hacer, es dejar de hacer.

Porque Crónicas del Diván nunca nació para “producir contenido”. Nació de noches difíciles, de preguntas reales, de conversaciones largas, de libros subrayados a deshoras, de pérdidas, de pacientes, de recuerdos, de fe, de dudas y también de mucho cariño por ustedes. Por eso sería injusto seguir escribiendo sin alma solamente por no detenerme. Necesito bajar un poco el ruido. Dormir mejor. Leer sin pensar en publicaciones. Tomarme un café sin sentir que debo convertir cada pensamiento en texto. Recuperar cierta parte de mí que se ha ido quedando demasiado tiempo en modo supervivencia.

A veces uno se acostumbra tanto a sostener cosas, personas, tiempos y responsabilidades, que deja de notar cuánto peso trae encima hasta que el cuerpo, la mente o el espíritu empiezan a pedir espacio. Y antes de endurecerme, prefiero descansar. No para huir. No para abandonar esto. Sino precisamente para cuidar lo que amo antes de empezar a vivirlo desde el agotamiento. Quiero seguir escribiendo. Quiero seguir haciendo de este espacio un lugar honesto. Pero también quiero recordar cómo se siente vivir un poco más despacio. Así que me tomaré un pequeño tiempo.

Gracias por quedarse aquí. Gracias por leer incluso los textos más personales. Gracias por permitirme descubrir que, del otro lado de la pantalla, hay personas reales que sienten, recuerdan, lloran, aman y resisten igual que uno. Nos volveremos a leer pronto. Y ojalá cuando eso pase, sea con el corazón un poco más descansado.

Con cariño,

Héctor Chávez Pérez


Gracias por leer Crónicas del Diván. Si esta entrada resonó contigo, me encantará leerte en los comentarios. A veces una pausa también puede enseñarnos algo sobre nosotros(as) mismos(as). También puedes escribirme por la sección de Contacto y seguirme en Instagram como @hchp1.

La casa después de ellos

“Hasta que no hayas amado a un animal, una parte de tu alma permanecerá dormida”.

— Anatole France

Queridos(as) lectores(as):

Hay pérdidas que la sociedad parece no saber acompañar. Cuando alguien pierde a un padre, a una madre o a un amigo, existe al menos un lenguaje colectivo para el duelo: flores, llamadas, abrazos, silencios respetuosos. Pero cuando muere una mascota, muchas veces aparece algo distinto: frases rápidas, incomodidad, minimización. “Era sólo un perro”, “ya tendrás otro”, “ni que fuera un hijo”. Y, sin embargo, quien ha vivido esa pérdida sabe perfectamente que algo real se rompe dentro de la casa y dentro de uno mismo. El silencio cambia. Los horarios cambian. Uno sigue mirando hacia la puerta esperando escuchar unas patas acercándose. Hay ausencias que no necesitan palabras para volverse insoportables.

Vivimos en una época extraña respecto a los animales. Por un lado, todavía existen personas incapaces de comprender el dolor que provoca perderlos; por otro, también existe una tendencia contemporánea a humanizarlos exageradamente, como si solo merecieran amor en la medida en que se parezcan a nosotros. Y quizá una postura verdaderamente sana se encuentre lejos de ambos extremos. Amar a un animal no implica convertirlo en humano. Su dignidad no depende de llamarlo “perrhijo” ni de atribuirle emociones simplificadas para justificar el vínculo afectivo. El animal merece respeto precisamente en su condición de animal, en su diferencia respecto de nosotros.

Amar sin humanizar

Aristóteles observaba algo muy interesante en Historia de los animales (343 a. C): los animales poseen sensibilidad, memoria y formas de reconocimiento, aunque no racionalidad deliberativa en sentido humano. Y hay algo profundamente valioso en esa mirada porque evita tanto el desprecio como la sentimentalización excesiva. Aristóteles comprendía que el animal no es un objeto, pero tampoco un ser humano incompleto. Tiene una naturaleza propia que merece ser contemplada y respetada. Martin Buber nos dice algo: “Los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran idioma». (Yo y tú, 1923). La frase de Buber conmueve precisamente porque no intenta borrar la diferencia entre hombre y animal. Reconoce otra forma de presencia, otro tipo de lenguaje. Quien ha convivido años con un perro o un gato sabe perfectamente que existe una comunicación silenciosa que no depende de palabras. El perro reconoce nuestros pasos antes de abrir la puerta. El gato percibe nuestro estado de ánimo incluso cuando callamos. Hay vínculos construidos desde la repetición cotidiana, desde el cuidado, desde la presencia corporal. Quizá por eso la pérdida resulta tan brutal: porque desaparece alguien que habitaba nuestra rutina de manera absoluta y silenciosa.

Jacques Derrida escribió en El animal que luego estoy si(gui)endo (2006) que el problema moderno comienza cuando hablamos de “el animal” como si todas las criaturas fueran una masa indiferenciada inferior al hombre. Derrida incluso relata la experiencia incómoda de sentirse observado por su gato mientras está desnudo. Lo importante no es la anécdota, sino la pregunta que surge detrás: ¿qué significa ser mirado por otra criatura? Tal vez el vínculo auténtico con los animales empieza cuando dejamos de verlos como objetos decorativos o simples extensiones emocionales de nosotros mismos.

Toby (bendita sea su memoria).
Gracias a S. por permitirme compartir la foto de este bonito y peludo recuerdo.

El momento de dejarlos ir

Uno de los momentos más difíciles de este tipo de duelo llega cuando aparece la posibilidad de dormir a una mascota. Hay pocas experiencias tan devastadoras como escuchar a un veterinario decir que «ya no hay mucho por hacer». Algunos dueños sienten culpa durante años. Otros reviven obsesivamente la última mirada, el último sonido, la última vez que el animal intentó levantarse. Y es comprensible. Porque aunque racionalmente entendamos que evitar el sufrimiento puede ser un acto de amor, emocionalmente algo dentro de nosotros se rompe al firmar ese consentimiento.

En La noche (1958), Elie Wiesel no hace pensar en lo siguiente: “Lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia». Esto nos ayuda a pensar algo importante: la mayoría de esas decisiones no nacen de la crueldad, sino precisamente del amor. Quien acompaña a una mascota hasta el final suele hacerlo desde un sufrimiento enorme. Sigmund Freud explicaba en Duelo y melancolía (1917) que toda pérdida importante obliga lentamente a desprender energía afectiva de aquello que amábamos. Por eso el duelo aparece en detalles absurdamente pequeños: servir comida de más por costumbre, escuchar ruidos inexistentes en la madrugada, mirar automáticamente hacia el rincón donde dormía el animal. La casa aprende a extrañar. En la película Marley y yo (2008) hay una escena particularmente dolorosa porque evita convertir al perro en caricatura sentimental. Marley nunca deja de ser perro: inquieto, torpe, incómodo, caótico. Y precisamente por eso su ausencia pesa tanto. El amor verdadero no nace de la perfección, sino de la convivencia cotidiana.

El miedo a volver a amar

Después de la muerte de una mascota, muchas personas hacen una promesa silenciosa: “Nunca más.” Nunca más encariñarse. Nunca más volver a pasar por un veterinario. Nunca más sostener un cuerpo que ya no respira. Porque amar una mascota implica aceptar algo terrible desde el inicio: probablemente veremos su muerte. C.S. Lewis nos recuerda que «amar es ser vulnerable» (Los cuatro amores, 1960). La sentencia de Lewis adquiere aquí una fuerza brutal. Adoptar un perro o un gato implica aceptar un vínculo biológicamente condenado a durar menos que nosotros, bajo la más positiva expectativa. Y quizá por eso algunas personas jamás vuelven a tener mascotas después de una pérdida así. No porque hayan dejado de amar, sino porque amaron demasiado.

En La insoportable levedad del ser (1984), Milan Kundera construye uno de los vínculos más tiernos de toda la novela a través de Karenin, el perro de Tomás y Teresa. “El amor por un perro es voluntario; el amor entre personas está ligado al destino” (La insoportable levedad del ser, 1984). Kundera comprende algo profundamente humano: los animales quedan fuera de muchos juegos de manipulación, ego y ambición que desgastan las relaciones humanas. Tal vez por eso su pérdida deja una sensación tan extraña de pureza rota. Pero el problema aparece cuando el miedo al dolor termina cerrando toda posibilidad de vínculo futuro. Ninguna mascota reemplaza a otra. Y precisamente por eso volver a adoptar puede convertirse en un acto profundamente noble: no porque olvidemos, sino porque el amor vivido antes nos volvió capaces de cuidar otra vez.

Los animales y la soledad moderna

Vivimos en tiempos donde muchas personas pasan días enteros sin contacto afectivo real. Contestamos mensajes, reaccionamos a stories, enviamos emojis… pero acompañamos poco. Permanecemos poco. Tocamos poco. En medio de esa soledad contemporánea, las mascotas muchas veces se convierten en una presencia estabilizadora. Cuidar un animal modifica nuestra relación con el tiempo. Obliga a establecer rutinas, atención y presencia. Un perro necesita salir incluso cuando nosotros estamos deprimidos. Un gato enfermo obliga a interrumpir horarios. El animal nos saca —aunque sea un poco— del narcisismo contemporáneo.

La película Siempre a tu lado (Hachi: A Dog’s Tale, 2009) sigue devastando emocionalmente a millones de personas porque toca una necesidad profundamente humana: la necesidad de ser esperado. Y quizá ahí está una de las razones más dolorosas del duelo animal. Después de su muerte, dejamos de ser esperados por alguien.

Reflexión final

Cuando C.S. Lewis escribió: “El dolor de ahora es parte de la felicidad de entonces» (Una pena en observación, 1961), lo hizo pensando en la muerte de su esposa, pero hay algo profundamente universal en ella. Sufrimos en proporción a lo que amamos. Y quizá por eso el duelo por las mascotas resulta tan difícil de explicar a quienes nunca lo han vivido. Porque hay animales que terminan convirtiéndose en capítulos enteros de nuestra vida. Habitan nuestras rutinas, nuestros silencios, nuestros horarios, nuestros duelos personales. Nos acompañan mientras lloramos, enfermamos, envejecemos o simplemente intentamos sobrevivir ciertos días.

¿A quién sigues buscando todavía al abrir una puerta?
¿Qué rutina cotidiana sigue doliendo desde que ya no está?
¿Te has negado a volver a amar por miedo al duelo?
¿Y si algunas heridas valieran precisamente porque fueron hechas por amor verdadero?


Gracias por leer Crónicas del Diván. Si esta reflexión resonó contigo, te invito a compartirla, comentar tu experiencia o escribir desde la sección de Contacto del blog. A veces narrar el duelo también ayuda a acompañar el de alguien más. Y si deseas seguir este espacio de reflexión, literatura y psicoanálisis, puedes encontrarme en Instagram como @hchp1.

Sin dejar de pensar

“La conciencia es la peor enfermedad».

— Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

Ayer pude ver la película Obsession (2026) y salí con esa sensación extraña que dejan las obras que no dependen de monstruos, sangre o sobresaltos para perturbar (tranquilos, que no les voy a spoilear). Hay terrores mucho más íntimos. Más silenciosos. Más cotidianos. El verdadero horror psicológico aparece cuando una persona deja de vivir la realidad y comienza a habitar exclusivamente dentro de una idea fija. Pensé inmediatamente en Berenice (1835) de Edgar Allan Poe. Hace años escribí sobre ese relato y sobre la forma en que Egaeus queda atrapado por una obsesión que termina devorando el mundo entero. Lo terrible no era únicamente su fijación con los dientes de Berenice, sino la incapacidad de apartar la mente de aquello que lo perseguía. Poe comprendió algo profundamente humano mucho antes del psicoanálisis: la obsesión no funciona como un pensamiento normal, funciona como una prisión.

Vivimos, además, en una época profundamente obsesiva. Personas revisando compulsivamente chats, interpretando silencios, buscando síntomas en internet, necesitando certeza absoluta sobre el amor, la salud, la moral, el futuro o incluso sobre sí mismos. Nunca habíamos tenido tanto acceso a información… ni tanta incapacidad para descansar mentalmente. Y quizá por eso la neurosis obsesiva ya no se esconde únicamente en el diván clínico. Hoy aparece en redes sociales, relaciones afectivas, rutinas digitales y hasta en nuestra manera de pensar la felicidad. Porque el obsesivo no es simplemente alguien “ordenado” o “perfeccionista”. Muchas veces es una persona aterrorizada por la incertidumbre.

La obsesión no nace del orden: nace de la angustia

Cuando Sigmund Freud escribió sobre la neurosis obsesiva, comprendió que el problema no eran únicamente los rituales visibles, sino la relación del sujeto con la culpa, el pensamiento y el deseo. En Acciones obsesivas y prácticas religiosas (1907), Freud observó cómo ciertos rituales obsesivos funcionaban casi como ceremonias privadas destinadas a disminuir la angustia. El obsesivo necesita sentir que controla algo. Revisa la puerta veinte veces. Relee mensajes. Corrige una frase durante horas. Busca tranquilidad absoluta antes de actuar. Pero el problema es que la tranquilidad absoluta no existe. Y entonces comienza el ciclo infernal: mientras más intenta asegurarse de que nada malo ocurra, más atrapado queda en el pensamiento. Por eso muchos obsesivos viven agotados. Pensar se convierte en trabajo forzado. La mente deja de ser hogar y se vuelve vigilancia constante.

Lo inquietante es que esto ya aparece en muchísimas obras culturales. Pensemos en Batman. Más allá del héroe, hay algo profundamente obsesivo en su imposibilidad de descansar. Vigila permanentemente. Planea escenarios catastróficos. Necesita estar preparado para todo. Ciudad Gótica nunca duerme… y él tampoco. Como muchos obsesivos, vive bajo la fantasía inconsciente de que, si baja la guardia, todo se destruirá. Algo parecido ocurre con Light Yagami en Death Note (2003-2006). La obsesión por controlar racionalmente el mundo termina consumiendo su humanidad. Todo debe calcularse. Todo debe preverse. Todo debe estar bajo dominio intelectual. Y mientras más busca control absoluto, más se hunde en paranoia y aislamiento. La obsesión tiene algo profundamente trágico: el sujeto cree que piensa demasiado para protegerse, cuando en realidad muchas veces se está alejando de la vida.

El obsesivo y la prisión del pensamiento

Søren Kierkegaard escribió en El concepto de la angustia (1844) algo devastador: “La angustia es el vértigo de la libertad”, muy repetida en varios lugares, pero siempre tomada a a ligera. Pocas frases describen tan bien al obsesivo.

Porque el obsesivo no soporta fácilmente la incertidumbre. Necesita garantías absolutas:

  • “¿Y si me equivoco?”
  • “¿Y si no amo realmente?”
  • “¿Y si hice daño?”
  • “¿Y si me enfermo?”
  • “¿Y si soy una mala persona?”

La vida se convierte en un juicio permanente. Y ahí aparece otra figura literaria brutal: el protagonista de Memorias del subsuelo (1864) de Fiódor Dostoievski. Ese hombre incapaz de actuar porque piensa demasiado. Incapaz de entregarse porque analiza todo hasta destruirlo. Dostoievski entendió algo aterrador: existe un punto donde la conciencia deja de iluminar la existencia y comienza a paralizarla. También ocurre con Shinji Ikari en Neon Genesis Evangelion (1995-1996). Mucha gente cree que la obsesión siempre se ve como limpieza, simetría o perfección. No. A veces se manifiesta como miedo absoluto a actuar. Shinji piensa, duda, se repliega, teme decepcionar, teme desear, teme existir frente al otro. La obsesión también puede verse como inmovilidad. Y quizá por eso el obsesivo moderno vive tan cansado. Porque internet convirtió el pensamiento en una actividad interminable. Hoy cualquiera puede pasar horas:

  • buscando síntomas,
  • revisando conversaciones,
  • viendo TikToks psicológicos,
  • leyendo tests,
  • interpretando indirectas,
  • intentando encontrar una certeza emocional imposible.

Nunca habíamos vivido tan hiperconectados… y tan atrapados en nuestra propia cabeza.

La culpa obsesiva: sentirse culpable incluso por pensar

Hay algo particularmente cruel en la neurosis obsesiva: la culpa. Muchos obsesivos sienten responsabilidad exagerada por cosas que jamás hicieron. Y esto puede ser devastador en temas religiosos, sexuales, afectivos o morales. El pensamiento termina vivido como si fuera un acto. “No lo hice… pero lo pensé”. Y entonces aparece la angustia. Jacques Lacan comprendió que el obsesivo intenta mantenerse permanentemente en control de su deseo. Piensa demasiado porque teme algo profundamente humano: perder el control frente a lo que siente. Por eso la obsesión suele tener una relación íntima con el escrúpulo moral. Personas que rezan compulsivamente. Que necesitan confesarse constantemente. Que revisan si hicieron daño. Que se sienten malas por pensamientos involuntarios. Que viven bajo vigilancia interior permanente.

Ahí El proceso (1925) de Franz Kafka resulta brutal. Josef K. vive acusado sin comprender exactamente de qué. Y muchos obsesivos viven así: como si existiera una deuda moral infinita que jamás logran pagar. Incluso Spider-Man puede leerse desde ahí. “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad.” Llevado al extremo neurótico, eso se transforma en: “Todo depende de mí». “Si algo sale mal, es culpa mía». “Debí preverlo». La culpa obsesiva no descansa nunca.

El obsesivo no sufre por pensar demasiado. Sufre porque cree que, si deja de pensar, algo terrible ocurrirá.

El amor obsesivo: analizar hasta destruir el vínculo

Una de las cosas más dolorosas de la neurosis obsesiva aparece en el amor. Porque el obsesivo muchas veces no ama desde el encuentro… sino desde la inspección. Analiza lo que siente. Revisa si está seguro. Interpreta palabras. Busca señales definitivas. Necesita garantías imposibles. Y entonces el amor deja de ser experiencia para convertirse en examen. Eso ocurre muchísimo hoy:

  • revisar compulsivamente si “de verdad” amas,
  • interpretar silencios,
  • obsesionarse con mensajes,
  • necesitar confirmación constante,
  • pensar demasiado antes de entregarse.

El problema es que amar implica riesgo. Nunca existirá certeza total sobre otro ser humano. Por eso Vertigo (1958) sigue siendo una obra tan perturbadora. Hitchcock comprendió la obsesión amorosa como intento desesperado de controlar lo incontrolable: el deseo, la pérdida y la imagen del otro. El obsesivo muchas veces deja de relacionarse con personas reales y comienza a relacionarse con ideas, fragmentos o fantasías. Exactamente como Egaeus en Berenice. Él ya no contempla a Berenice como mujer viva. Queda capturado por una parte de ella. La obsesión fragmenta al otro. Y quizá algo parecido sucede hoy cuando alguien deja de vivir una relación y comienza únicamente a analizarla.

Vivimos en una cultura obsesiva

La época actual alimenta compulsiones constantemente. Todo nos invita a revisar otra vez:

  • notificaciones,
  • estados,
  • likes,
  • síntomas,
  • opiniones,
  • conversaciones,
  • identidad,
  • productividad,
  • apariencia física.

Vivimos bajo la fantasía de que, si pensamos suficiente, podremos evitar el dolor. Pero no funciona así. El obsesivo quiere eliminar la incertidumbre de la vida. Y precisamente ahí aparece la tragedia: vivir implica incertidumbre. Implica ambigüedad. Implica no tener control absoluto sobre el amor, el futuro, el cuerpo o los demás. Por eso la cura jamás pasa simplemente por “dejar de pensar”. Eso sería tan absurdo como pedirle a alguien con insomnio que “simplemente duerma”.

Reflexión final

El verdadero trabajo consiste en aprender a tolerar el vacío que deja la ausencia de certeza. Aprender que no todo puede comprobarse. Que no toda duda merece obediencia. Que no todo pensamiento dice la verdad. Y que vivir, muchas veces, significa actuar aun sin garantías absolutas. Quizá por eso las historias obsesivas producen tanto terror. Porque muestran algo profundamente humano: la posibilidad de quedar atrapados dentro de nuestra propia mente. Y a veces el verdadero monstruo no aparece debajo de la cama. Aparece dentro del pensamiento que no se detiene.


Gracias por leer Crónicas del Diván. Si esta reflexión resonó contigo, te invito a compartirla, comentarla y seguir dialogando. También puedes escribirme desde la sección de Contacto o seguirme en Instagram en @hchp1. A veces una conversación honesta puede abrir preguntas que llevábamos demasiado tiempo intentando silenciar.

Tu lugar seguro

“Ser plenamente visto(a) por alguien y, aun así, ser amado(a): eso es un milagro humano”.

— Elizabeth Gilbert

Para Ana M. (gracias)

Queridos(as) lectores(as):

Creo que una de las mayores tragedias de nuestro tiempo es que muchas personas ya no saben descansar emocionalmente. Aprendimos a sobrevivir, a trabajar incluso agotados(as), a responder “estoy bien” aunque por dentro nos estemos cayendo a pedazos, y a vivir con una especie de armadura permanente para evitar que el mundo nos lastime demasiado. Hay personas que sonríen todo el día y aun así se sienten profundamente solas. Personas que llevan años sin sentirse realmente escuchadas. Personas que se acostumbraron tanto a defenderse que olvidaron cómo se siente la tranquilidad de bajar la guardia frente a alguien.

Quizá por eso conmueve tanto encontrar seres humanos que se sienten como refugio. Personas cuya presencia no nos exige perfección. Personas que no minimizan nuestro cansancio, que notan cuando algo nos pasa aunque digamos “no es nada”, que preguntan si ya descansamos, si ya comimos, si llegamos bien a casa. Y honestamente… qué raro y qué hermoso es eso en un mundo donde tantas relaciones parecen construidas sobre la prisa, el ego y la distracción permanente. Porque sí, queridos(as) lectores(as): hay personas que no sólo nos gustan. Hay personas que nos hacen sentir seguros(as).

El cansancio de vivir a la defensiva

Donald Winnicott escribió una frase devastadoramente humana: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). Siempre me ha parecido que esa frase resume perfectamente el drama emocional contemporáneo. Mucha gente vive escondiendo partes enteras de sí misma. El miedo al abandono, la tristeza, la ansiedad, la necesidad de cariño, el agotamiento emocional. Y al mismo tiempo desea secretamente que alguien sea capaz de mirar más allá de todo eso. El problema es que vivimos en una cultura donde parecer fuerte vale más que sentirse acompañado(a). Nos enseñaron a impresionar antes que a conectar. A demostrar valor constantemente. A no “molestar” demasiado con nuestras emociones. Por eso tantas personas terminan agotadas emocionalmente. Porque nunca descansan de sí mismas.

Y el cuerpo lo resiente. Hay quienes viven tensando la mandíbula mientras trabajan, quienes no pueden dormir sin sobrepensar todo o quienes sienten ansiedad incluso cuando aparentemente “todo está bien”. El cuerpo también aprende a defenderse. El cuerpo también se cansa de vivir emocionalmente inseguro. En la película Her (Spike Jonze, 2013), Theodore se enamora de algo que parece simple pero es profundamente humano: sentirse escuchado sin humillación, sin máscaras y sin miedo al juicio. Y quizá ahí radica una de las necesidades más profundas del ser humano moderno: encontrar alguien frente a quien podamos dejar de actuar.

Las personas que se sienten como casa

Con el tiempo uno descubre que no toda compañía acompaña realmente. Hay personas frente a quienes debemos medir cada palabra, justificar cada emoción o esconder partes de nosotros(as) mismos(as) para evitar conflicto. Son vínculos donde uno termina agotado(a), incluso después de convivir. Pero también existen otras personas. Personas cuya presencia tranquiliza. Personas con las que incluso el silencio descansa. Personas frente a quienes uno siente algo muy raro: la posibilidad de existir sin miedo. Erich Fromm escribió: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos” (El arte de amar, 1956). Y honestamente, me parece una definición infinitamente más madura y más profunda que muchas ideas actuales sobre el amor. Porque amar no es únicamente desear. Amar también es cuidar. Escuchar. Permanecer. Aprender el cansancio del otro. Notar cuándo alguien necesita espacio y cuándo necesita compañía.

En la película Il Postino (Michael Radford, 1994), la ternura nunca aparece como algo exagerado o escandaloso. Surge en las pausas, en las conversaciones sencillas, en la escucha y en las palabras dichas despacio. Y quizá esa película entendió algo que el mundo contemporáneo olvida constantemente: muchas veces las personas no necesitan ser impresionadas; necesitan sentirse cuidadas. Porque sí… hay personas que terminan sintiéndose como hogar incluso desde lejos.

La intimidad de sentirse entendido(a)

Existe una intimidad más profunda que la física: la de sentirse comprendido(a). Cuando alguien logra entender nuestros silencios, nuestras contradicciones o incluso la tristeza que intentamos disimular, algo dentro de nosotros cambia. Nos sentimos menos solos(as). Menos extraños(as). Menos obligados(as) a defendernos constantemente. Carl Rogers escribió: “Cuando alguien te escucha realmente sin juzgarte, sin tratar de responsabilizarse por ti, sin tratar de moldearte, se siente condenadamente bien” (El camino del ser, 1980). Y creo que cualquier persona que haya encontrado un vínculo así sabe exactamente de qué está hablando. Porque hay relaciones donde uno vive traduciendo lo que siente para no incomodar. Y hay otras donde basta una mirada para sentirse entendido(a).

La serie Gente normal (Lenny Abrahamson y Hettie Macdonald, 2020) muestra precisamente eso: dos personas heridas que encuentran descanso emocional mutuo aun en medio de sus propias contradicciones. No porque sean perfectas, sino porque logran verse de una manera que el resto del mundo no consigue. Y quizá una de las experiencias más hermosas de la vida adulta sea precisamente esa: descubrir que alguien no sólo nos desea, sino que también nos comprende.

Quizá crecer también consiste en dejar de buscar personas que nos aceleren… y empezar a valorar a quienes nos hacen sentir en casa.

Cuando el cuerpo también descansa

A veces olvidamos que la tranquilidad emocional también se siente físicamente. Hay personas cuya presencia baja nuestra ansiedad. Personas que hacen que el pecho deje de sentirse tan apretado. Personas frente a quienes la respiración cambia, el cuerpo se relaja y el mundo parece menos hostil durante unos minutos. Personas que nos quitan hasta el dolor de cabeza más agudo. Y no, eso no es exageración romántica. El afecto seguro transforma literalmente nuestra manera de habitar el mundo. Byung-Chul Han escribió: “La sociedad del cansancio produce sujetos agotados y depresivos” (La sociedad del cansancio, 2010). Vivimos emocionalmente exhaustos(as) porque sentimos que siempre debemos rendir, demostrar y sobrevivir. Por eso conmueve tanto encontrar personas frente a quienes no necesitamos actuar.

A veces el amor empieza de formas muy pequeñas: alguien preguntando si ya descansaste, alguien quedándose despierto(a) para hacerte compañía mientras trabajas, alguien preocupado(a) por tu dolor de cabeza o alguien recordándote que no tienes que cargar el mundo tú solo(a). Y quizá parezcan detalles mínimos. Pero la vida humana está hecha precisamente de esas pequeñas cosas que terminan salvándonos más de lo que imaginamos.

El amor como refugio y no como guerra

Nos enseñaron a pensar el amor como intensidad permanente, drama, celos y sufrimiento. Como si amar tuviera que doler para ser verdadero. Pero con el tiempo uno descubre algo mucho más profundo: el amor sano también tranquiliza. Hay personas que despiertan ansiedad. Y hay otras que despiertan paz. Y honestamente, estas últimas suelen ser las más importantes.

Porque el verdadero cariño no se siente como una batalla constante. Se siente como descanso. Como llegar cansado(a) después de un día difícil y encontrar un lugar donde el alma puede sentarse un momento sin miedo. Quizá por eso algunos vínculos cambian tanto nuestra vida: porque nos recuerdan cómo se siente ser tratados(as) con ternura.

Todos necesitamos un lugar seguro

Tal vez muchos(as) lectores(as) llevan demasiado tiempo sobreviviendo emocionalmente. Demasiado tiempo sintiendo que deben esconder partes de sí mismos(as) para ser aceptados(as). Demasiado tiempo viviendo a la defensiva. Por eso hoy quisiera preguntarles algo: ¿Hace cuánto no sienten verdadera calma frente a alguien? ¿Hace cuánto no sienten que pueden hablar sin miedo al juicio? ¿Hace cuánto no sienten que otra persona se convierte, aunque sea por un momento, en un lugar seguro?

Porque quizá amar también sea eso. Convertirse en el sitio donde otro ser humano puede descansar un rato de la vida. Tener un respiro…


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Alzheimer: cuando el amor sostiene

“La enfermedad más terrible no es la que destruye el cuerpo, sino la que amenaza con borrar el rostro amado».

— Norbert Elias

Queridos(as) lectores(as)

Hablar del Alzheimer suele llenarnos de miedo. Quizá porque toca algo profundamente humano: la memoria, el reconocimiento, el nombre, la historia compartida. Nos asusta imaginar que alguien amado pueda olvidar quiénes somos o perderse dentro de sí mismo. Y, sin embargo, pocas veces hablamos de este padecimiento con suficiente sensibilidad. Muchas personas siguen creyendo que el Alzheimer es una especie de apagón uniforme e idéntico para todos, cuando la realidad es muchísimo más compleja. No todos los casos avanzan igual. No todas las personas pierden las mismas capacidades. No todas las memorias desaparecen al mismo ritmo. Hay pacientes que olvidan fechas pero recuerdan canciones; otros pierden palabras, pero conservan gestos de ternura; algunos parecen ausentes durante horas y, de pronto, sonríen al escuchar cierta voz o reconocer un olor familiar. El Alzheimer no es una línea recta. Y comprender eso cambia profundamente la manera en que acompañamos.

Quizá uno de los mayores errores modernos consiste en pensar que una persona vale únicamente por su eficiencia mental. Como si el deterioro cognitivo cancelara automáticamente la dignidad, la sensibilidad o incluso la necesidad de afecto. Pero el ser humano no es solamente memoria lógica. También es emoción, hábito, cuerpo, música, mirada, vínculo. Y muchas veces esas dimensiones permanecen vivas incluso cuando otras comienzan a fracturarse. Por eso esta entrada no busca repetir ideas médicas ni romantizar el sufrimiento. Busca recordar algo más sencillo y más humano: incluso en medio de la pérdida, todavía existen maneras de acompañar, sostener y amar.

El Alzheimer no ocurre igual en todas las personas

Uno de los problemas más frecuentes cuando alguien recibe un diagnóstico de Alzheimer es que la familia inmediatamente imagina el peor escenario posible. Es entendible. El miedo aparece rápido. Pero también es importante comprender que el Alzheimer tiene manifestaciones distintas según la persona, la edad, el entorno, la estimulación emocional y múltiples factores neurológicos y afectivos. El neurólogo Oliver Sacks escribió: “No hablamos sólo de pérdida de memoria; hablamos de una alteración de la relación del individuo consigo mismo y con el mundo” (El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, 1985). Y precisamente ahí está una clave importante: cada relación humana con el mundo es distinta, por lo que cada deterioro también adquiere matices diferentes.

Hay personas que conservan por años la memoria afectiva. Otras mantienen habilidades prácticas aunque olviden nombres. Algunas presentan episodios severos de desorientación, mientras otras logran sostener conversaciones relativamente fluidas durante mucho tiempo. Reducir todos los casos a una caricatura uniforme sólo genera más angustia y más incomprensión. Además, el entorno influye muchísimo. La manera en que la familia responde, el trato cotidiano, el nivel de estrés, el aislamiento o la presencia de compañía modifican notablemente la calidad de vida del paciente. El Alzheimer no sucede “en el vacío”; ocurre dentro de relaciones humanas concretas.

La rutina como refugio emocional

Vivimos obsesionados con la novedad. Cambiamos constantemente de estímulos, horarios y hábitos. Pero para una persona con Alzheimer, la rutina puede convertirse en un verdadero ancla emocional. Lo repetitivo, lejos de ser aburrido, brinda seguridad cuando el mundo comienza a sentirse extraño. Donald Winnicott afirmaba: “Es en la experiencia de continuidad donde el ser humano puede sentirse real” (Realidad y juego, 1971). Y aunque Winnicott no hablaba específicamente del Alzheimer, su observación ayuda muchísimo a comprender por qué ciertos hábitos cotidianos sostienen emocionalmente a quienes atraviesan procesos de deterioro cognitivo. Despertar a la misma hora, caminar por espacios conocidos, escuchar ciertas voces familiares, mantener objetos en lugares específicos o conservar pequeñas costumbres diarias puede disminuir significativamente la ansiedad y la desorientación. Lo cotidiano deja de ser “simple rutina” para transformarse en una forma de estabilidad psíquica.

A veces las familias sienten culpa porque “ya no pueden hacer mucho”. Pero acompañar también consiste en crear ambientes tranquilos y previsibles. Preparar el café como siempre. Sentarse en el mismo lugar. Repetir una oración conocida. Mirar fotografías familiares. Esos pequeños rituales cotidianos pueden brindar más calma de la que imaginamos. Y quizá aquí haya algo que todos deberíamos recordar: el ser humano necesita hogar incluso cuando empieza a perder memoria. Tal vez más todavía en ese momento.

La música y la memoria emocional

Pocas cosas conmueven tanto como ver a una persona aparentemente desconectada reaccionar de pronto al escuchar una canción significativa. Hay pacientes que olvidan conversaciones completas pero recuerdan perfectamente una melodía de juventud. Otros no logran construir frases largas, pero cantan versos enteros sin dificultad. Oliver Sacks observó este fenómeno durante años y escribió: “La música puede penetrar profundamente en la enfermedad donde ninguna otra cosa puede hacerlo” (Musicophilia, 2007). No se trata simplemente de entretenimiento. La música activa dimensiones emocionales y corporales profundamente arraigadas en la experiencia humana. Quizá por eso ciertas canciones funcionan casi como puentes entre tiempos distintos de la vida. Una melodía puede despertar emociones dormidas, disminuir ansiedad o devolver momentáneamente cierta sensación de familiaridad. Y eso tiene un valor enorme para quien vive en medio de la confusión.

La música también ayuda a quienes acompañan. Porque en ocasiones permite volver a encontrarse con alguien amado aunque sea durante unos minutos. No de manera perfecta ni idealizada, sino humana. Real. A veces basta una canción para que aparezca una sonrisa que parecía perdida. Y esto nos recuerda algo importante: la identidad humana no depende exclusivamente de la memoria racional. También vivimos en los afectos, en los ritmos, en las sensaciones que nos han acompañado durante décadas.

Cuando el Alzheimer transforma la memoria, pero no el amor.

Acompañar no siempre significa corregir

Uno de los errores más comunes al convivir con personas con Alzheimer es entrar constantemente en confrontación con aquello que recuerdan incorrectamente. “Eso no pasó”, “ya te lo dije”, “estás confundido(a)”. Aunque muchas veces se hace con buena intención, insistir obsesivamente en corregir puede aumentar la angustia del paciente. El psiquiatra Viktor Frankl escribió: “Al ser humano se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la actitud personal ante un conjunto de circunstancias” (El hombre en busca de sentido, 1946). Y aunque el Alzheimer limita muchas capacidades, la persona sigue necesitando sentirse tratada con dignidad y paciencia. Acompañar implica aprender a entrar parcialmente en el mundo del otro. No burlarse de sus confusiones. No infantilizarlo. No convertir cada conversación en un examen de memoria. A veces lo más humano no es corregir, sino calmar.

Esto no significa negar la realidad ni fingir constantemente. Significa entender que el sufrimiento emocional también importa. Hay momentos donde la contención vale más que la precisión. Y eso requiere paciencia, sensibilidad y muchísimo amor cotidiano. Además, muchas personas con Alzheimer perciben perfectamente los tonos emocionales aunque no comprendan todos los detalles racionales. Detectan la tensión, la desesperación, el enojo o la ternura. Por eso la manera en que hablamos importa muchísimo.

El desgaste silencioso de quien cuida

Hay una parte del Alzheimer de la que casi no se habla lo suficiente: el agotamiento emocional de quienes acompañan diariamente. Porque cuidar a alguien durante años puede desgastar profundamente. Hay cansancio físico, miedo, culpa, frustración y una tristeza constante que muchas veces se vive en silencio. La filósofa Simone Weil escribió: “La atención, llevada a su grado más alto, es la misma cosa que la oración” (La gravedad y la gracia, 1947). Y quizá cuidar a alguien con Alzheimer tenga algo de eso: una atención continua, agotadora y profundamente humana. Sin embargo, también es importante decir algo con claridad: el cuidador necesita cuidado. Nadie puede sostener indefinidamente una carga emocional tan intensa sin resentirlo. Descansar no es abandonar. Pedir ayuda no es egoísmo. Tener momentos de desesperación no convierte a nadie en mala persona.

Vivimos en sociedades muy individualistas donde muchas veces las familias quedan solas frente al deterioro de un ser querido. Y eso produce un cansancio emocional enorme. Por eso acompañar al cuidador también debería ser una responsabilidad colectiva y no únicamente privada. Porque detrás de cada paciente suele haber alguien intentando sostener el mundo mientras se rompe poco a poco.

Reflexión final

Quizá el Alzheimer nos confronta con una pregunta incómoda: ¿seguimos sabiendo amar cuando la otra persona ya no puede respondernos igual? En una cultura obsesionada con la rapidez, la productividad y el rendimiento, acompañar a alguien vulnerable se vuelve casi un acto de resistencia humana. Y aun así, en medio de la confusión, siguen ocurriendo cosas profundamente conmovedoras: una mano que aprieta otra, una sonrisa inesperada, una canción que despierta un recuerdo, una mirada tranquila al escuchar una voz conocida. Pequeños momentos que nos recuerdan que el ser humano es muchísimo más que una memoria perfecta.

Tal vez cuidar no siempre consista en “curar”. A veces consiste en permanecer. En hacer menos hostil la oscuridad del otro. En ofrecer calma cuando el mundo comienza a fragmentarse. Y quizá ahí, precisamente ahí, siga existiendo una de las formas más profundas del amor.


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