El libro no hará el trabajo por ti

«Los hombres llegan a ser constructores construyendo y citaristas tocando la cítara».

— Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo que me resulta particularmente curioso de nuestra época: hemos conseguido convertir el deseo de cambiar de vida en un mercado extraordinariamente rentable. Compramos libros para ser disciplinados, descargamos aplicaciones para organizarnos, adquirimos agendas para administrar nuestro tiempo y escuchamos conferencias que prometen enseñarnos cómo convertirnos en personas extraordinarias. Todo parece marchar estupendamente hasta que llega el lunes, suena el despertador y descubrimos que la cama sigue siendo mucho más convincente que nuestras aspiraciones. Y entonces ocurre algo fascinante: en lugar de preguntarnos por qué no conseguimos sostener nuestros propósitos, buscamos otro libro que nos explique cómo hacerlo.

Pensaba en esto a propósito de Hábitos atómicos (2018), de James Clear, un libro que ha alcanzado una enorme popularidad por su propuesta de construir cambios significativos mediante pequeñas acciones repetidas. Su planteamiento tiene aspectos valiosos y merece ser tomado en serio. Sin embargo, me interesa cuestionar algo que suele ocurrir alrededor de este tipo de lecturas: la expectativa de que comprender una idea equivale a ponerla en práctica. He conocido el entusiasmo que despiertan las promesas de transformación personal, especialmente cuando alguien descubre un método que parece explicar por qué su vida no ha cambiado todavía. Pero una cosa es encontrar una explicación convincente y otra muy distinta es enfrentarse, todos los días, con el esfuerzo que supone llevarla a la realidad.

Cuando confundimos comprender con cambiar

James Clear sostiene que los pequeños comportamientos, repetidos de manera constante, pueden producir transformaciones importantes. También propone prestar atención a los sistemas cotidianos que sostienen nuestros objetivos, en lugar de concentrarnos exclusivamente en los resultados que deseamos alcanzar. En el libro encontramos una afirmación interesante: «Los hábitos son el interés compuesto de la superación personal» (Hábitos atómicos, 2018). La comparación resulta atractiva porque sugiere que las pequeñas acciones pueden acumular efectos con el tiempo. Y, en términos generales, no me parece una idea descabellada. Aprender un idioma, desarrollar una habilidad o mejorar nuestra condición física requiere una práctica que difícilmente puede sustituirse por entusiasmo momentáneo.

El problema comienza cuando convertimos una propuesta razonable en una especie de pensamiento mágico. Como si bastara con leer un libro, repetir una afirmación frente al espejo o comprar una libreta bonita para que nuestra personalidad comenzara a transformarse por voluntad propia. No quisiera atribuirle a Clear semejante ingenuidad, porque su obra insiste precisamente en la repetición y en la construcción de sistemas. Mi crítica se dirige, sobre todo, a esa manera de consumir consejos como si fueran resultados. Nos emocionamos con la posibilidad del cambio, disfrutamos imaginando a la persona que llegaremos a ser y, en ocasiones, confundimos aquella satisfacción anticipada con haber comenzado verdaderamente el trabajo. Dicho de otra manera: subrayar un libro sobre disciplina no nos convierte en personas disciplinadas, aunque debo reconocer que tenerlo lleno de marcadores puede hacernos sentir bastante productivos.

Aristóteles ya sospechaba de nuestras buenas intenciones

Mucho antes de que existieran los libros de desarrollo personal, los griegos se preguntaban cómo podía el ser humano formar su carácter y aprender a vivir mejor. Aristóteles consideraba que las virtudes morales no aparecen espontáneamente ni se adquieren únicamente mediante explicaciones. Se desarrollan a través de las acciones que realizamos y de los hábitos que cultivamos. En la Ética a Nicómaco, su preocupación no consiste simplemente en definir qué es una buena persona, sino en comprender cómo podemos llegar a serlo. El filósofo incluso compara a quienes escuchan reflexiones sobre la virtud sin practicarlas con pacientes que atienden cuidadosamente las indicaciones del médico, pero después no siguen el tratamiento (Cfr. Ética a Nicómaco). Una comparación incómoda, especialmente para quienes disfrutamos leyendo sobre aquello que todavía nos cuesta llevar a cabo.

Sin embargo, existe una diferencia importante entre la propuesta de Clear y la reflexión aristotélica. Mientras el primero se concentra principalmente en diseñar comportamientos sostenibles para alcanzar cambios deseados, Aristóteles se pregunta también qué clase de carácter estamos formando y hacia qué concepción de la vida buena orientamos nuestras acciones. No basta con repetir algo muchas veces; también importa aquello que repetimos y las razones por las que lo hacemos. Podemos volvernos extraordinariamente eficientes y, aun así, utilizar esa eficiencia para perseguir objetivos que apenas hemos examinado. Podemos desarrollar una disciplina admirable en el trabajo mientras descuidamos nuestras relaciones o convertir la productividad en una medida despiadada de nuestro valor personal. Por eso me parece importante recuperar una pregunta que ningún método debería responder por nosotros: ¿para qué queremos convertirnos en personas más disciplinadas?

La disciplina no elimina nuestras circunstancias

Hay otra cuestión que me preocupa de algunos discursos sobre superación personal: la facilidad con la que terminan convirtiendo cualquier dificultad en un problema de voluntad. Si no conseguimos cambiar, aparentemente es porque no lo deseamos lo suficiente, porque no organizamos correctamente nuestros hábitos o porque seguimos pensando como la persona que queremos dejar de ser. Pero la vida es bastante más complicada. No todos disponemos del mismo tiempo, los mismos recursos o las mismas oportunidades. Hay quienes trabajan jornadas agotadoras, cuidan familiares enfermos, enfrentan preocupaciones económicas o atraviesan momentos emocionalmente difíciles. Pedirles que simplemente organicen mejor sus mañanas puede resultar tan inútil como recomendarle a alguien que duerma ocho horas cuando apenas tiene tiempo para descansar.

Esto no significa que debamos renunciar a nuestra responsabilidad personal ni que las circunstancias determinen por completo nuestra existencia. Significa reconocer que la disciplina necesita condiciones para sostenerse y que no todos partimos del mismo lugar. También implica abandonar esa costumbre de interpretar cualquier tropiezo como una falla moral. Hay días en los que cumplimos nuestros compromisos y otros en los que apenas conseguimos atender lo indispensable. La constancia importa, desde luego, pero también necesitamos aprender a distinguir entre falta de esfuerzo, agotamiento y obstáculos que requieren algo más que fuerza de voluntad. Me parece mucho más humano preguntarnos qué podemos sostener razonablemente en nuestras circunstancias que imponernos una versión idealizada de nosotros mismos y después castigarnos por no alcanzarla.

Entre los sueños de grandeza y el despertador de cada mañana existe una distancia que ningún libro puede recorrer por nosotros. Aristóteles ya lo sospechaba: la virtud no se adquiere leyendo sobre ella, sino practicándola.

Entre la motivación del domingo y la realidad del lunes

Quizá una de las razones por las que nos atraen tanto estos libros sea que ofrecen algo que todos necesitamos de vez en cuando: la posibilidad de imaginar que nuestra vida puede ser diferente. Y no encuentro nada despreciable en ello. Desear cambiar, reconocer nuestros malos hábitos o buscar herramientas para mejorar nuestra conducta puede representar un ejercicio auténtico de responsabilidad. Lo que me parece problemático es nuestra impaciencia. Queremos resultados inmediatos, transformaciones visibles y pruebas constantes de que estamos avanzando. Nos entusiasma la idea de comenzar de nuevo, pero nos aburrimos cuando descubrimos que mejorar también implica repetir actividades que, francamente, no tienen nada de extraordinario. James Clear lo reconoce cuando escribe que «la mayor amenaza para el éxito no es el fracaso, sino el aburrimiento» (Hábitos atómicos, 2018). Aquí encuentro uno de los aspectos más interesantes de su propuesta: cambiar no siempre resulta emocionante, y quizá esperar que lo sea constituya parte del problema.

Pero tampoco quisiera que convirtamos la disciplina en una religión donde descansar sea pecado y toda actividad deba justificarse mediante algún beneficio futuro. No todo momento necesita producir resultados, ni nuestra existencia puede reducirse a una lista interminable de objetivos cumplidos. También necesitamos tiempo para conversar, equivocarnos, contemplar y disfrutar de aquello que no sirve para aumentar nuestra productividad. Los griegos sabían que la formación del carácter debía relacionarse con una reflexión más amplia sobre la vida buena. Quizá nos convendría recuperar algo de esa perspectiva antes de organizar cada minuto de nuestro día. Porque podemos aprender a levantarnos más temprano, administrar mejor nuestras tareas y sostener hábitos saludables sin convertirnos en esclavos de una eficiencia que nunca parece suficiente.

Reflexión final

No considero que Hábitos atómicos sea un mal libro ni que sus propuestas carezcan de utilidad. Al contrario, encuentro valiosa su insistencia en comprender que los cambios duraderos requieren acciones concretas y repetidas. Pero me resisto a creer que cualquier método, por inteligente que parezca, pueda sustituir nuestra responsabilidad de examinar qué queremos transformar y por qué. Tampoco creo que exista una técnica capaz de resolver todas las contradicciones humanas. Podemos conocer perfectamente lo que deberíamos hacer y continuar encontrando dificultades para hacerlo. A veces por miedo, otras por costumbre y algunas porque nuestras circunstancias son más complejas de lo que quisiéramos admitir. Reconocerlo no significa resignarnos, sino abandonar la fantasía de que comprender una solución nos libera automáticamente del esfuerzo de practicarla.

Quizá deberíamos comenzar por expectativas más sensatas: leer con curiosidad, cuestionar lo que encontramos, poner a prueba aquello que consideramos útil y aceptar que cambiar exige tiempo. No necesitamos despreciar los libros de desarrollo personal para reconocer sus límites, ni convertir a Aristóteles en un entrenador de productividad de la antigua Grecia. Lo que sí podemos aprender de ambos es que nuestras acciones importan, aunque las preguntas filosóficas nos recuerdan que no cualquier transformación equivale necesariamente a vivir mejor. Y si después de leer estas páginas alguien decide comenzar a cambiar un hábito, me alegrará profundamente. Solamente le recomendaría no confundirse: el libro podrá acompañarlo, ofrecerle ideas e incluso hacerlo sentir inspirado. Pero cuando llegue el lunes y suene el despertador, James Clear no estará ahí para levantarse por él.


¿Alguna vez han terminado un libro convencidos de que cambiarían su vida y descubierto que llevar sus ideas a la práctica era mucho más difícil? Me encantará conocer sus experiencias a través de la sección Contacto. También pueden seguirme en Instagram, @hchp1, para continuar la conversación.

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