Amar después del dolor

«Es mejor haber amado y perdido que no haber amado jamás».
— Alfred Tennyson

Queridos(as) lectoras(as):

Hay una promesa que hacemos con extraordinaria facilidad cuando nos han lastimado: «Nunca más». Nunca más voy a confiar así, nunca más voy a entregarme tanto, nunca más voy a permitir que alguien tenga semejante poder sobre mí. La próxima vez seré más cuidadoso(a), más inteligente, menos ingenuo(a). Querré, sí, pero hasta cierto punto. Conservaré una distancia prudente, dejaré preparada una salida de emergencia y procuraré no colocar demasiadas cosas importantes al alcance de otro ser humano. Suena razonable. El pequeño inconveniente es que el amor nunca ha sido particularmente bueno respetando protocolos de seguridad.

Después del dolor aprendemos, eso es cierto, pero también podemos aprender demasiado. Podemos convertir una herida en una teoría general sobre el amor, una traición en una teoría general sobre las personas y una despedida en evidencia suficiente para concluir que acercarse demasiado siempre termina mal. Entonces ya no solamente intentamos evitar que vuelvan a lastimarnos: intentamos no volver a necesitar a nadie. Y quizá ahí el dolor empieza a cobrarnos mucho más de lo que originalmente perdimos.

Después de que alguien nos rompe el corazón

Hay dolores que modifican nuestra manera de mirar. Después de una traición podemos empezar a buscar señales donde antes había confianza; después de un abandono podemos interpretar cualquier distancia como anuncio de una despedida; después de haber querido a alguien que no supo cuidarnos podemos descubrir que, incluso cuando aparece una persona distinta, seguimos esperando silenciosamente que algún día haga exactamente lo mismo. No es extraño. Freud observó que ante la pérdida el mundo puede parecernos «pobre y vacío» (Duelo y melancolía, 1917). Algo que estaba enlazado a nuestra vida deja de estarlo y necesitamos reorganizar afectos, recuerdos, rutinas y expectativas alrededor de esa ausencia.

Porque perder a alguien no significa solamente perder a alguien. También podemos perder la vida que imaginábamos junto a esa persona: los viajes que no hicimos, las conversaciones que no ocurrieron, los años que habíamos empezado a imaginar e incluso esa versión de nosotros mismos que solamente existía dentro de aquella relación. Después hay que continuar, y el problema comienza cuando convertimos ese dolor en una profecía: «Todos se van», «siempre termina igual», «no se puede confiar en nadie». Tal vez alguien se fue. Tal vez terminó así una vez, o dos, o algunas más. Pero el dolor tiene una habilidad extraordinaria para transformar experiencias particulares en verdades universales, y solemos creerle porque habla con nuestra propia voz.

Amar después del dolor no es olvidar la herida, sino impedir que ella decida a quién podremos amar después.

La tentación de no volver a sentir

Existe una solución aparentemente perfecta para no volver a sufrir por amor: no volver a amar demasiado. También podemos evitar el duelo no vinculándonos con nadie, evitar la decepción no esperando nada, evitar el rechazo no deseando y evitar la tristeza no teniendo nada cuya pérdida pueda importarnos. El precio, naturalmente, es ligeramente elevado, porque aquello que nos protege del dolor también puede protegernos de la vida. C. S. Lewis escribió que «[…] amar, en absoluto, es ser vulnerable» (Los cuatro amores, 1960). Su argumento es incómodo: si queremos mantener intacto nuestro corazón, podemos no entregárselo a nadie, envolverlo cuidadosamente y guardarlo donde ninguna persona pueda alcanzarlo. Estará protegido del desengaño, de la pérdida y de todas esas catástrofes que los seres humanos solemos provocar cuando entramos en la vida de otros. Pero ese corazón tampoco permanecerá verdaderamente intacto: terminará volviéndose inaccesible. Quizá por eso algunas heridas amorosas producen una transformación silenciosa. No dejamos necesariamente de relacionarnos; podemos conocer personas, tener pareja, compartir domingos y hasta volver a decir «te quiero», mientras algo permanece detrás, una especie de vigilante encargado de recordarnos constantemente que la última vez aquello salió bastante mal. Así podemos terminar estando con alguien nuevo mientras seguimos defendiéndonos de alguien que ya no está.

Amar no significa aguantar

Aquí conviene hacer una distinción fundamental: amar a pesar del dolor no significa permanecer en una relación que nos lastima. No significa tolerar humillaciones, violencia, manipulación, desprecio o abandono emocional bajo la idea romántica de que «el amor todo lo puede». Tampoco significa convertir el sufrimiento en una prueba de profundidad, como si mientras más doliera una relación, más auténticos fueran nuestros sentimientos. Hay dolores que acompañan inevitablemente al amor porque amar implica vulnerabilidad, y hay dolores que nos indican que debemos marcharnos. No son lo mismo.

Erich Fromm entendía el amor maduro como una unión en la que, paradójicamente, permanecen la propia integridad y la individualidad (cfr. El arte de amar, 1956). Amar no debería exigir nuestra desaparición. Podemos querer profundamente a alguien y reconocer que no podemos vivir junto a esa persona; podemos extrañar y no regresar; podemos perdonar y mantener una distancia; podemos amar y decir basta. Hay amores que continúan existiendo incluso después de que hemos comprendido que una relación debe terminar, y quizá una de las formas más difíciles de madurez sea aceptar precisamente eso: sentir amor por alguien no nos obliga a quedarnos donde ese amor ya no puede vivir bien.

Cuando alguien nuevo toca una herida vieja

Después aparece otra persona y ahí comienza uno de los verdaderos desafíos. Es relativamente sencillo decir que hemos superado el pasado cuando nadie está intentando acercarse demasiado; las heridas parecen perfectamente cicatrizadas mientras nadie las toca. Hasta que alguien importa. Entonces regresan preguntas que creíamos resueltas: ¿y si también se va?, ¿y si estoy viendo algo que no existe?, ¿y si vuelvo a confiar y termino exactamente en el mismo lugar?, ¿y si me enamoro más? Qué pésima costumbre tienen las personas importantes de poner en peligro nuestra tranquilidad.

Podemos intentar exigir garantías antes de entregarnos, pero nadie puede ofrecérnoslas. No existe contrato capaz de asegurar que alguien permanecerá, que nosotros permaneceremos, que nada cambiará o que aquello que comienza maravillosamente seguirá siendo igual dentro de veinte años. Amar siempre contiene incertidumbre. Kierkegaard escribe que «[…] el amor cree todas las cosas y, sin embargo, nunca es engañado» (Las obras del amor, 1847). No propone una ingenuidad ciega, sino algo mucho más exigente: no convertir la posibilidad de ser heridos en argumento suficiente para dejar de creer en el otro. Confiar después de haber sufrido tampoco significa olvidar lo aprendido; significa procurar que quien llega no tenga que pagar una deuda contraída por quien se fue.

El valor de seguir amando

Quizá después del dolor no amamos igual, y quizá tampoco deberíamos. Podemos amar con más conciencia, con mejores límites, prestando atención a aquello que antes ignorábamos y aprendiendo que cuidar al otro no significa abandonarnos a nosotros mismos. Podemos comprender que el amor necesita conversación, responsabilidad, deseo, libertad y una considerable capacidad para reparar aquello que inevitablemente rompemos cuando compartimos suficiente tiempo con alguien. Una cosa, sin embargo, es amar de manera distinta; otra muy diferente es amar menos para sufrir menos

Tennyson escribió después de la muerte de Arthur Hallam aquella afirmación que terminaría atravesando generaciones: «Es mejor haber amado y perdido que no haber amado jamás» (In Memoriam A.H.H., 1850). La frase puede parecernos excesivamente romántica hasta que consideramos su alternativa: una vida perfectamente protegida en la que nadie entra demasiado, nadie puede abandonarnos porque nunca dejamos que verdaderamente llegue y nadie rompe nuestro corazón porque procuramos no entregárselo. Todo permanece bajo control. Y quizá precisamente ése sea el problema. Porque amar supone aceptar que algo importante para nosotros deja de depender completamente de nosotros; significa concederle al otro la posibilidad de afectarnos. No existe vulnerabilidad cero en una relación verdaderamente significativa.

Reflexión final

Amar después del dolor no consiste en regresar ingenuamente al mismo lugar. Algo aprendimos y algo cambió. Hay cicatrices que conviene recordar porque nos enseñaron dónde estaban nuestros límites, qué dejamos pasar, qué necesitamos y qué no estamos dispuestos a negociar nuevamente. Pero una cicatriz no es solamente el recuerdo de una herida: también es la evidencia de que algo consiguió cerrar.

Tal vez el verdadero desafío no sea conseguir que el amor deje de poder dolernos, porque probablemente eso exigiría dejar de amar. El desafío es no permitir que quienes nos lastimaron decidan también cómo vamos a querer a quienes lleguen después. Quizá un día aparezca alguien que no tenga intención de repetir nuestra historia, alguien que no sea responsable de nuestras despedidas anteriores, y entonces tendremos que decidir si seguimos conversando con nuestros fantasmas o nos atrevemos a mirar a la persona que tenemos enfrente.

No hay garantías. Nunca las hubo. Amar quizá consista también en saberlo y, aun así, abrir un poco la puerta; no porque hayamos olvidado cuánto dolió, sino porque todavía recordamos cuánto puede significar querer a alguien. Tal vez sanar no sea conseguir que nunca vuelvan a tocarnos donde alguna vez dolió. Quizá sea poder sentir nuevamente sin exigirle al presente que responda por aquello que hizo el pasado.


Si alguna vez el dolor ha hecho que volver a amar te resulte difícil, quizá valga la pena hablar de aquello que todavía permanece ahí. Si has pensado en comenzar un proceso de análisis, puedes escribirme desde Contacto. Y si quieres seguir pensando conmigo, puedes comentar, compartir esta entrada o encontrarme en Instagram como @hchp1.

Después de todo, quizá sanar no sea dejar de sentir, sino poder volver a hacerlo sin que el pasado decida por nosotros.