“El amor es un deber”.
— Søren Kierkegaard
Queridos(as) lectores(as):
Hay quienes esperan al amor de su vida y cargan esa espera como una sospecha. Sospechan de sí mismos, de su tiempo, de sus decisiones. Sospechan porque el mundo no sabe qué hacer con quienes no corren, no improvisan afectos ni se conforman con cualquier promesa de compañía. En una cultura que confunde intensidad con verdad y movimiento con sentido, esperar suele interpretarse como una forma elegante de fracaso. Sin embargo, no toda espera nace de la carencia. Algunas nacen del respeto. Del presentimiento —todavía torpe, pero honesto— de que amar no es un juego, ni un derecho automático, ni una emoción que se administra como entretenimiento. Kierkegaard escribió precisamente para personas así: no para los satisfechos, ni para los cínicos, sino para quienes sienten que el amor exige algo más profundo que el entusiasmo momentáneo.
Este encuentro no busca idealizar la espera ni convertirla en una virtud en sí misma. Tampoco promete recompensas futuras. Busca algo más incómodo y más fecundo: pensar qué significa amar bien y ser amado sin ser reducido, para que la espera no se convierta en amargura ni el amor en una forma de violencia emocional.
El amor no comienza con el encuentro, sino con una exigencia interior
En Las obras del amor (1847), Kierkegaard se esfuerza por desmontar una confusión fundamental: creer que el amor surge espontáneamente del sentimiento o del encuentro afortunado. Por el contrario, insiste en que el amor pertenece al ámbito de la voluntad y de la responsabilidad. En un pasaje central escribe: “Cuando se dice que el amor es un deber, con ello no se elimina el amor, sino que se lo libera de toda arbitrariedad y de toda dependencia del estado de ánimo. Precisamente porque es un deber, el amor queda asegurado contra toda alteración”.
Esta afirmación no moraliza el amor, lo rescata. Kierkegaard no niega la emoción; la subordina a algo más estable. Amar no es reaccionar a lo que siento hoy, sino responder por el otro incluso cuando el sentimiento cambia. Para quien espera, esto es decisivo: el amor no empieza cuando aparece alguien, sino cuando uno acepta la responsabilidad de no amar mal.
Por eso Kierkegaard se opone a la idea romántica de que el amor auténtico es el que “se da sin pensar”. Lo que se da sin pensar suele exigir después sin medida. La espera, entendida desde aquí, no es una pausa vacía, sino un tiempo en el que se forma la capacidad de amar sin apropiarse. Películas como Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010) muestran con crudeza lo contrario: una relación que nace de la intensidad, pero carece de una estructura interior capaz de sostener el amor cuando la emoción se erosiona. Kierkegaard no habría visto ahí falta de amor, sino falta de preparación ética para amar.
Esperar no es pasividad, sino aprendizaje del amor
La espera suele vivirse como déficit: algo falta, alguien no llega. Kierkegaard propone una lectura más exigente. Al reflexionar sobre el mandamiento cristiano, escribe: “Amar al prójimo no es una inclinación, sino una obligación; y precisamente por eso el amor no depende de que el otro sea digno, atractivo o satisfactorio, sino de que es el prójimo” (Las obras del amor, 1847). Aquí la espera cambia de signo. No se espera a alguien perfecto, sino que se aprende a amar sin exigir perfección. Quien no ha pasado por este aprendizaje corre el riesgo de convertir al otro en objeto de compensación: alguien que viene a llenar, a confirmar, a calmar. Kierkegaard es implacable con este tipo de amor, porque termina destruyendo lo que toca.
Esperar, entonces, no es quedarse inmóvil, sino resistirse a amar desde la necesidad, desde la desesperación. Es una forma de trabajo interior que impide que el amor se vuelva consumo. Esto resulta especialmente relevante hoy, cuando muchas relaciones funcionan bajo una lógica de satisfacción inmediata y descarte elegante. Series como Normal People (Lenny Abrahamson y Hettie Macdonald, 2020) muestran con precisión esta tensión: dos personas que se aman, pero que no saben cómo amar sin perderse ni someterse. Kierkegaard diría que ahí la espera no fue demasiado larga, sino insuficiente: no hubo tiempo para aprender a amar sin dañarse.
Ser amado no es ser deseado, sino ser cuidado en la verdad
Uno de los aportes más profundos de Kierkegaard es su distinción entre amor y deseo. El deseo busca poseer; el amor busca preservar al otro como otro. Nuestro autor escribe un pasaje que suele pasarse por alto: “El amor no consiste en que dos personas se miren mutuamente, sino en que ambas miren juntas en la misma dirección; de otro modo, el amor se convierte en una relación de encierro y no de liberación” (Las obras del amor, 1847). Ser amado, desde esta perspectiva, no significa ser absorbido por la mirada del otro, sino ser acompañado hacia la verdad. Kierkegaard denuncia la tentación de convertir el amor en idolatría: cuando el otro se vuelve absoluto, deja de ser amado y comienza a ser usado.
Para quien espera ser amado, esta distinción es crucial. No todo vínculo intenso es amor. Hay relaciones donde uno es deseado, necesitado o idealizado, pero no verdaderamente cuidado. Kierkegaard ofrece aquí un criterio incómodo pero liberador: el amor auténtico no encierra, ensancha. Películas como Her (Spike Jonze, 2013) ilustran con sutileza este riesgo: la confusión entre intimidad y fusión, entre compañía y dependencia. Kierkegaard habría dicho que el amor que no tolera la alteridad termina asfixiando, incluso cuando se presenta como ternura.

—Søren Kierkegaard
*Créditos al autor del dibujo
El noviazgo y el límite: amar sin poseer
Las Cartas del noviazgo (escritas entre 1840-41) muestran a un Kierkegaard lejos del sistema y cerca de la herida. En ellas aparece una verdad que nuestra época rehúye: no todo amor culmina, y no por eso es falso. Kierkegaard escribe desde la conciencia de que amar también implica saber detenerse cuando continuar significaría traicionar algo esencial. Estas cartas revelan que el límite no siempre es cobardía; a veces es responsabilidad. Amar no es avanzar a toda costa, sino discernir si el avance cuida o destruye. Kierkegaard no glorifica la renuncia, pero tampoco la demoniza cuando es necesaria para no deformar el amor.
Para quienes esperan, esta idea es profundamente liberadora. No todo amor que no se concreta fue tiempo perdido. Algunos amores ordenan el corazón, enseñan a amar con más verdad y preparan para un vínculo más justo. La espera, aquí, no es negación del amor, sino su purificación. En una cultura donde toda relación debe progresar o desaparecer, Kierkegaard introduce una tercera vía: la fidelidad sin posesión. Amar, a veces, es no apropiarse.
Esperar como forma de respeto por el amor
La espera que emerge del pensamiento de Kierkegaard no promete finales felices. No garantiza encuentros. Lo que sí garantiza es algo más sobrio y más profundo: no traicionarse en la manera de amar. En una época de vínculos frágiles y afectos descartables, esto ya es una forma de valentía. Esperar no convierte a nadie en superior ni en más puro. Simplemente protege al amor de convertirse en un objeto de uso. Kierkegaard no invita a idealizar la soledad, sino a no convertir el amor en anestesia contra ella.
Hay personas que merecen un amor que no las use, que no las apresure, que no las confunda. Kierkegaard nos recuerda que ese amor no comienza con un encuentro, sino con una decisión silenciosa y exigente: amar bien, incluso cuando todavía no hay a quién amar. Tal vez la pregunta no sea cuándo llegará el amor, sino qué estás haciendo con tu manera de amar mientras esperas.
Reflexión final
¿Esperas desde el miedo o desde el respeto? ¿Buscas ser elegido(a) o aprender a cuidar? ¿Te atreves a amar sin convertir al otro en salvación? ¿Qué tipo de amor estás preparando mientras esperas?
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