“Mi amada, tú eres la recompensa de todo”.
— Sigmund Freud
Queridos(as) lectores(as):
Durante décadas se nos ha enseñado a pensar a Freud como una figura severa, casi glacial: un hombre que sospechaba de todo afecto, que reducía el amor a pulsión y que miraba los vínculos humanos con bisturí clínico. No ayuda que la cultura popular haya reforzado esta imagen, presentándolo como alguien que “desmonta” el amor en lugar de comprenderlo. Pero esta caricatura dice más de nuestra pereza lectora que del propio Freud. Quien se acerque a su correspondencia privada —especialmente a las cartas dirigidas a su futura esposa— descubre a un hombre profundamente enamorado, sensible, vulnerable y sorprendentemente romántico. No un romántico ingenuo, sino uno exigente, fiel y constante. Un Freud que amó con palabras, con espera y con responsabilidad.
Este encuentro quiere mostrar ese otro Freud: no el del diván, sino el del noviazgo; no el del diagnóstico, sino el de la promesa. Porque entender cómo amó Freud ayuda también a entender por qué nunca fue un cínico respecto al amor, sino un pensador que desconfiaba de las ilusiones, no del vínculo.
Freud no desconfiaba del amor, sino de la mentira
Freud jamás negó la fuerza del amor; lo que negó fue su idealización ingenua. En sus cartas a Martha Bernays, escritas durante su largo y difícil noviazgo, aparece un hombre consciente de sus límites, de su precariedad económica y de sus miedos, pero también de la centralidad absoluta del vínculo. En una carta de 1884, Freud le escribe a Martha que su amor no es un adorno de su vida, sino su eje, afirmando que “sin ti, mi vida carecería de orientación y de sentido” (Cartas a Martha, 1884). Esta afirmación no es retórica romántica: está escrita en un contexto de espera forzada, de distancia y de incertidumbre. Freud no podía casarse aún, no tenía estabilidad, y aun así no convierte el amor en promesa vacía ni en escapismo. El amor aparece como algo que exige responsabilidad, no como refugio sentimental.
Aquí se rompe la caricatura del Freud frío. Lo que Freud rechaza no es el amor, sino su falsificación. Por eso, más tarde, será tan crítico con las idealizaciones amorosas que ocultan dependencia, autoengaño o negación del conflicto. Pero esa crítica nace precisamente de haber tomado el amor en serio. Películas como A Dangerous Method (David Cronenberg, 2011) suelen reforzar la imagen de un Freud distante, cerebral, casi aséptico en lo afectivo. Sin embargo, ese Freud cinematográfico no dialoga con el Freud epistolar, que se expone con una honestidad emocional que hoy muchos considerarían incómoda.
El romanticismo freudiano: fidelidad, espera y palabra
El romanticismo de Freud no se parece al romanticismo exaltado o impulsivo. Es un romanticismo de la espera. Durante años escribe a Martha casi a diario, sosteniendo el vínculo con palabras, planes, dudas y promesas. En una de sus cartas más reveladoras, le confiesa que “mi ternura por ti no se ha debilitado por la espera; al contrario, se ha vuelto más reflexiva y más profunda” (Cartas a Martha, 1885). Aquí aparece un elemento clave: para Freud, la espera no enfría el amor, lo depura. No hay urgencia posesiva, sino un trabajo constante de la palabra. Freud no idealiza a Martha como objeto de salvación, sino que la reconoce como interlocutora, como alguien con quien construir una vida.
Este punto es fundamental para desmontar la idea de un Freud antiromántico. Su romanticismo no es impulsivo, sino sostenido. No necesita dramatizar el amor; lo cultiva. En esto, Freud se parece poco a los modelos románticos contemporáneos, donde la intensidad suele sustituir a la constancia. Series modernas que exaltan la pasión inmediata, como Bridgerton (Chris Van Dusen, 2020), contrastan con esta forma de amar: vínculos rápidos, intensos, pero poco reflexivos. Freud, en cambio, muestra que el amor también puede crecer en la demora, sin perder fuerza ni dignidad.

(Carta a Martha Bernays, 21 de junio de 1884)
Amor y verdad: por qué Freud no idealiza
Uno de los rasgos más interesantes del Freud enamorado es que no se engaña respecto a sí mismo. En varias cartas reconoce su mal carácter, su impaciencia, su tendencia al pesimismo. En una de ellas le escribe a Martha que no le promete una vida fácil, sino una vida compartida con honestidad, afirmando que “no soy un hombre sencillo ni ligero, pero en mi lealtad puedes confiar sin reservas” (Cartas a Martha, 1886). Este punto es decisivo: Freud no promete felicidad constante, promete fidelidad. Su amor no se basa en la ilusión de completud, sino en el compromiso con la verdad del otro y de sí mismo. Esto explica por qué, más tarde, será tan crítico con los amores que se sostienen sobre la negación del conflicto.
Lejos de destruir el romanticismo, Freud lo vuelve adulto. Amar no es negar la dificultad, sino elegir permanecer a pesar de ella. Esta concepción atraviesa toda su obra clínica posterior, donde el amor aparece siempre como un terreno de ambivalencia, no de pureza. Aquí Freud dialoga silenciosamente con la experiencia humana más común: la decepción amorosa no nace de amar demasiado, sino de haber amado desde la ilusión. Y Freud, justamente porque amó de verdad, no quiso mentirse sobre el amor.
Freud frente a su caricatura cultural
La cultura contemporánea ha preferido un Freud fácil: el que reduce todo a sexo, el que sospecha de toda ternura, el que “explica” el amor para desactivarlo. Pero ese Freud es una construcción simplificada. El Freud real, el que escribe cartas, el que espera, el que se compromete, es mucho más complejo. Leer su correspondencia obliga a revisar el prejuicio: Freud no destruye el amor; destruye su falsificación. No es un cínico, es un desilusionador honesto. Por eso su pensamiento resulta incómodo hoy, en una época que confunde crítica con frialdad.
Quien lea estas cartas descubre algo inquietante: Freud amó de una manera que hoy muchos consideran excesiva, anticuada o incluso ingenua. Y, sin embargo, ese amor fue duradero, fecundo y profundamente humano. No se sostuvo en la intensidad, sino en la palabra y la fidelidad. Tal vez el verdadero escándalo no sea que Freud analizara el amor, sino que lo tomara tan en serio.
Lo que este Freud tiene que decirnos hoy
Descubrir al Freud romántico no es un ejercicio histórico; es una interpelación. Nos obliga a preguntarnos si no hemos confundido lucidez con cinismo y profundidad con frialdad. Freud muestra que se puede pensar críticamente el amor sin dejar de amar. Hay personas que merecen un amor así: no idealizado, no apresurado, no anestésico. Un amor que no huye del conflicto, pero tampoco lo convierte en excusa para no comprometerse. Freud, con sus cartas, nos recuerda que el amor verdadero no necesita negar la realidad para sostenerse.
Quizá el problema no sea que Freud haya sido demasiado frío, sino que nosotros nos hemos vuelto demasiado superficiales con el amor. Leerlo con atención devuelve al amor su peso, su dificultad y su dignidad.
Reflexión final
¿Confundes lucidez con frialdad? ¿Buscas intensidad o fidelidad? ¿Te atreves a amar sin idealizar, pero sin cinismo? ¿Qué imagen del amor has heredado… y cuál estás dispuesto(a) a revisar?
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