“La cultura contemporánea transforma la inmadurez en ideal social»
— Christopher Lasch
Queridos(as) lectores(as):
En las últimas semanas ha cobrado visibilidad en redes sociales el fenómeno de los llamados therian: personas que sostienen que su identidad profunda no es humana, sino animal —lobo, zorro, felino— y que esa vivencia constituye una verdad ontológica que debe ser reconocida. No estamos ante un simple juego infantil ni ante una metáfora poética. Estamos ante una afirmación identitaria que reclama validación pública.
No escribo esto desde la burla ni desde el desprecio. Lo escribo desde la preocupación filosófica y el cuestionamiento psicoanalítico. Porque cuando una cultura comienza a relativizar incluso la condición humana encarnada, algo más profundo está en juego. No es el fenómeno aislado lo que importa. Es el síntoma. La pregunta no es si alguien puede imaginar que es un animal. La imaginación es constitutiva del espíritu humano. La pregunta es otra: ¿qué revela este fenómeno sobre nuestra relación contemporánea con el cuerpo, la responsabilidad y el crecimiento?
Infantilización cultural y narcisismo performativo
Christopher Lasch escribió en La cultura del narcisismo (1979): “El nuevo narcisismo no está orientado hacia la gratificación sensual sino hacia la supervivencia psíquica” (La cultura del narcisismo, 1979). Lo que Lasch anticipaba era una sociedad donde el yo ya no busca verdad ni trascendencia, sino validación constante para sostener su frágil identidad. La identidad, en este contexto, deja de ser una estructura que se construye en diálogo con la realidad y se convierte en un performance que necesita ser visto. Las redes sociales no inventaron el narcisismo, pero lo amplificaron hasta convertirlo en mecanismo de existencia. “Soy lo que declaro que soy” se transforma en principio ontológico.
No es casual que muchas manifestaciones therian estén acompañadas de rituales públicos de afirmación: videos, coreografías, narrativas personales. En el ecosistema digital, la identidad necesita exhibirse para consolidarse. La intimidad ya no basta. Y aquí la pregunta incómoda es inevitable: ¿estamos frente a una búsqueda profunda de sentido o frente a una forma sofisticada de regresión infantil donde el deseo se convierte en realidad por decreto?
El cuerpo no es avatar
Maurice Merleau-Ponty afirma en Fenomenología de la percepción (1945): “No tengo un cuerpo, soy mi cuerpo” (Fenomenología de la percepción, 1945). Esta frase no es retórica. Es una afirmación radical sobre la condición humana: el cuerpo no es un traje intercambiable, es la forma misma en que el mundo se nos da. En la cultura gamer y virtual, estamos acostumbrados a modificar avatares: cambiar especie, género, habilidades. Videojuegos como The Elder Scrolls V: Skyrim (Bethesda, 2011) permiten habitar razas no humanas. El anime Beastars (Itagaki, 2016) presenta sociedades antropomórficas donde animalidad y moralidad se entrecruzan. Estas narrativas son simbólicas, exploratorias, metafóricas. No sustituyen la encarnación real.
El problema emerge cuando la lógica del avatar invade la ontología. Cuando la identidad se entiende como editable con la misma facilidad que un personaje digital. Merleau-Ponty insistía en que el cuerpo es “vehículo del ser-en-el-mundo”. No es una elección estética. Negar la estructura corporal humana no es creatividad. Es ruptura con la condición fenomenológica que nos constituye.
El animal como fantasía de inocencia moral
Sigmund Freud escribió en El malestar en la cultura (1930): “La cultura impone grandes sacrificios no sólo a la sexualidad, sino también a la agresividad del hombre” (El malestar en la cultura, 1930). Ser humano implica aceptar la ley, la norma, el límite. La civilización se funda en renuncias. El animal, en cambio, simboliza lo instintivo sin culpa. No hay responsabilidad ética en el lobo que caza ni en el felino que acecha. En la literatura, desde El libro de la selva (Kipling, 1894) hasta La princesa Mononoke (Miyazaki, 1997), el animal representa pureza frente a corrupción humana.
Identificarse con el animal puede expresar el deseo de escapar del peso moral de la humanidad. No tener que cargar con la complejidad del bien y el mal. No responder ante normas simbólicas. Pero la madurez consiste precisamente en sostener esa tensión. La libertad humana no es ausencia de ley; es capacidad de responder ante ella.

Identidad líquida y tribus digitales
Zygmunt Bauman señaló en Vida líquida (2005): “Las identidades son para usar y tirar; son un traje que uno se pone y se quita según convenga” (Vida líquida, 2005). La modernidad tardía convierte la identidad en proyecto perpetuo de reinvención. En el manga y anime, la transformación es motivo recurrente: Tokyo Ghoul (Ishida, 2011) explora la tensión entre humanidad y monstruosidad; Attack on Titan (Isayama, 2009) juega con la metamorfosis literal del cuerpo. Pero en estas obras la transformación es dramática, trágica, conflictiva. No es capricho.
Las comunidades digitales ofrecen pertenencia inmediata. El therian encuentra validación, lenguaje compartido, ritual colectivo. En una sociedad fragmentada, eso tiene un poder enorme. Sin embargo, la pertenencia no equivale a verdad ontológica. Y el reconocimiento comunitario no convierte en real lo que contradice la estructura corporal humana.
Juego simbólico y negación ontológica
El juego simbólico es saludable. El niño que juega a ser dragón sabe que está jugando. El lector de El Señor de los Anillos (Tolkien, 1954) no cree ser hobbit por identificarse con Frodo. El problema surge cuando la metáfora exige literalidad. Cuando la identidad imaginaria reclama reconocimiento jurídico, social y ontológico.
Aquí la cuestión no es psicológica sino filosófica: ¿puede el deseo redefinir la estructura del ser? Si todo es autodefinición, la realidad se disuelve en narrativa. Y cuando la realidad se disuelve, el crecimiento se vuelve opcional.
Crecer es aceptar el límite humano
La adultez no consiste en reprimir imaginación. Consiste en integrarla sin perder contacto con la realidad.
Ser humano implica:
– Tener cuerpo.
– Tener límite.
– Tener responsabilidad.
– Tener ley simbólica.
La tentación contemporánea es convertir la identidad en refugio contra la frustración. Pero la madurez no elimina el conflicto; lo asume. El fenómeno therian no es simplemente extraño. Es el espejo de una cultura que tiene dificultades para aceptar la condición humana con su peso, su deber y su incomodidad.
Reflexión final
¿Estamos ampliando la imaginación… o diluyendo la realidad? ¿Estamos defendiendo autenticidad… o evitando la responsabilidad? ¿La libertad consiste en inventarse… o en habitar plenamente lo que se es? Tal vez la verdadera rebeldía hoy no sea declararse otra cosa, sino aceptar con valentía la complejidad de ser humano.
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