«¿Estoy enamorado? —Sí, porque espero».
— Roland Barthes
Queridos(as) lectores(as):
Hay libros que uno lee para comprender un tema y otros que parecen comprendernos mientras los leemos. Fragmentos de un discurso amoroso (1977), de Roland Barthes, pertenece a los segundos. Ahí estamos esperando una llamada, interpretando un silencio, reconstruyendo una conversación, preguntándonos por qué respondió de aquella manera y no de otra. Hoy podríamos agregar el mensaje visto y no contestado, la hora de la última conexión o esa miserable notificación que consigue convertir cinco minutos en una investigación digna de Scotland Yard. Cambian los dispositivos; el enamorado conserva buena parte de sus tragedias.
Barthes tuvo la inteligencia de no escribir un tratado que explicara el amor desde fuera. Su libro pone en escena la voz de quien ama: sus esperas, celos, ausencias, fantasías, angustias y declaraciones. Él mismo explica que busca «[…] dar a leer un lugar de palabra», el de alguien que habla amorosamente frente a un objeto amado que no habla (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). Y precisamente ahí se encuentra tanto la extraordinaria fuerza del libro como el punto desde el cual quisiera discutir con él. Barthes escucha maravillosamente al enamorado; pero escuchar al enamorado todavía no significa haber agotado el amor. Porque entre todo aquello que siento por alguien y el encuentro con esa persona existe una distancia que a veces preferimos no mirar.
El enamorado y su pequeño teatro
Una de las grandes intuiciones de Barthes consiste en mostrar que el enamorado no deja de producir significados. Un retraso rara vez es solamente un retraso; una palabra puede convertirse en promesa y un silencio en anuncio de catástrofe. «La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme» (Ibídem), escribe al describir ese extraño estado en el que la llegada del otro parece suspender nuestra propia vida. Quien ha esperado una llamada, una respuesta o el regreso de alguien sabe que Barthes no exagera demasiado: hacemos cosas mientras esperamos, por supuesto, pero una parte de nosotros permanece sentada junto a un teléfono imaginario.
El problema aparece cuando advertimos que todo ese discurso, aunque aparentemente esté dedicado al otro, sigue ocurriendo dentro de nosotros. Interpreto su silencio, imagino sus intenciones, anticipo sus respuestas, atribuyo significados a sus gestos. Puedo pasar horas pensando en alguien y, paradójicamente, estar relacionándome muy poco con quien realmente es. Barthes llega a formularlo de manera brutal: «El ser que espero no es real» (Ibídem). No significa que la persona sea imaginaria, sino que la figura que espero ha sido construida también por mi deseo. El otro llega a un lugar que, en cierta medida, ya habíamos preparado para él.
Sigmund Freud permite profundizar esa sospecha. Al pensar la idealización amorosa observa que «[…] se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal» (Introducción del narcisismo, 1914). No quiere decir que todo amor sea un ejercicio narcisista ni que sólo busquemos espejos. Significa que nunca llegamos vacíos a una relación. Llevamos deseos, carencias, recuerdos, fantasías y antiguas maneras de entender qué significa ser queridos. A veces admiramos en alguien precisamente aquello que sentimos que nos falta; otras, reconocemos una forma de cariño que conocemos desde hace mucho o buscamos desesperadamente la que nunca tuvimos. Nos enamoramos de una persona, sí, pero también de lo que esa persona comienza a representar en nuestra historia.
El inconveniente de que el otro exista
Y entonces sucede algo «terrible»: la persona amada empieza a ser ella misma. Tiene opiniones que no habíamos previsto, necesidades que no coinciden con las nuestras, momentos en los que prefiere estar sola, heridas que nuestro amor no cura mágicamente y deseos cuya finalidad no consiste en hacernos felices. La fantasía comienza a encontrar resistencia. Barthes conoce perfectamente este momento. «Temo y repruebo al ser amado, desde el momento en que ya no ‘pega’ con su imagen» (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). La frase me parece fundamental porque señala una de las experiencias más difíciles de cualquier relación: descubrir que el otro no ha venido al mundo para interpretar el personaje que escribimos para él. Podemos sentir entonces que cambió, que nos engañó o que el amor se está terminando, cuando en algunas ocasiones simplemente estamos conociendo dimensiones suyas que nuestra idealización había dejado fuera.
Aquí conviene hacer justicia a Barthes antes de criticarlo. Fragmentos de un discurso amoroso no pretende ofrecer una teoría completa de la pareja ni enseñarnos cómo amar. Su objeto es deliberadamente el discurso del sujeto amoroso. Por eso sería bastante pobre acusarlo de no haber escrito el libro que nosotros hubiéramos querido. Mi discusión comienza en otro sitio: en lo que sucede cuando tomamos la experiencia del enamorado como si bastara para definir el amor. Entonces el amor corre el riesgo de quedar reducido a una sucesión fascinante de estados interiores: yo deseo, yo espero, yo interpreto, yo temo, yo sufro. El otro ocupa el centro de mi pensamiento y, sin embargo, puede continuar siendo un desconocido.
La paradoja es maravillosa y un poco cruel: podemos estar obsesionados con alguien sin haber aprendido todavía a encontrarnos con él. Podemos conocer sus horarios y desconocer sus miedos; recordar cada palabra que nos dijo y no haber escuchado lo que intentaba decirnos; desearlo intensamente y seguir relacionándonos con la versión de esa persona que mejor encaja en nuestra historia.
Sentir amor no es todavía saber amar
Aquí es donde Erich Fromm ofrece un contrapunto útil. «El amor es una actividad, no un afecto pasivo» (El arte de amar, 1956). La afirmación parece sencilla, pero cambia radicalmente el problema. Si el amor es únicamente algo que me ocurre, su intensidad podría bastar como prueba. Si amar también implica una actividad, entonces tendremos que preguntarnos qué hacemos con aquello que sentimos. Podemos estar profundamente enamorados y escuchar pésimamente. Podemos sentir celos terribles y llamarlos amor; desear a alguien y no respetar sus límites; escribir cartas magníficas y desaparecer cuando esa persona necesita nuestra presencia. Incluso podemos decir «te amo» con absoluta sinceridad mientras seguimos exigiendo que el otro se convierta en aquello que necesitamos. La intensidad de una emoción demuestra que la emoción es intensa; no demuestra, por sí misma, nuestra capacidad para construir una relación.
Esto tampoco significa reducir el amor a responsabilidad, comunicación eficiente y acuerdos razonables, como si la pareja ideal fuera una pequeña sociedad administrativa con excelente manejo de conflictos. Sería una manera bastante triste de corregir a Barthes. Hay algo del enamoramiento que merece ser preservado: esa desproporción por la que una persona entre millones adquiere para nosotros una importancia que ninguna hoja de cálculo podría justificar. El deseo, la fascinación, la ternura, incluso cierta locura, forman parte de la experiencia. Fromm mismo no convierte el amor en mera disciplina: cuando afirma que amar es dar, habla de una capacidad humana ejercida libremente, no de sacrificarse hasta desaparecer.
La diferencia que quisiera introducir es otra: enamorarse puede sucedernos; amar también compromete lo que hacemos después. El encuentro puede ser accidental. La fascinación puede sorprendernos. Nadie decide un martes a las cuatro de la tarde enamorarse profundamente a partir del jueves. Pero cuando ese acontecimiento comienza a convertirse en relación aparecen cuestiones que la intensidad no puede resolver por nosotros: escuchar, negociar, reparar, poner límites, aceptar límites, aprender a pedir, descubrir cuándo acompañar y cuándo dejar espacio. Sobre todo, aparece la tarea más difícil: permitir que dos personas continúen siendo dos.

El amor después del discurso
Tal vez aquí podamos regresar a Barthes sin necesidad de abandonarlo. Su libro nos entrega un retrato extraordinario de esa criatura vulnerable, ridícula, lúcida, angustiada y conmovedora que somos cuando nos enamoramos. Sería absurdo despreciarla. Todos hemos convertido alguna vez veinte minutos de silencio en una teoría general del abandono. Todos hemos esperado una señal y, cuando finalmente llegó, fingimos durante unos minutos que tampoco estábamos tan pendientes. El enamorado barthesiano no es un idiota que debamos superar; es una dimensión de nosotros que conviene escuchar.
Pero quizá el amor no pueda quedarse ahí. Llega un momento en que el otro debe dejar de ser únicamente protagonista de nuestro discurso y obtener derecho a réplica. Tiene que poder decirnos quién es en lugar de limitarse a confirmar quién imaginamos que era. Tiene que poder sorprendernos, decepcionarnos, contradecirnos y decirnos que no. Y nosotros debemos conservar exactamente el mismo derecho. Ahí la fantasía amorosa encuentra su límite, pero quizá también su posibilidad de madurar.
Curiosamente, el propio Barthes se aproxima a ese punto cuando escribe sobre la dificultad de aceptar la alteridad del amado y termina imaginando una suspensión del juicio sobre sus cualidades: «Amo al otro no según sus cualidades […] sino según su existencia» (Fragmentos de un discurso amoroso, 1977). Tal vez aquí nuestra crítica tenga que volverse también crítica de sí misma. Barthes no desconoce al otro; sabe perfectamente que existe y que su existencia hiere la fantasía. Lo que podemos añadir es que reconocer esa alteridad no tiene por qué ser únicamente otra figura del discurso amoroso. Puede convertirse en una práctica: conocer a alguien sin reducirlo a lo que nos proporciona, aceptar su diferencia sin volverla indiferencia y decidir, desde ahí, si podemos construir algo juntos.
Reflexión final
Tal vez el problema nunca haya sido decir «te amo». El problema comienza cuando suponemos que esas palabras resuelven aquello que apenas están inaugurando. Podemos amar lo que alguien despierta en nosotros, la imagen que construimos de esa persona y aquello que representa para nuestra historia. Podemos esperar, desear, temer perderla y sentir que su ausencia reorganiza el mundo entero. Todo eso pertenece legítimamente a la experiencia amorosa y Barthes hizo algo extraordinario al darle un lenguaje.
Pero llega un momento en que el otro debe dejar de ser únicamente protagonista de nuestro discurso. Tiene que poder hablarnos, contradecirnos, decepcionarnos, sorprendernos y seguir siendo alguien digno de ser escuchado aun cuando deje de coincidir con aquello que necesitábamos que fuera. Quizá entonces descubramos que el amor no se vuelve más pequeño cuando abandona la fantasía; se vuelve más difícil, porque ya no amamos únicamente aquello que imaginamos, pero también puede volverse mucho más profundo. Barthes nos enseñó a escuchar al enamorado. Amar quizá comience cuando también aprendemos a escuchar a la persona amada.
¿Y ustedes? ¿Alguna vez descubrieron que una parte de aquello que amaban pertenecía más a la persona que habían imaginado que a quien tenían enfrente? Los(as) leo. Si esta reflexión les dejó algo dando vueltas, compártanla con alguien con quien todavía valga la pena seguir conversando sobre el amor.
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