«Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo».
— Friedrich Nietzsche
Queridos(as) lectores(as):
Hay mañanas en las que uno despierta, mira las noticias y siente que el mundo ya comenzó a derrumbarse antes de que pudiera tomarse el primer café. Guerras, incertidumbre económica, trabajos que desaparecen, proyectos que no prosperan, una inteligencia artificial que avanza más rápido de lo que alcanzamos a comprender y una sensación de agotamiento que parece haberse instalado en nuestra vida cotidiana. Estamos en pleno 2026 y, aunque disponemos de recursos tecnológicos que habrían parecido milagrosos hace unas décadas, no necesariamente nos sentimos más tranquilos, seguros o acompañados. Tenemos mil maneras de comunicarnos y, sin embargo, hay personas que no saben a quién llamar cuando necesitan llorar.
A todo esto se suman nuestras pequeñas y grandes batallas: las cuentas pendientes, el miedo a perder el empleo, las relaciones que se enfrían, la dificultad para descansar y esa extraña sensación de estar haciendo muchas cosas sin saber muy bien para qué. Algunos buscan refugio en el entretenimiento permanente; otros intentan resolver cualquier malestar con algún «chocho» (medicina), una aplicación o una nueva técnica para recuperar la productividad. Y mientras tanto, seguimos repitiendo que debemos ser fuertes, independientes y capaces de salir adelante por nuestra cuenta, como si necesitar a alguien fuera una vergüenza.
En medio de estas inquietudes quisiera recuperar El hombre en busca de sentido (1946), de Viktor Frankl, psiquiatra austríaco que sobrevivió a los campos de concentración nazis y dedicó buena parte de su trabajo a reflexionar sobre la necesidad humana de encontrar sentido. No pretendo comparar nuestros problemas actuales con el horror del Holocausto; hacerlo sería una desproporción histórica y moral. Lo que propongo es acercarnos respetuosamente a su pensamiento para preguntarnos qué podemos aprender sobre una sociedad que parece tener cada vez más medios para vivir, pero no siempre encuentra razones para hacerlo.
Cuando el futuro deja de parecer una promesa
Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que el futuro sería mejor. Estudiar, trabajar, esforzarnos y prepararnos parecían pasos razonablemente seguros hacia una vida más estable. Hoy esa confianza se ha debilitado. Hay personas que se prepararon durante años para profesiones cuya transformación tecnológica apenas comienza, trabajadores que temen ser reemplazados y jóvenes que observan un panorama laboral donde incluso conseguir cierta estabilidad parece un privilegio. La inteligencia artificial ofrece posibilidades extraordinarias para la medicina, la educación y la investigación, pero también plantea preguntas legítimas sobre el empleo, la desigualdad y el lugar que ocupará el ser humano en un mundo cada vez más automatizado.
Frankl observó que la pérdida de una perspectiva de futuro podía tener consecuencias profundas en la vida psíquica de los prisioneros. En su relato aparece una expresión particularmente dolorosa: «El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado» (El hombre en busca de sentido, 1946). Debemos leer estas palabras dentro de su contexto extremo, sin convertirlas en una explicación universal del sufrimiento ni responsabilizar a las personas por aquello que padecen. Sin embargo, nos permiten comprender la importancia de conservar algún horizonte, incluso cuando nuestras circunstancias son inciertas.
Quizá una de nuestras dificultades actuales consista en haber confundido la esperanza con la garantía de que todo saldrá como deseamos. Esperar no significa tener asegurado el mañana, sino reconocer que todavía existen posibilidades que no conocemos. No podemos prometerle a alguien que conservará su empleo, que sus proyectos tendrán éxito o que el mundo recuperará pronto la tranquilidad. Pero sí podemos acompañarlo mientras busca alternativas, aprende algo nuevo o intenta reconstruir su camino. A veces, antes de necesitar una solución definitiva, necesitamos saber que todavía no se han cerrado todas las puertas.
El agotamiento de tener que poder con todo
Hay una forma de individualismo que se ha vuelto especialmente cruel: aquella que convierte cada dificultad humana en una responsabilidad exclusivamente personal. Si alguien no consigue trabajo, seguramente no se esforzó lo suficiente. Si está agotado, necesita organizarse mejor. Si se siente solo, debe aprender a disfrutar su propia compañía. Si atraviesa una crisis emocional, quizá le falte disciplina, actitud positiva o alguna rutina milagrosa que encontró un desconocido en internet. Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para ofrecer consejos y una preocupante dificultad para ofrecer compañía. Podemos pensar que nuestra relación con nosotros mismos no se construye al margen de los demás. Necesitamos vínculos, reconocimiento y espacios donde nuestras emociones puedan encontrar palabras. Sin embargo, vivimos bajo una exigencia permanente de autosuficiencia: debemos ser exitosos, emocionalmente estables, económicamente independientes y capaces de resolver cualquier dificultad sin molestar a nadie. El problema no es desarrollar autonomía, sino convertirla en una obligación que nos impida reconocer nuestras necesidades. Una persona puede ser responsable de su vida y, al mismo tiempo, necesitar que alguien la escuche, la abrace o le diga que no tiene que resolverlo todo esa misma noche.
Frankl recuerda que, incluso en las condiciones más terribles, existieron prisioneros que recorrían los barracones consolando a otros y compartiendo el poco pan que tenían. Aquellos gestos no eliminaban el horror ni garantizaban la supervivencia, pero mostraban que la relación con el otro conservaba un valor profundamente humano. Me pregunto qué estamos haciendo nosotros con esa posibilidad. ¿Cuántas veces hemos visto a alguien desanimado y preferimos no acercarnos porque «seguramente necesita su espacio»? ¿Cuántas amistades se han ido apagando porque todos esperamos que sea el otro quien escriba primero? No siempre podemos resolver los problemas de alguien, pero tampoco deberíamos esperar a que ocurra una tragedia para demostrarle que nos importa.

La soledad que no sabemos habitar
Aprender a estar solos es una conquista importante. La soledad elegida puede regalarnos silencio, descanso, creatividad y la oportunidad de encontrarnos con aspectos de nosotros mismos que suelen quedar sepultados bajo el ruido cotidiano. Pero una cosa es disfrutar de nuestra compañía y otra muy distinta acostumbrarnos a vivir sin vínculos significativos. Hoy podemos tener cientos de contactos, participar en innumerables conversaciones digitales y sentirnos profundamente solos al terminar el día. A veces no nos faltan personas alrededor; nos faltan relaciones donde podamos mostrarnos sin tener que representar permanentemente una versión admirable de nosotros mismos.
Frankl desarrolló una idea especialmente valiosa: el sentido no se encuentra necesariamente mediante una búsqueda obsesiva de satisfacción personal, sino también cuando nos orientamos hacia una tarea, una causa o una persona a quien amar. Esto no significa que debamos vivir exclusivamente para los demás ni que una relación afectiva sea indispensable para tener una existencia valiosa. Significa que nuestra vida puede enriquecerse cuando dejamos de contemplarnos como el centro absoluto de cuanto ocurre. En una sociedad que nos invita constantemente a preguntarnos qué podemos obtener, quizá convendría recuperar otra pregunta: ¿qué podemos ofrecer sin que todo se convierta inmediatamente en una transacción?
Me preocupa que hayamos comenzado a confundir el cuidado personal con una especie de indiferencia legitimada. Por supuesto que necesitamos límites, descanso y relaciones que no nos lastimen. Pero no toda incomodidad constituye una agresión, ni toda responsabilidad afectiva es una carga de la que debamos liberarnos. Acompañar a alguien exige tiempo, paciencia y, ocasionalmente, renunciar a nuestra comodidad. Si solamente estamos disponibles cuando no tenemos nada mejor que hacer, terminaremos construyendo vínculos donde todos defienden cuidadosamente su espacio, pero nadie encuentra un lugar donde sentirse verdaderamente acompañado.
Entre los «chochos», las distracciones y el derecho a sentir
También hemos desarrollado una relación extraña con el sufrimiento. Nos cuesta tolerar el aburrimiento, el silencio, la tristeza y la incertidumbre. Queremos soluciones rápidas para dormir, concentrarnos, tranquilizarnos y recuperar las ganas de hacer las cosas. Y no faltará quien nos recomiende algún «chocho», suplemento, aplicación o método infalible para volver a funcionar. Conviene aclarar algo fundamental: los tratamientos médicos y los medicamentos psiquiátricos, cuando están indicados, son herramientas legítimas y pueden resultar indispensables. Buscar ayuda profesional no representa una derrota, y nadie debería abandonar un tratamiento porque un escritor, filósofo o creador de contenido le haya prometido encontrar la felicidad mediante una reflexión profunda.
Mi crítica se dirige a otra cosa: a nuestra tendencia a considerar cualquier malestar como un desperfecto individual que debe corregirse rápidamente para continuar produciendo. ¿Y si parte de nuestro agotamiento estuviera relacionada con condiciones de vida que necesitan cambiar? ¿Y si algunas tristezas tuvieran que ver con pérdidas que todavía no hemos podido elaborar, relaciones deterioradas o una existencia donde apenas encontramos tiempo para disfrutar? No todo sufrimiento constituye una enfermedad, aunque tampoco debemos minimizar los síntomas que requieren atención clínica. Necesitamos distinguir entre aquello que puede aliviarse mediante un tratamiento, lo que exige transformar nuestras circunstancias y lo que necesita tiempo, escucha y acompañamiento.
Frankl plantea que el sentido puede descubrirse mediante la creación, el encuentro amoroso y la actitud que adoptamos ante sufrimientos que no podemos evitar. Esta última posibilidad suele malinterpretarse: no significa que debamos agradecer las desgracias ni buscar enseñanzas obligatorias en cada herida. Mucho menos implica permanecer en situaciones dañinas que podemos abandonar o transformar. Hay dolores que necesitan atención, injusticias que debemos combatir y pérdidas que merecen ser lloradas. Quizá una forma más amable de acercarnos a su pensamiento sea comprender que, incluso cuando no podemos resolver inmediatamente nuestra situación, todavía podemos intentar conservar pequeñas posibilidades de elección, cuidado y encuentro.
Un poco de paz durante la tormenta
No quisiera que esta entrada terminara convertida en otro catálogo de obligaciones para personas que ya están suficientemente cansadas. No necesitamos transformar la búsqueda de sentido en una nueva competencia para descubrir quién medita mejor, quién tiene la rutina más saludable o quién logra mantener una sonrisa mientras el mundo parece incendiarse. Pero sí podemos recuperar algunos gestos modestos: descansar sin culpa cuando las circunstancias lo permitan, caminar sin convertir cada paso en una estadística, disfrutar una conversación sin mirar constantemente el teléfono, limitar nuestra exposición al ruido informativo y reservar algún momento del día para aquello que todavía nos produce alegría. Nada de esto resuelve una crisis económica, detiene una guerra o elimina una depresión. Son apenas maneras de encontrar un poco de paz mientras buscamos soluciones más profundas.
También necesitamos volver a hablar. Hablar cuando estamos tristes, cuando sentimos miedo, cuando nos preocupa el futuro o cuando simplemente ya no sabemos qué hacer. No hace falta esperar a tener las palabras perfectas. Podemos comenzar diciendo: «No me he sentido bien últimamente y necesito conversar». Y quienes estamos del otro lado podemos aprender a escuchar sin interrumpir inmediatamente con consejos, comparaciones o frases que minimicen el dolor. A veces preguntamos cómo está alguien, pero no estamos preparados para escuchar una respuesta distinta de «bien». Si realmente queremos recuperar nuestros vínculos, tendremos que aprender a ofrecer algo más que preguntas automáticas.
Quisiera insistir especialmente en esto: si sabemos que alguien está atravesando un momento difícil, acerquémonos antes de que tenga que pedir auxilio. No invadamos su intimidad ni supongamos que conocemos sus necesidades; podemos ofrecer compañía y respetar su respuesta. Un mensaje, una llamada, una visita acordada o una invitación a tomar café pueden abrir un espacio que esa persona no sabía cómo solicitar. Y cuando observemos señales de sufrimiento intenso, desesperanza persistente o riesgo para su seguridad, no dejemos toda la responsabilidad en una conversación amistosa: ayudémosle a buscar atención profesional o apoyo urgente cuando sea necesario. Cuidar también significa reconocer los límites de aquello que podemos hacer solos.
Reflexión final
Viktor Frankl nos recuerda que la búsqueda de sentido constituye una dimensión profundamente humana de nuestra existencia. Pero quizá debamos cuidar que su pensamiento no termine convertido en otra exigencia individualista. No podemos pedirles a las personas que encuentren razones para vivir mientras permanecemos indiferentes ante las condiciones que les arrebatan oportunidades, seguridad y esperanza. Una sociedad no se vuelve más humana porque enseñe a sus integrantes a soportar cualquier sufrimiento, sino también porque aprende a reconocer cuáles de esos sufrimientos podrían evitarse y se compromete a hacerlo.
Vivimos tiempos complicados. Hay razones legítimas para sentir preocupación, tristeza y cansancio. No necesitamos fingir que todo marcha maravillosamente ni convertir cada dificultad en una oportunidad de crecimiento personal. A veces la vida duele, las circunstancias nos superan y el futuro parece demasiado incierto. Pero incluso entonces podemos intentar conservar algo que ninguna tecnología debería sustituir y ninguna crisis tendría que arrebatarnos: nuestra capacidad de reconocernos, acompañarnos y preocuparnos sinceramente por los demás.
Tal vez no podamos cambiar el rumbo del mundo esta tarde. Quizá tampoco consigamos resolver mañana todos nuestros problemas. Pero podemos comenzar por recuperar una forma de humanidad que parece estar perdiéndose entre tantas prisas y exigencias: mirar a quien tenemos cerca y recordar que también está librando batallas que desconocemos. Podemos escucharlo, preguntarle qué necesita, ofrecerle nuestra presencia y permitirnos recibir ese mismo cuidado cuando seamos nosotros quienes estemos agotados. No siempre podremos ser la solución al sufrimiento de alguien. Pero podemos evitar convertirnos en otra razón para que se sienta solo.
Y si algo quisiera que nos dejara esta conversación con Frankl es precisamente eso: que la búsqueda de sentido no termine encerrándonos todavía más en nosotros mismos. Que nos ayude a vivir con mayor conciencia, sí, pero también con mayor responsabilidad hacia quienes comparten nuestro camino. Porque quizá, en medio de tantas crisis, una de las cosas más importantes que todavía podemos hacer por nuestra propia vida sea no olvidarnos de la vida de los demás.
¿Cómo están viviendo este 2026? ¿Qué les preocupa, qué les está costando trabajo y qué les ha permitido recuperar un poco de tranquilidad? Me gustaría que pudiéramos hablar de ello sin sentir que debemos aparentar fortaleza. Los comentarios de esta entrada pueden ser un espacio para compartir experiencias, escucharnos y recordar que muchas de nuestras preocupaciones no son exclusivamente nuestras.
Si conocen a alguien que está pasando por un momento difícil, acérquense. Y si son ustedes quienes necesitan compañía, por favor, hablen. También pueden encontrarme en Instagram como @hchp1 o escribirme mediante la sección Contacto de Crónicas del Diván.
Gracias por acompañarme una vez más. Nos seguimos leyendo…









