«Quizá yo esté equivocado y quizá usted tenga razón; y si hacemos un esfuerzo, quizá podamos acercarnos a la verdad».
— Karl Popper
Queridos(as) lectores(as):
Hay algo profundamente inquietante en una conversación cuando dejamos de preguntar «¿qué piensas?» y comenzamos a preguntar «¿de qué lado estás?». Parece una diferencia pequeña, pero no lo es. En la primera pregunta todavía existe la posibilidad de escuchar un argumento; en la segunda, muchas veces buscamos una identificación. Izquierda o derecha, progresista o conservador, revolucionario o reaccionario. Una vez colocado el nombre, pareciera que ya sabemos lo suficiente sobre la persona que tenemos enfrente.
No quisiera escribir aquí contra la izquierda ni contra la derecha. Tampoco sostener la cómoda conclusión de que ambas son idénticas: sus tradiciones filosóficas, proyectos, valores y consecuencias históricas no lo son. Mi preocupación es otra. Quisiera pensar qué ocurre cuando cualquier ideología deja de ayudarnos a comprender el mundo y comienza a decidir de antemano quién merece nuestra comprensión. Cuando una idea necesita odio, desprecio, violencia o enemigos permanentes para conservar nuestra adhesión, quizá ya no estemos solamente ante una posición política. Estamos frente a un problema moral.
Cuando una idea comienza a pensarnos
Necesitamos ideas. Resultaría absurdo pretender vivir políticamente sin concepciones acerca de la libertad, la justicia, la igualdad, la propiedad, la autoridad o el bien común. Incluso declararse «sin ideología» puede ocultar presupuestos que simplemente hemos dejado de reconocer como tales. El problema no consiste, por tanto, en tener convicciones. Comienza cuando nuestras convicciones adquieren inmunidad frente a la crítica. Karl Popper hizo de la falibilidad una condición fundamental del racionalismo crítico. Una sociedad abierta no depende de que alguien encuentre finalmente la doctrina perfecta, sino de que nuestras instituciones y nuestras ideas puedan ser cuestionadas, corregidas y sustituidas sin necesitar destruir a quien discrepa. No es relativismo. Popper no afirma que todas las opiniones sean igualmente verdaderas. Afirma algo mucho más incómodo: estar convencido de tener razón no me concede infalibilidad. Su filosofía política está estrechamente ligada a esa defensa de la crítica y a su rechazo de las pretensiones de haber descubierto leyes inexorables de la Historia.
La ideología comienza a volverse peligrosa cuando invierte esa disposición. Ya no pregunto qué evidencia podría demostrar que estoy equivocado; busco evidencia que confirme que siempre tuve razón. Si alguien de mi grupo comete un abuso, encuentro contexto, explicaciones y matices. Si exactamente lo mismo lo hace el adversario, encuentro la confirmación definitiva de su perversidad. Dejamos de evaluar los actos mediante principios y comenzamos a evaluar los principios dependiendo de quién realizó los actos. Entonces sucede algo todavía más grave: dejamos de tener ideas y las ideas comienzan a tenernos a nosotros.
La fabricación del enemigo
Una doctrina que pretende movilizarnos intensamente necesita explicar no solamente qué está mal, sino quién tiene la culpa. Y aquí debemos ser cuidadosos: existen responsables reales de injusticias reales. Señalarlos, criticarlos y exigir responsabilidades no constituye fanatismo. Una democracia incapaz de identificar abusos sería tan absurda como una que viera conspiradores detrás de cada desacuerdo. El problema aparece cuando la categoría de adversario se transforma en categoría moral absoluta. Ya no hablamos con alguien equivocado, sino con un imbécil. Después con un ignorante. Más tarde con una mala persona. Finalmente con alguien cuya palabra no merece ser escuchada. En algún momento del proceso dejamos de refutar ideas y comenzamos a degradar seres humanos.
El mecanismo puede aparecer bajo banderas muy distintas. Podemos despreciar a los pobres porque suponemos que su situación demuestra falta de esfuerzo; despreciar a quienes tienen dinero porque convertimos su prosperidad en evidencia suficiente de explotación; considerar moralmente inferiores a quienes conservan ciertas tradiciones o tratar como primitivas a las personas que desean modificarlas. Podemos convertir «privilegiado», «comunista», «fascista», «burgués», «woke», «reaccionario» o cualquier otra etiqueta en una palabra que ya no describe: sentencia. No estoy diciendo que esas categorías carezcan siempre de contenido político o histórico. Estoy señalando el instante en que dejamos de utilizarlas para analizar fenómenos y comenzamos a utilizarlas para ahorrarnos el trabajo de conocer personas. Y allí aparece uno de los triunfos más alarmantes de la ideología: consigue que el desprecio nos parezca una virtud.

Cuando la Historia concede permisos
Hay otra tentación todavía más peligrosa: creer que conocemos hacia dónde debe dirigirse necesariamente la humanidad. Popper dirigió buena parte de su crítica al historicismo precisamente contra la pretensión de descubrir leyes históricas capaces de anticipar el destino de las sociedades. Si creemos conocer inevitablemente el final de la Historia, quienes se oponen a nuestra marcha dejan de ser simplemente personas con otras razones: pueden convertirse en obstáculos para el futuro.
Albert Camus comprendió extraordinariamente bien el peligro moral que aparece entonces. El hombre rebelde intenta pensar qué ocurre cuando una rebelión nacida contra la injusticia termina justificando el crimen en nombre de una justicia futura. Su punto de partida contiene una afirmación hermosa: «Me rebelo, luego somos» (El hombre rebelde, 1951). La rebelión descubre que existe algo en el ser humano que merece ser defendido; por eso mismo, para Camus, encuentra un límite cuando comienza a sacrificar seres humanos reales en nombre de una humanidad abstracta. Ese límite debería inquietarnos independientemente de nuestras simpatías políticas. Porque pocas cosas resultan más peligrosas que una causa absolutamente convencida de su propia bondad.
Cuando el fin es considerado perfecto, cualquier medio puede empezar a parecer provisionalmente necesario. La censura será temporal. La violencia será inevitable. La humillación estará justificada. Los muertos serán el precio lamentable de un mañana mejor. Camus examinó precisamente esa transformación de la rebelión contra la opresión en una lógica capaz de racionalizar el asesinato; al mismo tiempo, su propia argumentación política ha recibido críticas por algunas generalizaciones históricas, lo cual también recuerda que ningún autor crítico debería convertirse en nuestra nueva autoridad incuestionable. Aquí no importa demasiado si el paraíso prometido se encuentra en una sociedad perfectamente igualitaria, una nación purificada, un mercado absolutamente libre, una identidad colectiva restaurada o una revolución definitiva. La pregunta filosófica permanece: ¿qué estamos autorizándonos a hacer con las personas que supuestamente impiden llegar hasta allí?
El placer de odiar correctamente
Hay una dimensión todavía más íntima del problema. Las ideologías no solamente ofrecen explicaciones; también pueden ofrecer pertenencia. Nos dicen quiénes somos, quiénes son los nuestros y contra quiénes debemos mantenernos alerta. Eso puede proporcionar una extraordinaria sensación de seguridad en un mundo complicado. De pronto todo parece ordenarse. Nosotros defendemos la libertad; ellos quieren destruirla. Nosotros buscamos justicia; ellos protegen sus privilegios. Nosotros pensamos; ellos repiten propaganda. Nosotros tenemos principios; ellos tienen intereses. Y cada nueva atrocidad del adversario confirma la historia que ya habíamos decidido creer.
El odio adquiere entonces una característica particularmente seductora: se vuelve moral. Ya no desprecio a alguien a pesar de ser una buena persona. Lo desprecio precisamente porque considero que hacerlo demuestra que soy una buena persona. Puedo humillarlo, burlarme de él, celebrar que sea silenciado e incluso fantasear con su desaparición sin experimentar contradicción, porque previamente lo he colocado fuera de la comunidad moral a la que concedo consideración. Ahí deberíamos encender todas las alarmas.
No porque todas las ideas merezcan respeto. Algunas ideas son falsas; otras pueden ser racistas, autoritarias, violentas o incompatibles con derechos fundamentales y deben poder ser criticadas con toda contundencia. Pero una cosa es negar dignidad intelectual a un argumento y otra negar dignidad humana a quien lo sostiene. La sociedad abierta necesita conservar esa diferencia precisamente para poder combatir ideas peligrosas sin adoptar la misma lógica de deshumanización que pretende cuestionar.
La incómoda libertad de pensar
Pensar de verdad tiene un costo que la ideología puede ahorrarnos: la posibilidad de decepcionar a nuestra propia tribu. Significa poder reconocer una injusticia aunque la cometa alguien con quien simpatizamos y una verdad aunque la pronuncie alguien que nos desagrada. Significa admitir que nuestros adversarios pueden formular buenas preguntas, que nuestros aliados pueden ofrecer respuestas terribles y que ninguna identidad política debería exigirnos entregar nuestra conciencia a cambio de pertenencia.
Por eso la tolerancia tampoco significa indiferencia. Una sociedad abierta no necesita ciudadanos incapaces de tomar posición; necesita personas capaces de sostener convicciones fuertes sin convertirlas en permisos para deshumanizar. Podemos discutir con dureza, organizar oposición, denunciar abusos, defender derechos y considerar profundamente equivocada una doctrina. Lo que no deberíamos perder en el camino es aquello que hacía que nuestra lucha por la dignidad tuviera sentido desde el principio. Quizá la prueba más difícil de una convicción no sea cuánto estamos dispuestos a defenderla, sino qué nos negamos a hacer en su nombre.
Reflexión final
El triunfo ideológico más alarmante no ocurre cuando la izquierda derrota a la derecha o cuando la derecha derrota a la izquierda. Ocurre cuando cualquiera de ellas consigue convencernos de que pensar consiste en elegir un bando y obedecer sus conclusiones; cuando dejamos de preguntar si algo es verdadero o justo y comenzamos a preguntar quién lo dijo; cuando necesitamos que medio mundo sea moralmente despreciable para sentir que nosotros pertenecemos al lado correcto. Podemos tener convicciones. Debemos discutirlas. Algunas merecerán ser defendidas apasionadamente y otras combatidas con argumentos, instituciones y límites democráticos. Pero ninguna idea que aspire a mejorar la condición humana debería necesitar que dejemos de reconocer la humanidad de quienes no la comparten.
Quizá ahí se encuentre una de las defensas más sencillas y difíciles de la sociedad abierta: poder mirar a alguien que piensa radicalmente distinto y decirle «creo que estás equivocado; incluso puedo considerar peligrosa tu idea. Pero no necesito odiarte para combatirla ni deshumanizarte para defender la mía». Porque cuando una ideología consigue que el odio nos parezca lucidez, el desprecio nos parezca virtud y la violencia comience a parecernos justificable, tal vez ya no importe demasiado si nació a la izquierda o a la derecha. Ha dejado de servir al ser humano y ha comenzado a pedir seres humanos a su servicio.
Los(as) leo. Pueden escribirme en Contacto. No dejen de seguirme en Instagram: @hchp1. Quizá valga la pena compartir esta pregunta, especialmente con alguien que no piense como nosotros: ¿en qué momento una convicción deja de ayudarnos a pensar y comienza a pensar por nosotros?









