“El problema de Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que estos muchos no eran ni perversos ni sádicos, sino terriblemente normales».
— Hannah Arendt
Queridos(as) lectores(as):
Durante meses, el nombre de Jeffrey Epstein ha circulado como una herida abierta en el discurso público. No sólo por la gravedad de los hechos atribuidos a su figura, sino por algo mucho más inquietante: la sensación de que todo aquello no ocurrió en los márgenes, sino en el corazón mismo de los espacios más protegidos del poder, del dinero y del prestigio social. El estupor no provenía únicamente del crimen, sino de la constatación de que el horror puede instalarse sin estridencias, sin ruptura visible, como parte de una normalidad cuidadosamente administrada. Lo verdaderamente perturbador no fue descubrir que algo así ocurrió, sino advertir que pudo ocurrir durante años sin que se activaran alarmas éticas eficaces. No porque nadie supiera nada, sino porque saber no siempre conduce a pensar, y pensar no siempre conduce a actuar. En ese desfase entre conocimiento y responsabilidad se abre un abismo moral que la sociedad contemporánea parece cada vez más dispuesta a tolerar, siempre que el costo de mirar hacia otro lado sea menor que el de enfrentar la verdad.
Esta entrada no busca describir hechos ni recrear escenas. Tampoco pretende señalar culpables concretos ni sustituir el trabajo —indispensable— del periodismo o de la justicia. La pregunta aquí es otra, más lenta y más incómoda: ¿qué estructuras de poder, qué vaciamientos éticos, qué advertencias ignoradas hicieron posible que algo así se sostuviera en el tiempo? Porque antes de que el horror se vuelva real, casi siempre fue pensado, escrito y advertido. La literatura, la filosofía y el psicoanálisis han insistido, desde hace siglos, en una misma intuición: cuando el poder se separa del límite y la ética se vuelve decorativa, el mal deja de presentarse como excepción y comienza a operar como sistema. Ignorar esas advertencias no es ingenuidad; es una renuncia moral cuyos efectos siempre se pagan después.
Figuras de poder y nulidad ética
Existe una tendencia persistente a explicar el mal como anomalía individual, como si los grandes horrores fueran obra de sujetos excepcionalmente perversos, radicalmente distintos al resto de la sociedad. Esta explicación tranquiliza, porque permite pensar que el problema está lejos, encapsulado en figuras monstruosas que no nos representan. Sin embargo, la Historia muestra algo muy distinto: los peores daños no suelen nacer del exceso pasional, sino de una nulidad ética, de un progresivo vaciamiento del sentido de responsabilidad que acompaña al ejercicio del poder.
Cuando quien detenta poder deja de interrogarse por el límite, por el otro y por la consecuencia de sus actos, el mal ya no necesita justificación ideológica. No aparece como transgresión escandalosa, sino como funcionamiento normal. En este punto resulta inevitable volver a Hannah Arendt, quien al analizar el caso Eichmann observó que el problema central no era una maldad demoníaca, sino una inquietante ausencia de pensamiento. Arendt escribió que Eichmann no era un monstruo moral, sino alguien incapaz de reflexionar sobre el sentido de lo que hacía (cfr. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, 1963).
La banalización del mal no describe una maldad pequeña o irrelevante, sino una maldad desprovista de reflexión, ejecutada por sujetos que cumplen funciones sin detenerse a pensar su significado. El poder, en estas condiciones, ya no se vive como responsabilidad, sino como rutina. No se pregunta si algo debe hacerse, sino únicamente si puede hacerse. Las figuras de poder éticamente vaciadas no necesitan crueldad explícita. Les basta con la indiferencia, con el silencio, con la delegación constante de la responsabilidad en protocolos, jerarquías o procedimientos. El mal, así entendido, no irrumpe: se instala.
La decadencia del poder
En Friedrich Nietzsche encontramos una advertencia que con frecuencia ha sido trivializada. Nietzsche no condena el poder en sí mismo; tampoco glorifica cualquier forma de dominio. La voluntad de poder, cuando afirma la vida, cuando crea valores y engendra cultura, puede ser una fuerza vital. El problema surge cuando el poder se independiza de toda finalidad humana y se convierte en fin en sí mismo. En La genealogía de la moral (1887), Nietzsche describe la decadencia no como un exceso de energía, sino como un empobrecimiento del espíritu, una pérdida de vitalidad que se disfraza de orden y control. La decadencia no grita ni se desborda; se vuelve eficiente, administrada, correcta. En Más allá del bien y del mal (1886), advierte que “quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo”, señalando el riesgo de que el ejercicio del poder termine reproduciendo aquello que dice combatir.
Cuando el poder deja de servir a la vida, cuando ya no crea ni sostiene sentido, se vuelve autorreferencial. Su única finalidad es perpetuarse. En ese proceso, la ética se transforma en estorbo, en obstáculo para la eficacia. No se la niega abiertamente; se la vuelve irrelevante. Este tipo de poder no es pasional ni caótico. Es frío, calculado, vacío. Y precisamente por eso resulta tan peligroso: porque puede operar durante largos periodos sin despertar resistencia, amparado por la apariencia de normalidad.

El poder como red de relaciones
Para comprender cómo el mal puede sostenerse sin sobresaltos, es necesario abandonar una concepción ingenua del poder como algo que reside únicamente en figuras visibles. Michel Foucault mostró que el poder no se posee, sino que se ejerce y circula como una red de relaciones que atraviesa cuerpos, discursos, instituciones y silencios. En Microfísica del poder (1979), Foucault afirma que “el poder funciona y se ejerce en red”. Esta idea permite comprender por qué no es necesaria una conspiración perfectamente organizada para que el horror ocurra. Basta con que cada nodo de la red cumpla su función sin interrogar el conjunto, sin asumir la responsabilidad de aquello que contribuye a sostener.
El poder se reproduce tanto en quien actúa como en quien calla, en quien ejecuta como en quien mira hacia otro lado. La responsabilidad se fragmenta, la culpa se diluye y nadie se siente plenamente responsable de lo que ocurre. El mal, entonces, no necesita órdenes explícitas: avanza por inercia. Esta lógica es especialmente inquietante porque no requiere sujetos crueles, sino sujetos funcionales. Personas que cumplen, que obedecen, que no piensan demasiado. El poder, entendido así, se vuelve impersonal, y precisamente por eso tan difícil de detener.
Las instituciones bajo la lupa
Este análisis conduce inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿hay que dudar de las instituciones? La respuesta no puede ser simplista. Las instituciones son necesarias para la vida social; ordenan, regulan, protegen. Sin embargo, cuando se vuelven autorreferenciales, cuando priorizan su prestigio, su estabilidad o su imagen por encima del bien que dicen resguardar, comienzan a vaciarse éticamente. Una institución puede funcionar de manera impecable desde el punto de vista técnico y, aun así, fallar moralmente. Puede cumplir protocolos, respetar procedimientos y, sin embargo, abandonar al vulnerable. El problema no es la existencia de reglas, sino la sustitución de la ética por el mero cumplimiento formal.
En estos casos, la institución deja de preguntarse por la justicia y se conforma con el orden. Confunde legalidad con legitimidad, funcionamiento con responsabilidad. La ética, reducida a reglamento, pierde su fuerza crítica. Dudar de las instituciones no significa destruirlas, sino exigirles una dimensión ética que no puede reducirse a procedimientos. Cuando esa exigencia desaparece, las instituciones se convierten en espacios donde el mal puede operar sin resistencia, amparado por la corrección formal.
Escribir el horror como advertencia
Pocas figuras han sido tan mal entendidas como el Marqués de Sade. Con frecuencia se lo reduce a un promotor de la crueldad, como si escribir el horror equivaliera a celebrarlo. Sin embargo, no podemos afirmar que Sade practicara lo que escribió, y confundir escritura con apología es un error intelectual grave. Sade lleva la imaginación hasta un límite insoportable para mostrar qué ocurre cuando el poder se emancipa por completo de la ley y del otro. Su escritura no busca seducir ni excitar; busca saturar, agotar al lector, volver irrespirable la lógica del goce sin límite. El asco no es un efecto secundario, sino el núcleo de su obra.
En ese sentido, Sade no propone un mundo deseable, sino un mundo inhabitable. Su literatura funciona como advertencia extrema: cuando todo límite cae, cuando el otro deja de existir como sujeto, el resultado no es libertad, sino destrucción sistemática. Leer a Sade como apología del mal es no haberlo leído. Su radicalidad no consiste en promover la crueldad, sino en exponer su lógica hasta hacerla intolerable.
Los 120 días de Sodoma: la administración del mal
En Los 120 días de Sodoma (1785) no hay erotismo ni exaltación vital. Hay estructura, método, repetición. La obra no describe un exceso caótico, sino una administración del mal, cuidadosamente organizada y segura de su impunidad. Sodoma no es un espacio de pasión, sino de burocracia del horror. Todo está reglamentado, previsto, sistematizado. La ley no ha desaparecido: ha sido sustituida por una lógica cerrada que ya no reconoce al otro como sujeto.
La advertencia de Sade es brutal y clara: cuando el poder no reconoce límite, el mal no necesita justificación moral. Basta con que funcione. No hace falta odio; alcanza con sistema. La ficción sadeana no invita a imitar, sino a retroceder. Muestra, con crudeza insoportable, lo que ocurre cuando el poder se vuelve absoluto y la ética deja de importar.
Reflexión final
La literatura pensó este escenario. La filosofía lo advirtió. El psicoanálisis lo conceptualizó. Y aun así, ocurrió. No porque nadie supiera, sino porque pensar incomoda, y sostener una pregunta ética suele resultar más costoso que mirar hacia otro lado. Ignorar las advertencias no es un error intelectual menor. Es una decisión moral. El mal no siempre irrumpe como tragedia; a veces se instala como rutina, como normalidad administrada. La pregunta que queda no es qué hicieron algunos, sino qué estamos dispuestos a no volver a ignorar.
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