Volver a dejarse querer

“Amar es exponerse a ser herido».

—C. S. Lewis

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo de lo que se habla poco: que ser querido(a) bien también puede incomodar. No porque esté mal, sino porque no es lo habitual. Muchos venimos de historias donde el amor dolía, confundía o exigía más de la cuenta. Y entonces, cuando aparece alguien que no invade, que no presiona, que no desordena… algo dentro de uno no sabe dónde poner eso. No es desinterés. Es desconcierto. Es esa sensación extraña de no saber cómo responder cuando no hay que defenderse. Porque durante mucho tiempo amar fue, para muchos, una forma de sobrevivir: adaptarse, anticipar, resistir. Y cuando eso desaparece, lo que queda no siempre se siente como alivio… a veces se siente como vacío.

En consulta esto aparece más de lo que se dice. Personas que llegan preguntando por qué alguien “bueno” no les genera lo mismo que alguien que las lastimaba. Como si la calma fuera sospechosa. Como si la ausencia de conflicto fuera una forma de ausencia. Ahí conviene detenerse. Porque una cosa es querer amor… y otra muy distinta es saber habitarlo cuando finalmente aparece.

El amor que aprendimos no siempre era amor

Nadie ama desde cero. Amamos desde lo que vimos, desde lo que faltó, desde lo que dolió. Y eso no se corrige con pura voluntad, porque no es sólo una decisión: es una forma de estar con el otro que se fue construyendo con el tiempo. Sigmund Freud lo formuló con claridad: “La tendencia a la repetición se sitúa más allá del principio de placer” (Más allá del principio de placer, 1920). Es decir, no siempre buscamos lo que nos hace bien; muchas veces repetimos lo que nos resulta familiar, incluso cuando duele.

El caso de N lo muestra. Durante años sostuvo vínculos donde tenía que ganarse el lugar. Cuando apareció alguien que simplemente estaba —sin juegos, sin distancia—, lo que surgió no fue paz, sino inquietud. No había nada que descifrar… y eso le descolocó. Porque cuando el amor deja de ser lucha, puede sentirse raro. No porque falte algo, sino porque sobra algo que no sabemos usar: estabilidad, presencia, constancia.

Cuando la calma se siente sospechosa

Nos enseñaron a confundir intensidad con profundidad. Si no hay sobresalto, parece que no hay amor. Si no hay ansiedad, parece que no hay interés. Y así, la calma termina siendo interpretada como falta. Erich Fromm decía al respecto: “El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter” (El arte de amar, 1956). Es decir, amar no es sentir mucho, sino saber estar.

El caso de M es claro. Tras una relación caótica, conoció a alguien estable. Pero en lugar de tranquilidad, apareció duda: “¿por qué no siento lo mismo?”. No se dio cuenta de que lo que faltaba no era amor… era ansiedad. Lo sano no estimula desde la carencia. No te hace perseguir ni dudar todo el tiempo. Y eso, al inicio, puede sentirse como si faltara algo.

El miedo a que sí funcione

“No quiero ilusionarme” suele sonar prudente. Pero muchas veces es miedo. Miedo a que ahora sí sea real. A que ahora sí funcione. Porque entonces ya no hay excusas. Søren Kierkegaard escribió: “La angustia es el vértigo de la libertad” (El concepto de la angustia, 1844). Y ser querido(a) bien implica una forma de libertad: la de quedarse, la de confiar, la de no huir.

El caso de R lo muestra. Se alejaba no cuando las cosas iban mal, sino cuando empezaban a ir bien. Porque lo real da más miedo que lo imposible. Lo imposible no exige compromiso. Y quedarse, cuando algo es bueno, implica exponerse de otra forma. Ya no desde la defensa, sino desde la presencia.

A veces el amor no entra rompiendo puertas… entra cuando alguien se atreve a abrirlas.

Dejarse querer también es difícil

Recibir amor no es tan sencillo como parece. Implica aceptar que no todo cariño viene con trampa, que no hay que demostrar constantemente que uno merece estar. Donald Winnicott escribió: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). Ser visto es necesario… pero también da miedo.

El caso de S lo muestra. Cada vez que alguien le daba cariño, respondía con exceso. No podía simplemente recibir. Sentía que tenía que compensar, como si el amor fuera una deuda. Dejarse querer implica soltar el control. Y eso, para muchos, es más difícil que amar.

Amar sin convertirlo en tormenta

La cultura ha romantizado el caos. Películas, series, libros… todo apunta a que el amor debe doler para ser verdadero. Y eso deja huella. En Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995), lo poderoso no es el drama, sino la presencia. Dos personas conversando, sin máscaras. Y eso, curiosamente, resulta más profundo que muchas historias intensas.

En contraste, la novela de Gustave Flaubert, Madame Bovary (1856) muestra lo contrario: una mujer que no soporta la calma porque su idea de amor está alimentada por fantasías de exceso. No todo lo que emociona es profundo. Y no todo lo que es tranquilo es vacío.

No presionar lo que apenas nace

Hay vínculos que necesitan aire. No distancia fría, sino espacio real para que lo que se siente no se vuelva obligación. Jacques Lacan lo expresó así: “Amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo es” (Seminario VIII, 1960-1961). El amor no es control, es ofrecimiento.

El caso de L lo muestra. Deseaba una relación, pero cuando alguien se acercaba con claridad, retrocedía. No quería perderle, pero tampoco sabía cómo dejarle entrar. A veces amar bien implica no empujar. No acelerar. No exigir definiciones antes de tiempo.

Reflexión final

Tal vez hoy valga la pena preguntarse: cuando alguien nos quiere bien, ¿sabemos reconocerlo? ¿O empezamos a dudar, a buscar defectos, a sospechar? ¿Queremos realmente ser queridos(as)… o sólo deseados(as) desde una distancia segura? Porque ser querido implica ser visto. Y ser visto implica dejar algunos escondites.

No se trata de lanzarse sin pensar, pero tampoco de huir por costumbre. A veces el reto no es encontrar a alguien que valga la pena… sino aprender a no salir corriendo cuando aparece.


Si este texto te hizo pensar en alguien —o en ti—, tal vez ahí haya algo que merece ser mirado con más calma. Gracias por leer Crónicas del Diván. Puedes comentar, escribirme desde “Contacto” o seguirme en Instagram @hchp1. Porque a veces no se trata de pensar más… sino de atreverse a analizar lo que nos cuesta tanto recibir.