Sanar al mundo sin herirnos más

«El hombre no puede vivir sin amor».

— San Juan Pablo II

Queridos(as) lectores(as):

A veces me pregunto en qué momento comenzamos a acostumbrarnos tanto a la crueldad. Basta con observar las noticias, recorrer las redes sociales o escuchar algunas conversaciones cotidianas para descubrir una sociedad que parece haber aprendido a lastimarse con extraordinaria facilidad. Nos indignamos ante las injusticias, exigimos respeto y lamentamos la falta de empatía, pero no siempre estamos dispuestos a reconocer esas mismas actitudes en nosotros. Podemos defender la tolerancia mientras despreciamos a quienes piensan diferente, hablar de bondad mientras celebramos la humillación ajena o reclamar comprensión sin preguntarnos cuándo fue la última vez que realmente escuchamos a alguien. Y lo más inquietante es que casi siempre encontramos una justificación para nuestras propias contradicciones.

He pensado mucho en esto desde mi fe católica y, particularmente, desde el pensamiento de san Juan Pablo II, quien comprendió que la libertad humana no puede separarse de la responsabilidad. Pero quisiera que esta conversación también incluyera a quienes profesan otras religiones, a quienes dudan y a quienes no creen en Dios. No necesitamos compartir las mismas convicciones para reconocer que el sufrimiento existe y que nuestras decisiones pueden aliviarlo o agravarlo. Todos conocemos alguna forma de dolor, todos hemos necesitado comprensión y, probablemente, todos hemos lastimado alguna vez a alguien. Por eso quisiera plantearles una pregunta que también me hago a mí mismo: ¿cómo pretendemos sanar un mundo herido si todavía no hemos aprendido a dejar de herirnos unos a otros?

Ser libres también significa ser responsables

Nos gusta hablar de libertad, y con razón. Poder decidir, expresar nuestras ideas y construir nuestra propia vida constituye una parte fundamental de nuestra dignidad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar en las responsabilidades que acompañan esa libertad. Podemos tener derecho a expresar una opinión y, aun así, elegir hacerlo con crueldad. Podemos sentirnos profundamente decepcionados y decidir que nuestra respuesta será lastimar a quien nos lastimó. Incluso podemos convencernos de que nuestras buenas intenciones justifican cualquier consecuencia. San Juan Pablo II insistió en que la libertad no puede comprenderse al margen de la verdad y del bien (Cfr. Veritatis splendor, 1993). Desde esa perspectiva, no basta con preguntarnos qué podemos hacer; también debemos considerar qué deberíamos hacer y cómo nuestras decisiones afectan a quienes nos rodean.

Esto no significa que debamos negar nuestras emociones o exigirnos una serenidad imposible. El enojo, la tristeza y la frustración forman parte de nuestra experiencia humana. Yo mismo reconozco que hay ocasiones en las que mis reacciones no corresponden con aquello que pienso y defiendo. Pero precisamente ahí comienza nuestra responsabilidad: en comprender que sentir dolor no nos concede automáticamente el derecho de provocarlo. Haber sufrido una traición no justifica traicionar; haber sido humillados no vuelve legítima nuestra crueldad. Y cuando nos equivocamos, reconocerlo no nos disminuye. Por el contrario, nos devuelve la posibilidad de actuar de otra manera. La libertad no consiste solamente en elegir lo que queremos, sino también en hacernos responsables de lo que elegimos.

No elegimos todas las heridas que llevamos, pero sí podemos decidir qué hacemos con ellas. Que nuestro dolor no se convierta en una razón para lastimar a los demás.

Cuidarnos sin olvidarnos del otro

Los antiguos griegos comprendieron que el cuidado de uno mismo era indispensable para vivir bien. Conocerse, examinar la propia conducta y aprender a gobernar los impulsos formaban parte de una existencia orientada por la virtud. Me parece una enseñanza especialmente necesaria en nuestros días, cuando hablamos constantemente de bienestar personal, aunque no siempre reflexionamos sobre las consecuencias de nuestras acciones. Cuidarnos no debería reducirse a procurar nuestra comodidad ni a evitar cualquier situación desagradable. También significa reconocer nuestros prejuicios, atender nuestras heridas y preguntarnos qué estamos haciendo con ellas. Porque una persona que nunca examina su resentimiento puede terminar confundiéndolo con justicia, y quien no reconoce sus propias inseguridades corre el riesgo de convertir a los demás en responsables de ellas.

Desde mi fe encuentro una continuidad profundamente hermosa con el mandamiento cristiano de amar al prójimo como a nosotros mismos. No se nos pide despreciarnos para demostrar amor, pero tampoco podemos convertir nuestras necesidades en la única medida de lo importante. Y aquí quisiera hacer una distinción: ser bondadosos no significa permitir abusos, tolerar humillaciones ni permanecer en relaciones que nos destruyen. Podemos comprender el sufrimiento de alguien sin justificar el daño que provoca; podemos perdonar sin recuperar necesariamente la confianza. El amor necesita compasión, pero también prudencia, justicia y respeto por nuestra propia dignidad. Quizá una de sus expresiones más maduras consista en aprender a cuidar sin poseer, ayudar sin humillar y establecer límites sin convertirlos en instrumentos de castigo. Después de todo, ¿qué sentido tendría hablar del amor al prójimo si, para practicarlo, tuviéramos que dejar de reconocernos como personas igualmente dignas de recibirlo?

El perdón y la posibilidad de mirar con ojos nuevos

Hay algo que me conmueve especialmente del cristianismo: su invitación a comprender que nuestra historia no tiene por qué quedar definida para siempre por aquello que hemos vivido. San Pablo habla de una existencia renovada en Cristo, de la posibilidad de dejar atrás lo viejo para dar lugar a lo nuevo (Cfr. Segunda carta a los Corintios, 5, 17). Pienso en ello cuando observo la facilidad con la que reducimos a las personas a sus equivocaciones. Alguien nos decepciona y concluimos que nunca cambiará; alguien traiciona nuestra confianza y comenzamos a desconfiar incluso de quienes nada tuvieron que ver con aquella experiencia. Comprendo que algunas heridas modifican profundamente nuestra manera de relacionarnos, pero también me pregunto cuánto perdemos cuando permitimos que nuestro pasado decida por completo la forma en que miramos el presente.

Aquí aparece una de las enseñanzas más exigentes de nuestra fe: el perdón. No hablo de olvidar lo sucedido ni de reconciliarnos obligatoriamente con quien nos hizo daño. Perdonar no significa negar la injusticia, renunciar a la reparación o fingir que las heridas desaparecieron. San Juan Pablo II lo expresó con claridad: «No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón» (Mensaje para la XXXV Jornada Mundial de la Paz, 2002). Me parece una afirmación extraordinaria porque nos recuerda que la misericordia y la responsabilidad no son enemigas. También necesitamos aprender a perdonarnos a nosotros mismos, pues hay personas que viven castigándose por errores que reconocieron hace mucho tiempo, como si el arrepentimiento solamente fuera auténtico cuando se convierte en una condena interminable. Mirar con ojos nuevos no significa negar lo ocurrido, sino reconocer que nadie debería quedar reducido para siempre a su peor momento, aunque deba responder por sus actos.

El mundo necesita algo más que buenas intenciones

Confieso que me preocupa la facilidad con la que hablamos del amor. Lo encontramos en discursos, canciones, publicaciones y declaraciones que, con frecuencia, contrastan demasiado con nuestra conducta. Decimos amar a la humanidad, pero nos cuesta escuchar a una persona concreta. Defendemos la solidaridad, aunque no siempre estamos dispuestos a incomodarnos por quien necesita ayuda. Y a veces confundimos la compasión con sentir lástima, cuando lo verdaderamente difícil es reconocer en el sufrimiento ajeno una responsabilidad que también nos corresponde. Para mí, el amor cristiano encuentra su expresión más profunda en Jesucristo, cuya enseñanza no se limitó a recomendar buenos sentimientos, sino que nos invitó a acercarnos al otro, especialmente cuando su dolor resulta incómodo para nuestra tranquilidad. Amar también significa escuchar, acompañar, compartir y reconocer la dignidad de quien no puede ofrecernos nada a cambio.

Por supuesto, sería ingenuo pensar que todos los problemas de nuestra sociedad pueden resolverse mediante pequeños actos de amabilidad. La pobreza, la violencia, la discriminación y el abandono requieren justicia, instituciones responsables y transformaciones sociales profundas. Pero tampoco deberíamos despreciar el valor de nuestras acciones cotidianas. Una sociedad más humana necesita leyes justas, pero también personas que no encuentren placer en la humillación, que sepan reconocer sus errores y que comprendan que pensar diferente no convierte automáticamente a alguien en enemigo. La bondad no sustituye a la justicia, pero puede orientar nuestra manera de buscarla. Y quizá ahí radique una de nuestras mayores responsabilidades: aprender a defender aquello que consideramos correcto sin perder de vista la humanidad de quienes tenemos enfrente. Porque cuando el amor desaparece de nuestras relaciones, incluso nuestras causas más nobles corren el riesgo de convertirse en nuevas formas de crueldad.

Reflexión final

No creo que podamos sanar todas las heridas del mundo, ni mucho menos que debamos cargar individualmente con semejante responsabilidad. Pero sí podemos preguntarnos qué estamos aportando a la vida de quienes nos rodean. Tal vez tengamos una disculpa pendiente, una conversación que hemos evitado o una persona a la que juzgamos sin conocer verdaderamente su historia. Quizá necesitemos reconocer que también nosotros estamos heridos y que, antes de intentar corregir la vida ajena, debemos prestar atención a nuestras propias contradicciones. No para encerrarnos en nosotros mismos, sino para aprender a relacionarnos desde un lugar más consciente y responsable. Me parece que la bondad comienza cuando dejamos de considerarla una virtud que los demás deberían practicar y aceptamos que también es una tarea nuestra.

Como católico, creo profundamente que el amor encuentra su expresión más plena en Cristo. Esa convicción sostiene mi manera de comprender la dignidad humana, pero también me obliga a reconocer las ocasiones en las que no consigo vivir conforme a ella. No espero que todos compartan mi fe. Algunos encontrarán en otras tradiciones religiosas razones para comprometerse con el bien; otros lo harán desde sus convicciones filosóficas o su propia conciencia moral. Lo importante es que podamos reconocernos como personas cuya dignidad no depende de nuestras coincidencias. No necesitamos pensar igual para tratarnos con respeto, ni compartir una misma religión para comprender que el sufrimiento ajeno merece nuestra atención. Quisiera creer que todavía somos capaces de construir un mundo donde la bondad no sea confundida con debilidad, donde el perdón no signifique impunidad y donde nuestras diferencias no nos obliguen a convertirnos en enemigos. Porque sin amor, este mundo podrá seguir existiendo, pero difícilmente tendrá un futuro verdaderamente humano. Y si queremos comenzar a transformarlo, quizá debamos recordar algo tan sencillo como exigente: sanar al mundo no significa cargar con todas sus heridas, sino comenzar por no convertir las nuestras en nuevas heridas para los demás.


Me gustaría conocer sus reflexiones: ¿qué necesitamos cambiar para construir una sociedad más compasiva? ¿Cómo podemos aprender a cuidarnos sin dejar de cuidar a los demás? Los invito a compartir sus pensamientos a través de la sección Contacto de este sitio web y a seguirme en Instagram, @hchp1, donde podemos continuar esta conversación.

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