El día que dejamos de mirar a los ojos

«Toda vida verdadera es encuentro».
— Martin Buber

Queridos(as) lectores(as):

Hay una escena que seguramente reconocerán. Estamos en una cafetería y, en la mesa de al lado, dos personas permanecen sentadas frente a frente. Tienen sus bebidas, quizá algo de comer y todo el tiempo necesario para conversar. Sin embargo, cada una mira su celular. De vez en cuando intercambian alguna palabra, sonríen ante una publicación o se muestran una fotografía. No necesariamente están peleadas ni son infelices; quizá llevan horas conversando y simplemente disfrutan un momento de silencio. Pero la imagen despierta una pregunta incómoda: ¿en qué momento comenzamos a confundir compartir un espacio con compartir verdaderamente nuestra presencia? Y, sobre todo, ¿cuántas veces hemos hecho exactamente lo mismo sin siquiera advertirlo?

Quisiera aclarar algo desde el principio: no pretendo escribir otra condena contra los teléfonos celulares ni una elegía nostálgica por un pasado supuestamente más humano. Antes de las pantallas también existían la indiferencia, los matrimonios silenciosos y las familias incapaces de escucharse. Además, la tecnología nos permite sostener vínculos que la distancia habría vuelto difíciles. Mi preocupación es más profunda. Me inquieta la posibilidad de que estemos perdiendo cierta disposición a reconocer al otro como alguien que merece nuestra atención, incluso cuando no tiene nada extraordinario que ofrecernos. Para explorar esta inquietud, quisiera conversar con Martin Buber, Emmanuel Levinas y Simone Weil, tres pensadores que, desde perspectivas diferentes, nos recuerdan que encontrarse con otra persona implica mucho más que intercambiar palabras.

Cuando dejamos de encontrarnos con las personas

Martin Buber escribió una frase tan breve como extraordinaria: «Toda vida verdadera es encuentro» (Yo y tú, 1923). En su filosofía distingue dos formas fundamentales de relación: Yo-Tú y Yo-Ello. En la primera reconocemos al otro como una presencia que no puede reducirse a nuestras expectativas; en la segunda nos relacionamos con el mundo mediante la observación, la clasificación y la utilidad. Ambas formas son necesarias para vivir, pero existe un problema cuando comenzamos a tratar a las personas únicamente desde la segunda. El otro deja de ser alguien a quien podemos descubrir y se convierte en una función: quien nos atiende, quien nos resuelve un problema, quien nos da afecto o quien debe comportarse de acuerdo con nuestras necesidades.

A veces pienso en lo sencillo que resulta caer en esa costumbre. Podemos escuchar a un amigo contar algo que le preocupa y, mientras habla, comenzar a preparar mentalmente nuestro consejo. Podemos creer que conocemos perfectamente a nuestra pareja y dejar de hacerle preguntas, como si los años de convivencia nos hubieran concedido acceso definitivo a su interior. Incluso en una discusión podemos concentrarnos tanto en demostrar que tenemos razón que olvidamos preguntarnos qué está intentando expresar la persona que tenemos enfrente. No siempre lo hacemos por maldad; muchas veces es una mezcla de prisa, cansancio, costumbre y ese pequeño egoísmo que todos somos capaces de practicar. Sin embargo, hay algo doloroso en descubrir que alguien ha dejado de escucharnos porque cree saber de antemano todo lo que podemos decir.

A veces, el gesto más hermoso de conexión comienza cuando dejamos el teléfono sobre la mesa y tomamos la mano de quien tenemos enfrente. Porque ninguna pantalla puede sustituir la calidez de una presencia que nos hace sentir verdaderamente vistos, escuchados y acompañados.

La extraña soledad de estar siempre conectados

En alguna ocasión he pensado en lo paradójico que resulta abrir una aplicación, encontrar decenas de conversaciones disponibles y, aun así, no saber a quién escribirle cuando realmente necesitamos hablar. No porque necesariamente carezcamos de personas cercanas, sino porque existe una diferencia enorme entre tener contactos y sentir que contamos con alguien. Podemos recibir felicitaciones, reacciones y mensajes durante todo el día sin experimentar un verdadero encuentro. También podemos mantener una amistad profunda a través de una pantalla, por supuesto. El problema no está en el medio, sino en la calidad humana de aquello que hacemos con él. Una conversación digital puede ser íntima y una conversación cara a cara puede resultar insoportablemente vacía.

Quizá lo más preocupante sea nuestra creciente impaciencia frente a todo aquello que no podemos controlar. Nos acostumbramos a detener un video, saltar una canción, ignorar un mensaje o abandonar una publicación en cuanto deja de interesarnos. Pero las personas no funcionan de esa manera. Alguien que atraviesa una pérdida puede necesitar contar la misma historia varias veces; una persona insegura quizá tarde en encontrar las palabras adecuadas; alguien que nos ama puede tener un mal día y no resultar particularmente agradable. Ninguno de nosotros está obligado a permanecer en relaciones dañinas, pero tampoco podemos esperar que todos nuestros vínculos se comporten como contenidos diseñados para entretenernos. La presencia humana exige algo que nuestra cultura de la inmediatez parece volver cada vez más difícil: paciencia para permanecer cuando el otro deja de ser interesante y comienza, simplemente, a necesitar ser escuchado.

El rostro del otro no es una fotografía

Emmanuel Levinas escribió: «El rostro se resiste a la posesión, se resiste a mis poderes»(Totalidad e infinito, 1961). No hablaba únicamente de los rasgos físicos de una persona, sino de una presencia que desafía nuestra tendencia a reducirla a aquello que conocemos, deseamos o podemos controlar. El rostro del otro nos recuerda que delante de nosotros existe alguien cuya humanidad no depende de nuestra aprobación. Podemos estar en desacuerdo con sus ideas, no comprender sus decisiones o incluso necesitar alejarnos de él; nada de eso nos concede el derecho de negarle su condición humana. El encuentro auténtico comienza cuando reconocemos que el otro no es una extensión de nosotros mismos.

Me viene a la mente una escena cotidiana: entrar a un establecimiento, hacer un pedido, pagar y marcharnos sin haber mirado una sola vez a la persona que nos atendió. No hace falta convertir cada compra en una conversación profunda ni conocer la historia de todos los desconocidos. A veces basta con levantar la mirada, saludar y agradecer. Lo interesante es que esos gestos tan pequeños pueden revelar nuestra manera de estar en el mundo. ¿Vemos personas o solamente servicios? ¿Escuchamos opiniones o etiquetamos inmediatamente a quienes las expresan? En las redes sociales, por ejemplo, resulta sorprendente la facilidad con la que alguien puede convertirse en objeto de burla colectiva por una frase, una fotografía o un error. No conocemos su historia, pero nos sentimos autorizados a reducir toda su existencia a unos cuantos segundos. Y quizá sea precisamente ahí donde comienza una de las formas más peligrosas de la indiferencia: cuando dejamos de ver seres humanos y comenzamos a ver personajes que podemos juzgar sin consecuencias.

Escuchar también es una forma de amar

Simone Weil escribió en una carta al poeta Joë Bousquet: «La atención es la forma más rara y más pura de la generosidad» (Carta a Joë Bousquet, 13 de abril de 1942). Me parece una afirmación hermosa porque nos recuerda que no siempre necesitamos ofrecer soluciones, regalos o grandes demostraciones de afecto para acompañar a alguien. En ocasiones, lo más valioso que podemos darle es nuestra atención. No esa atención superficial que concedemos mientras esperamos nuestro turno para hablar, sino la disposición genuina a escuchar algo que quizá no comprendamos inmediatamente. Estar presentes no significa tener respuestas para todo; muchas veces significa aceptar que el sufrimiento del otro no necesita convertirse en una oportunidad para demostrar nuestra sabiduría.

Y aquí quisiera hacer una confesión que quizá resulte familiar. A veces me descubro pensando qué voy a responder antes de que la otra persona haya terminado de hablar. Otras veces siento la tentación de interpretar demasiado pronto aquello que me cuentan, como si comprender intelectualmente una experiencia fuera equivalente a acompañar a quien la está viviendo. El psicoanálisis nos invita precisamente a desconfiar de esa precipitación: escuchar implica reconocer que nuestras expectativas, defensas y deseos también intervienen en lo que creemos entender. Hay una diferencia entre escuchar a alguien y utilizar sus palabras para confirmar nuestras propias ideas. Tal vez por eso una de las experiencias más reconfortantes sea encontrarnos con una persona que no pretende corregirnos, analizarnos ni explicarnos inmediatamente lo que sentimos, sino que simplemente nos concede un espacio para expresarlo.

Volver a mirar sin exigir perfección

No quisiera que esta reflexión se convirtiera en una nueva obligación moral. Nadie puede estar disponible para todos, escuchar indefinidamente ni sostener relaciones que lo lastiman. Necesitamos momentos de silencio, intimidad y soledad; también tenemos derecho a establecer límites. Tampoco debemos idealizar el encuentro presencial como si toda conversación cara a cara fuera necesariamente más auténtica. Hay personas que encuentran comprensión y compañía a través de vínculos digitales, y otras que viven profundamente solas dentro de sus propias familias. Lo que necesitamos recuperar no es una forma única de comunicarnos, sino cierta sensibilidad frente a la existencia ajena: la capacidad de reconocer que cada persona lleva consigo una historia que no conocemos completamente.

Quizá podamos comenzar con gestos menos ambiciosos de lo que imaginamos. Preguntarle a alguien cómo está y esperar realmente su respuesta. Dejar de consultar el celular durante una conversación importante. Reconocer que nos equivocamos al interpretar las palabras de otra persona. Preguntar antes de aconsejar. Y, cuando nosotros mismos atravesemos un momento difícil, atrevernos a decir que necesitamos compañía, en lugar de esperar que alguien adivine nuestro sufrimiento. No siempre podremos ofrecer soluciones, pero sí podemos evitar que nuestra indiferencia aumente innecesariamente la soledad de los demás. Porque mirar a los ojos no es solamente dirigir la vista hacia un rostro; es recordar que frente a nosotros existe una vida tan compleja, vulnerable y digna de consideración como la nuestra.

Reflexión final

Tal vez el día que dejamos de mirar a los ojos no coincidió con la aparición de ninguna tecnología. Quizá comenzó mucho antes, cuando aprendimos a valorar a las personas por lo que podían ofrecernos, cuando dejamos de hacer preguntas porque creímos conocer todas las respuestas o cuando confundimos nuestra necesidad de tener razón con el derecho a dejar de escuchar. No creo que estemos condenados a vivir de esa manera. Todavía existen conversaciones que nos transforman, amistades que sobreviven a la distancia y personas capaces de detenerse ante el dolor ajeno sin preguntarse primero qué beneficio obtendrán. Esos encuentros no suelen convertirse en acontecimientos extraordinarios, pero quizá sostienen una parte fundamental de nuestra vida cotidiana.

Quisiera que este texto fuera una invitación a recuperar algo sencillo y profundamente humano: la posibilidad de encontrarnos sin necesidad de impresionarnos, utilizarnos o parecernos. Que podamos volver a escuchar a quienes amamos sin dar por hecho que ya los conocemos; que recordemos agradecer a quienes hacen nuestra vida un poco más fácil y que aprendamos a mirar con mayor delicadeza a quienes atraviesan dificultades que desconocemos. También quisiera que, cuando nosotros mismos necesitemos ser escuchados, encontremos el valor para decirlo. No siempre habrá alguien capaz de comprendernos completamente, pero eso no vuelve inútil el intento de acercarnos. Quizá Buber tenía razón al situar el encuentro en el corazón de la existencia humana: no porque necesitemos estar permanentemente acompañados, sino porque hay algo de nosotros que solamente puede descubrirse cuando dejamos de mirarnos exclusivamente a nosotros mismos. Y si alguna vez nos preguntamos qué podemos hacer para devolverle un poco de humanidad a este mundo, tal vez podamos comenzar por algo tan pequeño como levantar la mirada y reconocer a quien tenemos enfrente.


Y tú, querido(a) lector(a), ¿cuándo fue la última vez que alguien te escuchó sin prisas, sin juzgarte y sin esperar su turno para hablar? ¿Recuerdas alguna conversación que te haya hecho sentir verdaderamente comprendido(a)? Me encantará conocer tu experiencia en los comentarios de Crónicas del Diván. Si esta reflexión te acompañó, compártela con alguien con quien quizá tengas pendiente una buena conversación. También podemos seguir encontrándonos en Instagram: @hchp1.

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