¡Qué bonita es la vida!

«No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos».

-Ambrose Bierce

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión quisiera compartir con ustedes una reflexión que ya tenía pensado hacerlo, pero que no fue sino hasta ayer, después de una sesión que tuve con P, una paciente, que terminé de aterrizarla. De hecho, primero quiero compartir algo que ella me dijo, que por un momento me dio risa y que después fue muy consolador respecto al psicoanálisis y mi labor como psicoanalista, la parafraseo: «Después de la sesión pasada, sí dije ‘esto es una brujería’, porque me siento menos ansiosa y más tranquila». Darse la oportunidad de analizarse, a partir del deseo por hacerlo, nos permite conocernos y darnos cuenta que no todo es malo en esta vida, pues partiendo de nosotros mismos tenemos muchos recursos para hacer de este paso por la Tierra algo fantástico.

Cada día que pasa, pareciera que la vida se complica más y más. Muchas cosas pendientes que antes no lo eran, muchos compromisos y deberes que antes no teníamos, muchos sentimientos cruzados por sucesos, personas y encuentros con los espejos. ¿Qué fue de la vida que se nos prometió? ¿Dónde quedaron los viajes, la aventura, la diversión, las fiestas? Todo se ha tornado gris y aburrido. Que si enfermedades, que si guerras, inquietudes económicas, malestar social en crecimiento… tanta negatividad en la vida nos hace pensar si es que es el destino funesto del que no podemos escapar. Pero me atrevo a decir que la pregunta que nos hace falta realmente hacer y contestar con total sinceridad es: ¿dónde quedamos nosotros? Sí, podemos tomarnos selfies, podemos buscarnos en las redes sociales viéndonos compartir memes, opiniones, frustraciones, logros y demás. Tanta necesidad de reconocimiento nos hace dependientes, incluso adictos. ¿Pero en qué momento nos compartimos sin ese exceso de máscaras sociales que nos hemos, mejor dicho, que nos han hecho ponernos para todo? ¿En qué momento le tuvimos miedo a nuestra verdad, a nuestra vulnerabilidad, a nuestra humanidad? No somos cifras, no somos objetos, somos seres humanos y cada uno en su propia individualidad y dignidad tiene mucho que aportar a este mundo.

Pero nos vemos constantemente reducidos por tantas cosas que no son nuestras, que poco o nada tienen que ver con nosotros. ¿Dónde quedan las ilusiones personales apartadas de toda influencia del deber ser social? Hoy todo es más de lo mismo y menos de nosotros mismos. Empresas, instituciones, partidos políticos, etc., que sólo nos pretenden arrancar nuestra individualidad imponiendo cosas que sólo terminan siendo productos de marketing que engordecer al sistema capitalista salvaje y determinado a sobrevivir sin importar a qué costo lo hace. «Come esto, no comas aquello», «ve acá, no vayas allá», «piensa así, no así», bla, bla bla… Sapere aude! (¡Atrévete a saber! ¡Piensa por ti mismo!) ¡Qué tan gustosos rendimos nuestra voluntad, inteligencia y corazón a una influencia invisible, perversa y alejada de toda vida natural! ¿Quién no se aburre de repetir sin sentido alguno? Consumir y consumir hasta vernos consumidos. «Estoy cansado, agotado, me gasté mi juventud», dice un amigo en los 30’s a las 20 hrs de un viernes. Con total fastidio, harto, molesto e incapaz de hacer algo al respecto. Se acaba la imaginación que nos hizo millonarios cuando éramos chicos. Se acaba el asombro y el ser humano se acaba.

Pero el mundo, a pesar del ser «humano» actual, ahí sigue, totalmente fresco (aunque en peligro por el calentamiento global), diciéndonos fuertemente «¡no me conoces todavía!». Vemos los mapas trazados por la tecnología y aún así no conocemos ni el 10% del lugar donde vivimos. No nos vayamos lejos: abran un cajón que no es frecuentemente visitado y descubrirán algo que ya habían olvidado. Y así, la cosa más diminuta no es sino el descubrimiento más asombroso del día. Porque la novedad está en la intención, en la mirada de quien no se conforma con lo mismo. Ver más allá de las apariencias es el rescate hacia la posibilidad. La vida no es aburrida, uno es el que está aburrido con su vida. No hablemos de generalidad cuando sólo cargamos con una individualidad falsa y mal edificada por «los demás». Quizá las cosas cambien con acciones «insignificantes», quizá en vez de tomar café, un chocolate, quizá en vez de dar vuelta a la izquierda, a la derecha haya algo «nuevo». La repetición nos hunde en la desesperación, en la negación de la alternativa.

¡Vivamos la vida sin dejar que la vida nos viva!

¿Qué hacer con toda esa vida que se queda dentro de nosotros a diario? ¿Qué hacer con el antojo que nos negamos sin piedad? ¿Qué hacer con el deseo que no escuchamos por mandatos que inconscientemente aceptamos sin cuestionar? La vida está allá afuera, la experiencia nos espera. No hay que esperar a que el cielo se ponga rojo, que el agua del mar se vuelva dulce para asombrarnos. Lo verdaderamente fantástico del ser humano es que puede elegir también no hacer, y eso, es un hacer. ¿Quién no disfruta una torta (emparedado) de aguacate/palta con aceitico de oliva y un poco de pimienta. Algo tan sencillo puede ser toda una experiencia gourmet. Salir a caminar por el sólo gusto de hacerlo. Escuchar la canción favorita. Atacarse de risa por un video cómico mientras viajamos en transporte público. O todavía más simple: estirarse y sentir cada parte del cuerpo en ese momento. ¡Qué delicioso! Despreciar las cosas sencillas nos empobrece el alma misma.

No es brujería, es abrazar lo que somos en este tiempo, en este espacio. Empezar por descubrirnos con absoluta curiosidad nos abre las puertas al mundo que está ahí, esperando por cada uno de nosotros. ¿De qué manera ven las cosas? ¿Cómo las asumen? Cuando niños queríamos nuestra nave espacial, y al manejar el auto que tenemos resulta que bien puede ser eso. Darle paso a la imaginación nos devuelve la infancia que nunca debe perderse. Si antes no se pudo, ahora sí. Si antes se pudo, más ahora. ¿Qué esperamos? Hace calor en la Ciudad de México, ¿y si vamos por una botella con agua fría?

Qué bonita es la vida, ¿no creen?

Los abrazo.

Héctor

Rompimiento Camus-Sartre: ¿por un lío de faldas?

«¡Dios nos libre de enemistades de amigos!».

-Lope de Vega

Queridos(as) lectores(as):

La Historia de la intelectualidad ha estado fuertemente marcada por varios desencuentros, rivalidades, pleitos (directos o indirectos), competencias y hasta lucha por la popularidad de las ideas expuestas. Son incontables los casos que tenemos noticia sobre ello, por nombrar algunos: Góngora vs Quevedo, Cervantes vs Lope de Vega, Rousseau vs Voltaire, Hegel vs Shopenhauer, García Márquez vs Vargas Llosa, etc. Pero una de las que más ha acaparado los distintos medios de (des)información, sin lugar a dudas se desarrolló en la Francia del siglo XX, es decir, la polémica y notoria relación entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre.

Cabe decir, antes de continuar, que muchas de las rivalidades mencionadas y otras, tuvieron un origen muy alejado de lo esperado. Me refiero a que muchas comenzaron con una buena amistad, donde la admiración, apoyo, camaradería y demás se dio en cantidades bastante generosas, cosa que fue precisamente un factor importante entre los filósofos franceses que estamos por comentar. Sin embargo, recientemente hemos tenido acceso a una información que ha hecho que todo lo sucedido entre Camus y Sartre se vea desde otra perspectiva. Una declaración hecha por la mismísima hija de Albert Camus, Catherine Camus (1945 – ), durante su participación en las Trobades de Menorca a inicios de este mayo del 2024. Pero, vayamos por partes, que este conflicto hay que analizarlo desde varios puntos.

Entran dos existencialistas a un teatro y…

Aunque el propio Albert Camus (1913-1960) rehuyó de ser considerado como un «existencialista», el fuerte sonido que esta rama filosófica generó a principios del siglo XX, sobre todo en Francia, hizo que su obra fuera vista como un importante aporte al mismo. Hay muchos que afirman que Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue quien puso la piedra fundacional del existencialismo francés con La Náusea (La Nausée, 1938), obra que nos narra sobre un hombre de la burguesía que se encontraba en profundo hastío de su existencia. Sin embargo, Sartre posó su interés en Camus cuando éste publicó El Extranjero (L’Étranger, 1942) ya que el escritor franco-argelino desarrollaba de una manera todavía más profunda la compleja existencia de los protagonistas. En su momento, el propio Sartre llegó a comparar a Camus con Kafka y con Hemingway (quienes dicho sea de paso eran sus autores literarios favoritos).

No fue sino hasta que en 1943 se estrenó la obra Las Moscas (Les Mouches) de Sartre, que Camus se presentó con él. Y vaya que tenían credenciales para hacer de ese encuentro un auténtico momento de reconocimiento y admiración de uno para el otro: ambos militaban en la izquierda, tenían profundas preocupaciones por el malestar social que las políticas capitalistas generaban en la sociedad, pero sobre todo, ambos eran figuras literarias reconocidas. Caso curioso -si me permiten una breve pausa- porque el propio Ernest Hemingway anticipó en un comentario el terrible caos que inevitablemente pasaría, y lo parafraseo a continuación: «Lo peor que puede pasar es que un escritor se tope con otro, pretenda ser su amigos, pero encuentre una profunda rivalidad entre sus obras». Y algo así sucedió, sin embargo, hay todavía mucho que mencionar…

De la ideología a la Historia

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa entró en una profunda crisis de identidad. Y no contentos con esta situación, se desarrolló otro evento de magnitud global que empeoró las cosas: la Guerra Fría. Aunque Sartre y Camus simpatizaban con la izquierda, fue el primero el que llevó a otro nivel su apoyo, sobre todo al comunismo (estalinismo) implementado en la Unión Soviética. Sartre no dejaba pasar ninguna ocasión para aplaudir y mostrar un apoyo incondicional a toda acción que se realizará en el territorio soviético, así como en el chino y después también en el cubano. Llegando al punto de alabar y justificar todas las medidas violentas utilizadas por los regímenes para lograr la ideología. En este punto, se originó lo que creímos fue el quiebre entre estos dos amigos. Ya que Camus criticó severamente el totalitarismo comunista, mismo que no dudó en comparar con otros, incluso con el nazismo: no podía ser, de ninguna manera, que el terror de la violencia social fuera un recurso para lograr metas nacionales.

El apoyo sartreano a los excesos totalitarios con sus sociedades, se daba en razón de que consideraba que el proyecto ideológico no hacía sino buscar de forma global el bien mayor, arrasando con la enfermedad capitalista. Sartre veía en la propuesta estalinista una postura de indudable superioridad moral. A su vez, Camus se mostró muy crítico de ello, llegando a decir que el comunismo estaba logrando estar a la par de las injusticias cometidas por el sistema capitalista. El campo de batalla intelectual se dividía entre estos autores. Aunque, claro, ninguno estuvo libre de profundas y muy marcadas contradicciones. Sartre se mostró muy pasivo durante la ocupación nazi en Francia, limitándose a escribir algunos artículos hasta el final de la misma en medios colaboracionistas (siendo que al final pidió mano dura contra ellos), mientras que Camus se unió a la Resistencia Francesa, escribiendo activamente para el periódico clandestino Combat en contra de la ocupación, cosa que no hizo de la misma manera con la problemática franco-argelina, dejando mucha ambigüedad sobre su postura ante el colonialismo francés.

La ruptura (aparente)

La relación entre ambos ya era en sí tensa, pero el golpe de gracia vino tras la publicación de El Hombre Rebelde (L’Homme révolté, 1951) de Camus. Este texto no era sino una aguda y dura crítica al sistema que tanto amaba Sartre, quien enfurecido se hizo de la pluma del filósofo Francis Jeanson, y a través de un texto en Tiempos Modernos (Temps Modernes), revista dirigida por el propio Sartre y de gran influencia en la sociedad francesa, tachó a Camus como un «traidor de la clase obrera». Este punto es bastante cómico, porque Sartre había nacido en la opulencia, en cuna de oro, e incluso había asistido a la École Normale Supérieure, institución elitista y clasista en aquellos tiempos, mientras que Camus era de un origen más pobre y humilde. Entenderán la ironía.

La relación estaba rota, y los distintos ataques entre ellos no dejaban a nadie fuera del «chisme». Tal es el nivel alcanzado, que este conflicto salió de los círculos intelectuales, alcanzando a la prensa sensacionalista. Fue así que incluso la revista Samedi-Soir, de difusión de la belleza estética de mujeres, se animó a tener artículos sobre este «divorcio» entre los dos pensadores franceses. Sin embargo, el que peor quedó en esto fue Camus, ya que Sartre tenía (por así decirlo) mayor espacio para su creatividad y crueldad, llegando a pisotear la obra camuseana, diciendo de ella que no era sino una obra que se sostenía por planteamientos moralistas alejados de la la realidad política y social. Camus fue criticado severamente por las altas esferas intelectuales, sin embargo, a diferencia de Sartre, él sí aceptó el Premio Nobel de Literatura y eso le permitió tener una base de «admiradores» que han logrado, hasta nuestros días, nivelar la balanza en esa batalla. Hace poco, de hecho, leí algo interesante: «Sartre criticaba a Camus de defender los valores burgueses y no así los socialistas. ¡Y Sartre era un perfecto burgués que decía defender los valores socialistas desde las dulces mieles capitalistas!».

Nadie está libre de la incoherencia en algún momento de sus vidas…

Lío de faldas

Después de hacer este brevísimo resumen del rompimiento de la relación entre Sartre y Camus (de lo que sabíamos, insisto, hasta mayo de este año), es momento de dar paso a lo que mencionaba al principio. Catherine Camus puso sobre la mesa una teoría que, hoy por hoy, no hace sino sumarse a varias acusaciones contra la pareja de Jean-Paul Sartre, la filósofa feminista, Simone de Beauvoir (1908-1986). Siendo un emblema del movimiento feminista, la autora de El Segundo Sexo (Le Deuxième Sexe, 1949) entre otros, no estuvo libre la polémica a lo largo de su vida. Lisa Appignanesi, biógrafa de la filósofa francesa, cuenta que durante los años de profesora de educación secundaria, entre 1929 y 1943, se desató la primer acusación de haber intentado seducir a Natalie Sorokine, alumna de 17 años. Los padres de la joven levantaron la queja y eso inició un proceso que terminaría por truncarle su labor académica, aunque tiempo después quedó libre de los cargos.

Mucho se ha dicho que incluso Simone de Beauvoir seducía a varias alumnas o mujeres jóvenes y que éstas terminaban en brazos de Jean-Paul Sartre. No quiero entrar de fondo en este tema ya que hay muchos otros espacios que hacen un recuento con mayor rigurosidad. Sin embargo, sean intenciones para difamarlos o no, lo cierto es que muchos medios coinciden en que la relación entre ambos autores, apoyados incluso por comentarios de ellos, era libre y los amantes iban y venían. Así que, a partir de esto, viene el comentario de Catherine Camus: «Mi padre no quiso acostarse con Simone de Beauvoir. Y esta no se lo perdonó. Hasta el punto que impedía a Sartre que hablase bien de los libros de Camus cuando le gustaban». Según Catherine, el editor Michel Gallimard, muy amigo de su padre y con quien de hecho compartiría el funesto fin en aquel «accidente» automovilístico, le dijo que una vez Sartre le comentó sobre uno de los últimos texto de su padre: «Es excelente, pero no puedo decírselo, mi mujer no me lo permite»(parafraseando).

Aquí lo dejaremos, en algo que «puede ser», «que igual y sí», etc., ya que no podremos nunca saber si un lío de faldas realmente ocasionó uno de los rompimientos intelectuales, de amistad, más resonados en los últimos años. Ustedes tendrán el criterio para opinar al respecto, mis queridos(as) lectores(as)…

Derecho al orden

«La libertad sin orden es la muerte de toda organización social».

-Hjalmar Schacht

Queridos(as) lectores(as):

En el encuentro anterior hablamos sobre el derecho que tenemos al caos, y como pudimos entender, no siempre se trata de estar bien, sino que también hay que saber y estar «mal» de vez en cuando. Pero también es importante que hagamos una pequeña reflexión sobre el orden y el derecho que tenemos a éste. Aunque es posible que cometa el error de apresurarme con algunas aseveraciones, pero lo haré con la mejor intención de crear caminos de interés para todos respecto a la «hermosa» complejidad del orden.

Según la Real Academia Española, el orden tiene varias definiciones, pero haremos uso de apenas unas. 1) Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde (esto nos lleva a Platón y su noción de justicia, pues para el filósofo griego «la justicia es dar a cada quien lo que le corresponde»). 2) Concierto, buena disposición de las cosas entre sí (nos acerca a la noción de armonía de Aristóteles que nos ayuda a contemplar la concepción de la razón, de la ciencia, del ser del hombre y de la relación del hombre con la naturaleza y así poder lograr entendimiento). 3) Regla o modo que se observa para hacer las cosas (destello de las ideas sobre la experiencia sensible de Hume, quien sostiene que todo nuestro conocimiento surge de la mencionada). Las demás definiciones quedan para el interés personal de cada uno.

Orden: justicia, armonía, experiencia

Al quedarnos con 3 nociones que van ligadas a la del orden, podemos tener una auténtica oportunidad para dirigirlas hacia nuestra vida personal. El ser humano, diariamente, busca de manera consciente y/o inconsciente cierto orden en su vida. Curioso es que hayan salido algunas afirmaciones salvajes y pretenciosas del tipo «estudios recientes (de quién sabe quién y de quién sabe donde) descubren que las personas desordenadas son en sumo inteligentes». ¡Esa es una barbaridad! Pero, ojo, tengamos cuidado de no exagerar nuestra ya exagerada reacción. La inteligencia tiene muchas maneras de expresarse, no está limitada nunca a un modo determinado y mucho menos a un deber ser. Hay personas que son en extremo inteligentes y no por ello son ordenados, limpios, meticulosos, etc., y viceversa. A pesar de ello, no cabe la menor duda que quien es más ordenado (sin caer en la neurosis obsesiva) tiene mejores modos y mejores herramientas para su desarrollo tanto personal, social y profesional.

Por ahí también hay una expresión interesante que dice: «así como tienes tu cuarto, así tienes tu mente». ¿Y qué creen? En efecto hay algo de verdad en ello. Pero una vez más: no todo se resumen a la misma causa. Habiendo tantas preocupaciones y cosas por hacer, en muchos casos se pierde la idea de las prioridades, por lo que no se puede esperar que todo el tiempo haya orden (otra vez volvemos al derecho al caos). Sin embargo, no estoy en ningún momento justificando el que no haya tiempo, en ese instante, para tener o buscar algo de orden. Hace tiempo, una querida amiga de mi mamá, me decía: «Héctor, cuando no sepas qué hacer, ponte a hacer limpieza». Esto me recuerda a Anna O. (Bertha Pappenheim, 1859-1936), quien fue paciente del Dr. Joseph Breuer y después del Dr. Sigmund Freud. Anna O. se refería a la «cura de la palabra» (prehistoria del Psicoanálisis) precisamente como «limpieza de chimenea». ¿Qué relación podemos encontrar? La búsqueda del orden -importante- en el desorden. Por un lado, se limpia un lugar dejando las cosas «en su lugar», con «buena disposición de las cosas entre sí» y resultado del «modo de hacer las cosas» (bien). Por el otro, es precisamente darle orden al pensamiento y de ese modo, hacer limpia de la mente para quitar telarañas y demás contenido basura.

Un mundo para el orden

Estamos viviendo día tras día una desesperante realidad de alta exigencia en varios aspectos de nuestra vida. Todo el tiempo vamos a prisas, desesperados por cumplir en todas partes, generando varios y delicados problemas de salud física y mental. Se podría decir que hay un predominio del desorden. Pero no, en realidad es un predominio de las prioridades propias y que nos imponen otros. Pensar la libertad del ser humano como algo absoluto sin límites es estrellarse de frente con la responsabilidad y el orden necesario de las cosas. La naturaleza, que no tiene corazón ni mente, curiosamente es «sabia» ya que pone todo en su lugar. Santo Tomás de Aquino, haciendo eco de Aristóteles, hablaba del «lugar natural de los objetos», es decir, todo objeto tiene su propio lugar de ser y estar. En las leyes tradicionales de la Física, ningún espacio puede ser ocupado por 2 cuerpos al mismo tiempo, de ahí la existencia del movimiento. Quizá una manera de la que podemos hacer uso para dar más estabilidad a nuestra vida, sea empezando por pensar el orden en lo que hacemos y de qué manera lo hacemos (ya que si queremos pensar por qué lo hacemos o no, eso es otro asunto igualmente interesante).

Incluso en el encuentro anterior, trayendo aquello que también mencioné brevemente al principio, cuando «no tenemos que estar siempre bien», cuando estemos mal, es ocasión perfecta para replantearnos varias cosas que justo nos alejan de un estado de bienestar (entendiendo lo que entendamos por ello, aunque apostando, claro, por la aparente sencillez de «estar bien»). En la precipitada carrera del día a día, el estrés (y aquellas otras versiones de la famosa ansiedad) nos conduce hacia escenarios de conflicto, tanto personal como con otros. Perdemos la cabeza y no hacemos sino reaccionar. De ahí ese saber popular «piensa con la cabeza fría». El orden es y será necesario, pero hay que saber lograrlo. Porque eso de que muchos dicen que «están bien», puedo asegurarles que están a un paso de estallar. Paciencia y prudencia, virtudes que siempre nos podrán ser útiles.

¿O qué piensan al respecto?

Derecho al caos

«Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas».

-Paul Auster

Queridos(as) lectores(as):

Según la Real Academia Española, el caos es un «estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos». Si nos enfocamos en la definición que se le da en la Física y en la Matemática, se trata de «un comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales». Atendiendo ambas definiciones, nos topamos directamente con un origen que apuntala al orden, siendo a su vez que el orden es el origen… ¡Pero cuidado! Hay muchos puntos de vista al respecto y una notable discusión, así como el famoso ¿qué fue antes, si el huevo o la gallina?, sólo que en este caso qué fue antes, ¿el caos o el orden? Sea como sea, hay algo para resaltar en ambas definiciones: estado-comportamiento.

¿Pero qué tiene que ver este vago ejercicio físico con la tendencia de esta página? Que como suele suceder, el caos y el orden se hablan y entienden de varias formas, y como sé que ya estarán deduciendo en este momento, vamos a orientarlo al estado y comportamiento de la mente del ser humano. Después de todo, no es de gratis decir «tengo un caos mental».

Los caprichos sociales de la estabilidad

Es bastante común hoy en día que haya ciertos mandatos, conscientes e inconscientes, respecto al «estar bien» a todo momento y de cualquier forma. Pero qué tan desquiciante resulta cuando hay que esforzarse de más, sobre todo cuando las personas, los más cercanos, son los que hacen que se vuelva una clase de obligación. Nos resulta bastante sencillo tratar de hacer psicoanálisis salvaje (a lo bruto) a partir de alguien que se está quebrando ante tanta exigencia. Y parece bastante incoherente entender que los demás no son como nosotros y aún así juzgar, criticar y hacer que parezca que hacemos menos el conflicto del doliente. Entendamos algo: la crisis caótica de cualquier persona, no se puede tomar a la ligera.

Hace tiempo, recuerdo bien, estaba en casa de un buen amigo y llegó su hermana sufriendo un «ataque de ansiedad». Ella no nos saludó, se fue directo a su cuarto, sacando del mismo una almohada y se dirigió a la cocina a servirse un vaso con agua. Sin decir palabra alguna, se sentó en un sillón vacío frente a nosotros, abrazó la almohada y bebía de poco a poco del vaso, sin despegar éste de su boca. «¡Qué ridícula!», no faltará quien en este momento esté pensando esto, tal como mi amigo lo expresó. Acto seguido, surgió un discurso totalmente innecesario por parte de él para «hacerle ver a su hermana que estaba exagerando». Ella en cuestión sólo lo veía y su llanto aumentó considerablemente. No quise participar de ese (des)encuentro de hermanos, pero la incomodidad me hizo hacerlo. «Venga, aquí estamos, continúa… te esperamos». Eso le dije, ella continuó hasta que se pudo tranquilizar. Mi amigo me veía raro, como enojado (cosa que realmente no me importó), pero su hermana se puso de pie, me dio un beso en la frente, me dijo «gracias», sonrió y se fue. Más tarde, bajó una vez más a la sala y nos explicó que estaba teniendo ese ataque porque se encontraba muy preocupada por una situación personal. Pero cuando digo que «nos explicó», lo hacía mirándome sin voltear a ver a su hermano en ningún momento. En el caos, comprensión.

Caos, orden… ¡imaginación!

En su última novela, El peso de vivir en la tierra (2022), David Toscana nos ofrece un hermoso recorrido a través de la literatura rusa a partir de sus maravillosos personajes, aventurándonos hacia la búsqueda de libertad en un mundo en el que no la había. Pero, ¿cómo autores como Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Chéjov, Bábel, etc., nos pueden ayudar en estos tiempos de caos? Recordándonos, para empezar, que la libertad esencial del ser humano radica en la propia imaginación. Muchas veces, tal y como lo sabemos bien, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, al menos no de la manera tan exacta como quisiéramos, por lo que nuestra imaginación nos ayuda a enfocarlos en la expresión artística: pintura, música, escritura, baile, canto, etc. Por lo que el mejor consejo que se puede dar a una persona que está en un momento «caótico», en primer lugar es no decirle nada. Esperar a que se calme un poco la tempestad, escucharle e invitarle a expresarse de la mejor manera que crea posible.

El caos es en sí mismo un persistente recordatorio que todavía nos falta mucho por vivir. De hecho, ahora que hablamos de autores rusos, en su magnífico cuento La dama del perrito (1899), Antón Chéjov nos regala una reflexión final: «Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar». ¿Y cuál es esa parte? La vida misma. Por eso es que es importante que tengamos derecho al caos, porque es una clase de punto y coma, un respiro, un «detente», para poder continuar. Así que, mis queridos(as) lectores(as), no mutilemos nuestro caos ni el de nadie, es muy necesario.

P.d. Tengo que aprender ruso…

Recordatorio sobre la dignidad

«Sólo durante los tiempos difíciles es donde las personas llegan a entender lo difícil que es ser dueño de sus sentimientos y pensamientos».

-Antón Chéjov

Queridos(as) lectores(as):

Después de una ausencia considerable en este nuestro espacio, he querido compartir con ustedes un poco sobre un tema que parece que día a día se le olvida al ser humano. Este ser humano que gusta de las etiquetas sociales y de identidad, cada día se ve a sí mismo rodeado de la confusión, el dolor, la tristeza y la desesperación, mismos que se ven reflejados sobre todo en el trato que permite por parte de otros, que acepta «gustoso» con tal de no perder el «amor» que le dicen tener. No entender que lo más importante que tiene el ser humano es su dignidad, es caer peligrosamente en la objetivización y en el desprecio al amor mismo.

La literatura rusa siempre es fascinante en medida de lo que nos ofrece. Recordemos que si bien los rusos no tuvieron notables filósofos (al menos no tan conocidos como otros en otras partes del mundo), sí que tuvieron grandes pensadores en sus escritores. De hecho, Dostoievski es considerado el padre de la literatura existencialista, empatando a su vez con el desarrollo del existencialismo por parte de Kierkegaard en el siglo XIX. Sin embargo, no podemos descuidar a otros autores rusos importantes, tales como Antón Chéjov (1860-1904), médico y dramaturgo que es considerado uno de los padres del relato corto, con fuertes influencias del naturalismo y del realismo.

Aniuta y la renuncia

Chéjov tiene la enorme capacidad de hacer compaginar la experiencia de sus personajes con la de sus lectores. Aunque hay muchos cuentos de este autor que nos podrían fascinar (por lo que los invito a que lo lean), en esta ocasión nos centraremos en dos. Empezaremos precisamente con Aniuta (1886), pero no es mi intención hacerles resumen del texto para que se den la oportunidad de leerlo y profundizar desde ustedes mismos. Lo que sí quiero rescatar de este texto es cómo muchas veces somos capaces de renunciar a nuestra propia dignidad, dejar que pasen sobre nosotros y aunque tengamos la idea de reclamar, irnos, alejarnos y demás acciones que pudieran ayudarnos a abrazar nuestro amor propio, con tal de no perder otras cosas en el proceso, nos tragamos el poco orgullo que nos queda y nos resignamos.

¿Por qué pasa eso? Me viene a la mente el clásico ejemplo de la ruptura negativa de una relación: muchos pleitos, ofensas, humillaciones, malos tratos, acciones violentas. Sin embargo, a pesar de que se está a punto de salir de ella, llegan las famosas promesas vacías, las afirmaciones tales como «te prometo que voy a cambiar», palabras lindas y perfumadas, y cambio de hoja. Todo bonito, hasta que vuelve a suceder. Muchas personas podrían decirme que «a la primera se van, nada de otra oportunidad», y vaya que les creo. Porque son personas que han trabajado su amor propio, por tanto, abrazado y valorado su dignidad. Sin embargo, hay muchos casos, en verdad incontables, donde se aplica lo que decimos acá en México: «pégame, pero no me dejes». ¿Qué se tiene miedo a perder? Me atrevería a decir, entre muchas cosas, que la oportunidad misma de amar otra vez y de ser amados también. Aniuta es el ejemplo claro de mejor aguantarse y no tener que preocuparse de cosas que se pueden llegar a perder de no hacerlo.

Un escándalo y la no-renuncia

Antón Chéjov en verdad que se disfruta mucho sobre todo cuando uno se dispone a leerlo abriendo el corazón de par en par y aceptando nuestra vulnerabilidad, misma que no es sino la confesión de nuestra absoluta humanidad. Si bien Aniuta puede ser, mis queridos(as) lectores(as), un texto en el que nos podamos sentir identificados, me parece que Un escándalo (1886) tiene una peculiaridad en demasía interesante, ya que a diferencia del desafortunado actuar de aquella chica rusa, Macha Pavletskaya, la valiente heroína de este texto, puede terminar por resultar el famoso «qué pasaría si yo…». A ver, entendamos algo, la literatura muchas veces -si no es que siempre-, nos brinda el mundo de la posibilidad, en el que se pueden hacer experimentos que nos permitan, de cierto modo, ver qué podría suceder si nos animáramos a hacer algo distinto.

Macha sufre una terrible humillación a causa de una situación de la que ella es inocente. ¿Quién de nosotros no ha pasado nunca por una situación similar? Al lidiar con tantas personas en el día a día, estamos lidiando también con sus personalidades, sus miedos, sus angustias, etc. Todos somos fáciles de culpar, somos fáciles de engañar, de que nos hagan daño. Pero aquí vamos a centrarnos en lo siguiente: al igual que la pobre Aniuta, llegamos a aceptar esas injusticias por miedo a qué podría pasar si no lo hacemos, nos encerramos en esa cruel realidad y preferimos pagar lo que se tenga que pagar, aunque no sea nuestra culpa. Otra vez: ¿qué tenemos miedo a perder? Sin embargo, quienes han leído el cuento de Macha, saben que «ahí no se quedan las cosas», encontrando en el breve, pero importantísimo diálogo que sostiene con el Sr. Kuchkin, un valioso ejemplo sobre la dignidad y lo valioso que es defenderla hasta las últimas consecuencias.

No confundamos

En la búsqueda de la defensa de nuestra dignidad, no confundamos con destrozar la del otro. Es muy común que caigamos en la idea de «si me hizo, le hago». Ya lo decía Mahatma Gandhi: «Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego». Precisamente, la lucha constante de la defensa de la dignidad del ser humano es algo que debemos hacer en común. No podemos decir que la nuestra importa cuando no respetamos la de los demás. De hecho, es también muy común que no salgamos a la defensa de quienes están siendo humillados o maltratados porque «no los conocemos», «no son nada nuestro». Es muy loable que en estos tiempos de amenazas de una Tercera Guerra Mundial (me abruma con qué facilidad la gente bromea con ese tema), haya quienes se manifiesten en redes sociales por las víctimas en Ucrania, Gaza, Israel, Siria, Irán, etc…, pero también saliendo de la casa de uno podemos encontrar numerosos casos de dignidad violentada.

También es preciso hacer hincapié en el hecho de que mucha ideología que se abraza sin pensar en las consecuencias hoy en día, hace a un lado (a veces con absoluto desprecio), la dignidad de las personas dando preferencia a otros seres. Tal es el caso de los animalistas que ponen muy por encima de las personas a los animales. Y no me mal entiendan: todo ser en esta vida, en este mundo, tienen su propia dignidad. A los animales no les debemos sino respeto y agradecimiento. Tratarlos de forma «humana», es atentar contra su dignidad de animales, es tratarlos como lo que no son. Por muy lindo que pueda sonar que traten a los animales como sus hijos, no lo son, y al no aceptar su dignidad, los estamos violentando. Las cosas por su nombre: son nuestras mascotas. Eso no niega que les podamos tratar con amor y cariño, así como el que nos ofrecen siempre. Por eso, no hagamos a un lado a las personas en situación de calle y nos comportemos con absoluto amor con los animales en las mismas condiciones.

Sin la dignidad del ser humano, no hay esperanza para nada más en este mundo.

El ser más solitario del mundo

«El único lugar en que puedo ser derrotado es mi alma; solamente mis pasiones pueden consumirme».

-Stephen Crane

Queridos(as) lectores(as):

Ayer por la tarde me puse a ver la película Spaceman (2024) de Adam Sandler en Netflix. Basada en la novela El astronauta de Bohemia (2017) de Jaroslav Kalfar, siendo un viaje que nos lleva más allá del espacio, tanto el externo como el interno. Aunque no es mi intención spoilearles la película, porque en verdad quisiera que puedan darse la oportunidad de verla, me gustaría rescatar algunos puntos que espero no les arruine la experiencia. Y si ya la vieron, ojalá que les refuerce lo que se nos comparte.

Antes de continuar, me parece importante resaltar la calidad interpretativa de Adam Sandler, a quien desde hace años vengo defendiendo a capa y espada de los crueles y quizá justificados comentarios respecto a sus películas de humor barato. Lo que he defendido es que es de los pocos actores/directores/productores que, hoy por hoy, hablan sobre temas realmente valiosos como la familia, el amor, la esperanza, la amistad, etc. Pero Sandler demuestra que es una realidad que los actores de comedia, cuando dan paso a papeles serios de drama, son capaces de darnos auténticas maravillas actorales.

No importa el lugar

Ya hemos comentado en algún encuentro anterior que estamos viviendo de una manera muy precipitada una vida que poco a poco nos aísla (y cada vez más rápido) de los demás, pero sobre todo, de nosotros mismos. Muchas personas son incapaces de despegarse de sus celulares, interactuando con quién sabe qué tantas personas a pesar de estar rodeados físicamente de otras personas. Cada vez más somos testigos de constantes «escapes» de los demás, de personas que se la viven corriendo, evitando y cancelando reuniones, yéndose solos de viaje (y alardeando por ello), etc. Un amigo me preguntó que cómo fue la primera vez que fui solo al cine, expresando a su vez que para él fue toda una experiencia en la que se sintió raro, extraño, con mucha ansiedad. Yo, por el contrario, sólo le contesté: «Para mí fue maravilloso, porque fui al cine a lo que se va al cine: a ver una película, no a platicar». Curioso cómo es la enorme contrariedad de un sentimiento, por un lado, de necesaria compañía y, por el otro, de abrazar la soledad.

En la película se nos habla de un astronauta, Jakub (Adam Sandler), que emprende una misión solitaria de 6 meses, mientras que Lenka (Carey Muligan), su esposa embarazada, también afronta su propia soledad, desencadenando una crisis matrimonial. Al principio, en una breve interacción del astronauta con personas en la Tierra, una niña (Sunny Sandler, hija de Adam), le hace una pregunta: «¿Es cierto que eres el hombre más solitario del mundo?». Eso da pie a una reflexión que se agudizará con un curioso ser, Hanus (voz de Paul Dano), quien cuestionará al astronauta a lo largo de la película. Además, claro, de la contención que éste tenía en la Tierra por parte de Peter (Kunal Nayyar, The Big Bang Theory). ¿En qué espacio estamos a la deriva, en el externo o el interno?

Al mirar las estrellas

Hace unos días, compartí una frase en mis redes sociales (Instagram: @hchp1) que dice: «Piensa que para las estrellas los fugaces somos nosotros». La idea original de ello es justo pensar en la fugacidad de nuestra vida, un día estamos, al otro no. ¿Qué vivimos y de qué manera? No hay que ser astronautas para vernos a la deriva en el espacio. Muchas veces, ese espacio yace en nosotros mismos, y terminamos desesperados por intentar llenarlo de incontables cosas, sin caer en cuenta lo que realmente estamos haciendo. El hombre o la mujer más solitarios somos nosotros mismos cuando nos perdemos entre nuestros pensamientos, nuestros miedos, nuestras frustraciones y demás. No somos existencias vacías, sólo existencias que se vacían. ¿Qué pasa cuando miramos las estrellas? Vemos lo que «hay», pero descuidamos que muchas de ellas dejaron de existir hace muchos años; sólo vemos un breve resplandor de aquello que fue. ¿Qué pasa cuando ocupamos el lugar de la estrella que ha muerto y sólo dejamos ver algo que ya no es?

Hay que pensar en las cosas que hacemos. Ciertamente hay algunas que necesitamos hacerlas y está bien. Podemos ir al cine solos y no por ello decir que somos egoístas. Cada uno puede disfrutar las cosas a su modo, pero eso de no querer aceptar las cosas y disfrazarlas constantemente de algo más, nos hace caer peligrosamente en el egoísmo más descarado. ¿Por qué no le decimos al otro que nos gusta su compañía no por sí misma, sino porque así nos ayuda a no sentirnos solos? ¿Por qué no decimos que tenemos miedo de no ser amados y aceptamos relaciones tóxicas de abuso y maltrato? Disfrazar la realidad tarde o temprano termina por ser una bomba que nos explota sin avisarnos en las manos. ¿Será que necesitamos perderle miedo a la vida y afrontarla tal y como es, entendiendo que nunca será parte del guión de lo «perfecta» que queremos que sea?

¿De qué estamos cansados?

«Uno se cansa de todo, menos de comprender»

-Virgilio

Queridos(as) lectores(as):

La semana pasada fui con unos amigos al estreno una película. Para evitar conflictos innecesarios, pedí de regreso un Uber y me atendió el Sr. Miguel Ángel. Muy amable en todo momento, durante nuestra plática surgió un tema personal de él y me pidió un consejo para saber cómo sobre llevarlo. Esa situación todos la vivimos a diario y no es otra cosa que la vida misma. Es decir, todos tenemos nuestras alegrías y tristezas, nuestra emoción y depresión, etc., pero definitivamente hay un factor que nos puede hacer vivir las cosas de maneras incluso hasta descontroladas: ¿cómo enfrentamos cada cosa?

Mi consejo fue simple: vivir la vida sin dejar que la vida nos viva. No hay más. ¿A qué me refiero? Es decir, cada cosa que vivimos debemos hacerlo conforme a lo que es, aceptar las cosas y no pretender que sean de otro modo. Muchas veces, por ejemplo, cuando estamos ante una circunstancia difícil, buscamos «darle la vuelta» y «verle el lado positivo», sin caer en cuenta que es una acción indebida, poco práctica e incontables veces termina siendo lo peor que podemos hacer. Hay que afrontar las cosas tal y como son, sin descuidar que «queda más vida». Son momentos, no queda más que aceptarlos así, ver qué se puede hacer, pero sobre todo, ver si se puede hacer algo o no.

Dejarnos de forzar

En alguna ocasión habíamos hablado sobre la importancia que tiene el escuchar nuestro deseo. Todo bien en la sociedad, hasta que entablamos pláticas profundas y descubrimos tanta tristeza, dolor, miedo, desesperación, etc., detrás de tantas fotos y selfies, con rostros bonitos y sonrisas perfectas. Hacemos del mundo una ilusión. Cuando accedemos a hacer cosas que van contra lo que queremos, vamos contra nuestra propia autenticidad. Ciertamente hay cosas en las que «no queda de otra» y tenemos que hacerlo, ni hablar, pero hay otras en las que pareciera que nosotros mismos nos prohibimos la capacidad de poder elegir: «es que qué van a pensar/decir», «es que si no lo hago me irá mal», etc.

El querer llenarle el ojo (quedar bien) con los demás nos habla de un mandato inquebrantable el cual debemos, sí o sí, cumplir. ¿Pero con quién queremos realmente cumplir? Recordemos que las figuras de autoridad no son sino la proyección superyoica, es decir, la transferencia de la figura del padre, al cual «debemos» respeto, obediencia y, en algunos curiosos casos, sumisión. El temor a decepcionar al otro incluso nos orilla a pensarlo desde el temor a ser rechazados, no tomados en cuenta, abandonados, etc. Incluso hay algo más: el no ser perdonados. ¿Y quién dijo que somos culpables de algo? Pienso, por ejemplo, en la normalización actual respecto a ciertas actitudes llamadas «tóxicas», mismas que otros «tienen» que aceptar por temor a romper con esas personas. ¿Alguna vez han escuchado algo como «ya sabes, así es mi tóxico(a)…»? ¿Se está por amor o por miedo? ¿Por convicción o por sentencia?

¿De qué estamos cansados?

Puede ser que en algún momento hayan escuchado sobre un padecimiento llamado neurastenia. Bueno, hoy por hoy, en el avance de la comprensión de las enfermedades mentales y fisiológicas, se le ha cambiado el nombre de manera más coloquial a «fatiga crónica». Tal como indica el nombre, se trata de un cansancio que ha ido progresando con el tiempo, donde hay manifestaciones de dolores físicos e histéricos, malestar, afectaciones en los sentidos, pérdida parcial de memoria, estados de profunda confusión, depresión prolongada, etc. Como podrán imaginar, todo esto ocasiona que la calidad de vida, el modo de vivir y las labores de cada uno se vean disminuidas notablemente. Y lo que es peor, quienes no padecen esto, son víctimas de constantes comentarios poco empáticos y en demasía desubicados.

Cuando don Miguel Ángel me compartía cosas sobre su vida, algo que le llamó mucho la atención eran mis preguntas: ¿y por qué lo hace entonces? ¿no hay otra cosa por hacer? ¿qué gana/pierde con ello? Para poder tratar esto del cansancio crónico, al menos en la práctica psicoanalítica, abordamos la situación en la que se hace especial énfasis por parte del analizando (paciente) y rastreamos la génesis histórica de su dolor. Y una vez más volvemos a ciertos mandatos, a ciertas actitudes del pasado que se ven transferidas al presente de manera tiránica y que sólo crean un auténtico conflicto que termina por agotar, romper y, en ocasiones, hasta matar a las personas. Poder tener claridad de por qué hacemos lo que hacemos, sobre todo aquello que nos tiene mal, nos ayuda a liberarnos de ilusiones y falsas demandas. Cuando lo logramos, el cuerpo sale recompensado, las cosas cambian, disminuyen las preocupaciones, se recupera el sueño, pero sobre todo, nos dejamos de estar engañando a nosotros mismos y podemos apostar por una vida genuina, a la espera de lo que sigue…

Se rompe la ilusión, se recupera la intención.

Descifrando al amor

«El que ama, se hace humilde. Aquellos que aman renuncian a una parte de su narcisismo»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Un San Valentín más y todo lo que implica. Parece que la fórmula es muy sencilla: hoy amas, hoy te aman. Y sí, hacemos de una cosa diaria algo de un día. El negocio es negocio. Cuando unas flores te pueden costar unos 80 pesos mexicanos, hoy te cuestan casi 400 pesos. ¿Por qué no? Oferta y demanda. Pero, ¿qué sucede cuando dejamos a un lado la vanidad del día y nos concentramos en aquello que dice querer resaltar? El amor ha sido tantas veces descrito que ya hasta parece pleito. Unos aman lo que pueden, otros lo que no tienen, otros lo que no es, y otros esperan ser amados al menos un día. Hay tantos discursos sobre la práxis del amor que, bueno, es común ver tanto corazón roto hoy.

Descifrar al amor es algo que deberíamos considerar antes de decir tan fácil un «te amo». ¿Qué significa eso? Hay quienes dicen que amar es renunciar a uno mismo (tal como dice Freud), otros que amar es reconocerse en el otro, otros que opinan que José José inventó el amor y pidió por éste un aplauso. Tantas cosas que vemos a diario, y mucho de ello siempre es parte de una macabra campaña de marketing. El amor puede ser lo más hermoso, pero al mismo tiempo, puede ser lo más doloroso. Porque, ciertamente, cada uno de nosotros siempre tendremos nuestra propia definición secreta del amor, a partir de nuestra propia experiencia. Y eso, ¡es un partidero de cabeza!

Este sentimiento temible

Ya lo saben, mi obra favorita de todos los tiempos es y será Cyrano de Bergerac (1897) de Edmund Rostand. Aquella inigualable escena en la que la bella Roxanne sale al balcón durante la lluviosa noche en la que su primo, Cyrano, le declara su amor haciéndose pasar por Christian, el joven soldado del que ella está enamorada. En un momento, el poeta de la legendaria nariz le dice:

«Este sentimiento, terrible y celoso que me invade, es verdadero amor… Tiene todo el furor triste del amor y sin embargo, no es egoísta ¡Ah! por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada. ¡Si alguna vez pudiera, aunque de lejos, oír la risa de la felicidad nacida de mi sacrificio!… ¡Cada mirada tuya suscita en mí una virtud nueva!… ¡me da más valor!».

¿Quién no ha escrito alguna vez un poema de amor? ¿Quién no ha llorado tiernamente al leerlo? Tener una musa, ser una musa, es todo un regalo de la vida. El amor romántico, en efecto, engalana la verdad pero oculta las otras partes de la realidad. El amor puede ser triste, aunque hermoso, puede ser doloroso, pero también valeroso. ¿Qué se ama? ¿Al objeto de amor o a la capacidad de amar? Esa pregunta que Nietzsche formula a sus lectores es algo que nos mantiene siempre en cautela. No amar de más, pero no dejar de amar. ¿Quién no ha llorado por un amor? Y todo es bello, pero también una cortina. ¿Qué ocultamos? Lo que no queremos ver. Vivimos presos de esa necesidad de amor y no queremos perderlo una vez que parece que nos estamos saciando. Y aunque a veces es un feliz resultado, muchas veces también es un «pégame, pero no me dejes».

El amor acompaña toda soledad

Al buscar el amor, el ser humano naturalmente se abre hacia el encuentro con el otro. Jaime Sabines, poeta mexicano, explica bellamente esto en su poema Los amorosos, pero quedémonos con esto:

«Los amorosos
viven al día, no pueden hacer más, no saben.
Siempre se están yendo,
siempre, hacia alguna parte.
Esperan,
no esperan nada, pero esperan.

Saben que nunca han de encontrar.
El amor es la prórroga perpetua,
siempre el paso siguiente, el otro, el otro.
Los amorosos son los insaciables,
los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos».

El amor es el día a día, el pleno reconocimiento del mismo como aliento de vida. Quien ama, nunca se cansa. Quien ama, encuentra sentido a pesar de lo ilógico. Porque amar es la parte más humana del ser humano. El amor nos lleva al encuentro de algo, de un nombre, de una persona, de una figura, de un encuentro; en una cama, en una sala, en un balcón con la noche lluviosa. Y estamos, siempre, frente a la nada, pues el amor hace que de ahí salga un todo. ¿No es acaso que lo que amamos se vuelve lo más importante? Hay veces que sentimos que el corazón quiere explotar, aunque hay veces que nos sentimos explotados por ese corazón. ¿Qué nos dice la vida cuando amamos? A veces olvidamos que los muros se levantan para evitar las invasiones de bárbaros que sólo quieren destruir lo que tanto hemos cuidado (uno mismo), pero les abrimos gustosos las puertas, porque entre tantos muros la soledad nos ha pesado, y pretendemos encontrar en el peligro la respuesta, aunque nos cueste la vida…

¿Qué amamos?

¿A quiénes amamos?

Seguimos solos, pero un momento llega en el que otra soledad puede ser una compañía inigualable. Y amamos, nos dejamos amar. Una apuesta. Pero cuando perdamos, sepamos perder, irnos y seguir apostando por el amor. Porque donde hay dolor, no hay amor. Y no porque tengamos miedo a perder lo que «aparentemente tenemos», significa que no hay algo esperando por nosotros. Algo real, algo que sí encuentre sentido en cada letra de A-m-o-r.

¿Qué te está diciendo el amor?

¿Qué te estás diciendo?

Ser lo que somos

«No hay nada tan difícil en este mundo como decir francamente lo que se siente».

-Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

Estamos en la semana del 14 de febrero. En muchos países se celebra «el amor y la amistad», siendo por mucho uno de los días donde el consumismo se desata y los negocios se enriquecen. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, hay que considerar la parte más humana del día: la expresión de los sentimientos. Aunque sabemos bien que no se necesita de un día en específico a lo largo del año para ello, pero entendamos el tremendo valor simbólico del mismo. Alguna vez alguien me dijo que «si te declaras a quien te gusta el 14 de febrero, tendrás un amor eterno». El sistema de creencias de las personas es en verdad fascinante. Pero el optimismo lo es más todavía. ¿Sólo porque uno sienta algo el otro tiene que sentirlo igual? Por supuesto que no.

Y es por eso que es un día donde la sobrecarga de expectativa inclina hacia la posibilidad de una de las más severas desilusiones. «Ser rechazado en San Valentín es una de mis peores pesadillas», diría un conocido. Por eso mismo es que hay también mucha resistencia y, por tanto, mucho dolor, tristeza y sí, miedo también. ¿Para qué decir lo que siento si me pueden lastimar en el proceso? El temor a la verdad siempre está presente, es de valientes o de tontos, según la perspectiva de los testigos, atreverse a ir a ella. Pero es algo de lo que nos tendremos que enterar tarde o temprano.

El temor a ser

Hay que tener también en cuenta que el ser humano vive en constante represión. Por eso es que vemos tantas copias en la calle. Recurramos a la obra del escritor danés, Hans Christian Andersen, específicamente al Patito feo (Den grimme ælling, 1843). Quizá se sepan bien la famoso cuento, por lo que me centraré sólo en la parte en la que el patito se da cuenta por un reflejo en el agua de que se trata de un hermoso cisne, haciendo que su ambiente deje de atemorizarlo y de torturarlo. Pareciera que es casi prohibido el hecho de que la gente se atreva a ir contracorriente, por lo que vemos una obstinación a mantener las cosas tal y como están. Y una buena parte de ello consiste en callarse, en no decir, en no expresar lo que se siente, en no ser. ¿Qué dirán los demás? ¿Qué pensarán sobre uno? Un temor clásico que nos remite a una infancia donde los mandatos/sentencias son claros: «Tú cállate y escucha, nadie te está preguntando».

Hace unos días platicaba con un amigo y decíamos que «estamos en una sociedad de adultos que ocultan a su niño lastimado». ¡Infancia es destino! Aquella famosa sentencia freudiana hace eco hoy más que nunca. Me parece que en América Latina es una realidad bastante palpable ya que existen estructuras inconscientes en los que es casi pecado contestarle a los adultos, mal interpretando aquello de respetar a la autoridad. Es curioso que interpretemos precisamente que respetar es dejarse maltratar. En la fe católica, existe un mandamiento: «Honrarás a tu padre y a tu madre». Veamos, honrar significa »dar su lugar, respetar, escuchar, etc», pero en ningún momento es un «dejarte ofender, humillar, pisotear, lastimar». Un amigo me hizo llegar por Whatsapp un meme que me pareció cómico, el cuál decía: «San Valentín son los papás, después de todo, son a los que estamos buscando en el otro». ¿Nos hace sentido? Recordemos que el superyó freudiano no es sino el sostén de la autoridad y nuestra obediencia.

Una cruel expectativa de amor

San Valentín es un día en el que vemos por todos lados flores, chocolates, osos descomunales y demás regalos en manos de enamorados o en contenedores de basura. De hecho, se han hecho virales (lamentablemente porque sólo se expone a una persona en su punto de quiebre de su propia vulnerabilidad) videos en los que hay alguien destrozando esos regalos cuando fue rechazado, con leyendas del tipo «otro soldado caído». Y volvemos a lo que comentaba arriba: sentir algo no hace que el otro sienta lo mismo. Pero ahí es donde debemos prestar atención: ¿de quién está doliendo el rechazo? Sí, claro, no es como que sea tan fácil ser rechazado por la persona que nos gusta, pero es porque ese rechazo en algún momento lo experimentamos en el pasado. Ojo: no estoy diciendo que sea de ley que hayamos tenido un rechazo brutal en nuestra infancia como para sentirnos así cuando nos mandan a la zona del amigo (o friendzone), pero sí hay una vivencia del rechazo que se ha quedado clavada en nuestro inconsciente. Tan es así que en ese momento doloroso, vienen a la mente ideas tales como «el amor es una mierda», «nunca más volveré a amar», «no hay nadie para mí», etc.

Una amiga dice algo que me parece es cierto: «Muchas personas fracasan en el ligue porque se muestran como alguien que claramente no son». Y sí, al momento en el que nos acercamos a quien nos gusta o llama la atención, es curioso cómo pretendemos hacernos los(as) interesantes. ¿Es que acaso no somos interesantes por nosotros mismos? Y es ahí donde nos inhibimos, entrando en la sociedad de la expectativa y de la exigencia, donde hay que ser de determinada manera menos lo que somos. La única expectativa que sería importante sostener es la de ser lo que somos, en un giro auténtico de originalidad. Por eso, hay que hablar, hay que decir, hay que ser apegados a lo que realmente sentimos y somos. Porque, al no hacerlo, somos los que abrimos el paso directo a nuestro corazón a todo ese dolor y tristeza que hemos generado al ser cómplices de «lo que esperan los demás». Aunque claro, como siempre lo digo, la prudencia no debe faltar en nuestro actuar. No se trata de ir por la vida «diciendo las cosas como son», con intenciones de lastimar, herir, hacer menos a los demás, porque entonces, ahora sí, la famosa dialéctica del amo y del esclavo hegeliana se hace realidad y lo único que hacemos es intercambiar lugares. De ser «víctimas» pasamos a ser victimarios…

Xavi, el Barça y la desesperación

«Y es de la desesperación y sólo de ella de donde nace la esperanza heroica, la esperanza absurda, la esperanza loca».

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

No cabe duda que la desesperación puede hacer estragos en la vida de cada persona, más cuando pareciera que todas las circunstancias van en contra nuestra. Sin embargo, hay momentos en los que lo «definitivo» parece que se vuelve la única respuesta. En este encuentro, quisiera tomar de ejemplo lo que los aficionados al fútbol, sobre todo nosotros los culés, estamos viviendo con el F.C. Barcelona. No pretendo meterme en rumores, teorías conspiranoides ni demás amarillismo de ocasión, sólo aprovecharé de aquello que se puede presenciar.

Si bien es cierto que el Barça es un equipo que no pasa desapercibido en ninguna parte del mundo, también olvidamos que, como toda institución humana, está siempre en riesgo de todo, incluso de la derrota. Por un lado, el famoso «Caso Negreira» de supuesta corrupción (y lo digo así porque no tengo en mis manos evidencia alguna), la atrocidad administrativa que dejaron Sandro Rosell y Josep Maria Bartomeu (misma que se ve reflejada en la complicadísima crisis financiera), los fichajes costosísimos y que resultaron auténticos fraudes (Coutinho, Dembélé, etc), la escandalosa salida de Messi, etc. Con todo el respeto al equipo, a los jugadores, a los directivos y aficionados, comparto una reflexión sobre esta desesperante situación.

Después del temblor

Hoy por hoy, con tristeza, puedo decir que el Barça está hundido. Pero no por ello acabado. Como decía anteriormente, se están viviendo muchas cosas alrededor de la realidad blaugrana, y hay muchas «respuestas» que se dan con absoluta facilidad por parte de muchos «expertos», pero no es fácil, no es sencillo. Xavi Hernández, uno de los legendarios jugadores culés de toda la Historia, llegó en un momento en el que Ronald Koeman no lograba nada, sólo un intento de holandizar la plantilla y que no trajo resultados del todo buenos. Con deudas hasta el cielo, partidos grises y sin chiste, el primer atino de Joan Laporta fue ofrecerle a alguien de ADN culé la oportunidad de dirigir. ¿Qué se podía hacer? Bien se dice acá en México que «para algo son los bienes o propiedades», y el Barça se puso a vender varios reactivos. ¿Resultado? Aubameyang, Ferrán, Lewandowski, Raphinha, Adamá Traoré, Christensen, Kessié, Gündogan, Koundé, etc. Sí, se trajo lo que se pudo, y quizá no todos han servido, pero podemos decir que no se quedaron de brazos cruzados. ¿Resultado? Una Liga y una Supercopa cuando no se estaba «jugando a nada».

Es curioso cómo en verdad el aficionado común se queda en el pasado, en una realidad que ya fue. Mucho se habla tanto para elogiar como para denostar al Barça de una «Messidependencia». Y sí, en parte es cierto. ¿Pero dónde quedan las otras leyendas? ¿Iniesta, Xavi mismo, Busquets, Alba, Piqué, Márquez, Puyol, Suárez, Neymar, Ronaldinho… etc, estaban pintados o qué? Ciertamente, pesó la salida de Messi porque un crack como él que era capaz de resolver jugadas y dejar en silencio a sus detractores ya no sigue más acá, pero eso es también una llamada de atención. Si Messi no está, ¿no hay otros? La desesperación llevó a encontrar en Ansu Fati, a sus 19 años, al «heredero» y lo cargaron con semejante peso de portar el 10. ¿Qué sucedió? Lo rompieron. Sí, hay jugadores muy jóvenes como Pedri o Gavi (mismos que se han lesionado por tanta exigencia física) etc., que han sabido responder y echarse al equipo en sus espaldas, pero a nadie se le puso la tremenda tarea de sustituir al «mejor jugador del mundo» y que dieran resultados a la de ya. Cosa que, una vez más, está pasando de forma indirecta con el jovencísimo, Yamine Lamal… ¡de 16 años! Y justo ahora que fueron eliminados de la Copa del Rey, la frustración se fue hacia los hombros de este niño. ¿También quieren romperlo?

¿Terquedad o necesidad?

Mucho se le ha cuestionado a Xavi por no tener claridad en su 11 titular, por «consentir» supuestos caprichos de jugadores como Koundé de negarse a jugar como lateral derecho, de «españolizar» a la plantilla, de poner los mil y un pretextos (algunos bastante extraños, por cierto) por las derrotas, y últimamente por no poner a Vito Roque, por quien se hizo un enorme esfuerzo económico por traerlo al ser una de las jóvenes promesas del Brasileirao. ¿Qué pasa por la mente de Xavi? Cuando el ser humano tiene tantas preocupaciones, y no sólo eso, sino que tienen costos muy grandes, el poder tomar decisiones de manera «sensata» y que le llenen los ojos a los demás, puede resultar una tarea en extremo complicada.

¿Pero todo eso es responsabilidad de Xavi? Por supuesto que no. Hay que entender que en el caso de la leyenda culé estamos hablando de la cara visible de toda una institución. ¿Pensamos en cómo se sintió cuando apostó por Dembélé, lo hizo recuperar su nivel y que éste terminara traicionándolo yéndose al PSG por más dinero? De hecho, ahora tras la dolorosa derrota ante el Villarreal (3-5), Xavi mostró su decepción, tristeza y desesperación, primero al hablar directamente a la cámara y, segundo, en una plática con sus jugadores al final del partido, donde les dijo que al término de la temporada se marcharía. Muchos de sus jugadores se dice que rompieron en llanto y que se acercaron a él para ver qué se podía hacer para convencerlo de quedarse. Por ahí dicen que «el culpable se rompe cuando ve que se le salieron de las manos sus acciones». ¿Quién es quién en este Barça?

No rendirse. Seguir.

Lo que hace realmente grande a cualquiera es la capacidad de sobreponerse a la derrota, levantarse y continuar. Sí, son muchos años los que el Barcelona nos «ha quedado a deber» a sus aficionados y al fútbol, pero debemos entender más allá de nuestras propias proyecciones. Si no han confiado en nosotros cuando hemos estado rotos, ¿no sería bueno comenzar a confiar, apoyar y alentar a quienes están rotos? La empatía es importante. Dejar de cargarnos a los demás por sus errores es el paso que tenemos que empezar a dar y entender, comprender y favorecer un ambiente más amable para que no haya desesperación. Pero, sobre todas las cosas, ver que la realidad del Barça no es sino el reflejo de muchas otras realidades muy personales. Es difícil, sí, mucho, ver perder al equipo al que le vamos, pero al final de cuentas, en este caso hablamos de fútbol, y son incontables las veces que se han dado auténticas sopresas.

Recuerdo aquellas lágrimas de Messi a la hora de despedirse del equipo de su vida, recuerdo lo mucho que dolió ver a mi gran ídolo marcharse de esa manera. Pero así también ha pasado con otras leyendas en otros equipos y otros tiempos, no es la primera vez ni mucho menos la última. El ser humano tiene la capacidad de reponerse, encontrar ayuda y seguir adelante. Este es un duelo que ha durado mucho, pero que está encontrando la salida poco a poco. Los culés volveremos a sonreír. Y habrá más magia, que todo el fútbol a nivel mundial lo agradecerá. Así estuvo el Real Madrid un buen tiempo, y nunca se rindieron. Barça saldrá de ésta, como muchos hemos salido adelante cuando pensamos que era nuestro fin. Hay que creer, hay que esperar…

Mès que un club!

Visca el Barça!