Carta a la vida inesperada

Querido(a) lector(a):

Hay algo que casi nadie dice en voz alta, pero que muchos sentimos en silencio: la vida no salió como la imaginábamos. No es una exageración ni un momento de debilidad. Es una constatación. Hay un punto en el que uno(a) se detiene, mira alrededor… y se da cuenta de que las cosas tomaron otro rumbo. Uno que no estaba en los planes, que no se parece a lo que soñó, que incluso a veces se siente ajeno. Y lo más difícil no es que las cosas sean distintas. Lo más difícil es aceptar que hiciste lo que pudiste. Que no fue por descuido, ni por falta de ganas, ni por irresponsabilidad. Lo intentaste. Apostaste. Te sostuviste. Aguantaste más de lo que muchos imaginan. Y aun así, no ocurrió como esperabas. Ese tipo de realidad no se digiere fácil. Porque no hay a quién culpar del todo. Porque no hay una explicación clara que tranquilice.

Hay días en los que ese peso se siente más. Días en los que te cansas no del trabajo, no de las personas, sino de esa sensación de estar remando en una dirección que nunca termina de abrirse. Días en los que te preguntas, en silencio, si valió la pena tanto esfuerzo. Y lo haces sin drama, sin espectáculo, casi con pudor… pero lo haces. A veces, incluso, te descubres comparando. No necesariamente con otros, sino contigo mismo(a). Con esa versión tuya que imaginaba otra vida. Más estable, más clara, más “resuelta”. Y ahí es donde empieza una especie de tristeza más fina, más difícil de nombrar. No es desesperación. Es algo más callado. Como si una parte de ti estuviera de duelo… pero sin haberlo reconocido del todo.

Si estás ahí, quiero decirte algo sin rodeos: no estás fallando. No te desviaste necesariamente. A veces la vida simplemente no sigue el trazo que uno dibujó. Y eso no invalida lo que has hecho, ni lo que eres. Sólo vuelve el camino más incierto, más incómodo… y sí, más cansado. También sé que hay una tentación fuerte de endurecerse. De dejar de esperar. De decir “ya fue” y caminar con una especie de coraza para que no vuelva a doler. Es entendible. Cuando algo no se cumple varias veces, uno aprende a protegerse. Pero hay que tener cuidado con eso. Porque en ese intento por no sentir más, a veces uno empieza a apagarse sin darse cuenta.

Hay caminos que no llevan a donde prometían… y aun así, sigues en ellos.

No te voy a decir que todo tiene un sentido claro. Sería fácil, pero no sería honesto. Tampoco te voy a prometer que las cosas se van a acomodar de pronto. Hay etapas que son largas, más de lo que uno quisiera. Lo que sí puedo decirte es algo más sencillo, pero más importante: lo que estás viviendo no te hace menos. No te convierte en alguien que “no lo logró”. No te define como un error. Hay una dignidad muy silenciosa en seguir estando. En levantarte otro día aunque no haya certezas. En cumplir con lo que toca, incluso cuando nadie lo ve. En no rendirte del todo, aunque por dentro haya partes cansadas. Esa dignidad no se aplaude, no se presume, no se sube a ningún lado… pero sostiene más de lo que imaginas.Tal vez la vida que no salió como esperabas te está obligando a construirte de otra manera. No desde lo que querías ser, sino desde lo que realmente eres cuando las cosas no salen bien. Y eso, aunque no se sienta así, tiene un valor profundo. Más real, menos brillante, pero más tuyo.

Si hoy estás cansado(a), no te exijas estar bien. Si hoy te pesa, no lo niegues. Pero tampoco te des por perdido(a). No eres un proyecto fallido. Eres alguien atravesando una etapa difícil. Y aunque suene pequeño, no es lo mismo. Ojalá estas palabras te encuentren en uno de esos momentos en los que necesitabas que alguien te lo dijera sin ruido, sin frases hechas, sin exigencias. Sólo esto: no estás solo(a) en lo que sientes. Y aunque la vida no haya salido como esperabas… todavía estás dentro de ella. Y eso, aunque no siempre se note, sigue abriendo posibilidades.

Y si algo de lo que leíste hoy te movió por dentro… no lo dejes ahí. A veces uno(a) se acostumbra a cargar solo(a) con lo que siente, a procesarlo en silencio, a convencerse de que “así es la vida” y ya. Pero no siempre tiene que ser así. Si necesitas ponerle palabras a lo que te está pasando, si sientes que hay algo que no terminas de entender de ti, si este cansancio del que hablamos ya se volvió parte de tus días… puedes escribirme. No desde la formalidad, no desde la idea de “tener todo claro”, sino tal como estás. A veces una conversación a tiempo cambia más de lo que uno imagina.

Trabajo justamente desde ahí: desde escuchar lo que no siempre has podido decir, desde ayudarte a mirar tu historia sin maquillarla pero sin destruirte en el intento. No se trata de arreglarte, ni de darte respuestas rápidas, sino de entenderte… y empezar a estar de otra manera contigo mismo(a).

Si decides dar ese paso, aquí estoy.

Insisto: no estás solo(a).

Te abrazo.

Héctor Chávez


Y si quieres seguir encontrando este tipo de palabras, reflexiones y espacios donde pensar(te) sin prisa, puedes acompañarme también en Instagram: @hchp1. Ahí seguimos esta conversación, a veces en silencio, a veces con preguntas… pero siempre con la intención de que no tengas que atravesarlo solo(a).

Deja un comentario