Carta a la vida misma

«El secreto de cosechar la mayor fecundidad y el mayor goce de la existencia es: ¡vivir peligrosamente!».

— Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días recibí un mensaje desde Uruguay. Lo escribió Corina. No voy a reproducirlo porque hay palabras que, cuando alguien nos las confía, merecen conservar algo de la intimidad con la que llegaron. Pero puedo contarles lo que dejó en mí: esa pregunta que aparece de vez en cuando, generalmente cuando la vida se pone difícil, acerca de si todavía vale la pena entusiasmarse con ella. No necesariamente porque queramos abandonarla, sino porque a veces nos cansamos de esperar que comience la vida que imaginábamos mientras intentamos sobrevivir a la que tenemos. Pensé en responderle directamente. Un mensaje, algunas palabras cariñosas, quizá una recomendación. Pero mientras escribía comprendí que aquello que quería decirle a Corina también quería decírmelo a mí. Y probablemente a más de uno de ustedes. Así que esta vez Crónicas cambia un poco de forma. Hoy no quiero analizar demasiado. Quiero escribir otra carta.


Querida Corina:

No sé exactamente en qué momento comenzamos a creer que vivir consistía en prepararnos para algo. Estudiamos para cuando tengamos trabajo. Trabajamos para cuando tengamos dinero. Ahorramos para cuando podamos descansar. Resistimos esta semana porque quizá la siguiente sea más amable. Nos prometemos que vamos a divertirnos cuando resolvamos aquel problema, que volveremos a salir cuando nos sintamos mejor, que compraremos aquello que nos gusta cuando sea prudente, que haremos ese viaje cuando las circunstancias sean las adecuadas. Y así, casi sin advertirlo, podemos convertir el presente en la sala de espera de nuestra propia existencia. Lo terrible es que el futuro tiene una pésima costumbre: cuando finalmente llega, se llama presente.

Por eso quisiera proponerte algo que últimamente también intento aprender: agarrarle cariño a nuestra propia vida. No a la vida que hubiéramos tenido si algunas cosas hubieran salido diferentes. No a la que tendremos cuando finalmente consigamos aquello que estamos esperando. A esta. A la extraña, imperfecta, complicada y a veces francamente absurda vida que tenemos hoy. No estoy proponiéndote optimismo. El optimismo obligatorio siempre me ha parecido una manera particularmente irritante de negar la realidad. Hay días malos. Hay pérdidas que no esconden ninguna maravillosa enseñanza. Hay proyectos que fracasan, personas que se marchan, cuentas que llegan, cuerpos que se cansan y mañanas en las que uno quisiera negociar cinco minutos más con el despertador y quizá otros veinte años con la existencia. Vivir auténticamente no consiste en sonreír mientras todo se derrumba ni en repetir que «todo pasa por algo». A veces las cosas pasan y punto. Y tenemos derecho a estar tristes cuando duelen.

Lo que quisiera defender es algo distinto: que el dolor no tenga el monopolio de nuestra mirada. Porque también hay café. Hay canciones que inexplicablemente siguen poniéndonos de buen humor después de escucharlas cien veces. Hay conversaciones que comienzan sin importancia y terminan salvándonos la tarde. Hay amigos con quienes podemos decir estupideces durante dos horas y regresar a casa sintiéndonos un poco más ligeros. Hay comida que vale la pena comer despacio, ciudades que todavía no conocemos, libros que no hemos abierto, cuerpos que podemos abrazar, películas malas que podemos disfrutar sin necesidad de escribir una tesis para justificarlas y domingos en los que, si tenemos suerte, no ocurre absolutamente nada. Y quizá hemos subestimado demasiado ese «absolutamente nada».

Y entonces llega es maldita costumbre de vivir mañana. El pesimismo posee una peculiar capacidad para disfrazarse de inteligencia. Quien espera lo peor puede sentirse preparado: si algo sale mal, ya lo sabía; si sale bien, magnífico. Parece una posición prudente. El problema es que también podemos empezar a sufrir anticipadamente dolores que todavía no existen. Nos preocupamos por la conversación que quizá salga mal, por el dinero que quizá falte, por la persona que quizá se vaya, por la enfermedad que quizá llegue, por el fracaso que quizá nos espere. Algunas de esas preocupaciones son razonables y nos ayudan a actuar. Otras terminan cobrando intereses sobre desgracias que ni siquiera sabemos si tendremos. Y mientras tanto, Corina, está ocurriendo hoy.

No quiero decirte «vive el presente» como quien imprime la frase sobre una taza. El mañana importa. Tenemos responsabilidades, proyectos y personas que dependen de nuestras decisiones. Pensar en el futuro es parte de cuidar nuestra vida. Pero prepararnos para mañana no debería exigirnos sacrificar sistemáticamente el único día que realmente podemos vivir. Podemos guardar dinero para el futuro y pedir hoy el postre. Podemos preocuparnos por nuestra salud y disfrutar una comida. Podemos trabajar seriamente y perder media hora riéndonos con alguien. Podemos tener problemas sin convertirnos exclusivamente en una persona con problemas. No todo placer necesita ser merecido después de sufrir.

Hay una forma de enamoramiento de la que hablamos poco: la que podemos desarrollar hacia nuestra propia existencia. No me refiero a mirarnos al espejo cada mañana y declararnos extraordinarios. Hablo de algo más modesto y quizá más importante: construir una vida a la que nos dé gusto regresar. Encontrar nuestros lugares. Tener canciones nuestras. Prepararnos algo que nos gusta aunque nadie vaya a verlo. Vestirnos de una manera que nos haga sentir bien. Caminar sin convertir cada paso en ejercicio cuantificable. Invitar a alguien a tomar café sin esperar una ocasión especial. Aprender algo únicamente porque nos da curiosidad. Volver a hacer aquello que abandonamos porque un día decidimos que ya éramos demasiado adultos para perder el tiempo. Y perderlo un poco. ¡Qué maravilla perder el tiempo de vez en cuando!

Quizá vivir auténticamente no sea tener la vida resuelta, sino aprender a querer la vida que está ocurriendo mientras intentamos resolverla.

Vivimos rodeados de discursos que nos exigen aprovecharlo. Producir, mejorar, aprender, entrenar, emprender, sanar, crecer. Hasta descansar parece necesitar una justificación porque mañana seremos más productivos. Quizá una pequeña rebelión consista en hacer algunas cosas porque sí. Porque son divertidas. Porque nos hacen reír. Porque durante una hora nos permiten recordar que estar vivos no es únicamente administrar correctamente nuestra existencia. La vida auténtica no tiene por qué ser solemne.

Friedrich Nietzsche entendió algo de esto cuando escribió su célebre amor fati: «[…] no querer nada de otro modo, ni hacia adelante ni hacia atrás, ni por toda la eternidad» (Ecce homo, 1888). No leo esa idea como una obligación de celebrar todo cuanto nos ocurre. Sería cruel pedirle eso a quien atraviesa una pérdida o una injusticia. Me interesa más como una provocación: dejar de vivir permanentemente enfrentados con el hecho de que nuestra vida no fue otra. Esta ocurrió. Esta está ocurriendo. ¿Qué podemos hacer con ella?

A veces hablamos de «vida auténtica» y parece que inmediatamente debemos poner música de violonchelo, mirar por una ventana lluviosa y pensar profundamente en nuestra mortalidad. También podemos bailar mal. También podemos contar chistes idiotas. Cantar una canción desafinando. Pedir otra ronda de café. Comprar boletos para algo sin convertirlo en una decisión trascendental. Coquetear. Cocinar. Viajar cuando podamos y descubrir nuestra propia ciudad cuando no podamos. Sentarnos con alguien querido y permitir que la conversación no produzca absolutamente ninguna conclusión filosófica. Hay algo profundamente auténtico en divertirnos sin pedir disculpas. Quizá porque durante esos momentos dejamos de observar nuestra vida desde fuera. No estamos evaluando si somos suficientemente exitosos, maduros, interesantes o felices. Simplemente estamos allí. Y eso, Corina, comienza a parecerme cada vez más valioso. No sé cuánto tiempo tenemos. Nadie lo sabe. Precisamente por eso me resisto a convertir esa incertidumbre en una amenaza. También puede ser una invitación. Si no podemos garantizar que mañana será mejor, tampoco tenemos por qué permitir que el miedo a mañana arruine aquello que hoy todavía puede ser bueno.


Querida Corina, queridos(as) lectores(as):

No sé si existe una fórmula para vivir auténticamente. Desconfiaría bastante de cualquiera que afirmara haberla encontrado. Cada vida tiene circunstancias, límites, responsabilidades y dolores que ninguna frase bonita puede borrar. Pero sí comienzo a sospechar algunas cosas. Que vale la pena hacernos amigos de nuestra propia existencia. Que no necesitamos esperar a tenerlo todo resuelto para permitirnos disfrutarla. Que podemos tomarnos nuestros problemas en serio sin tomarnos siempre tan en serio a nosotros mismos. Que el futuro merece preparación, pero no veneración. Y que quizá una de las decisiones más importantes que podemos tomar sea dejar de tratar nuestra felicidad como una recompensa que recibiremos algún día por haber soportado correctamente el presente.

Así que esta carta no pretende decirte que todo estará bien. Quisiera decirte algo que me parece mucho más honesto: Hoy estamos aquí. Y mientras estemos aquí, todavía podemos poner música, abrir una botella, llamar a alguien, salir a caminar, comer algo delicioso, aprender alguna tontería, enamorarnos, equivocarnos, cambiar de opinión, hacer planes, cancelar alguno porque apareció algo mejor, reírnos hasta que nos duela el estómago y contemplar de vez en cuando el extraño privilegio de estar participando en todo esto. Mañana tendrá tiempo suficiente para convertirse en nuestro problema cuando llegue. Hoy, mientras tanto, hagamos algo con el día. No necesariamente algo importante. Algo vivo.

Gracias por escribirme desde Uruguay, Corina. Sin proponértelo, me hiciste recordar algo que quizá todos necesitamos recordar de vez en cuando: no vinimos únicamente a resistir nuestra vida. También podemos agarrarle gusto…

Con cariño,

Héctor

P. D. Para quienes llegaron hasta aquí: esta carta empezó siendo una respuesta para Corina y terminó siendo también una carta para ustedes. Si conocen a alguien que lleva demasiado tiempo esperando que su vida comience, quizá puedan hacérsela llegar. Y después, por favor, hagan algo divertido.

Los espero en Instagram: @hchp1

Carta a la vida inesperada

Querido(a) lector(a):

Hay algo que casi nadie dice en voz alta, pero que muchos sentimos en silencio: la vida no salió como la imaginábamos. No es una exageración ni un momento de debilidad. Es una constatación. Hay un punto en el que uno(a) se detiene, mira alrededor… y se da cuenta de que las cosas tomaron otro rumbo. Uno que no estaba en los planes, que no se parece a lo que soñó, que incluso a veces se siente ajeno. Y lo más difícil no es que las cosas sean distintas. Lo más difícil es aceptar que hiciste lo que pudiste. Que no fue por descuido, ni por falta de ganas, ni por irresponsabilidad. Lo intentaste. Apostaste. Te sostuviste. Aguantaste más de lo que muchos imaginan. Y aun así, no ocurrió como esperabas. Ese tipo de realidad no se digiere fácil. Porque no hay a quién culpar del todo. Porque no hay una explicación clara que tranquilice.

Hay días en los que ese peso se siente más. Días en los que te cansas no del trabajo, no de las personas, sino de esa sensación de estar remando en una dirección que nunca termina de abrirse. Días en los que te preguntas, en silencio, si valió la pena tanto esfuerzo. Y lo haces sin drama, sin espectáculo, casi con pudor… pero lo haces. A veces, incluso, te descubres comparando. No necesariamente con otros, sino contigo mismo(a). Con esa versión tuya que imaginaba otra vida. Más estable, más clara, más “resuelta”. Y ahí es donde empieza una especie de tristeza más fina, más difícil de nombrar. No es desesperación. Es algo más callado. Como si una parte de ti estuviera de duelo… pero sin haberlo reconocido del todo.

Si estás ahí, quiero decirte algo sin rodeos: no estás fallando. No te desviaste necesariamente. A veces la vida simplemente no sigue el trazo que uno dibujó. Y eso no invalida lo que has hecho, ni lo que eres. Sólo vuelve el camino más incierto, más incómodo… y sí, más cansado. También sé que hay una tentación fuerte de endurecerse. De dejar de esperar. De decir “ya fue” y caminar con una especie de coraza para que no vuelva a doler. Es entendible. Cuando algo no se cumple varias veces, uno aprende a protegerse. Pero hay que tener cuidado con eso. Porque en ese intento por no sentir más, a veces uno empieza a apagarse sin darse cuenta.

Hay caminos que no llevan a donde prometían… y aun así, sigues en ellos.

No te voy a decir que todo tiene un sentido claro. Sería fácil, pero no sería honesto. Tampoco te voy a prometer que las cosas se van a acomodar de pronto. Hay etapas que son largas, más de lo que uno quisiera. Lo que sí puedo decirte es algo más sencillo, pero más importante: lo que estás viviendo no te hace menos. No te convierte en alguien que “no lo logró”. No te define como un error. Hay una dignidad muy silenciosa en seguir estando. En levantarte otro día aunque no haya certezas. En cumplir con lo que toca, incluso cuando nadie lo ve. En no rendirte del todo, aunque por dentro haya partes cansadas. Esa dignidad no se aplaude, no se presume, no se sube a ningún lado… pero sostiene más de lo que imaginas.Tal vez la vida que no salió como esperabas te está obligando a construirte de otra manera. No desde lo que querías ser, sino desde lo que realmente eres cuando las cosas no salen bien. Y eso, aunque no se sienta así, tiene un valor profundo. Más real, menos brillante, pero más tuyo.

Si hoy estás cansado(a), no te exijas estar bien. Si hoy te pesa, no lo niegues. Pero tampoco te des por perdido(a). No eres un proyecto fallido. Eres alguien atravesando una etapa difícil. Y aunque suene pequeño, no es lo mismo. Ojalá estas palabras te encuentren en uno de esos momentos en los que necesitabas que alguien te lo dijera sin ruido, sin frases hechas, sin exigencias. Sólo esto: no estás solo(a) en lo que sientes. Y aunque la vida no haya salido como esperabas… todavía estás dentro de ella. Y eso, aunque no siempre se note, sigue abriendo posibilidades.

Y si algo de lo que leíste hoy te movió por dentro… no lo dejes ahí. A veces uno(a) se acostumbra a cargar solo(a) con lo que siente, a procesarlo en silencio, a convencerse de que “así es la vida” y ya. Pero no siempre tiene que ser así. Si necesitas ponerle palabras a lo que te está pasando, si sientes que hay algo que no terminas de entender de ti, si este cansancio del que hablamos ya se volvió parte de tus días… puedes escribirme. No desde la formalidad, no desde la idea de “tener todo claro”, sino tal como estás. A veces una conversación a tiempo cambia más de lo que uno imagina.

Trabajo justamente desde ahí: desde escuchar lo que no siempre has podido decir, desde ayudarte a mirar tu historia sin maquillarla pero sin destruirte en el intento. No se trata de arreglarte, ni de darte respuestas rápidas, sino de entenderte… y empezar a estar de otra manera contigo mismo(a).

Si decides dar ese paso, aquí estoy.

Insisto: no estás solo(a).

Te abrazo.

Héctor Chávez


Y si quieres seguir encontrando este tipo de palabras, reflexiones y espacios donde pensar(te) sin prisa, puedes acompañarme también en Instagram: @hchp1. Ahí seguimos esta conversación, a veces en silencio, a veces con preguntas… pero siempre con la intención de que no tengas que atravesarlo solo(a).