No todo lo que extrañas merece que regreses

«Cuando del pasado remoto nada subsiste, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos, más frágiles pero más vivos, más inmateriales, más persistentes y fieles, el olor y el sabor perduran mucho más y recuerdan, aguardan, esperan, sobre las ruinas de todo lo demás».

— Marcel Proust

Queridos(as) lectores(as):

Hay canciones que deberían venir con una advertencia. Uno va tranquilamente por la vida, suenan los primeros acordes y, sin pedir permiso, aparece alguien. Una tarde, una habitación, cierto viaje, aquella conversación que creíamos olvidada. A veces ni siquiera hace falta una canción: basta un perfume, una calle, una fotografía encontrada por accidente o —porque también colaboramos activamente con nuestras desgracias— abrir una conversación antigua a las dos de la mañana.

Entonces aparece esa sensación tan difícil de explicar y tan fácil de reconocer: extrañar. Y detrás puede colarse una pregunta peligrosa: si todavía lo extraño, ¿será que debería volver? Como si la nostalgia fuera una brújula y todo aquello que seguimos queriendo señalara necesariamente el camino de regreso. Pero podemos extrañar algo que terminó por buenas razones, recordar con ternura a alguien con quien ya no queremos compartir la vida e incluso añorar una época a la que, si pudiéramos regresar mañana, responderíamos educadamente que muchas gracias, pero no.

La memoria tiene sus trucos

Proust entendió maravillosamente que recordar no siempre es una decisión. En el célebre episodio de la magdalena, un sabor aparentemente insignificante hace reaparecer un mundo entero. Después escribe que la casa, el pueblo, la plaza, las calles, los caminos vuelven a adquirir forma a partir de aquella pequeña experiencia (cfr. Por el camino de Swann, 1913). El pasado no regresa como una ficha perfectamente archivada: vuelve acompañado de sensaciones, lugares y afectos.

Y además sabe editar. Recordamos aquella madrugada hablando hasta que salió el sol, pero quizá ya no sentimos con idéntica intensidad las semanas en las que apenas podíamos hablarnos. Recordamos el viaje, la carcajada, cierta forma de abrazarnos; se vuelve más difícil reconstruir emocionalmente aquello que nos llevó a marcharnos. La nostalgia no necesariamente miente, pero selecciona. A veces hace una edición magnífica del pasado: fotografía preciosa, banda sonora impecable y algunos problemas de continuidad convenientemente eliminados. Por eso una memoria hermosa puede pertenecer perfectamente a una historia que necesitaba terminar.

¿Qué es exactamente lo que extrañas?

Freud plantea algo particularmente incómodo cuando intenta comprender ciertas experiencias de pérdida: una persona puede ser consciente de quién ha perdido y, sin embargo, «saber a quién ha perdido, pero no lo que ha perdido en él» (Duelo y melancolía, 1917). Aunque Freud está hablando específicamente de la melancolía y no debemos trasladar mecánicamente el concepto a cualquier ruptura amorosa, la pregunta que deja abierta resulta extraordinariamente fértil: cuando perdemos a alguien, ¿qué más perdemos con esa persona? Quizá por eso «lo extraño» puede significar tantas cosas. ¿Extraño realmente a esa persona? ¿O extraño tener con quién desayunar los domingos, sentirme elegido(a), las conversaciones nocturnas, los proyectos que imaginábamos? ¿Extraño aquella relación o extraño quién era yo cuando estaba dentro de ella?

Joan Didion escribió algo estremecedor después de la muerte de su esposo: «… cuando lloramos nuestras pérdidas también nos lloramos, para bien o para mal, a nosotros mismos. Como éramos. Como ya no somos» (El año del pensamiento mágico, 2005). Naturalmente, la muerte de una pareja y una ruptura no son experiencias equivalentes. Pero Didion toca algo que también podemos reconocer en otras despedidas: cuando alguien se va, no desaparece únicamente esa persona. También puede desaparecer una versión de nuestra propia vida.

Cuando regresar se parece demasiado a repetir

Hay otra razón por la que volver puede resultar tan tentador: lo conocido tiene una enorme ventaja sobre lo desconocido. Incluso cuando una relación nos hacía daño, conocíamos su funcionamiento. Sabíamos dónde estaban los buenos momentos y también dónde empezaban los problemas. Lo desconocido, en cambio, no ofrece instrucciones. Freud observó que hay ocasiones en las que una persona «no recuerda nada de lo olvidado y reprimido, sino que lo actúa» y, en lugar de recordarlo, «lo repite» (Recordar, repetir y reelaborar, 1914). No está diciendo que toda repetición sea simplemente volver con una expareja; el concepto es bastante más complejo. Pero sí nos deja una pregunta magnífica para esta conversación: ¿estoy regresando porque algo cambió o porque algo insiste?

No es lo mismo volver después de haber comprendido algo, hablado, asumido responsabilidades y construido condiciones diferentes, que regresar simplemente porque comenzó a doler la ausencia. Extrañar puede indicarnos que todavía existe algo que necesitamos elaborar. No necesariamente que debamos recuperarlo.

A veces mirar hacia atrás no significa querer volver; significa reconocer que también fuimos felices allí.

Querer también puede significar dejar ir

Tenemos cierta dificultad para aceptar que dos frases puedan ser verdaderas simultáneamente: «te quise» y «no quiero volver«. Parece que una debería cancelar a la otra. Si realmente hubo amor, pensamos, habría que seguir luchando; si decidimos marcharnos, quizá aquello nunca fue tan importante. Pero nuestra vida afectiva rara vez tiene semejante pulcritud. Podemos querer y no quedarnos. Perdonar y no reconciliarnos. Comprender y no justificar. Agradecer y no regresar. No necesitamos convertir a alguien en monstruo para aceptar que ya no queremos compartir nuestra vida con esa persona. Tampoco necesitamos borrar los buenos recuerdos para justificar una despedida.

Hay personas que fueron importantes en una parte de nuestra historia. Nos acompañaron, nos enseñaron cosas, nos hicieron felices y quizá también nos lastimaron. Que una historia haya terminado no significa que haya sido falsa. Pero que haya sido verdadera tampoco significa que deba comenzar nuevamente.

Recordar sin regresar

Quizá ésta sea una de las relaciones más difíciles que podemos construir con nuestro pasado: permitir que algo siga siendo hermoso sin sentir la obligación de recuperarlo. Escuchar la canción sin enviar el enlace. Pasar por aquella calle y sonreír. Encontrar una fotografía, recordar y continuar. Poder decir: «Sí, fui feliz ahí», sin añadir inmediatamente: «por eso tengo que volver».

Didion escribe que el matrimonio era para ella «memoria» y «tiempo», y cuenta que durante cuarenta años se había visto a sí misma a través de los ojos de su marido (cfr. El año del pensamiento mágico, 2005). Hay algo profundamente humano en esa observación: nuestras relaciones también participan en la construcción de quienes creemos ser. Cuando terminan, a veces no intentamos solamente recuperar al otro. Intentamos recuperar la mirada desde la cual alguna vez nos reconocimos.

Por eso quizá la pregunta importante no sea únicamente «¿a quién extraño?», sino una bastante más incómoda: «¿qué estoy buscando cuando quiero regresar?». Tal vez la respuesta sea esa persona. Pero quizá sea compañía, seguridad, juventud, una sensación de pertenencia o simplemente el deseo imposible de comprobar que aquella vida todavía existe en alguna parte.

Reflexión final

Extrañar no es una orden. Es un sentimiento. Podemos escucharlo sin obedecerlo inmediatamente. Podemos preguntarnos qué viene a decirnos, qué pérdida continúa hablando ahí y qué parte de aquella historia todavía necesita encontrar un lugar dentro de nosotros. No todo lo que dejamos atrás fue malo. Algunas cosas fueron extraordinariamente hermosas y, aun así, terminaron. Algunas personas podrán conservar nuestro cariño sin recuperar nuestra presencia. Algunos lugares seguirán siendo casa en nuestra memoria aunque ya no podamos vivir en ellos.

No todo lo que extrañas merece que regreses. A veces extrañar no significa que te equivocaste al marcharte. Significa simplemente que aquello que dejaste también fue importante.


Si hay alguien, algún lugar o alguna etapa a la que sigues regresando —aunque sea solamente en tu cabeza—, quizá valga la pena preguntarte qué buscas todavía allí. Si has pensado en comenzar un proceso de análisis, puedes escribirme desde Contacto. Y si quieres seguir pensando conmigo, puedes comentar, compartir esta entrada o encontrarme en Instagram como @hchp1.

Quizá hoy no necesites regresar. Quizá solamente necesites comprender qué parte de ti sigue mirando hacia atrás.

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