El amor y las palabras

«El amor entre hermanos es un gran sostén en la vida».
— Vincent van Gogh

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días estaba platicando con mi amigo Bernardo. Además de ser filósofo, Bernardo escribe y ha publicado libros, de modo que la conversación terminó inevitablemente en uno de esos asuntos que quienes hacemos cosas para que otros las lean, escuchen o contemplen conocemos bastante bien: la extraña sensación de lanzar algo al mundo y no saber del todo dónde termina. Escribes una página, publicas un libro, compones una canción, pintas, fotografías, bailas, grabas un podcast o compartes una reflexión y después ocurre algo muy curioso: aquello deja de pertenecerte completamente. Sabes que alguien lo vio porque existen estadísticas, visitas, reproducciones, alcances y todas esas cifras con las que ahora intentamos medir hasta lo que sentimos. Pero una cifra difícilmente puede mirarte a los ojos.

Se lo contaba porque últimamente algunas personas me han escrito por Instagram (@hchp1) y a través de Crónicas del Diván. Algunos mensajes llegaron después de aquella pausa que hice hace unos meses. Me dijeron que extrañaban las publicaciones, que determinada entrada les había servido, que una reflexión había llegado justo cuando necesitaban leer algo así o, sencillamente, que esperaban que siguiera escribiendo. Y tengo que confesar algo: me hicieron mucho bien. No porque de pronto me sintiera importante ni porque necesitara comprobar que alguien me aplaude. Sé que la página se lee, puedo consultar los números y conozco aproximadamente su alcance. Pero ninguna gráfica puede decirte: «Gracias, necesitaba leer esto». Ahí ya no hay un número. Hay alguien.

Del otro lado hay una persona

Nos hemos acostumbrado a hablar de «contenido». Contenido cultural, contenido educativo, contenido de entretenimiento, creadores de contenido. La palabra es útil, pero tiene algo inquietante: termina metiendo en el mismo recipiente una fotografía, una investigación de diez años, un poema escrito durante una madrugada terrible, un tutorial para preparar pasta y el baile de moda de esta semana. Todo es contenido porque todo ocupa unos segundos de nuestra atención antes de que aparezca lo siguiente. Y quizá, sin darnos cuenta, también comenzamos a olvidar que detrás de muchas de esas cosas hay una persona que estuvo trabajando cuando nosotros todavía no sabíamos que aquello existiría.

No estoy proponiendo que felicitemos compulsivamente a cualquiera que publique algo. Tampoco que regalemos elogios que no sentimos. Hay una diferencia enorme entre acompañar y adular. Lo que Bernardo y yo hablábamos era mucho más sencillo: hacerle saber al otro que aquello que hizo llegó a alguna parte. Si un libro te conmovió, escribe al autor si tienes oportunidad. Si un músico independiente hizo una canción que llevas escuchando toda la semana, díselo. Si alguien pintó algo que te obligó a detenerte, cuéntaselo. Si una amiga está comenzando un proyecto y realmente te interesa, compártelo. Si un texto te hizo pensar durante el resto del día, quizá puedas emplear treinta segundos en escribir: «Oye, esto se quedó conmigo». No parece gran cosa. Para quien lo recibe, a veces sí lo es.

Existe desde hace tiempo una frase bastante sensata en redes sociales: si tienes un amigo emprendedor, cómprale, recomiéndalo, comparte su trabajo. Me parece estupendo. Pero podríamos extender esa lógica más allá del mercado. Si tienes un amigo que escribe, léelo. Si compone, escúchalo. Si pinta, mira lo que pinta. Si investiga, pregúntale qué está haciendo. Si actúa, ve a verlo cuando puedas. Si publica algo que genuinamente te parece valioso, compártelo. Y si no tienes dinero para comprar su libro, su cuadro, su disco o una entrada para su función, todavía posees algo extraordinariamente valioso y completamente gratuito: tu atención y tus palabras.

¿Y si Nietzsche hubiera recibido un abrazo?

En aquella conversación con Bernardo terminé haciendo una pregunta deliberadamente imposible: ¿te imaginas qué habría ocurrido si Nietzsche hubiera recibido más abrazos, más cartas afectuosas, más personas capaces de hacerle sentir que importaba? Evidentemente no lo sabemos. Tampoco sería serio convertir la biografía de un filósofo en una explicación psicológica de sobremesa y afirmar que Así habló Zaratustra (1883) habría sido distinto si alguien hubiese abrazado suficientemente a su autor. La Historia no funciona así. Pero la pregunta me sigue pareciendo hermosa porque apunta hacia otra: ¿cuántas cosas que amamos fueron escritas, pintadas o compuestas mientras quien las hacía se preguntaba si alguien estaba realmente del otro lado?

Vincent van Gogh ofrece un caso extraordinario porque podemos asomarnos a esa intimidad a través de sus cartas. Theo no fue solamente el hermano que proporcionó ayuda económica; las investigaciones del archivo de las cartas señalan que alentó la decisión de Vincent de convertirse en artista y fue un sostén extraordinariamente generoso durante sus últimos diez años. Y Vincent dejó escrito algo todavía más revelador. En septiembre de 1883, atravesando un periodo de profunda desmoralización, escribió a Theo que necesitaba «confianza y algo de calidez». Ahí desaparece por un instante el Van Gogh de los museos, de las reproducciones millonarias y de La noche estrellada (1889). Queda Vincent. Un hombre trabajando, dudando y necesitando que alguien creyera un poco en él.

Algo parecido, aunque de una manera completamente distinta, ocurrió con Tchaikovski y Nadezhda von Meck. Su relación se sostuvo durante años fundamentalmente mediante correspondencia; se conservan centenares de cartas de Tchaikovski dirigidas a ella. Von Meck fue además su mecenas, y en una carta de mayo de 1877 él le agradecía porque su ayuda le permitiría llevar una existencia más tranquila, algo que, decía, repercutiría favorablemente en su actividad musical. Pensemos por un momento en eso: detrás de una obra que hoy consideramos parte del patrimonio musical de la humanidad también hubo alguien que necesitó condiciones materiales para trabajar, pero asimismo una interlocutora, una correspondencia, alguien a quien contarle lo que estaba haciendo. El genio resulta mucho más cómodo cuando lo convertimos en estatua; cuando leemos sus cartas descubrimos que también necesitaba compañía.

A veces basta con que alguien responda

Emily Dickinson tenía 31 años cuando, en 1862, leyó un artículo de Thomas Wentworth Higginson dirigido a jóvenes escritores y decidió enviarle cuatro poemas. Aquella iniciativa comenzó una correspondencia que se prolongaría durante más de veinte años; Dickinson llegó a llamarlo su «Preceptor». Hoy sobreviven alrededor de setenta cartas enviadas por ella a Higginson, y después de la muerte de la poeta él participaría en la edición de sus primeros volúmenes publicados. En 1869 Dickinson escribió una frase preciosa: «Una carta siempre me parece una forma de inmortalidad» (Carta a Thomas Wentworth Higginson, 1869).

Y luego está Franz Kafka, quizá uno de los casos más extraños de lo que puede significar que alguien crea en una obra incluso cuando su propio autor ya no puede hacerlo. Kafka dejó a Max Brod instrucciones explícitas para que quemara manuscritos, diarios, cartas y dibujos. Brod desobedeció. Gracias a aquella desobediencia sobrevivieron obras que Kafka no había publicado en vida, entre ellas El proceso (1925) y El castillo (1926). No estoy sugiriendo, desde luego, que apoyar a nuestros amigos consista en ignorar sus últimas voluntades —ése sería un consejo bastante difícil de defender—. Lo fascinante es otra cosa: Brod vio valor donde Kafka parecía no poder verlo completamente. A veces alguien necesita prestarnos durante un rato la confianza que nosotros hemos perdido en lo que hacemos.

Quizá nunca sepamos cuántos libros fueron terminados porque alguien preguntó «¿cómo va lo que estás escribiendo?», cuántas canciones sobrevivieron porque alguien quiso escucharlas una vez más, cuántos pintores regresaron al lienzo después de que una persona se detuviera verdaderamente frente a su trabajo. Y tampoco conviene romantizarlo: ningún comentario sustituye las condiciones materiales que necesita un creador para vivir y trabajar. El reconocimiento no paga la renta y un «me encanta lo que haces» difícilmente convencerá al banco de perdonarnos la hipoteca. Pero sería igualmente absurdo concluir que, porque las palabras no pagan las cuentas, carecen de valor. Los seres humanos también vivimos de saber que algo de nosotros consigue alcanzar a otro.

A veces, una palabra que vuelve basta para recordarnos que nunca estuvimos escribiendo solos.

Aprender a recibir

Hay otra parte de esta conversación que nos corresponde a quienes escribimos, pintamos, componemos, enseñamos, investigamos o hacemos cualquier trabajo creativo: aprender a recibir el cariño sin avergonzarnos de necesitarlo. A veces hemos construido una imagen bastante ridícula del creador verdadero: alguien tan seguro de su obra que podría trabajar durante cincuenta años en un sótano sin que nadie lo leyera, completamente indiferente a la recepción, alimentado únicamente por la pureza de su vocación y, presumiblemente, por fotosíntesis. Si necesita reconocimiento, sospechamos inmediatamente de su ego. Si admite que un comentario le hizo bien, parece que su trabajo dependiera de los aplausos.

Pero necesitar interlocutores no es lo mismo que necesitar admiradores. Querer saber si alguien leyó no equivale a exigir que le haya gustado. Un lector incluso puede discutirnos, señalarnos algo que no habíamos visto o decirnos por qué no está de acuerdo. Eso también es encuentro. Lo contrario de escribir en el vacío no es recibir elogios: es encontrar respuesta. Por eso creo que quienes hacemos públicas nuestras obras también debemos permitirnos decir que esos gestos importan. No fingir indiferencia. No actuar como si los mensajes desaparecieran en una bandeja de entrada administrada por nuestra secretaria imaginaria. Agradecerlos. Contestarlos cuando sea posible. Dejar que nos alegren.

Yo puedo decirlo ahora sin demasiado pudor: aquellos mensajes que recibí cuando regresaron las publicaciones de Crónicas me llenaron. Algunos probablemente fueron escritos en menos de un minuto; quizá quienes los enviaron no volvieron a pensar demasiado en ellos. Yo sí. Porque después de tantas horas frente a una pantalla, de elegir una palabra y borrar otra, de preguntarme si todavía vale la pena continuar escribiendo estas cosas, alguien apareció del otro lado y dijo, de diferentes maneras: sigue. Y eso no alimentó solamente mi ego. Alimentó mis ganas de volver a sentarme a escribir.

El amor también sabe escribir

Quizá por eso he terminado pensando que leer puede ser una forma discreta de amor. Escuchar también. Mirar con atención también. No hablo necesariamente del amor romántico ni de las grandes declaraciones; hablo de ese gesto elemental mediante el cual le hacemos saber a otro ser humano que su existencia produjo algo en la nuestra. «Leí lo que escribiste». «Escuché tu canción». «Vi tu exposición». «Pensé en aquello que dijiste». «Se lo mandé a alguien porque me pareció importante». Son frases pequeñas, pero contienen algo enorme: te vi. Las redes sociales nos han acostumbrado a cuantificar esos gestos. Likes, corazones, reproducciones, seguidores, compartidos. Y tampoco hace falta despreciarlos: un like puede ser justamente una pequeña señal de presencia. El problema comienza cuando confundimos la cifra con el encuentro. Diez mil visualizaciones pueden sentirse extrañamente silenciosas; un solo mensaje escrito por alguien que realmente estuvo ahí puede quedarse con nosotros durante meses. Quizá porque no necesitamos únicamente saber cuántos ojos pasaron por aquello que hicimos. A veces necesitamos saber que alguno se detuvo.

Así que sí: apoya a tus amigos emprendedores. Cómprales cuando puedas. Recomiéndalos. Pero también apoya a quienes escriben, pintan, cantan, investigan, enseñan, fotografían, actúan, bailan, filman o intentan construir algo que todavía no sabemos cuánto puede significar. No porque sean frágiles criaturas que necesiten nuestra aprobación para existir, sino porque ninguna vocación ocurre completamente sola. Todos necesitamos, alguna vez, una voz que venga desde afuera y nos recuerde que aquello que hacemos consiguió cruzar la distancia.

Reflexión final

Nunca sabremos qué habría escrito Nietzsche después de un abrazo. Ni qué cuadro habría pintado Van Gogh después de una carta distinta, ni qué obra habría quedado inconclusa si determinada persona no hubiese estado cerca en determinado momento. La Historia no permite esos experimentos. Pero nuestra vida cotidiana sí nos permite algo mucho más sencillo: no guardar siempre para nosotros aquello bueno que otro nos provocó. Si un texto te acompañó, dilo. Si una canción te salvó una tarde espantosa, cuéntaselo a quien la hizo si puedes. Si alguien lleva años compartiendo algo que lees en silencio, quizá hoy sea un buen día para salir de ese silencio. No necesitas escribir una crítica literaria ni encontrar las palabras perfectas. «Gracias», «esto me hizo pensar», «me acordé de ti», «sigue escribiendo» pueden bastar.

Porque casi siempre hablamos de las obras que cambian a quienes las reciben. Hablamos del libro que transformó a un lector, de la canción que acompañó una pérdida, del cuadro que alguien nunca olvidó. Pero quizá deberíamos hablar también del camino inverso: del lector que, sin saberlo, puede ayudar a que exista la siguiente página; del espectador que puede devolverle algo al artista; de la palabra que regresa y sostiene a quien primero la entregó. Tal vez ésa sea una de las formas más pequeñas y hermosas del amor: decirle al otro que aquello que hizo no cayó en el vacío.


Esta vez la invitación es distinta. Si hay alguien cuyo trabajo llevas tiempo disfrutando en silencio, escríbele. No tiene que ser famoso ni tiene que conocerte. Dile qué hizo contigo aquello que creó. Comenta, comparte, recomienda, compra su trabajo cuando puedas. Hazle saber que del otro lado había alguien.

Y, ya que estamos hablando de esto, si alguna entrada de Crónicas del Diván alguna vez te acompañó, te incomodó, te hizo pensar o simplemente te regaló unos minutos de conversación contigo mismo(a), también me encantará saberlo. Puedes escribirme desde Contacto, dejar un comentario o encontrarme en Instagram como @hchp1.

Después de todo, las palabras también necesitan regresar a casa.

A veces vuelven convertidas en amor…

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