«La satisfacción ilimitada de todas las necesidades se nos impone como la norma de conducta más tentadora, pero significa anteponer el goce a la cautela, lo cual no tarda en cobrarse su castigo».
— Sigmund Freud
Queridos(as) lectores(as):
Hay una tragedia contemporánea que ocurre cuando una página de internet necesita cinco segundos para cargar. Primero pensamos que algo anda mal. Después tocamos nuevamente la pantalla. A los siete segundos contemplamos la posibilidad de cerrar la aplicación y buscar otra cosa. Todo esto mientras sostenemos en la mano un aparato capaz de consultar en segundos una biblioteca que habría provocado un infarto de felicidad a cualquier investigador de hace cincuenta años. Nos desesperamos cuando alguien no contesta pronto un mensaje, adelantamos los silencios de una canción, vemos películas mientras revisamos el teléfono, pedimos comida y observamos en tiempo real cómo un pequeño punto avanza por el mapa hacia nuestra casa.
Podemos comprar algo a medianoche y molestarnos porque llegará pasado mañana. Tenemos series completas disponibles el día del estreno, respuestas instantáneas a casi cualquier pregunta y aplicaciones diseñadas para evitar que transcurran demasiados segundos sin ofrecernos algo nuevo. Nunca habíamos esperado tan poco. Curiosamente, nunca parecemos haber tenido tanta dificultad para esperar. Quizá el problema no sea simplemente que todo se haya vuelto más rápido. Hay avances extraordinarios detrás de esa velocidad y sería absurdo renunciar a ellos en nombre de una supuesta edad dorada en la que las personas eran pacientes, escribían cartas junto a la chimenea y contemplaban serenamente el paso de las estaciones. El problema aparece cuando la velocidad deja de ser una característica de nuestras herramientas y se convierte en la medida con la que empezamos a exigirle respuestas a la vida.
Todo, ahora
Nos hemos acostumbrado a una promesa extraordinariamente seductora: entre el deseo y su satisfacción debería existir la menor cantidad posible de tiempo. Quiero escuchar una canción: está ahí. Quiero ver una película: probablemente también. Quiero comprar algo: un par de movimientos con el dedo. Quiero comer: alguien puede traerlo. Quiero saber quién protagonizó aquella película que apenas recuerdo: diez segundos. Quiero distraerme: ni siquiera necesito saber con qué; basta deslizar el dedo y un algoritmo decidirá por mí. Nada de esto es necesariamente malo. El problema es que nuestro aparato psíquico tiene cierta debilidad por las satisfacciones rápidas.
Freud describió el principio de placer como una tendencia fundamental de la vida psíquica y observó que aquello que llamamos felicidad suele surgir de la satisfacción repentina de necesidades que habían acumulado tensión (cfr. El malestar en la cultura, 1930). La dificultad es que esa satisfacción intensa no puede mantenerse indefinidamente: precisamente porque ocurre como contraste, dura poco. Conseguimos aquello que queríamos y, pasado cierto tiempo, necesitamos otra cosa. Quizá por eso la economía de la atención funciona tan bien. No necesita que encontremos algo capaz de satisfacernos durante horas; le basta con que queramos lo siguiente. Otro video, otra noticia, otra fotografía, otro mensaje, otra compra, otra indignación, otra pequeña dosis de novedad. Terminamos un reel y ya comenzó el siguiente antes de que hayamos decidido si queríamos verlo. Incluso el aburrimiento tiene dificultades para presentarse: antes de que consiga sentarse junto a nosotros ya sacamos el teléfono.
Ya no sabemos esperar
Esperar siempre ha sido incómodo. No inventamos la impaciencia con TikTok ni nuestros abuelos alcanzaban espontáneamente el nirvana mientras hacían fila en el banco. Lo nuevo es la cantidad de experiencias en las que hemos conseguido reducir o eliminar la espera y, con ello, la oportunidad cotidiana de acostumbrarnos a que ciertas satisfacciones exigen un rodeo. Freud llamó principio de realidad a la modificación que obliga al principio de placer a tomar en consideración las condiciones del mundo exterior. No significa renunciar al placer, sino aceptar aplazamientos, obstáculos y frustraciones para conseguir determinadas satisfacciones (cfr. Formulaciones sobre los dos principios del acaecer psíquico, 1911). Dicho de manera menos vienesa: quiero algo, pero el mundo tiene la desagradable costumbre de no entregármelo siempre cuando yo quiero.
Y ahí empiezan los problemas, porque la vida continúa funcionando con ritmos escandalosamente poco competitivos. Nadie aprende un idioma en un fin de semana. Una carrera profesional se construye durante años. Elaborar una pérdida requiere un recorrido que ningún calendario puede establecer de antemano. Conocer realmente a una persona supone atravesar suficientes encuentros como para que empiece a caerse la primera impresión. Educar a un hijo es una tarea medida en décadas y escribir un libro suele implicar muchas horas en las que la página continúa teniendo la insolencia de no escribirse sola. Incluso preparar un buen café exige un poco más que pulsar un botón, aunque aquí quizá ya esté entrando en terreno peligroso.
La frustración no es un defecto accidental de la existencia que algún avance tecnológico terminará eliminando. Es parte de nuestra relación con una realidad que no está organizada alrededor de nuestros deseos. Aprender a tolerarla no significa resignarnos a una vida miserable; significa desarrollar la capacidad de permanecer cuando aquello que queremos todavía no ocurre. Y ésa es precisamente una capacidad necesaria para casi todo lo que importa.

El deseo necesita distancia
Hay algo todavía más curioso: muchas veces conseguir inmediatamente aquello que queremos no termina con el deseo. Simplemente lo desplaza. Lacan escribió que «el deseo es una metonimia» (La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, 1957). La formulación puede sonar innecesariamente complicada —estamos hablando de Lacan, tampoco pidamos milagros—, pero apunta hacia algo reconocible: el deseo se mueve. Aquello que parecía capaz de completarnos pierde parte de su brillo cuando lo conseguimos y otra cosa ocupa su lugar. Lo sabemos perfectamente cuando compramos algo que «necesitábamos». Durante varios días investigamos modelos, vemos reseñas, comparamos precios e imaginamos la felicidad que producirá su llegada. Finalmente aparece el paquete. Lo abrimos. Es maravilloso. Dos semanas después forma parte del mobiliario ontológico de la casa y estamos mirando otra cosa en internet.
Con las relaciones humanas el asunto puede volverse bastante más delicado. También hemos introducido la lógica de la disponibilidad inmediata en el encuentro con otros: perfiles que aparecen uno detrás de otro, conversaciones simultáneas, posibilidades aparentemente infinitas y la sensación de que siempre podría existir alguien ligeramente más interesante a otro deslizamiento de distancia. El problema no son las aplicaciones en sí, sino aquello que podemos terminar aprendiendo de ellas: si algo no satisface rápidamente, quizá lo siguiente sí. Pero una persona no es contenido. Tiene silencios, contradicciones, malos días, historias que no contará durante la primera cena y partes que sólo aparecen después de compartir suficiente vida. Conocer a alguien exige algo que nuestra cultura de la inmediatez considera cada vez más sospechoso: permanecer frente a algo que todavía no sabemos si nos dará lo que queremos.
Hasta sanar tiene que ser rápido
Quizá uno de los lugares donde esta lógica resulta más evidente sea nuestra relación con el sufrimiento. Ya no basta con estar mal: necesitamos saber cuánto falta para dejar de estarlo. Queremos superar una ruptura, elaborar un duelo, dejar de sentir ansiedad, comprender por qué repetimos determinadas relaciones o eliminar un malestar que quizá lleva veinte años construyéndose. Y queremos, comprensiblemente, sentirnos mejor cuanto antes. Entonces aparece una industria encantada de prometernos tiempos. Cinco pasos para olvidar a tu ex. Siete hábitos para aumentar tu autoestima. Veintiún días para cambiar tu vida. Tres señales de que ya sanaste. Un minuto para descubrir tu estilo de apego. Un video de cuarenta segundos para saber si tu pareja es narcisista. Hemos conseguido algo extraordinario: Amazon Prime para el alma.
El problema no es querer aliviar el sufrimiento. Sería absurdo romantizarlo. El problema consiste en imaginar que todo proceso psíquico que no produce resultados rápidos está funcionando mal. Hay preguntas que necesitan formularse varias veces antes de que podamos reconocer qué estamos preguntando realmente; pérdidas que deben ser habladas una y otra vez; repeticiones que sólo empiezan a mostrarse después de cierto recorrido. Un análisis, por ejemplo, no debería convertirse en una competencia para conseguir cuanto antes una versión optimizada de nosotros mismos. Algunas transformaciones necesitan tiempo no porque el proceso sea ineficiente, sino porque el tiempo forma parte del proceso.
Freud observaba, casi un siglo antes de nuestras entregas en veinticuatro horas, que los progresos técnicos en el dominio del espacio y del tiempo no habían aumentado necesariamente la satisfacción que los seres humanos esperaban de la vida (cfr. El malestar en la cultura, 1930). No estaba condenando la técnica; señalaba una paradoja que sigue siendo extraordinariamente actual. Podemos reducir distancias exteriores sin conseguir necesariamente reducir nuestras distancias interiores.
Las cosas importantes tienen su propio tiempo
Quizá ahí esté nuestra pequeña rebelión contemporánea: volver a permitir que ciertas experiencias tengan su propio ritmo. No porque lo lento sea moralmente superior ni porque debamos convertir la paciencia en otra obligación de productividad. Simplemente porque existen procesos cuyo valor depende, en parte, de la manera en que se construyen. La confianza necesita comprobar que el otro permanece. La amistad se alimenta de suficientes días ordinarios compartidos. Amar implica conocer a alguien después de que empieza a desvanecerse la imagen inicial que construimos sobre esa persona. Aprender exige algo más que recibir información. En el duelo reorganizamos una vida alrededor de una ausencia, no borramos un archivo. Incluso el aburrimiento puede necesitar unos minutos de nuestra paciencia antes de transformarse en imaginación, pensamiento o simplemente descanso.
Tal vez también necesitemos recuperar el derecho a no responder inmediatamente, a terminar una película sin mirar otra pantalla, a caminar sin producir contenido sobre la caminata, a conversar sin comprobar quién escribió, a leer veinte páginas sin preguntarnos cuánto falta, a conocer a alguien sin decidir durante los primeros quince minutos qué lugar ocupará en nuestra vida. No para regresar a un pasado idealizado que nunca existió, sino para recordar que nuestra atención también constituye una forma de presencia.
Reflexión final
La inmediatez probablemente no te está matando. Al menos no en el sentido que promete este título descaradamente dramático. Pero quizá esté debilitando algo mucho más silencioso: nuestra capacidad de habitar el intervalo entre querer algo y obtenerlo. En ese intervalo ocurren muchas cosas. Aparecen la expectativa, la imaginación, la frustración, la perseverancia, la duda y el deseo. Descubrimos si realmente queríamos aquello que decíamos querer. Aprendemos a permanecer cuando todavía no hay recompensa. Nos encontramos con un mundo que no responde inmediatamente a nuestros dedos y, para nuestra desgracia y nuestra fortuna, también con otras personas que tienen sus propios ritmos.
Nos prometieron que esperar menos nos permitiría vivir más. Quizá nadie nos advirtió que podíamos terminar viviendo con menos paciencia para todo aquello que necesita tiempo. Y sería una ironía extraordinaria conseguir finalmente un mundo capaz de entregarnos casi cualquier cosa en minutos para descubrir que ya no sabemos qué hacer frente a aquello que no puede llegar de esa manera: una relación, una vocación, una respuesta, un duelo, una transformación, una vida. Tal vez no todo lo que se demora está roto. Hay cosas que sólo existen porque tardan.
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No hace falta hacerlo ahora mismo.
Por una vez, podemos esperar…
