El amor que creemos merecer

“Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance que dura toda la vida” .

— Oscar Wilde

Queridos(as) lectores(as):

Hablar del amor que creemos merecer es hablar de una zona silenciosa de la vida afectiva: aquella donde no decidimos desde el deseo, sino desde la costumbre; no desde la libertad, sino desde lo que aprendimos a tolerar. No se trata del amor ideal ni del que soñamos, sino del que aceptamos casi sin darnos cuenta, como si fuera lo único posible. Este tema no se reduce a la pareja. Tiene que ver con el modo en que nos dejamos tratar, con las ausencias que justificamos, con los vínculos donde aprendimos a minimizar nuestras necesidades para no incomodar. Muchas veces no aceptamos poco porque queramos poco, sino porque estamos cansados: cansados de esperar, de empezar de nuevo, de ilusionarnos otra vez.

Cuando el cansancio se instala, el amor empieza a negociarse. Se tolera lo que antes habría dolido más, se normaliza lo que antes habría sido límite, se llama “realismo” a lo que en el fondo es resignación. Y ahí surge la pregunta incómoda: ¿desde dónde estamos amando? Esta entrada no busca dar respuestas cerradas, sino acompañar una reflexión necesaria: ¿qué idea de nosotros mismos está operando cuando elegimos —o sostenemos— cierto tipo de amor?

Cuando el amor se convierte en supervivencia

Hay etapas de la vida en las que el amor deja de ser encuentro y se transforma en estrategia. Estrategia para no sentirse solo(a), para no enfrentar el silencio, para no volver a empezar desde cero. En esos momentos, el amor ya no se mide por lo que nutre o expande, sino por lo que calma momentáneamente la angustia. Donald Winnicott lo expresó con claridad al describir ciertos mecanismos tempranos: “El falso self tiene como función principal ocultar y proteger al verdadero self” (The Maturational Processes and the Facilitating Environment, 1965). Esa protección puede ser necesaria en un momento de la vida, pero se vuelve problemática cuando seguimos relacionándonos desde la adaptación y no desde la autenticidad.

Así, muchas personas aprenden a sobrevivir afectivamente con lo mínimo. No porque no sepan amar, sino porque aprendieron que mostrarse tal cual son implicaba perder. El amor entonces se vuelve resistencia silenciosa: aguantar, adaptarse, no pedir demasiado. El problema no es haber sobrevivido, sino confundir supervivencia con amor. Cuando eso ocurre, el umbral de lo que creemos merecer se reduce, y empezamos a llamar vínculo a lo que apenas alcanza para no sentirnos solos.

La imagen interior que define lo que aceptamos

El amor que creemos merecer está íntimamente ligado a la imagen que tenemos de nuestro propio valor. No a la imagen social ni a la que mostramos, sino a la más íntima: la que aparece cuando no somos prioridad, cuando sentimos que estorbamos, cuando dudamos de si somos suficientes. Erich Fromm formuló una distinción crucial: “El amor inmaduro dice: te amo porque te necesito; el amor maduro dice: te necesito porque te amo” (El arte de amar, 1956). Cuando el amor nace de la necesidad, suele exigir sacrificios constantes de uno mismo para asegurar la permanencia del otro.

Cuando no creemos merecer un amor gratuito, buscamos vínculos donde tengamos que ganarnos el lugar. Amar se vuelve entonces una forma de demostrar, de compensar, de no fallar. El afecto se vive como deuda. En ese esquema, aceptamos relaciones donde somos opcionales, donde nuestra presencia no transforma demasiado, pero nuestra ausencia sí se nota… solo cuando ya no estamos.

El dolor de darse cuenta

Hay un dolor particular que no estalla ni se dramatiza. Es el dolor de darse cuenta. De mirar hacia atrás y reconocer que uno sostuvo más, esperó más, justificó más de lo que recibió. No con rabia, sino con una tristeza lúcida. Albert Camus escribió: “El esfuerzo mismo para llegar a las cumbres basta para llenar el corazón del hombre” (El mito de Sísifo, 1942). Pero cuando el esfuerzo no conduce al encuentro, sino a la repetición del vacío, algo empieza a quebrarse.

Darse cuenta duele porque ilumina. Porque obliga a admitir que normalizamos la ausencia, que defendimos lo indefendible, que convertimos el “ya cambiará” en una promesa eterna que nunca llegó. Ese dolor no es fracaso. Es lucidez. Y la lucidez, aunque incomode, abre una posibilidad radical: la de no repetir lo mismo una vez más.

También el amor se aprende en la espera.

Merecer no es exigir, es reconocer

Hablar de merecimiento suele confundirse con exigencia o soberbia. Pero merecer no es pedirle al otro más de lo que puede dar; es reconocer cuándo lo que se da no alcanza para sostener la dignidad del vínculo. Emmanuel Levinas afirmó: “El rostro del otro me prohíbe matarlo” (Totalidad e infinito, 1961). En el amor, esa prohibición se traduce en algo muy concreto: no reducir al otro —ni a uno mismo— a objeto de uso, de necesidad o de sacrificio constante.

Cuando amar implica desaparecer, callar lo esencial o vivir en deuda afectiva permanente, algo fundamental se ha perdido. El vínculo deja de ser encuentro entre dos sujetos y se convierte en asimetría. A veces, el primer acto de amor auténtico no es quedarse, sino retirarse sin odio, reconociendo que no todo lo que deseamos es lo que nos hace bien.

La esperanza: no todo amor tiene que doler

La esperanza no consiste en idealizar futuros vínculos ni en negar el pasado. Consiste en dejar de traicionarse para no estar solo. En aceptar que existe un amor que no se vive como amenaza, como prueba constante o como examen de resistencia. Søren Kierkegaard escribió: “La puerta de la felicidad se abre hacia afuera” (Diarios, 1854). No se empuja con ansiedad ni se fuerza con miedo. Se abre cuando dejamos de aferrarnos a lo que no puede sostenernos.

A veces ese amor aún no llega en forma de otro. Llega primero como límite, como silencio necesario, como cuidado propio. Y eso también es amor, aunque no se parezca al que imaginábamos. No todo amor tiene que doler para ser real. Y no todo lo que duele merece quedarse.

Reflexión final

Tal vez hoy la pregunta no sea a quién amas, sino desde dónde. ¿Qué parte de ti sigue creyendo que debe conformarse? ¿En qué momento aprendiste que amar es aguantar? ¿Y qué cambiaría si empezaras a creer que mereces un amor que no te haga dudar de tu valor?

Estas preguntas no exigen respuestas inmediatas, pero sí una honestidad que, tarde o temprano, libera.


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2 respuestas a «El amor que creemos merecer»

  1. Es tan difícil para el ser humano alcanzar integridad individual, ser honesto consigo mismo, pagar el precio y vivir de sus propios juicios!

    Es contrario al origen de nuestra sociedad. Prima la cohesión más que el verdadero diálogo y la autenticidad, la comodidad y seguridad más que la responsabilidad individual, huyendo hacia delante por no enfrentar aquello que teme.

    Pero tarde o temprano … «Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente, te encontrarás a ti mismo, y esa, sólo esa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas» (Pablo Neruda)

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    1. Gracias por esta lectura tan lúcida. Creo que tocas un punto central: muchas veces preferimos la cohesión, la comodidad o la seguridad antes que la verdad sobre nosotros mismos. Y sin embargo, como bien citas, ese encuentro con uno mismo llega tarde o temprano… y ahí ya no hay dónde huir. Gracias por sumarte al diálogo con tanta profundidad.

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