Cuando se vuelve muy pesado vivir

«Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo».

— Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

Hay mañanas en las que uno despierta, mira las noticias y siente que el mundo ya comenzó a derrumbarse antes de que pudiera tomarse el primer café. Guerras, incertidumbre económica, trabajos que desaparecen, proyectos que no prosperan, una inteligencia artificial que avanza más rápido de lo que alcanzamos a comprender y una sensación de agotamiento que parece haberse instalado en nuestra vida cotidiana. Estamos en pleno 2026 y, aunque disponemos de recursos tecnológicos que habrían parecido milagrosos hace unas décadas, no necesariamente nos sentimos más tranquilos, seguros o acompañados. Tenemos mil maneras de comunicarnos y, sin embargo, hay personas que no saben a quién llamar cuando necesitan llorar.

A todo esto se suman nuestras pequeñas y grandes batallas: las cuentas pendientes, el miedo a perder el empleo, las relaciones que se enfrían, la dificultad para descansar y esa extraña sensación de estar haciendo muchas cosas sin saber muy bien para qué. Algunos buscan refugio en el entretenimiento permanente; otros intentan resolver cualquier malestar con algún «chocho» (medicina), una aplicación o una nueva técnica para recuperar la productividad. Y mientras tanto, seguimos repitiendo que debemos ser fuertes, independientes y capaces de salir adelante por nuestra cuenta, como si necesitar a alguien fuera una vergüenza.

En medio de estas inquietudes quisiera recuperar El hombre en busca de sentido (1946), de Viktor Frankl, psiquiatra austríaco que sobrevivió a los campos de concentración nazis y dedicó buena parte de su trabajo a reflexionar sobre la necesidad humana de encontrar sentido. No pretendo comparar nuestros problemas actuales con el horror del Holocausto; hacerlo sería una desproporción histórica y moral. Lo que propongo es acercarnos respetuosamente a su pensamiento para preguntarnos qué podemos aprender sobre una sociedad que parece tener cada vez más medios para vivir, pero no siempre encuentra razones para hacerlo.

Cuando el futuro deja de parecer una promesa

Durante mucho tiempo nos acostumbramos a pensar que el futuro sería mejor. Estudiar, trabajar, esforzarnos y prepararnos parecían pasos razonablemente seguros hacia una vida más estable. Hoy esa confianza se ha debilitado. Hay personas que se prepararon durante años para profesiones cuya transformación tecnológica apenas comienza, trabajadores que temen ser reemplazados y jóvenes que observan un panorama laboral donde incluso conseguir cierta estabilidad parece un privilegio. La inteligencia artificial ofrece posibilidades extraordinarias para la medicina, la educación y la investigación, pero también plantea preguntas legítimas sobre el empleo, la desigualdad y el lugar que ocupará el ser humano en un mundo cada vez más automatizado.

Frankl observó que la pérdida de una perspectiva de futuro podía tener consecuencias profundas en la vida psíquica de los prisioneros. En su relato aparece una expresión particularmente dolorosa: «El prisionero que perdía la fe en el futuro —en su futuro— estaba condenado» (El hombre en busca de sentido, 1946). Debemos leer estas palabras dentro de su contexto extremo, sin convertirlas en una explicación universal del sufrimiento ni responsabilizar a las personas por aquello que padecen. Sin embargo, nos permiten comprender la importancia de conservar algún horizonte, incluso cuando nuestras circunstancias son inciertas.

Quizá una de nuestras dificultades actuales consista en haber confundido la esperanza con la garantía de que todo saldrá como deseamos. Esperar no significa tener asegurado el mañana, sino reconocer que todavía existen posibilidades que no conocemos. No podemos prometerle a alguien que conservará su empleo, que sus proyectos tendrán éxito o que el mundo recuperará pronto la tranquilidad. Pero sí podemos acompañarlo mientras busca alternativas, aprende algo nuevo o intenta reconstruir su camino. A veces, antes de necesitar una solución definitiva, necesitamos saber que todavía no se han cerrado todas las puertas.

El agotamiento de tener que poder con todo

Hay una forma de individualismo que se ha vuelto especialmente cruel: aquella que convierte cada dificultad humana en una responsabilidad exclusivamente personal. Si alguien no consigue trabajo, seguramente no se esforzó lo suficiente. Si está agotado, necesita organizarse mejor. Si se siente solo, debe aprender a disfrutar su propia compañía. Si atraviesa una crisis emocional, quizá le falte disciplina, actitud positiva o alguna rutina milagrosa que encontró un desconocido en internet. Hemos desarrollado una extraordinaria capacidad para ofrecer consejos y una preocupante dificultad para ofrecer compañía. Podemos pensar que nuestra relación con nosotros mismos no se construye al margen de los demás. Necesitamos vínculos, reconocimiento y espacios donde nuestras emociones puedan encontrar palabras. Sin embargo, vivimos bajo una exigencia permanente de autosuficiencia: debemos ser exitosos, emocionalmente estables, económicamente independientes y capaces de resolver cualquier dificultad sin molestar a nadie. El problema no es desarrollar autonomía, sino convertirla en una obligación que nos impida reconocer nuestras necesidades. Una persona puede ser responsable de su vida y, al mismo tiempo, necesitar que alguien la escuche, la abrace o le diga que no tiene que resolverlo todo esa misma noche.

Frankl recuerda que, incluso en las condiciones más terribles, existieron prisioneros que recorrían los barracones consolando a otros y compartiendo el poco pan que tenían. Aquellos gestos no eliminaban el horror ni garantizaban la supervivencia, pero mostraban que la relación con el otro conservaba un valor profundamente humano. Me pregunto qué estamos haciendo nosotros con esa posibilidad. ¿Cuántas veces hemos visto a alguien desanimado y preferimos no acercarnos porque «seguramente necesita su espacio»? ¿Cuántas amistades se han ido apagando porque todos esperamos que sea el otro quien escriba primero? No siempre podemos resolver los problemas de alguien, pero tampoco deberíamos esperar a que ocurra una tragedia para demostrarle que nos importa.

Aunque el mundo parezca derrumbarse, todavía podemos encontrar un poco de luz en medio de la tormenta. Y, a veces, esa luz no está en el horizonte, sino en alguien que decide quedarse a nuestro lado.

La soledad que no sabemos habitar

Aprender a estar solos es una conquista importante. La soledad elegida puede regalarnos silencio, descanso, creatividad y la oportunidad de encontrarnos con aspectos de nosotros mismos que suelen quedar sepultados bajo el ruido cotidiano. Pero una cosa es disfrutar de nuestra compañía y otra muy distinta acostumbrarnos a vivir sin vínculos significativos. Hoy podemos tener cientos de contactos, participar en innumerables conversaciones digitales y sentirnos profundamente solos al terminar el día. A veces no nos faltan personas alrededor; nos faltan relaciones donde podamos mostrarnos sin tener que representar permanentemente una versión admirable de nosotros mismos.

Frankl desarrolló una idea especialmente valiosa: el sentido no se encuentra necesariamente mediante una búsqueda obsesiva de satisfacción personal, sino también cuando nos orientamos hacia una tarea, una causa o una persona a quien amar. Esto no significa que debamos vivir exclusivamente para los demás ni que una relación afectiva sea indispensable para tener una existencia valiosa. Significa que nuestra vida puede enriquecerse cuando dejamos de contemplarnos como el centro absoluto de cuanto ocurre. En una sociedad que nos invita constantemente a preguntarnos qué podemos obtener, quizá convendría recuperar otra pregunta: ¿qué podemos ofrecer sin que todo se convierta inmediatamente en una transacción?

Me preocupa que hayamos comenzado a confundir el cuidado personal con una especie de indiferencia legitimada. Por supuesto que necesitamos límites, descanso y relaciones que no nos lastimen. Pero no toda incomodidad constituye una agresión, ni toda responsabilidad afectiva es una carga de la que debamos liberarnos. Acompañar a alguien exige tiempo, paciencia y, ocasionalmente, renunciar a nuestra comodidad. Si solamente estamos disponibles cuando no tenemos nada mejor que hacer, terminaremos construyendo vínculos donde todos defienden cuidadosamente su espacio, pero nadie encuentra un lugar donde sentirse verdaderamente acompañado.

Entre los «chochos», las distracciones y el derecho a sentir

También hemos desarrollado una relación extraña con el sufrimiento. Nos cuesta tolerar el aburrimiento, el silencio, la tristeza y la incertidumbre. Queremos soluciones rápidas para dormir, concentrarnos, tranquilizarnos y recuperar las ganas de hacer las cosas. Y no faltará quien nos recomiende algún «chocho», suplemento, aplicación o método infalible para volver a funcionar. Conviene aclarar algo fundamental: los tratamientos médicos y los medicamentos psiquiátricos, cuando están indicados, son herramientas legítimas y pueden resultar indispensables. Buscar ayuda profesional no representa una derrota, y nadie debería abandonar un tratamiento porque un escritor, filósofo o creador de contenido le haya prometido encontrar la felicidad mediante una reflexión profunda.

Mi crítica se dirige a otra cosa: a nuestra tendencia a considerar cualquier malestar como un desperfecto individual que debe corregirse rápidamente para continuar produciendo. ¿Y si parte de nuestro agotamiento estuviera relacionada con condiciones de vida que necesitan cambiar? ¿Y si algunas tristezas tuvieran que ver con pérdidas que todavía no hemos podido elaborar, relaciones deterioradas o una existencia donde apenas encontramos tiempo para disfrutar? No todo sufrimiento constituye una enfermedad, aunque tampoco debemos minimizar los síntomas que requieren atención clínica. Necesitamos distinguir entre aquello que puede aliviarse mediante un tratamiento, lo que exige transformar nuestras circunstancias y lo que necesita tiempo, escucha y acompañamiento.

Frankl plantea que el sentido puede descubrirse mediante la creación, el encuentro amoroso y la actitud que adoptamos ante sufrimientos que no podemos evitar. Esta última posibilidad suele malinterpretarse: no significa que debamos agradecer las desgracias ni buscar enseñanzas obligatorias en cada herida. Mucho menos implica permanecer en situaciones dañinas que podemos abandonar o transformar. Hay dolores que necesitan atención, injusticias que debemos combatir y pérdidas que merecen ser lloradas. Quizá una forma más amable de acercarnos a su pensamiento sea comprender que, incluso cuando no podemos resolver inmediatamente nuestra situación, todavía podemos intentar conservar pequeñas posibilidades de elección, cuidado y encuentro.

Un poco de paz durante la tormenta

No quisiera que esta entrada terminara convertida en otro catálogo de obligaciones para personas que ya están suficientemente cansadas. No necesitamos transformar la búsqueda de sentido en una nueva competencia para descubrir quién medita mejor, quién tiene la rutina más saludable o quién logra mantener una sonrisa mientras el mundo parece incendiarse. Pero sí podemos recuperar algunos gestos modestos: descansar sin culpa cuando las circunstancias lo permitan, caminar sin convertir cada paso en una estadística, disfrutar una conversación sin mirar constantemente el teléfono, limitar nuestra exposición al ruido informativo y reservar algún momento del día para aquello que todavía nos produce alegría. Nada de esto resuelve una crisis económica, detiene una guerra o elimina una depresión. Son apenas maneras de encontrar un poco de paz mientras buscamos soluciones más profundas.

También necesitamos volver a hablar. Hablar cuando estamos tristes, cuando sentimos miedo, cuando nos preocupa el futuro o cuando simplemente ya no sabemos qué hacer. No hace falta esperar a tener las palabras perfectas. Podemos comenzar diciendo: «No me he sentido bien últimamente y necesito conversar». Y quienes estamos del otro lado podemos aprender a escuchar sin interrumpir inmediatamente con consejos, comparaciones o frases que minimicen el dolor. A veces preguntamos cómo está alguien, pero no estamos preparados para escuchar una respuesta distinta de «bien». Si realmente queremos recuperar nuestros vínculos, tendremos que aprender a ofrecer algo más que preguntas automáticas.

Quisiera insistir especialmente en esto: si sabemos que alguien está atravesando un momento difícil, acerquémonos antes de que tenga que pedir auxilio. No invadamos su intimidad ni supongamos que conocemos sus necesidades; podemos ofrecer compañía y respetar su respuesta. Un mensaje, una llamada, una visita acordada o una invitación a tomar café pueden abrir un espacio que esa persona no sabía cómo solicitar. Y cuando observemos señales de sufrimiento intenso, desesperanza persistente o riesgo para su seguridad, no dejemos toda la responsabilidad en una conversación amistosa: ayudémosle a buscar atención profesional o apoyo urgente cuando sea necesario. Cuidar también significa reconocer los límites de aquello que podemos hacer solos.

Reflexión final

Viktor Frankl nos recuerda que la búsqueda de sentido constituye una dimensión profundamente humana de nuestra existencia. Pero quizá debamos cuidar que su pensamiento no termine convertido en otra exigencia individualista. No podemos pedirles a las personas que encuentren razones para vivir mientras permanecemos indiferentes ante las condiciones que les arrebatan oportunidades, seguridad y esperanza. Una sociedad no se vuelve más humana porque enseñe a sus integrantes a soportar cualquier sufrimiento, sino también porque aprende a reconocer cuáles de esos sufrimientos podrían evitarse y se compromete a hacerlo.

Vivimos tiempos complicados. Hay razones legítimas para sentir preocupación, tristeza y cansancio. No necesitamos fingir que todo marcha maravillosamente ni convertir cada dificultad en una oportunidad de crecimiento personal. A veces la vida duele, las circunstancias nos superan y el futuro parece demasiado incierto. Pero incluso entonces podemos intentar conservar algo que ninguna tecnología debería sustituir y ninguna crisis tendría que arrebatarnos: nuestra capacidad de reconocernos, acompañarnos y preocuparnos sinceramente por los demás.

Tal vez no podamos cambiar el rumbo del mundo esta tarde. Quizá tampoco consigamos resolver mañana todos nuestros problemas. Pero podemos comenzar por recuperar una forma de humanidad que parece estar perdiéndose entre tantas prisas y exigencias: mirar a quien tenemos cerca y recordar que también está librando batallas que desconocemos. Podemos escucharlo, preguntarle qué necesita, ofrecerle nuestra presencia y permitirnos recibir ese mismo cuidado cuando seamos nosotros quienes estemos agotados. No siempre podremos ser la solución al sufrimiento de alguien. Pero podemos evitar convertirnos en otra razón para que se sienta solo.

Y si algo quisiera que nos dejara esta conversación con Frankl es precisamente eso: que la búsqueda de sentido no termine encerrándonos todavía más en nosotros mismos. Que nos ayude a vivir con mayor conciencia, sí, pero también con mayor responsabilidad hacia quienes comparten nuestro camino. Porque quizá, en medio de tantas crisis, una de las cosas más importantes que todavía podemos hacer por nuestra propia vida sea no olvidarnos de la vida de los demás.


¿Cómo están viviendo este 2026? ¿Qué les preocupa, qué les está costando trabajo y qué les ha permitido recuperar un poco de tranquilidad? Me gustaría que pudiéramos hablar de ello sin sentir que debemos aparentar fortaleza. Los comentarios de esta entrada pueden ser un espacio para compartir experiencias, escucharnos y recordar que muchas de nuestras preocupaciones no son exclusivamente nuestras.

Si conocen a alguien que está pasando por un momento difícil, acérquense. Y si son ustedes quienes necesitan compañía, por favor, hablen. También pueden encontrarme en Instagram como @hchp1 o escribirme mediante la sección Contacto de Crónicas del Diván.

Gracias por acompañarme una vez más. Nos seguimos leyendo…

El alma entre escombros

«El sentido no es algo que descubrimos, sino algo que hacemos posible».

-Markus Gabriel

Queridos(as) lectores(as):

Hay preguntas que no nacen de la razón, sino del quebranto. No son un ejercicio intelectual ni un juego dialéctico. Surgen cuando el alma está en ruinas y apenas logra susurrar, entre lágrimas, entre noches sin dormir: “¿Qué sentido tiene todo esto?” No es la pregunta de los filósofos en su escritorio, ni la del estudiante en su tesis, ni siquiera la del creyente en busca de dogma. Es la pregunta del que ha perdido algo esencial —una madre, un hijo, una esperanza, la salud, la fe, o a sí mismo— y se descubre arrojado al mundo sin mapas. Es la pregunta del que, en medio de una rutina que no entiende, de un dolor que no cesa o de una alegría que ya no basta, comienza a sospechar que vivir no es lo mismo que estar vivo.

Vivimos tiempos donde todo debe tener “explicación”, pero pocas veces tiene verdadero sentido. Y sin embargo, la pregunta sigue latiendo en muchos: no como una exigencia lógica, sino como un clamor existencial. A veces callamos por orgullo, por miedo, por costumbre… pero en el fondo, todos, alguna vez, la hemos formulado con el corazón hecho trizas. En este encuentro haremos un intento de escuchar esa pregunta. No de responderla del todo —sería arrogante pretenderlo—, sino de honrarla, caminarla, darle espacio. Porque incluso la desesperación merece un lenguaje.

Cuando la vida se cae a pedazos

No hay anuncio, no hay preparación, no hay manual. Simplemente ocurre. Algo —o todo— se rompe. Y entonces el cuerpo tiembla, la mente se dispersa, el alma se pliega sobre sí misma. El colapso no siempre es un grito; a veces es un silencio seco que no deja pasar ni el aire. Llega como una grieta, y uno descubre que no era tan fuerte como creía, ni tan blindado, ni tan inmune. Es el día en que la vida, sin avisar, se nos cae a pedazos. Puede venir por la pérdida de un ser querido, por una traición que desgarra, por una enfermedad que arranca el futuro de cuajo, o por una fatiga existencial tan profunda que ya no se sabe cómo dar el siguiente paso. A veces ocurre en el corazón de un adulto maduro; otras, en el desconcierto de un joven que no encuentra su lugar en el mundo. Lo cierto es que nadie está exento del colapso. Porque nadie está exento de vivir.

El filósofo Byung-Chul Han escribe: “El dolor, el sufrimiento y la negatividad hacen que el alma sea alma” (La sociedad del cansancio, 2010). Tal vez por eso el alma despierta cuando más duele. Pero en ese primer momento, el despertar no trae consuelo: trae vértigo. ¿Cómo seguir cuando lo que sostenía la vida ya no está? ¿Cómo encontrar sentido cuando los fragmentos de la existencia se esparcen como vidrios rotos? En consulta, no pocas veces escuchamos esta frase dicha con los ojos vacíos: “Ya no sé para qué estoy aquí”. Es un lamento, sí, pero también una súplica: que alguien —o algo— le devuelva sentido al caos. A veces, incluso el lenguaje se vuelve insoportable, porque cada palabra parece traicionar la dimensión del dolor vivido. “Me rompí”, dicen algunos. Y con eso basta. No hace falta explicar más.

El psicoanálisis no responde con fórmulas, pero sabe escuchar los signos del colapso. Sabe que ahí donde el Yo tambalea, algo más profundo pide nacer. En la Biblia, Job lanza su lamento: “¿Por qué salió del vientre el que vio la luz? ¿Por qué dar vida al amargado de corazón?” (Job 3,11). No es sólo un reproche, es una herida que busca su eco. Porque el sufrimiento, cuando no encuentra sentido, busca al menos una compañía. Quien ha vivido un colapso sabe que no hay consuelo fácil. Las frases hechas se vuelven veneno, y los intentos de explicarlo todo, una falta de respeto al misterio del dolor. Lo único que puede hacerse en ese umbral es lo más humano: quedarse, acompañar, y reconocer que no siempre hay palabras, pero sí presencia. “El sentido no siempre se encuentra —decía Simone Weil—, a veces se padece, se soporta, se deja crecer” (La gravedad y la gracia, 1947). Y ese crecimiento suele comenzar justo ahí: donde la vida parece haberse desplomado por completo.

El impulso de seguir

Hay un momento —extraño, desconcertante, casi absurdo— en el que, aún sin sentido, el cuerpo se levanta. Uno come algo, se baña, responde un mensaje, vuelve a caminar por la misma calle donde ocurrió lo irreparable. Y se sorprende. Porque si todo está perdido, ¿por qué seguimos? No es resignación. Tampoco esperanza. Es algo más primitivo y profundo: un impulso vital, una especie de terquedad del alma que se niega a caer del todo. Como si algo dentro dijera: no entiendo nada, pero no puedo dejar de estar aquí. Kierkegaard lo intuyó con radicalidad en su obra El concepto de la angustia (1844), cuando explicó que la angustia no destruye al hombre, sino que lo revela. Hay una fuerza paradójica en ella: mientras desestructura, también impulsa. La angustia no es sólo vacío; es la antesala de una decisión. Es la grieta por donde la libertad se asoma.

En clínica, se observa con claridad: personas devastadas que, sin saber cómo, han resistido diez, veinte, treinta años con un dolor que parecía insoportable. Lo cuentan sin orgullo, sin épica. Simplemente siguen. Sigmund Freud lo llamaría pulsión de vida (Trieb), esa energía que se opone —a veces silenciosamente— al deseo de desaparecer. Melanie Klein, desde su lectura del duelo y la posición depresiva, señalaría que incluso en la destrucción hay una intención de restauración. El sujeto ama demasiado aquello que ha perdido, y por eso lucha con más intensidad por no desaparecer con ello.

En literatura, lo vemos con crudeza en personajes como Winston Smith, de 1984 (Orwell, 1949), o el padre de La carretera (McCarthy, 2006). Ninguno tiene una razón clara para seguir, salvo una: hay alguien que aún merece ser amado, o salvado, o simplemente acompañado. Esa es, muchas veces, la negación del sinsentido: el amor. Aunque esté herido, aunque no encuentre palabras, aunque no sepa si habrá mañana. El Evangelio según San Lucas narra que, luego de la crucifixión, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro con perfumes y ungüentos (Lc 24,1). ¿Para qué? Ya estaba muerto. Pero fueron. No para entender, sino para amar. Para cumplir un gesto. Y en ese gesto absurdo, se toparon con el milagro.

Hay en el ser humano una voluntad inexplicable de permanecer. Aunque el mundo se desmorone. Aunque el alma esté rota. Aunque no haya respuestas. Como si, en lo más íntimo, supiéramos que dejar de buscar sentido es renunciar a lo que nos hace humanos. El filósofo contemporáneo, Markus Gabriel, señala que “el sentido no es algo fijo, sino algo que se produce en el acto de habitar el mundo” (El sentido del pensamiento, 2018). Tal vez sea eso: habitamos. Seguimos. Aunque sea caminando entre ruinas, aunque sea con el alma hecha jirones. Porque vivir —a veces— es un acto de negación radical del sinsentido. Y ese gesto, por pequeño que sea, ya es una forma de sentido en sí mismo.

Y aún entre las cenizas de Dresde, la dignidad humana encontró formas de resistir.

El duelo de no comprender

Antes de la caída, teníamos un relato. No importaba si era simple o complejo, ingenuo o elaborado: había una historia que nos sostenía. Éramos “el hijo de…”, “el que amaba a…”, “el que soñaba con…”. Incluso el dolor, cuando tenía un lugar dentro de una narrativa, era más soportable. Pero el colapso no sólo hiere lo que somos: rompe lo que creíamos ser. Y, con ello, desmonta la historia que habíamos contado sobre nuestra vida. De pronto, ya no se sabe cómo narrarse. ¿Quién soy ahora que ya no tengo eso que me nombraba? ¿Qué sentido tiene todo lo anterior si no condujo a nada más que a este abismo? Paul Ricoeur, en Tiempo y narración (1983), explica que el ser humano necesita narrarse para habitar el tiempo. Sin relato, el tiempo se vuelve inerte, y la existencia se fragmenta. Por eso el dolor profundo —especialmente el que llega de forma abrupta— no sólo duele: desorienta. Es el duelo no sólo de lo perdido, sino del sentido que daba forma al pasado, al presente y al porvenir.

En consulta, he escuchado a personas decir: “Siento que ya no soy la misma”, “ya no sé en qué creo” o “todo lo que hice no valió nada”. Esas frases no son un diagnóstico de depresión: son expresiones de duelo narrativo. La identidad ha quedado en suspenso porque el lenguaje interno ha sido silenciado. Y eso duele más que la herida misma. El alma entra en lo que Barthes, tras la muerte de su madre, llamó el suspenso absoluto de la significación. En su Diario de duelo (2009), escribe: “Ya no tengo historias que contarme. Sólo imágenes. Pero las imágenes no sostienen la vida”. Este tipo de duelo no puede ser apresurado. Requiere silencio, compañía y una enorme paciencia con uno mismo. La tentación es construir una narrativa rápida para calmar el dolor. Pero los relatos apresurados son como casas mal cimentadas: se derrumban al primer temblor.

El psicoanálisis no obliga a narrar, pero escucha los silencios, las repeticiones, los balbuceos. Porque en ellos empieza a gestarse, poco a poco, un nuevo relato. Uno más frágil, tal vez. Pero también más verdadero. Y es que, tal vez, el sentido no siempre aparece como una gran explicación que todo lo ordena. A veces, el sentido es simplemente poder decir con honestidad: “No entiendo lo que pasó, pero sigo aquí”. Y con eso, ya comienza una nueva historia.

El sentido como construcción amorosa

A pesar de lo que muchas veces se dice, el sentido rara vez se encuentra. No es una moneda extraviada en un rincón del alma, ni un objeto escondido que algún día aparece bajo la luz reveladora de la razón. El sentido, más bien, se construye. Y no se construye solo: se edifica en el otro, desde el otro, con el otro. Con el tú que nos escucha, con la mirada que no nos juzga, con la palabra que no da soluciones, pero permanece. Emmanuel Levinas lo formuló de manera radical: “El sentido se origina en el rostro del otro” (Totalidad e infinito, 1961). No hay mayor lugar de sentido que el rostro humano que nos interpela, que nos llama sin palabras, que nos exige una respuesta ética, aunque no tengamos nada para dar. Es ahí, en el vínculo, donde el sinsentido comienza a ceder.

Martin Buber habló de la relación Yo-Tú como el fundamento mismo de la existencia auténtica. En esa relación no uso al otro, no lo reduzco a objeto, no lo convierto en recurso ni en solución a mi angustia. En esa relación, simplemente soy con él, y eso basta. El sentido, entonces, no es una construcción solitaria, sino un acontecimiento compartido. El psicoanálisis también reconoce esto. No cura el dolor eliminándolo, sino dándole espacio para hablar. Y hablar no es un acto individual: es un gesto relacional. El analista —presente, humano, falible— escucha con una disposición amorosa que no busca explicar, sino sostener. Julia Kristeva lo resume con claridad: “La cura es, antes que nada, una acogida del sufrimiento en el lenguaje” (El porvenir de una revuelta, 1998). Y esa acogida es un acto de amor. El amor —aunque imperfecto— ofrece un suelo donde el alma puede volver a respirar.

Judith Butler, desde una ética de la vulnerabilidad, ha dicho que “somos constituidos por los lazos que nos hacen vulnerables, pero también por aquellos que nos sostienen” (Marcos de guerra, 2009). El sentido, entonces, no se impone desde fuera, ni se encuentra de forma pasiva: se construye cada vez que alguien nos acompaña a mirar la herida sin apurarnos a cerrarla. Tal vez por eso, a veces basta una mano en el hombro, una taza de café compartida, una carta inesperada, una voz que nos llama por nuestro nombre. En esos gestos sencillos —que no explican, pero sí abrazan— empieza a levantarse de nuevo el edificio del sentido. Ladrillo a ladrillo. Con paciencia. Con amor.

La fe, la espera, la confianza

Después de todo lo vivido —el colapso, la supervivencia sin respuestas, la ruptura de nuestras narrativas, la reconstrucción desde el amor— queda algo que tal vez es lo más difícil de aceptar: no todo se sabrá. No todo se explicará. No todo será claro. Y, sin embargo, eso no impide vivir. La fe, en su núcleo más íntimo, no es certeza absoluta. Es confianza en la oscuridad. Es decir “sí” sin garantías. San Agustín lo entendió con palabras que atraviesan los siglos: “Si lo comprendes, no es Dios” (Sermones, siglo V). La plenitud no radica en tener todas las respuestas, sino en aprender a vivir con preguntas que arden, pero no destruyen.

Miguel de Unamuno, atormentado por la duda, escribió: “¡Que inventen ellos! Yo quiero vivir… aunque sin saber para qué” (Del sentimiento trágico de la vida, 1913). Y en esa contradicción vivía su fe desgarrada, su esperanza tozuda, su forma tan española y tan humana de seguir amando la vida, incluso sin sentido evidente. Aceptaba lo trágico, pero no por eso renunciaba a lo profundo. Dietrich Bonhoeffer, preso por el nazismo y finalmente ejecutado, escribió en una de sus cartas desde la cárcel: “No es en las respuestas fáciles, sino en las preguntas que permanecen abiertas, donde Dios habita” (Resistencia y sumisión, 1951). Habitar la incertidumbre puede ser, en sí mismo, un acto de fe. Rainer Maria Rilke, con su habitual delicadeza, dejó una de las frases más luminosas de la literatura epistolar: “Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón e intenta amar las preguntas mismas, como habitaciones cerradas o libros escritos en una lengua extranjera… Quizá vivas entonces algún día, poco a poco, sin notarlo, dentro de la respuesta” (Cartas a un joven poeta, 1929). No se trata de rendirse ante el sinsentido, sino de caminar con él como compañero de viaje. Dejar que el misterio, en lugar de paralizar, nos haga más humildes, más atentos, más abiertos. Porque hay sentidos que sólo se revelan cuando uno deja de exigirles que se muestren.

A veces, basta con saber que seguimos aquí. Que algo —alguien— nos sostuvo cuando no pudimos sostenernos. Que el amor no nos abandonó del todo. Que la esperanza, aunque frágil, no se extinguió. No saber del todo no significa no vivir del todo. A veces, vivir es precisamente eso: lanzarse, quedarse, construir, esperar… sin comprenderlo todo, pero creyendo que hay algo más. Algo que quizá no entendamos aún, pero que late, calladamente, en el fondo de todo.