De máscaras y de rostros

«La mejor manera de encontrar a otro es no darse cuenta ni del color de sus ojos»

Emmanuel Levinas

Queridos(as) lectores(as):

Espero que se encuentren bien y cuidando de su salud física y mental. Vaya que han sido días complicados en el mundo, donde el COVID-19 sigue sin darnos tregua, pero también los otros malestares de nuestro tiempo siguen provocando gran dolor, tristeza y demás emociones que nos hacen perder la esperanza.

En este encuentro, me gustaría que pudiéramos reflexionar acerca del otro. ¿Quién es esa persona que yace frente a mí? ¿Es o me lo imagino? ¿Realidad o misterio? ¿Cómo poder definirlo? Me parece que ahí es donde encontramos la primera traba a nuestra compleja tarea. ¿Por qué existe esa tediosa necesidad de poder definir al otro? Pensemos por un momento: ¿de quién son los criterios por los que me rijo para buscar definir?

Imagen y detalles

En encuentros anteriores hemos abordado este tema. Demasiadas veces, pero es que nunca hay un límite exacto para esto. Brevemente, podemos decir que el ser humano se encuentra en un mundo donde existe sí una objetividad y un sinnúmero de subjetividades. Por eso es que hablamos de la percepción. Sin embargo, debemos recordar que esto de la percepción es en sí algo que ha ido cambiando a lo largo del tiempo.

En un principio, hablamos de la experiencia sensorial que relaciona o vincula al sujeto con aquello que llama su atención de manera específica y que poco a poco, con ello podrá «construir la información». A esto lo conocemos como constructivismo: información y los estímulos recibidos para darle un sentido determinado. De ahí que la advertencia que comparto de Levinas al principio es vital. Cuando nos enfocamos en los detalles, perdemos la imagen completa.

«Entiende que un mosaico no te dice nada hasta que esté la imagen completa»

No es mi intención entrar en debate respecto al tema de la percepción, pero sí me parece importante al menos considerar esto como algo útil para nuestro día a día. Hace unas semanas justo di un curso donde abordé de manera sencilla el tema de la alteridad y de cómo es que muchas veces descuidamos el hecho que es aquello que nos permite introducirnos en el misterio del otro. Se ha hablado mucho de una suerte de «juego de máscaras» en tanto la realidad que encubren, que no es otra cosa que el rostro. Si yo veo a una persona sonreír, por ejemplo, podría pensar que es alguien feliz o alegre en el mejor de los casos, sin embargo, ¿qué pasa con el fantástico maquillaje de los payasos?

Reír llorando

Hago alusión al famoso poema de Juan de Dios Peza, en el que se nos habla de una persona que llega a ver a un médico para decirle que está pasando por una tristeza terrible. Después de una larga entrevista, el médico le recomienda al paciente que vaya a ver a Garrick, quien es un gran payaso que hace reír a cualquiera. Al final, se descubre que ese ser alegre y genial no es sino el propio paciente. «Eso no me cura, cámbieme la receta».

Cuando nos quedamos en los detalles de nuestra percepción, como decía anteriormente, nos perdemos la imagen completa. Ahora bien, en la clínica los analistas sí prestamos atención a los detalles que escuchamos, de ahí la importancia de una escucha flotante, misma que nos permitirá poner atención a la asociación libre en el discurso del paciente. Sin embargo, sería muy ingenuo pensar que esos detalles nos dan toda la idea que necesitamos para nuestras devoluciones. De ahí que «escucha para que sigas escuchando» se vuelve un consejo muy importante.

Freud prestaba especial atención a la ilusión y al tremendo daño que puede provocar. Pero aterricemos esa ilusión de un modo distinto: el autoengaño. «Estoy bien», «no tengo nada», «me la estoy pasando genial», muchas veces son las máscaras que usamos para ocultar las cicatrices del corazón. ¡Qué carga tan tremenda! Aparentar algo que no es supone un ejercicio desgastante y tortuoso. Sí, la sociedad se ha vuelto muy exigente en ese punto, pero es algo que daña, que lastima, que incluso nos desmotiva y nos hace perder contacto con nuestra propia humanidad.

Mirar el rostro

Grosso modo, Levinas explica que hay que mirar el rostro del otro, no desde la cuestión del ser, sino desde la bondad. Esto nos permite ver en el otro a nosotros mismos, entendiendo que el otro también es lo que estamos proyectando. Podríamos decir «veo lo que quiero ver», y eso es justamente definir a partir de nuestros prejuicios sin entender que no se puede definir algo que está en constante cambio.

Recuerdo hace unos años a una persona que me comentaba que «no podía esperar que las personas cambiaran». En buena parte es cierto porque para ello hace falta el trabajo personal, pero al final es una sentencia (desde un punto moral superior) que limita e imposibilita al otro. Casarse con la idea de que la gente no cambia, es cometer un error que termina costando muy caro.

Ludwig Wittgenstein explica esto: «No podemos decir la verdad, si aún no nos hemos conquistado a nosotros mismos. No podemos decirla, pero no porque aún no seamos lo suficientemente inteligentes. La verdad sólo puede ser dicha por quien ya se siente como en casa con ella; no por quien aún vive en la falsedad, que no hace más que intentar alcanzarla desde la falsedad». Cuando aseveramos algo de los demás, nos olvidamos que eso mismo lo podríamos hacer respecto a nosotros mismos. Por eso que mirar al otro con bondad es guardarnos la posibilidad de ser bondadosos con nosotros mismos. Y esto tiene que ver de manera directa con la «sinceridad de ser lo que somos, sin tener que ser algo más para poder ser».

Sentirnos en casa, por último, es estar seguros, cómodos, tranquilos. En la interacción con el rostro ajeno, es una invitación, una responsabilidad, de abrir las puertas de esa casa y brindarle alojamiento ante la desesperación, el miedo y el dolor. En palabras más sencillas: ser la esperanza que sostenga al otro, para que la encontremos también para nosotros.

Después de usted, Dr. Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hoy que es aniversario de Freud, no quería dejar pasar la oportunidad de compartir una reflexión personal sobre la labor psicoanalítica, y desde el punto de vista de un analizando (paciente):

No hay nada como tener a la semana un espacio de 55 minutos (a lo máximo), muy íntimo, muy personal, donde uno tiene la oportunidad de ser sí mismo, sin la presión de los demás, sin los prejuicios y los juicios que atormentan día a día. Un espacio donde puede haber sonrisas, bellos recuerdos, reflexiones serias, así como lágrimas, dolor y mucha tristeza. Pero que al final se combinan y traen una fortaleza inexplicable.

El psicoanálisis, al final, es un acto de amor donde dos inconscientes se encuentran y enfrentan, una dialéctica que da paso a un «seguir siendo». Muy apegado al existencialismo que expone que nunca se es sino que se está siendo. Acostarse en el diván es un entregarse a la muerte para dar paso a la vida. Quizá muchos no entiendan esto último que digo, pero el experimentar esto es simplemente algo subjetivo y que da paso a muy bellas e interesantes confesiones.

Gracias, Dr. Freud, por darnos una herramienta muy valiosa para seguir siendo. Gracias, sobre todo, porque si no fuera por el valor que tuvo de analizar (junto con Fliß) sus propios sueños, no sabríamos qué hacer con los nuestros. Gracias de parte de alguien que sigue trabajando, entre el dolor y la pasión de seguir viviendo.

Parafraseando a Lacan: «Sólo Freud tuvo las agallas de exponerse ante los demás».

El fracaso del triunfo

Queridos(as) lectores(as):

Esta semana me tengo que poner al corriente en las publicaciones atrasadas. Por tal motivo es que dejo este segundo encuentro. En 1916, Sigmund Freud publicó un breve texto llamado Los que fracasan cuando triunfan, en el que describe un tipo de carácter muy curioso de ciertas personas «excepcionales».

¿Les ha pasado que han soñado o deseado algo con mucha pasión y que, cuando se les cumple, lejos de disfrutarlo se sienten mal? ¿O quizá que cuando han querido algo por mucho tiempo, llega el día que lo obtienen y ya no significa lo mismo? Justo de esto hablaremos en este encuentro.

Enfermedad y éxito

No es para nada nuevo el famoso «miedo al fracaso». Es algo que se escucha día tras días, no sólo en la clínica, sino en todas partes. Estamos en una sociedad que apuntala tanto hacia el éxito que compromete de incontables maneras a los sujetos a ello, exponiéndolos a un miedo exagerado al fracaso. ¿Qué dirán de mí? ¿Cómo me verán después? ¿Y si no cumplo las expectativas? Haciendo que lo que podrían ser preguntas «típicas» que nos hacemos constantemente a lo largo del día, se vuelva una obsesión que nos consume y nos aparta de lo deseado.

Tenemos que tener en cuenta esto: no estamos hablando en ningún momento de aquel deseo que yace en la fantasía, sino que estamos tratando con la satisfacción del deseo por el mismo acto. Lo que sigue de esto es algo que podemos denominar «meterse el pie a uno mismo». Es decir, pareciera que estos sujetos «no son capaces de merecer» lo que han buscado y encuentran la forma de autosabotearse. Al hablar del merecer, nos vamos acercando a una estructura fundante de la sociedad: la culpa.

Pero, ¿qué pasa si…?

Como bien sabemos, el hecho de sentir culpa (en alemán encontramos la palabra schuldig, que podemos traducir de dos maneras: culpa o deuda) hace que la persona se paralice, caiga en un profundo malestar y lo lleve a cometer muchas cosas con tal de dejar de sentirla. Todos hemos pasado por eso. Sin embargo, ¿qué tiene que ver la culpa con el triunfo o el éxito? Nos sitúa en una posición frente al otro, misma que nos inventamos mentalmente y que nos hace ver lo que el otro ha pasado y que no ha logrado lo que nosotros. O al revés, ver en el triunfo del otro el fracaso nuestro y de ahí las terribles comparaciones.

Además de la culpa existen otros factores que pueden ser diversos en cada caso. Pensemos por un momento en la angustia que nos puede generar el lograr el objetivo en tanto que no tenemos previsto qué haremos luego con ello. Claro, todo nuestro ser se empeña en alcanzar una meta, pero no se ve más allá de ella. Llegando a ese punto surge entonces el «¿y ahora qué?». Por eso es que hablamos de angustia, pues nos situamos ante lo desconocido, no sabemos qué pasará. Y de ahí pasamos al miedo a «no ser aptos», «a no estar en el momento adecuado», «el no estar listos», etc. De angustia se pasa al miedo y del miedo hacia una profunda y cruel autodesacreditación, es decir, nos vamos haciendo menos a nosotros mismos.

Culpa y responsabilidad

El propio Freud nos habla en Tótem y tabú (1913) sobre la culpa estructural que se presenta en cada hijo que está conectada con el hilo genético y familiar. Hay algo que nos hace estar en deuda, algo que nos hace sentir culpables y que se tiene que pagar de alguna manera. De este modo, parece ser que el fracaso de los que triunfan se expone como un sacrificio de lo logrado a favor de la culpa transmitida tras el crimen del parricidio. Vamos a explicarlo de otra manera más sencilla: el sujeto se considera a sí mismo no capaz de recibir lo que es del padre, lo ve como algo que no le corresponde, que no lo merece, que no podrá con la responsabilidad que conlleva. Por eso es que llamo a esto «una puerta de escape» de la posibilidad misma del seguir siendo (más).

¿Pero qué pasa cuando el sujeto no quiere hacerse responsable de su éxito y lo que conlleva? Se vuelve un fracaso que apunta al destino como el culpable del mismo. Una posición superyoica que se vuelve una sentencia de «no poder ir más allá del padre». Freud en algún momento incluso aporta más claridad a esto último: el sujeto no se permite disfrutar de su triunfo porque no puede esperar del destino (de la vida) algo así de bueno para sí mismo. Al depositar la responsabilidad del triunfo en el destino, el sujeto se siente culpable de gozar aquello que, a su modo de verlo, no lo merece porque no estuvo en sus manos el lograrlo. Podríamos decir de una manera burda que no se cree la buena suerte que ha tenido. Y confunde esfuerzo propio con suerte.

No más allá del padre

Todo esto que sufren estos sujetos excepcionales, yace en una instancia inconsciente que se vuelve un auténtico martirio. Incluso hay quienes han aportado a esta teoría una suerte de «goce» en esa posición de no poder ir más allá del padre. Como si los frutos del trabajo se intercambiaran con una culpa gozosa. Pero eso es otro tema que no abordaré por ahora.

Si nos volcamos sobre algunas sentencias populares tales como «miedo al éxito», podemos entender que es justamente la otra cara de la moneda del «miedo al fracaso». La crítica que existe en el neurótico se vuelve incluso algo paranoide, por tanto, un desgaste constante. Por eso es que en la clínica tenemos que trabajar con ese tema de superación del padre y entender la génesis de la culpa por ello.

Empezar de nuevo

«La verdadera filosofía consiste en aprender de nuevo a ver el mundo».

Maurice Merleau-Ponty

Queridos(as) lectores(as):

Sé que he estado «desaparecido» por unas semanas, pero el tener que cuidar a mi papá de 80 años ha sido un poco pesado, sin embargo, acá estoy de nuevo para compartir con ustedes en este breve encuentro semanal.

Hace unos días, me hice con una copia del libro La fragilidad del mundo, de mi querido amigo Joan-Carles Mèlich. Un ensayo en verdad fascinante sobre el tiempo precario. Justo al empezar, el autor comparte la cita de Merleau-Ponty que debe resultarnos importante para una reflexión oportuna de lo que estamos viviendo. Por supuesto que les recomiendo ampliamente el libro. Pero como decimos acá en México, quisiera «poner de mi cosecha» en esta ocasión.

Esto que ves, es lo que es

Muchos autores se han ocupado del tema de la percepción a lo largo de la Historia de la Filosofía y de demás ramas del saber. Cada uno ha aportado cosas maravillosas para seguir ampliando el espectro que tenemos sobre ello. Sin embargo, en los últimos años, pareciera que la percepción ha entrado en una clase de debate que profundiza en la subjetividad descuidando la objetividad. Ciertamente un fenómeno propio de nuestro tiempo «incómodo». En encuentros anteriores, hemos tratado brevemente el tema de la Verdad (así, con mayúscula) y cómo es que la sociedad parece que se aleja de ella por, precisamente, resultar incómoda e, incluso, hasta ofensiva para algunos. ¿Pero por qué?

Estamos atravesando un momento en el que la doxa (opinión) busca imponerse en los discursos que tienen que ver con la Verdad. He escuchado y leído incontables veces aquello de que «cada uno tiene su propia verdad», y sí, es cierto, porque es la verdad con minúsculas, misma que podríamos interpretar como «lo que somos capaces de aguantar que forma parte de un todo». Y si seguimos revolucionando las nociones, en una suerte de deconstrucción muy personal, esas verdades son opiniones disfrazadas por la suavidad y su levedad. Sin embargo, por mucho que busquemos pintar la realidad de los colores que queramos, seguirá siendo la misma, así que tarde o temprano veremos cómo esos colores terminan por diluirse.

¿Y ahora qué?

Parece que en el desesperado intento de hacer la vida «más llevadera», nos olvidamos de aquello que la Filosofía nos ofrece: la contemplación. ¿Qué es eso? La contemplación no es otra cosa que la habilidad o capacidad de poder poner atención de manera detenida, profunda y serena sobre algo. Por poner un ejemplo: cada vez que salgo a caminar (con las medidas preventivas adecuadas), disfruto mucho de poder contemplar los árboles de jacaranda. Me encanta el color, la tranquilidad que me brinda el no distraerme con lo demás. Percibo al árbol dentro de sus límites que se vuelven los míos. No tengo que quitar o agregar absolutamente nada. ¿Qué razón tendría para ello?

No se trata sólo de ver el mundo, sino de contemplarlo. Y para ello necesitamos precisamente calma y serenidad, mismas que hemos despreciado por darle rienda suelta a la inmediatez. Sucede que vamos muy deprisa, con carrera, no sabemos exactamente hacia dónde, pero vamos cada vez más rápido y sin poder detenernos. La sociedad es tan exigente que pareciera que tenemos que competirle para ser más exigentes con nosotros mismos.

En este tiempo tan difícil y complicado, tenemos que justo empezar de nuevo todo. Es una oportunidad que estamos teniendo dentro de la adversidad. Pero empezar de nuevo, ahora, nos permite tener la experiencia previa que hemos generado en nuestros años de vida. Podríamos decir que no estamos empezando desde cero sin más. Recuerdo con mucho cariño las palabras de un querido maestro, el Dr. Jorge Morán (q.e.p.d.), quien decía: «Quiero tomarme un café y que me sepa a café». Lo que quería decir con ello es que pudiéramos experimentar el asombro en todo momento, «redescubrir» las cosas y disfrutarlas.

Antes de despedirme por hoy, quisiera compartirles un fragmento del poema Alastor (o sobre el espíritu de la soledad) de Percy Bysshe Shelly (1816):

¡Tierra, Océano, Aire, amada hermandad!
Si nuestra gran Madre ha impregnado mi voluntad
con algo de piedad para sentir su amor,
y recompensa con el mío su favor,
si la mañana rociada, y el mediodía fragante, y más aún,
el crepúsculo y sus magníficos ministros,
y el cosquilleo de la medianoche solemne y silenciosa;
si el aullido del Otoño que suspira en la madera,
y el traje del invierno se corona con la pureza
del hielo estrellado sobre la hierba cana y las ramas desnudas;
si el jadeo voluptuoso de la Primavera cuando respira
sus primeros besos dulces, -tan caros para mí-;
si ningún pájaro brillante, insecto, o bestia apacible
deliberadamente he perjudicado y, en cambio, he visto
en ellos a mi propia raza; entonces, perdonad
esta jactancia, queridos hermanos,
y conservad para mí una porción de vuestros favores.

Hasta pronto…

En el camino de la desesperación

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa, antes que nada, pues tuve que detener el ritmo de publicación semanal debido a que, para serles sincero, no tenía sobre qué escribir. Y siendo todavía más sincero, no es que me faltaran temas, me faltaban «ganas», «motivación» y «poder soltarme escribiendo». Tal como me ha pasado, esto está siendo muy recurrente en muchas personas; existe una cierta frustración, un deje de inquietud negativa y, por supuesto, desesperación. Vamos a quedarnos con ésto último. La desesperación está haciendo mucho ruido en las personas, ya que el COVID-19 es una pandemia que no sólo nos paraliza en cuestión de salud, sino en el tema laboral y, por ende, en el económico.

¿Qué hago?

Tristemente, muchas personas han perdido sus trabajos y con ello el ingreso necesario para poder vivir aunque sea sin presiones. He leído en varios espacios que el COVID-19 dio una estocada al capitalismo, y aunque en muchos de esos artículos hay una pretensión en demasía exagerada, no podemos negar que en buena parte es cierto: esto no acabará al capitalismo, pero sí lo está modificando. Los trabajos de antes están evolucionando, y es algo bueno, aunque el proceso es lo que está desquiciando a las personas. Claro, no estábamos listos para este evento a nivel mundial, pero hay que reconocer que las raíces de nuestra desesperación no se debieron a esto. ¿Qué llevamos arrastrando?

Si tomamos la definición del filósofo danés, Sören A. Kierkegaard respecto a la desesperación, podemos decir que se trata del «morir sin morir». Definitivamente es una experiencia terrible, una incertidumbre que nos desgarra. ¿Qué hacer? ¿Cómo? ¿Dónde? Tantas preguntas que parece que terminan con otra: ¿y ahora qué? El escenario es nada alentador. Si accedemos a las noticias, pareciera que estamos estancados en un punto en el que sólo hay noticias malas después de otras. Hace unos días un amigo me decía alarmado: «Héctor, no inventes, el coronavirus es algo horrible, y ahora ya hay cepas del mismo, que son más infecciosas. ¡Y ahora resulta que las vacunas no pueden con ellas!». La desesperación es más que evidente.

El tema aquí es que hay un desgarre de nuestra concepción espacio-temporal mientras estamos desesperados. Es decir, usando una jerga moderna psiquiátrica, se genera una ansiedad que nos hace desesperar por algo que todavía no ha pasado y que, en muchas ocasiones, no tiene por qué suceder. Muchos dirán ante eso «qué exagerados», pero es una realidad insoportable que miles de millones de personas están enfrentando a diario.

Afrontar y aceptar

Quisiera compartir algo personal con ustedes. Mi papá tiene 80 años, ya es una persona «entrada en años», que desgraciadamente tiene problemas de salud, tales como la hipertensión y la deficiencia renal. Si bien está controlado y dentro de lo que cabe «está bien», es muy difícil lidiar con algunos eventos que suelen pasar de un día a otro: fatiga, cansancio emocional, el famoso «no tengo nada» cuando parece que tiene de todo, y también la depresión natural que lleva cargando desde hace 5 años que falleció mi mamá. Soy hijo único y me tocó lidiar con esto. Es difícil, más cuando te encuentras en una posición en la que «estás solo» ante una emergencia. Claro que están mis amigos y algunos familiares, pero no están las 24 horas con nosotros, cosa que es perfectamente entendible.

Les comparto esto porque me parece importante que reconozcamos lo que «nos ha tocado vivir», y más en este tiempo de pandemia. Las cosas no son para nada fáciles. Muchos estamos pasando por momentos muy complicados y es perfectamente entendible que nos quedemos atrapados en episodios de desesperación. Pero hay algo que estamos pasando de lado, y es que mientras estamos así, caemos en el auto reproche y en el hacernos menos a nosotros mismos. Eso pasa cuando nos olvidamos que no estamos solos aquí, que las cosas que pasan no dependen al 100% de nosotros. Olvidamos el mundo exterior, las causas y los efectos de las que somos parte de un modo u otro. Nos olvidamos de la vida.

Platicando con mi papá ayer, le decía: «Sí, entiendo que estés desesperado y que te sientas mal por lo que estamos pasando, pero es justo lo que estamos pasando, ¿qué podemos hacer al respecto? ¿Se puede hacer algo?». La idea de hacerle ver eso es justamente para regresarlo a lo que llaman «el aquí y el ahora». ¿Qué está en nuestras manos en este momento? La desesperación, una vez más, nos plantea posibilidades por lo general negativas y que sólo nos hunden más y más en la depresión. Abrazar la vida es aferrarse al momento y poder observar lo que existe en ello.

Si puedes, ve a terapia

Cuando pasé por un momento muy complicado hace unos años, una amiga muy querida me dijo una cosa que puede no ser «la gran cosa», pero que realmente lo es: «No tienes que poder con todo, ni ahora ni siempre». Hay que recordar que vivimos en una cultura que nos exige demasiado de nosotros mismos, cosa que desgasta y termina por acrecentar los problemas que ya de por sí teníamos. En encuentros anteriores, he dicho una y otra vez que este mundo necesita empatía, amor y ternura. Y es curioso, porque muchas veces buscamos todo eso y no lo encontramos. Nos da miedo incluso expresar esa necesidad, mejor dicho, eso que queremos.

En 2020, la demanda terapéutica creció considerablemente. Y era de esperarse, la desesperación por todo lo que hemos estado viviendo desde entonces tiene que encontrar un modo de expresarse para alivianarnos, para poder tener un poco de calma. Hay que entender que para muchos el ir a terapia es un lujo, pues implica un gasto adicional. Del mismo modo, existen grupos o propuestas que ofrecen atención en salud mental de modo gratuito. Hay opciones. ¿Qué los detiene? Tenemos una ventaja que la pandemia nos ha dado, la posibilidad de tener sesiones en línea, mismas que no le gustan a muchos, pero que hay que ver desde la perspectiva de «es lo que hay», así que habría que aprovecharlo.

En el camino de la desesperación, nunca se está solo, siempre hay quien nos acompañe.

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Nos hemos vuelto extraños

Queridos(as) lectores(as):

Los días pasan y la vida sigue, a pesar de la circunstancia de pandemia, no podemos hacer sino continuar con lo que nos toca. Hace unos días, una persona cercana a mí me comentó que sentía que «este tiempo le cambió la perspectiva sobre las personas». ¿A qué se refería? En un momento de tierna confesión, me aseguró que las personas no eran lo que creía, que nos habíamos vuelto extraños, pero más interesante aún es que esa persona se asumía otro extraño más.

«El más personal de mis libros…»

Es probable que Friedrich Nietzsche sea uno de los autores más polémicos, no tanto por lo que escribió, sino por la manera en la que hemos recibido e interpretado su pensamiento. Pero sin lugar a dudas, es un autor que debe ser leído en estos tiempos. ¿Por qué? Porque se necesita volver a la intimidad misma del ser humano, ir más allá de sus propias motivaciones y encontrarnos frente a frente con lo que somos, lo que estamos siendo. Nietzsche es un autor que atrapa al leerlo. Uno de sus textos, La gaya ciencia (o La ciencia jovial), en sus propias palabras dirigidas a su entonces amigo, Paul Ree, justo se volvió el más personal de sus libros. Debatible por muchos especialistas, pero no debemos ignorar la expresión del filósofo alemán.

De hecho, justo en un punto del mencionado libro, encontramos lo siguiente:

«Éramos amigos y nos hemos vuelto extraños. Pero es bueno que sea así, y no trataremos de disimularlo ni de ocultarlo como si debiéramos avergonzamos por ello. Como dos navíos con rumbos y destinos propios, podernos sin duda cruzarnos y celebrar juntos una fiesta al igual que hacíamos antes. Así, esos buenos navíos descansaban el uno junto al otro en el mismo puerto, bajo el mismo sol, tan serenos como si hubiesen llegado a la meta, su mismo destino. Pero luego la llamada irresistible de nuestra misión nos impulsó de nuevo a alejarnos el uno del otro, cada uno por mares diferentes, hacia tierras y bajo soles distintos, quizás para no volvernos a ver nunca, quizás también para volver a vernos una vez más, pero sin reconocernos; ¡los mares y los soles distintos nos deben de haber cambiado! La ley que existe por encima de nosotros quiso que llegásemos a ser extraños el uno al otro; por eso mismo, debemos respetarnos más entre nosotros. Por eso mismo debe resultarnos más sagrada nuestra antigua amistad. Es probable que exista una inmensa curva invisible, una inmensa vía estelar donde nuestros rumbos y metas divergentes se hallen inscritos como ínfimos trayectos. ¡Elevémonos a este pensamiento! ¡Pero nuestra vida es demasiado breve, nuestra vista es demasiado débil para que podamos ser más que amigos en el seno de esta posibilidad sublime! Por eso queremos creer en nuestra amistad de estrellas, aunque debamos ser enemigos en la tierra». (Nietzsche – La gaya ciencia, §279)

El encuentro en nuestra vida con el otro es un misterio que tarde o temprano tenemos que abordar. No sabemos nunca qué es lo que pasará, qué es lo que viviremos, qué es lo que podemos esperar. Sin embargo, de cierto modo apostamos a favor (a veces en contra) de la posibilidad misma. Queremos pensar, por ejemplo, que esa relación será hermosa, divertida, que tendremos con quién pasar ratos agradables y, sobre todo, que siempre le tendremos con nosotros. Pero, ¿exactamente en quién estamos pensando? ¿En el otro o en la idea que tenemos del mismo? Nietzsche es punzante con su escrito: «¡los mares y los soles distintos nos deben haber cambiado!».

Al remover el velo

Ciertamente, nos encontramos con un problema grande: afrontar lo que es. Como ya hemos visto en otras ocasiones, la ilusión de poder (o de control) es una traba muy grande en nuestra vida. Y, por desgracia, muchas de nuestras relaciones se ven sumidas en esa ilusión. También es cierto que el ser humano huye del dolor o del displacer, cosa que debería servir en nuestro análisis sobre nuestras relaciones. Cuando asumimos que una persona es de un modo, según nuestra perspectiva, la asumimos dentro de la comodidad de aquello que creemos controlar, sobre lo que tenemos poder. Por eso es que cuando las cosas salen de un modo que no esperábamos, la desilusión se hace presente y se cae la imagen del otro.

Al volvernos extraños, curiosamente, es cuando nos mostramos como somos. Somos extraños ante el ojo, ante la esperanza del otro. Es interesante porque es algo que sucede entre el yo ideal y el ideal del yo. Pero también hay amor de por medio, por eso que hay un dolor psíquico. El Dr. Juan David Nasio dice lo siguiente: «Nuestro amado es nuestra carencia. Nuestro amado es más que una persona exterior, es la parte de nosotros mismos que centra nuestro deseo». Por tanto, cuando esa persona amada se descubre como lo que es, no es que nos provoque dolor, nos duele nuestra propia ilusión destruída.

Trabajar la relación… ¿conmigo mismo?

¿Alguna vez han escuchado aquello que dice «no es lo que quieres, sino lo que necesitas»? Confrontar al deseo es quizá una de las cosas más complicadas que el ser humano puede hacer por tantas cosas que le atraviesan. ¿Quién es fiel a su deseo que busca satisfacerlo sin importar las consecuencias? ¡Qué interrogante! Habrá quienes digan que sí, que son capaces de ello, pero luego descubren que el velo también se recorre de ellos y las cosas no son las que decían. La relación con uno mismo es una relación de por vida. No por nada el «conócete a ti mismo» es quizá uno de los imperativos más «chocantes», uno de los esfuerzos más desgastantes.

Hace unos años, les decía a mis alumnos de preparatoria: «No olviden que ustedes son el otro para el otro». Si hablamos del reconocimiento que buscamos, estamos hablando del reconocimiento que buscan por parte de nosotros. Ver al otro en su alteridad es facilitar la apertura hacia nuestra propia falta, cosa que si terminamos por aceptar, nunca tendremos nada que ocultar.

Itaca o sobre el viaje por la vida

Queridos(as) lectores(as):

Antes de que avancemos en este encuentro, quiero compartirles un poema de Konstantino Kavafis (1863-1933), precisamente titulado Itaca:

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

El poeta griego hace referencia al hogar del héroe homérico, Ulises/Odiseo, y por tanto a su viaje. ¿Pero cuál es la intención del autor? ¿Qué quería compartir Kavafis? Una reflexión entorno al disfrute de la vida.

Disfrutar una pausa…

Hoy más que nunca estamos a la deriva. He escuchado muchas veces que «hay que resistir». ¿Resistir qué? ¿A quién? Me parece que no es otra cosa que a nosotros mismos. Estamos atrapados con mil dudas, mil temores, mil angustias. Pero, ¿qué tan reales son? Platicaba con una querida amiga y colega hace unos días y me insistía en algo: «Disfruta la vida como niño… ¡siempre puro!». ¿En qué momento de nuestro crecimiento nos olvidamos de, precisamente, disfrutar? Los niños son fantásticos, grandes maestros de la vida y muchas veces los ignoramos, no escuchamos sus fabulosas enseñanzas por la sencillez de su existencia. La existencia, decía a mis alumnos, es en sí sencilla, pero mientras más crecemos más nos la complicamos.

Mi mamá tenía un hábito curioso. Le gustaba mucho caminar por la calles, ir y venir, en verdad era algo que disfrutaba. Pero siempre que se encontraba una flor en su andar, se detenía a olerla, a contemplarla, incluso a platicarle. Y era feliz con ello. Tengo el vivo recuerdo de esas veces que me tocó verla. Era interesante porque, por «mucha prisa que llevara, siempre había tiempo para disfrutar una pausa». Disfrutar una pausa… ¿cuántos somos capaces de eso? La verdad es que todos, pero siempre encontramos un pretexto para negárnoslo.

¿Qué esperamos de la vida?

Cuando daba clases, me gustaba irme a sentar al patio de la escuela para «distraerme» un rato de lo académico. En una ocasión, me senté en una banca que estaba a un lado de un salón de primaria, justo cuando la maestra les preguntaba a los niños «qué esperaban de la vida». E insisto, los niños tienen las claves que nosotros buscamos desesperados en lugares complicados. Recuerdo bien 3 respuestas:

-Divertirme mucho.

-Estar con mis amigos.

-No cansarme nunca.

Aristóteles hubiera estado muy contento al escuchar eso. Al final de cuentas, la vida por sí misma no tiene ningún sentido, es el ser humano el que le brinda su sentido en cada momento, y es algo que se actualiza constantemente. Hoy, con esto de la pandemia, nos olvidamos de tantas cosas. Parafraseando a Schopenhauer, muchas veces hablamos de lo que nos falta, pero no de lo que tenemos. Y lo que tenemos, es vida. ¿Qué más? Pero nos encerramos en el dolor, en la tristeza, en la negación de la misma vida. Y esto lo digo también por mí: nos olvidamos de nosotros mismos en la existencia.

A veces, lo único que hace falta es «darnos cuenta». ¿De qué? De todo…

Avanzando a través de la tormenta

Queridos(as) lectores(as):

¿Qué hemos aprendido, hasta ahora, con la pandemia? Las respuestas pueden ser varias y en verdad muy distintas, pero me queda claro que habrá algunas en las que logremos coincidir. Hay una que me inquieta, que es la que tiene que ver con la salud mental. Cierto es que esta pandemia nos ha puesto a los límites, entre el miedo al contagio y el dolor por la pérdida de seres queridos; la impotencia de no poder hacer nada y la espera, larga y prolongada, de los sistemas de salud y la dependencia que tenemos de ellos por el tema de la vacuna contra el COVID-19.

Debemos ser claros en decir que las vacunas han salido en tiempo récord, y son esfuerzos que debemos agradecer a todos los que se han puesto a la tarea de dar una respuesta ante el gran problema que atravesamos a nivel mundial. Justo ayer estaba leyendo unos textos del escritor francés, Víctor Hugo (1802-1885) y me topé con lo siguiente: «Las emergencias siempre han sido necesarias para progresar. Fue la oscuridad la que produjo la lámpara. Fue la niebla la que produjo la brújula. Fue el hambre lo que nos llevó a la exploración. Y tomó una depresión para enseñarnos el valor real de un trabajo». La pregunta que me gustaría formularles es: ¿qué emergencia los ha hecho necesariamente progresar?

La terapia y los prejuicios

En encuentros anteriores, y como uno de los fines de éste blog, he tratado de promover el romper con los prejuicios que existen sobre las cuestiones que existen sobre la salud mental. Es importante que lo hagamos, porque hoy más que nunca está quedando en evidencia que las personas están cayendo más y más en profundos estados de estrés, depresión, ansiedad y demás promovidos por el miedo, la inseguridad, la tristeza y el dolor.

Hay muchas referencias que podríamos encontrar sobre por qué ir a terapia (psicología, psiquiatría, psicoanálisis), pero nos perderíamos en los infinitos disfraces del deseo individual. Si bien es cierto que uno no va al psicoanálisis, por ejemplo, porque lo necesite sino porque así lo quiere o así lo desea, la idea de ir a terapia nos demuestra que necesitamos del otro para poder hablar o desahogar el malestar.

Si bien la noción «ansiedad» es algo muy compleja y abstracta, debemos reconocer que hoy por hoy es muy recurrente en las conversaciones que tenemos con familiares y amigos. «Me siento ansioso», «esta ansiedad me está matando», etc. ¿Y cómo no? La ansiedad se desarrolla muy apegada a la obsesión que podemos desarrollar debido a la falta de control que tenemos sobre algo o, incluso, alguien. Por tanto, la ansiedad es la caída de nuestra ilusión de control. Y duele… mucho.

El silencio incómodo

Uno de los prejuicios que predominan respecto a la salud mental no es otro sino el «temor» de expresar lo que estamos sintiendo a otro. Es un tema que quizá lo podríamos abordar desde un agente cultural, pero es de sumo interés enfocarlo hacia nuestro propósito clínico. «No pasa nada», «tranquilo(a)», y demás expresiones que tememos escuchar. Pero el dolor mental es tan real como el físico. Tomando parte de un poema de Frieda Fromm-Reichmann, «nunca te prometí un jardín de rosas», tendríamos que pensarlo y aceptarlo. ¿Quién nos ha prohibido llorar y lamentarnos por las cosas que también nos pueden pasar?

Si fuéramos un poco más empáticos con los demás, aprenderíamos a serlo con nosotros mismos. Muchas veces nos presionamos tanto que nos negamos el derecho a llorar, a rendirnos, a decir «ya basta, no puedo más». ¿Eso es ser débil? No, por supuesto que no. Es un reconocimiento de nuestra existencia de manera sincera y humilde. ¿Quién puede estar todo el tiempo «bien» sin que nada le perturbe? No debemos descuidar las cosas pequeñas, cosas como una pequeña espina que quizá no seamos tan sensibles por ella, pero que de cualquier modo está ahí generando una molestia. El silencio es justo la oportunidad que tenemos de escuchar el escándalo de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestro lastimado ser. ¿Por qué negarnos la posibilidad de dejarnos caer?

Duele porque está sucediendo

Hace unos días, escuchaba a una vecina «regañar» a su hijo porque el pequeño le pedía poder salir a la calle a jugar con la pelota. Escuchaba en el llanto del niño una auténtica desesperación. Si como adultos llegan momentos en los que estamos hartos de estar encerrados (los que tenemos el privilegio de poder hacerlo) para evitar enfermarnos, ¿se imaginan lo que pasa con los niños? Pero llegó un punto en el que el pequeñito dijo algo muy interesante: «me duele no estar ahí afuera». Toda la experiencia que supone estar afuera ha de ser algo que en su imaginario le está costando mucho asimilar como una prohibición (por muy preventiva que sea).

Por un lado tenemos el miedo de la madre y por el otro la desesperación del niño. Dos cosas que duelen y calan terriblemente. Después de unos minutos, encontraron una actividad que podría ayudarles a ambos a lidiar con el encierro y los llantos pasaron a ser risas. Pero, aún así, hay un deseo insatisfecho que tarde o temprano volverá a hacerse presente.

En fin, todavía hay mucho por hacer antes de que pasemos por esta tormenta, pero sí tenemos que tener claridad y aprender a escucharnos realmente. No dejemos para después lo que son cosas de auténtica prioridad, y nosotros lo somos. Y como leí en un anuncio cerca de mi casa: «juntos saldremos de esto».

Querido(a) extraño(a)

He querido escribir esta carta para ti, sin conocer tu nombre, sin ubicar tu rostro; ignorando desde qué parte del mundo la leas y bajo qué circunstancias. Sé que ha sido un tiempo complicado, son tantas cosas que hemos salido perjudicados por la pandemia. Pero, bueno, aquí seguimos y debemos procurar que así sea. A pesar de tanta tristeza, dolor y desesperación, ten por seguro que las cosas seguirán su rumbo.

Quisiera decirte que las cosas van a mejorar, pero es algo muy subjetivo. Pero, ¿hay algo a lo que te puedas aferrar? Sí, a la vida. Quisiera compartir contigo algo muy personal, pero que espero te ayude a continuar. Hace algunos años, mi salud estuvo muy comprometida; como decimos acá en México «tiro por viaje» estaba en el hospital. Había días en los que el dolor no me dejaba ni caminar, pero gracias a mis padres (que mi madre, por cierto, falleció en el 2016), a mis familiares, a mis amigos y a mis alumnos, había algo que me impulsaba a seguir. Fue el amor hacia ellos y el que me profesaban lo que no me dejó rendirme. Todavía recuerdo las noches en las que me dormía por el cansancio. Esos tiempos han quedado atrás. Estoy en deuda con la vida. Y por eso es que quiero que sepas que no estás solo(a).

Ahora con la pandemia, hace mucha falta amor, comprensión, escucha y compañía. Muchas veces parece que nos quedamos solos, que no se acuerdan de nosotros y sentimos miedo. Es perfectamente natural, porque todos estamos con el pendiente de no contagiarnos o que sepamos de más seres queridos en la lista negra. Hay mucho dolor, en verdad que sí. Pero no tenemos por qué pasarla así de manera solitaria. Te aseguro que siempre encontrarás con quién compartir lo que estás sintiendo, y en esa misma ocasión, esa persona podrá apoyarse en ti. Compartirán un momento muy especial, donde debe haber ternura y cariño. No pierdas la esperanza, porque te aseguro que siempre la podrás encontrar en quienes menos lo esperes.

Te abrazo con todo mi amor, cariño y deseo de todo corazón que, pase lo que pase, sigas sonriendo, porque después de la tormenta, siempre sale el sol.

Hagamos comunidad, después de todo, somos soledades que nos encontramos.

Héctor Chávez

¿La vida estoica?

Queridos(as) lectores(as):

Deseo de todo corazón que estén bien y cuidándose mucho, por supuesto de paso a sus seres queridos. El domingo se celebró el famosos 14 de febrero, día de San Valentín. Criticado por muchos y muy esperado por todos, pero lo cierto es que en estos tiempos en los que la desesperanza y la inquietud nos hacen visitas constantes, nada más humano que recuperar la esperanza misma a partir del amor y de la amistad.

Justo tuve la oportunidad de platicar con un viejo y querido amigo desde la infancia; me permitió afianzarme a la compañía y al buen querer de una amistad. En un momento, él me «cuestionó» sobre mis posturas filosóficas, insistiendo que el existencialismo no lo veía claro en mí y que siempre más bien me consideraba como un estoico. Me parece que ningún filósofo se puede «casar» con una corriente o rama filosófica al 100%, antes bien cada aporte de los grandes pensadores del pasado deberían servirnos para orientar nuestro pensamiento y redescubrir los horizontes de nuestra vida.

¿Qué es el estoicismo?

Recuerdo que ya lo había comentado brevemente en un encuentro anterior, pero después de haber convivido con mi amigo, definitivamente me sembró la inquietud de tratarlo aquí con ustedes, además de que me parece que es algo que nos podría ayudar a lidiar con el día a día ante la pandemia que estamos viviendo. Zenón de Citio fundó esta escuela allá por el 301 a.C.; grosso modo, enseña que el hombre debe ser capaz de controlar y dominar los hechos, sus pasiones y todo aquello que le quite la calma y, en cierto modo, le arrebate el tiempo presente. Pasado y futuro son cosas que pueden provocar en nosotros, usando una terminología médica, demasiada ansiedad.

Cuando una persona se le conoce por tener una «actitud estoica» justo es por su capacidad de tener control ante las circunstancias de la vida. ¿Qué es lo que podemos controlar o al menos participar de ello? El tiempo presente. Pero para poder hacer eso, hay que tener un ejercicio mental adecuado, ya que no es tan fácil hacerlo como decirlo. Así como muchos colegas, la palabra «ansiedad» me parece algo demasiado abstracto, pero siguiendo esa línea, podríamos decir que es el momento en el que «perdemos la ilusión de control» y nos damos cuenta que «se nos va de las manos» la situación que estamos viviendo. Y viene con ello la desesperación.

Eso me suena a budismo…

Ciertamente, el estoicismo es una filosofía que posiblemente tuvo su influencia oriental, ya que fue Siddharta Gautama, mejor conocido como Buda (el iluminado), quien enseñó muchos siglos antes el control sobre las pasiones, los deseos y las emociones, que son las responsables de desestabilizar al ser humano. Bien dicen que muchos de nuestros problemas están en la mente, incluso que sólo están ahí. ¡Pero cuánto nos agobian! La consciencia del momento presente, tanto en el budismo como el estoicismo, no es más que una técnica que busca el bienestar de nuestra vida. Tanto el pasado como el futuro nos pueden desgastar y provocar mucho malestar.

Pero, cuidado, no se trata de ignorar lo que fue o no preocuparse de lo que será, sino de no depositarnos demasiado en ellos. Podemos incluso confundir la «actitud estoica» con un «hacernos los fuertes» y eso no es precisamente lo que se busca. Al contrario, la actitud estoica nos permite centrarnos durante las circunstancias difíciles canalizando lo que se puede hacer en el momento, y muchas veces, no es actuar como si no pasara nada. La desesperación nos abre muchos frentes cuando solamente estamos ante uno, por eso hay que enfocarse en lo que nos está ocasionando el malestar y, así, poco a poco ir resolviendo lo que se pueda. Tampoco se trata de un «desprendimiento» de la realidad, es sólo afrontarla sin añadirle cosas de más.

¿Qué hacer?

Si nos metemos a la red, podemos encontrar muchos consejos y medios para poder buscar la vida estoica o el ejemplo budista, sin embargo, no son remedios que se cumplan de la noche a la mañana. Como todo en la vida, requieren su tiempo y su esfuerzo, al final de cuentas son técnicas para ejercitar nuestra mente y poder aclarar nuestra manera de afrontar la realidad de nuestros días. Todos podemos hacerlo, es sólo cuestión de que nos demos a la tarea de comprometernos con ello.

Ante este tiempo de pandemia, las inquietudes y miedos se nos disparan constantemente. No es de sorprender la gran demanda de apoyo psicológico, pero tampoco se trata de dejarlo nada más en eso. Tenemos que, insisto, ejercitar también nuestra mente. Encontrar un momento y un espacio en nuestro día a día en el que nos centremos solamente en nosotros mismos, en nuestros sentimientos, emociones, pensamientos, miedos, etc., pero sobre todo ser sinceros con ello.

Para esto es bueno un rato de meditación, de oración, poder relajarse escuchando música clásica agradable, hay quienes optan por recursos de aromaterapia para ayudar al cuerpo, etc. Pero lo que más debe predominar en esto es la no negación de la vida, cosa que hemos venido hablando en encuentros anteriores. Las cosas suceden por algo, y muchas veces no sabremos darle una explicación racional, sólo nos queda aceptar y no intentar comprender. Sé que es algo complicado, pero todo en la vida debe tener su sano límite, por lo que si nos esforzamos por tratar de comprender cosas que no tienen una aparente explicación racional, lo único que generaremos es más inquietud y desesperación en nosotros, terminando por explotar y tener crisis emocionales muy fuertes.

Antes de despedirnos, me gustaría compartirles el poema Invictus (traducido al castellano) de William Ernest Henley (1849-1903):

En la noche que me envuelve,
negra como un pozo insondable,
doy gracias al dios que fuere
por mi alma inconquistable.

En las garras de las circunstancias
no he gemido ni llorado.
Ante las puñaladas del azar
si bien he sangrado, jamás me he postrado.

Más allá de este lugar de ira y llantos
acecha la oscuridad con su horror,
no obstante la amenaza de los años
me halla y me hallará sin temor.

Ya no importa cuán recto haya seguido el camino,
ni cuántos castigos lleve a la espalda,
soy el amo de mi destino,
soy el capitán de mi alma.