El mundo es un gran diván y cada persona una circunstancia única y sin igual. La historia es un punto de partida fundamental para poder dar paso a los distintos discursos que hay. Bienvenidos a un espacio de reflexión, donde la filosofía, el psicoanálisis, la literatura, el arte y demás ciencias humanísticas abrirán distintas puertas, ventanas… o agujeros en los muros.
«Siento en mí una energía que me permitirá hacer frente a todos los sufrimientos, con tal que pueda decirme a cada momento: ¡Existo!»
-Fiódor Dostoievski (Los hermanos Karamazov)
Queridos(as) lectores(as):
Como se ha vuelto una alegre costumbre, los viernes sostengo un encuentro muy especial con uno de mis más queridos amigos, un hermano, que se llama Martín. Los dos encontramos juntos ratos de auténtica y serena reflexión en torno a distintos temas que nos incumben en la investigación filosófica, psicoanalítica y demás. Entre esos diversos temas, el existencialismo se ha vuelto uno de sumo interés.
Otro querido amigo en común, Bernardo, una vez me dijo: «En este tiempo se requiere un nuevo existencialismo». ¿Será? Me parece que la intención original de mi querido amigo se torna en repensar el existencialismo, pero no sin hacer de éste algo nuevo. Es decir, ¿qué puede estar aconteciendo en este tiempo que hace que la existencia entre en un profundo cuestionamiento? Ciertamente no es fácil dar una respuesta aventurada a la existencia, pero sí podemos seguir adelante con la postulación central de esta rama filosófica: estamos siendo.
De la desesperación y el desprecio
La noción de la desesperación siempre nos resulta algo interesante para tratar todo aquello que tiene que ver con el existencialismo. De hecho, sin ella no podríamos hablar del segundo. Es sencillo de entender: si no desesperáramos, la existencia nos importaría muy poco o quizá nada. Cuando el hombre cae en la desesperación, en aquello que Kierkegaard sentenciaba como «el morir sin morir», caen en cuenta de su propia finitud. Y es que es el desenmascaramiento de la falsa ilusión en la que nos sostenemos de que «estamos bien».
La lucha contra la ilusión es precisamente romper la máscara del engaño en nuestra propia vida. El pretender que las cosas están bien para presentar un rostro confiado y en aparente calma, es un ejercicio tan desgastante que el ser humano termina enfermando sin entender por qué. Es una lucha contra la verdad que se ha extendido de persona a persona en este tiempo de apariencias e imitaciones baratas.
La desesperación o la pérdida de la esperanza (incluso del poder morir), nos hace preguntarnos si es que no hay de otra. ¿Pero exactamente a qué nos estamos refiriendo con ello? Sea lo que sea, en el fondo conlleva un malestar profundo y radical contra la existencia, contra la vida misma. Porque, ¿qué otra vida podría ser mejor (o peor) que la que tenemos? No lo sabemos, pero pareciera que en nuestra fantasía tenemos la opción de que definitivamente hay algo mejor de lo que estamos viviendo. Eso no es desesperar, eso más bien es despreciar. Para entenderlo mejor: la desesperación es una privación que apuntala hacia los cambios sobre algo que queremos, mientras que el desprecio es justamente la negación de lo que tenemos.
Soy eso que creo que no soy
Al principio cité a Dostoievski y a su maravillosa novela, Los hermanos Karamazov (1880), siendo la última escrita por quienes consideran el padre de la literatura existencialista. En ella, nos encontramos esto también: «El que se miente a sí mismo y escucha sus propias mentiras, llega a no saber lo que hay de verdad en él ni en torno de él, o sea que pierde el respeto a sí mismo y a los demás». Y esto es importante para lo que estamos tratando en este encuentro. ¿De qué sirve quererse engañar sobre la verdad cuando ésta encuentra siempre la manera de desenmascararnos? Podemos decir que el autoengaño es una herramienta de defensa, una resistencia que nos «ayuda» a lidiar con la vida. Somos lo que queremos ser aunque no lo seamos realmente. «Muy valientes cuando nos escondemos como cobardes», solía decir mi papá.
Pero ese desprecio por la vida misma, interpretando un papel que ciertamente no nos corresponde, es una de las principales causas de la enfermedad neurótica que nos acecha a lo largo de nuestros días. Cuando preguntamos si «no hay de otra», lo que estamos haciendo es renunciar a la posibilidad que somos optando por la falsa ilusión de la posibilidad que no somos. Es un desquiciante baile entre el ser y el no-ser. Una apuesta por la inseguridad misma. Lo interesante de todo este vaivén de identidades, es que olvidamos que el querer ser algo más de lo que se es, conlleva la silenciosa responsabilidad de aceptar lo que eso significa ser, es decir, todo cuanto se sufre también por ello.
Nuestra obra magna
El ser humano, en la actualidad, parece ser que olvida que su mayor proyecto es él mismo. En el 2008, se estrenó la película Synedoche, New York, del director Charlie Kaufman. Me parece que es una producción en suma inquietante y un tanto «desesperante», ya que nos presenta la historia de un dramaturgo que tiene la oportunidad de llevar a escena una obra que ha estado escribiendo. Por no querer arruinarles la trama, ya que me gustaría invitarles a que la vean, hay un punto que debemos rescatar: «Hagas lo que hagas, nadie podrá interpretar tu papel en esta vida».
¿Por qué no existe la serenidad en nuestra vida cotidiana? ¿Por qué es que nos vemos tan presionados por las exigencias tan risibles y ridículas de una sociedad tan inestable como la nuestra? En nuestra inherencia en el mundo, olvidamos nuestra subjetividad y la confundimos con un individualismo salvaje, reforzado por un capitalismo que devora nuestra carne y nuestros huesos, haciéndonos pagar por ello. Por un momento podríamos decir que la serenidad es aprender a ser conformes con lo que se tiene, pero en ningún momento significa quedarnos ahí varados. No, porque precisamente la existencia es hacer lo que se pueda con lo que tenemos. Habrá éxito, habrá fracaso, pero siempre habrá aprendizaje. Lejos de querer ser lo que el otro aparenta ser, seamos mejor lo que estamos llamados a ser: nosotros mismos. Siendo, como diría Nietzsche, «los héroes de nuestra propia vida».
Al final, ¿qué narrativa recordarán los demás sobre nosotros y con qué rostro?
¡Muchas gracias por sus palabras en cada uno de los mensajes que me hacen llegar! Me da alegría saber que encuentran puntos de interés en los encuentros que tenemos en esta página, pero sobre todo, me da gusto leer sus inquietudes y preguntas. Confieso que muchas veces me agarran, como decimos en México, «en curva» (por sorpresa), porque siempre hay temas que no se dominan como uno quisiera, pero no por ello dejo de tomar nota y en mis ratos libres me pongo a estudiar. La vida sin estudio sería un desperdicio.
Respondiendo a Gaby, quien muy amablemente me escribió hace unos días, quisiera compartir un poco sobre aquello que se conoce como «la vida auténtica». No es un tema sencillo, pero haré lo posible para abordarlo y que se preste para la siempre oportuna reflexión.
La posibilidad de ser
Muchos han sido los autores que han dedicado notables esfuerzos por escribir sobre la autenticidad. Sin embargo, si hay alguien que lo hizo de manera apasionada, sin duda alguna fue Martin Heidegger. El filósofo alemán, en Ser y tiempo (Sein und Zeit, 1927), nos plantea su pensamiento de tal modo que se dirige a la pregunta por el Ser desde la fenomenología de Husserl, es decir, alejándose de la concepciones aristotélicas y kantianas. En encuentros anteriores, hemos hablado del principio existencialista: uno nunca es, sino que está siendo. De tal modo que no podemos evitar centrar a Heidegger dentro de esta postulación, ya que cuando nuestro autor dice que «algo es lo que es», nos reafirma que es «aquello que está siendo».
Así, podemos decir que el ser humano es capaz de entenderse como la posibilidad misma. De ahí que el determinismo se vuelva algo a cuestionar. Sin embargo, muchos cometen el error de saberse posibilidad apostando por una libertad sin límites. En palabras de Jean-Paul Sartre: «libertad sin responsabilidad no existe». En esto, Heidegger insiste en poner acento en que el hombre debe apropiarse y responsabilizarse de su existencia, por lo tanto, de su vida. Ahora bien, ¿qué sucede con la existencia auténtica?
De la posibilidad
No vamos a decir que Heidegger tiene un pensamiento novedoso, de hecho sería muy aventurado tan siquiera suponerlo. Porque no debemos olvidar que él estudió ampliamente a Friedrich Nietzsche, pero tampoco caigamos en la idea de que ahí es donde se detiene nuestro retroceso en la génesis de lo que estamos revisando. En fin, no hagamos de este encuentro una Historia del pensamiento. Pero volviendo con Nietzsche, hay que tener presente que en su ardua labor, él nos invitaba a apropiarnos de nuestra vida, dándonos a pensar las terribles consecuencias para nosotros en el malestar que retoma de la noción griega clásica conocida como «eterno retorno de lo mismo». Si no somos capaces de elegir nuestra vida, ¿cómo podemos esperar que hayamos vivido realmente?
¿Cuántas veces nos hemos visto tentados por algo que deseamos con todo el ser, pero que por x o y cosa, no nos atrevemos? Ciertamente se nos presentan arrepentimientos profundos y que nos hacen incluso hasta maldecirnos. No caigamos en algo moral que limite el entender de este sencillo punto. Heidegger dirá que la vida auténtica es apropiarse genuinamente de la posibilidad que se nos presenta. Por el lado contrario, la vida inauténtica nos sitúa al mismo nivel de las cosas del mundo, una repetición de lo mismo, una y otra vez sin opciones, sin posibilidades. Esto lo vemos muy bien reflejado en eso de «que alguien más decida», y que no queda sino seguirle como un rebaño, como una masa sin voluntad, sin pasión por la existencia.
Sapere aude!
¿Recuerdan esa expresión? Sí, se trata del lema de la Ilustración. ¡Piensa por ti mismo! La vida auténtica hace homenaje al individuo que se abre camino contracorriente. Tal como un salmón que brinca y brinca, nadando contra las feroces aguas de los ríos. Pero aquí está la advertencia que les hacía con anterioridad. No se trata de hacer las cosas «sólo porque quiero», porque ello nos conduce a la inautenticidad. No confundamos autenticidad con capricho o con rebeldía sin causa.
Saberse únicos e irrepetibles, como toda existencia lo es por sí misma, no significa en ningún momento saberse privilegiados por encima de los demás, de los dictámenes de la sociedad o de alguna institución. Pero sí es pensar a partir de lo pensado. Es decir, el ser humano ha presumido durante siglos que el uso de la razón es lo fundamental que lo distingue de todos los animales (pensar que sólo un cromosoma nos diferencia del chimpancé…), pero pareciera que esa presunción se olvida cuando no se cuestiona lo que se escucha, lo que se ve, lo que se siente. A ver, cuestionar no quiere decir «estar en contra» nada más porque sí, al contrario, es el insistente recordatorio de no dar las cosas por sentadas, atreverse a preguntar el porqué de ellas. ¡Pensar por uno mismo!
Nuestro miedo común
Como seres humanos, estamos conscientes poco a poco de nuestra propia finitud. Todos tememos a la muerte, pero eso que es tan natural, se vuelve una desquiciante huída para evitarlo. Eso es lo que diría Heidegger precisamente sobre las vidas inauténticas. El no mirar hacia la muerte, el querer evadirla, no es otra cosa que no querer enterarse de la Verdad. Por eso es que hoy estamos sumergidos en una crisis de identidad, de autenticidad. Hay momentos en que los humanos parecemos borregos, que sólo están ahí, arrojados al destino que otros sentencian u ofrecen. Eso es despreciar la vida.
El miedo a la muerte se vuelve un silencioso miedo a uno mismo. Y caemos en dudas, en cuestionamientos, en cosas que nos hacen privarnos de nuestra propia posibilidad abierta al mundo. «Yo no soy capaz de», «yo no podría», «yo no soy la mejor opción», etc. El imperio de la inseguridad da paso a la tiranía de aquellos que, en su supuesta autenticidad, han descubierto lo tremendamente influyentes que pueden llegar a ser sobre los otros, pero claro, sin responsabilidad alguna.
Para concluir, la vida auténtica es elegirse a uno mismo y con ello elegir poder pensar, hacer y decir por uno mismo. Y cuando la sociedad de individuos auténticos se logra, sólo es a través del diálogo, de las propuestas, de los debates y de la apuesta por el progreso de todos, no sólo de unos.
Como ustedes saben, en estos encuentros he sostenido incontables veces que para poder conocer una noción, hay que ir directamente a la etimología. Tratándose del castellano, debemos voltear al latín y al griego, pero también al árabe. Asimismo, en varios puntos hemos recurrido a la mitología para poder ampliar los conocimientos que creemos tener sobre los diversos temas.
En este encuentro, vamos a centrarnos en el amor. Primero, antes que nada, cumplamos con lo que iniciamos, vayamos a la etimología. En este caso nos es más de interés la génesis griega. En la Antigua Grecia, encontramos 4 tipos de amor, a saber:
–φιλία (filia): el que se tiene por los amigos, compañeros y objetos.
–στοργή (storge): el que sienten de manera natural los padres por sus hijos.
–Ἔρως (eros): aquel que se inclina por lo apasionado, por lo sensual.
–ἀγάπη (agapé): complicado, pero lo podemos traducir hacia un amor anímico, del alma, un amor puro hacia el mundo.
Sin embargo, podemos añadir a estos tipos de amor uno que conocemos como xenia, que es el amor de la compasión, la hospitalidad y la camaradería hacia los extraños o extranjeros.
Estos tipos de amor conllevan su propia «condena». Vamos, el amor es trágico. ¿Pero por qué? Porque el amor va acompañado siempre de un contrario: el dolor.
«Se sufre cuando no se tiene. Se sufre por temor a no perderlo. Se sufre cuando se tiene y se piensa que se puede perder. Se sufre cuando ya se ha perdido».
Una fórmula en demasía pesimista. Pero no hay que dejarnos tocar por ese dolor, ya que justo uno queda en la idea y otro queda en el hecho. «Saber amar implica aceptar nuestra falta». Han sido incontables los que han escrito sobre el tema y no nos vamos a detener en cada uno. Pero haciendo eco a las veces que he repetido que en nuestro tiempo estamos muy carentes de amor, empatía y ternura, me gustaría contarles algunos relatos mitológicos sobre el amor que pudieran ser motivo de reflexión para cada uno de ustedes.
Hero y Leandro: el amor como un faro
Este relato se sitúa en la ciudad de Sesto (la encontramos junto al Peloponeso). Por un lado, tenemos a la hermosa Hero, una doncella que había sido consagrada a la diosa Afrodita. Su belleza era tal, que tanto Apolo y Eros la cortejaban constantemente. Sin embargo, la joven se mantenía fiel a su servicio como sacerdotisa de la diosa del amor. Un día, un joven de nombre Leandro, acudió al templo para rendir homenaje a la diosa. La hermosa sacerdotisa posó sus ojos en él y quedó cautivada, y para su sorpresa, Leandro también quedó fascinado por ella.
Sin embargo, el amor de los dos jóvenes, se encontró con la negativa de sus familias, llegando incluso a amenazarles para que cesaran sus encuentros. El amor de Hero y Leandro era tan grande, que no importó amenaza alguna para ellos; usando una linterna, que Hero colocaba en su ventana al caer la noche, avisaba al valiente Leandro de que podía ir a visitarla. Para ello, el joven se aventaba al Helesponto para nadar hacia los brazos de su amada. De aquí que se conozca el «el amor es un faro». A Leandro no le importaba el riesgo que era nadar en la noche por las misteriosas aguas, pues su valentía era recompensada con el amor ferviente de Hero. Hasta que una noche, la tragedia acabó con tan amorosos encuentros.
Los fuertes vientos que soplaron aquella trágica noche, apagaron la linterna justo cuando Leandro yacía nadando hacia Hero. Perdido en la oscuridad, aunque redobló sus esfuerzos, el joven murió a causa de las fieras olas. Al día siguiente, angustiada, Hero acudió a la playa sólo para encontrar que el cuerpo de Leandro era depositado ante sus pies por el mar. Herida profundamente, Hero se arrojó al mar para encontrarse con su amado en otro lugar.
Eurídice y Orfeo: el amor desafiante y que espera
No podíamos dejar de mencionar la triste historia de estos amantes. Orfeo era hijo de Eagro, quien era rey de Tracia, y de la musa Calíope. Era un hombre tan virtuoso, querido y amado tanto por hombres como por los dioses mismos, que su música y canto lograban verdaderos prodigios. Un día, Orfeo encontró a la ninfa Eurídice, de quien quedó profundamente enamorado, al igual que ella de él. Era tal la alegría del mismo Zeus por ver a Orfeo tan feliz, que se cuenta que los ríos y los campos cantaban de alegría al ver a los dos amantes juntos. Sin embargo, un día, Eurídice se percató de que un pastor de nombre Aristeo la acosaba, se escondió detrás de unos arbustos, sin percatarse de que yacía ahí una serpiente, misma que la atacó, terminando así con su vida.
Nada pudo hacer el desesperado Orfeo al tenerla entre sus brazos y ver cómo ella moría. En su tristeza, sus cantos se volvieron tan dolorosos para Zeus y otros dioses, que le permitieron que viajara al Inframundo para rescatar a su amada. Una vez ahí, alegre por la oportunidad que le habían concedido los dioses, Orfeo entonó cantos que llegaron a los oídos del propio Hades y de Perséfone, quienes maravillados, permitieron que el héroe pudiera llevarse a su amada con él. Pero, se le fue puesta una condición a Orfeo: «Podrás llevarte de aquí a tu amada, pero no podrás voltear hasta no haber alcanzado ambos el lugar donde la luz del sol bañe la tierra de los vivos». Agradecidos, los dos amantes caminaron hacia su destino. Apenas Orfeo hubo tocado la tierra acariciada por el sol, desesperado por ver a su amada, volteo con rapidez, sin haberse fijado que Eurídice todavía no cruzaba el umbral. Lo último que Orfeo escuchó por parte de su amada fue un doloroso y triste «adiós… mi amado Orfeo… ¡hasta pronto!», desapareciendo tras las sombras de la muerte.
Dolido por su pérdida, Orfeo viajó entre los bosques tratando de encontrar consuelo con su lira. Sin embargo, los celosos dioses, no querían que un humano anduviera por la Tierra con los conocimientos de la vida después de la muerte, por lo que encomendaron a las Ménades ir tras él, terminando por despedazarlo.
Alcestes y Admeto: el amor que da vida
Nuestra historia comienza en la ciudad de Feras (Tesalia), donde Admeto era el querido y admirado monarca. Sin embargo, la enfermedad estaba causando estragos en el regente y el pueblo estaba desconsolado y en demasía preocupado. Nada se podía hacer por su amado rey. Apolo, quien tenía en alta estima y cariño a Admeto, suplicó con tristeza a Zeus que le permitiera salvarse de la muerte. Sin embargo, éste explicó al suplicante dios que no le era posible detener la rueda del Destino. Pero al ver al desconsolado Apolo, Zeus dio una condición: «Si quieres que tu querido Admeto se salve, tendrás que ofrecer a las Moiras otra alma en su lugar».
¿Quién estaría dispuesto a ofrecerse en lugar del rey? Como era de esperarse, el amor y la devoción por este tan querido ser, no era lo suficiente como para sacrificar la vida en su lugar. Ni sus ancianos padres, ni su familia, ni sus devotos súbditos. La esperanza parecía perdida y Apolo se lamentaba profundamente. Hasta que Alcestes, la esposa del rey, se ofreció ocupar el lugar de su amado en el Hades. ¿Pero cómo podría Apolo permitir tal sacrificio? Después de todo, Alcestes era joven y una amorosa madre que dejaría en desamparo a sus hijos. El benevolente dios trató de todas las formas posibles de persuadirle, pero Alcestes se negó a arrepentirse de su decisión. Mientras que Admeto se recuperaba favorablemente, la reina Alcestes se encontraba más cercana a la muerte.
Gracias al feliz destino, Hércules se encontraba en Feras, por lo que al enterarse del valiente sacrificio de la reina Alcestes, rogó a su padre Zeus poder intervenir, por lo que cuando Tánatos (Muerte) estuvo a punto de llevársela, el héroe le apretó entre sus brazos y le ordenó alejarse de la moribunda mujer. Lleno de miedo, Tánatos se escapó y se marchó sin el alma de Alcestes. La reina recuperó la salud, así como su amado esposo. Y en muestra de su benevolencia, el rey disculpó a todos los que se negaron a ayudarle.
Psique y Eros: el amor perfecto
Por último, me gustaría contarles sobre estos dos. Psique (alma), era la menor de las tres hijas de una reina. Era tal su belleza que habían comentarios que la comparaban con la mismísima Afrodita, incluso hacían que llegara a ser más hermosa que la diosa. Afrodita, al ver que las miradas se iban hacia la joven, llena de celos e ira, ordenó a su hijo Eros que fuera, en forma de un horripilante monstruo, a ponerle fin a la vida de Psique. Las hermanas de Psique habían logrado contraer matrimonio, pero ella se mantenía soltera sin ningún pretendiente. Desolado por la tristeza de su hija, su padre fue a consultar al Oráculo. Pero lo único que logró fue espantarse ante la profecía dada: habría de vestir a su hija con vestidos nupciales y abandonarla a su suerte en lo alto de una montaña, pues Destino había sentenciado que una feroz bestia se hiciera con ella.
Aunque con temor, el padre cumplió con lo dicho por el Oráculo. Una vez sola, Psique fue guiada por un céfiro hacia un valle donde yacía un hermoso castillo de oro. Ahí fue atendida por sirvientes que Psique no podía ver. ¿En qué lugar se encontraba la joven? Llena de dudas, Psique escuchó un murmullo en su oído que respondía a la pregunta de dónde estaba: «Yaces ahora en donde serás amada y donde tus deseos serán realidad». La joven fue descubriendo que cada cosa que ella pedía, se veía cumplida de forma inmediata. Llegada la noche, se le hizo saber que su esposo había llegado para cumplir con las labores conyugales. Ella, asustada por lo que le había contado su padre sobre la feroz bestia, sólo encontró ternura y dulzura por parte de su esposo, sin embargo no podía notar su forma física. Al llegar la mañana, el misterioso ser desaparecía para no ser visto por Psique. Y así pasaba todo el tiempo, muy al pesar de la joven quien le pedía a su esposo poder mirarlo y que éste se negaba rotundamente. «¿Qué acaso no somos dichosos? No te atormentes pues en saber quién soy y sólo disfruta de todo lo que amorosamente te ofrezco».
Un día, Psique fue visitada por su familia, recibiendo un consejo perturbador por parte de sus hermanas: ella debería matar a su esposo. Sin embargo, ella no aceptó tal cosa, antes bien se armó de valor y, cogiendo un candil, se animó a alumbrar el rostro de su amoroso esposo en la noche. Ella descubrió que se trataba de Eros, quien no pudo evitar enamorarse de ella y pasar de largo la orden de su madre Afrodita. Sin embargo, el enojado dios, desapareció junto con todos los lujos que le había ofrecido a Psique, dejándola sola una vez más en la cima de la montaña. La joven se dispuso a buscar a su amado por todas partes, no sin sufrir los castigos de la iracunda Afrodita por todo ese tiempo. Pero Eros, no dejó de amarla, por lo que la ayudaba a superar todo dilema ocasionado por su madre.
Eros suplicó a Zeus poder estar con su amada por toda la eternidad, por lo que el padre de los dioses accedió, haciendo llevar ante él a Psique. Le hicieron comer ambrosía y beber el néctar, haciendo que ella alcanzara la inmortalidad. Así fue como, ante la presencia del Olimpo, Psique y Eros, es decir, el alma y el amor, quedaron unidos por toda la eternidad.
Lo que nos queda es amar
Me disculpo por este recorrido tan largo. Pero como entenderán, la mitología nos brinda de varias historias que nos pueden ayudar a orientarnos en nuestras vidas. Ciertamente han sido historias tristes que ponen a prueba al hombre y a la mujer en todo momento. Es que el amor es así, una prueba constante. ¿Amar o ser amados? ¿Sólo se puede uno? No, la realidad es que son cosas que todos buscamos, de maneras distintas y que, del mismo modo, encontramos. Creemos que amamos (idealización) a alguien en específico, esperando ser correspondidos. A veces así sucede, a veces no. Pero pesa mucho el no serlo, por eso es que caemos en cuenta de lo doloroso que es amar.
Sin embargo, no debemos perder nunca el amor propio al perder el amor del otro, pues nos quedaríamos sin amor, sin esperanza. En el corazón debemos abrazar al amor en tanto que nos da la esperanza del día a día. San Agustín nos recuerda «ama y haz lo que quieras», ya que «la medida de todo es el amor».
Así que, a pesar de que el amor nos resulte algo trágico, siempre hay la esperanza de seguir amando. Un día, el amor será tan grande, que hará un eco tan fuerte, que inevitablemente hará que alguien se guíe hacia nosotros.
¿Qué es lo que hace bello a un hombre o bella a una mujer? ¿Qué clase de estándar se «debe» seguir o tomar en cuenta para determinar algo así? Ciertamente, la noción de la belleza ha ido modificándose con el pasar del tiempo. Sin embargo, no así los prejuicios y los comentarios crueles. ¿Pero qué es lo que nos hace señalar al otro en «su fealdad»?
¿Alguna vez leyeron el cuento de Hans Christian Andersen, El patito feo? Grosso modo, el escritor danés encontró la forma de sublimar el profundo malestar que le agobiaba desde su infancia, ya que según tenemos entendido, no era un hombre muy agraciado que digamos. De hecho, se habla de que él fue rechazado tanto por hombres y mujeres. Cabe mencionar que existe un rumor de que el filósofo danés, Sören Kierkegaard, con quien tenía una relación en extremo complicada, llegó a mofarse de él diciendo «tan rechazado es que sólo le queda escribir para los niños, quienes en su inocencia, son nulos conocedores de la belleza». En fin, un rumor más de intelectuales.
La belleza de la diferencia
En el mencionado cuento de Andersen, se nos narra la historia de una pata que esperaba ansiosa porque sus polluelos salieran de los huevos. Ella los esperaba hermosos y lindos. Eventualmente, fueron quebrando los huevos y uno por uno llenaron de orgullo a su madre. Hasta que del último huevo, salió un patito negro, regordete y nada parecido a sus hermanos. «¡Tú no puedes ser mi hijo!» -exclamó la pata enojada-. Desde pequeño, el rechazo materno le valió un aparente destino triste al pobre patito.
Poco después, el patito se aventuró por el mundo, encontrando rechazo y malos tratos. Hasta que llegó a un lugar donde había una mujer. Dulcemente, el patito le pidió poder quedarse, cosa que le fue concedido, pero con un deje de desprecio. Una vez que creció, los humanos veían que aunque estaba feo y gordo, se lo podían comer. ¿Sacarle utilidad a alguien a pesar del rechazo que nos genera? Sigamos. Al escuchar eso, el patito escapó y llegó a un lago, donde vio a unos «patos». Se acercó al más anciano y le pidió poder meterse al lago, comer y descansar por un tiempo. «¡Claro que sí!» -le contestó emocionado el anciano-, Tú eres de los nuestros. ¿De los nuestros? Fue en ese momento en el que al mirarse en el agua, que fungía como un espejo, el «patito» descubrió que se había convertido en un hermoso cisne negro.
Sí, era diferente, y la diferencia sucede que nos causa desconfianza, temor y en ocasiones rechazo.
La perspectiva de uno es su confesión
No dejo, ni dejaré, de afirmar que lo que decía Emmanuel Levinas es importante, sobre todo en este tiempo carente de amor, empatía y ternura: mirar al rostro del otro desde la bondad, no desde el ser. De hecho, vamos a ir un poco más atrás al encuentro con el filósofo escocés, David Hume, quien decía que «la belleza de las cosas existe en el espíritu de quien las observa». Y más atrás todavía, en un diálogo de Platón (cuyo nombre no recuerdo por el momento), si mal no recuerdo, Alcibiades diría: «No te hace parecer bello tu naturaleza, sino la debilidad de los ojos que te miran».
Esto nos ayuda a entrar en el famoso debate que inicia con un «¿dónde yace la belleza?». ¿Cómo es posible que dos personas puedan observar o contemplar una flor y no encontrarla al mismo nivel de bella? A mi creer, se trata justo de la perspectiva de cada uno de nosotros. Lo que es bello para unos, es feo para otros. Pero en ese juicio temerario, nos pasamos por alto que en muchas ocasiones hablamos sobre las personas, y al hacerlo, ignoramos la inseguridad, los comentarios ofensivos que han tenido que soportar de quienes no los consideran como parte de los suyos. Y cuánto dolor y tragedia puede provocar.
Amar la diferencia es amar al mundo
Recuerdo con especial cariño una intervención del Papa Francisco, misma que hizo eco distinto en los oídos del mundo (parafraseo): «Las diferencias enriquecen, nos dan la oportunidad de aprender a amar sin prejuicios». Volviendo al Patito feo, debemos rescatar la importancia de la familia, de pertenecer a un grupo. Carentes de esto, los niños se van desarrollando con una auténtica crisis de identidad, no hablemos de las tremendas inseguridades con las que crecen y que luego terminan degenerando en dolorosas realidades. Aunque, cuidado, no debemos confundir la salud con la belleza.
Hoy en día, existe una notoria campaña de prevención contra la obesidad, misma que causa diversos y peligrosos problemas de salud. Hay que mantenerse en forma, alimentarse lo mejor posible y no excederse con ciertos alimentos ricos en grasa. Pero el culto al cuerpo, si no se equilibra con el cuidado de sí, hace que la sociedad se vuelva tan exigente que se olvide la intención por la salud y se torne en una fanática exigencia de perfección física.
Justo ayer leía lo siguiente:
«Del cuerpo de la gente no se habla. Si hay un cuerpo del que quieras hablar, hazlo sobre el tuyo… y ojalá que sea con palabras amorosas».
La temporalidad de lo físico
En el mundo griego, la belleza no sólo se hablaba desde lo físico, sino también desde lo anímico. Al hablar de la belleza, los griegos entendían que un ser humano era realmente bello cuando existía armonía entre el cuerpo y el alma bella, ya que esta última tendría que llevar las cualidades que los dioses poseían. Hay que recordar que la belleza física está «sentenciada» por el tiempo, pues como diría aquel sabio refrán: «todo por servir se acaba y termina por no servir». El cuerpo está condenado al paso del tiempo, lo que ahora es bello, mañana quizá no los sea tanto. Insisto: el cuidado de sí nos ayuda a que la belleza física se mantenga y no se desgaste tan rápido. Pero la belleza del alma es la que durará incluso cuando ya no estemos aquí, porque serán nuestras cualidades las que maravillen e inspiren a los demás.
O como diría el Quijote: «Ama, no lo que eres, sino aquello en lo que te puedes llegar a convertir».
He leído en los últimos días, confieso de manera preocupante, cómo lo que unos considerarían como «el rebaño» (la multitud, la masa, etc.), han manifestado un creciente malestar sobre las limitaciones propias de la pandemia que estamos viviendo/padeciendo muchos. Hablamos, por supuesto, desde el lugar del privilegio cada uno de nosotros. Recuerdo a un profesor en la universidad que nos daba un seminario sobre el sentido común, basado en el filósofo escocés, Thomas Reid. ¿Es posible tal cosa? ¿Es realmente factible pensar que la sociedad en la que vivimos se puede dar ese «lujo» de apostar por lo común? Ciertamente, en la época del individualismo salvaje y del nihilismo sofocante, parece ser que no…
Sin embargo, la excepción a la regla se hace presente y podemos decir que sí, sí es posible. Y podríamos modificar eso de «sentido común» y apostar más por otra palabrita que alguno que otro lector mío se ha mostrado un poco desorientado al respecto: prioridad. Esta palabrita viene del latín medievo prioritas, mismo que deriva de prior, es decir: aquello que es primero entre dos. ¿Y cómo podemos sustituir «sentido común» por «prioridad»? Simple: empezando por uno mismo.
Nietzsche: el monumento de una crisis
Justo el día de ayer, conmemoramos el fallecimiento de Friedrich Nietzsche en 1900. Podemos decir que la primer etapa de la obra del filósofo alemán se centró en los ídolos, en la veneración a ellos. En esto nos referimos especialmente a sus «héroes» de su juventud: Richard Wagner y Arthur Schopenhauer. Pero es más de nuestro interés en este encuentro centrarnos en la segunda etapa, donde Humano, demasiado humano (Ecce homo, 1878) sería el punto de partida hacia la obra más biográfica del autor (junto con Aura y La gaya ciencia). Pero, ¿por qué nos interesa entonces? Justo, Ecce homo, Nietzsche lo denominó como «el monumento de una crisis». Por crisis, nuestro autor entiende la oportunidad u ocasión de liberarse para poder llegar a ser sí mismo. Esto implica un desprendimiento de los vínculos de veneración, que a modo de vendaje, le cegaban sobre su tarea primordial: su propia vida.
Al mencionar «nuestra propia vida», tenemos que hacer hincapié sobre lo que tiene que decirnos sobre la autenticidad. Fue Martín Heidegger quien retomaría lo que autores como Kierkegaard y Nietzsche sostendrían en sus respectivos pensamientos: la existencia exige la autenticidad, la vida auténtica. Cuando hablamos del sentido o del bien común, descuidamos en el proceso el sentido y el bien propio (de ahí que hablemos de la influencia griega del cuidado de sí). ¿Cómo podemos pretender algo común si no conocemos o damos prioridad a lo que nos es propio? ¿Acaso un médico enfermo puede atender bien a un paciente? La prioridad en la vida de cada uno de nosotros consiste en apropiarnos de nuestra propia vida, de hacer nuestro el momento en el que estamos, abordar las circunstancias y lidiar con ellas (el paso estoico).
Sobre la falsedad y la ilusión
Uno de los más grandes obstáculos que encontramos en nuestro andar diario, irónicamente, proviene de nosotros mismos: la ilusión que degenera en el abrazo de la falsedad. Nietzsche, en El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música (Die Geburt der Tragödie aus dem Geiste der Musik, 1871-1872), en una de sus muchas interpretaciones, nos conduce a un padecimiento muy humano: negar la vida. Ya hemos hablado anteriormente sobre esto, pero podemos recapitular de cualquier modo. Negar la vida implica quedarnos sólo con aquello que nos es placentero, huyendo y rechazando lo malo y que nos provoca tristeza y dolor. Hacer eso es precisamente no querer enterarse de lo que la vida nos ofrece a todos. Si retomamos la enseñanza estoica, debemos aprender a cómo lidiar con las circunstancias de la vida, poder ver y comprender nuestra participación o ausencia de la misma ante las cosas que pasan.
La falsedad es la zona de confort en la que muchas veces aterrizamos por el hecho de lo insoportable que resulta la Verdad. Es por ello que nuestra mente se permite la ilusión, misma que nos da cierta esperanza. Y quiero hacer un paréntesis en este punto: hay de ilusiones a ilusiones, no todas están mal. El problema es cuando hacemos que nuestra vida dependa ciegamente de una ilusión que niega el acceso a la realidad. Podemos decir que es sobreponer una ilusión meramente subjetiva sobre la objetividad. De ahí que choquemos de frente con la desilusión de aquello que no queríamos ver, aquello que no queríamos vivir, y cuando sucede eso, no tenemos las herramientas para enfrentarlo.
¿Por qué la pandemia no ha disminuido? ¿Por qué parece que va para largo? ¿De quién es la culpa? ¿De los gobiernos? Son preguntas que nos hacemos a diario y siempre encontramos culpables. Pero, ¿qué tan culpable es uno de lo que también pasa? Es que, precisamente, al albergar falsas ilusiones y tomarlas como bandera para «vivir la vida», renegamos de la libertad misma pues no nos hacemos responsables de ello. Una vez más: la libertad sin responsabilidad, es un capricho de los tercos.
La autenticidad como clave
En un mundo de copias es bastante simple encontrar el dolor, la desesperación y la enfermedad. ¿Por qué? Porque parece que existe una guía de lo que significa vivir, de lo que hay que hacer para que «valga la pena». He escuchado a muchas personas que se lamentan el no poder ir a fiestas, antros, etc. He visto a muchos que sí van. Pero lo que más me llama la atención es algo que suelen repetir como pericos: «de algo nos tenemos que morir». Y queda demostrado el individualismo salvaje, en tanto que mientras yo disfrute, aunque tenga el riesgo de contagiarme, no importa el otro. Un ejemplo rápido. Un adolescente, recién vacunado con la primera dosis, se aventura a irse de fiesta una noche con un «pequeño» grupo de amigos (aproximadamente 20, en un espacio cerrado como lo es un departamento); todo es risa y diversión hasta que a los pocos días recibe un whatsapp terrible: «Oigan, di positivo a COVID, les aviso por si acaso». ¿Qué hacer? ¿Cómo le explica a sus papás y a sus abuelos que viven con él, que se fue a la fiesta a la que le pedían que no fuera? ¿Estará contagiado? ¿Habrá contagiado a su familia? El placer y la diversión de un momento, se tornan en desesperación y miedo.
El ser auténtico nos sitúa frente a frente a nuestra prioridades. Nos lleva de la mano hacia lo que podemos y debemos hacer. Encontrar que en la vida no hay un sólo camino donde pasan las ovejas, sino que hay senderos para descubrir otros paisajes.
«Siempre fue mi deseo resultar agradable a los demás y mucho me ha dolido que siempre me fueran indiferentes. Huérfano de fortuna, tengo, como todos los huérfanos, necesidad de ser objeto de afecto por parte de alguien».
-Fernando Pessoa
Queridos(as) lectores(as):
Escribir se me ha complicado mucho en este tiempo. Sigo en amoroso duelo por la ausencia de mi papá. Pero no dejo de estar al pendiente de las inquietudes que llegan a compartirme en mis redes sociales. De hecho, muy pronto habrá algo nuevo para compartir con ustedes.
Hay una inquietud que me hizo llegar L., un joven originario de Guatemala. Les comparto un breve fragmento de su mensaje: «[…] me siento tan sólo y olvidado, que me consuela poder escribirte y esperar a que me leas». En efecto, le contesté a la primera oportunidad, pero confieso que su inquietud la siento muy personal. El olvido es un tema que cala nuestros huesos y duele, en verdad mucho. Por eso empecé con la frase de Pessoa que recordé de su aclamado texto El libro del desasosiego (Livro do Desassossego, 1982).
Huérfanos de fortuna
«Querido L., siento tu soledad y te comparto la mía. ¿Sabes? Al final de cuentas, todos en el mundo somos soledades que nos encontramos». Así empecé mi respuesta al amigo guatemalteco. Regresando al escritor portugués, dicho libro es el resultado de una recopilación de notas, fragmentos, aforismos y reflexiones filosóficas que no fueron publicadas debido a su muerte. Pessoa a lo largo del libro él se presenta como un desafortunado, un «huérfano de la fortuna». Llega a esa conclusión porque incluso ha perdido el deseo de algún día ser feliz.
No puedo compartir el contenido central del porqué de la inquietud de L., pero puedo asegurarles que es resultado de la terrible indiferencia y del salvaje individualismo que vivimos en nuestros trágicos días presentes. De hecho, recordé un encuentro que tuvimos en esta página hace tiempo que tenia que ver con la soledad de los enfermos. ¿Qué hace que la gente «se olvide» de los demás? ¿Qué es lo que no se ha hecho como para asegurar la presencia de los otros? Son tantas preguntas e incontables respuestas. Pero una vez más, el amor vuelve a ser el centro de atención en esta notable búsqueda.
¿Dónde están los demás?
Es curioso que esa pregunta nos la hagamos siempre cuando estamos pasando momentos difíciles. Porque cuando no es así, y al contrario, son momentos felices, sabemos exactamente dónde están los demás. El tema de la presencia y la ausencia, a mi creer, cae en un tema de interpretación, entre el ser y el estar. ¿Qué significa ser? ¿Qué significa estar? Varias veces he insistido en la importancia del saber ser y del saber estar, cosa que no ha sido fácil ya que es algo que cae en la mera opinión personal de cada uno de nosotros, pero que sin lugar a dudas, en el notable esfuerzo que cada uno hace para explicarse, se pierde toda intención y se vuelve, más bien, una justificación de la falta.
El amor, tal como pensaría Pessoa, es el único bálsamo que puede ayudarnos a sobrellevar la pesada existencia y sus drásticos avatares. Pero ese amor no puede ser egoísta, debe conocer de espacio y tiempo, es decir: cuándo darlo, a quién, de qué manera, etc. Recordemos a Emmanuel Levinas: mirar al otro desde la bondad. Todos tenemos problemas, cierto, pero hay quienes la están pasando peor, y a veces no somos capaces ni de imaginar qué tanto. El doloroso silencio de los que esperan. Querido L., cuando leí «esperar a que me leas», me recorrió el cuerpo una sensación de tremenda ternura que sólo un abrazo sincero puede ofrecer al otro.
La espera es justo un acto que nos sostiene a pesar de las circunstancias. Cuando una persona se siente atrapada en el olvido, hay una silenciosa espera en su corazón de ser recordado, de ser tomado en cuenta, de que alguien le hable o le escriba. Y aunque no suceda nada de eso, esa espera se vuelve una suerte de fuerza. Pero, cuidado, no pensemos que esa «notable fortaleza» sea duradera. En algún momento, la realidad puede pegar con toda su ira y desencadenar tristísimas consecuencias.
Mientras aquí siga, te sigo.
Las muestras de amor, los detalles, aquellas lindas ocurrencias que hacen sonreír al que está triste, son auténticos regalos. Pero no se trata de lo que se hace o lo que se da, sino de quien lo hace y quien lo da. Como le decía a L., «somos soledades que se encuentran». Aunque he defendido la importancia que tiene en nuestra vida vivir nuestra propia soldad, también es importante señalar que como todo, al exagerar, puede ser peligroso.
¿Qué decir? ¿Qué hacer? Caray, con el estar uno aprende a ser y a hacer. Es un hecho. No desperdiciemos el tiempo y recordemos que ante la terrible pandemia que estamos viviendo, la esperanza somos nosotros para muchos otros. «Cosechas lo que siembras»: que el olvido no haga que te olviden después.
Espero que estén bien. He recibido mensajes de su parte preguntando por qué ya no he escrito nada en estas últimas semanas. Les comparto que mi papá falleció el miércoles 21. Ya era grande y tenía varios problemas de salud, pero su partida fue en paz y sin sufrimiento. Agradezco a mis amigos, familiares, ex alumnos, colegas, etc., por todos sus gestos generosos de amor y respeto, primero hacia mi papá, y por su cariño y compañía para conmigo.
Pero la vida debe seguir, por eso es que las crónicas también deben seguirse redactando. En esta ocasión, como bien advierte el título, retomaré lo que ya hace tiempo mencioné brevemente sobre aquella escuela filosófica conocida como estoicismo y cómo puede ayudarnos a lidiar con la «difícil vida».
Notas estoicas
Recordemos un poco sobre esta escuela. Su fundador fue Zenón, quien por el año 300 a.C. visitó Atenas, proveniente de la isla de Chipre. En aquellos años, se estaba dando lo que conocemos como la época helenística de la Filosofía, es decir, varias escuelas fueron fundándose a partir de las enseñanzas de Aristóteles, Platón y demás filósofos griegos clásicos.
Zenón fue aprendiendo de las diversas escuelas, sin embargo, se empeñó en la empresa de crear la suya. Para esto, encontró en la Stoa Pintada, un pórtico en el centro de Atenas, el lugar indicado para ello. Sus alumnos se conocieron, precisamente, como «estoicos». ¿Qué significa stoa? Grosso modo, columna. Y esto tendrá que ser tomado en cuenta para entender la postura de la filosofía de Zenón. Si bien fueron sus alumnos, Cleantes y Crisipo, quienes ampliaron el conocimiento de sus enseñanzas, no tenemos ningún texto de ellos en la actualidad. Tuvieron que pasar varios años para que el estoicismo encontrara en los filósofos romanos una mayor difusión. Pensamos específicamente en tres: Séneca (maestro de Nerón), Epicteto (un esclavo que logró obtener su libertad) y Marco Aurelio (emperador romano). ¡Qué vidas tan distintas!
Pero, ¿qué enseña el estoicismo? Sin duda sería interesante e importante hacer un gran resumen de las ideas de esta escuela, pero vamos a limitarnos a decir lo siguiente (pidiendo perdón a mis colegas filósofos que lleguen a leer esto por mi atrevimiento): ¿cómo ves la vida? Tal cual, el estoicismo es una invitación a una profunda reflexión de cómo participamos de y en la vida. Podemos decir que es una visión de la filosofía como terapia para nuestra mente. De hecho, no es nuevo, ya que Sócrates sostenía que la Filosofía se encargaba de curar nuestra alma. (Podemos agregar aquí que el estoicismo debe ser considerado como una columna de la psicología, el psicoanálisis y demás psicoterapias).
No despreciemos la mente
Hace poco, sostuve una brevísima plática en una red social con una mujer a la que sigo. Ella en una de sus stories compartía que pasaba por momentos de depresión e invitaba a sus followers a que no descuidaran su salud mental. Además de felicitarla por brindar ese consejo tan valioso en una época tan complicada, se prestó la oportunidad para que ella, generosa y valientemente, me compartiera un poco sobre su padecer. Por ello es que también me animé a escribir sobre esto. Gracias, querida A.
Curiosamente recordé un librito que se volvió popular hace ya varios años, mismo que era prohibido por muchas mamás mexicanas porque era de los Simpson’s, de esos «dibujos del demonio». El libro en cuestión se llamaba Guía para la vida, y el autor era el mismísimo Bart Simpson (El Barto). Evidentemente el contenido era pura broma y cosas irreverentes, pero no dejaba de ser algo llamativo y no dudo que uno que otro tema haya servido para muchas cosas a incontables personas. Yo guardaba mi copia bajo la cama para que no desapareciera como la primera copia que tuve…
Pensando en A, así como en varios de mis conocidos que me han reconocido una «manera estoica de llevar el duelo por mi papá» (cosa que me sorprende que lo digan), quise volver a escribir sobre eso, porque es cierto que la Filosofía, sobre todo la Clásica, tiene mucho que aportar para nuestra vida moderna.
Muchos de nuestros pensamientos que nos dan vueltas y vueltas en la cabeza a diario (hay quienes le llaman ansiedad), tienen una génesis en nuestra imaginación, en nuestra fantasía o en nuestra manera desesperada en la que vivimos. ¿Cuántas veces nos preocupamos por cosas que o no han pasado, que no van a pasar, que ni siquiera tienen que ver con nosotros, etc.? Esto deviene en emociones negativas que nos consumen a modo de crisis depresivas o existenciales (si nos arriesgamos a jalar de ese hilo). Se nos olvida que no todo está bajo nuestro control, que no todo está en nuestras manos, y pasamos a hacernos responsables de cosas que, como diría un profesor de la carrera, «si no tenemos comezón, para qué nos rascamos». Esto nos habla del modo en el que participamos del mundo, del modo en el que el exterior nos afecta y demuestra que nuestro interior no está lo suficientemente fortalecido.
Seamos stoas
Cuando daba a los estoicos en las clases de Filosofía de mis alumnos en la prepa, me gustaba decirles que aprendiéramos a ser stoas o columnas, que fuéramos fuertes y resistentes ante «la marea, la adversidad y los desastres». Muchos de ellos solían quejarse y se consolaban a sí mismos diciendo de mí que era «insensible y poco empático» sobre las cosas al actuar de ese modo. Pero lo que me esforzaba porque entendieran no era esa actitud fría y «desinteresada», al contrario, el estoicismo nos ayuda a canalizar nuestras pasiones, a medir nuestras emociones, a conocer nuestros límites y alcances en esta vida.
¿Qué haces si ves que viene un coche a mil por hora hacia ti? Te quitas. ¿Y si no puedes? Te mueres o quedas muy mal herido. Es decir, debemos aprender a lidiar con la vida y con sus circunstancias, ser conscientes de lo que podemos o no hacer, de aprender a valorar nuestras capacidades y las oportunidades que tenemos para aprender para no sólo ser mejores, sino hacer mejor las cosas. Precisamente la gran virtud que fortalece el estoicismo en cada uno de nosotros es la phronesis o prudencia.
Esto último es la llave para entender el gran mérito de la escuela estoica y que ya habíamos mencionado con anterioridad: muchos problemas de la vida lo son por la manera en la que los vemos, por la manera en la que los hacemos realmente problemas. La prudencia es una virtud que encara a la vida, que pone el freno para no aventarnos a lo tonto y ponernos en riesgo. Esto pasa mucho con la depresión, ya que ese volver a nosotros mismos y dolernos por «lo miserable que puede ser la vida», nos ciega y nos hace descuidar que la vida no es ni buena ni mala per se, sino que es el modo en el que la vivimos, las cosas que permitimos, las cosas que nosotros mismos generamos en gran parte de los momentos. Hay cosas que se controlan, otras que no. Hay veces que estamos solos, porque no aceptamos la compañía que otros nos ofrecen cuando no se trata de los que esperamos. Tantas cosas…
Por último, una columna no sólo es fuerte para sí misma, sino que es parte del sostén de un techo que bien podría caérsele a todos. También podemos servir de ejemplo para quienes la están pasando incluso peor que nosotros… y eso jamás lo sabremos.
Con el encuentro de hoy, ponemos fin a los dedicados al tema de la felicidad. Espero de corazón que les hayan servido para reflexionar y para que se den una oportunidad de que, a pesar de las circunstancias, se permitan ser felices. A veces, sólo hace falta recordar que eso depende de nosotros, no tanto de lo que hay fuera.
Afrontar la vida debe ser siempre un compromiso, no sé si moral, pero al menos sí hacia uno mismo. Cuando hablamos de moralidad hablamos de una relación con los otros, pero parece ser que solemos olvidar el compromiso que tenemos para con nosotros mismos. Y es ahí donde la tempestad azota con toda su ira.
Por eso, el día de hoy cerraré con el arte reír.
Una herramienta terapeútica
En psicoanálisis entendemos que el humor es la manera en la que el sujeto logra relacionarse ante ciertas cosas. Un modo de defensa, un modo de tolerar la realidad, un modo de expresar lo «inexpresable». El chiste, por ejemplo, encuadra una verdad que no se podría decir de modo «serio», que necesita la risa y por tanto la aprobación de los interlocutores. De ahí que podamos encontrar un sinfín de tipos de chistes, desde los «inocentes» hasta los vulgares. La clave en todos es que el sujeto expresa cosas cobijadas por la risa aprobatoria (y a veces no tanto) de los demás.
Sin embargo, me gustaría que nos enfocáramos en la parte terapéutica de poder reírnos a carcajadas. Sabemos bien que hay muchas tensiones en nuestro día a día, por lo que cuando somos partícipes de algo gracioso (aunque sólo lo sea para nosotros), esas tensiones encuentran un modo de disminuir y con ello encontramos placer. Nos sentimos bien, la situación se aligera. Hay por ahí un consejo popular que dice «aprende a reírte de ti mismo». ¿Y por qué no?
Hace unos días, platicaba por Whatsapp con un querido amigo que me estaba compartiendo una situación que está pasando con una conocida. En un momento, me dijo «…para que veas lo pendejísimo (en México, es una grosería) que soy». Acto seguido salieron unos «jejeje» de parte de él. Por un lado, surge la parte incómoda, lo que duele, lo que le afecta, de hecho hasta es un reclamo para sí; pero después de ofenderse a sí mismo (pareciera incluso algo humillante), los «jejeje» podemos decir que nivelan su sentir, porque es el modo en el que acepta o lidia con lo que le afecta. Se ríe de sí mismo, de lo «pendejísimo» que es. Sin embargo, no lo dejé ahí, pues le contesté que «no es que seas pendejísimo, ya quisiera yo ser en todo caso eso para ser tan buena persona como tú». Cosa que le brindó un alivio a modo de no verse sometido por esa idea que tiene de sí. Pero eso fue posible por la capacidad que tuvo de reírse de su «tragedia».
Aquí es donde me gusta insistir que el lenguaje, como siempre, determina realidades que parecen condenarnos, que no puede ser de otra manera. Cosa que ya hemos visto que no es del todo cierto. John M. Heaton en su libro Wittgenstein y el psicoanálisis, nos comparte lo siguiente: «Wittgenstein advirtió que somos prisioneros del poder engañador del lenguaje, y ello lo acercó a la literatura como a la filosofía. El poder engañador de la palabra puede imitar tan bien las cosas reales que su poder discriminador no alcanza para permitirnos distinguir la verdad de la falsedad. Puede engañarnos en el acto mismo por el cual nos escoge como aquellos a quienes nos es dada la verdad».
Cambiar la mirada
¿Cuando nos vemos en el espejo, qué es lo que vemos? Esa pregunta siempre me ha parecido maravillosa. Por un lado tenemos la estética del sujeto vs la estética de la sociedad; por el otro lado tenemos un anhelo o ilusión vs lo que hay ahí. El ser ahí, ese otro que soy yo. Recuerdo a un standupero mexicano, Franco Escamilla, que dijo en uno de sus shows (parafraseo): «Hay quienes se ven en el espejo y se engañan diciendo que ‘están muy bien, que son lo máximo’, no, yo no mis hermanos, yo me veo al espejo y me odio por pinche gordo». Justo en esto es donde tenemos que centrarnos: qué es lo que miramos y por qué.
El tema de la propia percepción es algo que merece incontables encuentros para tan siquiera rozar las líneas del debate, sin embargo, podemos sostener que es algo que le atraviesan varias exigencias. Las personales, las familiares, las sociales, las religiosas, las institucionales, etc. El sujeto yace ahí, padeciendo el malestar del «¿qué soy?». Y, claro, infelicidad desatada.
Percibirnos a nosotros mismos como «pendejos, idiotas, tontos, tarados, etc.», puede que afecte nuestra participación en las cosas que pensamos, decimos y/o hacemos. De ahí que apostemos casi siempre por el fracaso. Sin embargo, el otro lado de la moneda en esta circunstancia, nos permite darnos cuenta de nuestros errores, aceptarlos y reírnos de nosotros mismos. Y lo que se vuelve imperdonable, se vuelve risible para poder hacerlo mejor después.
Ríe y deja que los demás se liberen
No sé si han visto en algún momento un video que se hizo viral hace unos años de un sujeto que se sube al metro con sus audífonos puestos y viendo algo en su celular. De repente, se empieza a reír hasta perderse en carcajadas. Los demás usuarios en un principio lo ven con extrañeza, con sospecha y, por qué no, hasta con fastidio. Pero mientras avanzan en su viaje y las carcajadas del sujeto se vuelven escandalosas, los demás se empiezan a reír y a generar un ambiente agradable y ameno, ¡no se diga divertido!
Y es que lo que sucedió ahí fue un vínculo que ayudó a los demás usuarios a romper con los pensamientos negativos, tristes o dolorosos por los que probablemente estaban pasando, todos escondidos tras esos rostros de seriedad total. Se quebraron, y lejos de llorar, rieron a carcajadas. Se acordaron que, a pesar de todo, siempre se podrá reír. Evidentemente se trataba de una campaña publicitaria (de Coca-Cola, aunque a Cristiano Ronaldo no le guste) sobre la importancia de reír y vaya que hasta los que vemos el video compartimos esa alegría (si no lo han visto, se los dejo al final).
Para concluir, quisiera que pensemos en eso de «liberarse» y leamos un verso del poeta español, Miguel Hernández:
«Tu risa me hace libre, me pone alas. Soledades me quita, cárcel me arranca. Boca que vuela, corazón que en tus labios relampaguea».
El profeta Muhammed decía «quien hace reír a sus compañeros, merece el paraíso».
Antes que nada, quisiera agradecerles por el cálido recibimiento, su amable lectura y por sus generosos comentarios del encuentro anterior, El arte de ser feliz. Aunque debí aclarar que sería la primera parte de unos encuentros destinados a ese tema.
Quisiera abordar en esta ocasión algo que por ahí salió en redes sociales: ¿y dónde yace la felicidad? Si bien pudimos reflexionar sobre lo efímera que es la felicidad, lo cierto es que ese punto nos llama la atención a muchas personas. ¿Es que acaso tengo que ir a algún lugar para poder ser feliz? En varias oportunidades he escuchado eso de «quererse ir», de hecho, en un encuentro anterior, compartí lo que para Emil Cioran era más bien no una ida, sino un retorno al «paraíso perdido». Pero en ambas ideas, lo que resalta es la necesidad de moverse del lugar en donde estamos, del tiempo en el que vivimos.
¿Por qué será que tenemos esa idea, esa esperanza, de que la felicidad yace en otro lugar menos en donde estamos? Quizá tenga que ver con la relación que tenemos respecto al aquí y al ahora, «atrapados» en un momento en el que no somos felices; pareciera que «no es aquí», que estamos equivocados. Debe estar en algún otro lugar…
En alguna parte del mundo
Esta cuestión me hace pensar en una agrupación musical a inicios del siglo XX. Me refiero a Comedian Harmonists, unos intérpretes judío-alemanes que transmitían alegría, emoción y un profundo sentimiento en todas sus canciones. Portadores de alegría, transmisores de esperanza. Sin embargo, su historia se desarrolló en el tiempo en el que Adolf Hitler y el nazismo crecían de manera alarmante en Alemania.
Una de sus canciones, Igendwo auf der Welt (En alguna parte del mundo), empieza precisamente con algo que toca el tema del que estamos hablando en este encuentro:
Irgendwo auf der Welt, gibt’s ein kleines bisschen Glück Und ich träum davon in jedem Augenblick.
Una traducción podría ser:
«En alguna parte del mundo, existe un poco de felicidad y sueño con ello a cada momento».
Si pensamos que la felicidad nos brinda esperanza y que la esperanza es un poco de felicidad ante el infortunio, no sería de sorprender que todos estemos en esa constante búsqueda. Pero, volvemos a la pregunta, ¿en dónde estará? O quizá habría otra pregunta: ¿con quién estará?
Aquí conmigo
Muchas veces, si no es que siempre, nos vemos sumidos en la comparación con el otro. ¿Por qué esa persona es feliz y yo no? ¿Por qué esa persona sonríe y yo no? Recuerdo que hace varios años, cuando le hacía preguntas así a mi papá, él me contestaba con una pregunta: «¿Y tú por qué sí?». Es decir, como humanos la envidia puede volverse nuestra enemiga al momento de cuestionarnos sobre las cosas que pasan, y eso nos hace olvidar que por algo no sucede lo que queremos, pero nos dedicamos a depositar en el otro nuestro malestar.
Las circunstancias de la vida se nos vuelven en contra en cada momento. Uno podrá «pellizcar» un poquito de cierta felicidad, pero parece que no dura, que no se puede quedar con nosotros, ya que todo lo demás arremete con fuerza en nuestras vidas. Hoy sonríes, mañana lloras. ¿Quién podrá ayudarnos? Y seguimos esperando que la felicidad llegue. Pero, ¿qué no nos estábamos moviendo para encontrarla? Pienso en un fragmento de un poema del místico católico, san Juan de la Cruz, que dice así:
Para estar en donde no estás, tienes que ir a donde no has ido.
Para llegar a tenerlo todo, debes desear no tener nada.
Para llegar a ser todo, debes desear no ser nada.
Ya habíamos hablado un poco sobre la importancia de la vida interior. ¿Será que la felicidad no yace en el mundo exterior, sino que está a la espera en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestro espíritu? Si nos sentamos a reflexionar sobre esto último, ¿es que acaso el otro tiene que ser feliz por mí? ¿O acaso tiene que sonreír por mí? Por qué parece que no queremos enterarnos de que la felicidad está a nuestro alcance por el simple hecho de vivir. Por qué será que se nos olvida que las circunstancias no tienen por qué determinar nuestra vida.
¿Qué pasaría si tomamos aquel mantra budista que dice «el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es elegible» y lo modificamos a «la vida es inevitable, pero uno elige cómo vivir»?
Mis queridos amigos: no hay que desesperarse. Si es tiempo de llorar, hay que hacerlo. Si es tiempo de dolernos, hay que aceptarlo. Pero todo llega a su tiempo, todo pasa a su ritmo. Y ahí donde yace la esperanza, yace la promesa de volver a sonreír.
P.d. Y si nos cuesta tanto, ¿por qué no buscamos a quien nos ayude? Después de todo, solos no estamos.
Hace tiempo que vengo escuchando eso de «ser feliz» a modo de una suerte de exigencia social. Pero todo lo que empieza por exigirse, termina por depreciarse. Ahora, ¿es posible ser felices? Si bien Aristóteles sostenía que el fin del ser humano era la felicidad, ¿qué entendía exactamente el filósofo por «felicidad»? Ciertamente, la felicidad va vinculada directamente con el ejercicio de la virtud, cosa que se sostenía desde antes del maestro de Alejandro Magno. Pero hablar de virtud, sobre todo en este nuestro complicado tiempo, parece que nos imposibilita, al menos, hablar sobre la posibilidad de la felicidad.
¿Un arte o una capacidad?
En el Malestar en la cultura, Freud se muestra reacio a aceptar que la felicidad sea como tal un fin, ya que va describiendo la imposibilidad para ello por las represiones, grosso modo, que la sociedad impone al sujeto. La felicidad, entonces, va de la mano del deseo. ¿Quién no es feliz al satisfacer un deseo? ¿Quién no manifiesta tanta emoción por ello? Pero, como bien diría mi abuelita, «hay de deseos a deseos», y hay unos específicamente que no son muy bien vistos que digamos por la exigente sociedad.
De aquí que quepa la pregunta si la felicidad es un arte o una capacidad. ¿Qué entendemos por arte? No hay que hacernos tanto rollo en la cabeza para poder explicarnos: el arte es en sí el desarrollo de la técnica que encuentra un fin, mismo que es el de poder compartir, poder expresar. Entonces, el arte es dar testimonio de algo sobre nosotros. ¿Y la capacidad? No recuerdo bien el nombre, pero hace algunos años un maestro decía que «la capacidad es un modo de participación en la existencia». Y me gusta esa definición. Pero recordemos que definir siempre presupone una limitación, y hay que asumir que en la vida la definición es una apuesta muy idealista.
Ahora bien, si la capacidad es un modo de participación en la existencia, nos vemos obligados a pensar, de cierto modo, en un ejercicio de adaptación. Seguramente han escuchado incontables veces aquello que reza «hacer lo que se puede con lo que se tiene», bien, pues ahí se explica la capacidad. Pero atrás de ello hay un análisis, a veces inconsciente, de la situación, de lo que se busca y de lo que se puede. Hablamos del mundo de la posibilidad.
Siguiendo esto que brevemente hemos revisado, la felicidad entonces podría ser parte del «arte de la capacidad» del ser humano. En otras palabras, ¿podríamos decir que la felicidad es algo propio del ser humano ya que éste es capaz de convertir su existencia en un arte? Esto lo dejaremos para otro encuentro.
Seamos niños sin olvidar que somos adultos
Friedrich Nietzsche tiene una sentencia que parafraseo a continuación: «la madurez se alcanza cuando uno es capaz de hacer las cosas con la misma seriedad con la que un niño juega». Mi homenaje a la infancia nunca va a cesar. Y sostengo otra vez que los verdaderos maestros de la vida, son aquellos pequeños filósofos que nos enseñan sobre la mayéutica (arte de preguntar). Pero no sólo debemos centrarnos en esa enseñanza, sino en la enorme capacidad de asombro que los niños tienen y que pareciera que poco a poco, mientras vamos creciendo, se va disminuyendo en nuestras vidas.
Hace unos días, salí a tomar un café con una amiga. M, sin saberlo, me hizo recordar todo esto que hoy les estoy compartiendo en nuestro encuentro. Es una mujer admirable, porque pase lo que pase, no deja de ver con ojos de niña el mundo. Pero no sólo eso: sostiene una felicidad por los momentos que me terminó por resultar algo bastante tierno y, por qué no decirlo, envidiable. Sin dejar de ser una adulta responsable, M sonríe a la vida y te obliga a hacerlo. Ella puede decir «¿jugamos?», sin decirte exactamente a qué… ¡como los niños cuando se encuentran a otros niños! La planificación no está en su repertorio, pero le dan paso a la sorpresa.
Sí, M me hizo pasar la mejor tarde en muchos años. Hubo un momento en el que ella empezó a brincar. «Pensarás que estoy loca, pero me gusta mucho». La locura… no cabe duda que los que estamos muchas veces mal somos los que decimos ser «cuerdos». Perdí la cuenta de cuántas veces la vi sonreír, doblarse de la risa, las maneras en las que se refiere a las cosas de la vida con tanta ternura, cariño y emoción… ¡Gracias, M!
Hay que seguir…
Por último, ¿por qué pasa que dejamos de sonreír? Quiero compartir y despedirme con este breve diálogo entre Frodo y Sam, personajes entrañables de El señor de los Anillos:
«Sam: Es igual que en los grandes cuentos, mi señor Frodo. Los cuentos que eran importantes estaban llenos de oscuridad y peligro. A veces uno no quería saber el fin porque, ¿cómo podría ser un final feliz? ¿Cómo el mundo podría ser como antes cuando han pasado tantas cosas malas? Pero al final, la sombras sólo son transitorias. Aún la oscuridad debe terminar. Vendrá un nuevo día. Cuando el sol brille iluminará hasta la claridad. Esos eran los cuentos que permanecían, que tenían significado, aunque fuera demasiado pequeño para entender por qué. Pero, mi señor Frodo, creo que sí lo entiendo, ahora lo sé, porque la gente en ellos tuvo la ocasión de dar la vuelta y nunca lo hizo, siguió caminando, porque tenía algo a lo cual aferrarse.
Frodo: ¿Y nosotros a qué nos aferramos?
Sam: A que el bien aún existe, lo sé, mi señor Frodo. Y tenemos que defenderlo.»
¡Hasta pronto!
P.d. la felicidad no puede ser colectiva, ¿será que es algo personal? Ahí se las dejo «al costo»…