«Las cosas de este mundo son tanto más buenas cuanto más sencillas».
-José Luis Martín Descalzo
Queridos(as) lectores(as):
El día de ayer me reuní con mi querido amigo, el escritor y académico mexicano, Daniel Rodríguez Barrón (La soledad de los animales, Incidentes, La luna vista por los muertos, etc.), con quien estoy llevando a cabo un proyecto que, espero, pueda ver la luz muy pronto. Después de un magnífico intercambio de ideas y puntos de vista, proseguí con mi día. Estaba buscando uno de esos controles que, hasta la fecha, sigo sin recordar cómo se llaman (los inalámbricos que se dividen en 2) para mi Nintendo Switch (uno de mis placeres culposos) pero por desgracia, aunque más bien por fortuna, no lo encontré; seguí recorriendo la zona y me topé con una cafetería muy pequeña que no hubiera notado nunca de no ser porque iba caminando en esta ocasión. Entré y una joven muy agradable, de nombre Ariel, me atendió de una manera muy cálida, atenta y servicial. Me contaba que llevaba ya casi 1 año ahí y que estaba ahorrando para entrar a estudiar Filosofía en la UNAM. Le platiqué que algo sabía sobre eso y nuestra conversación se «desató».
Me llama mucho la atención cómo las mentes más jóvenes se inclinan poco a poco hacia un saber tan cuestionado como lo es el de la Filosofía, y a esto me refiero por su «falta de practicidad» o, mejor dicho, «porque no deja para vivir». El pan nuestro de cada día de los que estamos en este mundo. Ella me decía que hace unos años, se topó con un librito que le llamó mucho la atención, que lo leyó una y otra vez y que le había provocado el querer estudiar esta carrera. El libro en cuestión era De Anima, de Aristóteles (¡vaya librito!). Debo de confesar que pasé un rato bastante agradable, además de que el café era soberbio, rico y muy bien preparado. Me atreví a darle algunos consejos y unas recomendaciones y quedé de visitar ese lugar de manera más frecuente «para seguir enseñando y aprendiendo».
¿Para qué tanto?
Una de las cosas que más me llamó la atención sobre Ariel era la sencillez con la que hacía las cosas, ya que aunque estaba platicando conmigo (ya que no había más comensales, quizá por la hora), estaba limpiando la barra del lugar, las mesas, el piso, preparando algunos platillos y contándome sobre las cosas que tenía que hacer al día, sin dejar a un lado sus lecturas filosóficas. Por un momento me «perdió», ya que me puse a reflexionar en que en realidad, ante esta época donde vamos a toda prisa y con «poco tiempo», son muchas las ocasiones en las que se nos olvida que uno de los máximos placeres en esta vida es el de las cosas sencillas. Es decir, es una realidad que nos encanta complicarnos la vida, y eso tiene mucho que ver con ciertas ideas del tipo «si no cuesta, no sirve». ¿Quién nos cargó con semejante peso?

Bien es cierto que tenemos muchas cosas por hacer, pero el tema no es eso, sino el modo en el que lo hacemos. «Ante la complejidad, mantente sencillo», decía un querido amigo hace unos años. A lo que se refería es a qué podemos hacer para aligerar un poco lo que estamos haciendo. Pienso, por ejemplo, en la limpieza del hogar. Aunque para mí resulta una actividad en demasía terapéutica, para muchos no es así, al contrario, si pudieran lo evitarían hacer a toda costa. ¿Qué pasa si esa limpieza la hacemos escuchando la música que nos lleva a mover el cuerpo, a bailar? El cerebro recibe la excitación de los sentidos y libera endorfina, una de las hormonas que «causan» felicidad al ser humano. Las endorfinas se generan por la práctica deportiva, el hacer ejercicio, y no sólo ayudan a sentirse mejor y con más ánimo, sino que tienen también un efecto analgésico que ayuda a disminuir el dolor. Por eso, cuando la gente dice asegurar que «ya no puede con el cansancio», cuando se da la oportunidad de hacer algún ejercicio, se «recarga» de energía y le viene un «segundo aire». Si eso pasa con el cuerpo, ¿qué pasará con el entorno?
Sencillez y alimentación
Hace unos días, una paciente me decía que tiene un «gustito» especial para cuando no tiene ganas de hacer nada. Que se come un chocolate y con eso tiene para «reanimarse». Claramente podemos decir que se debe al azúcar y al efecto afrodisíaco que el chocolate tiene lo que le lleva a sentirse mejor, sin embargo, va más allá de eso. Ella, en alguna ocasión, trajo a su análisis que su abuelita siempre los recibía con mucho amor cuando ella y sus hermanos regresaban del colegio. «Mis niños lindos, mis pequeñas baterías» -les decía. Acto seguido, les preguntaba cómo les había ido. No faltaba el clásico reproche infantil de «estuvo muy pesado», a lo que la señora les decía «bueno, peso adiós, aquí un chocolate». Y les daba a cada uno una barrita. Mi paciente relaciona el chocolate con el amor y cariño de su abuelita con ese «truco» para sentirse mejor. La carga emocional y de afecto depositada en un objeto que nos hace recordar, tiene un poder inigualable en la mente y el cuerpo.
Con mi querido amigo y hermano, el famoso Martín, existe algo muy parecido. No es necesario decir más que, «la torta nos llama», para entender que es NECESARIA una rica y deliciosa torta/emparedado de aguacate/palta. La sencillez de ese alimento es quizá la base de todo: frijolitos, mantequilla, aguacate y queso de Oaxaca (quesillo, queso de hebra). Puedo decir sin temor a equivocarme y hablando por mi amigo, que ese momento es en verdad especial, pues lo disfrutamos sin prisa y nos llena el espíritu. Y sí, somos felices. La felicidad no es un absoluto, por lo que cuando llega el momento, hay que saborearla por el tiempo que dure. Pero, así como lo decía anteriormente, es el modo o la manera en la que hacemos las cosas. Cuando comemos esa deliciosa torta, Martín y yo compartimos una plática a la que llamamos psicoanalítica (pues es una auténtica demostración de la asociación libre) y nos asombramos, reímos, hay sarcasmo e ironía, pero sobre todo, un momento en el que el mundo está bien donde está… allá, fuera de ese encuentro filial.










