Perder(se) el miedo

«Analizarse es aceptar el reto de convertirse en un sujeto diferente; es un acto de vida que se pone en movimiento y también una elección. […] renacer en Análisis es hacerse cargo del destino, tomar la decisión de no rendirse y poner en juego el deseo propio».

-Gabriel Rolón

Queridos(as) lectores(as):

«¡Qué fascinante es el psicoanálisis… pero no quiero analizarme!», de esa manera una amiga me dejaba en claro que el deseo siempre es algo que nos mueve, pero que tampoco es fácil asumirlo. Recordemos que el ir a análisis (evitaré hablar de ir a terapia, porque no es lo mismo), antes que nada se trata de un acto motivado por el deseo y nunca lo veremos como una cuestión de necesidad. Es decir, se va a análisis porque se quiere, no porque se necesite. Es bastante común escuchar hoy en día cosas como «deberías ir a terapia». Si bien es cierto que el ser humano en su vida se ve fuertemente influenciado por el deseo mimético (el deseo del otro), es importante que cada uno reconozca lo que le es propio.

El filósofo y antropólogo francés, René Girard (1928-2015), en su teoría mimética, nos advertía que si bien el hombre desea el mismo objeto del otro (ojo, no es nada más una cosa, puede ser resultado de una mezcla de otras tantas), lo que también imita es el deseo mismo, aquello que lo mueve hacia la cosa u objeto. Los comportamientos pueden ser resultado de una fuerte imitación. ¿Pero y lo auténtico? No podemos ir por la vida siendo calca/copia de alguien más. «Cómo se ve que eres hijo de…». La identidad del deseo es algo que perturba y que nos sumerge en crisis muy profundas. ¿Por qué quieres algo? ¿Por qué quieres lo que quieres? ¿En verdad lo quieres o quieres quererlo como otros lo quieren? Preguntas fuertes, una vez más, con respuestas débiles e incompletas.

El deseo de uno

No hay que escandalizarse de algo que puede resultarnos perfectamente común, incluso hasta natural. El planteamiento de Girard no es otra cosa que darle continuación al modo del acceso de la realidad, a los objetos, por parte de los niños una vez que se topan a sí mismos frente al mundo. Recordemos que uno de los primeros métodos de aprendizaje que empleamos en la niñez es precisamente la imitación: el niño aprende imitando a sus padres o a los demás. Pero no es lo mismo hacer que conocer el porqué se hace algo. El niño imita muchas veces sin saber exactamente cuál es la intención del otro. Hay videos en la red, por ejemplo, en el que un papá hace cierta acción con su esposa y acto seguido un pequeñito va y sin preguntarse simplemente repite lo observado. Puede ser cómico, pero ya quitados de ese «evento simpático», es motivo de preocupación ver que así se comportan muchos adultos hoy en día.

La sociedad infantilizada que cada vez se expone más y más, nos demuestra que la carencia de juicio crítico, del pensar por uno mismo (sapere aude!), es un fiel resultado de un malestar silencioso y muy perjudicial: la incapacidad de conocerse a uno mismo. Pero no sólo eso, sino de aceptarse y no huir de nosotros mismos. El más que citado Oráculo de Delfos y su «conócete a ti mismo», no deja de tocar a la puerta. Pero, ¿de qué sirve el (intentar) conocerse a uno mismo si no se es sincero en el proceso? Uno de los temores más grandes y recurrentes a la hora que buscar analizarse, sin duda es el darse cuenta de que no se es lo que se cree que es; que se caiga la o las mentiras que hemos ido edificando a lo largo de nuestra vida sobre nuestra propia Historia. «Es que yo fui médico porque no quería decepcionar a mi padre», «es que aprendí a tocar la guitarra porque a mi familia le gustaba», etc. Son apenas unos de tantos (auto)reclamos que se escuchan en las sesiones. Ah, pero antes de sincerarse con los motivos, por lo general se presumen las cosas como algo meramente propio y resultado inequívoco del gusto personal. «Yo soy médico y me encanta», «yo toco la guitarra porque no hay mejor manera de expresarme». Insisto: todo es fantástico y maravilloso (aunque evidentemente puede ser también horrible y espantoso) hasta que nos preguntamos sobre ello y de su autenticidad.

Tampoco estás tan mal

Hace algunos años, un ex analizando (digamos, paciente), solía reclamarme mucho durante las sesiones el que yo «le destruyera todo lo que él decía». Él se refería a que cada vez que teníamos sesión, en el proceso se le derrumbaban (o destruían, según su expresión) todas las cosas, en tanto que se iba dando cuenta que sólo hacía por obedecer, que sólo decía por cumplir, que muchas de sus actividades no eran sino el resultado de la exigencia de alguien más. Esos reclamos, que en un principio eran algo violentos ante el «horror» de darse cuenta, la clásica negación, se fueron tornando en auténticas oportunidades para cuestionarse el porqué de su vida y su manera de vivir. Lo que empezó como una mera copia o resultado de la obediencia ciega e incuestionable a los deseos y/o designios del otro, se volvió una ocasión perfecta para resignificar las cosas. «Oye, ahora que sé esto, vamos, quizá sí hice mal en hacerlo por sólo cumplir las expectativas de otros, pero no puedo negar que le he encontrado el gusto y que nadie hace las cosas como yo». Esa claridad le permitió a mi ex analizando empezar a asimilar que uno puede hacer algo genuinamente propio a pesar del origen externo del mismo.

En alguna ocasión, comenté que «muchos tienen miedo de enfrentarse con el monstruo que (dicen) son, pero después descubren que hay alguien fantástico esperando a que lo dejen asomarse en sus vidas». No es fácil, al contrario, es muy difícil dar paso a procesos analíticos por tantas resistencias que hay, siendo uno mismo y sus miedos una de las mayores. Claro, ¿a quién le gusta exponerse delante de un perfecto desconocido? Pues muchas veces nos exponemos delante de perfectos conocidos (según) y los resultados terminan siendo más problemáticos. Es por ello que una escucha neutra es preferible. Los analizandos recuerdan, repiten y reelaboran. Darse cuenta de uno mismo nunca es malo, al contrario, puede ayudarnos a rectificar el camino y nuestra manera de caminar. Es cuestión de irnos perdiendo el miedo: nadie es tan santo ni nadie es tan demonio. El análisis es una oportunidad que tenemos de conocer al guionista de nuestra vida, de entenderlo, de criticarlo (¿por qué no?), de preguntarse las cosas una y otra vez y de darle nuevo sentido a cada día que se vive.

¡El psicoanálisis es permitirnos hacernos cargo de nosotros mismos!

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¿Te gustaría analizarte? Te escucho…

Atención en línea. No importa de dónde seas.

En busca del silencio

«Escucha, y serás sabio; porque el comienzo de la sabiduría es el silencio».

-Pitágoras

Queridos(as) lectores(as):

Cada día es en definitiva una experiencia muy distinta para cada uno de nosotros. La relatividad se constata de muchas e incontables maneras, pero lo que es cierto es que hay cosas, quizá podríamos decir «necesidades», que todos y cada uno de nosotros busca satisfacer. ¿Es acaso el mismo estrés vivir en el campo que en la ciudad? Seguramente muchos de ustedes me dirán que no, que en definitiva no es lo mismo, que seguramente la vida en el campo es menos estresante que la que se tiene en la ciudad. Pero eso sería partir del «yo creo» y no del «así es». Cada vida tiene lo suyo y aunque no se pueden comparar las cosas entre sí con tanta facilidad, debemos considerar que para cada quien las cosas son lo que son. ¿Es lo mismo la frustración de que se ponche/reviente una llanta en plena avenida problemática en el horario desquiciante, a que se descomponga el tractor sabiendo que no está cerca el técnico especialista para poder arreglarlo?

Ahora bien, contemplado lo anterior, la vida de cada uno de nosotros es difícil a su modo, así como lo es fácil también. Hace unos días en Instagram, vi un reel en el que decían «nunca desees la vida del otro cuando sólo disfrutas lo visible». Es como la falacia de la Época de Oro: cuántos de nosotros no hemos dicho «en x tiempo la vida era mejor a lo que es actualmente». Por ejemplo: un muy querido amigo se la pasa añorando los tiempos del gran resplandor de Roma, insistiendo que aquella época era lo mejor; desviviéndose en señalar cada aspecto «bueno» de aquel entonces, enalteciendo algunas cosas determinadas, etc. ¿Pero la vida de quién quisieras, la de un senador romano o la de un esclavo? -le suelo interrumpir. Claramente pensamos desde lo mejor, desde lo positivo, lo acomodado y el lujo. Nadie en su locura se atrevería a decir (bueno, hay uno que otro que tal vez sí): ¡quisiera ser un esclavo en tiempos de Roma! En fin, espero se entienda el punto. Pero, como comentaba anteriormente, hay cosas que sí o sí todos necesitamos y que buscamos satisfacer, entre ellas es encontrar un poco de silencio ante el escándalo de la vida.

Añoranzas regionales

Es curioso cómo habiendo tantos recursos tan fantásticos en nuestra región occidental, solemos voltear hacia oriente para deslumbrarnos con lo que ellos tienen para sí. Hay que tener presente que la cosmovisión, el modo de vida, las creencias y demás rasgos culturales de aquellas zonas, poco o nada tienen que ver con las nuestras. Hablamos mucho de querer alcanzar los «niveles del nirvana«, palabra de origen sánscrito que refiere a un estado óptimo o superior del alma que se logra con una profunda meditación en la que nos desprendemos de todo lo material y que «nada ni nadie nos puede perturbar». Interesante, porque el mundo griego nos ofrece algo que se conoce como ataraxia, que es casi lo mismo, sólo que en vez de la negación de los deseos y demás cosas que inquietan la psique o el alma de las personas, se logra un estado de control total de las emociones y demás cosas que perturban al ser humano. Sí, seguramente habrá entre ustedes que me digan , y con justa razón, que muchas cosas de Occidente son herencia directa de Oriente. Sólo que no hay que descuidar que más bien se tratan de adaptaciones que más tienen que ver con lo nuestro, con lo que nos es propio. Pongamos un ejemplo que quizá sea un poco burdo, pero me parece que servirá para esto que estoy comentando. En Occidente cuando decimos «quiero comer comida japonesa», lo que estamos pidiendo es la versión occidentalizada (sobre todo agringada o estadounidense) de esos platillos, ya que lo que conocemos como tal pasó por las modificaciones hechas en EEUU. ¿En qué parte de Japón servirán sushi PHILADELPHIA?

Ahora bien, esas añoranzas regionales nos distraen justo de las cosas que quizá podrían tener más efecto en nosotros. En verdad desconozco si a los orientales les pasa lo mismo, es decir, que en vez de hacer meditaciones un día digan «vamos a rezar el rosario en vez de meditación budista para BUSCAR EL MISMO FIN». Francamente lo dudo. Aunque, insisto, puede ser. El hecho de que en Occidente tengamos medios específicos para lograr ciertos fines es porque simple y sencillamente es lo que nos ha funcionado. Y no me mal entiendan, no les estoy diciendo que está mal que practiquen yoga o que tomen cursos de mindfulness, porque si es algo que les sirve, qué bueno. Pero sí es un recordatorio que acá, de este lado del mundo, tenemos también nuestras propias herramientas y/o recursos, y que muchas veces solemos ignorar por modas de otros. Hay que darle oportunidad a lo que también es nuestro y difundirlo. Esa es parte de la identidad, misma que se ve cada vez más fragmentada por las influencias forzadas de otros o de lugares distintos. No es de sorprender las crisis de identidad cuando día con día la detonamos con cosas externas.

Lo que nos une

Una vez visto lo anterior, vuelvo a insistir: a pesar de las diferencias, los seres humanos tenemos las mismas necesidades básicas, seamos de donde seamos. El silencio es precisamente una de ellas. Ya sea en Oriente o en Occidente, el silencio tiene un fin igual: la paz interior, lo que se entienda por ello. Es decir, eso no está con derechos de autor o de exclusividad cultural. ¿Cuántos de nosotros, después de las tediosas jornadas que vivimos, no buscamos un poco de paz, de calma, de tranquilidad… de silencio? Y no me digan que no, ¿no acaso hay muchos que tienen o tenemos el celular, ya no en modo vibrador, sino en silencio? Es una demanda inconsciente que se vuelve cada vez más consciente. No es motivo de asustarse, es perfectamente natural y por tanto entendible que el ser humano busque un poco de orden en tanto caos. Y el silencio es una oportunidad, precisamente, de lograr ese poco de orden en cada momento de nuestras vidas.

Los católicos, por ejemplo, le damos una gran importancia al silencio: cuando hacemos oración, cuando meditamos (oh, sí, también meditamos para poner en orden nuestras pasiones, nuestros pensamientos, poder entrar en contacto con nuestros sentimientos y tener cierta claridad en lo que vivimos), cuando reflexionamos sobre alguna circunstancia, etc. En el examen de conciencia que muchos de nosotros solemos hacer en la mañana y/o en la noche, incluso hay una pregunta muy importante: «¿He sabido respetar MI silencio y el de los DEMÁS?». Todos y cada uno de nosotros tenemos derecho a un poco de silencio en nuestros días. Pero aquí surge una pregunta que lo hace todavía más interesante e importante: ¿por qué? El estado místico del ser humano no sólo es hacer algo determinado que nos liga con nuestra espiritualidad, sino saber exactamente por qué lo hacemos. El silencio es una invitación a escucharnos a nosotros mismos, a darnos nuestro espacio, a poner límites a nuestra relación con los demás. No es egoísmo, al contrario, es algo necesario para mejorar primero con nosotros y así después con los demás.

Trampas constantes

Si bien es cierto que hay gente que no sabe estar sola, que no le gusta estar sola, es lo mismo que aplica con el silencio. Y lo volvemos a preguntar: ¿por qué? El silencio, desde el psicoanálisis, es un recurso de elaboración de lo que nos sucede sin interferencia de algo o alguien más. El problema es que hay campañas, hay gente, que promueve nociones negativas sobre la soledad, pero también sobre el silencio. Y todavía presionan en decir «no está bien». ¿Según quién y por qué? Y no faltarán respuestas débiles a estas preguntas tan fuertes. Cuando no sabemos valorar el silencio, rompemos en la desesperada necesidad de llenar de ruido el ambiente. Hay quienes no pueden hacer absolutamente nada en silencio y recurren a poner música (muchas veces a niveles muy altos), a hablar sí o sí con alguien, etc. Haciendo trampa en la búsqueda del silencio. Pero, ojo, no me mal entiendan otra vez, no estoy en ningún momento diciendo que está mal trabajar con un poco de música, por ejemplo, ya que al contrario, muchas veces (si no es que siempre) nos ayuda a tener más ánimo, nos inspira, etc. Pero todo tiene su tiempo, y cuando hay oportunidades para silenciar todo y estar en perfecta compañía con nosotros mismos, no hay que desaprovecharla nunca.

De hecho, retomando un poco lo que decía más arriba respecto a la pregunta en el examen de conciencia («¿He sabido respetar MI silencio y el de los DEMÁS?»), es curioso que eso muy pocas veces lo sabemos hacer. No respetamos nuestro silencio, mucho menos el de los demás. Pienso, por ejemplo, en las personas que viven o trabajan con otros. Nunca falta quien se ponga a escuchar música (sus gustos) sin importarle los demás. Además de falta de respeto, es falta de consideración por lo que los demás necesitan en esos momentos. Puede ser que no haya problema, pero quizá la medida más correcta es hacer uso de audífonos. Ya si los demás dicen «¿qué estás escuchando?» y se animan a acompañar eso, ¡fantástico! Pero, de nueva cuenta, es tan necesario el silencio porque me atrevo a comentar, hay quienes de ustedes al leer lo anterior se dijeron a sí mismos «oye, yo hago eso…». El silencio y la soledad, son hornos de transformación para cada uno de nosotros. Son ocasiones para caer en cuenta de muchas cosas que tienen que ver con los demás, pero sobre todo con nosotros mismos, que solemos ignorarlas o de plano no darles su merecida importancia.

Sucede que pasa.

Pasa que sucede.

La evasión que somos

«Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales».

-Albert Camus

Queridos(as) lectores(as):

Les pido perdón por el distanciamiento que he tenido. Junio y julio no son meses fáciles para mí, y reconozco que a veces ciertas cosas entorpecen mi proceder con otras. En fin, aquí estamos, listos para un encuentro más. En esta ocasión quisiera hacer un poco de propaganda a la intención de auto-conocernos. Sin embargo, ¿de qué manera podemos hacerlo sin caer en la auto-mentira en el proceso? Siempre hemos escuchado aquello que dice «no te engañes», pero también el «no te mientas». Y no, no es lo mismo. El engaño es, por decirlo de alguna manera, aceptar un hecho determinado a pesar de la evidencia contraria, mientras que la mentira es un intento, una vil herramienta para buscar caer o que caigan en el engaño. Dicho de otro modo, la mentira es el paso previo al engaño. Vamos a trabajar con esto más adelante.

En las últimas semanas he sido testigo directo de varios casos muy interesantes donde se juegan ambas realidades de maneras muy inconscientes o bastante conscientes. ¿Pero que se logra con ello? En uno de esos casos escuché un «así soy y se aguantan». Es curiosa la manera agresiva en la que se exige que nadie se meta con uno. En ese particular momento justo caí en cuenta de la frase de Camus con la que empezamos el encuentro. Lo que el filósofo francés-argelino plantea es bastante oportuno; comenzando con aquello de «normales», nos obligamos a pensar «según quién, según qué». En un encuentro mucho muy anterior a este ya hemos abordado aquello de lo normal desde lo esfuerzos de Michel Foucault. Lo interesante en todo esto es que justamente por intentar ser «normal» (lo que otros aprueban) terminamos por tener una terca idea de despreciar nuestra propia identidad, cayendo en la necesidad de querer encajar con los demás. Una conducta bastante infantil que remota al deseo de pertenencia.

Esto que digo que soy

Platicando ayer con una amiga mientras comíamos, salió a flote el tema de la hipocresía de las personas: en un lado con ciertas personas son de determinada manera, pero después en otro lugar con otras personas también son de otra manera. Y no es de sorprender, ya que hay que tener presente que desde que somos parte de la sociedad, aprendemos a jugar el «fabuloso» juego de máscaras. Ahora que digo esto, regreso a otra plática con mi amigo Martín, que justamente me preguntaba si cuando se cae la máscara de uno, eso realmente pasa o se sobrepone a la máscara otra. ¡Qué difícil! Y lo es porque nos cuesta mucho lidiar con la verdad, es más, ¡con la Verdad! Y esa verdad que somos, eso que tanto nos gusta, eso que tanto nos disgusta, nos resulta una labor titánica reconocerlo. Para bien o para mal, somos lo que somos, pero muchas veces no sabemos exactamente decir qué.

Durante una sesión, G me decía «cuando soy lo que soy, los demás son lo que no quiero que sean». Después de eso, la pobre no podía dejar de llorar. «Y termino siendo lo que no soy, para que los demás sean peor de lo que creí que eran». Este juego de máscaras de la sociedad es en verdad delirante. El problema surge a partir de las exigencias, en su mayoría ridículas y absurdas, de todos aquellos que se abrazan a la falsa esperanza de pretender creer que el deber ser es siempre justo y oportuno, creando a lo largo de nuestro andar un sinnúmero de dictadores y tiranos. Pero, ¿qué pasa cuando esos monstruos somos nosotros mismos, encontrándonos frente al espejo y deseando ser nuestras propias víctimas? Quien se miente a sí mismo no puede esperar en ningún momento que los otros le ofrezcan un camino a la realidad. La auto-mentira da paso a los mentirosos de la vida, a todo aquello que nos aleja de lo que realmente es.

Volar sin alas

Cuando era niño, uno de mis primos de mi edad, me convenció de jugar a que volábamos. Afortunadamente los 4 escalones que nos separaban del piso no eran lo suficientemente altos. El juego empezó con un «yo vi en una caricatura que el personaje volaba sin alas, ¿qué tal si nosotros también?». La ingenuidad de los niños es maravillosa hasta que la realidad les sorprende de golpe. Y eso fue lo que pasó: él se subió hasta el cuarto escalón y se me aventó. Nos metimos un golpe fantástico. Pero lo que más dolió fue que no pudo volar. Bueno, a él, a mí sí me dolieron más los dos impactos. En fin. En esta breve historia de la infancia, el dolor es una herramienta (in)necesaria para aprender que la verdad es lo que es y que lo que opinemos en torno a ella tiene una franca oportunidad de ser error.

G terminó por comprender que el «ser para ser», que el «soy para que sean», es al final una mentira. Al final de cuentas, ¿con quién vamos si nos duele una muela? ¿Con el carnicero o con el dentista? ¿Por qué hay cosas con las que no nos podemos engañar y, aún así, queremos mentirnos al respecto? En psicoanálisis, precisamente, encontramos las herramientas, no para conocer los frutos de la mentira y del engaño, sino para comprender el deseo y/o la necesidad detrás de ello. Si es cierto que al ser humano le cuesta aceptar la verdad, ¿en qué momento es mejor aceptar la mentira y el engaño cuando terminan heredando dolor y miseria? Recuerdo a mi papá: «Mejor el dolor de la desilusión, que el error de esforzarse por nada».

Un esfuerzo mejor

Así como nos esforzamos, al punto de ejercitarnos en ello (que cada vez nos cueste menos mentir y engañar), ¿por qué no retomar la virtud? La virtud se ejercita día con día. Mirarnos al espejo no es tan sencillo. ¿Qué vemos? ¿Lo que hay o lo que es? Este es un breve ejercicio que he hecho no sólo con mis pacientes, sino conmigo mismo y con otros amigos y familiares. Al ver lo que hay, podemos decir las cualidades físicas observables: estamos flacos, gordos, altos, chaparros, blancos, negros, narizones, orejones, etc. Claro, cuando somos sinceros y no somos aquellos que se ponen lentes de autosatisfacción. Pero cuando nos atrevemos a ver lo que es, no podemos ser sino sinceros: estamos tristes, estamos contentos, molestos, felices, esperanzados, desilusionados, dolidos, etc. ¿En verdad somos tan incrédulos como para sentirnos de la mierda, luego auto-mentirnos y decir «¡estoy de puta madre, venga, vamos a armar fiesta!»? Hay gente que lo hace constantemente, y constantemente se azota contra la realidad.

Cuando fue la época de la pandemia mundial de COVID-19 (2020-2021), insistía mucho con mis allegados en que dejaran de estar diciendo cosas que no eran. ¿Cómo podíamos estar ante el miedo y el terror de esa mugre pandémica? ¿Cómo podíamos reaccionar? Esa enferma idea de optimismo tóxico de quererle ver lo bueno a lo malo a fuerza, es una de las más claras formas de entender a Martin Heidegger cuando decía que constantemente estamos huyendo de la vida, negándola. Siempre que me escribían mis amigos para preguntarme cómo estaba (cosa que agradecía por la amabilidad y el gesto amoroso de preocuparse por alguien más en esos momentos tan difíciles), se sorprendían mucho cuando les contestaba «de la mierda, estoy harto, fastidiado… pero ahora que hablo contigo empiezo a sentirme un poco mejor a pesar de todo esto». ¿Cuántas veces contestamos por contestar? Hagamos un experimento… escríbanle al terminar de leer esto a quien quieran, y verán que cuando le pregunten cómo está, les contestará automáticamente «bien, ¿y tú?». Pero si siguen avanzando en la charla, verán que es más que probable que les cuenten que no todo está bien. Y si sí, ¡qué bueno! Tampoco nos esforcemos en que los demás tienen que estar igual que nosotros… eso ya es perverso.

*Por cierto: de nada sirve ser sinceros sobre cómo estamos, si no hacemos nada al respecto para sentirnos mejor.

La prioridad libertaria

«El amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor»

-Mariano José de Larra

Queridos(as) lectores(as):

Debo de confesar que no tenía la más remota idea de que últimamente me iba a topar con tantas narraciones e historias respecto al amor propio y cómo, hoy en día, parece que no sólo lo descuidamos, sino que lo apostamos hacia el olvido. Ya lo hemos platicado en anteriores encuentros, pero la sociedad moderna en verdad que nos está consumiendo de maneras terroríficas, haciéndonos quedar como auténticos pordioseros de nuestro propio ser. No hay peor bajeza que despreciarse a uno mismo sólo para recibir migajas de un otro. Son incontables las veces que me he enterado de casos muy concretos donde las mayores víctimas son al mismo tiempo sus propios victimarios. Y hay quienes, rendidos y cansados, sólo aciertan en decir «así es la vida». ¿Por qué no dicen «así está siendo mí vida»? Porque hasta para lamentarse, uno es capaz de olvidarse de sí mismo.

Fue el propio Gustav Jung quien nos explicó algo en sumo importante: «Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, seguirá dirigiendo tu vida y lo llamarás destino». Tengo una amiga que no la está pasando nada bien; platicando con ella, le hice notar que su pasado sigue siendo la enorme piedra que sigue arrastrando hasta ahora, y así como el pobre Sísifo, ella cuando parece que ya está bien, ese pesadísimo ente del pasado la arrastra una y otra vez hacia el mismo camino tortuoso. En su caso, así como en otros muchos a lo largo del mundo y no sólo eso, se ha evadido. Ella solloza el triste destino que parece negarle toda oportunidad amorosa sana, pero quizá las cosas podrían cambiar de un momento a otro para bien. Aunque eso sí, sólo depende de ella.

El individuo que se ignora a sí mismo

Hay por ahí un chisterete bastante simplón, pero muy oportuno. El cual dice: «¿Cuántos psicoanalistas se necesitan para cambiar un foco? Uno, pero el foco debe querer cambiar» (tu, tun, tzzzzz). Malísimo, pero una vez más, oportuno. Hoy por hoy, la sociedad nos está volviendo contra nuestra propia individualidad, en un desesperado frenesí de una globalización cada vez más descarada e impositiva. El libre pensamiento se va viendo coartado constantemente. ¿Les suena eso de la inclusión (forzada)? ¿El «si no piensas así, estás mal»? Es curioso: tanta búsqueda de igualdad (más bien podría ser «equidad») lo único que está provocando es división. ¿Y quiénes son los principales beneficiados? Los gobiernos y las empresas. Nada más. ¿Los individuos qué? Tener cierta ilusión de cambio se vuelve una cortina (desgarrada) que busca ocultar la realidad que es muy distinta.

Retomando al famoso Oráculo de Delfos, habría que tener presente tanto el «conócete a ti mismo» y el «todo con medida». No por nada los filósofos estoicos apostaban por el fortalecimiento de la vida interior. Uno de los grandes problemas de nuestra actualidad es que el celular dicta demasiado nuestro día a día: siempre pendientes de lo que hacen o no algunos famosos, lo que usan, lo que compran, etc. ¿Y la originalidad? Dejen eso, ¿y la autenticidad? El poder conocerse a uno mismo, el poder escuchar el deseo, el poder analizarse, es la piedra angular para que nuestras vidas sean en verdad auténticas y muy nuestras. No como las cientos de miles de millones de copias que van por ahí en la vida. Por poner un ejemplo: ¿de qué nos sirve un médico que está enfermo y no se cuida, para atender a los pacientes? Aquí es donde surge el tema de este encuentro: la prioridad de uno, es empezar por sí mismo.

No confundir

Me resulta muy llamativo que a las personas que se ponen como prioridad, no tarden en tacharlos como egoístas, creídos, etc. Siempre descalificativos que no hacen sino hablar más de quienes los profieren. En esta sociedad de copias, siempre va a ser raro el que no quiera seguir cual borrego a los demás de la manada. Y está bien, aunque parece que tiene consecuencias negativas. Sin embargo, ¿importan esas consecuencias que sólo se traducen como ser parte de lo mismo? Por supuesto que no. El individuo, en su máxima posibilidad de ser en cuanto lo que es, tiene la oportunidad de vivir asumiendo su propia responsabilidad. ¿O acaso no somos capaces de ver que la mayoría de los que lapidan a los que actúan de manera independiente, no hacen sino demostrar una infantilización descarada? Es interesante ver que quienes no se comportan como niños berrinchudos esperando que alguien más se haga responsable, son los que están mal para el resto de la sociedad. Quizá Rousseau tenía razón y es «la sociedad la que corrompe al individuo».

¿No me creen? Pensemos en las relaciones tóxicas que tanto pululan hoy en día. El caso de la pareja grosera, violenta y miserable que trata al otro como auténtica basura. Una y otra vez. Hay quienes me han comentado que se trata de perfiles narcisistas, pero me niego a darles tan fácilmente tal intento de justificación. Un día llega en que la víctima se harta del mal trato, pone límites o incluso se va. ¿Qué pasa con el victimario? ¡Se autopercibe como la víctima! Y no sólo eso, sino que se hace de recursos para hacer sentir al otro culpable de su ahora desgracia personal. La manipulación y chantaje emocional se vuelven herramientas de auténtica tortura. Es decir, ¿está mal que quien es mal tratado se harte, se ponga a sí mismo(a) como su propia prioridad, y que termine siendo el malo del cuento? El amor propio se vuelve una ofensa para su victimario. ¡Qué tal! Y termina en que el otro vuelve, le PIDE PERDÓN a su agresor, y le da OTRA OPORTUNIDAD. ¿Qué creen que pasa? Exacto, la historia se repite una y otra vez (¡pobre Sísifo!). Pero, cuando la persona harta se da cuenta que hay muchas cosas que trabajar en ella misma y toma la decisión de ponerle solución a ello, se termina yendo y el victimario entra en una crisis de la que nos se ve liberado sino hasta que encuentra a otra víctima más.

Uno se libera y el otro se esclaviza… a sí mismo.

La desesperación «amorosa»

«Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible»

-Jorge Luis Borges

Queridos(as) lectores(as):

Parece -hasta cierto punto- que el tema del amor me persigue con insistencia en estos días. Ojalá fuera a modo del goce y disfrute, sin embargo, no es así. En pocos días he sido testigo de varias historias (des)amorosas, sobre todo de amigas, y al mismo tiempo me he vuelto testigo de la incertidumbre, testigo del vulgar intento de establecer una explicación por lo menos un tanto creíble de lo que está sucediendo. Tomo mi mate, acompaño a mi amigo Pablo por un cigarro y a caminar por las calles cerca de mi departamento; siento la toxicidad de ese vicio que no es mío tocar mis pulmones (hace ya tanto que no fumo) y acompaño el andar en silencio, contestando apenas algo que siga el hilo de la conversación en turno. «¿Qué sucede? ¿Dónde quedó la confianza en el amor? ¿Qué es el amor?», y los pensamientos como porcas, innumerables, revolotean en mi cabeza. Hay más ruido que claridad.

T. me dijo «lo corté antes de seguir y caer en el mismo patrón». A. me compartió «sólo me dijo cosas que no creía él mismo y no le importaron mis sentimientos». M. llorando me decía «estoy harta, no quiero más esto». S. me confió «yo sólo quería tener lo que no tuve y me ofreció exactamente lo mismo». Y así nos podemos ir, pero lo cierto es que poco a poco me quedo sin respuestas que no rocen lo que ya muchos estamos ciertos: la inseguridad de las personas los torna peligrosos, para los demás, pero sobre todo para sí mismos. ¿Pero eso convence? Me temo que no…

Mucha certeza que no sirve

La semana pasada, mi querido amigo, el periodista Carlos Ramos Padilla, me invitó como un panelista a su programa televisivo A fondo, donde tratamos el tema de la reconstrucción social después de las elecciones (que vivimos recién en México). En esa ocasión, pude conocer al sociólogo y académico mexicano, Roberto Álvarez Manzo (al cual ahora presumo como amigo), quien en una brillante intervención dijo que «tenemos preguntas fuertes con respuestas débiles». ¡Por supuesto! En la sociedad actual, bombardeada por tanta (des)información, no es de sorprender que tengamos mucha certeza que termina por no servir del todo. De hecho, hace unas horas, platicando con mi querido amigo, Marcelo Augusto Pérez, psicoanalista argentino, tocamos el tema de las respuestas que se dan a modo absoluto, es decir, sin ninguna justificación, razonamiento o algo que permita una argumentación creíble (incluso falseable, para atender a mis amigos popperianos). «Porque sí», «así es esto», «es que no hay de otra», etc. Respuestas débiles que no tienen un respaldo para sostener un diálogo saludable y NECESARIO.

Retomando el tema del (des)amor actual, mucho me temo que lo que estamos viviendo es exactamente lo mismo, aunque de un modo más cruel. ¿Por qué amar? ¿Por qué esperar ser amados? ¿De qué manera lo hacemos? Y es muy molesto contestar/escuchar: «Es que sí». ¡¿Es que sí qué?! La psicoanalista austro-argentina, Marie Langer, sostenía (parafraseando) que «el psicoanálisis sirve para empezar a dejar de engañarnos a nosotros mismos». La importancia de ser sinceros. Y es devastador cuando lo empezamos a ser y nos damos cuenta que las cosas no son exactamente como creíamos, o peor aún, como nos hicieron creer. Un paciente, en algún momento me dijo «quiero tener novia porque no quiero estar solo». ¿Hay alguna pizca de intención amorosa en ese comentario? Aunque no lo crean, sí. Y quizá lo tomen como una sinvergüenzada de su parte, pero ese «porque no quiero estar solo», es una confesión sincera del amor propio que se tiene y que le lleva a buscar un bien que le aparte del dolor y de la tristeza. ¡Qué egoísta! ¡Qué bárbaro! ¡Qué miserable! Claro, entiendo sus expresiones, pero hay que recordar que Freud decía que «amar al otro es renunciar a una parte de nuestro narcisismo». Es decir, es un proceso de apertura a la posibilidad amorosa. Sin embargo, ¿realmente llegamos a amar al otro renunciando a una parte del narcisismo propio? Hoy por hoy muchos evidencian que no…

Eso no es amor…

Siguiendo con el tema de la sinceridad, quizá una de las cosas que más nos dolerá reconocer es que aquello que estamos buscando, al final, no es amor, sino una respuesta desesperada a la confusión interna de cada uno de nosotros. La desesperación para el filósofo danés, Sören A. Kierkegaard, no es sino el «morir sin morir». ¿Cómo puede ser que algo que buscamos de modo desesperado, pueda ser que nos brinde calma, estabilidad… amor? Cuando chicos, los papás nos decían una fórmula que parece que hoy en día hemos olvidado: si lo haces a prisa, lo vas a terminar haciendo mal. Y como si fueran profetas, en efecto, eso pasaba. Trabajos escolares hechos a prisa, sin cuidado y con desesperación, nos brindaban calificaciones negativas. Sin embargo, ¿cómo evitar estar desesperados cuando la sociedad misma nos presiona para tantas cosas? Pienso en el caso de las mujeres, que todavía hoy en día persisten ciertos mandatos y/o sentencias tales como «tienes que casarte antes de los 30’s», «tu reloj biológico te persigue», etc… ¡Qué delirante!

Reza el dicho popular «a fuerzas ni los zapatos entran». Las personas nos vemos tan presionados por fantasmas histéricos que justo nos hacen caer en una profunda y cruel desesperación. Y no, desgraciadamente no se queda sólo en el rubro amoroso, sino también en el personal, en lo profesional, incluso en lo social. ¿Quién dijo que las cosas tienen que ser sí o sí, de un modo determinado, al tiempo debido? ¿Quién proyecta sus inseguridades, sus miedos, sus fracasos en nosotros? El amar por amar es un cáncer, porque lo que se está haciendo es forzar un sentimiento a partir del miedo de no tenerlo, de no experimentarlo. El miedo es un factor que incluso muchos (pseudo)narcisistas aprovechan para hacer lo que quieran con personas que buscan que su corazón también lata en otro cuerpo. Y sí, eso termina y terminará siempre mal. Pero no hay que perder la esperanza, hay que renovarse a uno mismo desde la propia sinceridad, que nos llevará a cuestionar qué tanto nos amamos realmente y de qué modo lo hacemos, de tal modo que podamos tener claridad y respuestas fuertes para preguntas que seguirán siendo fuertes. El amor sí existe, pero también desalmados que se aprovechan. Los amorosos sí existen, y debemos cuidarlos con amor, no con desesperación.

Todo a su tiempo y a su ritmo.

¿Qué prisas reales tenemos?

El capitán Ahab y su peligrosa obsesión

«No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres».

-Herman Melville

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, mi querida Rebecca me regaló el libro Moby Dick (1851) del escritor estadounidense, Herman Melville (1819-1891). Curiosamente, leí ese texto en mis años de preparatoria y nunca supe qué fue de la copia que tenía. Esta aventura -¿o desventura?-dejó una marca muy peculiar, no sólo en mi ser, sino en mi interés. Si bien esta novela destaca por tantos datos biológicos marinos, información sobre las ballenas, es también una suerte de diálogo filosófico-teológico sobre el bien y el mal, mismos que se ven increíblemente reflejados en los varios personajes, desde el capitán Ahab, el ingenuo Ismael, el misterioso arponero Queequeg y demás tripulantes del Pequod. Cabe decir que esta narración es también un auténtico contenedor del simbolismo, por lo que no es de sorprendernos cuando el propio barco parece representar a la humanidad misma.

Pero ahora que tuve la oportunidad de volverlo a leer, sobre todo bajo la presión e insistencia de Rebecca, no cabe duda que pude descubrir más y más cosas. Durante mi formación como psicoanalista, mis coordinadores de seminario repetían que «leer a Freud es descubrir algo nuevo cada vez», y eso me parece que también puede aplicar en los grandes autores. En recientes días he estado reflexionado mucho respecto al egoísmo, y no cabe la menor duda que Moby Dick, sobre todo la historia del capitán Ahab, es el mejor ejemplo para verlo desde la óptica de la obsesión y lo peligrosa que puede ser, no sólo para uno mismo, sino para los demás. No pretendo hacerles un resumen del libro, sólo quiero aprovechar lo que el autor nos ofrece para profundizar en el tema de la obsesión.

El mar y lo inconquistable

La historia comienza siendo narrada por Ismael, quien es un marinero con nuevos intereses que lo llevan a embarcarse en el Pequod, un barco ballenero. Este barco es capitaneado por Ahab, un viejo lobo de mar: experimentado marinero, valiente, autoritario y salvaje. Lo que llama la atención de este capitán es que tiene una pierna postiza de marfil. Una vez reunida la tripulación, Ahab les advierte que será un viaje de 3 años, pero lo más importante: estarán a la caza de una peculiar criatura, un cachalote blanco llamado Moby Dick, representante del legendario Leviatán. ¿Leviatán? En la Sagrada Biblia hay muchas referencias a este ser que supuestamente habita en las profundidades de los mares. Creo que la cita de Job 3, 8 nos queda perfecto para continuar: «Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán». Este cachalote blanco se había ganado la reputación de ser el terror de los mares, y el mismo Ahab lo experimentó en carne propia pues fue la responsable de que perdiera su pierna.

La tripulación poco a poco descubre que si de por sí la caza de ballenas es algo muy peligroso, así como el sobrevivir en el inconquistable mar, la peligrosa obsesión de Ahab hace que sus probabilidades de salir vivos de esta travesía se reduzcan. Como decimos acá en México, «para no hacer el cuento largo», la obsesión del capitán termina por descubrirse como un egoísmo sin rival. Pensar la obsesión debe ser pensarla desde su origen, desde la persona. Una persona obsesiva descuida todo lo demás que no tenga que ver con sí mismo y con el objeto deseado. El mar es una figura oportuna para justamente representar lo que es una obsesión cuando no se trabaja: un destino inconquistable, insatisfactorio. Lo demás no importa, los demás no importan. Es el ir sin conceder descanso, el subir sin reparar en los escalones que sean, el sumergirse más y más en uno que yace desesperado ante algo o alguien.

Un destino funesto

A lo largo de la lectura, se nos narra que el Pequod se encontró con 9 barcos durante la caza de Moby Dick, siendo cada uno de esos encuentros una suerte de mensaje que progresiva y terroríficamente va marcando el destino de Ahab y de su tripulación. Antes de seguir, hay que tomar en cuenta algo. Ya lo hemos advertido, la obra está fuertemente cargada de simbolismo, por lo que el propio cachalote blanco nos puede indicar lo peligrosa que la naturaleza puede llegar a ser. Pero no nos vayamos por la idea de una naturaleza como creación aparte, sino la propia noción de naturaleza que hace posible que derivemos en la del ser humano.

¿Qué hace que el ser humano sea lo que es? Rousseau decía que «el hombre es bueno por naturaleza», Maquiavelo sostiene que tiene una naturaleza instintiva (pulsional) o Hobbes reutilizando la locución latina sostenía que homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Demasiadas reducciones que terminan por despreciar cada uno de los rasgos propios del ser humano. Por eso es que esta novela la podemos ver incluso como un tratado sobre el bien y el mal en la naturaleza humana. El elemento distractor sería Moby Dick, siendo la representación de la naturaleza destructiva y poderosa, cuando lo que realmente debemos observar es lo que el ser humano es capaz de hacer por algo tan banal como la venganza. El hombre castrado que busca retomar lo que le quitaron: el poder. ¿Humano o naturaleza?

El egoísmo y la obsesión

Si bien es cierto que Ahab advirtió a los tripulantes sobre su verdadera intención de venganza contra el cachalote blanco, es interesante ver que la avaricia de los demás los hace aceptar el peligroso viaje sin más. Todo lo que podrían ganar con lo que fueran recolectando y, como broche de oro, lo que podrían sacar de la caza de una auténtica leyenda del mar. ¿Será entonces que el egoísmo de Ahab por su venganza personal llevó a la tripulación del Pequod a su funesto destino nada más? En un principio, enfocados en la propia narración de Ismael, podríamos pensar que todo es culpa del capitán, que se lleva consigo a los demás a su catastrófico final. Sin embargo, ¿no son actos egoístas los que vemos a lo largo del viaje en cada uno de los miembros? No olvidemos que el Pequod es el barco que representa a la humanidad: ni todos son santos, ni todos son pecadores. Pero las conductas específicas de unos, sobre todo de quienes tiene poder, pueden generar auténticas tragedias.

Una persona egoísta corre el riesgo de perder más de lo que puede llegar a ganar, si es que gana realmente algo. El problema de la sociedad de individuos tan obsesionados consigo mismos, los «yo, yo, yo… y al final yo», es que se pierde la dimensión de la relación con los demás. Gente que por estar con unos termina alejando a los que ya estaban en sus vidas, gente que por querer tener más y más termina por perder lo que ya tenía. La obsesión, sin embargo, es frecuentemente confundida (y mal) con la determinación y la motivación, y es que a diferencia de estas últimas dos, la obsesión desprecia todo límite y la paciencia y la prudencia desaparecen. Al final, la «fuerza de la naturaleza» termina por imponerse. El mundo sigue girando…

¡Qué bonita es la vida!

«No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos».

-Ambrose Bierce

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión quisiera compartir con ustedes una reflexión que ya tenía pensado hacerlo, pero que no fue sino hasta ayer, después de una sesión que tuve con P, una paciente, que terminé de aterrizarla. De hecho, primero quiero compartir algo que ella me dijo, que por un momento me dio risa y que después fue muy consolador respecto al psicoanálisis y mi labor como psicoanalista, la parafraseo: «Después de la sesión pasada, sí dije ‘esto es una brujería’, porque me siento menos ansiosa y más tranquila». Darse la oportunidad de analizarse, a partir del deseo por hacerlo, nos permite conocernos y darnos cuenta que no todo es malo en esta vida, pues partiendo de nosotros mismos tenemos muchos recursos para hacer de este paso por la Tierra algo fantástico.

Cada día que pasa, pareciera que la vida se complica más y más. Muchas cosas pendientes que antes no lo eran, muchos compromisos y deberes que antes no teníamos, muchos sentimientos cruzados por sucesos, personas y encuentros con los espejos. ¿Qué fue de la vida que se nos prometió? ¿Dónde quedaron los viajes, la aventura, la diversión, las fiestas? Todo se ha tornado gris y aburrido. Que si enfermedades, que si guerras, inquietudes económicas, malestar social en crecimiento… tanta negatividad en la vida nos hace pensar si es que es el destino funesto del que no podemos escapar. Pero me atrevo a decir que la pregunta que nos hace falta realmente hacer y contestar con total sinceridad es: ¿dónde quedamos nosotros? Sí, podemos tomarnos selfies, podemos buscarnos en las redes sociales viéndonos compartir memes, opiniones, frustraciones, logros y demás. Tanta necesidad de reconocimiento nos hace dependientes, incluso adictos. ¿Pero en qué momento nos compartimos sin ese exceso de máscaras sociales que nos hemos, mejor dicho, que nos han hecho ponernos para todo? ¿En qué momento le tuvimos miedo a nuestra verdad, a nuestra vulnerabilidad, a nuestra humanidad? No somos cifras, no somos objetos, somos seres humanos y cada uno en su propia individualidad y dignidad tiene mucho que aportar a este mundo.

Pero nos vemos constantemente reducidos por tantas cosas que no son nuestras, que poco o nada tienen que ver con nosotros. ¿Dónde quedan las ilusiones personales apartadas de toda influencia del deber ser social? Hoy todo es más de lo mismo y menos de nosotros mismos. Empresas, instituciones, partidos políticos, etc., que sólo nos pretenden arrancar nuestra individualidad imponiendo cosas que sólo terminan siendo productos de marketing que engordecer al sistema capitalista salvaje y determinado a sobrevivir sin importar a qué costo lo hace. «Come esto, no comas aquello», «ve acá, no vayas allá», «piensa así, no así», bla, bla bla… Sapere aude! (¡Atrévete a saber! ¡Piensa por ti mismo!) ¡Qué tan gustosos rendimos nuestra voluntad, inteligencia y corazón a una influencia invisible, perversa y alejada de toda vida natural! ¿Quién no se aburre de repetir sin sentido alguno? Consumir y consumir hasta vernos consumidos. «Estoy cansado, agotado, me gasté mi juventud», dice un amigo en los 30’s a las 20 hrs de un viernes. Con total fastidio, harto, molesto e incapaz de hacer algo al respecto. Se acaba la imaginación que nos hizo millonarios cuando éramos chicos. Se acaba el asombro y el ser humano se acaba.

Pero el mundo, a pesar del ser «humano» actual, ahí sigue, totalmente fresco (aunque en peligro por el calentamiento global), diciéndonos fuertemente «¡no me conoces todavía!». Vemos los mapas trazados por la tecnología y aún así no conocemos ni el 10% del lugar donde vivimos. No nos vayamos lejos: abran un cajón que no es frecuentemente visitado y descubrirán algo que ya habían olvidado. Y así, la cosa más diminuta no es sino el descubrimiento más asombroso del día. Porque la novedad está en la intención, en la mirada de quien no se conforma con lo mismo. Ver más allá de las apariencias es el rescate hacia la posibilidad. La vida no es aburrida, uno es el que está aburrido con su vida. No hablemos de generalidad cuando sólo cargamos con una individualidad falsa y mal edificada por «los demás». Quizá las cosas cambien con acciones «insignificantes», quizá en vez de tomar café, un chocolate, quizá en vez de dar vuelta a la izquierda, a la derecha haya algo «nuevo». La repetición nos hunde en la desesperación, en la negación de la alternativa.

¡Vivamos la vida sin dejar que la vida nos viva!

¿Qué hacer con toda esa vida que se queda dentro de nosotros a diario? ¿Qué hacer con el antojo que nos negamos sin piedad? ¿Qué hacer con el deseo que no escuchamos por mandatos que inconscientemente aceptamos sin cuestionar? La vida está allá afuera, la experiencia nos espera. No hay que esperar a que el cielo se ponga rojo, que el agua del mar se vuelva dulce para asombrarnos. Lo verdaderamente fantástico del ser humano es que puede elegir también no hacer, y eso, es un hacer. ¿Quién no disfruta una torta (emparedado) de aguacate/palta con aceitico de oliva y un poco de pimienta. Algo tan sencillo puede ser toda una experiencia gourmet. Salir a caminar por el sólo gusto de hacerlo. Escuchar la canción favorita. Atacarse de risa por un video cómico mientras viajamos en transporte público. O todavía más simple: estirarse y sentir cada parte del cuerpo en ese momento. ¡Qué delicioso! Despreciar las cosas sencillas nos empobrece el alma misma.

No es brujería, es abrazar lo que somos en este tiempo, en este espacio. Empezar por descubrirnos con absoluta curiosidad nos abre las puertas al mundo que está ahí, esperando por cada uno de nosotros. ¿De qué manera ven las cosas? ¿Cómo las asumen? Cuando niños queríamos nuestra nave espacial, y al manejar el auto que tenemos resulta que bien puede ser eso. Darle paso a la imaginación nos devuelve la infancia que nunca debe perderse. Si antes no se pudo, ahora sí. Si antes se pudo, más ahora. ¿Qué esperamos? Hace calor en la Ciudad de México, ¿y si vamos por una botella con agua fría?

Qué bonita es la vida, ¿no creen?

Los abrazo.

Héctor

Rompimiento Camus-Sartre: ¿por un lío de faldas?

«¡Dios nos libre de enemistades de amigos!».

-Lope de Vega

Queridos(as) lectores(as):

La Historia de la intelectualidad ha estado fuertemente marcada por varios desencuentros, rivalidades, pleitos (directos o indirectos), competencias y hasta lucha por la popularidad de las ideas expuestas. Son incontables los casos que tenemos noticia sobre ello, por nombrar algunos: Góngora vs Quevedo, Cervantes vs Lope de Vega, Rousseau vs Voltaire, Hegel vs Shopenhauer, García Márquez vs Vargas Llosa, etc. Pero una de las que más ha acaparado los distintos medios de (des)información, sin lugar a dudas se desarrolló en la Francia del siglo XX, es decir, la polémica y notoria relación entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre.

Cabe decir, antes de continuar, que muchas de las rivalidades mencionadas y otras, tuvieron un origen muy alejado de lo esperado. Me refiero a que muchas comenzaron con una buena amistad, donde la admiración, apoyo, camaradería y demás se dio en cantidades bastante generosas, cosa que fue precisamente un factor importante entre los filósofos franceses que estamos por comentar. Sin embargo, recientemente hemos tenido acceso a una información que ha hecho que todo lo sucedido entre Camus y Sartre se vea desde otra perspectiva. Una declaración hecha por la mismísima hija de Albert Camus, Catherine Camus (1945 – ), durante su participación en las Trobades de Menorca a inicios de este mayo del 2024. Pero, vayamos por partes, que este conflicto hay que analizarlo desde varios puntos.

Entran dos existencialistas a un teatro y…

Aunque el propio Albert Camus (1913-1960) rehuyó de ser considerado como un «existencialista», el fuerte sonido que esta rama filosófica generó a principios del siglo XX, sobre todo en Francia, hizo que su obra fuera vista como un importante aporte al mismo. Hay muchos que afirman que Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue quien puso la piedra fundacional del existencialismo francés con La Náusea (La Nausée, 1938), obra que nos narra sobre un hombre de la burguesía que se encontraba en profundo hastío de su existencia. Sin embargo, Sartre posó su interés en Camus cuando éste publicó El Extranjero (L’Étranger, 1942) ya que el escritor franco-argelino desarrollaba de una manera todavía más profunda la compleja existencia de los protagonistas. En su momento, el propio Sartre llegó a comparar a Camus con Kafka y con Hemingway (quienes dicho sea de paso eran sus autores literarios favoritos).

No fue sino hasta que en 1943 se estrenó la obra Las Moscas (Les Mouches) de Sartre, que Camus se presentó con él. Y vaya que tenían credenciales para hacer de ese encuentro un auténtico momento de reconocimiento y admiración de uno para el otro: ambos militaban en la izquierda, tenían profundas preocupaciones por el malestar social que las políticas capitalistas generaban en la sociedad, pero sobre todo, ambos eran figuras literarias reconocidas. Caso curioso -si me permiten una breve pausa- porque el propio Ernest Hemingway anticipó en un comentario el terrible caos que inevitablemente pasaría, y lo parafraseo a continuación: «Lo peor que puede pasar es que un escritor se tope con otro, pretenda ser su amigos, pero encuentre una profunda rivalidad entre sus obras». Y algo así sucedió, sin embargo, hay todavía mucho que mencionar…

De la ideología a la Historia

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa entró en una profunda crisis de identidad. Y no contentos con esta situación, se desarrolló otro evento de magnitud global que empeoró las cosas: la Guerra Fría. Aunque Sartre y Camus simpatizaban con la izquierda, fue el primero el que llevó a otro nivel su apoyo, sobre todo al comunismo (estalinismo) implementado en la Unión Soviética. Sartre no dejaba pasar ninguna ocasión para aplaudir y mostrar un apoyo incondicional a toda acción que se realizará en el territorio soviético, así como en el chino y después también en el cubano. Llegando al punto de alabar y justificar todas las medidas violentas utilizadas por los regímenes para lograr la ideología. En este punto, se originó lo que creímos fue el quiebre entre estos dos amigos. Ya que Camus criticó severamente el totalitarismo comunista, mismo que no dudó en comparar con otros, incluso con el nazismo: no podía ser, de ninguna manera, que el terror de la violencia social fuera un recurso para lograr metas nacionales.

El apoyo sartreano a los excesos totalitarios con sus sociedades, se daba en razón de que consideraba que el proyecto ideológico no hacía sino buscar de forma global el bien mayor, arrasando con la enfermedad capitalista. Sartre veía en la propuesta estalinista una postura de indudable superioridad moral. A su vez, Camus se mostró muy crítico de ello, llegando a decir que el comunismo estaba logrando estar a la par de las injusticias cometidas por el sistema capitalista. El campo de batalla intelectual se dividía entre estos autores. Aunque, claro, ninguno estuvo libre de profundas y muy marcadas contradicciones. Sartre se mostró muy pasivo durante la ocupación nazi en Francia, limitándose a escribir algunos artículos hasta el final de la misma en medios colaboracionistas (siendo que al final pidió mano dura contra ellos), mientras que Camus se unió a la Resistencia Francesa, escribiendo activamente para el periódico clandestino Combat en contra de la ocupación, cosa que no hizo de la misma manera con la problemática franco-argelina, dejando mucha ambigüedad sobre su postura ante el colonialismo francés.

La ruptura (aparente)

La relación entre ambos ya era en sí tensa, pero el golpe de gracia vino tras la publicación de El Hombre Rebelde (L’Homme révolté, 1951) de Camus. Este texto no era sino una aguda y dura crítica al sistema que tanto amaba Sartre, quien enfurecido se hizo de la pluma del filósofo Francis Jeanson, y a través de un texto en Tiempos Modernos (Temps Modernes), revista dirigida por el propio Sartre y de gran influencia en la sociedad francesa, tachó a Camus como un «traidor de la clase obrera». Este punto es bastante cómico, porque Sartre había nacido en la opulencia, en cuna de oro, e incluso había asistido a la École Normale Supérieure, institución elitista y clasista en aquellos tiempos, mientras que Camus era de un origen más pobre y humilde. Entenderán la ironía.

La relación estaba rota, y los distintos ataques entre ellos no dejaban a nadie fuera del «chisme». Tal es el nivel alcanzado, que este conflicto salió de los círculos intelectuales, alcanzando a la prensa sensacionalista. Fue así que incluso la revista Samedi-Soir, de difusión de la belleza estética de mujeres, se animó a tener artículos sobre este «divorcio» entre los dos pensadores franceses. Sin embargo, el que peor quedó en esto fue Camus, ya que Sartre tenía (por así decirlo) mayor espacio para su creatividad y crueldad, llegando a pisotear la obra camuseana, diciendo de ella que no era sino una obra que se sostenía por planteamientos moralistas alejados de la la realidad política y social. Camus fue criticado severamente por las altas esferas intelectuales, sin embargo, a diferencia de Sartre, él sí aceptó el Premio Nobel de Literatura y eso le permitió tener una base de «admiradores» que han logrado, hasta nuestros días, nivelar la balanza en esa batalla. Hace poco, de hecho, leí algo interesante: «Sartre criticaba a Camus de defender los valores burgueses y no así los socialistas. ¡Y Sartre era un perfecto burgués que decía defender los valores socialistas desde las dulces mieles capitalistas!».

Nadie está libre de la incoherencia en algún momento de sus vidas…

Lío de faldas

Después de hacer este brevísimo resumen del rompimiento de la relación entre Sartre y Camus (de lo que sabíamos, insisto, hasta mayo de este año), es momento de dar paso a lo que mencionaba al principio. Catherine Camus puso sobre la mesa una teoría que, hoy por hoy, no hace sino sumarse a varias acusaciones contra la pareja de Jean-Paul Sartre, la filósofa feminista, Simone de Beauvoir (1908-1986). Siendo un emblema del movimiento feminista, la autora de El Segundo Sexo (Le Deuxième Sexe, 1949) entre otros, no estuvo libre la polémica a lo largo de su vida. Lisa Appignanesi, biógrafa de la filósofa francesa, cuenta que durante los años de profesora de educación secundaria, entre 1929 y 1943, se desató la primer acusación de haber intentado seducir a Natalie Sorokine, alumna de 17 años. Los padres de la joven levantaron la queja y eso inició un proceso que terminaría por truncarle su labor académica, aunque tiempo después quedó libre de los cargos.

Mucho se ha dicho que incluso Simone de Beauvoir seducía a varias alumnas o mujeres jóvenes y que éstas terminaban en brazos de Jean-Paul Sartre. No quiero entrar de fondo en este tema ya que hay muchos otros espacios que hacen un recuento con mayor rigurosidad. Sin embargo, sean intenciones para difamarlos o no, lo cierto es que muchos medios coinciden en que la relación entre ambos autores, apoyados incluso por comentarios de ellos, era libre y los amantes iban y venían. Así que, a partir de esto, viene el comentario de Catherine Camus: «Mi padre no quiso acostarse con Simone de Beauvoir. Y esta no se lo perdonó. Hasta el punto que impedía a Sartre que hablase bien de los libros de Camus cuando le gustaban». Según Catherine, el editor Michel Gallimard, muy amigo de su padre y con quien de hecho compartiría el funesto fin en aquel «accidente» automovilístico, le dijo que una vez Sartre le comentó sobre uno de los últimos texto de su padre: «Es excelente, pero no puedo decírselo, mi mujer no me lo permite»(parafraseando).

Aquí lo dejaremos, en algo que «puede ser», «que igual y sí», etc., ya que no podremos nunca saber si un lío de faldas realmente ocasionó uno de los rompimientos intelectuales, de amistad, más resonados en los últimos años. Ustedes tendrán el criterio para opinar al respecto, mis queridos(as) lectores(as)…

Derecho al orden

«La libertad sin orden es la muerte de toda organización social».

-Hjalmar Schacht

Queridos(as) lectores(as):

En el encuentro anterior hablamos sobre el derecho que tenemos al caos, y como pudimos entender, no siempre se trata de estar bien, sino que también hay que saber y estar «mal» de vez en cuando. Pero también es importante que hagamos una pequeña reflexión sobre el orden y el derecho que tenemos a éste. Aunque es posible que cometa el error de apresurarme con algunas aseveraciones, pero lo haré con la mejor intención de crear caminos de interés para todos respecto a la «hermosa» complejidad del orden.

Según la Real Academia Española, el orden tiene varias definiciones, pero haremos uso de apenas unas. 1) Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde (esto nos lleva a Platón y su noción de justicia, pues para el filósofo griego «la justicia es dar a cada quien lo que le corresponde»). 2) Concierto, buena disposición de las cosas entre sí (nos acerca a la noción de armonía de Aristóteles que nos ayuda a contemplar la concepción de la razón, de la ciencia, del ser del hombre y de la relación del hombre con la naturaleza y así poder lograr entendimiento). 3) Regla o modo que se observa para hacer las cosas (destello de las ideas sobre la experiencia sensible de Hume, quien sostiene que todo nuestro conocimiento surge de la mencionada). Las demás definiciones quedan para el interés personal de cada uno.

Orden: justicia, armonía, experiencia

Al quedarnos con 3 nociones que van ligadas a la del orden, podemos tener una auténtica oportunidad para dirigirlas hacia nuestra vida personal. El ser humano, diariamente, busca de manera consciente y/o inconsciente cierto orden en su vida. Curioso es que hayan salido algunas afirmaciones salvajes y pretenciosas del tipo «estudios recientes (de quién sabe quién y de quién sabe donde) descubren que las personas desordenadas son en sumo inteligentes». ¡Esa es una barbaridad! Pero, ojo, tengamos cuidado de no exagerar nuestra ya exagerada reacción. La inteligencia tiene muchas maneras de expresarse, no está limitada nunca a un modo determinado y mucho menos a un deber ser. Hay personas que son en extremo inteligentes y no por ello son ordenados, limpios, meticulosos, etc., y viceversa. A pesar de ello, no cabe la menor duda que quien es más ordenado (sin caer en la neurosis obsesiva) tiene mejores modos y mejores herramientas para su desarrollo tanto personal, social y profesional.

Por ahí también hay una expresión interesante que dice: «así como tienes tu cuarto, así tienes tu mente». ¿Y qué creen? En efecto hay algo de verdad en ello. Pero una vez más: no todo se resumen a la misma causa. Habiendo tantas preocupaciones y cosas por hacer, en muchos casos se pierde la idea de las prioridades, por lo que no se puede esperar que todo el tiempo haya orden (otra vez volvemos al derecho al caos). Sin embargo, no estoy en ningún momento justificando el que no haya tiempo, en ese instante, para tener o buscar algo de orden. Hace tiempo, una querida amiga de mi mamá, me decía: «Héctor, cuando no sepas qué hacer, ponte a hacer limpieza». Esto me recuerda a Anna O. (Bertha Pappenheim, 1859-1936), quien fue paciente del Dr. Joseph Breuer y después del Dr. Sigmund Freud. Anna O. se refería a la «cura de la palabra» (prehistoria del Psicoanálisis) precisamente como «limpieza de chimenea». ¿Qué relación podemos encontrar? La búsqueda del orden -importante- en el desorden. Por un lado, se limpia un lugar dejando las cosas «en su lugar», con «buena disposición de las cosas entre sí» y resultado del «modo de hacer las cosas» (bien). Por el otro, es precisamente darle orden al pensamiento y de ese modo, hacer limpia de la mente para quitar telarañas y demás contenido basura.

Un mundo para el orden

Estamos viviendo día tras día una desesperante realidad de alta exigencia en varios aspectos de nuestra vida. Todo el tiempo vamos a prisas, desesperados por cumplir en todas partes, generando varios y delicados problemas de salud física y mental. Se podría decir que hay un predominio del desorden. Pero no, en realidad es un predominio de las prioridades propias y que nos imponen otros. Pensar la libertad del ser humano como algo absoluto sin límites es estrellarse de frente con la responsabilidad y el orden necesario de las cosas. La naturaleza, que no tiene corazón ni mente, curiosamente es «sabia» ya que pone todo en su lugar. Santo Tomás de Aquino, haciendo eco de Aristóteles, hablaba del «lugar natural de los objetos», es decir, todo objeto tiene su propio lugar de ser y estar. En las leyes tradicionales de la Física, ningún espacio puede ser ocupado por 2 cuerpos al mismo tiempo, de ahí la existencia del movimiento. Quizá una manera de la que podemos hacer uso para dar más estabilidad a nuestra vida, sea empezando por pensar el orden en lo que hacemos y de qué manera lo hacemos (ya que si queremos pensar por qué lo hacemos o no, eso es otro asunto igualmente interesante).

Incluso en el encuentro anterior, trayendo aquello que también mencioné brevemente al principio, cuando «no tenemos que estar siempre bien», cuando estemos mal, es ocasión perfecta para replantearnos varias cosas que justo nos alejan de un estado de bienestar (entendiendo lo que entendamos por ello, aunque apostando, claro, por la aparente sencillez de «estar bien»). En la precipitada carrera del día a día, el estrés (y aquellas otras versiones de la famosa ansiedad) nos conduce hacia escenarios de conflicto, tanto personal como con otros. Perdemos la cabeza y no hacemos sino reaccionar. De ahí ese saber popular «piensa con la cabeza fría». El orden es y será necesario, pero hay que saber lograrlo. Porque eso de que muchos dicen que «están bien», puedo asegurarles que están a un paso de estallar. Paciencia y prudencia, virtudes que siempre nos podrán ser útiles.

¿O qué piensan al respecto?

Derecho al caos

«Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas».

-Paul Auster

Queridos(as) lectores(as):

Según la Real Academia Española, el caos es un «estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos». Si nos enfocamos en la definición que se le da en la Física y en la Matemática, se trata de «un comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales». Atendiendo ambas definiciones, nos topamos directamente con un origen que apuntala al orden, siendo a su vez que el orden es el origen… ¡Pero cuidado! Hay muchos puntos de vista al respecto y una notable discusión, así como el famoso ¿qué fue antes, si el huevo o la gallina?, sólo que en este caso qué fue antes, ¿el caos o el orden? Sea como sea, hay algo para resaltar en ambas definiciones: estado-comportamiento.

¿Pero qué tiene que ver este vago ejercicio físico con la tendencia de esta página? Que como suele suceder, el caos y el orden se hablan y entienden de varias formas, y como sé que ya estarán deduciendo en este momento, vamos a orientarlo al estado y comportamiento de la mente del ser humano. Después de todo, no es de gratis decir «tengo un caos mental».

Los caprichos sociales de la estabilidad

Es bastante común hoy en día que haya ciertos mandatos, conscientes e inconscientes, respecto al «estar bien» a todo momento y de cualquier forma. Pero qué tan desquiciante resulta cuando hay que esforzarse de más, sobre todo cuando las personas, los más cercanos, son los que hacen que se vuelva una clase de obligación. Nos resulta bastante sencillo tratar de hacer psicoanálisis salvaje (a lo bruto) a partir de alguien que se está quebrando ante tanta exigencia. Y parece bastante incoherente entender que los demás no son como nosotros y aún así juzgar, criticar y hacer que parezca que hacemos menos el conflicto del doliente. Entendamos algo: la crisis caótica de cualquier persona, no se puede tomar a la ligera.

Hace tiempo, recuerdo bien, estaba en casa de un buen amigo y llegó su hermana sufriendo un «ataque de ansiedad». Ella no nos saludó, se fue directo a su cuarto, sacando del mismo una almohada y se dirigió a la cocina a servirse un vaso con agua. Sin decir palabra alguna, se sentó en un sillón vacío frente a nosotros, abrazó la almohada y bebía de poco a poco del vaso, sin despegar éste de su boca. «¡Qué ridícula!», no faltará quien en este momento esté pensando esto, tal como mi amigo lo expresó. Acto seguido, surgió un discurso totalmente innecesario por parte de él para «hacerle ver a su hermana que estaba exagerando». Ella en cuestión sólo lo veía y su llanto aumentó considerablemente. No quise participar de ese (des)encuentro de hermanos, pero la incomodidad me hizo hacerlo. «Venga, aquí estamos, continúa… te esperamos». Eso le dije, ella continuó hasta que se pudo tranquilizar. Mi amigo me veía raro, como enojado (cosa que realmente no me importó), pero su hermana se puso de pie, me dio un beso en la frente, me dijo «gracias», sonrió y se fue. Más tarde, bajó una vez más a la sala y nos explicó que estaba teniendo ese ataque porque se encontraba muy preocupada por una situación personal. Pero cuando digo que «nos explicó», lo hacía mirándome sin voltear a ver a su hermano en ningún momento. En el caos, comprensión.

Caos, orden… ¡imaginación!

En su última novela, El peso de vivir en la tierra (2022), David Toscana nos ofrece un hermoso recorrido a través de la literatura rusa a partir de sus maravillosos personajes, aventurándonos hacia la búsqueda de libertad en un mundo en el que no la había. Pero, ¿cómo autores como Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Chéjov, Bábel, etc., nos pueden ayudar en estos tiempos de caos? Recordándonos, para empezar, que la libertad esencial del ser humano radica en la propia imaginación. Muchas veces, tal y como lo sabemos bien, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, al menos no de la manera tan exacta como quisiéramos, por lo que nuestra imaginación nos ayuda a enfocarlos en la expresión artística: pintura, música, escritura, baile, canto, etc. Por lo que el mejor consejo que se puede dar a una persona que está en un momento «caótico», en primer lugar es no decirle nada. Esperar a que se calme un poco la tempestad, escucharle e invitarle a expresarse de la mejor manera que crea posible.

El caos es en sí mismo un persistente recordatorio que todavía nos falta mucho por vivir. De hecho, ahora que hablamos de autores rusos, en su magnífico cuento La dama del perrito (1899), Antón Chéjov nos regala una reflexión final: «Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar». ¿Y cuál es esa parte? La vida misma. Por eso es que es importante que tengamos derecho al caos, porque es una clase de punto y coma, un respiro, un «detente», para poder continuar. Así que, mis queridos(as) lectores(as), no mutilemos nuestro caos ni el de nadie, es muy necesario.

P.d. Tengo que aprender ruso…