Mamá, papá, ¿dónde están?

El otro día platicaba con un querido amigo y colega filósofo sobre la importancia del tema de la escucha en nuestros días. Y entre las muchas cosas que dijimos, salió un caso que recordé sobre un adolescente (el que adolece) que fue a consulta, más bien, que llevaron con un conocido psicoanalista.

L. es un muchacho (en aquel entonces de 14 años) que han traído sus padres conmigo. Ellos, entre reclamos y gritos, dicen que no pueden con él, que se ha vuelto un verdadero dolor de cabeza. El padre le echa la culpa a la madre y viceversa. En ambos discursos hay un «es que tú…». Después de una larga hora, acepto recibir al adolescente.

Al cabo de unos días, L. llega al consultorio, no sin antes azotar la puerta del flamante BMW de la madre. El analista cuenta que alcanzó a oír un «cuando acabes tu terapia, pides un Uber y te vas a casa, ¿ok?». L. pega tres veces con el puño cerrado en la puerta. Sólo se escucha desde la ventana del consultorio «ahí hay un timbre». El muchacho lo toca y le abren la puerta.

Enfurecido, L. entra al consultorio y se avienta en el diván. Le indico que se levante y que se siente en el sillón de enfrente, así como le señalo que todavía no es el momento. Se levanta todavía más irritado y se deja caer en el sillón. Con cara de fastidio me ve y me dice «Bueno, ya estoy aquí, ¿ok?». Le contesto: «Sí ya veo, el ruido que has estado haciendo te delató». No capta la broma y sólo mueve los ojos hacia el techo. Él me odia. Pero no soy al que odia.

Después de explicarle el analista al muchacho que como se trata de un menor de edad, su trabajo le llevará a tener dos sesiones, una con él y otra con sus padres, el paciente se muestra todavía más enojado y le dice «lo que me faltaba, ahora usted va a ir de chismoso con ellos». Notablemente furioso, el adolescente se va haciendo a la idea de que no se puede «escapar».

L. no deja de mirar su celular, los cuadros de mi consultorio y hasta se queda mirando una revista que dejé (a propósito) sobre una mesita a lado de su sillón. Hasta que capta la imagen completa en ella y la avienta al piso. «Ay, sí, una familia contenta, ¡esas son mamadas!».

-¿Mamadas? Mmm… ¿qué palabra hay dentro de esa palabra?

-¿A qué se refiere?

-Sí, a ver, ¿notaste que cuando la dijiste hiciste una breve pausa al pronunciarla?

-¿Qué?

-Sí, mira, dijiste «esas son mamá-das».

-Ajá… ¿y qué?

-Claramente tu mamá es el problema aquí. ¿No te parece?

-Wow, ¡usted es un genio! No puedo creer que lo notara tan fácilmente.

Evidentemente L. se estaba burlando del analista. Pero «la cosa» apenas comenzaba.

-L., ¿por qué estás tan molesto? ¿No te gusta que te escuche?

-¿Para qué? No sirve de nada.

-Más bien me parece que no soy quien quisieras que te escuchara, ¿no es así?

Es importante explicar que el psicoanalista, aunque está ahí en frente, no está del todo, al menos no siendo él. En la transferencia que hay entre ambos, hay figuras que se manifiestan en donde debería estar sentado el analista; figuras que son un secreto hasta que se les va dando cuerpo y nombre.

-Papá… mamá… ¿dónde están?

-¿Qué les quieres decir, L.? Te escucho…

-Pues eso, Dr., ¿dónde están?

-Me parece que sí sabes dónde están, no sería mejor preguntar «¿por qué no están aquí?»

El analista narra que L. se echó a llorar de un modo completamente desconsolado, como un niño indefenso. Las palabras sobran, están de más, por el momento. El análisis ha comenzado…

Desgraciadamente vivimos en una época en la que los padres de familia o quienes cumplen la función de padre y/o madre, están reproduciendo una clase de orfandad con sus propios hijos. El pensar que se les da lo que no se tuvo (coches, celulares, tablets, computadores, etc.) es en verdad un auténtico desastre. Irónicamente se les da, pero no nos damos a ellos. Los hijos necesitan a sus padres, tener la confianza de poder hablar con ellos, ayudarles a lidiar con ese «infierno» que resulta ser la adolescencia. Tampoco se trata de estar sobre ellos, hostigándolos y hacer que desesperen, pero sí tener una actitud que les permita sentirse amados y queridos.

¿O vamos a esperar una llamada desgarradora sobre un accidente?

Los accidentes, por cierto, no existen.

La frágil sociedad

El siglo XXI es sinónimo de grandes avances y descubrimientos científicos, de notables esfuerzos por mejorar la calidad de vida, de asegurar la paz, de proteger a la naturaleza. Pero, a su vez, parece ser que el mundo se ha estado fragmentando en cuanto al ser humano. Cada día es sobresaliente el número de notas rojas sobre incontables hechos fatídicos, tristes y lamentables alrededor del mundo. Parece ser que la sentencia popularizada por el filósofo inglés, Thomas Hobbes (s. XVIII), “el hombre es el lobo del hombre”, cada vez se va volviendo más cierta. ¿En qué momento pasamos de ser seres proactivos a ser sólo gente que se queja de todo?

Vivimos en una época en la que el ser ofendidos es algo que está a la orden del día. Incluso me parece cómico cómo mucha gente está atenta a encontrar razones para ofenderse e indignarse, siendo resultado de muchas campañas que intentan ser una suerte de “concientización” sobre varios y diversos temas de profundo significado social y, por tanto, cultural. No estoy diciendo que no sean temas que deben dárseles importancia, pero me parece que estamos exagerando brutalmente en ello. Retomando lo que decía sobre la gente que está esperando a ser ofendida, los miro y trato de encontrar el porqué de ello. Personas que hace apenas unos años atrás no se preocupaban en lo más mínimo, hoy son los que se rasgan las vestiduras y se proclaman “indignados”. Pero, ¿por qué? ¿De dónde surge esa desesperación?

De la subjetiva normalidad

Tenemos que voltear la mirada hacia el hombre y hacia la mujer, sobrevivientes de la afamada posmodernidad, y darnos cuenta de lo ridículamente sensibles que se han vuelto. Pienso, por ejemplo, en las personas que se asombran por cosas que generaciones atrás lo hubieran visto como algo perfectamente normal. Y con esto de “normal” me estoy metiendo a mí mismo en un problema, ya que tal y como sostenía Michel Foucault, el tema de la normalidad es algo meramente atemporal, pero siempre apuntando hacia lo que se creía en cada momento como lo correcto, lo que estaba bien, lo que la sociedad aceptaba. Hace unas semanas, comencé a hablar con mis alumnos de universidad sobre algunos filósofos, entre ellos Nicolás Maquiavelo, quien afirmaba que el ser humano era malo por naturaleza; que ese ser fantástico, capaz de hacer y de crear grandes cosas, era el mismo que era capaz de perpetuar los más aberrantes actos, siempre en aras de obtener poder y lograr someter a los demás a su voluntad.
A mi creer, deberíamos festejar que lo normal haya ido evolucionando hacia un punto en el que podamos lograr verdaderos avances, sin embargo, mucho me temo que hay quienes han querido forzar de más esa evolución y buscan, entre muchas otras cosas, establecer la absurda idea de que la verdad es relativa, entendiendo por esto último que cada quien goza de su propia verdad. Ya no es que cada quien tenga su opinión sobre las cosas, sino que cada quien tiene su verdad sobre ellas. Lo objetivo se vuelve algo que se somete a la subjetividad, sin importar qué tan errada se encuentre.

El riesgo de la terquedad

Estamos siendo absorbidos día a día por la frágil sociedad de nuestro tiempo. Una sociedad con gravísimos problemas de echar a perder todo lo que se ha logrado a través de años de progreso. Hasta parece broma, pero se está llegando a tal nivel de escepticismo que hasta la misma ciencia está siendo puesta en duda debido al florecimiento del sentimentalismo. Una prueba de esto último es el movimiento anti- vacunas, que ha provocado, entre muchos otros problemas sociales, el resurgimiento de enfermedades que se pensaban ya erradicadas. Personas irresponsables que basan sus acciones en creencias sin fundamentos reales, imponiendo prejuicios y poniendo en riesgo a sus propios hijos, y por supuesto, a otros. Y no conforme a que muchos miembros de ese movimiento ya han muerto, hay todavía quienes se siguen aferrando a
seguir defendiendo lo indefendible, prefiriendo enfermar hasta morir en vez de aceptar que se han equivocado. Pero cuidado con hacer algo contra ellos, porque surgen los anteriormente mencionados indignados (que muchas veces ni tienen nada que ver) a ocasionar un verdadero escándalo, tachando a los que no piensan como ellos como intolerantes.

De hecho, sobre este punto me gustaría comentar que en sí la palabra “tolerancia” no es de mi agrado, pues de cierto modo interpreto en ella algo así como “no me gusta lo que haces, pero te permito que lo hagas”, como si se pusieran en una posición moral superior para ceder al otro la libertad de sus propias acciones. ¿Entonces estaríamos siendo precisamente intolerantes con los anti-vacunas? No, porque si ellos sólo fueran los únicos que se enfermaran y murieran, quizá podríamos dejarlos, porque al final de cuentas están haciendo uso de su mal entendida libertad, pero están poniendo en riesgo a terceros. La ecuación es fácil: haz lo que quieras, siempre y cuando no afectes a otros. ¿Por qué “mal entendida libertad”? Porque es precisamente esto último lo que ha permitido que la sociedad sea débil y carente de valor para afrontar las consecuencias de sus propios actos. Entendamos que no hay libertad sin responsabilidad (guiño al Sartre).

Saber diferenciar (o lo uno o lo otro)

¿Qué pasa cuando hay manifestaciones, por cualquier razón o motivo, y que gente en ellas empieza a atentar contra establecimientos comerciales o contra otras personas? Por lo general, llega la policía a establecer orden, pero los responsables se escudan a sí mismos en el ya de por sí desgastado “estás violando mis derechos”, negándose a aceptar que sus acciones los han llevado a ser castigados. Todos quieren ser libres, pero sin responsabilizarse por lo que hacen. ¿Y de quién es culpa esto? De las propias familias y de las crecientes y muy cuestionables ideas de “no traumar a los niños” regañándoles por sus travesuras. Pensemos, por ejemplo, en una situación en la que una madre lleva a su pequeño hijo a un restaurante para reunirse con sus demás amigas y tomar el café. El niño, como es perfectamente entendible, no querrá estar sentado tanto tiempo y comenzará a jugar; se pone a correr entre las mesas (ya que no hay una zona

de juegos infantiles), pasando entre los meseros que llevan platillos calientes, empujando y pataleando. “A ver, papito, tranquilo” -dice la madre sin hacer nada más. Como era de esperarse, un mesero pierde el equilibrio tratando de esquivar al niño y tira todo lo que llevaba. El niño se asusta y se queda mirando lo que pasó, la madre se levanta enojada, toma al pequeño y sólo le dice “Te dije que no lo hicieras, muy mal”. ¡Y ya! No pasa nada más. Y cuidado con que el mesero le reclame, porque puede volverse víctima de un sinnúmero de ofensas por parte de la indignada madre. ¿Qué hubiera pasado si alguno de los platillos le caía al niño? Ni imaginar el tremendo problema que tendría, no sólo el mesero, sino el restaurante en general. Al no haber límites, mismos que muchos tuvimos y que no hicieron de nosotros unos «traumados» (si es que es la palabra correcta), se presta a la idea de que no hay consecuencia por nuestros actos. Pero luego, las madres lloran desesperadas y en profunda agonía porque a su “angelito” lo balearon los policías después de haber asaltado a otras personas en el camión.

«Educad a los niños para no tener que castigar a los adultos»

-Pitágoras

No estoy pidiendo que nalgueen al niño, mucho menos que le griten y lo humillen, pero al menos sí que lo hagan consciente de lo que ha pasado; pero también que, en este caso la madre, no se haga la desatendida y cumpla con la responsabilidad que el accidente ha ocasionado. Sin embargo, parece que es mucho pedir. ¿Pero qué pasa si alguien más se atreve a decirle algo a la madre? Comienza la lluvia de insultos y degradaciones. Hasta es risible, porque el mismo mesero puede perder su trabajo, y todo por como decimos coloquialmente “sin deberla ni temerla”.

¿Qué esperanza queda? ¿Queda?

Estamos mal, en verdad muy mal, pero lejos de hacer algo, seguimos en silencio o solamente nos quejamos. Pero, ¿qué hacer? ¿se puede hacer algo? Sí, lo cierto es que debemos fortalecer las virtudes que se han ido debilitando, restablecer los límites y apostar por la educación. Ahí está la clave que ha hecho que muchas naciones sean consideradas como grandes; en la educación yace el futuro y la esperanza de toda sociedad. Pero no sólo me refiero a la educación académica, sino aquella que empieza en casa. La sociedad va en picada precisamente porque hemos olvidado las primeras estructuras que yacen en el seno familiar, en los valores que se nos enseñaron y que nos hicieron personas responsables y trabajadoras.
Dejemos de ser adultos infantilizados y llorones, dejemos de permitir que los gobiernos nos traten así con sus programas asistencialistas que fomentan en nosotros la irresponsabilidad y la mediocridad. La riqueza no se obtiene extendiendo la mano pidiendo o suplicando la limosna de los demás, sólo a partir del trabajo honrado, justo y bien remunerado es como podemos alcanzar lo que otros tienen, dejando atrás el insano resentimiento social que nos esclaviza a nuestras pasiones. Evidentemente el tema del trabajo justo y remunerado es otro, y tendremos otra oportunidad para hablar sobre ello.

Si estamos viviendo todo esto, imaginemos por un momento que podríamos (y tal parece que así será) estar peor…

El arte de perdonar

Queridos(as) lectores(as):

Primero antes que nada, quisiera agradecer el entusiasmo con el que han ido recibiendo mis publicaciones, así como la gran ayuda que me dan al compartirlas. Agradezco también los comentarios de quienes se ponen en contacto conmigo (conocidos y por conocer), sugiriendo temas, ampliándolos, etc.

Prosigamos con el tema de hoy. Justo una amiga me pidió que escribiera sobre el perdón, y me ha dado la tarea de investigar y tratar de profundizar lo más que se pueda, por lo que ruego a ustedes me disculpen si se hace «muy larga» esta publicación.

El perdón no es algo que sea especial de algunas doctrinas o creencias religiosas, sino que más bien se trata de una experiencia tan importante que está presente en toda manifestación social, familiar, cultural, política, etc. Es algo que se vuelve parte de la formación moral de las personas. Si bien es un tema amplio y que se puede ver en distintas partes, me gustaría centrarme en la tradición judía, muy necesaria, a mi entender, para poder abarcar con claridad este tema tan importante.

«Todo aquel que perdona a los que le causan dolor, será perdonado por todos sus pecados»

(Rosh HaShaná 17a)

Perdonar para poder ser perdonados. ¿Qué quiere decir esto? Muchas veces, en nuestro afán de vivir de una manera correcta y «moralmente aceptable», descuidamos que el error de otros puede ser el nuestro también, en otras palabras, no dejamos en ningún momento nuestra humanidad y, por tanto, la enorme capacidad que tenemos de equivocarnos. Mi querido amigo, Joseph Goldsmith (q.e.p.d.), solía enseñarnos que «la pérdida de la humanidad en las personas, podría ser el peor de los fracasos de su historia». Por eso es que los errores son siempre los más valiosos aprendizajes. ¿Quiénes somos nosotros para sólo señalar a los demás? ¿Por qué deberíamos sentirnos mal, entonces, cuando nos señalan? Ser humanos es estar abiertos a todo tipo de posibilidades.

Ahora que menciono lo de la posibilidad, surge el tema de la culpa, misma que es la que, precisamente, hace posible el perdón. El rabino Oppenheimer comparte la siguiente anécdota: Una persona estaba buscando monedas de noche. Un amigo se acercó para asistirlo. “¿Dónde las perdiste exactamente?” –preguntó. A lo cual el otro responde: “Más allá, pero preferí buscar las monedas en donde hay luz, porque puedo ver mejor…”. Buscar donde no hay. Vamos a explicar esto: cuando una persona siente culpa sobre algo respecto a un otro, es normal que se sienta mal, que se sienta incluso a veces perseguido. Esto es la culpa. Cuando es tan pesada la carga del arrepentimiento, se busca al otro para pedirle perdón. El perdón nos libera, nos quita el desgaste de estar pensando y dándole vueltas al problema. Sin embargo, ¿por qué hay quienes dicen «si te ofendí, si te fallé, te pido perdón», y más bien evitan decir «te ofendí, te falle, te pido perdón»? Una vez más surge el tema de la humildad y por tanto el reconocimiento: debemos estar seguros de lo que hicimos, porque nosotros lo hicimos, no otro.

Me cuesta pedir perdón… ¿por qué?

Hace unos días, un pequeño niño en el parque estaba jugando con otros. Ese niño llevaba una pelota, con la cual se hizo posible que jugaran futbol. Uno de los otros niños, enojado porque no le pasaban la pelota, se hizo con ella y la pateó fuerte, de modo que salió del parque y terminó en el paso de los coches. Todos los niños le gritaban y ofendían, salvo el dueño de la pelota. «¿Por qué has hecho eso? -le preguntó con calma el dueño de la pelota. «Es que no me la pasaban, y no estoy aquí para sólo verlos jugar» -contestó todavía enojado el responsable. Me quedé mirando la situación y fue hermoso lo que vi: el dueño de la pelota le pidió perdón por no tomarlo en cuenta. El niño que había pateado el balón, no supo cómo reaccionar ante ese gesto, se fue a una esquina de la cancha y se puso a llorar. Unos minutos después, salió en busca del balón, mismo que lo había tomado un joven que pasaba por el lugar. A su regreso, el niño pidió perdón por su conducta, y todos volvieron al juego.

No hay que profundizar mucho en esta anécdota (niños son niños) para entender que hay un conflicto de poder. Ese conflicto sitúa a las personas en una posición en la que se ven muy por encima de los demás, pensamiento errático que nubla la razón. ¿Cómo yo me voy a agachar ante los demás? ¿Por qué yo tengo que pedir perdón? Resulta algo humillante reconocer nuestra falta, sin lugar a dudas, porque cuando la cometemos estamos en la idea de que estamos haciendo lo correcto. Pero la presencia del dolor, de tristeza, de desilusión en los demás, nos golpea y nos hace sentir culpables. ¿Cómo evitar lo que ya hemos hecho? ¿Cómo regresar en el tiempo? El daño está hecho, no se puede cambiar lo que ha pasado o lo que se ha dicho. Aquí es donde surge el arrepentimiento, que no es otra cosa que estar conscientes de nuestro error, de lo que ha pasado por nuestra culpa y de la sincera intención de enmendarlo. Sin arrepentimiento, no puede haber perdón. El arrepentimiento es el triunfo sobre nuestra propia arrogancia.

Te perdono

Ahora bien, volvamos nuestra lectura hacia el judaísmo. En el hebreo, por tanto en la tradición judía, existen por lo menos 3 palabras que diferencian el perdón:

  1. Selijá (Selicha)
  2. Mejilá (Mechila)
  3. Kapará (Kapara)

Vamos a tratar de explicar lo que cada una de ellas significa. Primero, Selijá, que nos orienta hacia lo que «debe terminar», y eso es justamente dejar de hacer presente el pasado. Cuando no perdonamos, mantenemos un conflicto de pasiones en nosotros mismos. Nos sentimos enojados, fastidiados y muchas veces frustrados. Mantenemos sentimientos negativos que sobre pasan la capacidad y el don de amar al otro. Pero también Selijá no sólo habla de terminar algo, sino de dar paso a lo siguiente. Si perdonamos a quien nos ofende o nos ha causado algún daño, no implica que tengamos que conservarle de manera necesaria en nuestra vida, por lo tanto podemos seguir adelante sin esa persona. Hay que saber diferenciar entre perdonar y seguir aguantando. Esto último no es sano.

Siguiente, Mejilá. Si lo traducimos damos con la palabra «túnel». ¿Túnel? Sí, pero qué implica eso. Simple, tenemos que excavar. Tenemos que ir a lo más profundo de nuestra mente, de nuestro corazón, de nuestra alma. ¿Para qué? Para arrancar de raíz el dolor que nos perturba. Para esto, debemos ver una suerte de «sentido» en lo que nos ha ocurrido. A mis alumnos trato siempre de explicarles que «por algo pasan las cosas», incluso las malas, por supuesto. Es el vivo tema de la experiencia, buscar aprender de lo que ha sucedido, tratar de darle un sentido, un «por qué», pero también un «para qué». Lograr esto, que no es algo que pase luego luego, quizá a veces necesitemos tiempo (horas, días, meses, incluso años), nos permitirá dejar de culpar a los demás por nuestra desgracia, aceptar y valorar lo que nos ha sucedido y seguir aprendiendo. Así podemos desprendernos del dolor. Mi querido amigo, Daniel, quien es un amplio conocedor del hebreo, me explicaba que Mejilá comparte las letras con otra palabra, Majalá, que traduciéndola la encontramos como «enfermedad». Cuando no perdonamos, nosotros mismos enfermamos nuestro corazón, lo llenamos de odio, de sentimientos de venganza. Y vamos lentamente muriendo en vida.

Y, por último, Kapará. Para esto, Daniel me decía que tiene una relación con otra palabra, Kofer, que podemos entender como «reemplazar». Cuando nosotros perdonamos, cuando estamos felices de hacerlo (perdonar sin felicidad es un acto vacío, miserable y cruel que apuntala hacia una postura de magnificencia que somete al otro a nuestra «grandiosa misericordia»), los malos sentimientos y pensamientos se reemplazan por buenos. El odio se torna en amor, el dolor en ternura. Es decir, Kapará es estar ansiosos de terminar con lo malo, lo negativo y poder dar paso a cosas más bellas, más profundas, llenas de amor y comprensión. Quien lo logra, «duerme tranquilo».

¿Y si te perdonas a ti mismo(a)?

Los que siguen las publicaciones en esta página, recordarán que he mencionado que vivimos en una época donde el Superyó es un auténtico tirano. La exigencia por cumplir con las instituciones, la familia, las autoridades, hace que nos desgastemos tanto que terminemos sintiendo mucha culpa de lo que hacemos. Nos sentimos miserables, nos vemos con asco (tristemente), nos despreciamos y nos echamos en cara todo lo que nos pasa. «Soy un(a) estúpido(a) por permitir que me hagan o me traten así», «Me lo merezco por ser tan iluso(a)», etc. Somos demasiado crueles con nosotros mismos. Es un delirio de cumplir con la demanda de los demás, pero irónicamente no somos capaces de cumplir con las nuestra. Debemos perdonarnos a nosotros mismos, no cargar con culpas que no existen. Si fallamos, si nos equivocamos, no debemos castigarnos de maneras tan crueles y tan injustas. No ganamos nada con ello, bueno, sí, sólo menospreciarnos y hundirnos más en nuestro propio dolor. Así como somos libres para equivocarnos, somos libres para enmendar.

Saber perdonar, saber amar

Ya vimos la naturaleza de lo complicado que es pedir perdón pero, ¿es difícil perdonar? ¡Por supuesto! El acto de perdonar implica otro de absoluta renuncia; renuncia hacia el sentimiento de venganza (que podríamos justificar como «justicia», a nuestro errado entender), de rencor o incluso odio. Esa renuncia requiere de otra cosa, que es caer en cuenta del verdadero arrepentimiento de quien nos ha ofendido o ha hecho daño. Debemos ser capaces de sobre ponernos a esos sentimientos y dar paso al perdón: absolver al otro de su dolorosa culpa. Sin embargo, hay una tentación de por medio que podría obstaculizar nuestro amoroso perdón, que es el justificar nuestras malas obras con las de los demás. «Si él/ella lo hace, ¿yo por qué no?». ¿Les suena? Hay un refrán que dice «el que la hace, la paga», y pareciera que eso rige muchas veces nuestra conducta con las personas. Si alguna vez nos ofendieron, tenemos el «derecho» a ofenderles después. Ese acto de dependencia crucifica nuestra voluntad y nuestra libertad. Hay que en verdad renunciar a la posibilidad de vengarnos, de sacar provecho después («te acuerdas que hace tiempo me hiciste/dijiste tal cosa, bueno, pues ahí te va esto…»).

Hay mucho que hablar sobre este tema, sin duda, pero lo importante es despertar en nosotros la inquietud de hacerlo, con el corazón abierto y siempre dispuesto. No debemos descuidar que el acto de perdonar no implica que el otro cambie y mucho menos que las cosas mejoren. En toda relación, siempre hablamos de más de uno. Me atrevo a decir que la mejor «venganza» contra quien nos ha ofendido, radica en el hecho de perdonarle y seguir con nuestra vida. Hay que poder estar bien con nosotros mismos para poder estar bien con los demás. Sea pues, tengamos la guerra en paz.

Gracias, Daniel querido.

Apreciable soledad

Queridos(as) lectores(as):

Ayer tuve una plática muy interesante con una amiga que se encuentra de viaje. Entre los varios temas que tratamos, salió un comentario que me ha inspirado a escribir esta entrada: «es que tú estás acostumbrado a tu soledad».

Acostumbrarse a la soledad

En mis tiempos de preparatoria, tuve el gran gusto de leer a un sacerdote holandés, Henri Nouwen. Fueron varios de sus textos los que llenaron mis tardes de ocio. Entre ellos, uno que se llama Ensayos. Ahí encontré una frase muy poderosa que me ayudó a entender que «la soledad es el horno de la transformación». ¿A qué se refería con eso? Hoy en día vivimos en una realidad en la que la soledad es mal vista, se le teme y hasta se le huye; nadie quiere estar solo, nadie puede estar solo. A veces parece que es broma, pero hoy en día la exigencia o demanda de afecto es tremenda. Hay mucha necesidad de sentirse amados, queridos, que existimos. Sucede que son muchísimas personas que no saben estar consigo mismas: disfrutar el enorme privilegio de poder estar solos.

Cuando Nouwen menciona el «horno de la transformación», la lectura que hago de ella es que es la ocasión en la que cada uno de nosotros podemos estar tranquilos, sin nadie más que nos distraiga. Sólo estamos nosotros, ahí, «sin Dios y sin diablo» (como diría Sabines). Debemos entender que muchas veces nos negamos nuestra propia autenticidad, singularidad e individualidad por querer complacer al otro, a una institución, a una sociedad. Vivimos en la época de la tiranía del Superyó. Cada vez es más desgastante. Cada vez es más exigente. Y somos todo sin ser nada realmente, de ahí que el terror al compromiso y a la responsabilidad se vuelvan el pan nuestro de cada día.

No es que uno se acostumbre a la soledad, sino que más bien es que sepa aprovecharla. Justo la transformación se da de dentro hacia fuera, con un examen de conciencia que nos permita reconocer, con absoluta humildad, no sólo nuestras fallas, sino también nuestros logros. Reconocer no es morir. En ese proceso, podemos acercarnos a nuestra falta, buscar respuestas y aceptar las soluciones. Muchas veces pensamos tanto en los problemas que descuidamos pensar en las soluciones. En este horno de la transformación hablamos de un retorno a nosotros mismos, a lo más íntimo, a todo aquello que nos causa alegría, miedo, nostalgia, placer, etc. Es intentar conocerse a sí mismo.

Camino de rosas

¿Alguna vez han estado rodeados de tantas rosas que no logran identificar otros olores más que los de ellas? Bueno, la soledad es rodearse de uno mismo para reconocerse absolutamente todo. Edgar Allan Poe solía decir que la felicidad comienza cuando, en un momento de nuestro andar, «nos detenemos a escuchar nuestro propio palpitar». Saber y sentirse vivos. ¿Acaso lo hacen? ¿O sólo cuando sienten que se les va la vida con tanto estrés y ansiedad?

La soledad debe considerarse bajo otro cristal, dejar de estigmatizarla. Aunque tampoco debemos exagerar y ser como esas falsas personas que dicen que bien podrían vivir solas. Si fuera cierto lo que dicen, ¿para qué nos enteran de ello? No hay que confundir el disfrutar la soledad en los días a tratar de huir de la sociedad. Porque se está huyendo de todo, menos de la sociedad. Me gusta pensar en aquella sentencia budista que dice:

Los caminos de Buda conllevan siempre un regreso.

Y es que justo, la gente que cree que se está yendo es la que no es consciente que tarde o temprano regresa, para encontrarse lo que creyó haber dejado atrás. ¿Para qué huir? Precisamente los momentos de soledad nos permiten centrarnos en lo que estamos viviendo, generar nuevas prioridades y ver de qué manera le plantamos cara a la adversidad. Incluso ver de qué manera mejorar lo que ya estamos haciendo bien.

Les podría decir que aprovechen: lean un buen libro, escuchen su música que más les gusta, salgan a andar en bicicleta, a caminar, vayan al cine sin tener que esperar a que alguien les acompañe; logren que no haya «demasiada mente»: que no se bombardeen a ustedes mismos(as) con cosas que son de otro tiempo (ayer o quizá mañana). Justo así debe ser, todo a su tiempo. Pero no lleguen a un punto en el que se culpen a ustedes mismas(as) de nunca tener tiempo para ustedes. Aprendan a estar con ustedes, dense la oportunidad de descubrir sin que les digan qué, ni cuándo ni cómo.

El peligro del optimismo

La vida corre inconsciente y desatenta cuando nada a la voluntad se opone. Lo desagradable o doloroso es lo que realmente sentimos de manera muy clara. Solo el dolor es positivo, dado que hace sentir. Encontramos los goces muy inferiores a lo que esperamos, mientras que los dolores siempre son superiores a lo que se presiente.

-Arthur Schopenhauer (Los dolores del mundo)

Pareciera que estamos viviendo un momento importante en el desarrollo de nuestra propia historia; historia que no hace sino llenar páginas y páginas con dolor, tristeza y miseria. La realidad del ser humano va íntimamente ligada al dolor en nuestros días. Un dolor cruel, misterioso y silencioso: hay algo que nos inquieta, no sabemos qué es o quizá sólo se trata de que no podemos (no sabemos) darle nombre. La capacidad de poner en palabras nuestro pensamiento o nuestro sentir se va diluyendo en la terrible necedad del optimismo que atenta contra la vida misma.

Hace unos días, mis alumnos de preparatoria me cuestionaban sobre el famoso «sentido de la vida», grata fue mi experiencia ver (lo confieso) la tremenda desilusión que les causé cuando les respondí de forma directa y concisa: «Como tal no hay un sentido». Fervientemente creo que la vida por sí misma no goza de un sentido único ni particular, somos nosotros los que habremos de darle sentido, pero no sólo se trata de un sentido determinado, sino que cada momento, cada instante (desgarre de la propia temporalidad), nos brinda la oportunidad de darle su merecido sentido. Cada persona debe permitirse encontrar sentido incluso cuando se atreva a pensar que no lo hay. Una vez que expliqué todo esto, la esperanza iluminó sus miradas… hasta que mencioné que «el dolor goza incluso de un sentido, cuya profundidad muchas veces nos desborda».

Encontrar sentido durante la experiencia dolorosa es una prueba muy complicada, incluso me atrevería a decir que podría resultar ser impensable. ¿Quién encuentra con facilidad sentido en aquellos momentos en el que el dolor es tal que incluso desearíamos no seguir vivos? Cuando hablo del despreciable optimismo que algunas personas predican y tratan de vivir día a día, hablo del tristísimo desprecio por la vida en sí misma. No se puede ser siempre felices, no se debe buscar serlo con desesperación, porque ese camino lleva directamente a la desilusión, y luego al dolor. El ser humano, el ser posmoderno, está encaprichado en la absurda idea de que la vida tiene que ser bella, que deben buscar sí o sí la felicidad día tras día, a un nivel de fanatismo terrible. No digo que no deba buscarse la felicidad, pero sí insisto en la necesidad de ser parte del momento y aceptarlo. Habrá días «horribles», días en las que sólo nos faltaría que un perro defecara sobre nosotros (por decir algo), pero si quisiéramos a fuerza encontrarle el «lado bueno o el lado amable», lo único que estaríamos haciendo es negar la vida, querer «tapar el sol con un dedo», huyendo de lo que está pasando. ¡Hay que afrontar la vida tal y como es! En esto último recuerdo a Nietzsche que sugería «vivir la vida y no dejar que la vida nos viva».

¿Pero qué implica eso? Implica aceptar la vida, tal y como es, tal y como venga. Es decir, en nuestra terquedad y absurda pretención de dominio, nos atrevemos a sentenciar que la vida es buena o que es mala, dándole un calificativo existencial meramente subjetivo. La vida no es tales cosas, como diría un viejo profesor: «La vida es vida, lo demás es pura biografía trasnochada». Debemos aceptar el dolor así como aceptamos la alegría, aceptar los momentos, pero no aferrarnos ni a lo uno ni a lo otro. Dejar que la vida lleve su rumbo, habrá días que exigirán más de nosotros, de nuestra resistencia a la frustración o que serán tan agradables como una suave brisa en los días de calor. Es cuestión de «plantarle cara»: no podremos superar nuestros miedos si no los enfrentamos con valor.

Lejos de ser optimistas o negativos, seamos realistas, con todo esto que parece ser la realidad…

Hegel y el reconocimiento

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa por tanto tiempo de ausencia, pero precisamente me faltaba tiempo para poderme sentar a compartir algo que, espero, sea de su interés.

Hace unos días, en una breve pero muy interesante conversación con colegas psicoanalistas, surgió el tema del reconocimiento. Como era el único con formación previa filosófica, y como Hegel fue uno de mis dolores de cabeza (un gusto verdaderamente culposo), traté de explicar cómo concebía él este tema.
Si uno se está buscando, por ejemplo, en la comida, el problema es que se va a buscar luego volver a comer y eso nos lleva al infinito malo. Así es la relación con las cosas materiales: se busca, se consigue, se consume y sigue faltando.
Los animales desean cosas. Los hombres en tanto que hombres pueden desear lo suprasensible, es decir, el deseo. Desear lo suprasensible, lo metafísico, es desear un deseo. Esto significa que se están enfrentando una conciencia con otra conciencia (un inconsciente contra otro inconsciente, diría la teoría psicoanalítica). ¿Qué desea una persona de otra persona? Lo que desea es ser deseado. Lo que desea es su deseo. En las relacionas entre personas, lo que se desea es el deseo del otro. Que el otro nos desee. Un juego de espejos que Hegel llamará reconocimiento (Anerkennung). Hacer válida una pretensión de legitimidad, es autorizarla como conciencia. Que se hagan valer sus derechos como conciencia. Sólo hay reconocimiento cuando es mutuo, si no, hay lucha. Hegel por ello dice que nos encontramos con el tema del espíritu. El espíritu siempre es colectividad, comunidad, siempre abarca a más de uno.

El espíritu es un yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo

No es que uno busque reconocer la conciencia ajena, sino que se busca que el otro me reconozca. El problema se da aquí, cuando dos personas se enfrentan, las dos quieren lo mismo. Y quieren que el otro le reconozca. El problema es que no cede ni uno ni otro, porque al buscar ser reconocido, no se reconoce al otro. Es el mismo problema con el momento del entendimiento. En A son relaciones de fuerzas. Se busca que el otro me ayude a reconciliarme conmigo mismo.

¿Por qué entramos en la lucha sin esperar que el otro me reconozca?
Si no luchamos, corremos el riesgo de que nos vea como un objeto, y si pasa eso, nos va acabar. Cuando dos conciencias se encuentran, su primer relación es una lucha, un conflicto.

¿Qué pasa si uno mata al otro?
El asesino solamente podría encontrar su auto-conciencia en la auto-conciencia del otro. Por lo que los dos pierden: uno ya murió y el otro también renuncia a la auto-conciencia, pues el cadáver no lo puede reconocer. La lucha tiene que ser a muerte, pero la muerte es un fracaso para los dos. Que la lucha sea a muerte muestra que el hombre ya no es un animal. En los animales hay provocación, pero en condiciones normales no hay muerte, pues de nada sirve. En principio, un animal no mata a otro de su misma especie. (César, el protagonista de la trilogía del Planeta de los Simios nos lo recuerda: «Simio no mata simio»). El hombre no es materia, es deseo. Por eso está dispuesto a perder su materialidad, a morir, para ser reconocido. La disposición de la muerte por el respeto del otro. Esto, según Hegel, es indicio de espiritualidad. La otra opción es que en la lucha, uno de los dos se rinda. Entonces se establece una diferencia, el deseo que era igual, se diferencia. Y esto da paso a la dialéctica del amo y del esclavo (lo abordaremos en la siguiente entrada, lo prometo). Las relaciones humanas son siempre conflictivas y son siempre asimétricas.
La sustancia puede ser lo mismo, se puede identificar o reidentificar, pero sólo el sujeto se puede reconocer, pues es un sí mismo. Esa auto-conciencia que de alguna manera sale de sí y se confunden con el objeto, quiere volver a sí y para ello es el deseo. El deseo es lo que uno quiere asimilar. Hegel trastoca, pues el deseo será lo que está más relacionado con la auto-conciencia, ya que es el que se dirige a mi ser, el que lleva la asimilación. La auto-conciencia es el terreno del deseo, de la apetencia. Cuando uno desea, parece que desea cosas que no son yo, pero en el fondo se está deseando a sí en el fondo. El movimiento del deseo es siempre negatividad negante, pues se destruye al objeto deseado. Incluso cuando el ser humano desea cosas materiales, en realidad está mediando con el deseo de los demás. Tener ese objeto es, aparentemente, tener el reconocimiento de los otros. En el fondo lo que se quiere es el deseo de los demás, pues solamente encontrando ese deseo, yo puedo ser yo. Yo no puedo ser yo sin el otro. Al final, lo más importante en el deseo humano es el reconocimiento (Anerkennung). Hasta que el otro no me acepte como persona, yo no soy persona. Para tener auto-conciencia, debo ser mediado por la conciencia de otros.
El principio de la relación humana es un conflicto, y ese conflicto nos plantea la lucha por el reconocimiento. La única opción que tiene futuro es la subyugación, es decir, el dominio: amo y siervo (Herr-Sklave). Los hombres se separan entre vencedores y vencidos. El vencido renuncia a la independencia para asegurar la vida. Solamente arriesgando la vida se conserva la libertad. Ser sujetos es pasar por la inmediatez, por la negatividad. Uno está dispuesto a matar al otro porque el otro está dispuesto a matarlo. Buscar matar al otro es por buscar la esencia de uno. Aunque, paradójicamente, en el otro muerto no se podrá encontrar uno mismo. El otro es una conciencia, pero la visión de uno de ese otro está muy entorpecida.

Interesante, ¿no es verdad?

El Gran Pez, un análisis.

Cualquiera que despierto se comportase como lo hiciera en sueños, sería tomado por loco

-Sigmund Freud

Basada en la novela Big Fish: A Novel of Mythic Proportions de Daniel Wallace, Tim Burton nos lleva a un auténtico recorrido por la vida. Cuando la vi por primera vez, no imaginé el enorme impacto que tendría en mí y, precisamente, ahí está la clave: la imaginación. ¿En qué momento dejamos de ser niños felices para convertirnos en adultos infelices? Las respuestas son varias, pero sin lugar a dudas pesa mucho cuando dejamos de imaginar, cuando dejamos de sorprendernos. El ser humano nunca debe perder la gran capacidad de asombro que le caracteriza, pues de hacerlo, estaría condenado a vivir de manera insensible, estaría condenado a vivir por vivir. ¿Y dónde quedaría entonces la vida?

La historia, en un principio, nos es narrada por Will Bloom (Billy Crudup), quien se debate en un problema muy grande respecto a su padre, Edward Bloom (Albert Finney/Ewan McGregor), ya que como nos menciona al principio: “Al contar la historia sobre la vida de mi padre es imposible distinguir entre los hechos y la ficción, entre el hombre y el mito”. Esto nos lleva precisamente a recalar en la infancia de todos los seres humanos. En ese momento, crecemos rodeados de constantes mitos, historias fantásticas, leyendas y por supuesto incontables metáforas, todas con el fin de dejarnos una enseñanza en particular. Pero también es un hecho que el ser humano es un ser de símbolos, y siempre estamos atrapados en ellos. Y en esta película nos vemos confrontados a muchos símbolos que sirven, si somos atentos a ellos, como una crítica a modo de reflexión: es una experiencia muy similar a la que vivimos en el dispositivo psicoanalítico. De hecho, si somos sinceros, el contacto que tenemos con la realidad está limitado por el lenguaje, ya que nunca sobran palabras, más bien nos faltan y muchas. Hacemos constante uso de la hermenéutica en todo, una interpretación de hechos. Eso nos recuerda a Nietzsche cuando sentenciaba que el mundo no eran fenómenos, sino interpretaciones, sin embargo, más bien hablamos de infinitos hechos e infinitas representaciones para los mismos.

Quisiera hacer una pausa y detenerme en la parte en la que el pequeño Edward Bloom interactúa con la bruja, aquella que tenía un ojo de cristal y que, supuestamente, quien veía a través de él sería capaz de ver su propia muerte. Mientras que vemos el destino funesto de los amigos de Bloom, cuando éste le pide a la bruja poder ver el suyo, sólo vemos el rostro del niño y luego una sonrisa tranquila. “Así pensé que sería”, le dice a la bruja. Es interesante este punto porque el ser humano vive, por lo general, pensando más en la muerte que en la vida, pero cuando éste es consciente que en efecto algún día morirá, logra reconfortarse y permitirse a sí mismo contemplar la belleza, el arte y el horror que este mundo puede ofrecer. Y es así como Bloom entendió que su única labor, que el sentido de su vida, era precisamente vivir.

Ahora bien, ¿por qué hablar de simbolismos? Porque no se puede entender la película si los descuidamos. Empecemos por el primero que se nos presenta, precisamente, el gran pez. Cuando Edward Bloom le narra a su hijo que él sufrió una clase de enfermedad que hacia que él creciera más rápido que los demás (cosa que descubrimos que no fue así), él cuenta que una vez leyó un texto sobre los peces dorados: ““Si se guarda en un pequeño recipiente, el pez permanecerá pequeño; si tiene más espacio puede doblar, triplicar o cuadriplicar su tamaño”. Entonces entendemos que el pez es cada uno de nosotros y que la pecera representa nuestros limitantes, mismos que pueden ser reales o incluso imaginarios. Estos limitantes, por lo general, no son superados por el miedo. El filósofo danés, Sören A. Kierkegaard nos habla de ello desde lo que entiende por angustia, que no es más que no saber qué hay después, y al mismo tiempo, el vértigo de la libertad. Por temor al “qué pasará”, los seres humanos establecemos uno de los más problemáticos limitantes en nuestra vida. De hecho, cuando Bloom se ofrece para ir a enfrentarse al supuesto monstruo, que luego conocemos que su nombre es Carl, entendemos que el miedo nos paraliza, pero sobre todo el miedo a lo que no conocemos, después de todo, ahí yace lo siniestro: lo que está fuera de nuestro control. Y es justo donde entra en escena el pequeño pueblo de Ashton, que simbólicamente representa nuestra primera zona de confort. “Mira, no es que tú seas demasiado grande, lo que pasa es que este pueblo es demasiado pequeño para ti” -le dice Edward a Carl- “Pero para alguien con mis ambiciones, todavía es más pequeño”. Entonces los dos deciden salir de Ashton e ir a descubrir el mundo. Después de todo, como diría el filósofo Protágoras: “El hombre es medida de todas las cosas”.

Cuando caminando llegan a un punto en el que el camino se divide en dos, nos muestran que uno de ellos es aparentemente seguro y directo, pero que el otro es oscuro, tenebroso e “intransitable”. Edward le dice a Carl que él seguirá ese camino, que al final terminarán por encontrarse. Nuestro protagonista se adentra por aquel camino y experimenta cierto temor, cierta intranquilidad, pero termina llegando a un lugar que, en un principio, aunque bello nos ocasiona cierto temor. Es la sospecha de aquello que entendemos por normal. Lo primero que ve es un cable que tiene varios pares de zapatos colgando. Y después salen a su encuentro varias personas, muy sonrientes. El pueblo se llama Spectre, y el alcalde cuando llega al encuentro con Bloom le dice “no te esperábamos tan pronto”. Todo parece indicar que es absolutamente perfecto ahí, es más, la gente está descalza todo el tiempo, no hace ni demasiado frío ni demasiado calor, hay un balance exquisito y nadie quiere salir de ahí, porque al parecer no es necesario. Sin embargo, cuando Bloom interactúa con un famoso poeta oriundo de Ashton, Norther Winslow (Steve Buscemi), se entera que ha durado ahí varios años y que no ha podido acabar ni siquiera con un párrafo, muy mediocre, de un poema. Edward entiende que Spectre lo está atrapando, que se está volviendo en otra zona de confort.

Sería importante que nos centremos un momento en el nombre del pueblo, en Spectre, que si lo traducimos al castellano sería algo como espectro o fantasma. De hecho, recordemos el estanque en el que Bloom ve a una mujer desnuda, él alcanza a percibir a una serpiente que se acerca por detrás de ella para atacarla y éste se lanza para protegerla, pero cuando la está por alcanzar, ella se sumerge en el agua y desaparece; cuando voltea a ver su mano, descubre que la serpiente en realidad era una rama de un árbol. Cuando regresa a la orilla, Jenny (Hailey Anne Nelson) le dice: «No es una mujer, es un pez; su aspecto cambia según quien la mira.” Esto nos da a entender que es la representación del deseo más íntimo de las personas. Si consideramos que los sueños son el cumplimiento del deseo, según Freud, y que además lo que soñamos siempre está disfrazado, podemos ver que Bloom deseaba encontrar a una mujer y que haría lo que fuera por encontrarla.

Y es aquí donde entran los zapatos. Los zapatos que usamos para andar sirven para proteger nuestros pies, pero cuando llegamos a algún lado, nos los quitamos para descansar de ellos. Es por eso que al entrar en Spectre están los zapatos colgados, pues los habitantes de ahí no tienen que volver a usarlos, han llegado al lugar para siempre descansar. Es interesante porque incluso podemos entender que Spectre representa la muerte misma, y de ahí las poderosas palabras “no te esperábamos tan pronto”. Pero cuando Bloom se quiere ir, la pequeña Jenny le dice “¿y cómo lo harás sin tus zapatos?”, a lo que el protagonista responde que lo hará de cualquier modo y que está consciente que será difícil e incluso doloroso, pero que tiene que continuar. Ese estancamiento que tenemos a en muchos momentos de nuestra vida, es como una clase de anzuelo que nos atrapa y por no querer seguir intentando, por pensar que estamos en algo seguro, nos atrapa al borde de parecer que estamos muertos en vida. Es renunciar a lo demás. Por eso lo último que dice Bloom a los habitantes de Spectre fue: “Este pueblo es más de lo que podría soñar cualquiera, y si al final acabara aquí me consideraría afortunado, pero la verdad es que aún no estoy preparado para acabar en ninguna parte”.

Cuando Edward y Carl llegan al circo, entran a la función dirigida por Amos Calloway (Danny DeVito) y nuestra historia da un nuevo giro. Una vez que la estrella principal, Colosus, queda en evidencia que no es la gran cosa y que Carl lo supera en tamaño, Edward descubre a Sandra (Alison Lohman) entre la multitud y nos comparte que: “Dicen que cuando conoces al amor de tu vida, el tiempo se para… Y es verdad. Lo que no dicen es que cuando vuelve a ponerse en marcha, se mueve aún más rápidamente, para recuperar el tiempo perdido”. Y es cuando él entiende que ha encontrado lo que sería su proyecto de vida. Este momento que experimenta cuando conoce a Sandra, según la filosofía de Kierkegaard, podría ser el instante que desgarra la temporalidad. ¿En qué momentos nos sentimos privados de nosotros mismos? ¿En qué momento perdemos relación con la realidad? Esto se desarrolla de una manera particular pues hay un pasaje al acto por parte de Edward cuando acepta trabajar sin cobrar ni un centavo con tal de que cada mes recibiera algo de información sobre Sandra por parte del Sr. Calloway. Lo que llama la atención es la fuerza de voluntad que tiene nuestro protagonista para llevar a cabo semejante acción. Hasta que logra su objetivo.

Otro momento a destacar es cuando Edward consigue encontrarse con Sandra y le confiesa su amor, diciéndole: «Tú no me conoces, pero me llamo Edward Bloom, y te quiero. He pasado los últimos tres años trabajando para averiguar quién eres. Me han disparado, acuchillado y aplastado de vez en cuando… Me he roto las costillas dos veces… Pero todo ha valido la pena ahora que te tengo aquí delante y… por fin puedo hablarte… Porque estoy destinado a casarme contigo… Lo supe desde el primer momento cuando te vi en el circo y ahora lo sé aún con mas certeza. […] Hoy soy la persona más feliz del mundo”. Se vuele a presentar el tema del destino. Podemos hablar aquí sobre la alegría del saber, que en este caso Bloom partía con ventaja pues sabía sobre su muerte y ello le permitía vivir sin preocuparse por ella.

Qué maravilla es aceptar que no conocemos a alguien pero que estamos dispuestos a pasar toda la vida para lograrlo, sabiendo de manera inconsciente que no será así. ¿Quién es capaz de conocer a otro en totalidad? ¿Quién es capaz de conocerse a sí mismo de tal modo que no quepa la falta? La máxima socrática del “conócete a ti mismo” se hace presente a lo largo de la historia que se nos narra en El Gran Pez. Volviendo a Will Bloom, hay un momento en el que menciona: “Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo es lo mismo, papá, sólo veo un trocito que sobresale por encima del agua”. ¿Qué sucedía con Will? Hablamos de la ausencia de un padre que no estuvo o que al menos eso dio a entender a su hijo; de un padre que parecía estar en la vida de todos menos en la de su propio hijo. Había un celo que no permitía un acercamiento amoroso de Will con su padre moribundo.

La figura de Edward Bloom, ya de viejo, y la tierna relación que sostiene con su nuera, Joséphine (Marion Cotillard), nos hace pensar en la situación que viven muchos ancianos hoy en día que padecen deficiencias mentales, como la demencia senil o el Alzheimer. Ella escucha fascinada las historias de Edward y en ningún momento se desespera, de hecho, trata de servir como vínculo entre Will y Edward. La paciencia que nos tuvieron cuando éramos niños es la que nos requieren cuando alcanzan la ancianidad. Lo mismo pasa con esta Sandra (Jessica Lange), quien parece seguirle el juego a Edward y trata de hacerle entender a su hijo, Will, que su padre está ahora para ser escuchado. Este tema de la escucha es vital a lo largo de la vida, y pareciera que queremos prestar oídos cuando ya es demasiado tarde. Dice mi papá: “Es mejor escuchar una historia de quien la vivió y no de quien lo escuchó”. Pero, ¿qué necesidad había por parte de Edward Bloom para hablar con tanta imaginación sobre lo que vivió? No podemos culpar a Will de no creerle pues sus historias podían parecer incluso inventadas. Por ejemplo, cuando están cenando y se menciona que Joséphine estuvo en África, a lo que Edward le pregunta si ya sabía que los loros hablaban en francés. Lejos de desmentirlo, ella se presenta incrédula, mientras que Will se enfada.

Avanzando ya varias escenas, encontramos que cuando por fin Will cede y quiere convivir con su padre, luego de que va a visitar a la mujer con la que pensaba que su padre había tenido una relación extramatrimonial y ella le cuenta la fantástica historia sobre todo lo que hizo su padre para devolverle la vida al pueblo de Spectre y a sus habitantes. Esto puede recordarnos a Emil Cioran, quien nos habla de recuperar el Paraíso Perdido, aquel bello lugar del que tuvimos que salir en algún momento de nuestra vida pero que nunca supimos olvidar, pues ahí es donde descubrimos la auténtica felicidad. Resulta que esa mujer era la pequeña Jenny que sí se había enamorado de Edward Bloom, pero que él nunca pudo corresponderle, ya que para él “habían dos tipos de mujeres en el mundo, su esposa era una de ellas y la otra eran todas las demás”.

Will llega a su casa y no encuentra a su familia. En ese momento piensa lo peor y se va al hospital, donde encuentra a su madre y a su esposa preocupados por la condición de salud de su padre. El punto clave está cuando el Dr. Bennett (Robert Guillaume) le narra la verdadera historia sobre su nacimiento a Will, y éste se muestra decepcionado. “¿No es muy emocionante verdad? y supongo que si tuviera que elegir entre la historia verdadera y una versión rebuscada sobre un pez y una alianza de boda, es posible que escogiera la versión fantástica”. Will decide quedarse en el hospital a pasar la noche para cuidar a su padre, cuando éste despierta todo agitado y le pide a su hijo que le cuente cómo morirá. Él le dice: “Esa parte nunca me la contaste, me dijiste que era una sorpresa”. Esto abre la oportunidad de una vinculación genuina con su padre al momento en el que Will empieza a contar la parte final de la fantástica aventura de su padre. En esa última narración, vemos que se han reunido todas las personas que conoció y que ayudó Edward a lo largo de su vida y que están felices de poderse despedir. Cuando pasa Will cargando a su padre junto a su madre, Edward se despide de Sandra llamándole “su hermosa novia del lago”. Will mete al lago a su padre y éste sufre una transformación en un gran pez.

Para concluir, esta hermosa película nos exige volver a nosotros mismos, a permitirnos disfrutar de la imaginación que nos permite darle color a la vida. De hecho, esto nos remite a lo que nos cuenta la psicoanalista alemana Frieda Fromm Reichman en “Nunca te prometí un jardín de rosas”:

Nunca te prometí una justicia perfecta…

Y nunca te prometí paz o felicidad.

Mi ayuda es para que puedas ser libre,

para que pelees por todas esas cosas.

La única realidad que te ofrezco es que

puedas pelear por tus derechos y ser sana,

ser libre para aceptarla en cualquier

nivel en que estés capacitada.

Nunca prometo mentiras, y el mundo

jardín de rosas es una mentira…

¡Y también un aburrimiento!

Al final, cuando Edward muere, Will descubre que todo lo que le contó, sobre todas las personas que conoció, fue realidad, sólo que le dio más valor a todo con la imaginación para hacer de su historia, una historia digna de ser contada.

Por favor: cuida de ti

He querido escribir esta entrada inspirado por un tema que, desde hace mucho tiempo, me ha tenido en constante reflexión debido a los constantes y profundos paradigmas que se van construyendo a lo largo de una sociedad «occidental» que se olvida y, en ocasiones, termina despreciando esa realidad. El cuidado de sí es un tema que quisiera abordar desde la época griega clásica.

¿Qué entendemos por «cuidado de sí»? Vámonos por partes. En una lectura precipitada, podríamos dar con una cierta interpretación que nos llevaría a algo simple: cuídate, y eso nos llevaría a cosas como «come bien, haz ejercicio, ten tus horarios fijos de dormir, etc.». En entradas anteriores les hablaba de la importancia que tiene, sí, cuidar el cuerpo, pero también el cuidar la mente. Podríamos incluso decir «menos gimnasio y más psicoanálisis», pero eso nos haría perder el balance. En esto es justo donde entra la figura del filósofo a modo de recordatorio de nuestro propio bienestar, de nuestro propio cuidado.

¿Recuerdan el mito de Narciso? Narciso era un joven tan bello que llamaba la atención de todas las jóvenes y de todos los jóvenes, pero él les rechazaba sin consideración alguna. Sucede, al mismo tiempo, que la ninfa Eco, condenada a repetir todo lo último que escuchaba (como parte de un castigo de parte de la diosa Hera), también se enamoró de Narciso. Un día, cuando él iba con un grupo de amigos, se extravió en el bosque. «¿Hay alguien aquí?» -gritaba el bello joven-, a lo que Eco, escondida entre unos arbustos, repitió «aquí». Narciso se acercó a donde provenía la voz y gritó «¡Ven!», por lo que Eco repitió «¡Ven!». Una vez que Narciso estuvo frente a los arbustos, Eco salió a su encuentro y le declaró su amor, sin embargo, el joven engreído la despreció, motivo por el cual la desdichada Eco escapó a unas cuevas, donde murió de tristeza, quedando sólo su voz (sí, por eso es que en lugares como en las cuevas a las vibraciones de los sonidos les conocemos como «eco», aunque claro, desde un relato mitológico). Ante la crueldad mostrada por Narciso con la ninfa Eco, la diosa de la venganza, Némesis, maldijo al joven haciendo que se enamorara de sí mismo. Un día, cuando él estaba cerca de un arroyo, vio su reflejo y quedó totalmente seducido, así que cuando se acercó para intentarse besar, cayó en las aguas, se enredó con algunas algas y se ahogó. Cuenta la leyenda que después de ese suceso, las flores que crecen cerca de los arroyos recibieron el nombre de Narciso, en honor a la tragedia del bello joven.

Según Sigmund Freud, el amor empieza en el narcisismo y sale de uno hacia el otro. Por eso es que también este mito es importante. Y es aquí donde comienza lo que estamos viendo sobre el cuidado de sí. En la antigüedad, los griegos daban mucha importancia al cuidado de uno mismo para así poder cuidar de los demás. ¿Cómo? Cuando uno cuida de sí mismo, se aparta del peligro que supone el lastimar o someter al otro. Esto último lo retomaría Michel Foucault siglos después, explicando que se evita el daño al otro por el deseo de ser sí mismo: mientras nosotros cuidamos de nosotros mismos, de lo que es nuestro, caemos en cuenta de que no podemos abusar de los demás.

Volvamos con los griegos. Ellos entendían que el cuidado de sí implicaba un profundo análisis o una exhaustiva reflexión sobre nosotros mismos, eso implica también un proceso de formación que nos permitiera superarnos. «Conócete a ti mismo», diría el famoso Oráculo de Delfos. Pero ese «conocerse a uno» mismo implica también un ejercicio de humildad y reconocimiento, saber lo que somos (dirían algunos platónicos). Cuando uno es consciente de lo que es (tiempo después los existencialistas dirán que nunca se es sino que se está siendo, pues no se existe, se está existiendo), uno puede hacerse cargo de sí, y eso incluye todo lo que le pertenece, lo que está directamente relacionado con él/ella. ¡Cuidar de sí es saber autogobernarse! Quien es capaz de autogobernarse, diría Aristóteles, es capaz de gobernar a los demás. Imaginemos lo bello que sería esto, que cada uno cuidara de sí: tendríamos el proceso ya visto en todos y eso facilitaría una sociedad autogobernable. Pero hasta la fecha sólo podemos pensar en utopías.

A diferencia de nuestra horrible posmodernidad, que apuesta por la diferencia, con discursos de pseudo inclusión, mientras lo que se hace es excluir más y más, los griegos sí creían en la unidad, una relación con los otros, fuera de la estructura individual en un fantástico y muy interesante «el tú mismo representado por un otro». Al final de cuentas, ¿qué acaso no somos el otro para un otro?

Cuida de ti mismo, transfórmate… ¡atrévete a ser tú mismo!

¿Psicoanálisis, yo?

Hace unos días, me encontré en una cafetería a un viejo conocido. Intercambiamos unas cuantas palabras y nos pusimos al día sobre nuestros trabajos. Pero hubo un momento en el que se mostró algo «incómodo», siendo cuando le comenté que yo tenía relación con el psicoanálisis.

Además del ya clásico (y a veces molesto) «no me vayas a estar analizando», se expresaba desafiante respecto a las teorías de Freud (reduciendo, claro, todo a él y a lo que se cree que dijo él). Y claramente hay cosas que siguen siendo demasiado inquietantes para muchas personas respecto al psicoanálisis, sobre todo eso de que «siempre todo tiene que ver con sexo». Para serles franco, llegué a disfrutar el encuentro porque todo lo que él me debatía sobre la práctica psicoanalítica era desde un punto común de ignorancia por el tema. Y miren que no los culpo, no es que tengan que ir por la vida sabiendo qué es o qué se hace en el psicoanálisis. Así como tampoco me culpen que ignore mucho sobre las teorías cuánticas o sobre quién es el actor o la actriz del momento en las telenovelas mexicanas.

En fin. Llegó un momento durante nuestra charla en la que él decidió hacer algo oportuno: preguntarme sobre el psicoanálisis. Optó por informarse, pues. Una vez que le di un breve recorrido por la teoría (brevísimo), empezó a pensar por él mismo fuera del prejuicio. «La verdad, Héctor, es que no creo que el psicoanálisis sea para todos». Y en efecto, no lo es. Él me decía que estaba más convencido por otro tipo de terapias ya que, para él, ofrecían otro tipo de ayuda «quizá más centradas en las cosas de cada uno».¿Pero exactamente a qué cosas se refería?

Nuestra plática no pudo durar más tiempo y él se tuvo que retirar. Pero quisiera aprovechar eso que nos compartió de que «el psicoanálisis no es para todos». El irse a analizar, a mi creer, es una cuestión de valientes. No es algo fácil, de hecho es algo complicado. Es un momento muy íntimo en el que se comparte absolutamente todo, y no sólo cuestiones sexuales (mismas que no tienen exigencia alguna de estar relacionadas con todo). Cuando uno está en análisis, está a merced de su propia palabra, está a merced de sí mismo. Bien puede descubrir a los peores monstruos, pero también a la fantástica persona que está oculta y que no puede salir al encuentro con los demás.

Para que pueda suceder, la persona tiene que estar dispuesta a enfrentarse a sí misma, a sus miedos, a sus recuerdos bellos y terribles, a sus ilusiones y a sus tristezas. Se requiere de cierta capacidad de reflexión que, al mismo tiempo, exige humildad para reconocer lo bueno y lo malo. Pero también se requiere una actitud crítica para darse cuenta que muchas veces lo bueno y lo malo están disfrazados entre sí. Y claro: se necesita amor. Ya que el psicoanálisis, al menos yo lo sostengo de ese modo, es un gran acto de amor donde no existe un dedo inquisidor sino una escucha amable y generosa, un momento para uno mismo.

Es por todo esto, y evidentemente mucho más, que el psicoanálisis no es una cosa que se necesite tomar, no, es una cosa que se quiere hacer. Siempre digo que es la parte vivencial del «conócete a ti mismo» del famoso Oráculo de Delfos. Mi conocido también tenía razón en que no todo es psicoanálisis, de hecho, el buen Freud llegó a decir que él no era nadie para desautorizar otras terapias o, incluso, inclinaciones hacia la fe, ya que si ayudan a las personas, son cosas buenas. Y en verdad esperamos que todo ayude a la gente.

Les dejo un Link para informarse mucho mejor sobre qué es y que hace un psicoanalista:

Qué es y qué hace un psicoanalista – Gustavo Dessal

Los días oscuros: cuando duele existir

Hace un mes, aproximadamente, le regalé a mi papá el libro Van Gogh y sus Cartas a Theo, de Liesbeth Heenk. Un libro que ahora tengo en las manos y estoy comenzando a leer para enterarme, desde una mirada distinta, de lo que fue el triste padecer de un hombre que, me atrevo a afirmar, no supo más de que dolor. Hay una cita que resalta al principio:

«En toda vida algo de lluvia debe caer. Algunos días deben ser oscuros y deprimentes». Es verdad, no podría ser de otra manera, pero me pregunto si la cantidad de días oscuros y deprimentes no es a veces demasiado grande»

-Vincent van Gogh

Hay mucho dolor en nuestros días y parece ser que es difícil salir de ello. ¿Quién no ha sufrido de días oscuros? Ciertamente hay que tratar de salir adelante, y no tanto para no sufrir más, sino por el absurdo de quien se está hundiendo, la sociedad parece que se empeña en hundirlo más. No hay oportunidad de llorar, de quedarse en casa y lamentarse un rato, ya que se corre el peligro de ser despedidos, de ser incluso hasta olvidados. De las muchas enfermedades que rondan por la existencia del ser humano, las que son propias del alma (la soledad, la tristeza, etc.), son quizá las más peligrosas pues dejan al individuo frente a su capacidad autodestructiva. Por ello es que celebro que haya días que traten de hacer consciencia sobre esto y haya quienes estén dispuestos a estar para quienes están pasando por días oscuros. Es curioso, porque nadie quiere hablar de sus «malos sentimientos», nadie quiere que los demás se enteren, al menos no de forma directa.

Sobre lo anterior pienso en las redes sociales: cuando una persona necesita del otro, sin importar quién sea ese otro (claro, eso dice), es muy fácil que se meta a Facebook y ponga una carita triste en su estado; acto seguido tendrá la «fortuna» de que alguien le pregunte «¿Qué pasó?», para lo que habrá casi una respuesta inmediata «inbox». Y con eso se «soluciona el problema». Pero la escucha se ve severamente comprometida a mi creer, bueno, la lectura. ¿Qué pasa cuando el problema de cada uno se trata de alivianar con cosas tales como «no es tu culpa, es de los demás»? Librar de culpas al ser humano es librarlo de responsabilidades. No lo tomen a mal, me refiero a que muchas veces el apoyarse en amigos es apoyarse en un autoengaño, porque en su amoroso intento de ayudarnos, ellos nos dirán cosas que queremos escuchar para sentirnos mejor, o al menos intentarlo. La escucha debe ser neutra, que permita un panorama objetivo del problema, porque siempre hay dos caras en una moneda.

Hace poco hablaba con una amiga que está interesada en comenzar su análisis. Me dijo un franco «tengo miedo». ¿Y quién no? Después de todo, es una experiencia que abre muchas puertas desconocidas, y la más «terrorífica», por así decirlo, es la que se abre hacia nosotros mismos: ahí podemos encontrar monstruos terribles, pero también a la fantástica persona que somos y que no podemos ser, porque nos encontramos limitados siempre por los demás. El miedo a ser lo que somos es lo que realmente nos lastima. No hay que temer expresar el dolor que tenemos, la tristeza que nos invade, hay que buscar ayuda. Quizá sí un primer encuentro con amigos y con familiares, pero también darnos la oportunidad de ir con profesionales de la salud mental para ello.

Cuando murió mi mamá (11 de junio de 2016), uno de mis tíos me regaló un libro que me ayudaría mucho a abrir mi corazón y a enfrentar el dolor que había en él (incluso fortaleció mi deseo de ser psicoanalista para poder estar con y para los que están sufriendo). El libro en cuestión se llama Las Noches Oscuras del Alma, de Thomas Moore. En su maravilloso contenido, uno puede encontrar cosas muy personales para poder enfrentar esos días y noches oscuros, y encontrar en el dolor la creatividad que nos ayude a aliviar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma. Es un horno de la transformación, y como diría un mantra budista que atesoro mucho:

«De ahí (del dolor), salí realmente transformado»

Pero no hay que quedarse ahí, realmente hay que salir y seguir luchando. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es elegible. Y antes de terminar, quisiera decirte, querido(a) lector(a): no seas duro(a) contigo mismo(a), perdónate, porque ya es suficiente lo que estás teniendo que aguantar como para que tú mismo(a) te eches sal en las heridas. Empieza por eso, después sentirás poco a poco cómo el dolor se transforma en ternura.