El tiempo presente

Comencemos con un relato budista:

Un hombre se le acercó a un sabio anciano y le dijo:

-Me han dicho que tú eres sabio… Por favor, dime qué cosas puede hacer un sabio que no está al alcance de las demás de las personas.

El anciano le contestó: cuando como, simplemente como; duermo cuando estoy durmiendo, y cuando hablo contigo, sólo hablo contigo.

-Pero eso también lo puedo hacer yo y no por eso soy sabio- le contestó el hombre, sorprendido.

-Yo no lo creo así- le replicó el anciano. Pues cuando duermes recuerdas los problemas que tuviste durante el día o imaginas los que podrás tener al levantarte. Cuando comes estás planeando lo que vas a hacer más tarde. Y mientras hablas conmigo piensas en qué vas a preguntarme o cómo vas a responderme, antes de que yo termine de hablar. El secreto es estar consciente de lo que hacemos en el momento presente y así disfrutar cada minuto del milagro de la vida.

(Tomado de Rincón del Tibet)

Queridos(as) lectores(as), ¿por qué vivimos tan atareados? ¿Por qué vivimos tan rápido la vida que nos toca? ¿Qué prisa tenemos? En entradas anteriores comentamos el tema de la inmediatez, cosa que podría contrariarnos con la intención del texto de hoy. Pero diferenciemos la vida de lo que vivimos (y cómo lo vivimos). La diferencia es importante porque tal parece que hoy, en plena posmodernidad donde se apuesta por la diferencia, irónicamente cuesta diferenciar las cosas. Y no es lo mismo lo que hay a lo que hacemos con ello.

Mis lecturas y estudios me han llevado a ir descubriendo a un psicoanalista francés, Jean-Charles Bouchoux (Los perversos narcisistas), quien se ha ido convirtiendo en una de las voces autorizadas para hablar sobre la práctica de origen freudiano y la relación con la meditación. Además de la lectura mencionada, he estado leyendo (y francamente disfrutando) otro texto, Por los caminos de Buda y Freud. Dicho texto, que es un breve acercamiento al budismo y su relación que encuentra el autor con el psicoanálisis, cuenta con varios ejemplos y casos, ricos en contenido, de los que podemos encontrar varios puntos de reflexión, partiendo de la premisa «transformar el dolor en sabiduría con la meditación y el psicoanálisis». La vida es dolor, eso en el budismo, y lo cierto es que podemos encontrar verdad en ello independientemente de las creencias que tengamos o de las que carezcamos.

Jean-Charles Bouchoux nos comparte la siguiente reflexión:

¿Cómo encontrarse?

-Existe la ignorancia y existe el karma. Existe el zen y existe el psicoanálisis. ¿Cómo encontrarse? El velo de la ignorancia puede caer con la práctica del zen pero, ¿podemos liberarnos del karma?

-Como si de un río se tratase, la energía del karma fluye… Paciencia y confianza: continuidad con zazen.

-¿Debo creer en vidas anteriores?

-El pasado ha dejado de existir, el futuro aún no existe. Concentraos en el aquí y en el ahora. Si queréis conocer vuestro pasado, observad vuestro presente: es la consecuencia de vuestro karma, de la energía presente generada en el pasado. Si deseáis conocer vuestro futuro, observad vuestro presente: vuestro futuro será consecuencia de vuestras acciones presentes.

Escucho mucha angustia, mucho dolor en cada una de las pláticas de mis familiares, amigos y alumnos, quienes sostienen muy presente el futuro que no ha llegado. Cierto, es de todo buen hombre y de toda buena mujer prudente el tener visualizado el futuro para poder anticiparse a cualquier cosa que pudiera acontecer, pero lo cierto es que es dudoso, nunca es del todo exacto. Las hojas de los árboles inevitablemente han de caer, pero no sabemos cuándo ni por qué. Planear la vida es un acto que muchos queremos hacer, siempre pensando en circunstancias favorables, casi nunca pensamos en cosas malas porque «no queremos». Pero el futuro es en totalidad incierto. A veces bueno y gentil, a veces cruel y despiadado. La perspectiva subjetiva gobierna.

Pensar demasiado las cosas es no pensar las cosas, porque vamos más allá de lo que hay y muchas veces todavía ni siquiera gozamos o padecemos eso. Vivir el presente nos puede ayudar a fortalecer el camino a seguir, a sentirnos un poco más seguros (y aún así no lo estaremos). Después «que venga lo que venga y como venga».

«No insistas en el pasado, no sueñes con el futuro, concentra tu mente en el momento presente».

Buda

Aprende del pasado, sí, para que no repitas los mismos errores en el presente y puedas vivir el futuro, con los nuevos errores. Cada error es una enseñanza, cada enseñanza una oportunidad para aprender a vivir.

La soledad de los enfermos

No hay cosa que más nos humanice que la enfermedad, pues nos muestra frágiles, nos muestra como realmente somos: vulnerables. Después de todo, el valor de las personas no se basa en su clase social o en su riqueza, sino en la belleza de sus corazones, en su vulnerabilidad. Y cuando se está enfermo, lo que más se necesita, además del cuidado atento por parte de los médicos y de enfermeros(as), es un trato amoroso y cariñoso.

Primer anécdota:

La pequeña O. había sido una niña linda, tierna y siempre entusiasta. Le gustaba jugar con su perro, Coby, y no dejaba de sonreír. Un día, comenzó a sentirse cansada, cosa que empeoró a las pocas horas, cayendo enferma. La risa en su casa se apagó. Los papás veían con preocupación cómo O. no mejoraba, con todo y que la atendía uno de los médicos especialistas en su enfermedad. Los días pasaban y O. apenas podía abrir los ojos. Pero, con todo y las lágrimas de sus padres, la pequeñita seguía esforzándose por reír, ya que su hermano R. se colaba al cuarto y le contaba historias y uno que otro chiste. O., ante la enfermedad estaba perdiendo, pero R. le brindaba un amor que le daba consuelo a su corazón.

¿Es que acaso se necesita de los demás? Sí, todos en algún punto nos veremos obligados a recurrir al otro, a los demás, ya que somos vulnerabilidad que se disfraza de fuerza e independencia. Pero lo cierto es que vivimos en una existencia de codependencia. Siempre necesitamos al otro. Por ejemplo, yo estoy sentado escribiendo este texto, confiando de manera inconsciente en la persona que hizo la silla que estoy usando, ya que dependo de su destreza y cuidado en su trabajo para no sufrir una aparatosa (¡y humillante!) caída, y no decir que también mi salud depende de ello.

Pero volvamos a los enfermos. Quienes padecen enfermedades que les privan de una vida armoniosa, saben y comprenden que el miedo es un acompañante que no es bien recibido. Hay un temor por lo que pasará, además, claro, del dolor que están padeciendo. Ibn Sina, o mejor conocido en Occidente como Avicena (980-1037), fue un respetado filósofo y médico persa, uno de los grandes precursores de la ciencia médica. Él trataba de hacer que sus alumnos y colegas médicos tuvieran presente que ellos no atendían enfermedades, sino personas que padecían enfermedades. ¡Qué importante diferenciar eso! Quienes atendemos a pacientes, de un modo u otro, sabemos que el dolor que tienen, y como he mencionado también el miedo, hace que muchas veces actúen de forma agresiva y en ocasiones hasta ofensiva. Entendamos: el dolor es el que está, no hablando, gritando. Y esas actitudes hacen que los veamos a veces con recelo y perdamos, hay que decirlo, el entusiasmo y las ganas por atenderlos. En algún momento se atraviesa un pensamiento como «¿así me paga que lo esté atendiendo?».

Segunda anécdota:

La señora U. ha estado confinada a su cuarto desde hace poco más de 10 años. Ella, una anciana de 93 años, vive bajo los cariñosos cuidados de L., la enfermera que sus hijos han contratado para esa labor. Cabe decir que sus hijos tienen a sus familias que atender, además de sus trabajos y demás compromisos, sin embargo, el hecho de que contrataran a L. no fue para «deshacerse o desentenderse» de los cuidados que su madre requiere, al contrario, se han puesto de acuerdo en tener «turnos» para estar y convivir con ella. Y todos lo han cumplido, de manera entregada y amorosa. Sin embargo, la señora U., padece una enfermedad que le ocasiona mucho dolor por el día, cosa que L. a veces tiene que enfrentar bajo torrenciales de insultos y contestaciones negativas. Pero L. la entiende, y a cada ofensa la respuesta siempre es un gesto amable y tierno.

Cuando Avicena recalcaba lo de atender a personas que padecen enfermedades, amplió la visión llevando a las personas en esa labor a abrir sus corazones. Hay una palabra que estamos descuidando: miseria. Y eso es precisamente lo que los enfermos sienten; se sienten miserables, «olvidados» y con muchas preguntas terribles que no encuentran respuesta. Queridos(as) lectores(as), ¿alguna vez han escuchado el famoso «por qué yo»? Eso atormenta a muchos, y no sólo en cuestiones de salud, sino también en otras situaciones de la vida. Pero entendamos eso: las personas no sólo están padeciendo la enfermedad, sino que sienten dolor, sufren constantes miedos, pero sobre todo, están aterrados por la soledad. ¡Es una exigencia estar con ellos! Quizá me digan, con justa razón, «¿pero qué puedo hacer yo que no pueda hacer el médico?». El valor de la compañía es un valor agregado, es decir, tiene algo que no se puede medir, pero que influye mucho en la persona que nos necesita. Muchas veces el sólo estar a su lado, sin decir absolutamente nada, llena de consuelo a las personas al no sentirse solas mientras las acompañamos en ese valle de lágrimas.

No temamos estar con ellos, antes bien, temamos no estar con ellos. No olvidemos que vivimos en una realidad donde la culpa nos corroe muchas veces por el no haber hecho, el no haber dicho, por el no haber estado. Y esas cargas son duras y muy pesadas. No vivamos con arrepentimientos cuando podemos vivir con amor en el corazón. Una palabra tierna, una caricia, un «aquí estoy contigo», una sonrisa, un gesto amable, quizá un regalito sencillo, no sé, todo eso resulta una medicina anímica que puede ayudar a los enfermos a luchar contra sus padecimientos y no a no rendirse.

Tantas cosas que podemos lograr siendo amables…

Reforzar la vida interior

Ayer por la noche platicaba con una amiga, quien me participó que esta página le estaba gustando y que el contenido le estaba ayudando a encontrar claridad en distintas cosas sobre su vida (¡Gracias, S.!). Y se animó a sugerirme un tema que, hasta hace un tiempo, precisamente yo había estado reflexionando. De hecho, mi muy querido amigo, Bernardo Sosa, quien es filósofo y se dedica al pensamiento de Séneca, ya había tenido la oportunidad de dar una plática sobre la Importancia de la Vida Interior, por lo que en su honor y a la sugerencia de mi amiga, les dedico esta reflexión.

En la entrada pasada a ésta (El dolor de amar), sostenía que la cultura de la belleza estética ha hecho que muchas personas se sientan fracasadas por no poder alcanzar los cada vez más exigentes estereotipos que muestran. Y eso, entre otros motivos, ha perjudicado seriamente la identidad de cada una de las personas. Es decir, cuando nos enfrentamos al bombardeo masivo de información y propaganda que las empresas disparan contra nosotros, establecen ciertos estándares «aceptables» para una sociedad que se debate constantemente entre el ser y el deber ser. Y ese deber ser, quiero aclarar, se torna más bien en un «como nos gustaría (te exigimos) que seas». ¿Cómo se puede aceptar lo que se es cuando hay quienes no dejan que eso pase?

No solamente es un asunto de amor propio, sino que es una exigencia de (auto)respeto por la dignidad de cada uno de nosotros. Sobre este tema, el filósofo alemán Immanuel Kant (1724-1804), escribía lo siguiente:

«El ser humano, considerado como persona, está situado por encima de cualquier precio, porque, como tal, no puede valorarse solo como medio para fines ajenos, incluso para sus propios fines, sino como fin en sí mismo; es decir, posee una dignidad (un valor interno absoluto), gracias a la cual infunde respeto a todos los demás seres racionales del mundo, puede medirse con cualquier otro de esta clase y valorarse en pie de igualdad»

¿Contra quién estamos compitiendo? ¿Por qué estamos compitiendo? Desde hace unos meses, he dado la cátedra Ética de Negocios, y en ella hemos trabajado mis alumnos y yo en la diferencia entre competir y ser competentes. Grosso modo, cada individuo tiene que tener las capacidades para poder ser competente, es decir, tener con qué poder hacer las cosas y buscar lo que se necesite para poder hacerlas. Cuando competimos, poniendo por ejemplo a los atletas de alguna rama del deporte, la idea que importa es la de ganar, la de superar al otro para mostrar quién es el mejor en lo que hace. Sin embargo, ningún atleta que triunfe debería ver como perdedores a los demás y burlarse de ellos. Ojo: sí, perdieron, pero eso no los hace menos, simple y sencillamente será la ocasión que les permita tener en cuenta que necesitan entrenar más para lo lograr ganar la próxima vez.

Pero regresemos a eso de «tener las capacidades». Justamente el trabajo de la vida interior es un acto que exige la humildad en cada uno de nosotros para ver las cosas que podemos hacer, las que no y la que podríamos llegar a hacer si buscamos los medios para ello. Bien decía una tía mía: «Total, reconocerse no es morir». Afrontar con humildad nuestras limitaciones no nos hace menos que los que sí pueden hacer las cosas, porque precisamente no todos son capaces de hacer todo. Antes bien debemos observar que lo que unos no pueden nosotros sí podemos, y eso es precisamente el valor existencial que aportamos en la vida: nadie puede ser lo que somos. Para reforzar este punto, la idea central propuesta por la corriente existencialista en la filosofía es que no existimos, sino que estamos existiendo, es un proceso que va más allá de una simple definición. Por ejemplo, una persona no es mediocre, porque al hablar de ese modo sentenciamos su existencia y la limitamos a una totalidad, sin embargo, la persona actúa de tal modo que pareciera que en verdad no sale de la mediocridad. ¿Y no puede hacer algo para salir de eso? ¡Claro! Y no sólo puede, sino que debe hacerlo.

La vida interior es la verdad de cada uno de nosotros, después de todo, como decía Sören Kierkegaard: «Las puertas de la verdad se abren hacia dentro», pues cada uno de nosotros debemos encontrar una verdad que sea verdad para nosotros, y dicha verdad no es ni puede ser otra más que lo que somos. Aceptar lo que somos nos permite desafiarnos, desafiarnos a ser mejores, buscar la magnanimidad como una virtud que refuerce la vida interior y que nos haga salir de ella hacia el mundo y lograr cumplir con cada vez más metas. Es un ejercicio existencial que obliga a buscar la perfección. Nunca seremos perfectos, pero en ningún momento eso nos debe detener en buscar serlo.

El que fracasa hoy, no tiene por qué fracasar mañana.

El que triunfa hoy, no tiene por qué triunfar mañana.

Parte de la aceptación es reconocer la vida tal y como es. Aceptar que vivimos ante la falta nos puede ayudar a entender lo que debemos realmente buscar; quizá podríamos empezar por quitarnos las cadenas que nos limitan, cadenas que la sociedad, la familia, las estructuras sociales nos han impuesto, aunque si las vemos bien, son meramente simbólicas. Debemos ser más de lo que estamos siendo, es la consigna del hombre y de la mujer que buscan ser felices. Y para eso, queridos(as) lectores(as), hay que abandonar la zona de confort de nuestras vidas. Les advierto que no será fácil, que habrá que hacer muchos sacrificios, romper con lazos que se vuelven pesas y alentizan nuestro andar. Habrá dolor, habrá penas, habrá tristeza, pero todo valdrá la pena si nos comprometemos a vivir. Y eso implica: atreverse a ser. Pero cuidado, atreverse a ser no significa que estemos siempre bien o que lo estemos realmente. Es por ello que la importancia de la vida interior empieza, siempre, en el fortalecimiento de las virtudes.

¡Hay que ser personas virtuosas!

El dolor de amar

Al depender del objeto de amor elegido […] uno se expone al mayor de los dolores cuando sufre el desdén de esa persona o cuando la pierde por infidelidad o por muerte.

-Sigmund Freud

Hace algunos años atrás, no pude evitar escuchar a una de mis alumnas en el corredor afuera de mi oficina decirle a una amiga suya: «No sabes cómo me duele amar». Sabía que eso no terminaría ahí y que la puerta abierta de mi oficina sería suficiente para que ella se invitase a sí misma a pasar a consultarme «¿por qué me duele amar, profe?».

Quizá tendríamos que entender que el amor es una de las faltas más importantes en nuestra vida. El amor es reflejo de nuestra carencia. Por eso lo buscamos, pero pocas veces nos detenemos para ser encontrados. No me sorprende que a mi alumna le duela tanto amar porque, además, se trataba de un crush, es decir, esa persona que le gusta pero que (digámoslo un poco crudo) ignora la existencia de ella. Esto me hace recordar a un amigo en nuestros tiempos universitarios que se acercó a mí prácticamente por lo mismo:

-Héctor, estoy nervioso.

-¿Por qué, amigo?

-Porque mira (me señala con el dedo a una mujer), ella está ahí y yo estoy acá.

-Ajá, ¿y luego?

-Es que no sabes cómo me gusta.

-¡Pues vas! ¡Ármate de valor e invítala a salir!

-Es que no puedo…

-¿Por?

-Es que no la conozco.

-¡Pues conócela!

-Es que no le hablo.

-¡Pues háblale!

Y así estuvimos por un buen tiempo. Nunca pudo lograr nada con ella porque simplemente no pudo (¿no quiso?). Continuemos. El amor tiende a provocar que quien lo «padece» idealice al objeto amado. Y esa idealización termina por ser, a veces, una verdadera limitación cuando se traduce algo así como «¿cómo alguien como él/ella se podría fijar en alguien como yo?». Y comienza entonces la desilusión. Y es que el ser amado representa nuestro propio límite, ya que es en quien descargamos nuestro yo, que incluye nuestras fantasías, nuestros miedos, nuestros anhelos y, sobre todo, nuestro deseo.

¿Qué es amar? Jacques Lacan (1901-1981) sostenía que «amar es dar algo que no tengo a alguien que no es». ¿A quién estamos «amando» realmente? ¿A quién estamos buscando amar? El Dr. Juan David Nasio menciona al respecto: «El amado es sin duda una persona, pero es ante todo y sobre todo esa parte ignorada e inconsciente de nosotros mismos que se derrumbaría si la persona desapareciera». Por eso es importante tener presente que el amor comienza en nuestro propio narcisismo.

Me viene a la mente una situación que viví hace años en la que solté un comentario que se prestó para muchas interpretaciones: «He amado tanto que no me he amado lo suficiente». Ese comentario se debió a que estábamos platicando unos colegas filósofos y yo sobre la falta de amor a uno mismo. Sucede que realmente no sabemos amarnos. Nos imponemos tantas cosas que terminamos por despreciar lo que somos. Es el problema de la aceptación social, donde por culpa de campañas de estética se levantan estándares que terminan por hacer sentir mal a las personas que no creen poder alcanzarlos.

Y justamente mi alumna se lamentaba por algo relacionado: «Él nunca se podrá fijar en mí porque yo estoy gordita». El prejuicio es demoledor, pero más cuando se tiene sobre uno mismo. Hay que entender que si existe la posibilidad de ir al gimnasio, no debe ser con la meta o la idea de «ponerse buenos o buenas para los demás», sino de mejorar y estar bien con uno mismo para uno mismo.

Poder amar al otro exige primero el poderse amar a uno mismo. Es algo básico, es algo que no puede faltar nunca en nuestra vida. Porque quien busca el ser reconocido por el otro, vamos a ponernos un poco hegelianos, ignora que justo el otro está buscando ser también reconocido. Y al final sólo habrá dolor.

Gatopardismo: la fórmula de la perpetuidad

«Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie».

-Giuseppe Tomasi di Lampedusa

Qué gran contradicción, ¡qué gran oportunidad! Publicado entre 1954 y 1957, Il Gattopardo se convirtió en una auténtica denuncia sobre la tendencia adaptativa del mundo para sostener lo que se tiene.

Un juego de poder en el que las situaciones socio-políticas pretenden determinar los nuevos procedimientos tras revoluciones significativas que «buscan» el cambio. Un cambio superficial de estructuras. La idea es simple: para seguir teniendo lo que se tiene, hay que hacer unos ajustes. Ajustes que muestren a los demás, por lo general a aquellos que buscan cambios reales en el poder, que sí habrá cambio. El discurso político no sirve sino únicamente para convencer mientras se juega con la esperanza de quienes creen en quien lo pronuncia.

Pero, el gatopardismo incluso es una acción que podemos sacar de lo político y llevarlo al ámbito personal. Y no es otra cosa que un autoengaño. Es decir, las personas tienden mucho a hacerse promesas de cambio ante cosas en ellos que no les gustan, que les incomodan o que simplemente los desgastan. Les presento la siguiente anécdota:

C. es una mujer que ha alcanzado los 30 años de edad. Es una mujer estudiosa, preparada, intelectualmente inquieta y muy entregada a su trabajo. Tiene una relación con F., quien se ha mostrado muy dispuesto a aceptar que su futura esposa es así. Sin embargo, eso no evita que haya entre ellos ciertos desencuentros debido a que C. le pone mayor prioridad a sus estudios y a su trabajo que a su relación, esto según F. Por fin un día C. se vuelve consciente de que puede que haya exagerado con sus actividades y que, en efecto, estaba descuidando su relación, por lo que se propone limitarse para poder pasar más tiempo con F.; emocionado por ello, un día él le pregunta a dónde le gustaría ir a pasear, a lo que C. le contesta con mucha ilusión: «Me dijeron que abrieron una librería bellísima al sur de la ciudad, ¿podemos ir?»

Cuando C. propone ir a una librería cuando anteriormente le había prometido a F., tal como a sí misma, limitar sus actividades para dedicarle más tiempo a su relación, ella encontró (inconscientemente, queremos pensar) un modo de pasar más tiempo con F. pero sin dejar de hacer lo que le gustaba. Podemos imaginar qué pasó después de esa sugerencia…

El gatopardismo es algo que tristemente se ha vuelto algo muy habitual, tan es así que la gente está dispuesta a perpetuarlo. Cuando existe la desilusión por el sistema político que rige a un país, la primer propuesta «seria» para sustituirlo y dar algo mejor al pueblo, se vuelve «aire fresco», y hay que respirarlo. El problema es que, con todo y que entendemos que para que las cosas cambien tienen que dejar de ser las mismas cosas, la realidad es que nos cegamos y creamos una fe secularizada para dar paso a salvadores, mismos que antes portaban piel de lobo y que luego se sobrepusieron la de un inocente borreguito.

Maestro de mis maestros

«El trabajo del maestro no consiste tanto en enseñar todo lo aprendible, como en producir en el alumno amor y estima por el conocimiento»

-John Locke

In memoriam…

Hace unos días, el 26 de julio para ser más preciso, en la Escuela de Filosofía de la Universidad Panamericana (campus Ciudad de México), tuvimos la triste ocasión de despedirnos de quien fuera uno de nuestros maestros más icónicos, me refiero al querido Dr. Raúl Nuñez Juncal (1935-2018). Muchas generaciones actuales no pudieron tomar clases con él, de hecho, la mía tampoco pudo. Pero los que tuvimos la ocasión de convivir con él y, por tanto, de aprender de él, nos quedamos con una enseñanza profunda y sincera, no sólo a nivel académico, sino sobre la vida misma.

Unos días después, me puse en contacto con quien en su momento fue mi maestra, Montserrat Salomón, y tiempo después sería una de mis amistades más cercanas. Ella había tenido la oportunidad de acercarse al Dr. Núñez y haber podido encontrar en él la confianza y el apoyo para iniciarse en el fantástico mundo académico. Después de todo, fue él quien le dio la oportunidad de dar clases cuando apenas ella estaba estudiando la carrera. Sucede que cuando encuentras a un maestro que cree en ti y te motiva a que alcances lo que eres capaz, y hasta lo que crees que no, es encontrar a un amigo de la vida que impulsa tus sueños y te ayuda a materializarlos. Al platicar con Montse, ella tenía una herida en el corazón. ¿Y cómo no? Cuando yo empecé a interactuar con el Dr. Núñez fue porque no habíamos alcanzado a ver a un filósofo de la antigüedad, me refiero a Plotino. Así que un día me le acerqué al Dr. Núñez para pedirle si me podría dar unas sesiones sobre ese autor; lo primero que me dijo fue un «no lo creo, pues no tengo ahorita tiempo disponible para dedicárselo a don Plotino como se merece y a ti también», sin embargo, el Dr. no lo dejó en eso, me pidió que lo viera al día siguiente en punto de las 10 de la mañana en las oficinas de Filosofía en la UP. Llegado el día y la hora, me encontré con él y con tres folders, mismos en los que habían muchas hojas, unas escritas a mano y otras en máquina de escribir. «Pensé que te podría servir tener mis apuntes sobre Plotino, toma, te los regalo con mucho gusto. Espero te sirvan». Y ya. Eso abrió el camino hacia la enseñanza que hoy por hoy conservo en el corazón.

Recordé esta anécdota ya que mi querida Montse me compartió una inquietud que creo que todos los que nos dedicamos a la enseñanza nos planteamos: «¿Acaso yo llegaré a ser recordada como tal profesor(a) lo es?». Haciendo cuentas, he dado clases desde que estaba en preparatoria, por lo que llevo ya casi 10 años, aunque evidentemente con mayor entrega y conocimientos en los últimos años. Y he sido testigo de tres tipos de maestros: primero, están los que dejan huella por sus enseñanzas académicas y personales; segundo, quienes te dejan una enseñanza que te lleva a seguir insistiendo en el camino de la sabiduría y, tercero, quienes te enseñan a cómo no ser después. Siempre se aprende algo. Aunque, curiosamente, se pueden dar casos en los que encontramos los tres tipos en uno solo.

Creo, de corazón, que la labor de todo maestro es dejar huella en sus alumnos, pero insistiré que debe ser siempre de buena forma; huellas que permitan que la memoria les permita a sus alumnos traer al presente siempre aquellos momentos de sumo interés, de gran diversión que representó tomar clases con esos maestros. Un maestro que sólo va a dar clases por cumplir con el temario, es nada más un divulgador. Pero aquel o aquella que van a ampliar la visión de sus alumnos, que pueden llegar a quedarse en el corazón de ellos, a partir de enseñanzas cálidas y llenas de afecto, es quien ha aprendido a ser maestro de la vida, maestro del amor por la vida misma. Todo maestro debe tener pasión por lo que hace y contagiarla, encontrar los medios y los recursos para llegar a cada uno de sus alumnos, no dejar a ninguno en la duda. Y creo que se nota cuando tenemos la oportunidad de tener maestros de esa calidez humana. Después de todo, sin los alumnos, no seríamos nada más que locos que hablan sobre temas que pueden ser interesantes pero que no logran encontrar la escucha verdadera.

«Maestro de mis maestros».

Así, sencillo y directo. Un reconocimiento que no alcanza a completarse con palabras. Que se vive, se ejemplifica, desde el corazón hasta la epidemia de la enseñanza. Decía Gabriel Marcel, filósofo existencialista francés de inicios del siglo XX, «amar a alguien es decirle «tú nunca morirás»». Al principio no se entiende tan fácil el profundo sentido de dicha afirmación, pero cuando la vida te sitúa en ocaciones de la inmortalidad, entiendes y comprendes que los antiguos griegos tenían razón: mientras tu nombre siga siendo pronunciado, tú seguirás existiendo. Y creo que, así como otros casos, el Dr. Núñez logró ser aquello que proponía Mark Twain: «Vive de tal modo que, al morir, lloren por ti quienes cargan tu ataúd» (parafraseado). Hay ausencias que no dejan de ser presencias.

Gracias, maestros, a los que fueron, a los que son, y a los que serán.

Gracias a mis alumnos, por ustedes creo que tengo suficientes motivos para seguir en esta hermosa labor.

Gracias, Montse, por abrir tu corazón y por abrir el mío.

De lo normal y lo correcto

Cada individuo debe llevar su vida de tal manera que los demás puedan respetarla y admirarla.

La cita corresponde a Michel Foucault, el célebre pensador francés del siglo XX y uno de los intelectuales más citados en la historia. Ahora bien, el tema de lo normal y lo correcto es algo que justamente Foucault estudió con interés.

¿Qué es lo normal? Según nuestro autor, lo normal entra dentro de una estructura de poder que se ha ido modificando con el paso de los años. Por ejemplo, lo que en el siglo XVI podría considerarse perfectamente normal, quizá hablando de la persecución de los herejes por parte del tribunal de la Santa Inquisición, en pleno siglo XXI resultaría ser algo impensable. Foucault entiende que es la sociedad que goza de poder la que establece lo que es lo normal. En otras palabras, es resultado de un acuerdo. De ahí que se considere que lo normal es lo correcto o lo que debe hacerse, lo que debe ser.

Ayer por la noche, platicaba con un buen amigo sobre su recién interés en la hermenéutica. En un momento salió a la conversación lo que la sociedad interpreta como algo normal. Y resultó fácil, al menos por el momento, decir que hay un claro ejercicio perpetuo de hermenéutica respecto a los estándares sociales que hemos ido siendo testigos a lo largo de 10 años. Es curioso cómo la sociedad ha ido abriendo paso a posturas que pretenden ser críticas a ella misma, sin importar que en algún momento haya un daño colateral.

Pensando en lo políticamente correcto, es innegable que hay ciertas cosas que se han visto sometidas a una búsqueda, quizá muy terca a veces a nivel de obsesión, de hacerlas algo normal. Pero lo interesante es el nivel de fanatismo que se muestra por parte de los desesperados porque así sean las cosas que defienden a capa y a espada, o para que no lo sean. Hace algún tiempo, la homosexualidad dejó de ser considerada como una enfermedad mental, cosa que el mundo celebró. Ciertamente no debemos confundir enfermedad con preferencias sexuales. El problema es justamente cuando se le orienta hacia un espectro de normalidad, mismo que corrientes político-morales de «derecha» y de «izquierda» tienden a llevar a un terreno de franca confrontación con intereses más convenencieros que realmente comprometidos.

Pero, ¿qué tan correcto es establecer algo como normal cuando se está buscando hacerlo a través de una «imposición»? Para esto, quisiera contarles una anécdota:

El pequeño M. es un niño travieso e inquieto como cualquier otro. Sin embargo, a la hora de la comida, se ha vuelto un auténtico desafío para su mamá. Ella buscó que su hijo se acostumbrara a ser vegano desde pequeño. Le cancela toda oportunidad de probar alimentos de origen animal. No le permite la elección. Le impone lo que ella quiere. Evidentemente, M. come lo que su mamá le ofrece pero siempre preguntando «por qué los demás niños sí comen lo que él no puede». S., su mamá, le contesta afirmando «es que no saben lo mal que están haciendo». ¿Lo mal que están haciendo? ¿Según quién? ¿Quién lo dice o quién lo establece? El pequeño M. no tiene de otra más que obedecer a su mamá. Un día, su abuela va de visita a su casa y, sin considerar la estricta dieta a la que lo tiene acostumbrado su mamá, le prepara un rico sándwich de jamón y queso. M. lo come y descubre el sabor de la carne. «¿Qué es esto, abue?» -pregunta emocionado-. A lo que la abuela le contesta: «Es jamón. ¿Tu mamá no te lo ha dado nunca?». Pero lo que dice la abuela después es lo que rompe con las ideas del pequeño M.: «Se ve que tu mami no es normal y te quiere hacer su cómplice».

¿Qué pudo haber pasado cuando S. se enteró de que su madre le había dado jamón a M.? Podríamos pensar que le reclamó por qué le había hecho comer jamón sabiendo que eran veganos. Indudablemente se pudo dar un pequeño debate partiendo de un afilado «que tú seas vegana no hace que M. tenga que serlo». La irrupción de la abuela lo que realmente hizo fue darle al niño la posibilidad de conocer algo más fuera de lo establecido como lo correcto, como lo normal. Un criterio meramente subjetivista que ofreció una alternativa de elección.

Lo que para ti está bien, para mí no.

Y viceversa.

¿Cuántas veces no hemos pasado por situaciones como la del pequeño niño? Situaciones en las que otros nos dicen qué debemos pensar, decir y/o hacer, indicándonos que es justamente lo correcto y que de no hacerlo «los demás» nos verían mal. El momento decisivo es cuando surge precisamente la duda sobre por qué son supuestamente así las cosas. Y parafraseando a Foucault: «En cada muestra de poder, hay una muestra de resistencia al mismo».

¿Qué no acaso es el mismo discurso miserable, viejo y desgastado de los políticos? Es decir, siempre estar señalando a la competencia como los malos. Antes de nuestra plática, mi amigo y yo vimos la película Crímenes Oscuros (Dark Crimes, 2016), dirigida por Alexandros Avranas y protagonizada por Jim Carrey. Sin temor a arruinarles la película a quienes no la han visto y pretenden hacerlo, hay un momento en el que Kozlow (personaje antagónico interpretado por Marton Czokas), afirma que «la gente no busca justicia, sólo piensa en el bien y en el mal». ¿Qué no acaso es justamente el bien y el mal lo que determina lo normal en nuestra sociedad? ¿Pero qué es el bien y qué es el mal? Y aún más importante, ¿en qué sociedad?

Como hemos podido ver, es muy fácil señalar y decir lo que es correcto, pero es complicado sostenerlo sin caer en el GRAN problema de hacerlo desde la propia idea que tenemos de las cosas. Es muy fácil defender algo desde lo que creemos sin considerar lo que el otro cree. Y, al final, queremos imponer «nuestra verdad». ¡Y qué terrible cuando no lo logramos! Porque a partir de ese momento empiezan los juicios crueles hacia el que, precisamente, «no es normal por no pensar igual».

Es cuestión de prioridades

Inicio contándoles la siguiente anécdota:

J.J. es una persona exitosa en los negocios. Sus más cercanos amigos le conocen como «El Rey Midas», pues negocio que toca lo convierte en una mina de oro. Es una persona responsable, analítica y muy persistente. No le gusta dejar clavo suelto en nada. Un día, su pequeña hija, N., le preguntó cuál era su secreto para que todo le resultara tan bien. Aunque N. no es tan pequeña, pues tiene 17 años (pero es la menor de sus hijos). J. J. no dudó en contestarle: «Ustedes, tu mamá y tus hermanos son mi prioridad en la vida, sin embargo, mi primera prioridad soy yo». N. no entendió esto último. «¡Qué egoísta sonaste, papá!» -le reclamó de inmediato. A lo que su padre también contestó: «No, piénsalo, si yo no me pongo como mi primera prioridad, ¿quién va a poder hacer las cosas para ustedes? Nadie más los tiene a ustedes como prioridad más que yo».

Queridos(as) lectores(as), ¡es cuestión de prioridades! Y sucede que hoy en día mucha gente no tiene sus prioridades claras. Hay que decirlo con todas sus palabras para poder reflexionar sobre esto: hay quienes viven tanto para los demás que se olvidan de sí mismos. Hoy no hay claridad en nuestras prioridades pues es resultado de querer hacer todo, de querer comernos el mundo a mordidas. Esto último me parece hasta cómico porque demuestra que la gente está aterrada por no poder hacer las cosas y que llegue el día en que no podrán hacer ya nada.

Hay un refrán que dice «no dejes para mañana lo que puedes hacer hoy». Y es cierto, sin embargo, hay una doble lectura. Por un lado, hay cosas que podemos hacer en el momento y que no es necesario prolongarlas. Por ejemplo, si tienes el tiempo, las condiciones y la disposición de ir a visitar a un buen amigo que yace enfermo, ve; sucederá que si dejas que la flojera o la indecisión te ganen, podrías llegar a decir que mañana lo puedes hacer y llegado el día suceda lo mismo. ¿Es necesario esperar a que el amigo muera para que nos presentemos con él en su funeral? Perdonen por este ejemplo tan gris, pero es importante llamar la atención sobre nuestro breve paso por la vida. En cualquier momento, lugar y hora, se acaba la narración propia o de cualquier otro.

Sin embargo, también está el otro lado. Hay muchas personas obsesivas que se urgen a sí mismas a hacer cosas en el momento que bien podrían esperar un poco para ello. Y es aquí donde entra nuestra famosa y bien querida prudencia. Pongamos mi ejemplo, mismo que los amantes de libros podrán entender: cuando voy a cualquier librería, sé y comprendo que estoy en un auténtico riesgo, pues siempre me pasa que aunque nada más voy «a ver», termino comprando un libro interesante que terminará por aumentar la columna de libros sin leer que tengo esperando en mi estudio. ¿Era realmente necesario comprar ese libro sabiendo que no tengo tiempo para leerlo de inmediato? Quizá me gasté 200 pesos en él, mismos que me hubieran servido quizá para algo de verdadera necesidad directa. No sé, quizá esos 200 pesos hubieran sido muy efectivos para poder invitar unos tacos a algún amigo o amiga. O quizá sólo me pude ahorrar esos 200 pesos para pagar alguna deuda pendiente. Porque el libro sigue y seguirá esperando a que tenga tiempo y disposición para leerlo.

Tenemos que tener prioridades claras en nuestra vida para poder buscar ser virtuosos. Hay cosas más importantes que otras así como personas (ojo: todos tienen la misma dignidad, sólo me refiero a relaciones). ¿Alguna vez han escuchado «la familia es primero»? Eso es un excelente ejemplo: un día podrás tener la invitación por parte de tus amigos o conocidos a una reunión, misma que no resulta novedosa pues es una más de de las muchas que has tenido con ellos. Ciertamente la pasas bien y te diviertes, pero resulta que ese mismo día tienes de visita a un familiar que no ves desde hace mucho tiempo. Aquí la prioridad sería el familiar por lo mismo. Y aún así hay quienes darían prioridad a la reunión. Ciertamente, en cualquiera de las dos elecciones estaríamos en falta, ganaríamos algo pero perderíamos otra cosa. Habría que tener la capacidad de análisis para ver qué sería cada cosa.

Cuando J.J. explicaba a su hija lo de que él era su primera prioridad, no supo (quizá sí), que fue una respuesta ampliamente existencialista, ya que debemos entender que nada ni nadie podría hacer lo que nosotros sí, nadie llena el espacio de nuestra ausencia. El amoroso padre sostenía eso porque estaba consciente de que él tiene que estar bien, prepararse, estudiar, hacer negocios inteligentemente, pues sólo así podría cumplirse a sí mismo para poder cumplir con su familia.

Tenerse a uno mismo como primera prioridad, de hecho, es egoísmo cuando no se comparte uno con los demás. Es como el caso de tantas relaciones fallidas en nuestros días; en el caso de los novios, fracasan sus relaciones porque le dan demasiada prioridad a su pareja, pero a un nivel casi de fanatismo, y el amor que le dan es el amor que se niegan. Muchas veces encontramos casos como el famosísimo «pégame pero no me dejes». Precisamente, el que seamos nuestra primera prioridad es tener amor propio. Ese reconocimiento nos permitirá de manera más sencilla poder darnos cuenta que no sólo importa el otro en la relación, sino uno mismo también. Cuando no hay amor propio, no hay amor al otro. Hay quienes dicen que lo que hay es más bien obsesión. Y, si les damos la razón, entonces el otro no es más que una cosa que creemos nos es necesaria. Cosificamos al «ser amado».

¿Qué esperaban? Si el amor comienza en nuestro propio narcisismo, pero la idea es poder salir de él hacia el otro.

Prioridades, amigos(as), prioridades.

¿Callarse es ser prudente?

Ayer tuve la oportunidad de cenar con dos colegas psicoanalistas. Entre los distintos y muy variados temas que abordamos, además de la agradable compañía que resulta cuando tienes a expertos de la escucha contigo, salió a la conversación un tema que podría resultar interesante comentar en esta entrada: saber callarse.

Como ya hemos estado revisando en las últimas entradas, la sociedad en la que nos estamos desarrollando cada vez se presenta más desafiante y exigente. Y no es de sorprenderse que el habla, la expresión a través del lenguaje, se vea comprometida. Entendemos que existen (o al menos eso parece) ciertas libertades que van de la mano con la expresión de ideas, pero también es un hecho que cualquiera cree que tiene que gritar lo que piensa, y no sólo eso, sino emplear otros medios (tales como las manifestaciones que terminan en violentos actos de vandalismo y criminalidad disfrazados de «libertad de expresión»). Sucede, queridos(as) lectores(as), que nos estamos yendo por la fácil sin tener en cuenta que existe algo que los antiguos griegos conocían como Φρόνησις (phronēsis), es decir, prudencia. Podemos decir que se trata de una sabiduría práctica que nos obliga a pensar cómo, cuándo y por qué hacer algo o no hacerlo. ¿Qué pasa cuando se le da paso a las pasiones sin tener en cuenta la razón? Muchos hablan de un sentido común (en jerga popular se entiende como «aquello que es obvio y que por tanto se piensa, se dice o se hace», pero no hay nada más sospechoso que lo obvio, lo que es evidente), pero con todo, las pasiones llevan a cometer actos imprudentes en la mayoría de los casos.

Estoy leyendo al Dr. Juan David Nasio, psiquiatra y psicoanalista argentino que reside en Francia. El texto en cuestión es ¡Sí, el psicoanálisis cura!, publicado por Paidós. En un capítulo, el autor habla sobre la importancia de saber callarse (de no intervenir) cuando está con el paciente. Me gustaría compartirles el fragmento:

Justamente, lo difícil para un psicoanalista es saber callarse en el momento en el que arde de impaciencia por hablar. En este aspecto, cuando hablo a mis pacientes sólo les digo un cuarenta por ciento de lo que podría decirles. Si me callo es porque considero que es demasiado pronto o demasiado tarde para intervenir o que el paciente no está preparado para recibir mi palabra o bien porque todavía necesito tiempo para dejar madurar la idea que tenga en mente, o también, sencillamente, porque no tengo nada que decir. En este instante me viene al espíritu el aforismo de Wittgenstein: «aquello de lo que no se puede hablar, debe callarlo». En ese sentido, aconsejo con frecuencia a los psicoanalistas que me consultan para una supervisión de su práctica que no hablen si no saben qué decir. «Si tiene dudas, no hable, permanezca en silencio. ¡Evitará muchas torpezas!».

¿Qué pasaría si transportamos eso a la vida cotidiana, fuera del psicoanálisis? Hablar de prudencia en nuestros días debe ser una exigencia, una obligación que tienda hacia un orden social que permita la correcta y muy apropiada relación entre los individuos. El saber callarse es un ejercicio, insisto en algo que ya había mencionado en otras entradas, de humildad. Sin embargo, el no saber qué decir en un momento no significa el no saber qué decir después. Precisamente, callarse brinda a cada persona la oportunidad de poder pensar, de hacer una profunda reflexión sobre las situaciones y poder así entablar, o no, un mejor juicio.

El hecho de que el Dr. Nasio mencionara a Ludwig Wittgenstein, me parece oportuno y preciso. ¿Cuántas veces hablamos por hablar? ¿Cuántas veces nos olvidamos que somos seres racionales y nos convertimos en cómicos cotorritos que repiten lo que otros dicen? Nuestra sociedad del escándalo exige ratos de bien merecido silencio, y el callarse cuando no hay por qué hablar, puede ser un muy refrescante momento para brindarlo.

Sin embargo, no olvidemos que «el que calla, otorga».

Y sí, el silencio también se analiza.

Presencias que se visten de ausencias

La unidad con todo lo que soy empieza en la soledad y el silencio…

Hace unos días compartieron en Twitter la frase anterior (desgraciadamente no quién la dijo, aunque ponían la foto de san Chárbel Makhlouf). Soledad y silencio, dos palabras que inevitablemente van juntas. Se comprenden juntas. Sin embargo, tanto la una como la otra no son del todo «aceptadas» en la sociedad de la necesidad de compañía y del escándalo.

Les contaré una pequeña anécdota:

Estaban dos niños sentados en la zona de juegos de un parque. Ambos compartían el gusto por las estampas del famoso álbum del Mundial de Rusia 2018. Se veían notablemente contentos y entusiasmos, ya que se estaban ayudando a ir tachando los números faltantes en sus listas de estampas. Una vez que terminaron, se miraron fijamente. ¿Y ahora? -dijo uno de ellos-, a lo que la respuesta del otro fue un rotundo «no sé». ¿Qué más podían hacer dos niños en una zona de juegos? Se quedaron mirando el lugar sin decir(se) absolutamente nada. Uno de ellos se sentó y empezó a pegar sus nuevas estampas en el álbum. El otro sólo lo miraba. «Ya me voy» -dijo el que estaba de pie-, a lo que la respuesta del otro niño fue un agresivo y desesperado «¡Qué! ¿Por qué?». Con todo y esa indignación, el niño terminó yéndose y el otro que estaba sentado se quedó solo y en silencio.

¿Qué sucedió? Es interesante lo que la sociedad le está enseñando a los más pequeños. Queridos(as) lector(as), ¿han notado que los encuentros en los cafés se han vuelto más bien presencias que se visten de ausencias? ¿Cómo? Sí, me refiero a que la gente que queda de encontrarse en algún lugar, en este caso una cafetería, en caso de que sí lleguen se saludan, intercambian unas palabras, se sientan, proceden a ordenar y, sin decir más, sacan sus celulares y la interacción con alguien más empieza y el otro se queda ahí sentado… ¡interactuando con alguien más desde su celular! Vivimos en el tiempo de las ausencias. Y es triste.

Retomando la anécdota de los niños, me resulta interesante que mientras no sabían qué hacer en una zona de juegos (quizá jugar hubiera sido la respuesta a tan terrible duda), uno de ellos decidió ponerse a hacer algo (pegar sus estampas) mientras que el otro sólo podía mirarlo. Pero cuando el segundo le «avisó» que ya se iba, la reacción del otro fue de auténtica angustia. No estaba ya compartiendo el momento con el otro niño, pero le exigía que estuviera ahí. ¿A qué nos suena eso? ¿Cuántas personas no son el ejemplo adulto de esos dos niños? Por eso sostengo lo de «presencias que se visten de ausencias». El ser humano, «sociable por naturaleza» (como sostendría Aristóteles), se está deconstruyendo hacia una realidad más ad hoc a su tiempo: el mundo está repleto de personas solitarias que temen estar solas pero que no logran escapar de la soledad. ¿O no es el caso de cuando encontramos personas que se enorgullecen de decir que son «lobos solitarios»? Pero la realidad es otra. Aunque es importante decir esto: hay gente que es muy sociable pero que sí sabe y disfruta estar a solas.

Recordemos a Séneca, el filósofo romano-cordobés, que entre sus muchas y diversas aportaciones sobre la moral, explicaba la importancia de la vida interior. Precisamente en una de sus más notables obras, Epístolas a Lucilio, en la carta LXXII encontramos: «Es mucho más importante que te conozcas a ti mismo que darte a conocer a los demás». Una auténtica continuación a lo que el Oráculo de Delfos enseñaba («conócete a ti mismo»); pero el agregado de «que darte a conocer a los demás» es de suma importancia para nuestros días. ¿Qué cara estamos dando a las personas? Quien es fiel a sí mismo, a lo que es, a lo que fue y a lo que puede llegar a ser, no necesita de máscara alguna que distraiga a los demás de su humana imperfección. Es decir, debemos luchar con la cruel y tiránica dictadura de las falsas apariencias y apostar por ser lo que realmente somos, y para ello son necesarias la soledad y el silencio.

No por nada el Padre Henri Nouwen sentenciaba que «la soledad es el horno de la transformación», transformación de nosotros mismos hacia lo que realmente somos. Vivir de apariencias y perpetuarlas es crear engaños y autoengaños que degeneran en una terrible sensación de falta de verdad. Si no hay verdad, hay mentira, pero en el discurso de las mentiras siempre se encuentra la forma, no sólo de acariciar la verdad, sino de ser parte de ella. Para los que se dedican, por ejemplo, al psicoanálisis, saben y comprenden (al menos deberían hacerlo) que el silencio y la soledad logran que la capacidad de escucha aumente y se vuelva tan aguda que nada escapa de ella. En la contemplación budista, por ejemplo, el silencio y la soledad son necesarias y obligatorias a su vez para lograr alcanzar un estado de paz plena. «Que nada te turbe, que nada te inquiete».

¿Para qué pensar en encuentros con los demás si no somos capaces de encontrarnos con nosotros mismos? A mis muy queridos alumnos, siempre les recuerdo que en la vida es importante agregar paréntesis con contenido individual para lo que hacen para los demás. Con gusto les explico:

-Escuchar(se)

-Acompañar(se)

-Disfrutar(se)

-Buscar(se)

Por último, mis queridos(as) lectores(as), no tengamos miedo a la soledad y al silencio, al menos no a los nuestros, porque ambas situaciones nos están regalando la oportunidad fantástica de estar con nosotros mismos y poder conocernos realmente. La compañía de los demás es buena, ¿pero de qué sirve estar cuando no estamos? La soledad y el silencio nos permiten un ejercicio de absoluta humildad para reconocer nuestras fallas, nuestros logros y poder crecer, no sólo como profesionales, sino como personas. El mundo necesita autenticidad, necesita que seamos auténticos y que, por ejemplo, no tengamos miedo de compartir la ternura que hay en nuestros corazones.

Quizá sólo así podremos empezar a vivir apasionadamente nuestra existencia.