La evasión que somos

«Nadie se da cuenta de que algunas personas gastan una energía tremenda simplemente para ser normales».

-Albert Camus

Queridos(as) lectores(as):

Les pido perdón por el distanciamiento que he tenido. Junio y julio no son meses fáciles para mí, y reconozco que a veces ciertas cosas entorpecen mi proceder con otras. En fin, aquí estamos, listos para un encuentro más. En esta ocasión quisiera hacer un poco de propaganda a la intención de auto-conocernos. Sin embargo, ¿de qué manera podemos hacerlo sin caer en la auto-mentira en el proceso? Siempre hemos escuchado aquello que dice «no te engañes», pero también el «no te mientas». Y no, no es lo mismo. El engaño es, por decirlo de alguna manera, aceptar un hecho determinado a pesar de la evidencia contraria, mientras que la mentira es un intento, una vil herramienta para buscar caer o que caigan en el engaño. Dicho de otro modo, la mentira es el paso previo al engaño. Vamos a trabajar con esto más adelante.

En las últimas semanas he sido testigo directo de varios casos muy interesantes donde se juegan ambas realidades de maneras muy inconscientes o bastante conscientes. ¿Pero que se logra con ello? En uno de esos casos escuché un «así soy y se aguantan». Es curiosa la manera agresiva en la que se exige que nadie se meta con uno. En ese particular momento justo caí en cuenta de la frase de Camus con la que empezamos el encuentro. Lo que el filósofo francés-argelino plantea es bastante oportuno; comenzando con aquello de «normales», nos obligamos a pensar «según quién, según qué». En un encuentro mucho muy anterior a este ya hemos abordado aquello de lo normal desde lo esfuerzos de Michel Foucault. Lo interesante en todo esto es que justamente por intentar ser «normal» (lo que otros aprueban) terminamos por tener una terca idea de despreciar nuestra propia identidad, cayendo en la necesidad de querer encajar con los demás. Una conducta bastante infantil que remota al deseo de pertenencia.

Esto que digo que soy

Platicando ayer con una amiga mientras comíamos, salió a flote el tema de la hipocresía de las personas: en un lado con ciertas personas son de determinada manera, pero después en otro lugar con otras personas también son de otra manera. Y no es de sorprender, ya que hay que tener presente que desde que somos parte de la sociedad, aprendemos a jugar el «fabuloso» juego de máscaras. Ahora que digo esto, regreso a otra plática con mi amigo Martín, que justamente me preguntaba si cuando se cae la máscara de uno, eso realmente pasa o se sobrepone a la máscara otra. ¡Qué difícil! Y lo es porque nos cuesta mucho lidiar con la verdad, es más, ¡con la Verdad! Y esa verdad que somos, eso que tanto nos gusta, eso que tanto nos disgusta, nos resulta una labor titánica reconocerlo. Para bien o para mal, somos lo que somos, pero muchas veces no sabemos exactamente decir qué.

Durante una sesión, G me decía «cuando soy lo que soy, los demás son lo que no quiero que sean». Después de eso, la pobre no podía dejar de llorar. «Y termino siendo lo que no soy, para que los demás sean peor de lo que creí que eran». Este juego de máscaras de la sociedad es en verdad delirante. El problema surge a partir de las exigencias, en su mayoría ridículas y absurdas, de todos aquellos que se abrazan a la falsa esperanza de pretender creer que el deber ser es siempre justo y oportuno, creando a lo largo de nuestro andar un sinnúmero de dictadores y tiranos. Pero, ¿qué pasa cuando esos monstruos somos nosotros mismos, encontrándonos frente al espejo y deseando ser nuestras propias víctimas? Quien se miente a sí mismo no puede esperar en ningún momento que los otros le ofrezcan un camino a la realidad. La auto-mentira da paso a los mentirosos de la vida, a todo aquello que nos aleja de lo que realmente es.

Volar sin alas

Cuando era niño, uno de mis primos de mi edad, me convenció de jugar a que volábamos. Afortunadamente los 4 escalones que nos separaban del piso no eran lo suficientemente altos. El juego empezó con un «yo vi en una caricatura que el personaje volaba sin alas, ¿qué tal si nosotros también?». La ingenuidad de los niños es maravillosa hasta que la realidad les sorprende de golpe. Y eso fue lo que pasó: él se subió hasta el cuarto escalón y se me aventó. Nos metimos un golpe fantástico. Pero lo que más dolió fue que no pudo volar. Bueno, a él, a mí sí me dolieron más los dos impactos. En fin. En esta breve historia de la infancia, el dolor es una herramienta (in)necesaria para aprender que la verdad es lo que es y que lo que opinemos en torno a ella tiene una franca oportunidad de ser error.

G terminó por comprender que el «ser para ser», que el «soy para que sean», es al final una mentira. Al final de cuentas, ¿con quién vamos si nos duele una muela? ¿Con el carnicero o con el dentista? ¿Por qué hay cosas con las que no nos podemos engañar y, aún así, queremos mentirnos al respecto? En psicoanálisis, precisamente, encontramos las herramientas, no para conocer los frutos de la mentira y del engaño, sino para comprender el deseo y/o la necesidad detrás de ello. Si es cierto que al ser humano le cuesta aceptar la verdad, ¿en qué momento es mejor aceptar la mentira y el engaño cuando terminan heredando dolor y miseria? Recuerdo a mi papá: «Mejor el dolor de la desilusión, que el error de esforzarse por nada».

Un esfuerzo mejor

Así como nos esforzamos, al punto de ejercitarnos en ello (que cada vez nos cueste menos mentir y engañar), ¿por qué no retomar la virtud? La virtud se ejercita día con día. Mirarnos al espejo no es tan sencillo. ¿Qué vemos? ¿Lo que hay o lo que es? Este es un breve ejercicio que he hecho no sólo con mis pacientes, sino conmigo mismo y con otros amigos y familiares. Al ver lo que hay, podemos decir las cualidades físicas observables: estamos flacos, gordos, altos, chaparros, blancos, negros, narizones, orejones, etc. Claro, cuando somos sinceros y no somos aquellos que se ponen lentes de autosatisfacción. Pero cuando nos atrevemos a ver lo que es, no podemos ser sino sinceros: estamos tristes, estamos contentos, molestos, felices, esperanzados, desilusionados, dolidos, etc. ¿En verdad somos tan incrédulos como para sentirnos de la mierda, luego auto-mentirnos y decir «¡estoy de puta madre, venga, vamos a armar fiesta!»? Hay gente que lo hace constantemente, y constantemente se azota contra la realidad.

Cuando fue la época de la pandemia mundial de COVID-19 (2020-2021), insistía mucho con mis allegados en que dejaran de estar diciendo cosas que no eran. ¿Cómo podíamos estar ante el miedo y el terror de esa mugre pandémica? ¿Cómo podíamos reaccionar? Esa enferma idea de optimismo tóxico de quererle ver lo bueno a lo malo a fuerza, es una de las más claras formas de entender a Martin Heidegger cuando decía que constantemente estamos huyendo de la vida, negándola. Siempre que me escribían mis amigos para preguntarme cómo estaba (cosa que agradecía por la amabilidad y el gesto amoroso de preocuparse por alguien más en esos momentos tan difíciles), se sorprendían mucho cuando les contestaba «de la mierda, estoy harto, fastidiado… pero ahora que hablo contigo empiezo a sentirme un poco mejor a pesar de todo esto». ¿Cuántas veces contestamos por contestar? Hagamos un experimento… escríbanle al terminar de leer esto a quien quieran, y verán que cuando le pregunten cómo está, les contestará automáticamente «bien, ¿y tú?». Pero si siguen avanzando en la charla, verán que es más que probable que les cuenten que no todo está bien. Y si sí, ¡qué bueno! Tampoco nos esforcemos en que los demás tienen que estar igual que nosotros… eso ya es perverso.

*Por cierto: de nada sirve ser sinceros sobre cómo estamos, si no hacemos nada al respecto para sentirnos mejor.

La prioridad libertaria

«El amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor»

-Mariano José de Larra

Queridos(as) lectores(as):

Debo de confesar que no tenía la más remota idea de que últimamente me iba a topar con tantas narraciones e historias respecto al amor propio y cómo, hoy en día, parece que no sólo lo descuidamos, sino que lo apostamos hacia el olvido. Ya lo hemos platicado en anteriores encuentros, pero la sociedad moderna en verdad que nos está consumiendo de maneras terroríficas, haciéndonos quedar como auténticos pordioseros de nuestro propio ser. No hay peor bajeza que despreciarse a uno mismo sólo para recibir migajas de un otro. Son incontables las veces que me he enterado de casos muy concretos donde las mayores víctimas son al mismo tiempo sus propios victimarios. Y hay quienes, rendidos y cansados, sólo aciertan en decir «así es la vida». ¿Por qué no dicen «así está siendo mí vida»? Porque hasta para lamentarse, uno es capaz de olvidarse de sí mismo.

Fue el propio Gustav Jung quien nos explicó algo en sumo importante: «Hasta que no hagas consciente lo inconsciente, seguirá dirigiendo tu vida y lo llamarás destino». Tengo una amiga que no la está pasando nada bien; platicando con ella, le hice notar que su pasado sigue siendo la enorme piedra que sigue arrastrando hasta ahora, y así como el pobre Sísifo, ella cuando parece que ya está bien, ese pesadísimo ente del pasado la arrastra una y otra vez hacia el mismo camino tortuoso. En su caso, así como en otros muchos a lo largo del mundo y no sólo eso, se ha evadido. Ella solloza el triste destino que parece negarle toda oportunidad amorosa sana, pero quizá las cosas podrían cambiar de un momento a otro para bien. Aunque eso sí, sólo depende de ella.

El individuo que se ignora a sí mismo

Hay por ahí un chisterete bastante simplón, pero muy oportuno. El cual dice: «¿Cuántos psicoanalistas se necesitan para cambiar un foco? Uno, pero el foco debe querer cambiar» (tu, tun, tzzzzz). Malísimo, pero una vez más, oportuno. Hoy por hoy, la sociedad nos está volviendo contra nuestra propia individualidad, en un desesperado frenesí de una globalización cada vez más descarada e impositiva. El libre pensamiento se va viendo coartado constantemente. ¿Les suena eso de la inclusión (forzada)? ¿El «si no piensas así, estás mal»? Es curioso: tanta búsqueda de igualdad (más bien podría ser «equidad») lo único que está provocando es división. ¿Y quiénes son los principales beneficiados? Los gobiernos y las empresas. Nada más. ¿Los individuos qué? Tener cierta ilusión de cambio se vuelve una cortina (desgarrada) que busca ocultar la realidad que es muy distinta.

Retomando al famoso Oráculo de Delfos, habría que tener presente tanto el «conócete a ti mismo» y el «todo con medida». No por nada los filósofos estoicos apostaban por el fortalecimiento de la vida interior. Uno de los grandes problemas de nuestra actualidad es que el celular dicta demasiado nuestro día a día: siempre pendientes de lo que hacen o no algunos famosos, lo que usan, lo que compran, etc. ¿Y la originalidad? Dejen eso, ¿y la autenticidad? El poder conocerse a uno mismo, el poder escuchar el deseo, el poder analizarse, es la piedra angular para que nuestras vidas sean en verdad auténticas y muy nuestras. No como las cientos de miles de millones de copias que van por ahí en la vida. Por poner un ejemplo: ¿de qué nos sirve un médico que está enfermo y no se cuida, para atender a los pacientes? Aquí es donde surge el tema de este encuentro: la prioridad de uno, es empezar por sí mismo.

No confundir

Me resulta muy llamativo que a las personas que se ponen como prioridad, no tarden en tacharlos como egoístas, creídos, etc. Siempre descalificativos que no hacen sino hablar más de quienes los profieren. En esta sociedad de copias, siempre va a ser raro el que no quiera seguir cual borrego a los demás de la manada. Y está bien, aunque parece que tiene consecuencias negativas. Sin embargo, ¿importan esas consecuencias que sólo se traducen como ser parte de lo mismo? Por supuesto que no. El individuo, en su máxima posibilidad de ser en cuanto lo que es, tiene la oportunidad de vivir asumiendo su propia responsabilidad. ¿O acaso no somos capaces de ver que la mayoría de los que lapidan a los que actúan de manera independiente, no hacen sino demostrar una infantilización descarada? Es interesante ver que quienes no se comportan como niños berrinchudos esperando que alguien más se haga responsable, son los que están mal para el resto de la sociedad. Quizá Rousseau tenía razón y es «la sociedad la que corrompe al individuo».

¿No me creen? Pensemos en las relaciones tóxicas que tanto pululan hoy en día. El caso de la pareja grosera, violenta y miserable que trata al otro como auténtica basura. Una y otra vez. Hay quienes me han comentado que se trata de perfiles narcisistas, pero me niego a darles tan fácilmente tal intento de justificación. Un día llega en que la víctima se harta del mal trato, pone límites o incluso se va. ¿Qué pasa con el victimario? ¡Se autopercibe como la víctima! Y no sólo eso, sino que se hace de recursos para hacer sentir al otro culpable de su ahora desgracia personal. La manipulación y chantaje emocional se vuelven herramientas de auténtica tortura. Es decir, ¿está mal que quien es mal tratado se harte, se ponga a sí mismo(a) como su propia prioridad, y que termine siendo el malo del cuento? El amor propio se vuelve una ofensa para su victimario. ¡Qué tal! Y termina en que el otro vuelve, le PIDE PERDÓN a su agresor, y le da OTRA OPORTUNIDAD. ¿Qué creen que pasa? Exacto, la historia se repite una y otra vez (¡pobre Sísifo!). Pero, cuando la persona harta se da cuenta que hay muchas cosas que trabajar en ella misma y toma la decisión de ponerle solución a ello, se termina yendo y el victimario entra en una crisis de la que nos se ve liberado sino hasta que encuentra a otra víctima más.

Uno se libera y el otro se esclaviza… a sí mismo.

La desesperación «amorosa»

«Enamorarse es crear una religión cuyo Dios es falible»

-Jorge Luis Borges

Queridos(as) lectores(as):

Parece -hasta cierto punto- que el tema del amor me persigue con insistencia en estos días. Ojalá fuera a modo del goce y disfrute, sin embargo, no es así. En pocos días he sido testigo de varias historias (des)amorosas, sobre todo de amigas, y al mismo tiempo me he vuelto testigo de la incertidumbre, testigo del vulgar intento de establecer una explicación por lo menos un tanto creíble de lo que está sucediendo. Tomo mi mate, acompaño a mi amigo Pablo por un cigarro y a caminar por las calles cerca de mi departamento; siento la toxicidad de ese vicio que no es mío tocar mis pulmones (hace ya tanto que no fumo) y acompaño el andar en silencio, contestando apenas algo que siga el hilo de la conversación en turno. «¿Qué sucede? ¿Dónde quedó la confianza en el amor? ¿Qué es el amor?», y los pensamientos como porcas, innumerables, revolotean en mi cabeza. Hay más ruido que claridad.

T. me dijo «lo corté antes de seguir y caer en el mismo patrón». A. me compartió «sólo me dijo cosas que no creía él mismo y no le importaron mis sentimientos». M. llorando me decía «estoy harta, no quiero más esto». S. me confió «yo sólo quería tener lo que no tuve y me ofreció exactamente lo mismo». Y así nos podemos ir, pero lo cierto es que poco a poco me quedo sin respuestas que no rocen lo que ya muchos estamos ciertos: la inseguridad de las personas los torna peligrosos, para los demás, pero sobre todo para sí mismos. ¿Pero eso convence? Me temo que no…

Mucha certeza que no sirve

La semana pasada, mi querido amigo, el periodista Carlos Ramos Padilla, me invitó como un panelista a su programa televisivo A fondo, donde tratamos el tema de la reconstrucción social después de las elecciones (que vivimos recién en México). En esa ocasión, pude conocer al sociólogo y académico mexicano, Roberto Álvarez Manzo (al cual ahora presumo como amigo), quien en una brillante intervención dijo que «tenemos preguntas fuertes con respuestas débiles». ¡Por supuesto! En la sociedad actual, bombardeada por tanta (des)información, no es de sorprender que tengamos mucha certeza que termina por no servir del todo. De hecho, hace unas horas, platicando con mi querido amigo, Marcelo Augusto Pérez, psicoanalista argentino, tocamos el tema de las respuestas que se dan a modo absoluto, es decir, sin ninguna justificación, razonamiento o algo que permita una argumentación creíble (incluso falseable, para atender a mis amigos popperianos). «Porque sí», «así es esto», «es que no hay de otra», etc. Respuestas débiles que no tienen un respaldo para sostener un diálogo saludable y NECESARIO.

Retomando el tema del (des)amor actual, mucho me temo que lo que estamos viviendo es exactamente lo mismo, aunque de un modo más cruel. ¿Por qué amar? ¿Por qué esperar ser amados? ¿De qué manera lo hacemos? Y es muy molesto contestar/escuchar: «Es que sí». ¡¿Es que sí qué?! La psicoanalista austro-argentina, Marie Langer, sostenía (parafraseando) que «el psicoanálisis sirve para empezar a dejar de engañarnos a nosotros mismos». La importancia de ser sinceros. Y es devastador cuando lo empezamos a ser y nos damos cuenta que las cosas no son exactamente como creíamos, o peor aún, como nos hicieron creer. Un paciente, en algún momento me dijo «quiero tener novia porque no quiero estar solo». ¿Hay alguna pizca de intención amorosa en ese comentario? Aunque no lo crean, sí. Y quizá lo tomen como una sinvergüenzada de su parte, pero ese «porque no quiero estar solo», es una confesión sincera del amor propio que se tiene y que le lleva a buscar un bien que le aparte del dolor y de la tristeza. ¡Qué egoísta! ¡Qué bárbaro! ¡Qué miserable! Claro, entiendo sus expresiones, pero hay que recordar que Freud decía que «amar al otro es renunciar a una parte de nuestro narcisismo». Es decir, es un proceso de apertura a la posibilidad amorosa. Sin embargo, ¿realmente llegamos a amar al otro renunciando a una parte del narcisismo propio? Hoy por hoy muchos evidencian que no…

Eso no es amor…

Siguiendo con el tema de la sinceridad, quizá una de las cosas que más nos dolerá reconocer es que aquello que estamos buscando, al final, no es amor, sino una respuesta desesperada a la confusión interna de cada uno de nosotros. La desesperación para el filósofo danés, Sören A. Kierkegaard, no es sino el «morir sin morir». ¿Cómo puede ser que algo que buscamos de modo desesperado, pueda ser que nos brinde calma, estabilidad… amor? Cuando chicos, los papás nos decían una fórmula que parece que hoy en día hemos olvidado: si lo haces a prisa, lo vas a terminar haciendo mal. Y como si fueran profetas, en efecto, eso pasaba. Trabajos escolares hechos a prisa, sin cuidado y con desesperación, nos brindaban calificaciones negativas. Sin embargo, ¿cómo evitar estar desesperados cuando la sociedad misma nos presiona para tantas cosas? Pienso en el caso de las mujeres, que todavía hoy en día persisten ciertos mandatos y/o sentencias tales como «tienes que casarte antes de los 30’s», «tu reloj biológico te persigue», etc… ¡Qué delirante!

Reza el dicho popular «a fuerzas ni los zapatos entran». Las personas nos vemos tan presionados por fantasmas histéricos que justo nos hacen caer en una profunda y cruel desesperación. Y no, desgraciadamente no se queda sólo en el rubro amoroso, sino también en el personal, en lo profesional, incluso en lo social. ¿Quién dijo que las cosas tienen que ser sí o sí, de un modo determinado, al tiempo debido? ¿Quién proyecta sus inseguridades, sus miedos, sus fracasos en nosotros? El amar por amar es un cáncer, porque lo que se está haciendo es forzar un sentimiento a partir del miedo de no tenerlo, de no experimentarlo. El miedo es un factor que incluso muchos (pseudo)narcisistas aprovechan para hacer lo que quieran con personas que buscan que su corazón también lata en otro cuerpo. Y sí, eso termina y terminará siempre mal. Pero no hay que perder la esperanza, hay que renovarse a uno mismo desde la propia sinceridad, que nos llevará a cuestionar qué tanto nos amamos realmente y de qué modo lo hacemos, de tal modo que podamos tener claridad y respuestas fuertes para preguntas que seguirán siendo fuertes. El amor sí existe, pero también desalmados que se aprovechan. Los amorosos sí existen, y debemos cuidarlos con amor, no con desesperación.

Todo a su tiempo y a su ritmo.

¿Qué prisas reales tenemos?

El capitán Ahab y su peligrosa obsesión

«No hay locura de los animales de este mundo que no quede infinitamente superada por la locura de los hombres».

-Herman Melville

Queridos(as) lectores(as):

Hace unas semanas, mi querida Rebecca me regaló el libro Moby Dick (1851) del escritor estadounidense, Herman Melville (1819-1891). Curiosamente, leí ese texto en mis años de preparatoria y nunca supe qué fue de la copia que tenía. Esta aventura -¿o desventura?-dejó una marca muy peculiar, no sólo en mi ser, sino en mi interés. Si bien esta novela destaca por tantos datos biológicos marinos, información sobre las ballenas, es también una suerte de diálogo filosófico-teológico sobre el bien y el mal, mismos que se ven increíblemente reflejados en los varios personajes, desde el capitán Ahab, el ingenuo Ismael, el misterioso arponero Queequeg y demás tripulantes del Pequod. Cabe decir que esta narración es también un auténtico contenedor del simbolismo, por lo que no es de sorprendernos cuando el propio barco parece representar a la humanidad misma.

Pero ahora que tuve la oportunidad de volverlo a leer, sobre todo bajo la presión e insistencia de Rebecca, no cabe duda que pude descubrir más y más cosas. Durante mi formación como psicoanalista, mis coordinadores de seminario repetían que «leer a Freud es descubrir algo nuevo cada vez», y eso me parece que también puede aplicar en los grandes autores. En recientes días he estado reflexionado mucho respecto al egoísmo, y no cabe la menor duda que Moby Dick, sobre todo la historia del capitán Ahab, es el mejor ejemplo para verlo desde la óptica de la obsesión y lo peligrosa que puede ser, no sólo para uno mismo, sino para los demás. No pretendo hacerles un resumen del libro, sólo quiero aprovechar lo que el autor nos ofrece para profundizar en el tema de la obsesión.

El mar y lo inconquistable

La historia comienza siendo narrada por Ismael, quien es un marinero con nuevos intereses que lo llevan a embarcarse en el Pequod, un barco ballenero. Este barco es capitaneado por Ahab, un viejo lobo de mar: experimentado marinero, valiente, autoritario y salvaje. Lo que llama la atención de este capitán es que tiene una pierna postiza de marfil. Una vez reunida la tripulación, Ahab les advierte que será un viaje de 3 años, pero lo más importante: estarán a la caza de una peculiar criatura, un cachalote blanco llamado Moby Dick, representante del legendario Leviatán. ¿Leviatán? En la Sagrada Biblia hay muchas referencias a este ser que supuestamente habita en las profundidades de los mares. Creo que la cita de Job 3, 8 nos queda perfecto para continuar: «Maldíganla los que maldicen el día, los dispuestos a despertar a Leviatán». Este cachalote blanco se había ganado la reputación de ser el terror de los mares, y el mismo Ahab lo experimentó en carne propia pues fue la responsable de que perdiera su pierna.

La tripulación poco a poco descubre que si de por sí la caza de ballenas es algo muy peligroso, así como el sobrevivir en el inconquistable mar, la peligrosa obsesión de Ahab hace que sus probabilidades de salir vivos de esta travesía se reduzcan. Como decimos acá en México, «para no hacer el cuento largo», la obsesión del capitán termina por descubrirse como un egoísmo sin rival. Pensar la obsesión debe ser pensarla desde su origen, desde la persona. Una persona obsesiva descuida todo lo demás que no tenga que ver con sí mismo y con el objeto deseado. El mar es una figura oportuna para justamente representar lo que es una obsesión cuando no se trabaja: un destino inconquistable, insatisfactorio. Lo demás no importa, los demás no importan. Es el ir sin conceder descanso, el subir sin reparar en los escalones que sean, el sumergirse más y más en uno que yace desesperado ante algo o alguien.

Un destino funesto

A lo largo de la lectura, se nos narra que el Pequod se encontró con 9 barcos durante la caza de Moby Dick, siendo cada uno de esos encuentros una suerte de mensaje que progresiva y terroríficamente va marcando el destino de Ahab y de su tripulación. Antes de seguir, hay que tomar en cuenta algo. Ya lo hemos advertido, la obra está fuertemente cargada de simbolismo, por lo que el propio cachalote blanco nos puede indicar lo peligrosa que la naturaleza puede llegar a ser. Pero no nos vayamos por la idea de una naturaleza como creación aparte, sino la propia noción de naturaleza que hace posible que derivemos en la del ser humano.

¿Qué hace que el ser humano sea lo que es? Rousseau decía que «el hombre es bueno por naturaleza», Maquiavelo sostiene que tiene una naturaleza instintiva (pulsional) o Hobbes reutilizando la locución latina sostenía que homo homini lupus (el hombre es un lobo para el hombre). Demasiadas reducciones que terminan por despreciar cada uno de los rasgos propios del ser humano. Por eso es que esta novela la podemos ver incluso como un tratado sobre el bien y el mal en la naturaleza humana. El elemento distractor sería Moby Dick, siendo la representación de la naturaleza destructiva y poderosa, cuando lo que realmente debemos observar es lo que el ser humano es capaz de hacer por algo tan banal como la venganza. El hombre castrado que busca retomar lo que le quitaron: el poder. ¿Humano o naturaleza?

El egoísmo y la obsesión

Si bien es cierto que Ahab advirtió a los tripulantes sobre su verdadera intención de venganza contra el cachalote blanco, es interesante ver que la avaricia de los demás los hace aceptar el peligroso viaje sin más. Todo lo que podrían ganar con lo que fueran recolectando y, como broche de oro, lo que podrían sacar de la caza de una auténtica leyenda del mar. ¿Será entonces que el egoísmo de Ahab por su venganza personal llevó a la tripulación del Pequod a su funesto destino nada más? En un principio, enfocados en la propia narración de Ismael, podríamos pensar que todo es culpa del capitán, que se lleva consigo a los demás a su catastrófico final. Sin embargo, ¿no son actos egoístas los que vemos a lo largo del viaje en cada uno de los miembros? No olvidemos que el Pequod es el barco que representa a la humanidad: ni todos son santos, ni todos son pecadores. Pero las conductas específicas de unos, sobre todo de quienes tiene poder, pueden generar auténticas tragedias.

Una persona egoísta corre el riesgo de perder más de lo que puede llegar a ganar, si es que gana realmente algo. El problema de la sociedad de individuos tan obsesionados consigo mismos, los «yo, yo, yo… y al final yo», es que se pierde la dimensión de la relación con los demás. Gente que por estar con unos termina alejando a los que ya estaban en sus vidas, gente que por querer tener más y más termina por perder lo que ya tenía. La obsesión, sin embargo, es frecuentemente confundida (y mal) con la determinación y la motivación, y es que a diferencia de estas últimas dos, la obsesión desprecia todo límite y la paciencia y la prudencia desaparecen. Al final, la «fuerza de la naturaleza» termina por imponerse. El mundo sigue girando…

¡Qué bonita es la vida!

«No hay nada nuevo bajo el sol, pero cuántas cosas viejas hay que no conocemos».

-Ambrose Bierce

Queridos(as) lectores(as):

En esta ocasión quisiera compartir con ustedes una reflexión que ya tenía pensado hacerlo, pero que no fue sino hasta ayer, después de una sesión que tuve con P, una paciente, que terminé de aterrizarla. De hecho, primero quiero compartir algo que ella me dijo, que por un momento me dio risa y que después fue muy consolador respecto al psicoanálisis y mi labor como psicoanalista, la parafraseo: «Después de la sesión pasada, sí dije ‘esto es una brujería’, porque me siento menos ansiosa y más tranquila». Darse la oportunidad de analizarse, a partir del deseo por hacerlo, nos permite conocernos y darnos cuenta que no todo es malo en esta vida, pues partiendo de nosotros mismos tenemos muchos recursos para hacer de este paso por la Tierra algo fantástico.

Cada día que pasa, pareciera que la vida se complica más y más. Muchas cosas pendientes que antes no lo eran, muchos compromisos y deberes que antes no teníamos, muchos sentimientos cruzados por sucesos, personas y encuentros con los espejos. ¿Qué fue de la vida que se nos prometió? ¿Dónde quedaron los viajes, la aventura, la diversión, las fiestas? Todo se ha tornado gris y aburrido. Que si enfermedades, que si guerras, inquietudes económicas, malestar social en crecimiento… tanta negatividad en la vida nos hace pensar si es que es el destino funesto del que no podemos escapar. Pero me atrevo a decir que la pregunta que nos hace falta realmente hacer y contestar con total sinceridad es: ¿dónde quedamos nosotros? Sí, podemos tomarnos selfies, podemos buscarnos en las redes sociales viéndonos compartir memes, opiniones, frustraciones, logros y demás. Tanta necesidad de reconocimiento nos hace dependientes, incluso adictos. ¿Pero en qué momento nos compartimos sin ese exceso de máscaras sociales que nos hemos, mejor dicho, que nos han hecho ponernos para todo? ¿En qué momento le tuvimos miedo a nuestra verdad, a nuestra vulnerabilidad, a nuestra humanidad? No somos cifras, no somos objetos, somos seres humanos y cada uno en su propia individualidad y dignidad tiene mucho que aportar a este mundo.

Pero nos vemos constantemente reducidos por tantas cosas que no son nuestras, que poco o nada tienen que ver con nosotros. ¿Dónde quedan las ilusiones personales apartadas de toda influencia del deber ser social? Hoy todo es más de lo mismo y menos de nosotros mismos. Empresas, instituciones, partidos políticos, etc., que sólo nos pretenden arrancar nuestra individualidad imponiendo cosas que sólo terminan siendo productos de marketing que engordecer al sistema capitalista salvaje y determinado a sobrevivir sin importar a qué costo lo hace. «Come esto, no comas aquello», «ve acá, no vayas allá», «piensa así, no así», bla, bla bla… Sapere aude! (¡Atrévete a saber! ¡Piensa por ti mismo!) ¡Qué tan gustosos rendimos nuestra voluntad, inteligencia y corazón a una influencia invisible, perversa y alejada de toda vida natural! ¿Quién no se aburre de repetir sin sentido alguno? Consumir y consumir hasta vernos consumidos. «Estoy cansado, agotado, me gasté mi juventud», dice un amigo en los 30’s a las 20 hrs de un viernes. Con total fastidio, harto, molesto e incapaz de hacer algo al respecto. Se acaba la imaginación que nos hizo millonarios cuando éramos chicos. Se acaba el asombro y el ser humano se acaba.

Pero el mundo, a pesar del ser «humano» actual, ahí sigue, totalmente fresco (aunque en peligro por el calentamiento global), diciéndonos fuertemente «¡no me conoces todavía!». Vemos los mapas trazados por la tecnología y aún así no conocemos ni el 10% del lugar donde vivimos. No nos vayamos lejos: abran un cajón que no es frecuentemente visitado y descubrirán algo que ya habían olvidado. Y así, la cosa más diminuta no es sino el descubrimiento más asombroso del día. Porque la novedad está en la intención, en la mirada de quien no se conforma con lo mismo. Ver más allá de las apariencias es el rescate hacia la posibilidad. La vida no es aburrida, uno es el que está aburrido con su vida. No hablemos de generalidad cuando sólo cargamos con una individualidad falsa y mal edificada por «los demás». Quizá las cosas cambien con acciones «insignificantes», quizá en vez de tomar café, un chocolate, quizá en vez de dar vuelta a la izquierda, a la derecha haya algo «nuevo». La repetición nos hunde en la desesperación, en la negación de la alternativa.

¡Vivamos la vida sin dejar que la vida nos viva!

¿Qué hacer con toda esa vida que se queda dentro de nosotros a diario? ¿Qué hacer con el antojo que nos negamos sin piedad? ¿Qué hacer con el deseo que no escuchamos por mandatos que inconscientemente aceptamos sin cuestionar? La vida está allá afuera, la experiencia nos espera. No hay que esperar a que el cielo se ponga rojo, que el agua del mar se vuelva dulce para asombrarnos. Lo verdaderamente fantástico del ser humano es que puede elegir también no hacer, y eso, es un hacer. ¿Quién no disfruta una torta (emparedado) de aguacate/palta con aceitico de oliva y un poco de pimienta. Algo tan sencillo puede ser toda una experiencia gourmet. Salir a caminar por el sólo gusto de hacerlo. Escuchar la canción favorita. Atacarse de risa por un video cómico mientras viajamos en transporte público. O todavía más simple: estirarse y sentir cada parte del cuerpo en ese momento. ¡Qué delicioso! Despreciar las cosas sencillas nos empobrece el alma misma.

No es brujería, es abrazar lo que somos en este tiempo, en este espacio. Empezar por descubrirnos con absoluta curiosidad nos abre las puertas al mundo que está ahí, esperando por cada uno de nosotros. ¿De qué manera ven las cosas? ¿Cómo las asumen? Cuando niños queríamos nuestra nave espacial, y al manejar el auto que tenemos resulta que bien puede ser eso. Darle paso a la imaginación nos devuelve la infancia que nunca debe perderse. Si antes no se pudo, ahora sí. Si antes se pudo, más ahora. ¿Qué esperamos? Hace calor en la Ciudad de México, ¿y si vamos por una botella con agua fría?

Qué bonita es la vida, ¿no creen?

Los abrazo.

Héctor

Rompimiento Camus-Sartre: ¿por un lío de faldas?

«¡Dios nos libre de enemistades de amigos!».

-Lope de Vega

Queridos(as) lectores(as):

La Historia de la intelectualidad ha estado fuertemente marcada por varios desencuentros, rivalidades, pleitos (directos o indirectos), competencias y hasta lucha por la popularidad de las ideas expuestas. Son incontables los casos que tenemos noticia sobre ello, por nombrar algunos: Góngora vs Quevedo, Cervantes vs Lope de Vega, Rousseau vs Voltaire, Hegel vs Shopenhauer, García Márquez vs Vargas Llosa, etc. Pero una de las que más ha acaparado los distintos medios de (des)información, sin lugar a dudas se desarrolló en la Francia del siglo XX, es decir, la polémica y notoria relación entre Albert Camus y Jean-Paul Sartre.

Cabe decir, antes de continuar, que muchas de las rivalidades mencionadas y otras, tuvieron un origen muy alejado de lo esperado. Me refiero a que muchas comenzaron con una buena amistad, donde la admiración, apoyo, camaradería y demás se dio en cantidades bastante generosas, cosa que fue precisamente un factor importante entre los filósofos franceses que estamos por comentar. Sin embargo, recientemente hemos tenido acceso a una información que ha hecho que todo lo sucedido entre Camus y Sartre se vea desde otra perspectiva. Una declaración hecha por la mismísima hija de Albert Camus, Catherine Camus (1945 – ), durante su participación en las Trobades de Menorca a inicios de este mayo del 2024. Pero, vayamos por partes, que este conflicto hay que analizarlo desde varios puntos.

Entran dos existencialistas a un teatro y…

Aunque el propio Albert Camus (1913-1960) rehuyó de ser considerado como un «existencialista», el fuerte sonido que esta rama filosófica generó a principios del siglo XX, sobre todo en Francia, hizo que su obra fuera vista como un importante aporte al mismo. Hay muchos que afirman que Jean-Paul Sartre (1905-1980) fue quien puso la piedra fundacional del existencialismo francés con La Náusea (La Nausée, 1938), obra que nos narra sobre un hombre de la burguesía que se encontraba en profundo hastío de su existencia. Sin embargo, Sartre posó su interés en Camus cuando éste publicó El Extranjero (L’Étranger, 1942) ya que el escritor franco-argelino desarrollaba de una manera todavía más profunda la compleja existencia de los protagonistas. En su momento, el propio Sartre llegó a comparar a Camus con Kafka y con Hemingway (quienes dicho sea de paso eran sus autores literarios favoritos).

No fue sino hasta que en 1943 se estrenó la obra Las Moscas (Les Mouches) de Sartre, que Camus se presentó con él. Y vaya que tenían credenciales para hacer de ese encuentro un auténtico momento de reconocimiento y admiración de uno para el otro: ambos militaban en la izquierda, tenían profundas preocupaciones por el malestar social que las políticas capitalistas generaban en la sociedad, pero sobre todo, ambos eran figuras literarias reconocidas. Caso curioso -si me permiten una breve pausa- porque el propio Ernest Hemingway anticipó en un comentario el terrible caos que inevitablemente pasaría, y lo parafraseo a continuación: «Lo peor que puede pasar es que un escritor se tope con otro, pretenda ser su amigos, pero encuentre una profunda rivalidad entre sus obras». Y algo así sucedió, sin embargo, hay todavía mucho que mencionar…

De la ideología a la Historia

Después del fin de la Segunda Guerra Mundial, Europa entró en una profunda crisis de identidad. Y no contentos con esta situación, se desarrolló otro evento de magnitud global que empeoró las cosas: la Guerra Fría. Aunque Sartre y Camus simpatizaban con la izquierda, fue el primero el que llevó a otro nivel su apoyo, sobre todo al comunismo (estalinismo) implementado en la Unión Soviética. Sartre no dejaba pasar ninguna ocasión para aplaudir y mostrar un apoyo incondicional a toda acción que se realizará en el territorio soviético, así como en el chino y después también en el cubano. Llegando al punto de alabar y justificar todas las medidas violentas utilizadas por los regímenes para lograr la ideología. En este punto, se originó lo que creímos fue el quiebre entre estos dos amigos. Ya que Camus criticó severamente el totalitarismo comunista, mismo que no dudó en comparar con otros, incluso con el nazismo: no podía ser, de ninguna manera, que el terror de la violencia social fuera un recurso para lograr metas nacionales.

El apoyo sartreano a los excesos totalitarios con sus sociedades, se daba en razón de que consideraba que el proyecto ideológico no hacía sino buscar de forma global el bien mayor, arrasando con la enfermedad capitalista. Sartre veía en la propuesta estalinista una postura de indudable superioridad moral. A su vez, Camus se mostró muy crítico de ello, llegando a decir que el comunismo estaba logrando estar a la par de las injusticias cometidas por el sistema capitalista. El campo de batalla intelectual se dividía entre estos autores. Aunque, claro, ninguno estuvo libre de profundas y muy marcadas contradicciones. Sartre se mostró muy pasivo durante la ocupación nazi en Francia, limitándose a escribir algunos artículos hasta el final de la misma en medios colaboracionistas (siendo que al final pidió mano dura contra ellos), mientras que Camus se unió a la Resistencia Francesa, escribiendo activamente para el periódico clandestino Combat en contra de la ocupación, cosa que no hizo de la misma manera con la problemática franco-argelina, dejando mucha ambigüedad sobre su postura ante el colonialismo francés.

La ruptura (aparente)

La relación entre ambos ya era en sí tensa, pero el golpe de gracia vino tras la publicación de El Hombre Rebelde (L’Homme révolté, 1951) de Camus. Este texto no era sino una aguda y dura crítica al sistema que tanto amaba Sartre, quien enfurecido se hizo de la pluma del filósofo Francis Jeanson, y a través de un texto en Tiempos Modernos (Temps Modernes), revista dirigida por el propio Sartre y de gran influencia en la sociedad francesa, tachó a Camus como un «traidor de la clase obrera». Este punto es bastante cómico, porque Sartre había nacido en la opulencia, en cuna de oro, e incluso había asistido a la École Normale Supérieure, institución elitista y clasista en aquellos tiempos, mientras que Camus era de un origen más pobre y humilde. Entenderán la ironía.

La relación estaba rota, y los distintos ataques entre ellos no dejaban a nadie fuera del «chisme». Tal es el nivel alcanzado, que este conflicto salió de los círculos intelectuales, alcanzando a la prensa sensacionalista. Fue así que incluso la revista Samedi-Soir, de difusión de la belleza estética de mujeres, se animó a tener artículos sobre este «divorcio» entre los dos pensadores franceses. Sin embargo, el que peor quedó en esto fue Camus, ya que Sartre tenía (por así decirlo) mayor espacio para su creatividad y crueldad, llegando a pisotear la obra camuseana, diciendo de ella que no era sino una obra que se sostenía por planteamientos moralistas alejados de la la realidad política y social. Camus fue criticado severamente por las altas esferas intelectuales, sin embargo, a diferencia de Sartre, él sí aceptó el Premio Nobel de Literatura y eso le permitió tener una base de «admiradores» que han logrado, hasta nuestros días, nivelar la balanza en esa batalla. Hace poco, de hecho, leí algo interesante: «Sartre criticaba a Camus de defender los valores burgueses y no así los socialistas. ¡Y Sartre era un perfecto burgués que decía defender los valores socialistas desde las dulces mieles capitalistas!».

Nadie está libre de la incoherencia en algún momento de sus vidas…

Lío de faldas

Después de hacer este brevísimo resumen del rompimiento de la relación entre Sartre y Camus (de lo que sabíamos, insisto, hasta mayo de este año), es momento de dar paso a lo que mencionaba al principio. Catherine Camus puso sobre la mesa una teoría que, hoy por hoy, no hace sino sumarse a varias acusaciones contra la pareja de Jean-Paul Sartre, la filósofa feminista, Simone de Beauvoir (1908-1986). Siendo un emblema del movimiento feminista, la autora de El Segundo Sexo (Le Deuxième Sexe, 1949) entre otros, no estuvo libre la polémica a lo largo de su vida. Lisa Appignanesi, biógrafa de la filósofa francesa, cuenta que durante los años de profesora de educación secundaria, entre 1929 y 1943, se desató la primer acusación de haber intentado seducir a Natalie Sorokine, alumna de 17 años. Los padres de la joven levantaron la queja y eso inició un proceso que terminaría por truncarle su labor académica, aunque tiempo después quedó libre de los cargos.

Mucho se ha dicho que incluso Simone de Beauvoir seducía a varias alumnas o mujeres jóvenes y que éstas terminaban en brazos de Jean-Paul Sartre. No quiero entrar de fondo en este tema ya que hay muchos otros espacios que hacen un recuento con mayor rigurosidad. Sin embargo, sean intenciones para difamarlos o no, lo cierto es que muchos medios coinciden en que la relación entre ambos autores, apoyados incluso por comentarios de ellos, era libre y los amantes iban y venían. Así que, a partir de esto, viene el comentario de Catherine Camus: «Mi padre no quiso acostarse con Simone de Beauvoir. Y esta no se lo perdonó. Hasta el punto que impedía a Sartre que hablase bien de los libros de Camus cuando le gustaban». Según Catherine, el editor Michel Gallimard, muy amigo de su padre y con quien de hecho compartiría el funesto fin en aquel «accidente» automovilístico, le dijo que una vez Sartre le comentó sobre uno de los últimos texto de su padre: «Es excelente, pero no puedo decírselo, mi mujer no me lo permite»(parafraseando).

Aquí lo dejaremos, en algo que «puede ser», «que igual y sí», etc., ya que no podremos nunca saber si un lío de faldas realmente ocasionó uno de los rompimientos intelectuales, de amistad, más resonados en los últimos años. Ustedes tendrán el criterio para opinar al respecto, mis queridos(as) lectores(as)…

Derecho al orden

«La libertad sin orden es la muerte de toda organización social».

-Hjalmar Schacht

Queridos(as) lectores(as):

En el encuentro anterior hablamos sobre el derecho que tenemos al caos, y como pudimos entender, no siempre se trata de estar bien, sino que también hay que saber y estar «mal» de vez en cuando. Pero también es importante que hagamos una pequeña reflexión sobre el orden y el derecho que tenemos a éste. Aunque es posible que cometa el error de apresurarme con algunas aseveraciones, pero lo haré con la mejor intención de crear caminos de interés para todos respecto a la «hermosa» complejidad del orden.

Según la Real Academia Española, el orden tiene varias definiciones, pero haremos uso de apenas unas. 1) Colocación de las cosas en el lugar que les corresponde (esto nos lleva a Platón y su noción de justicia, pues para el filósofo griego «la justicia es dar a cada quien lo que le corresponde»). 2) Concierto, buena disposición de las cosas entre sí (nos acerca a la noción de armonía de Aristóteles que nos ayuda a contemplar la concepción de la razón, de la ciencia, del ser del hombre y de la relación del hombre con la naturaleza y así poder lograr entendimiento). 3) Regla o modo que se observa para hacer las cosas (destello de las ideas sobre la experiencia sensible de Hume, quien sostiene que todo nuestro conocimiento surge de la mencionada). Las demás definiciones quedan para el interés personal de cada uno.

Orden: justicia, armonía, experiencia

Al quedarnos con 3 nociones que van ligadas a la del orden, podemos tener una auténtica oportunidad para dirigirlas hacia nuestra vida personal. El ser humano, diariamente, busca de manera consciente y/o inconsciente cierto orden en su vida. Curioso es que hayan salido algunas afirmaciones salvajes y pretenciosas del tipo «estudios recientes (de quién sabe quién y de quién sabe donde) descubren que las personas desordenadas son en sumo inteligentes». ¡Esa es una barbaridad! Pero, ojo, tengamos cuidado de no exagerar nuestra ya exagerada reacción. La inteligencia tiene muchas maneras de expresarse, no está limitada nunca a un modo determinado y mucho menos a un deber ser. Hay personas que son en extremo inteligentes y no por ello son ordenados, limpios, meticulosos, etc., y viceversa. A pesar de ello, no cabe la menor duda que quien es más ordenado (sin caer en la neurosis obsesiva) tiene mejores modos y mejores herramientas para su desarrollo tanto personal, social y profesional.

Por ahí también hay una expresión interesante que dice: «así como tienes tu cuarto, así tienes tu mente». ¿Y qué creen? En efecto hay algo de verdad en ello. Pero una vez más: no todo se resumen a la misma causa. Habiendo tantas preocupaciones y cosas por hacer, en muchos casos se pierde la idea de las prioridades, por lo que no se puede esperar que todo el tiempo haya orden (otra vez volvemos al derecho al caos). Sin embargo, no estoy en ningún momento justificando el que no haya tiempo, en ese instante, para tener o buscar algo de orden. Hace tiempo, una querida amiga de mi mamá, me decía: «Héctor, cuando no sepas qué hacer, ponte a hacer limpieza». Esto me recuerda a Anna O. (Bertha Pappenheim, 1859-1936), quien fue paciente del Dr. Joseph Breuer y después del Dr. Sigmund Freud. Anna O. se refería a la «cura de la palabra» (prehistoria del Psicoanálisis) precisamente como «limpieza de chimenea». ¿Qué relación podemos encontrar? La búsqueda del orden -importante- en el desorden. Por un lado, se limpia un lugar dejando las cosas «en su lugar», con «buena disposición de las cosas entre sí» y resultado del «modo de hacer las cosas» (bien). Por el otro, es precisamente darle orden al pensamiento y de ese modo, hacer limpia de la mente para quitar telarañas y demás contenido basura.

Un mundo para el orden

Estamos viviendo día tras día una desesperante realidad de alta exigencia en varios aspectos de nuestra vida. Todo el tiempo vamos a prisas, desesperados por cumplir en todas partes, generando varios y delicados problemas de salud física y mental. Se podría decir que hay un predominio del desorden. Pero no, en realidad es un predominio de las prioridades propias y que nos imponen otros. Pensar la libertad del ser humano como algo absoluto sin límites es estrellarse de frente con la responsabilidad y el orden necesario de las cosas. La naturaleza, que no tiene corazón ni mente, curiosamente es «sabia» ya que pone todo en su lugar. Santo Tomás de Aquino, haciendo eco de Aristóteles, hablaba del «lugar natural de los objetos», es decir, todo objeto tiene su propio lugar de ser y estar. En las leyes tradicionales de la Física, ningún espacio puede ser ocupado por 2 cuerpos al mismo tiempo, de ahí la existencia del movimiento. Quizá una manera de la que podemos hacer uso para dar más estabilidad a nuestra vida, sea empezando por pensar el orden en lo que hacemos y de qué manera lo hacemos (ya que si queremos pensar por qué lo hacemos o no, eso es otro asunto igualmente interesante).

Incluso en el encuentro anterior, trayendo aquello que también mencioné brevemente al principio, cuando «no tenemos que estar siempre bien», cuando estemos mal, es ocasión perfecta para replantearnos varias cosas que justo nos alejan de un estado de bienestar (entendiendo lo que entendamos por ello, aunque apostando, claro, por la aparente sencillez de «estar bien»). En la precipitada carrera del día a día, el estrés (y aquellas otras versiones de la famosa ansiedad) nos conduce hacia escenarios de conflicto, tanto personal como con otros. Perdemos la cabeza y no hacemos sino reaccionar. De ahí ese saber popular «piensa con la cabeza fría». El orden es y será necesario, pero hay que saber lograrlo. Porque eso de que muchos dicen que «están bien», puedo asegurarles que están a un paso de estallar. Paciencia y prudencia, virtudes que siempre nos podrán ser útiles.

¿O qué piensan al respecto?

Derecho al caos

«Necesitamos desesperadamente que nos cuenten historias. Tanto como el comer, porque nos ayudan a organizar la realidad e iluminan el caos de nuestras vidas».

-Paul Auster

Queridos(as) lectores(as):

Según la Real Academia Española, el caos es un «estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos». Si nos enfocamos en la definición que se le da en la Física y en la Matemática, se trata de «un comportamiento aparentemente errático e impredecible de algunos sistemas dinámicos deterministas con gran sensibilidad a las condiciones iniciales». Atendiendo ambas definiciones, nos topamos directamente con un origen que apuntala al orden, siendo a su vez que el orden es el origen… ¡Pero cuidado! Hay muchos puntos de vista al respecto y una notable discusión, así como el famoso ¿qué fue antes, si el huevo o la gallina?, sólo que en este caso qué fue antes, ¿el caos o el orden? Sea como sea, hay algo para resaltar en ambas definiciones: estado-comportamiento.

¿Pero qué tiene que ver este vago ejercicio físico con la tendencia de esta página? Que como suele suceder, el caos y el orden se hablan y entienden de varias formas, y como sé que ya estarán deduciendo en este momento, vamos a orientarlo al estado y comportamiento de la mente del ser humano. Después de todo, no es de gratis decir «tengo un caos mental».

Los caprichos sociales de la estabilidad

Es bastante común hoy en día que haya ciertos mandatos, conscientes e inconscientes, respecto al «estar bien» a todo momento y de cualquier forma. Pero qué tan desquiciante resulta cuando hay que esforzarse de más, sobre todo cuando las personas, los más cercanos, son los que hacen que se vuelva una clase de obligación. Nos resulta bastante sencillo tratar de hacer psicoanálisis salvaje (a lo bruto) a partir de alguien que se está quebrando ante tanta exigencia. Y parece bastante incoherente entender que los demás no son como nosotros y aún así juzgar, criticar y hacer que parezca que hacemos menos el conflicto del doliente. Entendamos algo: la crisis caótica de cualquier persona, no se puede tomar a la ligera.

Hace tiempo, recuerdo bien, estaba en casa de un buen amigo y llegó su hermana sufriendo un «ataque de ansiedad». Ella no nos saludó, se fue directo a su cuarto, sacando del mismo una almohada y se dirigió a la cocina a servirse un vaso con agua. Sin decir palabra alguna, se sentó en un sillón vacío frente a nosotros, abrazó la almohada y bebía de poco a poco del vaso, sin despegar éste de su boca. «¡Qué ridícula!», no faltará quien en este momento esté pensando esto, tal como mi amigo lo expresó. Acto seguido, surgió un discurso totalmente innecesario por parte de él para «hacerle ver a su hermana que estaba exagerando». Ella en cuestión sólo lo veía y su llanto aumentó considerablemente. No quise participar de ese (des)encuentro de hermanos, pero la incomodidad me hizo hacerlo. «Venga, aquí estamos, continúa… te esperamos». Eso le dije, ella continuó hasta que se pudo tranquilizar. Mi amigo me veía raro, como enojado (cosa que realmente no me importó), pero su hermana se puso de pie, me dio un beso en la frente, me dijo «gracias», sonrió y se fue. Más tarde, bajó una vez más a la sala y nos explicó que estaba teniendo ese ataque porque se encontraba muy preocupada por una situación personal. Pero cuando digo que «nos explicó», lo hacía mirándome sin voltear a ver a su hermano en ningún momento. En el caos, comprensión.

Caos, orden… ¡imaginación!

En su última novela, El peso de vivir en la tierra (2022), David Toscana nos ofrece un hermoso recorrido a través de la literatura rusa a partir de sus maravillosos personajes, aventurándonos hacia la búsqueda de libertad en un mundo en el que no la había. Pero, ¿cómo autores como Dostoievski, Tolstoi, Gogol, Chéjov, Bábel, etc., nos pueden ayudar en estos tiempos de caos? Recordándonos, para empezar, que la libertad esencial del ser humano radica en la propia imaginación. Muchas veces, tal y como lo sabemos bien, hay sentimientos que no se pueden expresar con palabras, al menos no de la manera tan exacta como quisiéramos, por lo que nuestra imaginación nos ayuda a enfocarlos en la expresión artística: pintura, música, escritura, baile, canto, etc. Por lo que el mejor consejo que se puede dar a una persona que está en un momento «caótico», en primer lugar es no decirle nada. Esperar a que se calme un poco la tempestad, escucharle e invitarle a expresarse de la mejor manera que crea posible.

El caos es en sí mismo un persistente recordatorio que todavía nos falta mucho por vivir. De hecho, ahora que hablamos de autores rusos, en su magnífico cuento La dama del perrito (1899), Antón Chéjov nos regala una reflexión final: «Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar». ¿Y cuál es esa parte? La vida misma. Por eso es que es importante que tengamos derecho al caos, porque es una clase de punto y coma, un respiro, un «detente», para poder continuar. Así que, mis queridos(as) lectores(as), no mutilemos nuestro caos ni el de nadie, es muy necesario.

P.d. Tengo que aprender ruso…

Recordatorio sobre la dignidad

«Sólo durante los tiempos difíciles es donde las personas llegan a entender lo difícil que es ser dueño de sus sentimientos y pensamientos».

-Antón Chéjov

Queridos(as) lectores(as):

Después de una ausencia considerable en este nuestro espacio, he querido compartir con ustedes un poco sobre un tema que parece que día a día se le olvida al ser humano. Este ser humano que gusta de las etiquetas sociales y de identidad, cada día se ve a sí mismo rodeado de la confusión, el dolor, la tristeza y la desesperación, mismos que se ven reflejados sobre todo en el trato que permite por parte de otros, que acepta «gustoso» con tal de no perder el «amor» que le dicen tener. No entender que lo más importante que tiene el ser humano es su dignidad, es caer peligrosamente en la objetivización y en el desprecio al amor mismo.

La literatura rusa siempre es fascinante en medida de lo que nos ofrece. Recordemos que si bien los rusos no tuvieron notables filósofos (al menos no tan conocidos como otros en otras partes del mundo), sí que tuvieron grandes pensadores en sus escritores. De hecho, Dostoievski es considerado el padre de la literatura existencialista, empatando a su vez con el desarrollo del existencialismo por parte de Kierkegaard en el siglo XIX. Sin embargo, no podemos descuidar a otros autores rusos importantes, tales como Antón Chéjov (1860-1904), médico y dramaturgo que es considerado uno de los padres del relato corto, con fuertes influencias del naturalismo y del realismo.

Aniuta y la renuncia

Chéjov tiene la enorme capacidad de hacer compaginar la experiencia de sus personajes con la de sus lectores. Aunque hay muchos cuentos de este autor que nos podrían fascinar (por lo que los invito a que lo lean), en esta ocasión nos centraremos en dos. Empezaremos precisamente con Aniuta (1886), pero no es mi intención hacerles resumen del texto para que se den la oportunidad de leerlo y profundizar desde ustedes mismos. Lo que sí quiero rescatar de este texto es cómo muchas veces somos capaces de renunciar a nuestra propia dignidad, dejar que pasen sobre nosotros y aunque tengamos la idea de reclamar, irnos, alejarnos y demás acciones que pudieran ayudarnos a abrazar nuestro amor propio, con tal de no perder otras cosas en el proceso, nos tragamos el poco orgullo que nos queda y nos resignamos.

¿Por qué pasa eso? Me viene a la mente el clásico ejemplo de la ruptura negativa de una relación: muchos pleitos, ofensas, humillaciones, malos tratos, acciones violentas. Sin embargo, a pesar de que se está a punto de salir de ella, llegan las famosas promesas vacías, las afirmaciones tales como «te prometo que voy a cambiar», palabras lindas y perfumadas, y cambio de hoja. Todo bonito, hasta que vuelve a suceder. Muchas personas podrían decirme que «a la primera se van, nada de otra oportunidad», y vaya que les creo. Porque son personas que han trabajado su amor propio, por tanto, abrazado y valorado su dignidad. Sin embargo, hay muchos casos, en verdad incontables, donde se aplica lo que decimos acá en México: «pégame, pero no me dejes». ¿Qué se tiene miedo a perder? Me atrevería a decir, entre muchas cosas, que la oportunidad misma de amar otra vez y de ser amados también. Aniuta es el ejemplo claro de mejor aguantarse y no tener que preocuparse de cosas que se pueden llegar a perder de no hacerlo.

Un escándalo y la no-renuncia

Antón Chéjov en verdad que se disfruta mucho sobre todo cuando uno se dispone a leerlo abriendo el corazón de par en par y aceptando nuestra vulnerabilidad, misma que no es sino la confesión de nuestra absoluta humanidad. Si bien Aniuta puede ser, mis queridos(as) lectores(as), un texto en el que nos podamos sentir identificados, me parece que Un escándalo (1886) tiene una peculiaridad en demasía interesante, ya que a diferencia del desafortunado actuar de aquella chica rusa, Macha Pavletskaya, la valiente heroína de este texto, puede terminar por resultar el famoso «qué pasaría si yo…». A ver, entendamos algo, la literatura muchas veces -si no es que siempre-, nos brinda el mundo de la posibilidad, en el que se pueden hacer experimentos que nos permitan, de cierto modo, ver qué podría suceder si nos animáramos a hacer algo distinto.

Macha sufre una terrible humillación a causa de una situación de la que ella es inocente. ¿Quién de nosotros no ha pasado nunca por una situación similar? Al lidiar con tantas personas en el día a día, estamos lidiando también con sus personalidades, sus miedos, sus angustias, etc. Todos somos fáciles de culpar, somos fáciles de engañar, de que nos hagan daño. Pero aquí vamos a centrarnos en lo siguiente: al igual que la pobre Aniuta, llegamos a aceptar esas injusticias por miedo a qué podría pasar si no lo hacemos, nos encerramos en esa cruel realidad y preferimos pagar lo que se tenga que pagar, aunque no sea nuestra culpa. Otra vez: ¿qué tenemos miedo a perder? Sin embargo, quienes han leído el cuento de Macha, saben que «ahí no se quedan las cosas», encontrando en el breve, pero importantísimo diálogo que sostiene con el Sr. Kuchkin, un valioso ejemplo sobre la dignidad y lo valioso que es defenderla hasta las últimas consecuencias.

No confundamos

En la búsqueda de la defensa de nuestra dignidad, no confundamos con destrozar la del otro. Es muy común que caigamos en la idea de «si me hizo, le hago». Ya lo decía Mahatma Gandhi: «Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego». Precisamente, la lucha constante de la defensa de la dignidad del ser humano es algo que debemos hacer en común. No podemos decir que la nuestra importa cuando no respetamos la de los demás. De hecho, es también muy común que no salgamos a la defensa de quienes están siendo humillados o maltratados porque «no los conocemos», «no son nada nuestro». Es muy loable que en estos tiempos de amenazas de una Tercera Guerra Mundial (me abruma con qué facilidad la gente bromea con ese tema), haya quienes se manifiesten en redes sociales por las víctimas en Ucrania, Gaza, Israel, Siria, Irán, etc…, pero también saliendo de la casa de uno podemos encontrar numerosos casos de dignidad violentada.

También es preciso hacer hincapié en el hecho de que mucha ideología que se abraza sin pensar en las consecuencias hoy en día, hace a un lado (a veces con absoluto desprecio), la dignidad de las personas dando preferencia a otros seres. Tal es el caso de los animalistas que ponen muy por encima de las personas a los animales. Y no me mal entiendan: todo ser en esta vida, en este mundo, tienen su propia dignidad. A los animales no les debemos sino respeto y agradecimiento. Tratarlos de forma «humana», es atentar contra su dignidad de animales, es tratarlos como lo que no son. Por muy lindo que pueda sonar que traten a los animales como sus hijos, no lo son, y al no aceptar su dignidad, los estamos violentando. Las cosas por su nombre: son nuestras mascotas. Eso no niega que les podamos tratar con amor y cariño, así como el que nos ofrecen siempre. Por eso, no hagamos a un lado a las personas en situación de calle y nos comportemos con absoluto amor con los animales en las mismas condiciones.

Sin la dignidad del ser humano, no hay esperanza para nada más en este mundo.

El ser más solitario del mundo

«El único lugar en que puedo ser derrotado es mi alma; solamente mis pasiones pueden consumirme».

-Stephen Crane

Queridos(as) lectores(as):

Ayer por la tarde me puse a ver la película Spaceman (2024) de Adam Sandler en Netflix. Basada en la novela El astronauta de Bohemia (2017) de Jaroslav Kalfar, siendo un viaje que nos lleva más allá del espacio, tanto el externo como el interno. Aunque no es mi intención spoilearles la película, porque en verdad quisiera que puedan darse la oportunidad de verla, me gustaría rescatar algunos puntos que espero no les arruine la experiencia. Y si ya la vieron, ojalá que les refuerce lo que se nos comparte.

Antes de continuar, me parece importante resaltar la calidad interpretativa de Adam Sandler, a quien desde hace años vengo defendiendo a capa y espada de los crueles y quizá justificados comentarios respecto a sus películas de humor barato. Lo que he defendido es que es de los pocos actores/directores/productores que, hoy por hoy, hablan sobre temas realmente valiosos como la familia, el amor, la esperanza, la amistad, etc. Pero Sandler demuestra que es una realidad que los actores de comedia, cuando dan paso a papeles serios de drama, son capaces de darnos auténticas maravillas actorales.

No importa el lugar

Ya hemos comentado en algún encuentro anterior que estamos viviendo de una manera muy precipitada una vida que poco a poco nos aísla (y cada vez más rápido) de los demás, pero sobre todo, de nosotros mismos. Muchas personas son incapaces de despegarse de sus celulares, interactuando con quién sabe qué tantas personas a pesar de estar rodeados físicamente de otras personas. Cada vez más somos testigos de constantes «escapes» de los demás, de personas que se la viven corriendo, evitando y cancelando reuniones, yéndose solos de viaje (y alardeando por ello), etc. Un amigo me preguntó que cómo fue la primera vez que fui solo al cine, expresando a su vez que para él fue toda una experiencia en la que se sintió raro, extraño, con mucha ansiedad. Yo, por el contrario, sólo le contesté: «Para mí fue maravilloso, porque fui al cine a lo que se va al cine: a ver una película, no a platicar». Curioso cómo es la enorme contrariedad de un sentimiento, por un lado, de necesaria compañía y, por el otro, de abrazar la soledad.

En la película se nos habla de un astronauta, Jakub (Adam Sandler), que emprende una misión solitaria de 6 meses, mientras que Lenka (Carey Muligan), su esposa embarazada, también afronta su propia soledad, desencadenando una crisis matrimonial. Al principio, en una breve interacción del astronauta con personas en la Tierra, una niña (Sunny Sandler, hija de Adam), le hace una pregunta: «¿Es cierto que eres el hombre más solitario del mundo?». Eso da pie a una reflexión que se agudizará con un curioso ser, Hanus (voz de Paul Dano), quien cuestionará al astronauta a lo largo de la película. Además, claro, de la contención que éste tenía en la Tierra por parte de Peter (Kunal Nayyar, The Big Bang Theory). ¿En qué espacio estamos a la deriva, en el externo o el interno?

Al mirar las estrellas

Hace unos días, compartí una frase en mis redes sociales (Instagram: @hchp1) que dice: «Piensa que para las estrellas los fugaces somos nosotros». La idea original de ello es justo pensar en la fugacidad de nuestra vida, un día estamos, al otro no. ¿Qué vivimos y de qué manera? No hay que ser astronautas para vernos a la deriva en el espacio. Muchas veces, ese espacio yace en nosotros mismos, y terminamos desesperados por intentar llenarlo de incontables cosas, sin caer en cuenta lo que realmente estamos haciendo. El hombre o la mujer más solitarios somos nosotros mismos cuando nos perdemos entre nuestros pensamientos, nuestros miedos, nuestras frustraciones y demás. No somos existencias vacías, sólo existencias que se vacían. ¿Qué pasa cuando miramos las estrellas? Vemos lo que «hay», pero descuidamos que muchas de ellas dejaron de existir hace muchos años; sólo vemos un breve resplandor de aquello que fue. ¿Qué pasa cuando ocupamos el lugar de la estrella que ha muerto y sólo dejamos ver algo que ya no es?

Hay que pensar en las cosas que hacemos. Ciertamente hay algunas que necesitamos hacerlas y está bien. Podemos ir al cine solos y no por ello decir que somos egoístas. Cada uno puede disfrutar las cosas a su modo, pero eso de no querer aceptar las cosas y disfrazarlas constantemente de algo más, nos hace caer peligrosamente en el egoísmo más descarado. ¿Por qué no le decimos al otro que nos gusta su compañía no por sí misma, sino porque así nos ayuda a no sentirnos solos? ¿Por qué no decimos que tenemos miedo de no ser amados y aceptamos relaciones tóxicas de abuso y maltrato? Disfrazar la realidad tarde o temprano termina por ser una bomba que nos explota sin avisarnos en las manos. ¿Será que necesitamos perderle miedo a la vida y afrontarla tal y como es, entendiendo que nunca será parte del guión de lo «perfecta» que queremos que sea?