El extraño que vive en mí

«El yo no es el amo en su propia casa».

— Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hay momentos en los que uno se desconoce. No hablo de las grandes crisis de identidad ni de despertar una mañana frente al espejo preguntándonos dramáticamente quiénes somos mientras suena música triste de fondo. Hablo de cosas bastante más pequeñas y, quizá por eso, más inquietantes: decir algo y arrepentirnos inmediatamente, sentir celos cuando jurábamos que no nos importaba, extrañar a alguien a quien sabemos que no queremos de regreso, sentirnos atraídos por aquello que siempre criticamos o volver a buscar exactamente aquello que prometimos no volver a buscar. Entonces aparece una frase curiosa: «No sé qué me pasó. Yo no soy así». ¿Seguro(a)?

Quizá una de las experiencias más incómodas de ser humano consiste precisamente en descubrir que no somos únicamente aquello que sabemos de nosotros mismos. Existe también eso otro: lo que aparece sin permiso, lo que contradice nuestra autobiografía oficial, lo que preferiríamos atribuir al cansancio, al alcohol, al estrés, a Mercurio retrógrado o, si la situación se pone verdaderamente complicada, a nuestra infancia. Cualquier cosa antes que admitir que eso también salió de nosotros.

Un extraño llamado «yo»

Tenemos una idea bastante tranquilizadora de la intimidad. Imaginamos que existe un «adentro» donde guardamos aquello que verdaderamente somos y un «afuera» donde están los demás, el mundo, las normas, las expectativas y todas esas cosas que vienen a complicarnos la existencia. Bajo esta lógica, conocerse consistiría en retirar capas hasta encontrar finalmente nuestro verdadero yo. Algo así como pelar una cebolla existencial con la esperanza de que, después de suficientes lágrimas, aparezca en el centro una versión auténtica de nosotros mismos. El problema es que quizá no haya nadie esperando allí. O, peor todavía, quizá encontremos a alguien que no reconozcamos.

Jacques Lacan utilizó una palabra particularmente extraña para pensar esta paradoja: extimidad. El término reúne aquello que normalmente consideramos opuesto: lo exterior y lo íntimo. Al trabajar alrededor de das Ding, la «cosa freudiana», Lacan habla de «ese lugar central, esa exterioridad íntima, esa extimidad» (Seminario, VII: La ética del psicoanálisis, 1959-1960). Lo éxtimo no es simplemente algo privado que decidimos mostrar. Tampoco es un secreto. Un secreto sigue siendo algo que reconocemos como nuestro y elegimos ocultar. La extimidad apunta hacia algo bastante más perturbador: algo profundamente nuestro que, sin embargo, experimentamos como extraño. Jacques-Alain Miller lo expresaría después de una manera particularmente clara: «… lo íntimo es Otro, como un cuerpo extraño, un parásito» (Extimidad, 1985-1986). Quizá por eso hay momentos en los que nuestra propia vida consigue sorprendernos.

Eso que no soportamos del otro

Pensemos en el deseo. Podemos construir durante años una descripción impecable de aquello que queremos. Sabemos qué clase de persona nos conviene, qué relación buscamos, qué cosas jamás toleraríamos y cuáles son nuestros límites infranqueables. Tenemos la lista. Incluso hemos aprendido suficiente vocabulario psicológico para explicarla con admirable precisión. Y entonces aparece alguien que no cumple prácticamente ninguno de los requisitos. Y nos gusta. Magnífico. Todo ese autoconocimiento cuidadosamente construido acaba de tropezarse con una persona que ni siquiera estaba invitada.

No significa que debamos obedecer cada deseo que aparezca. El psicoanálisis nunca fue una autorización elegante para hacer cualquier estupidez y después culpar al inconsciente. Significa algo bastante menos cómodo: quizá nuestro deseo diga cosas de nosotros que la imagen que hemos construido de nosotros mismos preferiría no escuchar. Algo parecido ocurre con aquello que nos irrita de los demás. Hay comportamientos que simplemente nos molestan y personas francamente insoportables —tampoco hace falta psicoanalizarlo todo—, pero otras veces la intensidad de nuestra reacción resulta curiosa. Nos obsesiona determinada persona. Juzgamos con una fuerza sospechosa alguna decisión ajena. Alguien que apenas conocemos consigue tocarnos exactamente donde duele.

No necesariamente porque sea importante. Quizá simplemente encontró una puerta. Freud había advertido ya la incomodidad fundamental que esto supone. El descubrimiento del inconsciente significaba que los procesos psíquicos no coinciden plenamente con aquello que sabemos de nosotros mismos. De ahí su famosa sentencia: «El yo no es el amo en su propia casa» (Una dificultad del psicoanálisis, 1917). Más de un siglo después, todavía cuesta aceptarlo.

A veces, lo más extraño que encontramos dentro de nosotros… somos nosotros mismos.

Las voces que creemos nuestras

Hay otra complicación: aquello que consideramos más íntimo tampoco nació necesariamente dentro de nosotros. Nuestro nombre nos fue dado. También aprendimos de otros qué significaba ser bueno, exitoso, deseable, inteligente, fuerte, femenino, masculino, digno de amor o motivo de vergüenza. Mucho antes de que pudiéramos preguntarnos quiénes éramos, alguien ya estaba diciendo cosas sobre nosotros. «Es igualito a su padre». «Ella siempre ha sido muy sensible». «Tú eres el fuerte de la familia». «No nos decepciones». «Los hombres no lloran». «Una niña decente no hace eso». «Tú puedes con todo». Frases aparentemente pequeñas que, repetidas suficientes veces, pueden instalarse en lugares muy profundos. Años después creemos estar escuchando nuestra propia voz sin preguntarnos quién escribió algunas de sus líneas.

Para Lacan, esta presencia del otro en aquello que consideramos más propio no constituye una anomalía. El sujeto se constituye precisamente en un mundo de palabras, nombres, deseos y significados que ya estaba allí antes de su llegada. Por eso podía escribir acerca de «… ese otro al que estoy más unido que a mí mismo» (La instancia de la letra en el inconsciente o la razón desde Freud, 1957). La frontera entre dentro y fuera empieza entonces a complicarse. Aquello que consideramos íntimo está lleno de otros. Y aquello que encontramos afuera puede revelar algo profundamente nuestro.

Poner afuera lo que llevamos dentro

Nuestra época ha añadido una dimensión particularmente interesante a este asunto: las redes sociales. Nunca habíamos dispuesto de tantos escaparates para mostrar aspectos de nuestra intimidad. Fotografías de nuestros hijos, parejas, comidas, vacaciones, cuerpos, tristezas, aniversarios, rupturas, duelos y pensamientos aparecen diariamente frente a personas que, en muchos casos, jamás hemos visto. Sería fácil reducir todo esto al narcisismo. Demasiado fácil. Quizá valga la pena formular una pregunta más incómoda: ¿por qué necesitamos poner afuera tantas cosas para sentir que verdaderamente nos ocurrieron?

No basta con viajar. Fotografíamos el viaje. No basta con amar. Publicamos el aniversario. Cuando estamos tristes buscamos una canción, una frase, una escena de una película o un video que consiga decir aquello que nosotros todavía no podemos formular y, algunas veces, lo compartimos. Un comentario puede arruinarnos la tarde aunque provenga de alguien cuya opinión juramos que no nos importa. Un «me gusta» de determinada persona pesa más que otros cien. Un mensaje que no llega puede ocupar muchísimo más espacio mental que veinte conversaciones abiertas. Decimos que no necesitamos validación y cinco minutos después comprobamos quién vio la historia. Somos criaturas fascinantes. Y bastante contradictorias. Pero sería un error convertir extimidad simplemente en una palabra sofisticada para hablar de sobreexposición digital. Lacan formuló el concepto décadas antes de que alguien imaginara Instagram. La cuestión es mucho más profunda: quizá necesitamos encontrarnos afuera porque nunca estuvimos completamente adentro.

Algo exterior puede mostrarnos una parte desconocida de nosotros. Una película que inexplicablemente nos hace llorar. Una canción que parece saber algo que nosotros todavía no habíamos podido decir. Un personaje que nos incomoda demasiado. Una conversación que permanece dando vueltas durante días. Una persona que despierta un deseo que creíamos muerto. Frente a una novela, una pintura, una película o una canción puede ocurrir algo extraordinario: alguien que jamás nos conoció consigue expresar algo que sentimos profundamente nuestro. «Eso soy yo». Y, sin embargo, lo escribió otro. Hay algo profundamente éxtimo en esa experiencia.

El diván y el desconocido

Quizá por eso el análisis puede resultar incómodo. Uno llega creyendo que va a hablar de sí mismo y termina escuchando cosas que no sabía que estaba diciendo. Una palabra que se repite. Una contradicción. Un silencio extraño. Un nombre que aparece demasiado. Una historia que supuestamente estaba superada pero encuentra formas curiosas de regresar. No necesariamente aparece un «verdadero yo» escondido detrás de todo aquello. Aparece algo mucho más interesante. Un desconocido familiar. Nosotros mismos.

Conocerse quizá no consista entonces en conseguir una versión perfectamente coherente de quienes somos. Tal vez tenga más que ver con aprender a soportar que existen habitaciones propias en las que todavía no hemos entrado. Deseos que no comprendemos completamente. Contradicciones que ninguna frase motivacional va a resolver. Palabras que creíamos nuestras y descubrimos heredadas. Partes de nosotros que sólo conseguimos reconocer cuando algo —o alguien— las coloca frente a nuestros ojos. Eso puede resultar inquietante, pero también profundamente liberador. Porque entonces podemos dejar de defender desesperadamente una identidad impecable. Podemos desconfiar un poco de nuestros «yo jamás», «yo siempre», «yo no soy de esos(as)» o «a mí eso nunca me pasaría». La vida tiene un sentido del humor extraordinario con ese tipo de declaraciones.

Reflexión final

Quizá convenga dejar alguna puerta abierta. No para justificar cualquier cosa que hagamos bajo el cómodo argumento de «así soy», sino precisamente para admitir que somos bastante más complejos que la historia que contamos acerca de nosotros mismos. Piensa por un momento en la última vez que hiciste, sentiste o deseaste algo que te llevó a decir: «Éste(a) no soy yo». Tal vez fue una reacción que te avergonzó, alguien que te gustó contra todo pronóstico, una emoción que no encajaba contigo o una de esas decisiones que después intentamos explicar diciendo que «no sabemos qué nos pasó». Quizá la pregunta no sea únicamente por qué apareció algo que no se parece a ti. Tal vez haya otra mucho más incómoda. Y también mucho más interesante: ¿Y si también eres tú?


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Todavía quedan muchos extraños por conocer.

Incluso dentro de nosotros mismos.

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