Queridos(as) lectores(as):
Hay una mentira que nos repetimos cada vez que algo termina: «Tendré que empezar de cero». De cero. Como si fuera posible. Como si después de una ruptura pudiéramos regresar al día anterior a conocer a esa persona. Como si después de perder un trabajo volviéramos a ser aquel que entró nervioso el primer día. Como si después de fracasar, equivocarnos, cambiar de ciudad, abandonar un proyecto o simplemente cansarnos de la vida que llevábamos pudiéramos apretar algún botón misterioso y regresar a la casilla de salida. No se puede. Y menos mal. Porque empezar de cero significaría que nada de lo anterior sirvió para algo. Que las cicatrices no enseñaron. Que las noches sin dormir fueron inútiles. Que las personas que llegaron y se fueron no dejaron nada. Que aquello que nos rompió solamente nos rompió. Pero uno no vuelve así. Uno vuelve con equipaje. A veces demasiado.
Hace algún tiempo escribí aquí que necesitaba detenerme. No sabía exactamente cuánto. Tampoco tenía un calendario secreto con una fecha marcada para regresar. Simplemente había momentos en los que escribir comenzaba a parecerse demasiado a hacer ruido cuando lo que necesitaba era silencio. Y me fui. Bueno… tampoco dramaticemos. No crucé el Himalaya, no ingresé en un monasterio tibetano ni regresé después de cuarenta días en el desierto con las respuestas fundamentales de la existencia. Seguí trabajando, tomando café, dando clases, atendiendo a mis pacientes, preocupándome por tonterías, preocupándome también por cosas importantes, riéndome cuando se podía y tratando de entender algunas otras cuando no. Es decir: seguí viviendo. Y quizá eso era precisamente lo que necesitaba.
Porque tenemos una relación bastante extraña con las pausas. Nos han convencido de que detenerse equivale a retroceder. Hay que producir, contestar, publicar, avanzar, mejorar, sanar, superar, reinventarse y, de ser posible, documentarlo todo para que alguien pueda darle «me gusta». Hasta descansar parece necesitar resultados. «Me tomé un tiempo para encontrarme». Qué presión. Imagínense tomarse un tiempo y encima tener que encontrarse. ¿Y si uno simplemente necesitaba sentarse un rato? Hay temporadas en las que no necesitamos convertirnos en una versión mejorada de nosotros mismos. Quizá solamente necesitamos dejar de exigirle explicaciones a la vida. Eso también es vivir. Durante mucho tiempo hemos asociado comenzar de nuevo con borrar. Nueva relación, nueva vida. Nuevo trabajo, nueva vida. Nuevo año, nueva vida. Nuevo corte de cabello y, aparentemente, también nueva vida. Nos encanta imaginar que podemos desprendernos de quienes fuimos. Pero el pasado tiene la pésima costumbre de viajar con nosotros. Y está bien. Porque volver a empezar no consiste en regresar intactos. Consiste precisamente en regresar distintos.

Hay cosas que ahora sabemos y que preferiríamos no haber tenido que aprender. Hay nombres que todavía provocan algo cuando aparecen. Hay lugares que ya nunca serán solamente lugares. Hay canciones que adquirieron dueño sin pedirnos permiso. Hay conversaciones que seguimos reconstruyendo meses después pensando en aquella respuesta brillante que, naturalmente, se nos ocurrió tres días tarde. Hay pérdidas. Hay errores. También hay personas que nos salvaron un martes cualquiera sin enterarse jamás. Todo eso viene con nosotros. Por eso quizá el verdadero comienzo nunca está en cero. Está en uno. O en siete. O en cuarenta y tres. Quién sabe. La vida tiene una contabilidad bastante deficiente. Lo importante es comprender que cada vez que creemos estar regresando al principio estamos llegando desde alguna parte. Y eso cambia todo. Porque entonces el fracaso deja de ser una casilla que nos devuelve al inicio. Una relación que termina no elimina nuestra capacidad de amar. Un proyecto que fracasa no borra lo que aprendimos construyéndolo. Una amistad que se rompe no convierte en falsas todas las tardes que compartimos. Una decisión equivocada no invalida todas las decisiones anteriores. Incluso aquello que quisiéramos borrar forma parte del hombre o la mujer que ahora intenta nuevamente.
Quizá madurar tenga algo que ver con eso: con dejar de fantasear con la posibilidad de vivir una vida sin tachaduras. Mirar nuestras páginas anteriores —las bonitas, las vergonzosas, las que jamás publicaríamos y aquellas que todavía nos cuesta releer— y entender que no necesitamos arrancarlas para escribir la siguiente. Sólo necesitamos pasar la página. No porque lo anterior haya dejado de importar, sino precisamente porque ocurrió. Yo también estoy pasando una. Regreso a este diván después de un tiempo y descubro algo curioso: no soy exactamente el mismo que escribió la última entrada. Tampoco pretendo serlo. Traigo preguntas nuevas. Algunas respuestas que probablemente duren poco. Historias que todavía no sé cómo contar. Personas que aparecieron mientras estaba lejos. Otras que permanecieron. Algunas ausencias. Un par de heridas. Varias carcajadas. Demasiado café. Y ganas de volver a sentarme aquí.
No sé qué será exactamente esta nueva etapa de Crónicas del Diván. Quizá eso sea lo mejor. Durante mucho tiempo creemos que para comenzar necesitamos tener claro hacia dónde vamos. Después uno descubre que muchas de las cosas más importantes de la vida comenzaron simplemente porque tuvimos el valor de dar el siguiente paso sin conocer el mapa completo. Así que aquí estamos. Otra vez. Pero no en el mismo lugar. Y definitivamente no desde cero.
Porque si tú también estás intentando volver a empezar algo —una relación contigo mismo, un proyecto abandonado, una vida después de alguien, una vocación, una esperanza que creías perdida— quizá convenga recordar esto: no estás empezando desde cero. Estás empezando desde todo lo que has vivido. Desde aquello que aprendiste y aquello que perdiste. Desde quienes te quisieron y desde quienes no supieron hacerlo. Desde las veces que acertaste y desde aquellas en las que hiciste un desastre considerable. Desde tus cicatrices. Desde tus preguntas. Desde ti. Y visto así, quizá volver a empezar no sea regresar al principio. Quizá sea algo mucho más interesante: continuar, pero de otra manera.
Bienvenidos(as) de nuevo. Hay café. Y todavía tenemos mucho de qué hablar…
Atte.
Héctor Chávez Pérez
P.d. Gracias, querido Iván, tu mensaje en verdad fue muy lindo. Este regresar, en buena parte, fue gracias a ti y ese tiempo que dedicaste para escribirme en Instagram.
