Cuando el otro sólo existe para mí

«El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos».

— Erich Fromm

Queridos(as) lectores(as):

Hay personas que tienen una habilidad extraordinaria para convertir cualquier conversación en una autobiografía. Uno comienza contando que tuvo una semana difícil y, cinco minutos después, termina escuchando los problemas de alguien que aparentemente ha sufrido mucho más. Si estamos cansados, ellas están agotadas; si tenemos una preocupación, seguramente conocen otra peor; y si compartimos una buena noticia, no falta quien encuentre la manera de recordar que también merece ser felicitado. Lo curioso es que algunas de estas personas se consideran profundamente empáticas. Preguntan cómo estamos, se preocupan por nuestras dificultades y hablan con frecuencia de la importancia de cuidar los vínculos. El pequeño inconveniente aparece cuando nuestras necesidades comienzan a interferir con las suyas. Entonces descubrimos que aquella comprensión que tanto reclamaban tenía condiciones que nadie nos había explicado.

No quisiera convertir estas observaciones en un juicio contra quienes atraviesan inseguridades o necesitan sentirse queridos. Todos hemos buscado reconocimiento, todos hemos tenido miedo al rechazo y, seguramente, alguna vez hemos ocupado demasiado espacio en una conversación. Lo que me interesa es otra cosa: esa forma de relacionarnos en la que esperamos recibir una atención que rara vez estamos dispuestos a ofrecer. Una especie de egoísmo contemporáneo que puede convivir perfectamente con discursos sobre la empatía, el amor propio y la responsabilidad afectiva. Y aquí aparece una pregunta que me resulta incómoda, incluso cuando intento responderla desde mi propia experiencia: ¿queremos verdaderamente a las personas que nos rodean o solamente disfrutamos de sentirnos importantes para ellas?

El escenario donde solamente cabe un protagonista

Hay una serie que me parece especialmente interesante para comprender algunas de estas contradicciones: BoJack Horseman. Y vaya que hemos usado ese material. Su protagonista es un antiguo actor que desea desesperadamente sentirse querido, reconocido y comprendido, pero que con frecuencia termina dañando precisamente a quienes intentan acompañarlo. BoJack tiene una historia dolorosa, conoce la culpa y experimenta momentos de genuina vulnerabilidad. Sin embargo, sus dificultades no eliminan las consecuencias de sus decisiones. Esa es una de las virtudes de la serie: no convierte al personaje en un monstruo, pero tampoco nos pide absolverlo solamente porque conocemos su sufrimiento. Podemos comprender por qué alguien actúa de determinada manera y, al mismo tiempo, reconocer que su conducta resulta injusta para los demás.

En la vida cotidiana encontramos versiones menos dramáticas de esta contradicción. Personas que necesitan ser escuchadas, aunque difícilmente permiten que otros terminen de hablar; que consideran una ofensa no recibir atención inmediata, pero justifican su propia ausencia con absoluta tranquilidad. Y no siempre estamos frente a una intención consciente de manipular. A veces intervienen la inseguridad, la costumbre o una dificultad para reconocer que los demás también poseen necesidades independientes de las nuestras. Desde el psicoanálisis, podemos pensar en ciertas manifestaciones del narcisismo como dificultades para relacionarnos con el otro más allá de la función que cumple en nuestra autoestima. Esto no significa diagnosticar a cualquiera que resulte demandante o egocéntrico. Significa preguntarnos qué ocurre cuando nuestra necesidad de reconocimiento termina dejando demasiado poco espacio para reconocer a los demás.

La empatía que se queda en los buenos modales

Hace unos días recibí una lección de sensibilidad que todavía recuerdo con cariño. Un amigo atravesaba un duelo muy doloroso y quise hacerle llegar unas palabras de acompañamiento. No esperaba una respuesta inmediata, mucho menos que encontrara disposición para pensar en alguien más mientras enfrentaba su propia tristeza. Sin embargo, me respondió reconociendo que aquella pérdida también podía tocar algunas heridas de mi historia. Me conmovió profundamente. No porque necesitara convertir su sufrimiento en una conversación sobre el mío, sino porque, incluso en medio de su dolor, tuvo la delicadeza de recordar que yo también llevaba ciertas ausencias conmigo. Aquello me hizo pensar en la diferencia entre preguntar por alguien como una formalidad y reconocerlo verdaderamente como una persona.

Erich Fromm escribió que «el amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos» (El arte de amar, 1956). Me parece una afirmación particularmente valiosa porque nos recuerda que el cariño no puede reducirse a declaraciones agradables. Interesarnos por alguien implica prestar atención a su existencia, escuchar aquello que necesita compartir y aceptar que sus preocupaciones no siempre estarán relacionadas con nosotros. Por supuesto, nadie dispone permanentemente de la energía emocional necesaria para acompañar a todos. También necesitamos descanso, privacidad y momentos para ocuparnos de nuestros asuntos. Pero existe una diferencia entre reconocer honestamente nuestros límites y construir relaciones en las que la comprensión funciona en una sola dirección. Quizá deberíamos preguntarnos cuándo fue la última vez que escuchamos a alguien sin esperar nuestro turno para volver a hablar de nosotros mismos.

Hay quienes necesitan tantos espejos para sentirse importantes que terminan olvidando mirar a las personas que tienen enfrente. Y a veces, mientras contemplan su propio reflejo, no advierten que los demás comienzan a marcharse.

El miedo a la soledad y el arte de quedarse sin compañía

Hay algo paradójico en determinadas relaciones: cuanto más miedo tiene una persona de quedarse sola, más puede terminar contribuyendo al desgaste de los vínculos que desea conservar. Necesita demostraciones constantes de cariño, interpreta algunos límites como señales de rechazo y espera una disponibilidad que difícilmente podría ofrecer. Pero acompañar a alguien no significa renunciar a nuestra propia vida para tranquilizarlo permanentemente. Tenemos responsabilidades, preocupaciones y momentos en los que simplemente necesitamos estar a solas. Cuando toda distancia se interpreta como abandono y cualquier desacuerdo se convierte en una ofensa personal, las relaciones comienzan a perder algo indispensable: la libertad de permanecer en ellas sin sentirnos obligados a demostrar constantemente que merecemos hacerlo.

Martin Buber escribió: «Toda vida verdadera es encuentro» (Yo y tú, 1923). Su reflexión distingue entre relacionarnos con alguien reconociendo su presencia y reducirlo a aquello que representa para nuestros intereses. No significa que toda relación práctica sea egoísta, sino que existe una dimensión del encuentro humano que no puede comprenderse únicamente desde la utilidad (Cfr. Yo y tú, 1923). Me parece una idea especialmente importante cuando hablamos de afectos. Una amistad no debería funcionar como un servicio de atención disponible las veinticuatro horas, ni una relación amorosa tendría que convertirse en una sucesión interminable de pruebas de lealtad. A veces, por miedo a perder a alguien, intentamos asegurarnos su presencia mediante exigencias que terminan volviéndola cada vez más difícil. Y aunque comprender ese miedo puede ayudarnos a mirar con compasión a quien lo experimenta, también debemos recordar que nuestras inseguridades no son responsabilidades que podamos depositar indefinidamente sobre los hombros ajenos.

Querer compañía no siempre significa saber amar

En El retrato de Dorian Gray (1890), Oscar Wilde nos presenta a un hombre profundamente preocupado por conservar una imagen idealizada de sí mismo, mientras su retrato revela aquello que su apariencia consigue ocultar. Dorian representa una contradicción que continúa resultándonos familiar: el deseo de ser admirados sin necesariamente asumir la responsabilidad de convertirnos en personas admirables. Desde luego, la novela no constituye un estudio psicológico del narcisismo contemporáneo, pero ofrece una imagen literaria extraordinaria de la distancia que puede existir entre nuestra representación pública y nuestras acciones. Hoy tampoco necesitamos un retrato sobrenatural para construir una identidad cuidadosamente seleccionada. Podemos presentarnos como personas generosas, sensibles y comprensivas, aunque nuestras relaciones cuenten una historia bastante menos favorecedora.

Y aquí quisiera detenerme en algo que considero fundamental: nadie está obligado a ofrecer un cariño ilimitado, ni la reciprocidad significa llevar una contabilidad exacta de favores y atenciones. Las relaciones atraviesan momentos desiguales. Algunas veces necesitamos recibir más de lo que podemos dar, especialmente cuando enfrentamos enfermedades, pérdidas o circunstancias difíciles. El problema no es esa desigualdad ocasional, sino convertirla en una costumbre que jamás nos sentimos responsables de revisar. Hay una diferencia enorme entre necesitar apoyo y considerar que los demás existen para proporcionárnoslo. También entre reconocer nuestros errores y utilizar nuestras heridas como explicaciones que nos eximen de cambiar. Podemos tener una historia difícil, sentir miedo al rechazo y experimentar inseguridades profundas; nada de eso nos convierte en malas personas. Pero tampoco debería impedirnos preguntarnos si nuestra manera de buscar afecto está terminando por lastimar a quienes intentan ofrecérnoslo.

Reflexión final

Hace poco, mientras celebraba anticipadamente mi cumpleaños con algunas personas queridas, recordé una expresión que acostumbro utilizar: «Están los que tienen que estar». No la entiendo como una manera de despreciar a quienes no pudieron acompañarme, sino como el reconocimiento de que los vínculos no deberían medirse exclusivamente por la cantidad de personas que tenemos alrededor. Con los años he comprendido que una presencia verdaderamente significativa no necesita hacer demasiado ruido. A veces se manifiesta en una conversación sincera, en alguien que recuerda una preocupación que compartimos semanas atrás o en una persona que encuentra tiempo para escucharnos sin convertir inmediatamente nuestra historia en la suya. Son gestos pequeños, aparentemente ordinarios, pero que nos recuerdan que el cariño también necesita atención. Y quizá ahí encontremos una medida más humana de nuestras relaciones: no solamente cuánto nos buscan, sino cómo nos tratamos cuando finalmente nos encontramos.

No quisiera terminar esta reflexión señalando a quienes parecen incapaces de reconocer las necesidades ajenas. Sería demasiado cómodo y, posiblemente, poco coherente con lo que intento defender. Prefiero pensar que todos tenemos algo que revisar en nuestra manera de relacionarnos. Quizá alguna vez exigimos comprensión sin haberla ofrecido, interpretamos como rechazo una ausencia perfectamente legítima o esperamos que alguien adivinara necesidades que nunca expresamos. Reconocerlo puede resultar incómodo, pero también abre la posibilidad de actuar de otra manera. No necesitamos convertirnos en personas perfectas para construir vínculos más honestos; necesitamos aprender a escuchar, aceptar límites, reparar nuestros errores y comprender que el cariño no debería funcionar como una obligación unilateral. Porque, después de todo, hay una pregunta que quizá valdría la pena hacernos antes de lamentar que alguien se haya alejado: ¿he sabido ofrecer a los demás el mismo cuidado, respeto y comprensión que espero recibir de ellos?


Me gustaría conocer sus experiencias: ¿alguna vez han sentido que una relación giraba exclusivamente alrededor de las necesidades de alguien más? ¿O han descubierto actitudes propias que necesitaban cambiar? Los invito a escribirme a través de la sección Contacto y a seguirme en Instagram, @hchp1, para continuar esta conversación.

Relaciones correctas, emociones muertas

“El amor es una relación que se rehace constantemente entre dos seres que se destruyen y se recrean uno al otro” .

— Jessica Benjamin

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo que empieza a volverse sospechoso en muchas relaciones actuales —y no es el conflicto, ni la intensidad, ni siquiera el dolor. Es, más bien, la ausencia de todo eso. Vínculos tranquilos, respetuosos, “maduros”… pero extrañamente vacíos. No hay gritos, no hay rupturas, no hay escenas. Todo parece en orden. Y, sin embargo, algo no vibra. Como si la relación estuviera funcionando… pero no viviendo.

Hemos aprendido a identificar lo tóxico con una rapidez admirable. Pero en ese proceso, quizá hemos cometido un error más sutil: empezar a llamar “sano” a todo aquello que no incomoda, que no exige, que no desestabiliza. Como si amar bien fuera, en el fondo, no arriesgar nada. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿y si en nombre de lo sano… estamos evitando precisamente aquello que hace que un vínculo esté vivo?

La fantasía de la relación sin conflicto

Existe hoy una aspiración silenciosa —pero profundamente extendida—: la de construir relaciones donde todo fluya sin fricción. Donde no haya tensiones, donde todo se resuelva con comunicación clara y límites bien puestos. Una especie de vínculo higiénico. Pero el problema no es aspirar a relaciones menos destructivas. El problema es creer que una relación sin conflicto es una relación lograda.

Sigmund Freud lo planteó sin rodeos: “La vida psíquica está gobernada por conflictos” (Introducción al psicoanálisis, 1917). No hay vínculo humano que no esté atravesado por tensiones. Pretender eliminarlas no es madurez… es negación. El conflicto no es una falla del vínculo. Es parte de su estructura. Es el lugar donde dos mundos se encuentran —y, inevitablemente, chocan. Eliminarlo no hace la relación más sana. La hace más superficial.

El miedo contemporáneo a sentir demasiado

Hoy no sólo tememos sufrir. Tememos sentir intensamente. Hay una especie de alergia a todo aquello que desborde: celos, deseo, dependencia, incertidumbre. Todo lo que antes era parte del drama humano… ahora parece un error a corregir. Martha Nussbaum lo dice con claridad: “Las emociones no son fuerzas irracionales que deban ser erradicadas, sino formas de juicio que expresan lo que valoramos” (Upheavals of Thought, 2001).

Sentir intensamente no es un defecto del vínculo. Es, muchas veces, una señal de que algo importa. Pero hemos aprendido a sospechar de lo que nos mueve. A retirarnos antes de involucrarnos demasiado. A mantener una distancia prudente… incluso del amor. Y en ese intento por no sufrir, terminamos no sintiendo.

Hay relaciones donde nada está mal… pero tampoco está pasando nada.

Vínculos seguros… pero sin eros

Hay relaciones donde todo está bien… excepto el deseo. Donde hay respeto, acuerdos, comunicación… pero no hay tensión, ni juego, ni misterio. Todo es predecible. Todo es correcto. Esther Perel lo formula con precisión: “El amor busca cercanía, pero el deseo necesita distancia” (Mating in Captivity, 2006).

La cultura actual ha privilegiado la seguridad por encima de todo. Y la seguridad es importante. Pero cuando se absolutiza, puede asfixiar aquello que hace que un vínculo esté vivo. El eros no sobrevive en la completa previsibilidad. Necesita espacio, ambigüedad, incluso cierta incomodidad. Una relación perfectamente estable puede ser, también, perfectamente apagada.

La positividad que elimina lo humano

Vivimos en una época que rechaza la negatividad. Todo debe ser sano, funcional, constructivo. Las emociones “negativas” deben gestionarse, regularse, superarse. Como si lo humano pudiera reducirse a una versión optimizada de sí mismo. Byung-Chul Han advierte: “La sociedad del rendimiento elimina la negatividad y, con ella, la posibilidad de la experiencia” (La sociedad del cansancio, 2010).

Pero el amor —como toda experiencia profunda— incluye momentos incómodos: malentendidos, silencios, heridas, contradicciones. No porque esté mal… sino porque es real. Cuando intentamos limpiar el vínculo de todo eso, lo que queda no es una relación más pura… sino más pobre. Más funcional. Menos viva.

El falso self relacional

Hay vínculos que funcionan… porque nadie es realmente quien es. Porque ambos han aprendido a mostrarse en su versión más aceptable, más manejable, más “sana”. Pero eso tiene un costo. Donald Winnicott lo explicó así: “El falso self tiene la función de ocultar y proteger el verdadero self” (El proceso de maduración, 1965).

En muchas relaciones actuales no hay conflicto… porque tampoco hay verdad. Porque lo que se pone en juego no es el sujeto, sino su versión editada. Y claro, eso reduce fricciones. Pero también reduce profundidad. El otro no ama lo que eres. Ama lo que muestras. Y tú, en el fondo, lo sabes.

Volver a lo vivo (aunque incomode)

Quizá necesitamos recuperar algo que hemos intentado evitar: la incomodidad como parte del vínculo. No como violencia, no como destrucción… sino como señal de que algo está en juego. Simone Weil escribió: “La atención es la forma más rara y pura de generosidad” (A la espera de Dios, 1950). Y atender al otro implica, muchas veces, sostener lo que no encaja de inmediato.

Amar no es encontrar a alguien con quien todo fluya sin esfuerzo. Es encontrarse con alguien real… y permanecer ahí, incluso cuando no es sencillo. No todo lo que incomoda es tóxico. Y no todo lo que es cómodo es amor. A veces, lo verdaderamente humano no es lo que nos calma… sino lo que nos mueve.

Reflexión final

¿Tu relación te da paz… o simplemente no te exige nada? ¿Estás evitando conflictos… o evitando implicarte? ¿Lo que tienes es estabilidad… o ausencia de vida?


Gracias por leer. Si este texto resonó contigo, compártelo —pero sobre todo, cuestiónalo. Puedes escribirme desde la sección de Contacto en el blog. Y seguirme en Instagram como @hchp1, donde seguimos pensando juntos.

Y cuéntame en comentarios: ¿has estado en una relación “sana”… que en el fondo se sentía vacía?