«La libertad es poder decir que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por añadidura».
— George Orwell
Queridos(as) lectores(as):
Hace unos días escuché una conversación durante una reunión que terminó con una frase cada vez más frecuente: «»Bueno, esa es tu verdad; yo tengo la mía». Y con eso, aparentemente, todo quedó resuelto. Nadie tuvo que revisar sus argumentos, nadie necesitó reconocer un error y, sobre todo, nadie corrió el terrible riesgo de descubrir que quizá no tenía razón. Varios interlocutores pudieron retirarse (no sé si satisfechos), protegidos por sus respectivas verdades personales. Una maravilla: habíamos conseguido convertir el desacuerdo en una especie de empate universal donde todos ganan, aunque nadie aprenda absolutamente nada.
No me malinterpreten. La diversidad de pensamiento es una de las mayores riquezas de nuestra vida en común. Necesitamos perspectivas diferentes, experiencias distintas y personas capaces de cuestionar nuestras certezas. El problema comienza cuando confundimos el respeto a esas diferencias con la obligación de aceptar que todas las afirmaciones son igualmente verdaderas. Porque una cosa es reconocer que cada persona experimenta el mundo desde su propia historia y otra, muy distinta, sostener que la realidad debe adaptarse a lo que cada quien decida creer. Y quizá aquí encontremos una de las contradicciones más curiosas de nuestro tiempo: hemos aprendido a defender apasionadamente nuestro derecho a opinar, pero no siempre mostramos el mismo entusiasmo por nuestra responsabilidad de pensar.
Mi verdad, tu verdad y la realidad que estorba
Conviene distinguir algunas nociones. La subjetividad comprende nuestra manera particular de experimentar, interpretar y sentir el mundo. Gracias a ella, una misma canción puede conmoverme profundamente mientras a otra persona le resulta insoportable. Ninguno necesita estar equivocado: hablamos de experiencias personales. El subjetivismo, en algunas de sus formulaciones filosóficas, concede a la perspectiva del sujeto un papel decisivo para determinar qué puede considerarse verdadero o válido. El relativismo, por su parte, reúne distintas posiciones que sostienen que ciertos juicios dependen de marcos culturales, históricos, conceptuales o individuales. No todas estas teorías afirman que cualquier opinión sea verdadera, y sería injusto tratarlas como si fueran idénticas.
Nuestra crítica se dirige a una versión extrema y cotidiana de estas ideas: aquella que convierte la creencia personal en una autoridad imposible de cuestionar. Pensemos en algo sencillo. Si digo que una película me pareció aburrida, estoy expresando una experiencia. Si afirmo que la película dura noventa minutos cuando en realidad dura ciento veinte, estoy haciendo una afirmación que puede comprobarse. Mi derecho a opinar no modifica la duración de la película. Lo mismo ocurre con asuntos mucho más importantes. Puedo sentirme rechazado por alguien y ese sufrimiento merece ser escuchado. Pero sentirme rechazado no demuestra automáticamente que la otra persona haya querido rechazarme. Mi experiencia es real; mi interpretación de sus causas puede estar equivocada. Y esta diferencia resulta fundamental, porque respetar lo que alguien siente no significa que debamos aceptar sin examen todas las explicaciones que construye sobre lo que siente.
El curioso privilegio de no estar equivocados
Aristóteles formuló una idea que continúa siendo esencial para esta discusión: «Decir de lo que es que no es, o de lo que no es que es, es falso; y decir de lo que es que es, y de lo que no es que no es, es verdadero» (Metafísica, libro IV, 1011b, siglo IV a. C.). La formulación parece casi demasiado sencilla. Sin embargo, señala algo decisivo: la verdad no depende únicamente de nuestra voluntad de creer. Existe una diferencia entre lo que afirmamos y aquello sobre lo que afirmamos algo. Reconocer esa diferencia no significa pretender que poseemos un acceso perfecto a la realidad. Podemos equivocarnos al observar, interpretar o razonar. Precisamente por eso necesitamos argumentos, pruebas, contrastación y diálogo. La objetividad no exige que seamos infalibles; exige que nuestras afirmaciones puedan confrontarse con algo más que nuestras preferencias.
Aquí aparece una dificultad interesante para quien sostiene que absolutamente toda verdad es relativa. ¿Esa afirmación también lo es? Si solamente expresa una preferencia personal, no tenemos por qué aceptarla como una regla general. Si pretende ser universalmente verdadera, entonces parece conceder aquello que buscaba negar: la posibilidad de una afirmación válida más allá de una perspectiva individual. Esta objeción no resuelve todas las discusiones filosóficas sobre el relativismo, pero sí muestra la fragilidad de convertir el «todo es relativo» en un dogma. Porque también podemos ser dogmáticos cuando aseguramos que no existen verdades. Basta con negarnos a revisar esa afirmación.

El miedo a descubrir que no teníamos razón
El psicoanálisis puede ayudarnos a formular una pregunta incómoda: ¿por qué algunas de nuestras creencias parecen necesitar tanta protección? Freud escribió: «El yo no es amo en su propia casa» (Una dificultad del psicoanálisis, 1917). Con esta expresión, Freud cuestionaba la imagen de un ser humano completamente transparente para sí mismo, capaz de conocer y gobernar todas las motivaciones de su vida psíquica. Su planteamiento nos permite considerar que nuestras convicciones no siempre responden exclusivamente a argumentos racionales. También pueden estar relacionadas con deseos, temores, identificaciones y conflictos que no reconocemos fácilmente.
Desde luego, no toda persona que defiende una opinión equivocada está evitando inconscientemente una verdad dolorosa. Sería una generalización injustificada. Pero existen situaciones en las que una creencia adquiere una función protectora: nos permite conservar una imagen favorable de nosotros mismos, evitar una responsabilidad o mantener intacta una relación. Pensemos en alguien convencido de que todas sus relaciones terminan porque las demás personas son incapaces de amar. Quizá haya experimentado abandonos y daños reales. Su sufrimiento merece respeto. Pero si convierte esa explicación en una verdad absoluta, podría quedar imposibilitado para preguntarse por su propia participación en los conflictos.
Algo semejante ocurre cuando justificamos sistemáticamente nuestras decisiones mediante frases como «yo soy así», «esa es mi manera de ver las cosas» o «nadie tiene derecho a cuestionar mi verdad». Por supuesto que tenemos derecho a pensar de manera distinta. Lo que no tenemos es una garantía de estar en lo correcto. Y aquí aparece una posibilidad dolorosa, pero también liberadora: quizá reconocer una verdad que nos incomoda sea precisamente lo que necesitamos para dejar de repetir aquello que nos hace sufrir. Recuerden: reconocer no es morir.
Cuando todo se permite porque todo se justifica
George Orwell comprendió extraordinariamente bien el peligro de una realidad subordinada a la voluntad. En 1984, el poder pretende imponer incluso aquello que las personas deben considerar verdadero. Winston Smith intenta resistir defendiendo una afirmación elemental: dos más dos son cuatro. El funcionario O’Brien expresa la lógica del Partido con una sentencia aterradora: «Lo que el Partido sostiene que es verdad es efectivamente verdad» (1984, 1949). La novela no describe una sociedad de subjetividades individuales libres, sino un poder totalitario que pretende monopolizar la realidad. La diferencia importa. Sin embargo, Orwell nos permite observar un problema compartido: cuando desaparecen los criterios independientes para examinar una afirmación, la verdad puede quedar subordinada a quien tenga suficiente poder para imponer su versión.
También conviene cuestionar la expresión «todo está permitido». Que existan desacuerdos sobre los fundamentos de la moral no significa que todas las posiciones relativistas conduzcan necesariamente a justificar cualquier conducta. Pero sí podemos preguntarnos qué sucede cuando alguien utiliza su perspectiva personal como excusa para evitar toda responsabilidad. «Para mí no fue una traición». «Desde mi punto de vista, no hice daño». «Esa es tu interpretación de lo ocurrido». A veces estas frases expresan desacuerdos genuinos. Otras veces pueden convertirse en maneras de eludir hechos, compromisos y consecuencias.
Imaginemos a alguien que ha mentido deliberadamente a su pareja. Puede explicar sus motivos, hablar de sus temores e incluso considerar que actuó buscando evitar un conflicto. Todo eso merece ser examinado. Pero ninguna de esas explicaciones convierte automáticamente la mentira en algo que no ocurrió. Cuando confundimos comprender una conducta con justificarla, corremos el riesgo de abandonar a quienes padecieron sus consecuencias. La pluralidad de interpretaciones no debería convertirse en una licencia para borrar la realidad del otro.
Dialogar no es repartir verdades para que nadie se incomode
Karl Popper defendió una actitud racional fundada en la posibilidad de reconocer nuestros errores. Su propuesta puede resumirse en una idea sencilla: yo puedo estar equivocado, tú puedes tener razón y, si examinamos juntos nuestros argumentos, quizá logremos acercarnos a la verdad. Lo interesante de esta posición es que no exige renunciar a nuestras convicciones. Podemos defenderlas con firmeza y, al mismo tiempo, admitir que podrían necesitar correcciones. Esa es una diferencia enorme entre el diálogo y la simple coexistencia de opiniones.
Dialogar no consiste en que cada persona exponga su verdad, reciba un aplauso y regrese a casa exactamente como llegó. Consiste en encontrarnos con argumentos capaces de modificar nuestra comprensión. En escuchar no solamente para responder, sino para descubrir aquello que todavía no habíamos considerado. Por eso la pluralidad es tan valiosa. No porque multiplique indefinidamente las verdades hasta volver imposible cualquier desacuerdo, sino porque nos permite examinar la realidad desde perspectivas que una sola persona difícilmente podría abarcar.
Hay preguntas que admiten respuestas comprobables; otras involucran valores en conflicto, experiencias irrepetibles o problemas para los que todavía no disponemos de una solución definitiva. Reconocer estas diferencias también forma parte del pensamiento riguroso. Buscar la verdad no significa fingir que todas las preguntas son fáciles ni que toda discusión debe terminar con un vencedor. Significa conservar la disposición a aprender. Quizá una de las formas más hermosas de respeto intelectual consista en decirle a alguien: «Te escucho porque considero que puedes enseñarme algo, pero también porque creo que ambos merecemos buscar algo mejor que la simple confirmación de nuestras creencias».
Reflexión final
Me preocupa que, en nombre de una tolerancia mal comprendida, terminemos renunciando a una de nuestras capacidades más importantes: reconocer que podemos estar equivocados. La subjetividad merece ser escuchada. Las experiencias personales importan. La diversidad de pensamiento enriquece nuestra comprensión del mundo. Pero nada de esto exige convertir cada creencia en una verdad intocable. No somos menos libres porque la realidad pueda contradecirnos. Tampoco perdemos dignidad cuando descubrimos que una opinión nuestra era equivocada. Al contrario: la posibilidad de corregirnos es una de las expresiones más valiosas de nuestra libertad.
Quizá el problema no sea que existan demasiadas perspectivas, sino que algunas hayan dejado de querer encontrarse con algo distinto de sí mismas. Porque si todo lo que creemos debe ser verdadero simplemente porque lo creemos, ¿qué sentido tendría investigar, preguntar, escuchar o aprender? Y si nadie puede cuestionar nuestras afirmaciones, ¿quién podrá ayudarnos cuando estemos profundamente equivocados?
No necesitamos personas que piensen exactamente como nosotros. Necesitamos personas capaces de conversar, disentir, argumentar y reconocer que la realidad es demasiado importante para dejarla encerrada en nuestras preferencias. La verdad no deja de existir porque nos incomode. Y quizá nuestra libertad comience precisamente cuando dejamos de exigirle que se parezca a nosotros.
¿Alguna vez descubrieron que una convicción muy importante para ustedes estaba equivocada? ¿Qué cambió después de reconocerlo? Me encantará leer sus reflexiones y continuar esta conversación. Si la entrada les resultó interesante, pueden compartirla, encontrarme en Instagram como @hchp1 o escribirme mediante la sección Contacto de Crónicas del Diván.
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