«El hombre no es verdaderamente uno, sino verdaderamente dos».
— Robert Louis Stevenson
Queridos(as) lectores(as):
Halloween tiene algo maravilloso: durante una noche, millones de personas se esfuerzan por parecer lo que no son. Algunos se convierten en vampiros, otros en fantasmas y unos cuantos aprovechan para representar personajes que jamás se atreverían a interpretar en su vida cotidiana. Lo curioso es que, cuando termina la fiesta, no todos se quitan el disfraz. Hay quienes llevan años vestidos de indiferencia, personas que esconden una profunda tristeza detrás de una sonrisa impecable y otras que han aprendido a representar tan bien el papel de alguien exitoso, fuerte o admirable que quizá ya no recuerdan cuándo comenzaron a interpretarlo. Y no siempre lo hacen deliberadamente. A veces nos acostumbramos tanto a la imagen que ofrecemos al mundo que terminamos confundiéndola con nuestra propia identidad.
Siempre me ha interesado el terror porque, más allá de sus monstruos y apariciones, nos permite acercarnos a aspectos de nuestra existencia que preferimos mantener ocultos. Los fantasmas, los dobles y las criaturas que habitan los relatos góticos no solamente representan peligros exteriores; también pueden convertirse en imágenes de nuestros deseos, conflictos y temores. Quizá por eso algunas historias siguen inquietándonos muchos años después de haber sido escritas. Sus monstruos cambian de apariencia, pero las preguntas que despiertan permanecen. ¿Qué intentamos ocultar cuando nos presentamos ante los demás? ¿Cuánto de nuestra personalidad responde a quienes somos y cuánto a lo que necesitamos aparentar para sentirnos aceptados? Y, sobre todo, ¿qué sucedería si alguien pudiera mirar detrás de nuestras máscaras?
El baile de quienes no quieren mirar
En La máscara de la Muerte Roja (1842), Edgar Allan Poe nos presenta al príncipe Próspero, quien decide refugiarse con sus invitados en una abadía mientras una epidemia devastadora arrasa con el mundo exterior. Convencido de que sus riquezas y sus muros pueden mantenerlo a salvo, organiza un espléndido baile de máscaras. La música, los colores y los disfraces construyen una celebración destinada a ignorar aquello que sucede afuera. Sin embargo, entre los invitados aparece una figura que encarna precisamente lo que todos pretendían evitar. Al final, Poe escribe: «Y las tinieblas, la decadencia y la Muerte Roja ejercieron un dominio ilimitado sobre todo» (La máscara de la Muerte Roja, 1842). Lo verdaderamente aterrador no es solamente la llegada de la muerte, sino descubrir que ninguna de aquellas distracciones había conseguido hacerla desaparecer.
Me pregunto cuántas veces hacemos algo semejante, aunque nuestras fiestas sean mucho menos elegantes que las del príncipe Próspero. Hay quienes llenan cada espacio de su agenda para no encontrarse con su soledad, quienes convierten cualquier conversación dolorosa en una broma y quienes necesitan mostrarse permanentemente ocupados porque detenerse significaría enfrentar preguntas incómodas. No afirmo que trabajar mucho, divertirse o hacer reír sean síntomas de algún conflicto oculto; sería absurdo reducir comportamientos tan comunes a una interpretación psicológica. Pero sí creo que, en ocasiones, nuestras actividades pueden convertirse en maneras de evitar aquello que nos preocupa. Y como sucede en el relato de Poe, podemos cerrar las puertas, subir el volumen de la música y fingir que nada ocurre. El problema es que lo que nos negamos a mirar no necesariamente desaparece porque hayamos aprendido a ignorarlo.
El monstruo que nos resulta familiar
Sigmund Freud abordó una dimensión fascinante del miedo en Lo ominoso (1919), donde estudia cómo aquello que resulta familiar puede adquirir un carácter inquietante. No siempre tememos a lo desconocido; a veces lo aterrador aparece cuando reconocemos algo que creíamos ajeno a nosotros mismos. Freud escribe que lo ominoso pertenece a aquello terrorífico que remite a lo conocido desde hace mucho tiempo y que alguna vez resultó familiar (Cfr. Lo ominoso, 1919). Esta idea me recuerda al doctor Jekyll, el respetable personaje de Robert Louis Stevenson que intenta separar sus impulsos contradictorios y termina enfrentándose a la terrible figura de Hyde. Su tragedia no consiste simplemente en descubrir que lleva un monstruo dentro, sino en creer que puede desprenderse de una parte de sí mismo sin asumir responsabilidad por ella.
Naturalmente, nuestra vida interior es mucho más compleja que una lucha entre una personalidad buena y otra malvada. Podemos experimentar envidia sin convertirnos en personas envidiosas, sentir hostilidad sin actuar violentamente o descubrir deseos que contradicen nuestros valores. La existencia de esos conflictos no determina nuestra conducta. Lo importante es qué hacemos con ellos. Sin embargo, resulta tentador atribuir siempre nuestras equivocaciones a las circunstancias, a otras personas o a una versión de nosotros que preferimos desconocer. «Yo no soy así», decimos después de reaccionar de una manera que nos avergüenza. Quizá sería más honesto reconocer que también somos capaces de comportarnos así, aunque no queramos repetirlo. El verdadero terror de Jekyll no está en que Hyde sea completamente extraño, sino en descubrir que su monstruo también le pertenece.

Hay personas que se disfrazan de ausencia
No todas las máscaras buscan impresionar. Algunas sirven para proteger una vulnerabilidad que nos cuesta mostrar. Pienso en quienes han aprendido a responder que todo está bien mientras atraviesan una tristeza que no saben compartir; en quienes parecen emocionalmente inaccesibles, aunque quizá temen profundamente volver a ser lastimados; o en aquellas personas que interpretan constantemente el papel de los fuertes porque sienten que nadie estaría dispuesto a sostenerlas si algún día dejaran de serlo. El psicoanalista Donald Winnicott estudió cómo ciertas formas de adaptación pueden llevarnos a desarrollar maneras de presentarnos ante los demás que protegen aspectos más espontáneos de nuestra experiencia (Cfr. La distorsión del yo en términos de self verdadero y falso, 1960). Su planteamiento no significa que toda cortesía o adaptación social sea una mentira, sino que a veces el precio de sentirnos aceptados puede ser alejarnos de aquello que experimentamos genuinamente.
Pero hay otra clase de ausencia que merece nuestra atención: la de quienes permanecen físicamente cerca mientras se retiran de toda responsabilidad afectiva. No todas las distancias esconden una herida y no todas las indiferencias son mecanismos de defensa. En ocasiones también existen decisiones, desinterés y una falta de consideración que no deberíamos romantizar. Comprender que alguien puede tener miedo a la intimidad no significa justificar que lastime continuamente a quienes intentan acercarse. Aun así, me parece importante preguntarnos cuántas personas viven convencidas de que mostrar necesidad, tristeza o ternura las volvería menos valiosas. Tal vez por eso algunas máscaras resultan tan difíciles de abandonar: no solamente ocultan lo que sentimos, también nos protegen del temor a que alguien descubra que necesitamos ser queridos.
El rostro que quisiéramos tener
Oscar Wilde imaginó una de las máscaras más inquietantes de la literatura en El retrato de Dorian Gray (1891). Dorian conserva una apariencia juvenil y hermosa mientras su retrato registra las consecuencias de sus acciones. La distancia entre su imagen pública y su deterioro interior termina convirtiéndose en el verdadero horror de la historia. Cuando finalmente contempla lo que ha llegado a ser, reconoce: «Es el rostro de mi alma». Me parece una escena extraordinaria porque plantea una pregunta que conserva toda su vigencia: ¿qué sucede cuando dedicamos más esfuerzos a parecer admirables que a convertirnos realmente en personas dignas de admiración?
Hoy no necesitamos un retrato sobrenatural para construir una imagen cuidadosamente seleccionada. Podemos mostrar seguridad mientras nos sentimos perdidos, exhibir una felicidad que no experimentamos o presentarnos como personas que ya alcanzaron aquello que todavía desean conseguir. Las redes sociales ofrecen innumerables oportunidades para hacerlo, pero sería ingenuo pensar que inventaron esta costumbre. Mucho antes de Instagram ya existían quienes confundían el prestigio con la virtud y las apariencias con la identidad. Tampoco hay nada malo en aspirar a ser mejores de lo que somos; de hecho, buena parte de nuestra vida consiste en transformarnos. El problema aparece cuando comenzamos a sustituir esa transformación por su representación. Cuando importa más parecer cultos que aprender, parecer buenos que actuar con bondad o parecer felices que preguntarnos honestamente qué está ocurriendo con nuestra vida.
Reflexión final
Quizá lo más inquietante de Halloween no sean sus fantasmas, sino la posibilidad de reconocer que todos llevamos alguna máscara. Algunas nos ayudan a convivir, otras protegen nuestra intimidad y unas cuantas nos permitieron sobrevivir emocionalmente a circunstancias difíciles. No creo que debamos arrancárnoslas indiscriminadamente ni convertir la autenticidad en la obligación de mostrar nuestras heridas a cualquier persona. Tenemos derecho a reservar partes de nuestra historia y a decidir con quién compartirlas. Pero también pienso que merece la pena preguntarnos si aquello que alguna vez nos protegió continúa ayudándonos o si terminó convirtiéndose en una prisión. Porque una cosa es elegir cuándo mostrarnos vulnerables y otra muy distinta es sentir que jamás podremos hacerlo sin perder el cariño o el respeto de los demás.
Mañana, cuando termine Halloween, guardaremos los disfraces, retiraremos las decoraciones y volveremos a nuestras actividades habituales. Los vampiros dejarán de beber sangre imaginaria, los fantasmas regresarán a sus casas y los monstruos tendrán que presentarse puntualmente a trabajar. Pero habrá quienes continúen vestidos de ausencia, de indiferencia, de fortaleza o de una felicidad que no sienten. Y quizá entre ellos estemos nosotros, sin haberlo reconocido todavía. No quisiera terminar invitándolos a descubrir quiénes son realmente, como si debajo de todas nuestras contradicciones existiera una identidad perfecta esperando ser encontrada. Prefiero pensar que conocernos también implica aceptar que estamos cambiando, que tenemos aspectos difíciles de comprender y que no siempre coincidimos con la imagen que deseamos ofrecer. Tal vez el verdadero horror no consista en descubrir lo que escondemos, sino en pasar toda la vida huyendo de ello. Porque en Halloween nos disfrazamos para provocar miedo; el resto del año, muchas veces nos disfrazamos porque tenemos miedo.
¿Y ustedes? ¿Qué máscaras creen que utilizamos con mayor frecuencia para protegernos de los demás o de nosotros mismos? Me encantará conocer sus reflexiones a través de la sección Contacto de este sitio web. También pueden seguirme en Instagram, @hchp1, para continuar la conversación.
