«¡Madrecita, salva a tu pobre hijo!»
— Nikolái Gógol
Queridos(as) lectores(as):
Imaginen que una mañana despiertan y descubren que son los legítimos reyes de España. No tienen un palacio, una corona ni la menor idea de cómo administrar un reino, pero están absolutamente convencidos de que alguien ha cometido un terrible error al no reconocer su verdadera importancia. Después de todo, ¿cómo es posible que una persona tan extraordinaria haya pasado tantos años trabajando en una oficina, soportando a sus superiores y sintiéndose insignificante? Algo parecido le sucede a Aksenti Ivánovich Poprishchin, protagonista de Diario de un loco, el extraordinario relato de Nikolái Gógol publicado en 1835. Un funcionario de escasa categoría, enamorado de la hija de su director y obsesionado con las diferencias de rango, comienza a registrar en su diario acontecimientos cada vez más extraños: perros que mantienen correspondencia, conversaciones imposibles y fechas que desafían cualquier calendario. Finalmente, descubre su verdadera identidad: es Fernando VIII, rey de España.
Podríamos pensar que estamos ante una historia sobre un hombre que pierde la razón. Y ciertamente lo estamos. Pero Gógol tiene una virtud particularmente incómoda: mientras nos hace sonreír ante las extravagancias de su protagonista, nos obliga a observar el mundo que lo rodea. Porque Poprishchin no solamente desea escapar de su insignificancia; desea convertirse en alguien importante según las mismas reglas de una sociedad que lo desprecia. Y aquí comienza nuestra conversación: ¿cuántas de nuestras aspiraciones nacen de aquello que verdaderamente deseamos y cuántas del miedo a no ser nadie ante los ojos de los demás?
La terrible desgracia de no ser importante
Poprishchin vive en una sociedad profundamente jerarquizada. Los cargos, los títulos y las relaciones sociales determinan quién merece consideración y quién debe limitarse a obedecer. Nuestro protagonista conoce perfectamente su posición y la detesta. Admira a quienes están por encima de él, desprecia a quienes considera inferiores y sueña con alcanzar una grandeza que finalmente obligue a los demás a reconocerlo. Lo curioso es que nunca cuestiona seriamente las reglas del juego. No imagina un mundo donde las personas tengan dignidad independientemente de sus cargos. Imagina uno donde él pueda ocupar el cargo más alto. Aquí podemos acercarnos a Hegel, quien escribió: «La autoconciencia es en y para sí en cuanto que y porque es en y para sí para otra autoconciencia; es decir, sólo es en cuanto se la reconoce» (Fenomenología del espíritu, 1807).
Aunque la formulación parezca complicada, su importancia es enorme. Hegel nos permite pensar que nuestra identidad no se construye completamente aislada: también necesitamos encontrarnos con otros que nos reconozcan. No basta con existir como objetos entre objetos; queremos ser reconocidos como sujetos, como personas capaces de pensar, desear y actuar. El problema de Poprishchin no es que necesite reconocimiento. Todos lo necesitamos de alguna manera. Su tragedia consiste en haber confundido ese reconocimiento con la superioridad social. Y quizá aquí podamos reconocernos un poco. Hoy ya no necesitamos pertenecer a la nobleza rusa para sentirnos inferiores. Basta con abrir Instagram y descubrir que alguien de nuestra edad tiene una casa más bonita, un automóvil más caro, un cuerpo más atractivo o unas vacaciones que nosotros apenas podemos imaginar. Tampoco necesitamos trabajar en una oficina imperial para sentir que nuestro valor depende de un puesto, un título profesional o la cantidad de dinero que ganamos. No estoy diciendo que aspirar a una vida mejor sea equivocado. El problema aparece cuando confundimos nuestras circunstancias con nuestra dignidad y comenzamos a creer que, mientras no alcancemos cierta posición, todavía no somos suficientemente valiosos.
Cuando el yo necesita inventarse una grandeza
El psicoanálisis nos permite observar otra dimensión del relato. Freud escribió: «Lo que él proyecta frente a sí como su ideal es el sustituto del narcisismo perdido de su infancia, en la que él fue su propio ideal» (Introducción del narcisismo, 1914). Para comprenderlo, pensemos en el Ideal del Yo como una referencia de aquello que aspiramos a ser. Durante nuestra vida incorporamos expectativas, modelos y exigencias provenientes de las personas y los entornos que nos rodean. Algunos ideales nos impulsan a desarrollarnos; otros pueden convertirse en una fuente permanente de insatisfacción. Poprishchin parece incapaz de encontrar valor en la persona que es. Su identidad cotidiana resulta insoportable frente a la imagen grandiosa de aquello que cree que debería llegar a ser. Y cuando su experiencia de la realidad comienza a desorganizarse, aparece una identidad que resuelve imaginariamente esa contradicción: ya no es un funcionario despreciado, sino un monarca al que todos deberían rendir honores.
Debemos hacer aquí una distinción importante. No estamos diagnosticando retrospectivamente a Poprishchin ni afirmando que los delirios sean consecuencia de una autoestima lastimada. Estamos leyendo una obra literaria y explorando el significado de sus imágenes. El sufrimiento psíquico es mucho más complejo y merece una comprensión clínica rigurosa. Pero, como recurso literario, la transformación resulta extraordinaria: el hombre que se sentía inferior encuentra una identidad que lo coloca por encima de todos. Algo de esta tensión aparece también en Walter White, protagonista de Breaking Bad (2008-2013). Aunque sus circunstancias y sus decisiones son muy diferentes, Walter descubre progresivamente que el reconocimiento de su poder importa tanto como aquello que inicialmente decía perseguir. Su identidad como Heisenberg le permite representar una grandeza que siente negada en su vida ordinaria.
Ambos personajes nos plantean una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando dejamos de querer mejorar nuestra vida y comenzamos a necesitar una identidad extraordinaria para soportarla? Porque no siempre necesitamos proclamarnos reyes o convertirnos en temidos personajes para vivir atrapados en esa exigencia. A veces basta con construir una versión impecable de nosotros mismos y sentir que la persona real nunca estará a su altura.
Los perros hablan, pero nadie escucha
Uno de los elementos más divertidos de Diario de un loco es la correspondencia entre dos perros. Poprishchin cree descubrir que los animales pueden escribir cartas y, a través de ellas, intenta conocer los secretos de la familia de su director y de la mujer que le interesa. La escena es absurda, pero también revela algo importante: nuestro protagonista está tan preocupado por lo que otros piensan de él que incluso termina buscando respuestas en conversaciones imposibles. Y aquí conviene detenernos. ¿Cuánto tiempo dedicamos a imaginar lo que los demás piensan de nosotros? Interpretamos silencios, gestos, mensajes que no llegaron, publicaciones que alguien vio sin reaccionar. Construimos historias completas a partir de indicios mínimos y, en ocasiones, terminamos sufriendo más por nuestras interpretaciones que por aquello que efectivamente ocurrió.
Esto no significa que nuestras inseguridades sean equivalentes a las experiencias delirantes del personaje. Significa que Gógol encuentra una manera extraordinaria de representar una preocupación profundamente humana: la dificultad de vivir cuando nuestra identidad depende excesivamente de una mirada ajena que nunca podemos controlar por completo. Erich Fromm escribió: «El hombre moderno se ha transformado en una mercancía; experimenta su energía vital como una inversión con la que debe obtener el máximo beneficio» (El arte de amar, 1956). Fromm cuestiona una forma de vida en la que las personas terminan evaluándose mediante criterios semejantes a los del mercado. Importamos en la medida en que resultamos atractivos, exitosos, útiles o deseables. Y aunque su reflexión pertenece a otro contexto histórico, resulta difícil no encontrar ecos de ella en una época donde incluso nuestra personalidad puede convertirse en una marca.
Nos presentamos, nos promocionamos, administramos nuestra imagen y medimos la respuesta que obtenemos. A veces parece que estamos más preocupados por demostrar que vivimos una buena vida que por disfrutarla. Poprishchin necesitaba un título nobiliario. Nosotros podemos necesitar una insignia de verificación, miles de seguidores o una biografía profesional impresionante. Las diferencias son enormes, pero la pregunta permanece: ¿qué ocurre cuando nuestra existencia se convierte en una solicitud permanente de aprobación?

La risa que termina por dolernos
Gógol no escribió únicamente una sátira sobre la vanidad. Conforme avanza el relato, la extravagancia deja paso al sufrimiento. Poprishchin termina recluido en una institución donde es sometido a malos tratos. Su supuesta condición de rey no consigue protegerlo de la violencia ni de la desesperación. Y entonces ocurre algo conmovedor. El hombre que se había proclamado monarca deja de hablar como alguien poderoso y suplica: «¡Madrecita, salva a tu pobre hijo!» (Diario de un loco, 1835). De pronto, la historia cambia de tono. Ya no tenemos frente a nosotros a un personaje ridículo del que resulta sencillo burlarse. Tenemos a un ser humano que sufre y que pide ayuda.
Ese momento me parece uno de los más importantes del relato porque nos obliga a reconsiderar nuestra posición como lectores. ¿En qué momento dejamos de reírnos? ¿Cuándo comenzamos a sentir compasión? ¿Por qué fue necesario contemplar su sufrimiento para reconocer algo de su humanidad? Y aquí aparece una crítica social que trasciende el siglo XIX. Todavía podemos encontrar personas que son tratadas como si su valor dependiera de su productividad, su posición económica, su apariencia o su capacidad de comportarse conforme a nuestras expectativas. Quien no encaja puede convertirse fácilmente en objeto de burla, rechazo o indiferencia.
No necesitamos compartir las creencias de alguien para reconocer su sufrimiento. Tampoco necesitamos comprender por completo su experiencia para tratarlo con dignidad. Quizá una de las preguntas más importantes que Gógol nos deja sea precisamente esa: ¿por qué nos resulta tan sencillo reconocer a una persona cuando triunfa y tan difícil hacerlo cuando se encuentra derrotada?
Reflexión final
Poprishchin quería ser alguien. Y en su desesperación terminó imaginando que era rey de España. Pero hay algo profundamente triste en su fantasía: incluso cuando intenta escapar de la sociedad que lo humilla, continúa obedeciendo sus valores. No sueña con un mundo más humano, sino con ocupar el lugar de quienes antes lo despreciaban. Tal vez esa sea la parte más inquietante de Diario de un loco. Gógol no solamente nos muestra a un hombre cuya relación con la realidad se desmorona; también nos presenta una sociedad donde la importancia de una persona parece depender de cuánto poder posee sobre las demás.
Nosotros no somos Poprishchin. Y sería injusto utilizar su sufrimiento como una metáfora fácil de nuestras inseguridades. Sin embargo, podemos preguntarnos cuánto de nuestra vida dedicamos a perseguir ideales que nunca elegimos verdaderamente. Cuántas veces hemos confundido reconocimiento con admiración, dignidad con prestigio y felicidad con éxito. No hay nada malo en querer crecer, alcanzar nuestras metas o sentirnos orgullosos de lo que hemos conseguido. Pero nuestra vida no comienza a valer cuando alguien nos entrega un título, nos concede un ascenso o nos mira con admiración.
Quizá la libertad comience cuando descubrimos que podemos aspirar a ser mejores sin necesitar despreciar a quienes somos ahora. Porque, después de todo, no todos queremos ser reyes de España, pero demasiadas veces hemos vivido como si ser simplemente nosotros no fuera suficiente. Y antes de preguntarnos qué debemos conseguir para convertirnos finalmente en alguien, quizá valga la pena formular una pregunta mucho más incómoda: ¿quién nos convenció de que todavía no lo éramos?
¿Alguna vez han sentido que sus logros, su apariencia o la aprobación de los demás determinaban cuánto valían? Me encantará leer sus reflexiones en los comentarios. Si esta entrada les hizo pensar en alguien, pueden compartirla y continuar la conversación. También pueden encontrarme en Instagram como @hchp1 o escribirme mediante la sección Contacto de Crónicas del Diván si desean conversar sobre un proceso de acompañamiento psicoanalítico.
Gracias por acompañarme una vez más. Nos seguimos leyendo…
