Ya no soportamos nada

“La capacidad de estar a solas es la capacidad de amar».

— Donald W. Winnicott

Queridos(as) lectores(as):

Hace algunos años, cuando estudiaba Filosofía en la Universidad, uno de mis profesores —el Dr. Fernando Galindo— dijo una frase que se me quedó grabada con una fuerza extraña. Lo recuerdo perfectamente frente al grupo, con esa mezcla de serenidad y comedia que tienen algunos maestros que no sólo enseñan materias, sino maneras de mirar la vida. En medio de una clase particularmente pesada, mientras discutíamos textos difíciles, cansancio acumulado y exámenes que parecían no terminar nunca, dijo algo aparentemente simple: “La Filosofía nos sirve para lidiar con la frustración”. En ese momento muchos sonrieron con resignación. Otros seguimos tomando apuntes. Pero con los años he entendido que aquella frase encerraba algo muchísimo más profundo de lo que parecía. Porque gran parte del sufrimiento contemporáneo no proviene únicamente del dolor real, sino de la incapacidad creciente para tolerarlo. Vivimos en una época que nos prometió comodidad emocional permanente, satisfacción inmediata y validación constante. Y cuando la realidad inevitablemente contradice esa fantasía, muchísimas personas se derrumban.

Hoy vemos adultos incapaces de soportar un rechazo amoroso, una crítica, el aburrimiento, el silencio, la espera, la contradicción o incluso la simple sensación de no sentirse especiales. Personas que interpretan cualquier límite como agresión y cualquier frustración como trauma irreversible. Basta mirar las redes sociales para encontrar individuos que viven emocionalmente al borde del colapso porque alguien los dejó en visto, porque una relación terminó o porque el mundo no respondió exactamente como esperaban. Y no, esto no significa negar el sufrimiento humano ni burlarse de la fragilidad. Todo lo contrario. Significa preguntarnos seriamente qué clase de sujetos estamos formando cuando educamos personas convencidas de que la vida debería adaptarse constantemente a sus emociones. Porque quizá uno de los grandes problemas contemporáneos es que estamos criando adultos que nunca aprendieron a tolerar que el mundo también dice “no”.

La cultura que convirtió toda incomodidad en tragedia

En muchos espacios actuales parece haberse instalado la idea de que cualquier malestar debe eliminarse inmediatamente. La tristeza debe anestesiarse. El aburrimiento debe llenarse. La espera debe evitarse. El conflicto debe bloquearse. Y el dolor debe desaparecer lo antes posible, como si sentir incomodidad fuese una falla intolerable del sistema. Gilles Lipovetsky advirtió algo muy interesante al respecto cuando escribió que “cuanto más se afirman el bienestar y el confort, más intolerables se vuelven las pequeñas contrariedades de la existencia” (La era del vacío, 1983). Es decir: mientras más acostumbrada está una sociedad a la gratificación inmediata, menos herramientas desarrolla para enfrentar el límite. Paradójicamente, la cultura que más habla de bienestar parece también una de las más incapaces de tolerar el sufrimiento cotidiano.

Esto puede verse con claridad en redes sociales, donde muchas veces se confunde salud mental con evitación absoluta del conflicto. Hay personas que bloquean a cualquiera que las contradiga, rompen vínculos ante la mínima incomodidad o interpretan cualquier desacuerdo como violencia emocional. La conversación desaparece y sólo queda la necesidad desesperada de sentirse permanentemente validado. La serie Black Mirror retrata muy bien esta fragilidad contemporánea, especialmente en el episodio “Nosedive”, donde toda la vida emocional y social gira alrededor de la aprobación inmediata de los demás. La protagonista se desmorona psicológicamente cuando la validación externa comienza a desaparecer. Y quizá por eso el episodio resulta tan incómodo: porque muestra algo real. Muchísimas personas ya no saben quiénes son cuando dejan de recibir aprobación constante.

Padres que quisieron evitar todo dolor

Uno de los fenómenos más delicados de nuestra época es la sobreprotección emocional. Padres y madres que, movidos muchas veces por amor genuino, intentan evitarles cualquier sufrimiento a sus hijos(as). Les resuelven conflictos, justifican cualquier conducta, eliminan consecuencias y convierten la frustración en algo casi prohibido. Françoise Dolto insistía en que los niños necesitan límites y verdad para estructurarse psíquicamente. Amar no significa construir un mundo sin frustración, sino ayudar al niño a desarrollar herramientas para habitarlo. Porque crecer implica descubrir que no siempre obtendremos lo que queremos, cuando queremos y como queremos. Algo parecido aparece en el episodio “Arkangel” de Black Mirror, donde una madre intenta controlar absolutamente todo aquello que pueda hacer sufrir a su hija. El resultado no es una persona más sana, sino alguien emocionalmente incapaz de enfrentar la realidad. La serie exagera tecnológicamente el problema, sí, pero toca una herida muy contemporánea: la obsesión por eliminar toda experiencia dolorosa de la vida.

Bruno Bettelheim explicaba en Psicoanálisis de los cuentos de hadas (1976) que los cuentos tradicionales eran importantes precisamente porque introducían simbólicamente el miedo, la pérdida, el abandono y la dificultad. Los niños comprendían, a través de esas historias, que la vida contiene oscuridad, pero que también puede atravesarse. Hoy, en cambio, muchas veces queremos ofrecer relatos completamente esterilizados emocionalmente. Y quizá ahí comienza parte del problema: una generación educada para creer que toda frustración es injusta termina entrando al mundo real sin defensas emocionales suficientes. Porque el mundo, tarde o temprano, contradice nuestros deseos.

La dopamina inmediata y el terror al vacío

Nunca habíamos tenido tanto entretenimiento disponible y, al mismo tiempo, tanta incapacidad para estar quietos. Muchas personas ya no soportan el silencio. Necesitan música constante, videos constantes, notificaciones constantes, conversaciones constantes. Como si quedarse a solas con uno mismo fuera insoportable. El problema no es tecnológico únicamente. Es existencial. Christopher Lasch describió en La cultura del narcisismo (1979) una sociedad obsesionada con la validación, la gratificación instantánea y la dependencia emocional respecto de la mirada ajena. Lo inquietante es que muchas de sus observaciones parecen describir perfectamente el funcionamiento emocional de las redes sociales décadas después. La película El club de la pelea (Fight Club, 1999) retrata de forma brutal esta sensación de vacío moderno cuando Tyler Durden afirma: “Somos los hijos malditos de la Historia… sin propósito ni lugar”. Más allá de la violencia de la película, hay una intuición poderosa: una generación educada entre fantasías de éxito ilimitado termina estrellándose contra una realidad incapaz de sostener esas promesas.

Algo parecido ocurre en Euphoria, donde muchos personajes viven atrapados entre ansiedad, placer inmediato y vacío emocional profundo. No saben esperar. No saben elaborar. No saben detenerse. Sólo saben anestesiarse momentáneamente. Y aunque la serie exagera ciertos elementos, logra mostrar algo muy real: una juventud aterrorizada por sentir. El problema es que toda anestesia emocional tiene fecha de vencimiento. Tarde o temprano el vacío vuelve. Y cuando una persona jamás aprendió a tolerar frustración, silencio o incertidumbre, cualquier crisis termina sintiéndose como el fin del mundo.

Madurar también es aprender a no romperse cada vez que la vida dice “no”.

Confundimos sensibilidad con fragilidad

Hay algo profundamente triste en la manera en que hoy se interpreta la sensibilidad humana. Pareciera que ser sensible significa derrumbarse ante cualquier dificultad. Pero históricamente no era así. Las personas más sensibles de la Literatura, la Filosofía o el Arte no eran necesariamente las más frágiles. Muchas veces eran justamente quienes podían mirar el sufrimiento sin negar su existencia. Rollo May escribió que “la madurez consiste en aprender a soportar la ansiedad sin huir de ella” (El significado de la ansiedad, 1950). Esa frase me parece fundamental para entender nuestro tiempo. Porque actualmente muchas personas no buscan comprender sus emociones: buscan no sentirlas nunca. La película Intensamente 2 (Inside Out 2, 2024) muestra algo muy interesante al respecto. La ansiedad aparece cuando el personaje intenta controlar absolutamente todo para evitar el dolor o el fracaso. Y aunque la película mantiene un tono accesible, toca una verdad psicológica importante: crecer implica aceptar que no podemos controlar completamente cómo nos verá el mundo.

También pienso mucho en Whiplash (2014) y en la enorme incomodidad que provoca. Porque obliga a preguntarnos algo que nuestra época detesta: ¿toda exigencia es violencia? ¿Todo límite es abuso? Evidentemente existen formas destructivas de presión, pero también es cierto que cualquier proceso serio de crecimiento implica frustración, disciplina y confrontación con nuestras propias limitaciones. Hannah Arendt decía que pensar es peligroso porque rompe certezas. Y quizá por eso muchas personas prefieren vivir rodeadas únicamente de ideas que las hagan sentirse cómodas. Pero una vida donde jamás somos contradichos no nos hace más libres: nos hace más débiles.

Aprender a frustrarse también es aprender a vivir

Quizá una de las cosas más importantes que deberíamos recuperar culturalmente es la capacidad de soportar el límite sin desintegrarnos emocionalmente. Entender que el dolor no siempre destruye. Que la incomodidad no siempre traumatiza. Que el rechazo no necesariamente nos invalida como personas. Alain de Botton ha insistido en que gran parte de nuestra angustia proviene de expectativas irreales sobre la felicidad. Esperamos relaciones perfectas, éxito constante, reconocimiento continuo y estabilidad emocional permanente. Pero la vida humana nunca ha funcionado así.

Pienso también en Un mundo feliz (Brave New World, 1932) de Aldous Huxley. En esa novela, la sociedad elimina prácticamente todo dolor mediante entretenimiento, consumo y placer inmediato. El resultado no es una humanidad más plena, sino una profundamente vacía. Una sociedad incapaz de mirar el sufrimiento termina también incapaz de comprender la profundidad del amor, del sacrificio o del sentido. Y quizá por eso sigo recordando aquella frase del Dr. Fernando Galindo tantos años después. “La Filosofía nos sirve para lidiar con la frustración”. Porque leer, pensar, amar, trabajar, crear, creer, vivir… todo implica frustración. Nadie madura evitando permanentemente el dolor. Maduramos cuando aprendemos a atravesarlo sin perder completamente el alma.

Reflexión final

Queridos(as) lectores(as), tal vez uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo sea volver a enseñar algo que antes parecía obvio: que la vida no siempre concede lo que deseamos. Y aun así, puede seguir siendo hermosa. Porque el problema no es sufrir. El problema es haber crecido creyendo que jamás tendríamos que hacerlo.


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La frustrante frustración

Queridos(as) lectores(as):

Espero que sea el inicio de un gran año para todos nosotros y que logremos lo posible. Como ya saben, he empezado a hacer dinámicas en mi cuenta de Instagram (@HCHP1) para ver sobre qué temas les gustaría que abordáramos en nuestros encuentros, y siguiendo con ello, pidieron que les hablara sobre la tolerancia a la frustración. ¿Qué es exactamente la frustración? Pero, más importante, ¿por qué nos frustramos?

Empecemos por conocer la etimología, que quienes ya están acostumbrados a la lectura de esta página, saben y comprenden que siempre es clave para poder entender las nociones. Viene del latín frustratio, frustrationis, que nos dice que se trata de llevar a alguien al error, a la decepción y/o a la equivocación. A su vez es nombre de acción y efecto del verbo frustrare, que es equivocar, estar engañados, tergiversar), pero su derivación viene del adverbio frustra, que es aquello que es vano o inútil.

Tiempos y resultados

Justo hace unos días platicaba con unos amigos sobre cuando éramos niños y teníamos que ir con nuestras madres a la estética, al banco, al médico o a cualquier lugar que supusiera tener que esperarlas. Lo que bien podría ser cuestión de minutos o quizá una hora a lo mucho, para un niño puede tratarse de una eternidad. Albert Einstein explicaba la relatividad del tiempo, y los niños lo comprobaban. Y es que las acciones eran totalmente distintas: por un lado, el lapso de tiempo era diferente para la madre que se ocupaba y el niño que esperaba. La acción es el quehacer, la espera es el no-quehacer. Por eso es que en aquellas épocas, las madres solían advertir a los niños que llevaran algo (un juguete, un libro, colores, etc.) para que se entretuvieran «en lo que esperaban». Claramente hay generaciones cuyas elecciones eran diametralmente distintas, ya que en algunos casos existía el privilegio de llevar videojuegos. Pobre del niño que olvidara su divertimento en casa. La desesperación se volvía una sentencia, y sólo quedaba «esperar desesperados». En cierta medida, esas generaciones nos fuimos preparando de manera inconsciente a resistir y aguantar la frustración de no poder hacer nada más. Sin embargo, de un modo u otro, los niños se las arreglaban con algo que veremos más adelante…

Hoy en día, la tecnología y las nuevas crianzas, aseguran que un niño de privilegios no se aburra, no se desespere, pues se les da el celular, la tablet o algún otro dispositivo digital para que «no estén molestando» y en esto está la clave para entender un rompimiento relacional de los padres con sus hijos. Solemos ver que la interacción empieza a quebrarse, y las pantallas dividen, separan, teniéndolos de frente. Pero, ¿qué pasa si no hay con qué entretener a los peques? Ya hablamos de dos desesperaciones distintas y el malestar se agiganta. La frustración deriva entonces en el fracaso, en el «no hay de otra, pero, ¡exijo que haya de otra!». Y la realidad es que sí la hay, pero resulta inconveniente que los niños (y muchos adultos) ya no cuentan con un factor que generaciones atrás sí: la imaginación. Y los problemas, ridículos pero en demasía incómodos, se vuelven enormes.

Vivir el momento tal y como es

Hay que tener claro algo: cuando las cosas no salen como las esperamos, nos frustramos. Es perfectamente entendible y, por qué no, natural. Un profesor en la carrera nos decía que «la Filosofía es una herramienta para lidiar con la frustración». ¿A qué se refería con ello? Primero hay que recordar que la Filosofía precisamente es un modo de vivir. Eso de «mi filosofía de vida» es una narrativa posmoderna que pretende que suene muy profundo el decir «yo vivo así». Nada más. Pero resulta muy frustrante cuando ese «modo de vivir» no da resultados realmente buenos. En fin, no entraré en esa discusión en este encuentro. Poder lidiar con la frustración es entender que NO ES TODO, que se trata de un momento y de una situación que NO DETERMINA lo demás. Pero, cuidado, no caigamos en la terquedad de tener ese pensamiento mágico de «si niego la frustración, no existe». Por favor, no lo hagamos.

El primer paso para lidiar con la frustración es aceptarla. Ya que de no hacerlo, caemos en un círculo vicioso de intento de auto-superación que lo único que genera es más y más frustración sin poder salir de ello. Como todo sentimiento, la frustración debe saberse controlar y administrar. Segundo, hay que evitar a toda costa ver cosas donde no hay, es decir, cuidado con la expectativa. Muchas veces pecamos de un optimismo o de una negatividad tal que los llevamos al extremo. Hay que abrazar la idea de que las cosas son como son (ojo: no como deben ser, porque eso es comprar una cierta expectativa y negar toda posibilidad de cambio).

Aquí la pregunta que debemos hacernos es: ¿de qué manera VIVIMOS las cosas? Cuando aprendemos a lidiar con lo que no podemos controlar (al menos no del todo), logramos convertirnos en observadores en lugar de ser simplemente los sujetos pacientes de las mismas. Por poner un ejemplo: cuando vamos manejando y hay mucho tráfico, en ese momento, ¿qué podemos hacer? Tocar el claxon de manera desesperada, decir una y otra grosería, no hará que los demás coches desaparezcan de manera mágica. Lo único que queda es aceptar lo que está sucediendo, quizá poner algo de música que nos ayude a relajarnos, aprovechar y hacer alguna llamada, etc. ¿De qué manera vivimos el momento? Se trata de aceptar y reconocer que hay cosas, momentos, personas, que no podemos controlar sin más. Pero a nosotros mismos sí y ver qué está en nuestras manos para lograr otras cosas. ¿Qué vida ponen a su tiempo?

Ejercitar la virtud

La frustración es un sentimiento que sólo empeora la condición. Es por ello que a nuestro rescate vienen las virtudes, mismas que solemos olvidar o que nos hacen olvidar. Virtudes tales como la paciencia, la prudencia, la amabilidad y, por qué no decirlo, incluso la caridad, son las que más nos pueden ayudar en los tremendos momentos de frustración. Hay que aprender a anticiparnos a las cosas, pero sobre todo, darnos cuenta que siempre hay algo que podemos hacer para ayudarnos en momentos complicados. Y no olvidar, sobre todo, que no estamos solos, siempre podemos contar con algún familiar, algún amigo, pero también con profesionales de la salud mental realmente capacitados.

Ejercitar la virtud es lograr apuntalar hacia la meta que no es otra que aprender a encontrar calma en medio de la tormenta. La frustración es un engaño en sí mismo, es un pensamiento que se empecina en nublarnos la mente. De hecho, también hay que aprender a decir «hasta aquí», en sentido de que muchas veces estamos muy sumidos en cosas que nos estresan y frustran. ¿Por qué no poner pausa? Salirse a caminar un rato, leer un libro, ver alguna serie, relajarse, hacer algo de meditación, orar, platicar con algún amigo, comer algo rico, etc. No sé… imaginar es gratis…