Amar después del hechizo

«Amar no es mirarse el uno al otro; es mirar juntos en la misma dirección».

— Antoine de Saint-Exupéry

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo profundamente seductor en las historias de amor que nos contaron cuando éramos pequeños. No necesariamente porque creyéramos que algún día conoceríamos a una princesa, un príncipe o un hada madrina, sino porque aquellas historias ofrecían una tranquilidad difícil de encontrar en la vida adulta: los personajes eran reconocibles, sus intenciones terminaban por revelarse y, después de superar las dificultades, el amor encontraba su lugar definitivo. Bastaba con que llegara la persona indicada para que todo comenzara a tener sentido.

Con el tiempo descubrimos que las relaciones no funcionan exactamente así. Quien nos enamora también puede decepcionarnos; alguien que nos ha hecho daño puede tener cualidades extraordinarias; nosotros mismos podemos ser amorosos en ciertos momentos y profundamente torpes en otros. Sin embargo, una parte de nosotros continúa esperando que el amor verdadero se parezca a una historia en la que los buenos siempre actúan bien, los malos nunca dejan de serlo y la persona amada sabe, casi por arte de magia, qué necesitamos. Quizá dejar de idealizar una relación no consista en renunciar a la belleza de las historias de amor, sino en comprender que una persona real no fue escrita para interpretar el papel que imaginamos para ella.

El personaje que inventamos

Cuando comenzamos a enamorarnos, no conocemos de inmediato a la otra persona. Conocemos sus gestos, algunas historias, ciertas maneras de mirarnos y aquello que decide compartir con nosotros. Lo demás lo vamos descubriendo, pero también lo imaginamos. Una conversación puede hacernos pensar que por fin encontramos a alguien que nos comprende; una muestra de ternura puede convertirse en la promesa de que nunca nos lastimará; una coincidencia puede parecernos la prueba de que estábamos destinados a encontrarnos. No hay nada extraño en ello. El enamoramiento también está hecho de expectativas, fantasías y deseos. El problema aparece cuando dejamos de reconocerlos como nuestros y comenzamos a exigir que la otra persona responda a ellos como si hubiera firmado un contrato que nunca leyó.

En Introducción del narcisismo (1914), Freud escribió: «Se ama a lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar el ideal». La observación nos permite pensar que, en ocasiones, aquello que nos deslumbra de alguien no es únicamente lo que esa persona es, sino lo que representa para nosotros: la seguridad que anhelamos, la confianza que quisiéramos tener, la vida que imaginamos compartir o incluso una versión de nosotros mismos que deseamos alcanzar. Así, sin advertirlo, podemos comenzar a enamorarnos de una promesa que nadie nos hizo. Y cuando la persona real aparece con sus dudas, sus límites y sus contradicciones, sentimos que ha cambiado, que nos ha engañado o que el amor se está terminando. A veces, por supuesto, alguien puede ocultarnos deliberadamente aspectos importantes de su vida. Pero otras veces lo que se rompe no es una mentira del otro, sino la certeza con la que habíamos confundido nuestras propias expectativas.

Nadie es solamente el villano

En una película, un personaje puede existir para cumplir una función muy precisa: ser el héroe que salva, el villano que destruye o la persona destinada a despertar el amor del protagonista. Su historia se organiza alrededor de aquello que necesita la narración. En la vida real, en cambio, nadie cabe por completo en un solo papel. Una persona puede ser un amigo extraordinario y una pareja con la que resulta muy difícil convivir. Puede cuidar amorosamente de su familia y mostrarse incapaz de escuchar a quien tiene enfrente. Puede ser generosa, inteligente, divertida y, al mismo tiempo, actuar con una crueldad que no debemos minimizar. Sus cualidades no borran sus errores; sus errores tampoco nos permiten conocer, de una vez y para siempre, la totalidad de lo que es.

Esto se vuelve especialmente difícil cuando una relación termina. A veces necesitamos convertir al otro en el villano de nuestra historia para sentir que nuestra decisión de alejarnos está justificada. Recordamos entonces sus peores momentos y desconfiamos de cualquier recuerdo agradable, como si reconocer que también hubo ternura invalidara el dolor que vivimos. O hacemos exactamente lo contrario: conservamos sus mejores gestos y los utilizamos para disculpar aquello que nos lastimó.

Pero no tenemos que elegir entre esas dos versiones. Podemos reconocer que alguien nos hizo felices y que también nos hizo daño. Podemos agradecer lo vivido sin desear repetirlo. Podemos comprender sus dificultades sin convertirnos en responsables de resolverlas. Que una persona tenga aspectos maravillosos no significa que sea una buena pareja para nosotros. Y que una relación no haya podido continuar tampoco significa que todo lo que vivimos en ella fuera falso.

El día en que termina la película

Hay un momento particularmente importante en muchas relaciones: aquel en el que dejamos de sorprendernos únicamente por lo que admiramos y comenzamos a encontrarnos con aquello que nos incomoda. Descubrimos que el otro necesita estar a solas cuando nosotros queremos compañía, que no expresa el cariño como esperábamos o que tiene temores que no desaparecen por mucho que lo amemos. Entonces podemos interpretar la diferencia como una falla. Si de verdad me quisiera, pensaría como yo; si fuéramos el uno para el otro, no tendríamos que explicar tantas cosas; si este fuera el amor que esperaba, no debería resultar tan complicado. Son ideas comprensibles, pero pueden convertir cualquier desacuerdo en una amenaza para la relación.

Erich Fromm formuló una pregunta que sigue siendo incómoda: «¿Es el amor un arte?» (El arte de amar, 1956). Su planteamiento nos invita a considerar que amar no depende exclusivamente de encontrar a la persona adecuada, sino también de nuestra disposición a conocer, cuidar y relacionarnos con alguien cuya existencia no gira alrededor de nosotros. Eso no significa que el amor deba ser una lucha permanente ni que tengamos que soportar cualquier dificultad para demostrar que sabemos amar. Significa que dos personas pueden quererse sinceramente y necesitar aprender a comunicarse, negociar sus diferencias y reconocer aquello que cada una puede —o no puede— ofrecer. En los cuentos, el final feliz suele llegar cuando los protagonistas por fin están juntos. En la vida, estar juntos es apenas el comienzo de una historia para la que ninguno recibió un guion.

El hechizo no termina cuando descubrimos que el otro es imperfecto; termina cuando dejamos de amar al personaje y comenzamos a encontrarnos con la persona.

Amar no es justificarlo todo

Aquí conviene detenernos en una confusión que puede resultar dolorosa: aceptar que somos contradictorios no significa que cualquier comportamiento deba ser aceptado en nombre de nuestra humanidad. Es cierto que todos podemos equivocarnos, reaccionar mal, decir algo hiriente o atravesar momentos en los que no sabemos cómo acompañar a quien amamos. Pero también somos responsables de lo que hacemos con esas dificultades. Una cosa es reconocer que alguien tiene una historia que ayuda a comprender sus actos; otra muy distinta es utilizar esa historia para disculpar indefinidamente el daño que causa.

A veces nos enamoramos tanto de las posibilidades de una persona que dejamos de prestar atención a la relación que efectivamente tenemos con ella. Vemos su ternura y pensamos que, cuando resuelva sus problemas, dejará de lastimarnos. Reconocemos su inteligencia y confiamos en que algún día comprenderá lo que necesitamos. Nos aferramos a sus mejores momentos como si fueran una garantía de lo que vendrá. Pero amar a alguien no nos obliga a apostar nuestra vida a la posibilidad de que algún día se convierta en quien necesitamos que sea. Podemos acompañar procesos de cambio cuando existe voluntad compartida, responsabilidad y condiciones para hacerlo. También podemos reconocer que, por mucho cariño que exista, hay relaciones que no podemos o no queremos continuar.

Dejar de idealizar implica mirar a la persona completa, no solamente sus virtudes ni únicamente sus heridas. Y mirarla completa también supone preguntarnos cómo nos sentimos a su lado, qué lugar tienen nuestros deseos y qué sucede cuando expresamos aquello que nos duele.

Después del hechizo

Tal vez por eso resulta tan difícil el momento en que una persona deja de parecernos extraordinaria en todos los sentidos. Sentimos que algo se ha perdido. Ya no anticipa cada una de nuestras necesidades, no siempre encuentra las palabras correctas y tiene días en los que apenas puede ocuparse de sí misma. Su humanidad comienza a hacerse visible allí donde antes habíamos colocado una promesa. Pero ese descubrimiento no tiene por qué ser el final del amor. Puede ser el comienzo de una relación menos dependiente de la fantasía y más interesada en el encuentro. Ahora podemos preguntarle al otro qué desea en lugar de darlo por supuesto; podemos decir lo que necesitamos sin esperar que lo adivine; podemos reconocer nuestras diferencias sin convertirlas inmediatamente en pruebas de desamor.

Y también podemos descubrir que, una vez desaparecida la idealización, no deseamos continuar. Esa posibilidad forma parte del mismo ejercicio de honestidad. Conocer mejor a alguien no nos obliga a elegirlo, así como quererlo no garantiza que podamos construir juntos la vida que deseamos. El amor no se vuelve menos valioso cuando dejamos de exigirle perfección. Quizá, por primera vez, podemos distinguir entre la historia que habíamos imaginado y la que dos personas reales están dispuestas a escribir.

Reflexión final

No necesitamos renunciar al romanticismo, a los detalles inesperados ni a la ilusión de compartir una vida con alguien. Podemos seguir deseando una historia hermosa. Lo que quizá necesitamos abandonar es la idea de que una historia solo puede ser hermosa si sus protagonistas nunca se contradicen, nunca se decepcionan y siempre saben exactamente cómo amarse. Después del hechizo aparece alguien que no es enteramente héroe ni villano, que tiene virtudes que admiramos y dificultades que quizá no podamos acompañar. También aparecemos nosotros, con nuestras expectativas, nuestros temores y nuestra propia capacidad de amar y lastimar.

Y entonces llega una pregunta mucho más importante que aquella con la que suelen terminar los cuentos: ahora que comenzamos a conocernos sin personajes de por medio, ¿queremos y podemos construir una historia juntos? Quizá el amor no necesite que encontremos a alguien que jamás nos decepcione. Quizá necesite que dejemos de confundir a una persona con el personaje que habíamos imaginado para ella.


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