Queridos(as) lectores(as):
Mañana cumpliré 37 años y, por primera vez en mucho tiempo, he decidido escribirles algo que no nace de la lectura de un libro, de una reflexión filosófica o de alguna inquietud intelectual que quisiera compartir con ustedes. Hoy quiero hablarles de mí, aunque confieso que hacerlo me resulta más difícil de lo que imaginaba. Quizá porque estoy acostumbrado a encontrar en las palabras una manera de comprender el mundo, de formular preguntas y de acompañar las inquietudes de quienes me leen, pero no siempre encuentro la misma facilidad cuando se trata de explicar lo que ocurre dentro de mí. Mañana es mi cumpleaños y no puedo decirles que llego feliz. No ahora, no así. No es una afirmación que haga con orgullo ni con la intención de despertar compasión. Simplemente es la verdad. Hay momentos en los que la vida que estamos viviendo se parece muy poco a aquella que imaginamos, y reconocerlo puede resultar doloroso, especialmente cuando comenzamos a sentir que los años avanzan con mayor rapidez que nuestros proyectos, nuestras ilusiones y nuestras posibilidades de realizarlos.
No quisiera que interpretaran estas palabras como una declaración de derrota. Tengo preocupaciones personales, dificultades laborales, incertidumbres económicas y algunas tristezas que prefiero conservar en la intimidad. También tengo proyectos en los que sigo creyendo, conocimientos que agradezco haber adquirido y personas cuyo cariño representa una parte fundamental de mi existencia. Pero sería deshonesto presentarles una imagen de tranquilidad que hoy no corresponde con lo que estoy viviendo. A veces me pregunto cómo puedo hablarles de esperanza cuando yo mismo tengo dificultades para encontrarla, cómo puedo enseñar sobre la importancia de vivir con coherencia cuando todavía existen tantas contradicciones en mi propia vida, o cómo puedo hablar de la fe cuando hay noches en las que mis oraciones parecen encontrarse únicamente con el silencio. No tengo respuestas satisfactorias para todo ello. Sin embargo, durante estos últimos días ocurrieron algunas cosas que me hicieron pensar que quizá no necesito tener mi vida resuelta para reconocer que todavía existen momentos verdaderamente hermosos. Y quisiera contarles lo que sucedió.
La sonrisa de poder decir la verdad
El viernes pasado, mi querido amigo Bernardo me invitó a cenar. Él mismo atraviesa circunstancias personales y familiares difíciles y, precisamente por eso, agradecí todavía más su generosidad y su compañía. Conversamos sobre distintos asuntos, de esos que van apareciendo cuando uno se encuentra con alguien con quien puede hablar sin necesidad de medir demasiado las palabras. En algún momento le conté que recientemente alguien me había preguntado si era feliz. Le dije que mi respuesta había sido negativa: «No ahora, no así». Aquella persona se sorprendió, pues aparentemente esperaba que respondiera que sí. Quizá porque desde fuera solemos imaginar que quienes dedicamos parte de nuestra vida a estudiar, enseñar o reflexionar sobre los problemas humanos hemos aprendido a resolver los nuestros. O quizá porque hemos convertido la felicidad en una respuesta casi obligatoria, algo que debemos afirmar para no preocupar a los demás o para no parecer desagradecidos con la vida. Mientras le contaba esto a Bernardo, sonreí. Y me llamó la atención descubrir que aquella sonrisa había nacido precisamente de haber podido ser sincero.
He pensado mucho en ese momento. A veces nos acostumbramos tanto a responder que estamos bien que terminamos olvidando lo que significa preguntárnoslo seriamente. No siempre queremos preocupar a nuestros seres queridos, tampoco deseamos explicar nuestras dificultades a cualquier persona y, en ocasiones, simplemente carecemos de las palabras necesarias para expresar lo que sentimos. Pero también existe una presión silenciosa por demostrar que nuestra vida marcha satisfactoriamente, especialmente cuando hemos alcanzado una edad en la que pareciera que ya deberíamos tener determinadas cosas resueltas. Yo no quisiera vivir representando una tranquilidad que no tengo, ni mucho menos enseñar una cosa y practicar deliberadamente otra. Sé que tengo contradicciones, que cometo errores y que todavía me falta mucho por aprender. Pero si he defendido la importancia de la verdad, también debo estar dispuesto a reconocerla cuando se trata de mí. Aquella noche comprendí que quizá una sonrisa no siempre significa felicidad. A veces significa alivio. A veces aparece cuando dejamos de exigirnos una respuesta que no podemos dar honestamente.
Una celebración que no esperaba disfrutar tanto
El domingo 25 de octubre celebré anticipadamente mi cumpleaños en mi departamento. La reunión surgió gracias al impulso de mi querida amiga Alicia, quien me animó a organizar algo para la ocasión, sobre todo a hacer un flyer para ello. Compramos pizzas, botanas, una gelatina (que mi querido Omar me regaló) y un pastel de malteada de Cookies & Cream que estaba verdaderamente delicioso. Invité a varias personas, aunque solamente algunas pudieron acompañarme. Y estuvo bien. Siempre he dicho que en reuniones como estas «están los que tienen que estar», no porque quienes no pudieron asistir sean menos importantes, sino porque he aprendido que el cariño no se mide por el número de personas que aparecen en una fotografía. Entre quienes estuvieron conmigo se encontraba mi tía Maru, que tiene 88 años y vive con Alzheimer. Afortunadamente, su enfermedad no ha sido tan severa, aunque tiene sus afectaciones. Ella todavía sabe quién es y quién soy yo, y tenerla conmigo aquella tarde fue algo que agradecí profundamente. No quisiera convertir su presencia en una reflexión triste sobre el paso del tiempo, pero tampoco puedo ignorar lo valioso que resulta compartir estos momentos con quienes queremos, especialmente cuando sabemos que la vida no nos garantiza cuánto tiempo más podremos hacerlo.
Hubo un momento que me sorprendió particularmente. Nunca me ha gustado que me canten «Las mañanitas». Me resulta incómodo ser el centro de atención y, como seguramente les ocurre a muchos de ustedes, nunca sé qué hacer mientras todos me miran y esperan alguna reacción. Esta vez pusieron la versión de Vicente Fernández, pero quienes estaban conmigo permanecían sonriendo y aplaudiendo mientras escuchaban la canción. Entonces, casi sin pensarlo, les dije: «Bueno, ¡canten!». Y sonreí. Me salió del alma. Lo curioso fue que no experimenté aquella incomodidad que normalmente siento. No estaba preocupado por dónde mirar, qué hacer con las manos o cómo reaccionar. Simplemente estaba ahí, disfrutando aquel momento con las personas que me acompañaban. Me divertí, reí y me sentí querido. Y mientras escribo estas líneas comprendo algo que quizá debería haber reconocido desde hace mucho tiempo: no necesito que toda mi vida esté bien para disfrutar sinceramente de una tarde. Mis problemas no desaparecieron mientras comíamos pastel, pero tampoco tuvieron derecho a ocuparlo todo. Aquella reunión me recordó que la tristeza y la alegría no siempre se excluyen, y que sería una injusticia permitir que nuestras preocupaciones nos impidieran reconocer los momentos buenos cuando finalmente llegan.

Cuando alguien reconoce nuestra herida
El sábado 24 de octubre recibí una noticia muy triste: había fallecido don Joaquín, padre de mi querido amigo y antiguo profesor Edgar Ramsés. Bendita sea su memoria. Pensé inmediatamente en el dolor que estaría atravesando mi amigo y en lo difícil que resulta encontrar palabras cuando alguien pierde a una persona tan importante. Quienes hemos vivido la muerte de nuestros padres sabemos que hay ausencias que transforman nuestra existencia de una manera que resulta imposible explicar por completo. Uno aprende a continuar, a cumplir con sus responsabilidades, a reír nuevamente y a participar de la vida, pero eso no significa que deje de extrañar. Hay días en los que un recuerdo aparece inesperadamente, una conversación que quisiéramos tener, una noticia que nos gustaría compartir o simplemente el deseo de volver a escuchar una voz que ya no podemos recuperar. Le envié a Edgar una nota de voz para expresarle mis condolencias, sin esperar una respuesta inmediata. Comprendía que aquellos momentos le pertenecían a él y a su familia, y que mi única intención era hacerle saber que lo acompañaba con cariño y respeto.
Sin embargo, mi querido amigo encontró tiempo para responderme algo que me conmovió profundamente: «Sé que estas cosas también te pegan en la herida, y por eso aprecio mucho más tus palabras». No imaginé que, en medio de su propio duelo, pudiera tener aquella delicadeza conmigo. Edgar sabía que mis padres también habían fallecido y comprendió que su pérdida podía despertar recuerdos dolorosos en mí. Sus palabras fueron un consuelo inesperado para mi corazón. Y sonreí. No porque hubiera desaparecido la tristeza de aquella noticia, sino porque me sentí comprendido de una manera que no esperaba. A veces pensamos que acompañar a alguien exige encontrar una explicación para su sufrimiento, ofrecer consejos o pronunciar palabras capaces de aliviarlo. Pero hay ocasiones en las que basta con reconocer que el otro también tiene una historia, que lleva consigo heridas que quizá no vemos y que su dolor merece ser tratado con delicadeza. Edgar no tenía ninguna obligación de pensar en mi tristeza mientras atravesaba la suya. Precisamente por eso agradecí tanto su gesto. Me recordó que el sufrimiento no tiene por qué encerrarnos exclusivamente en nosotros mismos y que, aun en circunstancias difíciles, podemos encontrar maneras de reconocer y cuidar a quienes nos rodean.
La fe, las contradicciones y la vida que todavía intento comprender
Hay algo más que quisiera compartirles y que quizá sea una de las partes más difíciles de esta carta. Creo en Dios. Mi fe católica forma parte de mi manera de comprender la existencia y ha acompañado muchas de las decisiones que he tomado a lo largo de mi vida. Sin embargo, creer no significa que siempre consiga entender lo que me sucede ni que encuentre consuelo cada vez que lo necesito. Hay días en los que me siento profundamente cansado, en los que las preocupaciones parecen multiplicarse y en los que me pregunto por qué ciertos esfuerzos no terminan de dar los frutos esperados. También hay momentos en los que resulta difícil aceptar que algunas cosas escapan de nuestras manos, por mucho que intentemos actuar con responsabilidad. No voy a decirles que nunca he sentido tristeza, frustración o incluso enojo mientras intento comprender mis circunstancias. Sería falso. Tampoco quisiera presentar mi fe como una garantía de que todo saldrá bien, porque no creo que podamos reducir nuestra relación con Dios a la expectativa de recibir aquello que deseamos. A veces orar significa agradecer; otras veces, pedir ayuda. Y algunas noches, cuando ya no encuentro palabras suficientes, simplemente intento permanecer ante Él con todo aquello que llevo dentro, incluso con las preguntas que todavía no sé responder.
En medio de estas dificultades también me he preguntado qué significa realmente vivir con coherencia. ¿Cómo puedo hablarles de la dignidad humana si en ocasiones me cuesta reconocer mi propio valor? ¿Cómo puedo enseñar la importancia de la esperanza cuando hay días en los que el futuro me produce más incertidumbre que entusiasmo? ¿Cómo puedo acompañar las inquietudes de otras personas cuando todavía estoy intentando comprender las mías? Durante mucho tiempo pensé que ser coherente significaba procurar que nuestras acciones correspondieran con nuestras convicciones, y sigo creyéndolo. Pero hoy comprendo que eso no implica convertirnos en seres humanos incapaces de equivocarse, de sentir miedo o de atravesar momentos de profunda vulnerabilidad. La coherencia no consiste en fingir que vivimos permanentemente a la altura de nuestros ideales, sino en reconocer honestamente la distancia que a veces nos separa de ellos y asumir la responsabilidad de seguir trabajando para reducirla. No quiero utilizar mis dificultades como excusa para abandonar mis responsabilidades, pero tampoco deseo convertirme en un juez despiadado de mi propia existencia. Si verdaderamente creo que toda persona merece ser tratada con dignidad, quizá también deba aprender a reconocer esa dignidad en mí, incluso cuando las cosas no marchan como quisiera. Y si creo que Dios conoce mi corazón, no tendría demasiado sentido presentarme ante Él como alguien que no soy. Mi fe no elimina mis contradicciones, pero quisiera que me ayudara a vivirlas con mayor honestidad.
La vida que tengo y la que imaginé
Mañana cumpliré 37 años (si llego, claro) y no puedo evitar pensar en el muchacho que fui, en las cosas que imaginaba para mi futuro y en las muchas maneras en que la vida terminó sorprendiéndome. Hay sueños que todavía conservo, proyectos que deseo realizar y circunstancias que quisiera transformar. También hay decisiones que me gustaría haber tomado de otra manera y oportunidades que, por distintas razones, no llegaron a concretarse. No siempre es sencillo mirar hacia atrás sin preguntarnos qué habría ocurrido si hubiéramos elegido otro camino. Pero tampoco sería justo reducir nuestra historia a una colección de posibilidades perdidas. He conocido personas extraordinarias, he tenido la oportunidad de aprender, de enseñar, de compartir mis ideas y de acompañar a otros en distintos momentos de sus vidas. He amado, me he equivocado, he pedido perdón cuando he sabido reconocer mis errores y he intentado continuar incluso cuando las circunstancias parecían demasiado difíciles. Nada de esto me convierte en un hombre excepcional, pero tampoco creo que deba despreciarlo solamente porque mi presente no corresponde con todas las expectativas que alguna vez tuve. Mi vida no está terminada. Y aunque eso no garantiza que consiga todo cuanto deseo, sí me recuerda que todavía tengo responsabilidades, posibilidades y decisiones por delante.
Estos últimos días me han dejado algo que quisiera conservar. Bernardo me ofreció su compañía y pude sonreír al reconocer sinceramente que no soy feliz. Alicia me animó a celebrar mi cumpleaños y terminé disfrutando una tarde hermosa con algunas personas queridas, incluida mi tía Maru. Edgar Ramsés, mientras atravesaba el dolor de perder a su padre, encontró palabras que tocaron profundamente mi corazón y me hicieron sentir acompañado en mi propio duelo. Fueron momentos distintos, pero todos me recordaron que, incluso cuando nuestra vida no se parece a lo que imaginábamos, todavía pueden ocurrir cosas que merecen nuestra gratitud. No sé qué me espera durante este nuevo año. No puedo prometerles que encontraré la tranquilidad que deseo, que mis proyectos finalmente se concretarán o que las preocupaciones que hoy me acompañan desaparecerán. Tampoco quisiera despedirme de ustedes con alguna frase optimista que pretenda resolver en unas cuantas palabras lo que todavía me cuesta comprender. Lo único que puedo decirles es que quiero seguir intentando vivir de acuerdo con aquello en lo que creo, aprender a reconocer mis errores sin despreciarme por ellos y conservar la capacidad de querer y dejarme querer. Mañana, si alguien me pregunta si soy feliz, probablemente volveré a responder: «No ahora, no así». Pero también podré decir que durante estos días sonreí sinceramente, que hubo personas que me hicieron sentir querido y que, aun con todas mis preguntas, sigo teniendo razones para dar gracias a Dios.
Antes de despedirme, quisiera decirles algo. No sé quiénes estén leyendo estas palabras ni qué circunstancias estén atravesando mientras lo hacen. Quizá alguno de ustedes también esté viviendo una etapa en la que resulta difícil responder afirmativamente cuando alguien le pregunta si es feliz. Tal vez haya preocupaciones que no comparte con nadie, ausencias que todavía duelen, sueños que parecen alejarse o noches en las que incluso la fe se vuelve una conversación difícil. No conozco sus historias, pero sé que detrás de cada persona existe un mundo que los demás apenas alcanzamos a imaginar. Y si algo de lo que hoy les he compartido se parece a lo que ustedes están viviendo, quisiera que supieran que no escribí estas líneas para ofrecerles respuestas que yo mismo todavía estoy buscando. Las escribí porque creo que hay algo profundamente humano en reconocernos unos a otros, incluso cuando nuestras circunstancias son distintas, y porque quizá alguno de ustedes necesitaba encontrarse con alguien que también pudiera decir, sin vergüenza y sin resignación, que hay momentos en los que vivir resulta difícil.
No sé si estas palabras puedan aliviar, aunque sea un poco, aquello que les pesa en el corazón. Ojalá que sí. Lo que puedo ofrecerles es mi cercanía, mi respeto y la disposición sincera de seguir compartiendo este camino con ustedes, aun cuando ninguno de nosotros tenga demasiado claro hacia dónde nos lleva. Desde este pequeño rincón al que he llamado Crónicas del Diván, quiero que sepan que siempre encontrarán un espacio para pensar, conversar y sentirse escuchados. Y aunque no conozca sus nombres, aunque probablemente nunca lleguemos a encontrarnos frente a frente, hoy quisiera abrazarlos con el mismo cariño con el que algunas personas me han abrazado a mí en estos días. Que Dios los acompañe en sus propias batallas, especialmente en aquellas que libran en silencio. Yo, por mi parte, seguiré aquí, con mis libros, mis preguntas, mis contradicciones y esta voluntad, a veces cansada pero todavía sincera, de comprender un poco mejor lo que significa ser humano. Si no creen, yo creeré por nosotros.
Con todo mi cariño, gracias por acompañarme en estos primeros 37 años de vida.
Héctor Chávez Pérez
Crónicas del Diván
26 de octubre de 2026
