«Sapere aude! ¡Ten valor de servirte de tu propio entendimiento!»
Immanuel Kant
Queridos(as) lectores(as):
Todos pensamos. O, al menos, eso nos gusta creer. Pensamos cuando elegimos pareja, cuando discutimos de política, cuando decidimos si perdonar a alguien, cuando repetimos una noticia, cuando juzgamos lo que hizo otro, cuando tratamos de explicar por qué algo nos duele o cuando, en alguna noche particularmente larga, nos preguntamos qué demonios estamos haciendo con nuestra vida. Tenemos opiniones sobre el amor, la justicia, Dios, la felicidad, la libertad, el éxito, la muerte y hasta sobre cómo deberían vivir los demás. Pensamiento, aparentemente, no nos falta. Pero existe una pregunta bastante más incómoda: ¿cuánto de eso que pensamos lo hemos pensado realmente nosotros?
Llevo buena parte de mi vida profesional rodeado de esa pregunta. Estudié Filosofía en la Universidad Panamericana y posteriormente me formé también en Psicoanálisis; he trabajado en investigación académica, escritura y divulgación cultural, fui articulista y corrector, colaboré durante años con ISTMO, creé y conduje el programa de radio In.Cultura y he dedicado una parte importante de mi vida laboral a la docencia de Humanidades, Filosofía, Ética, Lógica, Historia del Pensamiento, Análisis de Problemas y Toma de Decisiones. Hoy continúo dando clases en la Universidad Nacional Autónoma de México. Son espacios distintos —el aula, el micrófono, la página escrita—, pero en todos he terminado encontrándome con el mismo problema: tenemos acceso a cantidades extraordinarias de información y eso no significa necesariamente que hayamos aprendido a pensar mejor.
Pensar no es tener una opinión
Quizá nunca habíamos tenido tantas oportunidades de decir públicamente lo que pensamos. Basta abrir cualquier red social para comprobarlo. Opinamos sobre una guerra que comenzamos a estudiar hace siete minutos, diagnosticamos psicológicamente a desconocidos, compartimos una frase atribuida a Nietzsche que Nietzsche jamás escribió y, después de ver un video de cuarenta segundos, estamos perfectamente preparados para resolver un problema que lleva dos mil quinientos años preocupando a filósofos, científicos, juristas y teólogos. No nos faltan opiniones; quizá nos está faltando algo anterior a ellas: criterio.
Por eso me preocupa cierta idea contemporánea según la cual pensar críticamente consiste simplemente en desconfiar de todo. No. El pensamiento crítico tampoco significa llevarle la contraria a todo mundo, sentirse intelectualmente superior ni sustituir una doctrina por otra que nos resulte más simpática. Implica algo bastante más exigente: aprender a preguntar qué sabemos, cómo lo sabemos, qué razones sostienen una afirmación, qué podría demostrar que estamos equivocados y cuánto de aquello que defendemos procede de una reflexión propia y cuánto hemos heredado sin advertirlo. Kant formuló el problema de manera particularmente incómoda al definir la minoría de edad como la incapacidad de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro (cfr. Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, 1784).
Ahí encuentro una de las tareas más urgentes de una cultura crítica. No consiste en producir personas que piensen como nosotros, sino precisamente en lo contrario: formar personas capaces de pensar incluso cuando sus conclusiones no coincidan con las nuestras. Enseñar Filosofía no debería significar entregar un nuevo catálogo de respuestas correctas. Debería proporcionar herramientas para examinar respuestas, incluidas las propias.
Hay que rescatar a la Filosofía de la filosofía
Durante años dando clases he visto repetirse dos caricaturas. En una, la Filosofía es una disciplina inaccesible poblada por señores muertos que escribieron libros incomprensibles y cuyos nombres tenemos que memorizar para aprobar un examen. En la otra, mucho más reciente, el filósofo termina convertido en una especie de proveedor de frases bonitas: Marco Aurelio aparece para ayudarnos a ser productivos, Nietzsche para decirnos que debemos creer en nosotros mismos y algún pobre estoico es obligado a protagonizar un reel con música épica y cinco consejos para convertirnos en nuestra «mejor versión». Las dos caricaturas me parecen igualmente pobres.
La Filosofía no es un museo de cadáveres ilustres, pero tampoco es autoayuda con palabras griegas. No nació para proporcionarnos frases que podamos poner sobre la fotografía de un atardecer. Nació de algo mucho más elemental y mucho más peligroso: la admiración y la pregunta. Aristóteles comienza su Metafísica afirmando que «todos los hombres desean por naturaleza saber» (Metafísica, Libro I, ca. siglo IV a. C.). Ese deseo no exige pertenecer a una facultad de Filosofía. Aparece cuando alguien pregunta por qué existe algo en vez de nada, qué hace buena una vida, qué podemos conocer con certeza, qué le debemos a los demás o qué significa verdaderamente ser libres.
Por eso creo que necesitamos rescatar la filosofía incluso de la idea simplona que hemos construido de ella. Filosofar no es saber muchas cosas sobre filósofos. Podemos memorizar perfectamente las categorías de Kant y seguir siendo incapaces de examinar nuestros propios prejuicios. Podemos recitar a Nietzsche y vivir obedeciendo valores que nunca hemos cuestionado. Podemos conocer las Meditaciones de Descartes y compartir cualquier tontería que aparezca en WhatsApp porque confirma lo que ya queríamos creer. Conocer la Historia de la Filosofía es extraordinariamente valioso; pero la filosofía comienza a cobrar vida cuando aquello que estudiamos nos obliga a volver la mirada sobre nuestra propia manera de pensar.
Los muertos tienen la mala costumbre de seguir haciendo preguntas
Ahí aparece Aristóteles preguntándonos qué significa vivir bien y qué relación tienen nuestros hábitos con la persona en la que nos convertimos. San Agustín nos obliga a entrar en ese territorio incómodo de la interioridad, el deseo, el tiempo y la búsqueda de sentido. Descartes pone sobre la mesa una pregunta que hoy, entre desinformación, algoritmos y certezas instantáneas, resulta tremendamente contemporánea: ¿cómo sé que aquello que creo verdadero realmente lo es?
Después llega Kant para preguntarnos qué significa actuar libre y responsablemente; Rousseau para complicarnos la relación entre individuo y sociedad; Kierkegaard para recordarnos que elegir también produce angustia; Nietzsche para sospechar de nuestros valores y preguntarnos de dónde vienen; Camus para enfrentarnos con un mundo que no siempre ofrece las respuestas que quisiéramos encontrar, y Foucault para interrogarnos acerca de los discursos, las instituciones y las relaciones de poder que participan en la construcción de aquello que consideramos normal. Ninguno de ellos puede decirnos qué hacer el próximo martes a las cuatro de la tarde. Y qué bueno. La Filosofía no debería vivir nuestra vida por nosotros. Puede hacer algo bastante más respetuoso: proporcionarnos conceptos, distinciones y preguntas para que podamos comprender mejor aquello que estamos viviendo y decidir qué queremos hacer con ello.

Filosofía para la vida cotidiana
Esto también explica por qué siempre me ha interesado tender puentes entre la academia y la conversación cotidiana. He pasado por aulas, investigación, radio, revistas y divulgación, y nunca me ha convencido la idea de que el rigor intelectual deba venir acompañado necesariamente de solemnidad. Una idea puede explicarse de manera accesible sin volverla estúpida. Podemos hablar de Kant sin convertir la conversación en un seminario de posgrado y podemos reírnos mientras hablamos de Nietzsche sin reducirlo a un meme. Divulgar no significa rebajar el pensamiento: significa trabajar lo suficiente una idea como para poder compartirla sin esconderla detrás de la jerga.
Tal vez por eso Crónicas del Diván ha terminado siendo también un espacio para ese ejercicio. Aquí hemos cruzado Filosofía, Psicoanálisis, Historia, Literatura, Arte y Cultura popular porque la experiencia humana nunca ha respetado demasiado bien las fronteras de los departamentos universitarios. Me interesa una cultura que no sirva como ornamento para parecer interesante durante una cena, sino como una caja de herramientas para mirar con mayor profundidad aquello que nos sucede. Porque una cultura crítica tampoco debería decirnos qué tenemos que pensar. Su función, creo, es mucho más hermosa y más incómoda: ayudarnos a reconocer cuándo estamos pensando y cuándo simplemente estamos repitiendo. Enseñarnos a tolerar una pregunta durante el tiempo suficiente para no aceptar la primera respuesta disponible. Hacernos capaces de decir «no lo sé» sin experimentar esa frase como una derrota. Y, quizá lo más difícil de todo, enseñarnos a cambiar de opinión cuando encontramos mejores razones.
Filosofía para no filósofos
De todas estas inquietudes nació Filosofía para no filósofos. No quiero formar filósofos profesionales en diez sesiones. Sería bastante sospechoso que después de estudiar Filosofía durante años hubiera descubierto de pronto cómo resolver el asunto en quince horas por Zoom. Tampoco quiero enseñar una colección de nombres, fechas y doctrinas para que al final podamos presumir que «ya vimos a Kant». Quiero hacer algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, más ambicioso: sentarnos a pensar juntos.
Durante diez encuentros recorreremos algunas de las grandes preguntas de Aristóteles, San Agustín, Descartes, Kant, Rousseau, Kierkegaard, Nietzsche, Camus y Foucault para llevarlas después a nuestros problemas cotidianos: nuestros hábitos, nuestras decisiones, la angustia, el amor, la libertad, las relaciones con los demás, la información que consumimos, las ideas que repetimos, el poder, el sentido que buscamos y aquello que hacemos cuando la realidad no coincide con lo que esperábamos de ella.
No hacen falta conocimientos previos. De hecho, el nombre del curso es deliberado: Filosofía para no filósofos. Quiero conversar especialmente con quien alguna vez pensó que la Filosofía «no era para él, no era para ella», con quien tuvo un profesor que consiguió convertirla en una lista de autores muertos, con quien siente curiosidad pero no sabe por dónde comenzar y también con quien simplemente sospecha que podría estar viviendo rodeado de preguntas bastante más interesantes que las respuestas rápidas que nos ofrecen todos los días.
Comenzaremos el miércoles 7 de octubre a las 19:00 horas, tiempo de la Ciudad de México. Serán 10 sesiones de una hora y media por Zoom, con material de apoyo, por un pago único de $600 MXN. Las inscripciones estarán abiertas hasta el lunes 5 de octubre. Y si al terminar esas diez conversaciones alguien sale con menos certezas de las que tenía cuando entró, pero con mejores herramientas para examinarlas, no consideraré que el curso haya fracasado. Al contrario. Porque después de tantos años entre libros, aulas, micrófonos y conversaciones, cada vez estoy menos convencido de que una buena educación consista en llenar a alguien de respuestas. Quizá consista en algo mucho más difícil: enseñarnos a no entregar nuestra inteligencia al primero que nos ofrezca una certeza cómoda.
Pensar mejor. Preguntar mejor.
Y sí, también dejar de repetir como pericos lo que alguien más dijo…
Héctor Chávez Pérez
Crónicas del Diván
Para información e inscripciones a Filosofía para no filósofos, pueden escribirme directamente. Nos vemos el 7 de octubre. Y no se preocupen: nadie tendrá que fingir que entendió a Kant a la primera… ni siquiera yo.
