El peligro del optimismo

La vida corre inconsciente y desatenta cuando nada a la voluntad se opone. Lo desagradable o doloroso es lo que realmente sentimos de manera muy clara. Solo el dolor es positivo, dado que hace sentir. Encontramos los goces muy inferiores a lo que esperamos, mientras que los dolores siempre son superiores a lo que se presiente.

-Arthur Schopenhauer (Los dolores del mundo)

Pareciera que estamos viviendo un momento importante en el desarrollo de nuestra propia historia; historia que no hace sino llenar páginas y páginas con dolor, tristeza y miseria. La realidad del ser humano va íntimamente ligada al dolor en nuestros días. Un dolor cruel, misterioso y silencioso: hay algo que nos inquieta, no sabemos qué es o quizá sólo se trata de que no podemos (no sabemos) darle nombre. La capacidad de poner en palabras nuestro pensamiento o nuestro sentir se va diluyendo en la terrible necedad del optimismo que atenta contra la vida misma.

Hace unos días, mis alumnos de preparatoria me cuestionaban sobre el famoso «sentido de la vida», grata fue mi experiencia ver (lo confieso) la tremenda desilusión que les causé cuando les respondí de forma directa y concisa: «Como tal no hay un sentido». Fervientemente creo que la vida por sí misma no goza de un sentido único ni particular, somos nosotros los que habremos de darle sentido, pero no sólo se trata de un sentido determinado, sino que cada momento, cada instante (desgarre de la propia temporalidad), nos brinda la oportunidad de darle su merecido sentido. Cada persona debe permitirse encontrar sentido incluso cuando se atreva a pensar que no lo hay. Una vez que expliqué todo esto, la esperanza iluminó sus miradas… hasta que mencioné que «el dolor goza incluso de un sentido, cuya profundidad muchas veces nos desborda».

Encontrar sentido durante la experiencia dolorosa es una prueba muy complicada, incluso me atrevería a decir que podría resultar ser impensable. ¿Quién encuentra con facilidad sentido en aquellos momentos en el que el dolor es tal que incluso desearíamos no seguir vivos? Cuando hablo del despreciable optimismo que algunas personas predican y tratan de vivir día a día, hablo del tristísimo desprecio por la vida en sí misma. No se puede ser siempre felices, no se debe buscar serlo con desesperación, porque ese camino lleva directamente a la desilusión, y luego al dolor. El ser humano, el ser posmoderno, está encaprichado en la absurda idea de que la vida tiene que ser bella, que deben buscar sí o sí la felicidad día tras día, a un nivel de fanatismo terrible. No digo que no deba buscarse la felicidad, pero sí insisto en la necesidad de ser parte del momento y aceptarlo. Habrá días «horribles», días en las que sólo nos faltaría que un perro defecara sobre nosotros (por decir algo), pero si quisiéramos a fuerza encontrarle el «lado bueno o el lado amable», lo único que estaríamos haciendo es negar la vida, querer «tapar el sol con un dedo», huyendo de lo que está pasando. ¡Hay que afrontar la vida tal y como es! En esto último recuerdo a Nietzsche que sugería «vivir la vida y no dejar que la vida nos viva».

¿Pero qué implica eso? Implica aceptar la vida, tal y como es, tal y como venga. Es decir, en nuestra terquedad y absurda pretención de dominio, nos atrevemos a sentenciar que la vida es buena o que es mala, dándole un calificativo existencial meramente subjetivo. La vida no es tales cosas, como diría un viejo profesor: «La vida es vida, lo demás es pura biografía trasnochada». Debemos aceptar el dolor así como aceptamos la alegría, aceptar los momentos, pero no aferrarnos ni a lo uno ni a lo otro. Dejar que la vida lleve su rumbo, habrá días que exigirán más de nosotros, de nuestra resistencia a la frustración o que serán tan agradables como una suave brisa en los días de calor. Es cuestión de «plantarle cara»: no podremos superar nuestros miedos si no los enfrentamos con valor.

Lejos de ser optimistas o negativos, seamos realistas, con todo esto que parece ser la realidad…

Hegel y el reconocimiento

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa por tanto tiempo de ausencia, pero precisamente me faltaba tiempo para poderme sentar a compartir algo que, espero, sea de su interés.

Hace unos días, en una breve pero muy interesante conversación con colegas psicoanalistas, surgió el tema del reconocimiento. Como era el único con formación previa filosófica, y como Hegel fue uno de mis dolores de cabeza (un gusto verdaderamente culposo), traté de explicar cómo concebía él este tema.
Si uno se está buscando, por ejemplo, en la comida, el problema es que se va a buscar luego volver a comer y eso nos lleva al infinito malo. Así es la relación con las cosas materiales: se busca, se consigue, se consume y sigue faltando.
Los animales desean cosas. Los hombres en tanto que hombres pueden desear lo suprasensible, es decir, el deseo. Desear lo suprasensible, lo metafísico, es desear un deseo. Esto significa que se están enfrentando una conciencia con otra conciencia (un inconsciente contra otro inconsciente, diría la teoría psicoanalítica). ¿Qué desea una persona de otra persona? Lo que desea es ser deseado. Lo que desea es su deseo. En las relacionas entre personas, lo que se desea es el deseo del otro. Que el otro nos desee. Un juego de espejos que Hegel llamará reconocimiento (Anerkennung). Hacer válida una pretensión de legitimidad, es autorizarla como conciencia. Que se hagan valer sus derechos como conciencia. Sólo hay reconocimiento cuando es mutuo, si no, hay lucha. Hegel por ello dice que nos encontramos con el tema del espíritu. El espíritu siempre es colectividad, comunidad, siempre abarca a más de uno.

El espíritu es un yo que es un nosotros y un nosotros que es un yo

No es que uno busque reconocer la conciencia ajena, sino que se busca que el otro me reconozca. El problema se da aquí, cuando dos personas se enfrentan, las dos quieren lo mismo. Y quieren que el otro le reconozca. El problema es que no cede ni uno ni otro, porque al buscar ser reconocido, no se reconoce al otro. Es el mismo problema con el momento del entendimiento. En A son relaciones de fuerzas. Se busca que el otro me ayude a reconciliarme conmigo mismo.

¿Por qué entramos en la lucha sin esperar que el otro me reconozca?
Si no luchamos, corremos el riesgo de que nos vea como un objeto, y si pasa eso, nos va acabar. Cuando dos conciencias se encuentran, su primer relación es una lucha, un conflicto.

¿Qué pasa si uno mata al otro?
El asesino solamente podría encontrar su auto-conciencia en la auto-conciencia del otro. Por lo que los dos pierden: uno ya murió y el otro también renuncia a la auto-conciencia, pues el cadáver no lo puede reconocer. La lucha tiene que ser a muerte, pero la muerte es un fracaso para los dos. Que la lucha sea a muerte muestra que el hombre ya no es un animal. En los animales hay provocación, pero en condiciones normales no hay muerte, pues de nada sirve. En principio, un animal no mata a otro de su misma especie. (César, el protagonista de la trilogía del Planeta de los Simios nos lo recuerda: «Simio no mata simio»). El hombre no es materia, es deseo. Por eso está dispuesto a perder su materialidad, a morir, para ser reconocido. La disposición de la muerte por el respeto del otro. Esto, según Hegel, es indicio de espiritualidad. La otra opción es que en la lucha, uno de los dos se rinda. Entonces se establece una diferencia, el deseo que era igual, se diferencia. Y esto da paso a la dialéctica del amo y del esclavo (lo abordaremos en la siguiente entrada, lo prometo). Las relaciones humanas son siempre conflictivas y son siempre asimétricas.
La sustancia puede ser lo mismo, se puede identificar o reidentificar, pero sólo el sujeto se puede reconocer, pues es un sí mismo. Esa auto-conciencia que de alguna manera sale de sí y se confunden con el objeto, quiere volver a sí y para ello es el deseo. El deseo es lo que uno quiere asimilar. Hegel trastoca, pues el deseo será lo que está más relacionado con la auto-conciencia, ya que es el que se dirige a mi ser, el que lleva la asimilación. La auto-conciencia es el terreno del deseo, de la apetencia. Cuando uno desea, parece que desea cosas que no son yo, pero en el fondo se está deseando a sí en el fondo. El movimiento del deseo es siempre negatividad negante, pues se destruye al objeto deseado. Incluso cuando el ser humano desea cosas materiales, en realidad está mediando con el deseo de los demás. Tener ese objeto es, aparentemente, tener el reconocimiento de los otros. En el fondo lo que se quiere es el deseo de los demás, pues solamente encontrando ese deseo, yo puedo ser yo. Yo no puedo ser yo sin el otro. Al final, lo más importante en el deseo humano es el reconocimiento (Anerkennung). Hasta que el otro no me acepte como persona, yo no soy persona. Para tener auto-conciencia, debo ser mediado por la conciencia de otros.
El principio de la relación humana es un conflicto, y ese conflicto nos plantea la lucha por el reconocimiento. La única opción que tiene futuro es la subyugación, es decir, el dominio: amo y siervo (Herr-Sklave). Los hombres se separan entre vencedores y vencidos. El vencido renuncia a la independencia para asegurar la vida. Solamente arriesgando la vida se conserva la libertad. Ser sujetos es pasar por la inmediatez, por la negatividad. Uno está dispuesto a matar al otro porque el otro está dispuesto a matarlo. Buscar matar al otro es por buscar la esencia de uno. Aunque, paradójicamente, en el otro muerto no se podrá encontrar uno mismo. El otro es una conciencia, pero la visión de uno de ese otro está muy entorpecida.

Interesante, ¿no es verdad?

El Gran Pez, un análisis.

Cualquiera que despierto se comportase como lo hiciera en sueños, sería tomado por loco

-Sigmund Freud

Basada en la novela Big Fish: A Novel of Mythic Proportions de Daniel Wallace, Tim Burton nos lleva a un auténtico recorrido por la vida. Cuando la vi por primera vez, no imaginé el enorme impacto que tendría en mí y, precisamente, ahí está la clave: la imaginación. ¿En qué momento dejamos de ser niños felices para convertirnos en adultos infelices? Las respuestas son varias, pero sin lugar a dudas pesa mucho cuando dejamos de imaginar, cuando dejamos de sorprendernos. El ser humano nunca debe perder la gran capacidad de asombro que le caracteriza, pues de hacerlo, estaría condenado a vivir de manera insensible, estaría condenado a vivir por vivir. ¿Y dónde quedaría entonces la vida?

La historia, en un principio, nos es narrada por Will Bloom (Billy Crudup), quien se debate en un problema muy grande respecto a su padre, Edward Bloom (Albert Finney/Ewan McGregor), ya que como nos menciona al principio: “Al contar la historia sobre la vida de mi padre es imposible distinguir entre los hechos y la ficción, entre el hombre y el mito”. Esto nos lleva precisamente a recalar en la infancia de todos los seres humanos. En ese momento, crecemos rodeados de constantes mitos, historias fantásticas, leyendas y por supuesto incontables metáforas, todas con el fin de dejarnos una enseñanza en particular. Pero también es un hecho que el ser humano es un ser de símbolos, y siempre estamos atrapados en ellos. Y en esta película nos vemos confrontados a muchos símbolos que sirven, si somos atentos a ellos, como una crítica a modo de reflexión: es una experiencia muy similar a la que vivimos en el dispositivo psicoanalítico. De hecho, si somos sinceros, el contacto que tenemos con la realidad está limitado por el lenguaje, ya que nunca sobran palabras, más bien nos faltan y muchas. Hacemos constante uso de la hermenéutica en todo, una interpretación de hechos. Eso nos recuerda a Nietzsche cuando sentenciaba que el mundo no eran fenómenos, sino interpretaciones, sin embargo, más bien hablamos de infinitos hechos e infinitas representaciones para los mismos.

Quisiera hacer una pausa y detenerme en la parte en la que el pequeño Edward Bloom interactúa con la bruja, aquella que tenía un ojo de cristal y que, supuestamente, quien veía a través de él sería capaz de ver su propia muerte. Mientras que vemos el destino funesto de los amigos de Bloom, cuando éste le pide a la bruja poder ver el suyo, sólo vemos el rostro del niño y luego una sonrisa tranquila. “Así pensé que sería”, le dice a la bruja. Es interesante este punto porque el ser humano vive, por lo general, pensando más en la muerte que en la vida, pero cuando éste es consciente que en efecto algún día morirá, logra reconfortarse y permitirse a sí mismo contemplar la belleza, el arte y el horror que este mundo puede ofrecer. Y es así como Bloom entendió que su única labor, que el sentido de su vida, era precisamente vivir.

Ahora bien, ¿por qué hablar de simbolismos? Porque no se puede entender la película si los descuidamos. Empecemos por el primero que se nos presenta, precisamente, el gran pez. Cuando Edward Bloom le narra a su hijo que él sufrió una clase de enfermedad que hacia que él creciera más rápido que los demás (cosa que descubrimos que no fue así), él cuenta que una vez leyó un texto sobre los peces dorados: ““Si se guarda en un pequeño recipiente, el pez permanecerá pequeño; si tiene más espacio puede doblar, triplicar o cuadriplicar su tamaño”. Entonces entendemos que el pez es cada uno de nosotros y que la pecera representa nuestros limitantes, mismos que pueden ser reales o incluso imaginarios. Estos limitantes, por lo general, no son superados por el miedo. El filósofo danés, Sören A. Kierkegaard nos habla de ello desde lo que entiende por angustia, que no es más que no saber qué hay después, y al mismo tiempo, el vértigo de la libertad. Por temor al “qué pasará”, los seres humanos establecemos uno de los más problemáticos limitantes en nuestra vida. De hecho, cuando Bloom se ofrece para ir a enfrentarse al supuesto monstruo, que luego conocemos que su nombre es Carl, entendemos que el miedo nos paraliza, pero sobre todo el miedo a lo que no conocemos, después de todo, ahí yace lo siniestro: lo que está fuera de nuestro control. Y es justo donde entra en escena el pequeño pueblo de Ashton, que simbólicamente representa nuestra primera zona de confort. “Mira, no es que tú seas demasiado grande, lo que pasa es que este pueblo es demasiado pequeño para ti” -le dice Edward a Carl- “Pero para alguien con mis ambiciones, todavía es más pequeño”. Entonces los dos deciden salir de Ashton e ir a descubrir el mundo. Después de todo, como diría el filósofo Protágoras: “El hombre es medida de todas las cosas”.

Cuando caminando llegan a un punto en el que el camino se divide en dos, nos muestran que uno de ellos es aparentemente seguro y directo, pero que el otro es oscuro, tenebroso e “intransitable”. Edward le dice a Carl que él seguirá ese camino, que al final terminarán por encontrarse. Nuestro protagonista se adentra por aquel camino y experimenta cierto temor, cierta intranquilidad, pero termina llegando a un lugar que, en un principio, aunque bello nos ocasiona cierto temor. Es la sospecha de aquello que entendemos por normal. Lo primero que ve es un cable que tiene varios pares de zapatos colgando. Y después salen a su encuentro varias personas, muy sonrientes. El pueblo se llama Spectre, y el alcalde cuando llega al encuentro con Bloom le dice “no te esperábamos tan pronto”. Todo parece indicar que es absolutamente perfecto ahí, es más, la gente está descalza todo el tiempo, no hace ni demasiado frío ni demasiado calor, hay un balance exquisito y nadie quiere salir de ahí, porque al parecer no es necesario. Sin embargo, cuando Bloom interactúa con un famoso poeta oriundo de Ashton, Norther Winslow (Steve Buscemi), se entera que ha durado ahí varios años y que no ha podido acabar ni siquiera con un párrafo, muy mediocre, de un poema. Edward entiende que Spectre lo está atrapando, que se está volviendo en otra zona de confort.

Sería importante que nos centremos un momento en el nombre del pueblo, en Spectre, que si lo traducimos al castellano sería algo como espectro o fantasma. De hecho, recordemos el estanque en el que Bloom ve a una mujer desnuda, él alcanza a percibir a una serpiente que se acerca por detrás de ella para atacarla y éste se lanza para protegerla, pero cuando la está por alcanzar, ella se sumerge en el agua y desaparece; cuando voltea a ver su mano, descubre que la serpiente en realidad era una rama de un árbol. Cuando regresa a la orilla, Jenny (Hailey Anne Nelson) le dice: «No es una mujer, es un pez; su aspecto cambia según quien la mira.” Esto nos da a entender que es la representación del deseo más íntimo de las personas. Si consideramos que los sueños son el cumplimiento del deseo, según Freud, y que además lo que soñamos siempre está disfrazado, podemos ver que Bloom deseaba encontrar a una mujer y que haría lo que fuera por encontrarla.

Y es aquí donde entran los zapatos. Los zapatos que usamos para andar sirven para proteger nuestros pies, pero cuando llegamos a algún lado, nos los quitamos para descansar de ellos. Es por eso que al entrar en Spectre están los zapatos colgados, pues los habitantes de ahí no tienen que volver a usarlos, han llegado al lugar para siempre descansar. Es interesante porque incluso podemos entender que Spectre representa la muerte misma, y de ahí las poderosas palabras “no te esperábamos tan pronto”. Pero cuando Bloom se quiere ir, la pequeña Jenny le dice “¿y cómo lo harás sin tus zapatos?”, a lo que el protagonista responde que lo hará de cualquier modo y que está consciente que será difícil e incluso doloroso, pero que tiene que continuar. Ese estancamiento que tenemos a en muchos momentos de nuestra vida, es como una clase de anzuelo que nos atrapa y por no querer seguir intentando, por pensar que estamos en algo seguro, nos atrapa al borde de parecer que estamos muertos en vida. Es renunciar a lo demás. Por eso lo último que dice Bloom a los habitantes de Spectre fue: “Este pueblo es más de lo que podría soñar cualquiera, y si al final acabara aquí me consideraría afortunado, pero la verdad es que aún no estoy preparado para acabar en ninguna parte”.

Cuando Edward y Carl llegan al circo, entran a la función dirigida por Amos Calloway (Danny DeVito) y nuestra historia da un nuevo giro. Una vez que la estrella principal, Colosus, queda en evidencia que no es la gran cosa y que Carl lo supera en tamaño, Edward descubre a Sandra (Alison Lohman) entre la multitud y nos comparte que: “Dicen que cuando conoces al amor de tu vida, el tiempo se para… Y es verdad. Lo que no dicen es que cuando vuelve a ponerse en marcha, se mueve aún más rápidamente, para recuperar el tiempo perdido”. Y es cuando él entiende que ha encontrado lo que sería su proyecto de vida. Este momento que experimenta cuando conoce a Sandra, según la filosofía de Kierkegaard, podría ser el instante que desgarra la temporalidad. ¿En qué momentos nos sentimos privados de nosotros mismos? ¿En qué momento perdemos relación con la realidad? Esto se desarrolla de una manera particular pues hay un pasaje al acto por parte de Edward cuando acepta trabajar sin cobrar ni un centavo con tal de que cada mes recibiera algo de información sobre Sandra por parte del Sr. Calloway. Lo que llama la atención es la fuerza de voluntad que tiene nuestro protagonista para llevar a cabo semejante acción. Hasta que logra su objetivo.

Otro momento a destacar es cuando Edward consigue encontrarse con Sandra y le confiesa su amor, diciéndole: «Tú no me conoces, pero me llamo Edward Bloom, y te quiero. He pasado los últimos tres años trabajando para averiguar quién eres. Me han disparado, acuchillado y aplastado de vez en cuando… Me he roto las costillas dos veces… Pero todo ha valido la pena ahora que te tengo aquí delante y… por fin puedo hablarte… Porque estoy destinado a casarme contigo… Lo supe desde el primer momento cuando te vi en el circo y ahora lo sé aún con mas certeza. […] Hoy soy la persona más feliz del mundo”. Se vuele a presentar el tema del destino. Podemos hablar aquí sobre la alegría del saber, que en este caso Bloom partía con ventaja pues sabía sobre su muerte y ello le permitía vivir sin preocuparse por ella.

Qué maravilla es aceptar que no conocemos a alguien pero que estamos dispuestos a pasar toda la vida para lograrlo, sabiendo de manera inconsciente que no será así. ¿Quién es capaz de conocer a otro en totalidad? ¿Quién es capaz de conocerse a sí mismo de tal modo que no quepa la falta? La máxima socrática del “conócete a ti mismo” se hace presente a lo largo de la historia que se nos narra en El Gran Pez. Volviendo a Will Bloom, hay un momento en el que menciona: “Lo fascinante de los icebergs es que sólo ves el 10%, el otro 90% está bajo el agua y no lo ves. Y contigo es lo mismo, papá, sólo veo un trocito que sobresale por encima del agua”. ¿Qué sucedía con Will? Hablamos de la ausencia de un padre que no estuvo o que al menos eso dio a entender a su hijo; de un padre que parecía estar en la vida de todos menos en la de su propio hijo. Había un celo que no permitía un acercamiento amoroso de Will con su padre moribundo.

La figura de Edward Bloom, ya de viejo, y la tierna relación que sostiene con su nuera, Joséphine (Marion Cotillard), nos hace pensar en la situación que viven muchos ancianos hoy en día que padecen deficiencias mentales, como la demencia senil o el Alzheimer. Ella escucha fascinada las historias de Edward y en ningún momento se desespera, de hecho, trata de servir como vínculo entre Will y Edward. La paciencia que nos tuvieron cuando éramos niños es la que nos requieren cuando alcanzan la ancianidad. Lo mismo pasa con esta Sandra (Jessica Lange), quien parece seguirle el juego a Edward y trata de hacerle entender a su hijo, Will, que su padre está ahora para ser escuchado. Este tema de la escucha es vital a lo largo de la vida, y pareciera que queremos prestar oídos cuando ya es demasiado tarde. Dice mi papá: “Es mejor escuchar una historia de quien la vivió y no de quien lo escuchó”. Pero, ¿qué necesidad había por parte de Edward Bloom para hablar con tanta imaginación sobre lo que vivió? No podemos culpar a Will de no creerle pues sus historias podían parecer incluso inventadas. Por ejemplo, cuando están cenando y se menciona que Joséphine estuvo en África, a lo que Edward le pregunta si ya sabía que los loros hablaban en francés. Lejos de desmentirlo, ella se presenta incrédula, mientras que Will se enfada.

Avanzando ya varias escenas, encontramos que cuando por fin Will cede y quiere convivir con su padre, luego de que va a visitar a la mujer con la que pensaba que su padre había tenido una relación extramatrimonial y ella le cuenta la fantástica historia sobre todo lo que hizo su padre para devolverle la vida al pueblo de Spectre y a sus habitantes. Esto puede recordarnos a Emil Cioran, quien nos habla de recuperar el Paraíso Perdido, aquel bello lugar del que tuvimos que salir en algún momento de nuestra vida pero que nunca supimos olvidar, pues ahí es donde descubrimos la auténtica felicidad. Resulta que esa mujer era la pequeña Jenny que sí se había enamorado de Edward Bloom, pero que él nunca pudo corresponderle, ya que para él “habían dos tipos de mujeres en el mundo, su esposa era una de ellas y la otra eran todas las demás”.

Will llega a su casa y no encuentra a su familia. En ese momento piensa lo peor y se va al hospital, donde encuentra a su madre y a su esposa preocupados por la condición de salud de su padre. El punto clave está cuando el Dr. Bennett (Robert Guillaume) le narra la verdadera historia sobre su nacimiento a Will, y éste se muestra decepcionado. “¿No es muy emocionante verdad? y supongo que si tuviera que elegir entre la historia verdadera y una versión rebuscada sobre un pez y una alianza de boda, es posible que escogiera la versión fantástica”. Will decide quedarse en el hospital a pasar la noche para cuidar a su padre, cuando éste despierta todo agitado y le pide a su hijo que le cuente cómo morirá. Él le dice: “Esa parte nunca me la contaste, me dijiste que era una sorpresa”. Esto abre la oportunidad de una vinculación genuina con su padre al momento en el que Will empieza a contar la parte final de la fantástica aventura de su padre. En esa última narración, vemos que se han reunido todas las personas que conoció y que ayudó Edward a lo largo de su vida y que están felices de poderse despedir. Cuando pasa Will cargando a su padre junto a su madre, Edward se despide de Sandra llamándole “su hermosa novia del lago”. Will mete al lago a su padre y éste sufre una transformación en un gran pez.

Para concluir, esta hermosa película nos exige volver a nosotros mismos, a permitirnos disfrutar de la imaginación que nos permite darle color a la vida. De hecho, esto nos remite a lo que nos cuenta la psicoanalista alemana Frieda Fromm Reichman en “Nunca te prometí un jardín de rosas”:

Nunca te prometí una justicia perfecta…

Y nunca te prometí paz o felicidad.

Mi ayuda es para que puedas ser libre,

para que pelees por todas esas cosas.

La única realidad que te ofrezco es que

puedas pelear por tus derechos y ser sana,

ser libre para aceptarla en cualquier

nivel en que estés capacitada.

Nunca prometo mentiras, y el mundo

jardín de rosas es una mentira…

¡Y también un aburrimiento!

Al final, cuando Edward muere, Will descubre que todo lo que le contó, sobre todas las personas que conoció, fue realidad, sólo que le dio más valor a todo con la imaginación para hacer de su historia, una historia digna de ser contada.

Por favor: cuida de ti

He querido escribir esta entrada inspirado por un tema que, desde hace mucho tiempo, me ha tenido en constante reflexión debido a los constantes y profundos paradigmas que se van construyendo a lo largo de una sociedad «occidental» que se olvida y, en ocasiones, termina despreciando esa realidad. El cuidado de sí es un tema que quisiera abordar desde la época griega clásica.

¿Qué entendemos por «cuidado de sí»? Vámonos por partes. En una lectura precipitada, podríamos dar con una cierta interpretación que nos llevaría a algo simple: cuídate, y eso nos llevaría a cosas como «come bien, haz ejercicio, ten tus horarios fijos de dormir, etc.». En entradas anteriores les hablaba de la importancia que tiene, sí, cuidar el cuerpo, pero también el cuidar la mente. Podríamos incluso decir «menos gimnasio y más psicoanálisis», pero eso nos haría perder el balance. En esto es justo donde entra la figura del filósofo a modo de recordatorio de nuestro propio bienestar, de nuestro propio cuidado.

¿Recuerdan el mito de Narciso? Narciso era un joven tan bello que llamaba la atención de todas las jóvenes y de todos los jóvenes, pero él les rechazaba sin consideración alguna. Sucede, al mismo tiempo, que la ninfa Eco, condenada a repetir todo lo último que escuchaba (como parte de un castigo de parte de la diosa Hera), también se enamoró de Narciso. Un día, cuando él iba con un grupo de amigos, se extravió en el bosque. «¿Hay alguien aquí?» -gritaba el bello joven-, a lo que Eco, escondida entre unos arbustos, repitió «aquí». Narciso se acercó a donde provenía la voz y gritó «¡Ven!», por lo que Eco repitió «¡Ven!». Una vez que Narciso estuvo frente a los arbustos, Eco salió a su encuentro y le declaró su amor, sin embargo, el joven engreído la despreció, motivo por el cual la desdichada Eco escapó a unas cuevas, donde murió de tristeza, quedando sólo su voz (sí, por eso es que en lugares como en las cuevas a las vibraciones de los sonidos les conocemos como «eco», aunque claro, desde un relato mitológico). Ante la crueldad mostrada por Narciso con la ninfa Eco, la diosa de la venganza, Némesis, maldijo al joven haciendo que se enamorara de sí mismo. Un día, cuando él estaba cerca de un arroyo, vio su reflejo y quedó totalmente seducido, así que cuando se acercó para intentarse besar, cayó en las aguas, se enredó con algunas algas y se ahogó. Cuenta la leyenda que después de ese suceso, las flores que crecen cerca de los arroyos recibieron el nombre de Narciso, en honor a la tragedia del bello joven.

Según Sigmund Freud, el amor empieza en el narcisismo y sale de uno hacia el otro. Por eso es que también este mito es importante. Y es aquí donde comienza lo que estamos viendo sobre el cuidado de sí. En la antigüedad, los griegos daban mucha importancia al cuidado de uno mismo para así poder cuidar de los demás. ¿Cómo? Cuando uno cuida de sí mismo, se aparta del peligro que supone el lastimar o someter al otro. Esto último lo retomaría Michel Foucault siglos después, explicando que se evita el daño al otro por el deseo de ser sí mismo: mientras nosotros cuidamos de nosotros mismos, de lo que es nuestro, caemos en cuenta de que no podemos abusar de los demás.

Volvamos con los griegos. Ellos entendían que el cuidado de sí implicaba un profundo análisis o una exhaustiva reflexión sobre nosotros mismos, eso implica también un proceso de formación que nos permitiera superarnos. «Conócete a ti mismo», diría el famoso Oráculo de Delfos. Pero ese «conocerse a uno» mismo implica también un ejercicio de humildad y reconocimiento, saber lo que somos (dirían algunos platónicos). Cuando uno es consciente de lo que es (tiempo después los existencialistas dirán que nunca se es sino que se está siendo, pues no se existe, se está existiendo), uno puede hacerse cargo de sí, y eso incluye todo lo que le pertenece, lo que está directamente relacionado con él/ella. ¡Cuidar de sí es saber autogobernarse! Quien es capaz de autogobernarse, diría Aristóteles, es capaz de gobernar a los demás. Imaginemos lo bello que sería esto, que cada uno cuidara de sí: tendríamos el proceso ya visto en todos y eso facilitaría una sociedad autogobernable. Pero hasta la fecha sólo podemos pensar en utopías.

A diferencia de nuestra horrible posmodernidad, que apuesta por la diferencia, con discursos de pseudo inclusión, mientras lo que se hace es excluir más y más, los griegos sí creían en la unidad, una relación con los otros, fuera de la estructura individual en un fantástico y muy interesante «el tú mismo representado por un otro». Al final de cuentas, ¿qué acaso no somos el otro para un otro?

Cuida de ti mismo, transfórmate… ¡atrévete a ser tú mismo!

¿Psicoanálisis, yo?

Hace unos días, me encontré en una cafetería a un viejo conocido. Intercambiamos unas cuantas palabras y nos pusimos al día sobre nuestros trabajos. Pero hubo un momento en el que se mostró algo «incómodo», siendo cuando le comenté que yo tenía relación con el psicoanálisis.

Además del ya clásico (y a veces molesto) «no me vayas a estar analizando», se expresaba desafiante respecto a las teorías de Freud (reduciendo, claro, todo a él y a lo que se cree que dijo él). Y claramente hay cosas que siguen siendo demasiado inquietantes para muchas personas respecto al psicoanálisis, sobre todo eso de que «siempre todo tiene que ver con sexo». Para serles franco, llegué a disfrutar el encuentro porque todo lo que él me debatía sobre la práctica psicoanalítica era desde un punto común de ignorancia por el tema. Y miren que no los culpo, no es que tengan que ir por la vida sabiendo qué es o qué se hace en el psicoanálisis. Así como tampoco me culpen que ignore mucho sobre las teorías cuánticas o sobre quién es el actor o la actriz del momento en las telenovelas mexicanas.

En fin. Llegó un momento durante nuestra charla en la que él decidió hacer algo oportuno: preguntarme sobre el psicoanálisis. Optó por informarse, pues. Una vez que le di un breve recorrido por la teoría (brevísimo), empezó a pensar por él mismo fuera del prejuicio. «La verdad, Héctor, es que no creo que el psicoanálisis sea para todos». Y en efecto, no lo es. Él me decía que estaba más convencido por otro tipo de terapias ya que, para él, ofrecían otro tipo de ayuda «quizá más centradas en las cosas de cada uno».¿Pero exactamente a qué cosas se refería?

Nuestra plática no pudo durar más tiempo y él se tuvo que retirar. Pero quisiera aprovechar eso que nos compartió de que «el psicoanálisis no es para todos». El irse a analizar, a mi creer, es una cuestión de valientes. No es algo fácil, de hecho es algo complicado. Es un momento muy íntimo en el que se comparte absolutamente todo, y no sólo cuestiones sexuales (mismas que no tienen exigencia alguna de estar relacionadas con todo). Cuando uno está en análisis, está a merced de su propia palabra, está a merced de sí mismo. Bien puede descubrir a los peores monstruos, pero también a la fantástica persona que está oculta y que no puede salir al encuentro con los demás.

Para que pueda suceder, la persona tiene que estar dispuesta a enfrentarse a sí misma, a sus miedos, a sus recuerdos bellos y terribles, a sus ilusiones y a sus tristezas. Se requiere de cierta capacidad de reflexión que, al mismo tiempo, exige humildad para reconocer lo bueno y lo malo. Pero también se requiere una actitud crítica para darse cuenta que muchas veces lo bueno y lo malo están disfrazados entre sí. Y claro: se necesita amor. Ya que el psicoanálisis, al menos yo lo sostengo de ese modo, es un gran acto de amor donde no existe un dedo inquisidor sino una escucha amable y generosa, un momento para uno mismo.

Es por todo esto, y evidentemente mucho más, que el psicoanálisis no es una cosa que se necesite tomar, no, es una cosa que se quiere hacer. Siempre digo que es la parte vivencial del «conócete a ti mismo» del famoso Oráculo de Delfos. Mi conocido también tenía razón en que no todo es psicoanálisis, de hecho, el buen Freud llegó a decir que él no era nadie para desautorizar otras terapias o, incluso, inclinaciones hacia la fe, ya que si ayudan a las personas, son cosas buenas. Y en verdad esperamos que todo ayude a la gente.

Les dejo un Link para informarse mucho mejor sobre qué es y que hace un psicoanalista:

Qué es y qué hace un psicoanalista – Gustavo Dessal

Los días oscuros: cuando duele existir

Hace un mes, aproximadamente, le regalé a mi papá el libro Van Gogh y sus Cartas a Theo, de Liesbeth Heenk. Un libro que ahora tengo en las manos y estoy comenzando a leer para enterarme, desde una mirada distinta, de lo que fue el triste padecer de un hombre que, me atrevo a afirmar, no supo más de que dolor. Hay una cita que resalta al principio:

«En toda vida algo de lluvia debe caer. Algunos días deben ser oscuros y deprimentes». Es verdad, no podría ser de otra manera, pero me pregunto si la cantidad de días oscuros y deprimentes no es a veces demasiado grande»

-Vincent van Gogh

Hay mucho dolor en nuestros días y parece ser que es difícil salir de ello. ¿Quién no ha sufrido de días oscuros? Ciertamente hay que tratar de salir adelante, y no tanto para no sufrir más, sino por el absurdo de quien se está hundiendo, la sociedad parece que se empeña en hundirlo más. No hay oportunidad de llorar, de quedarse en casa y lamentarse un rato, ya que se corre el peligro de ser despedidos, de ser incluso hasta olvidados. De las muchas enfermedades que rondan por la existencia del ser humano, las que son propias del alma (la soledad, la tristeza, etc.), son quizá las más peligrosas pues dejan al individuo frente a su capacidad autodestructiva. Por ello es que celebro que haya días que traten de hacer consciencia sobre esto y haya quienes estén dispuestos a estar para quienes están pasando por días oscuros. Es curioso, porque nadie quiere hablar de sus «malos sentimientos», nadie quiere que los demás se enteren, al menos no de forma directa.

Sobre lo anterior pienso en las redes sociales: cuando una persona necesita del otro, sin importar quién sea ese otro (claro, eso dice), es muy fácil que se meta a Facebook y ponga una carita triste en su estado; acto seguido tendrá la «fortuna» de que alguien le pregunte «¿Qué pasó?», para lo que habrá casi una respuesta inmediata «inbox». Y con eso se «soluciona el problema». Pero la escucha se ve severamente comprometida a mi creer, bueno, la lectura. ¿Qué pasa cuando el problema de cada uno se trata de alivianar con cosas tales como «no es tu culpa, es de los demás»? Librar de culpas al ser humano es librarlo de responsabilidades. No lo tomen a mal, me refiero a que muchas veces el apoyarse en amigos es apoyarse en un autoengaño, porque en su amoroso intento de ayudarnos, ellos nos dirán cosas que queremos escuchar para sentirnos mejor, o al menos intentarlo. La escucha debe ser neutra, que permita un panorama objetivo del problema, porque siempre hay dos caras en una moneda.

Hace poco hablaba con una amiga que está interesada en comenzar su análisis. Me dijo un franco «tengo miedo». ¿Y quién no? Después de todo, es una experiencia que abre muchas puertas desconocidas, y la más «terrorífica», por así decirlo, es la que se abre hacia nosotros mismos: ahí podemos encontrar monstruos terribles, pero también a la fantástica persona que somos y que no podemos ser, porque nos encontramos limitados siempre por los demás. El miedo a ser lo que somos es lo que realmente nos lastima. No hay que temer expresar el dolor que tenemos, la tristeza que nos invade, hay que buscar ayuda. Quizá sí un primer encuentro con amigos y con familiares, pero también darnos la oportunidad de ir con profesionales de la salud mental para ello.

Cuando murió mi mamá (11 de junio de 2016), uno de mis tíos me regaló un libro que me ayudaría mucho a abrir mi corazón y a enfrentar el dolor que había en él (incluso fortaleció mi deseo de ser psicoanalista para poder estar con y para los que están sufriendo). El libro en cuestión se llama Las Noches Oscuras del Alma, de Thomas Moore. En su maravilloso contenido, uno puede encontrar cosas muy personales para poder enfrentar esos días y noches oscuros, y encontrar en el dolor la creatividad que nos ayude a aliviar nuestra mente, nuestro corazón, nuestra alma. Es un horno de la transformación, y como diría un mantra budista que atesoro mucho:

«De ahí (del dolor), salí realmente transformado»

Pero no hay que quedarse ahí, realmente hay que salir y seguir luchando. El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es elegible. Y antes de terminar, quisiera decirte, querido(a) lector(a): no seas duro(a) contigo mismo(a), perdónate, porque ya es suficiente lo que estás teniendo que aguantar como para que tú mismo(a) te eches sal en las heridas. Empieza por eso, después sentirás poco a poco cómo el dolor se transforma en ternura.

Los celos: confesiones de un perverso narcisista

Empecemos con una anécdota:

L. es una persona bastante celosa. Tiene un serio problema respecto a esa realidad. Es consciente de ello y aún así se esfuerza mucho por dejar de serlo, sin embargo, cuando parece que se está dominando, los celos o «las pirañas que nadan bruscamente en su mente» (tal y como así los explica), se desatan con violencia. L. es en verdad una persona celosa, pero no sólo con su pareja, sino con sus amistades y con sus familiares, en pocas palabras, cuando cubre de afecto a cualquiera, llega a sentir bastantes celos cuando apenas siente que le ignoran. Evidentemente eso le ha costado mucho, quizá ha tenido que pagar un altísimo precio por sus celos.

¿Por qué sentimos celos? No es fácil de explicar de modo general, ya que es algo meramente subjetivo que tendríamos que poner a cada uno a analizarse. Pero podríamos esforzarnos un poco y dar una respuesta que nos pueda ayudar a cada uno de nosotros a dar con nuestros propios motivos. Claro está que hay un asunto fielmente relacionado al amor y con las inseguridades y miedos de cada uno de nosotros. Pensemos, por ejemplo, en aquello que dice que «el amor es triste», una sentencia que no a muchos les gusta porque les resulta pesimista o algo «feo». ¿Por qué tendría que ser triste? Si nos vamos a poner románticos, podríamos decir que lo es ya que uno entristece por no tenerlo, uno entristece porque cuando lo tiene lo podría perder y uno entristece cuando lo ha perdido. Por esto mismo es que los celos pueden encontrar una «salida» a modo de defensa contra la tristeza, aunque irónicamente es lo que más provocan en nosotros.

Cuando hablamos de inseguridades, tendríamos que conocer exactamente cuáles son las nuestras y sus causas. Una de ellas sin duda es el sentirnos abandonados y/o olvidados. Y esto no es más que la experiencia hablando. Pensemos en esto y demos un punto a los empiristas. Hay experiencias que literal dejan huella en nosotros, mismas que pueden ser o muy agradables o profundamente dolorosas. En esta ocasión nos centraremos en las segundas. Experiencias en las que nos hemos sentido lastimados, heridos, traicionados, donde hemos sido mal tratados por aquellos a los que decíamos amar y que ellos también decían amarnos. Eso se queda guardado en el recuerdo. Hay que señalar algo antes de continuar: son experiencias que nos hacen sentir muy culpables y que no nos logramos perdonar por lo ocurrido. Pero cuando no se trabaja, cuando no se trata de darle quizá un sentido, algo que nos ayude a mitigar el dolor, se vuelve una suerte de paranoia que nos lleva a desconfiar de las personas. Hay duda más que certeza. Y cuando eso lo llevamos a una nueva relación, ya sea de amistad o de pareja, los fantasmas del pasado nublan nuestros juicios y proyectamos en la otra persona nuestro dolor y nuestros miedos, provocados por alguien más, y por nosotros mismos (no olvidemos que el narcisismo no superado se vuelve un proceso lento y terrible de autodestrucción). Y surge el celo, la desconfianza plena en lo que el otro nos puede ofrecer.

No se dejen engañar con eso de «tengo celos porque te amo», ya que si así fuera, no existirían los celos realmente porque habría un «porque te amo confío en ti ya que sé que tú me amas también». Atrás de esos celosos no hay más que perversos narcisistas. Así, tal cual. ¿Perversión? No, no nos vayamos por definiciones populares. Un perverso es aquel o aquella que se llega a considerar lo bastante indispensable para el goce o sufrimiento del otro; se ve a sí mismo como el o la causante o garante de la satisfacción o insatisfacción del otro. Ya lo hemos comentado en entradas anteriores.

Jean-Charles Bouchoux, en su libro Los Perversos Narcisistas, nos comparte una anécdota que titula Celoso e infiel:

Frank padece unos celos fuera de lo común. Magalí recuerda: «Un día estábamos frente a un cine y vio que un hombre me miraba. Entonces me dio un gran codazo en las costillas tratándome de perversa y diciéndome que hacía todo lo posible para que me mirasen. Un año más tarde, me dejó por otra mujer con quien mantenía una relación desde hacía algún tiempo. Antes de irse me recordó todo lo malo que pensaba de mí, pero que no había dejado de decirme a lo largo de toda nuestra relación».

También para Frank, jugar con las palabras le reporta un beneficio considerable: la manipulación, el dominio y la identificación proyectiva le permiten expresar sus angustias, haciendo que su mujer cargue con ellas y convirtiéndola en culpable y sostén de su malestar, relacionado con la mala imagen que tiene de sí mismo. Así la mala es ella y no él. Además, descarga sus pulsiones agrediendo a su mujer y, tratándola de perversa, justifica su pasaje al acto (y más adelante su propia infidelidad) con agresividad.

Frank no siente que sea una buena persona y, antes que intentar mejorar, prefiere hundir a su compañera. De esta manera, alivia sus propias tensiones transmitiéndoselas a su mujer.

Más adelante, Bouchoux nos comparte lo que, a su creer, podría servir para enfrentarnos a personas así (que, por cierto, bien podríamos considerarlas «tóxicas»), ya que «el beneficio del perverso narcisista está precisamente ahí: ¡llega a sobrevalorar su imagen mientras nosotros intentamos justificarnos, desesperadamente, cuando no tenemos por qué hacerlo!».

Consejo práctico:

Si nos justificamos, para el perverso narcisista será fácil desmontar nuestros argumentos y mantener un ambiente nocivo. Por esto es importante no justificarse, cortar por lo sano cualquier conversación o ponerlo en su lugar: «¿Con qué derecho me dices esto? ¿Quién eres tú para juzgarme?», «¿Te crees tan inteligente como para creer que yo no lo soy?».

El efecto que tendrá lo que decimos al perverso narcisista será lograr que se sienta en peligro, y esto no podrá soportarlo. Entonces le tocará a él justificarse y se invertirán los roles. […] «Cuando el perverso se ve desenmascarado, se va…».

Así que nada de celos, no dejen que los y las intenten manipular con discursos de pseudo amor.

Necesito ayuda: un paso a la vez

Vivimos en una época donde el individualismo va marcando pautas cada vez más detalladas sobre lo que cada uno de nosotros tiene que hacer para «salir adelante»; cierto es que no podemos ir por la vida esperando que alguien solucione nuestros problemas, sin embargo, eso se debe a que hacemos de ese «alguien» un otro y no un «nosotros mismos».

Les quiero contar una anécdota:

Saúl es un joven arquitecto que durante poco más de 6 años ha logrado realizar su sueño de poner junto con sus amigos un despacho propio. Durante ese tiempo, Saúl se empeñó en ser el brazo ejecutor de la idea misma, es decir, todo pasaba por su responsabilidad y dejaba muy pocas tareas, si no es que ninguna, a sus amigos. Un día, Saúl se desplomó entrando a su oficina. Cuando despertó yacía sobre el sillón de la sala de juntas y estaba siendo atendido por un médico. Diagnóstico: altos niveles de estrés. Saúl tuvo que hacer un cambio radical en toda su vida para poder reducir esos niveles y poder darse la oportunidad de dejarle más tareas a sus allegados.

Me atrevo a pensar que muchos de los problemas que tenemos a lo largo del día se deben a que no queremos aceptar la ayuda de alguien ya que creemos que no sabrán hacerlo de la misma manera en la que nosotros lo haríamos, cosa que resulta un tanto evidente. Pero entre otras cosas, no buscamos ayuda porque nos han inyectado la idea de que «sólo los débiles se quejan».

«Tenemos» que demostrar todos los días lo capaces que somos de hacer las cosas y muchas veces lo hacemos a costa de nuestra propia salud, tanto física como mental. Y ese «tener que» es resultado de la alta competitividad que se da en lo social y en lo laboral, porque cierto es que nadie es indispensable. Así como llegamos a un trabajo podemos ser despedidos al día siguiente. Y a veces sólo es por «mala suerte», ya que pueden acontecer varias razones que den paso a eso.

Pero cuando el ser humano es consciente de sus límites, cuando rompe con lo social y establece un verdadero parámetro de sus capacidades, con humildad y aceptación se abre hacia el otro solicitando que le ayude. No es de débiles, es de gente coherente. Además, hay un deje de perversión, es decir, cuando una persona se siente o se considera indispensable para el goce (incluso para el sufrimiento) del otro, se encierra en sí mismo y se vuelve precisamente un «todo lo puedo». Hay un narcisismo sin trabajar.

En esta vida, todos necesitamos de todos. Es cuestión no sólo de pensarlo, sino de asumirlo.

P.d. Gracias, G.

Un Freud en el CPM

El día de ayer, 3 de septiembre de 2018, tuve la oportunidad de presentar a mi querido amigo y colega, el Dr. Joseph Nobel Freud en el Círculo Psicoanalítico Mexicano. Quizá llama más la atención el segundo apellido, ya que se trata del apellido fundacional del saber psicoanalítico y sí, después de todo él es sobrino nieto del mismísimo Sigmund Freud (el abuelo de Joseph, Samuel Freud, era primo de Sigmund).

En su charla Cuestiones de Técnica Psicoanalítica con Niños y Adolescentes, además de ser muy amena y divertida, y sin lugar a dudas muy interesante, Joseph nos compartió varias reflexiones que me gustaría, a modo de resumen (ya que mis notas son el resumen de su propio resumen), traer a ustedes en este nuestro espacio.

Joseph nos habló de que, hoy en día los niños tienen que lidiar con transferencias cruzadas en su hogar (padre, madre, hermanos, la novia de papá, el novio de mamá, el novio de papá, la novia de mamá, etc.), por lo que en la clínica con ellos se toleran tan diferentes transferencias, así que hay que darle su merecido lugar al dibujo y al juego. «Todo analista de niños tiene que saber mucho sobre Winnicott», enfatizó Joseph. Es una exigencia que se tiene que aprender a jugar, ya que si a la consulta llega un niño que no sabe jugar tenemos que entender que psíquicamente está mal. Sobre esto último, Joseph habló sobre las madres helicóptero (o madres cocodrilo), mismas que lo único que hacen es que los niños queden atrapados en ellas. Parafraseando a Winnicott, «la fantasía es masturbación mental, no nos sirve». Por lo que como psicoanalistas de niños tenemos que lograr que el niño que no juega, juegue.

Podríamos decir que hay niños con mucha fantasía, sin embargo, eso no es del todo bueno, ya que al tener tanta fantasía, los niños quedan atrapados en lo mental, mostrándose incapaces de exteriorizarla. Toda fantasía está más del lado de un pensamiento onanista que no lleva a ningún lado: el juego es una forma de elaborar la realidad, además, el juego permite al niño colocar en situación un miedo para que no se transforme en síntoma.

Joseph nos compartía un ejemplo clínico (que, cabe decir, él cree que el uso clínico puede ayudar a hacer más claro el funcionamiento del psicoanálisis):

Un día llega a consulta C., un pequeñito que fue adoptado. Cuando apenas entra al consultorio, el niño corre y se esconde abajo del diván.

Joseph: ¿Dónde está C.?

C.: ¡Está escondido!

Joseph: ¿Entonces tengo que buscar a C.?

C.: ¡Sí, sí, a mí me gusta que me encuentren!

Sobre esto, Joseph nos explica que iban a buscar a C., porque el mismo C. todavía no se encuentra a sí mismo (por su situación de niño adoptado).

Es importante trabajar con la fantasía de los niños, ya que todo niño con demasiada fantasía va directo a la neurosis obsesiva. Por eso es que hay que respetar el juego del niño, poder hablar con juego. Cuando el niño juega, recordando a Nietzsche y a Freud que celebran la seriedad con la que los niños juegan, hay que dejar que ellos nos brinden el rol en su juego. Dejar que ellos nos digan qué hacer y cómo hacerlo, después de todo, es la situación íntima en la que nos están dejando participar. De hecho, es en el juego cuando el analista tiene que saber esperar el momento (¡luchar contra la inmediatez!) para poder dar con lo que nos permita ir trabajando con el niño.

Aunque Joseph también nos compartió reflexiones sobre la clínica con adolescentes, eso lo dejaré para otra ocasión. No desesperen, aprendan a ser pacientes.

El Eterno Retorno de lo Mismo

¿Cuántas veces hemos caído en la tentación de decir “si viviera en otra época, las cosas serían distintas”? La maravillosa nostalgia, misma de las que han hecho tanto uso poetas, literatos, filósofos y psicoanalistas para compartir interminables reflexiones que siempre terminan por atormentar más a uno de lo que pretenden hacerle sentir mejor. ¿Por qué? Primero, empecemos por dar una breve descripción de la nostalgia como tal: exceso de pasado. Entonces, entendemos que una persona nostálgica es aquella que tiene su vida siendo pensada en un pasado, tan propio como ajeno.

Fue el poeta griego, Hesíodo, quien nos heredó esto que conocemos actualmente como el Complejo de la Edad de Oro, mismo que hace referencia a una época en el pasado en el que, se podría llegar a creer, las cosas eran mejores y los seres humanos pensamos que ahí es donde pudiéramos haber sido, si no es que más, al menos sí felices. Gran engaño de nuestro ego lastimado. La existencia de cada uno de nosotros se ve en constante asedio por las calamidades, por la tragedia, por la asechanza de los lobos de la economía y de la pobreza; herederos de la modernidad, sufrimos la falta de certeza en nuestra vida. Miramos con nostalgia ese pasado del que nos han contado nuestros abuelos, nuestros padres o nuestros maestros, viviendo enamorados de eso que fue, añorando estar ahí. Porque es una parte de la historia en la que todo era (quién sabe según quién) hermoso.

¿Pero qué pasa cuando caemos en cuenta que la Edad de Oro nuestra no es así la del otro? Es decir, cuando descubrimos que para cada cual hay una Edad de Oro propia. Eso lo aborda maravillosamente bien la película de Woody Allen, Midnight in Paris (Medianoche en París, 2011), en la que nos encontramos con Gil Pender, un romántico escritor cuya Edad de Oro se desarrollaba en el París de los 20`s, ya que, según él, fue el momento en el que París fue la máxima expresión de la cultura, albergando a artistas y literatos de la talla de Salvador Dalí, Hemingway, Picasso, Buñuel, etc., mientras que la lluvia no dejaba de caer. Gil será cuestionado por sus contemporáneos e incluso ridiculizado cuando asegura que ha podido viajar en el tiempo a esa época. Dos épocas en la misma historia. Pero cuando se encuentra en su «París de Oro», Gil es indescriptiblemente feliz, incluso encuentra el amor en una mujer francesa y muy relacionada con varios artistas, Adrianne de Bordeaux, misma que le cuenta que para ella la mejor época fue la conocida como La Belle Époque (la Bella Época), en París entre 1871 y 1914.

Hablando de Francia, fueron los filósofos existencialistas franceses, tales como Jean-Paul Sartre, Albert Camus (argelino), Michael Emil Cioran (rumano de nacimiento), entro otros, los que denunciaron el sinsentido por el que atravesaban muchos hombres. Después de todo, pensemos que Europa había sido testigo de dos Guerras Mundiales, tras las que se desató una terrible crisis de identidad por parte de los más perjudicados en ambos lados del campo de batalla. Estos filósofos, a su manera, proponían cómo lidiar ante ello o cómo aceptarlo, dando paso al existencialismo francés, ese movimiento que originalmente inició Kierkegaard en Dinamarca a mediados del siglo XIX en respuesta a la amenaza del nihilismo. Y es que la filosofía parecía haber “olvidado” la parte subjetiva de su estudio, e ignorar eso tras años de racionalismo e idealismo, no dieron explicación al profundo cuestionamiento de cada uno de los seres humanos sobre su existencia.

Friedrich Nietzsche, conocido por ser profeta del nihilismo (la profunda negación de cualquier sentido en la vida), mas no su represente, nos regaló a los hombres un pensamiento de origen griego pero llevado a nuevas proporciones tanto éticas como teológicas, que vino a incrementar la nostalgia de los modernos: el Eterno Retorno de lo Mismo. Esta tesis daba paso a una profunda reflexión, misma que encontraba como enemiga a la concepción de la vida eterna impulsada por el cristianismo. ¿Qué pasaría si les dijera que todo lo que han vivido, y que están por vivir, están condenados a vivirlo una, y otra, y otra vez sin alcanzar un fin? ¿Pueden pensar en aquellas tristes experiencias, así como dolorosas, que han tenido que pasar y que ahora resulta que deberán volver a vivirlas incontables veces? Es una idea aterradora y en demasía escalofriante, porque quien ha vivido una vida (valga la redundancia) con demasiadas cosas tristes, no podrá escapar de ellas nunca. Aunque también está el otro lado de la moneda, en la que se repetirían todos los hermosos y sublimes momentos.

El Eterno Retorno de lo Mismo, no sólo garantizaba un auténtico tormento al pensar en esa cadena perpetua, sino que también brinda la oportunidad de repensar nuestras vidas, de ser todavía más conscientes de nuestra participación en cada elección que tomamos; una invitación a querer vivir, a liberarnos de las cadenas que nos prohiben vivir, de hecho Nietzsche hacía una crítica a la negación de la vida por parte del cristianismo, pensando en la promesa de una vida mejor tras la muerte terrenal. Pero esa crítica se limitaba a la mala fe o a la fe mal entendida, que llevaba a los creyentes a despreciar la vida terrena para esperar mejor la otra prometida. Con todo, ese pensamiento resulta ser una excelente herramienta para enfrentarnos al Complejo de la Época de Oro. ¿Por qué es que cada vez que pensamos en esas épocas, siempre nos pensamos en las mejores condiciones? Hace años platicaba con un querido amigo sobre ello, ya que él estaba convencido (hasta la fecha) de que la mejor época fue durante la Edad Media. Le preguntaba si estaba dispuesto pasar por las carencias que eso supondría vivir ahí, a lo que me decía con firmeza que sí. Pero una vez que le comenté que si estaría dispuesto a vivir en esa época siendo una minoría perseguida, o quizá un esclavo o un simple pordiosero, porque habría que arrancarse la idea de que se viviría en esa época con los lujos de los grandes señores feudales, reyes, emperadores o incluso miembros del clero. ¿Por qué en vez de vivir pensando en el ayer “maravilloso que fue», no nos empeñamos en vivir lo mejor posible en lo que estamos deviniendo?

La Época de Oro, la existencia precaria que nos hace tener tal complejo, siempre se cuenta sin tomar en cuenta un factor muy importarte: si era tan hermosa, ¿por qué se acabó? Es decir, en nuestra nostalgia abrazamos las cosas bellas de nuestra propia especulación y de nuestras más detalladas fantasías, pero no somos capaces de advertir que todo tiene un fin, y que la belleza de las cosas es precisamente eso: nada dura, todo se acaba. Pero hasta que no valoremos nuestra vida, tratando de dar un giro radical en cuanto a nuestra forma de hacerlo realmente, viviremos atrapados en esferas imaginarias donde nada pasa, todo está bien, y nos veremos severamente perjudicados a la hora de que salgamos a la realidad y no podamos hacer nada con ello. Y la desesperación, el morir sin morir, será nuestro único destino.