¡Quédate en casa!

«Ama tu soledad y soporta el sufrimiento que te causa»

-Rainer Maria Rilke

Queridos(as) lectores(as):

Independientemente del país desde donde lean estas letras, quisiera decirles que muchas veces una advertencia puede resultarnos absurda; en ocasiones risible, en otras increíble, sin embargo, lo cierto es que estamos en un momento donde el ser humano está siendo puesto a prueba. Hoy no existen fronteras, el daño está hecho y este enemigo no hace distinción alguna. No es un mal de ricos, ni de pobres, a ambos los tiene en la mira. Pero si existe algo más infeccioso y peligroso es la mala intención de algunos entes, sobre todo políticos, que se burlan abiertamente de algo como esto y pretenden jugar con el sentido común de los menos informados.

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¡Quédate en casa!, es el grito de guerra. Pero, ¿a quiénes va dirigido? Ya lo había comentado anteriormente, definitivamente hablamos de una realidad que es privilegio de clases, no todos pueden, no todos deben. Hay quienes tienen que salir porque no tienen para darse el lujo de quedarse en casa. Se vive al día, el dinero se gana en el momento. ¿En qué momento podremos caer en cuenta que, como sociedad y gobierno, estamos rebasados por las injusticias, por los abusos y por el egoísmo de los que ejercen el poder sin moral, sin ética? Pero bueno, eso se lo tenemos que dejar (¡exigir!) a los responsables.

El desafío de una cuarentena

Hace unos días que varias personas nos hemos tenido que poner en cuarentena. En mi particular caso porque vivo con mi papá y con una tía, quienes son adultos mayores y están dentro del rango de las personas más vulnerables respecto al COVID-19. Y así como en mi caso, hay miles en el mundo. Para muchos puede suponer un desafío, para otros quizá algo normal, pero lo que nos está quedando claro es que muchos no saben qué hacer en casa. Además del home office, de los estudios, es preocupante ver que la gente se «ha olvidado» de lo que implica estar en casa.

¿Recuerdan que hace tiempo comentaba sobre el gran error de darle a los más pequeños el acceso a aparatos tecnológicos, tales como celulares, tablets y hasta videojuegos? Les decía que al darles eso, no se les ayuda a generar resistencia a la frustración, ya que sus respuestas son a través de estímulos inmediatos y la demanda de satisfacción es cada vez mayor y selectiva. ¿Dónde queda el espacio para la fantasía y la imaginación? Es decir, ¿por qué no se les permite ser niños? ¿Por qué en vez del celular no se les da acceso al mundo fantástico del juego y de la inventiva? La creatividad de los niños no debe ser mermada por algo que ya está dado, por algo que ya está hecho.

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En el caso de adolescentes y adultos, tenemos el mismo problema pero un poco más avanzado: Facebook, Instagram, Twitter, Whatsapp… Tenemos claro que las redes sociales acercan a las personas que están lejos, pero que alejan a los que están cerca. Por poner un ejemplo: mi amigo Gerardo (34) me platicaba hace unos días que estaba «desesperado», porque en su casa no podía estar en contacto con nadie. No, él no está en aislamiento por el coronavirus ni nadie de su familia, pero lo que sucede es que todos están, cada uno en su cuarto, en su mundo, sin despegarse del celular ni un segundo.

¿Qué está sucediendo?

No, las redes sociales no son el problema

Tenemos que ser claros en esto: el verdadero problema es el uso que le estamos dando. Es decir, ya existe cierta ansiedad y miedo por la situación actual, ¿de qué nos ayuda meternos a las redes sociales para ver, una y otra vez, imágenes, audios, videos, memes, gifs, etc., sobre el COVID-19? Ciertamente, el contenido cómico que podemos encontrar son modos de defensa ante la inseguridad que experimentamos. La cuestión psicológica está igualmente comprometida, y me atrevería a pensar que incluso más. Pero, sucede que el chiste termina por cansar, termina por consumir. Es una descarga constante de lo mismo y no hay un respiro sobre lo que estamos viviendo. Es como si le abriéramos la puerta al problema para que venga a convivir directamente con nosotros.

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Tengamos en mente esto: las redes sociales ayudan a difundir información sobre la situación mundial, pero lamentablemente también participa en la difusión de desinformación mal intencionada (o no) por parte de las personas que menos deberían hablar sobre el tema. Pensemos en Whatsapp: ¿han recibido en estos días audios de «importantes médicos y especialistas» que hablan sobre cosas terribles que están sucediendo y de cómo vamos a ir de mal en peor? Seguro que sí, y hasta puedo apostar que han recibido audios que se contradicen entre sí. ¿Qué necesidad hay de creer en todo eso? Es decir, ¿nos consta, podemos averiguar, que esas personas en verdad son lo que dicen ser o, al menos, que existen?

¿De qué sirve vivir en la época de la información si no sabemos buscarla de manera correcta? Es decir, si quisiéramos informarnos del tema del COVID-19, ¿dónde lo podríamos hacer? ¿Acaso en la página de la OMS sería buena idea? ¿O mejor esperamos a que la tía Abigail nos mande una imagen con un Piolín deseándonos buenas vibras con un enlace hacia una página que lo primero que diga al abrirla sea «COVID-19, Nostradamus tenía razón, 10 pasos para sobrevivir»? Perdón, pero no jodan.

De vuelta a casa: ¿qué hacer?

Ya les había mencionado que la cuestión de salud mental está muy comprometida ante los que tenemos que estar en cuarentena. Lo que empieza para unos como «qué bien, qué rico es no tener que ir al trabajo o la escuela», poco a poco se vuelve un tedioso malestar. La idea es ocuparse, tener cosas que hacer, y vaya que hay mucho que hacer además de ver series y películas mientras estamos acostados y comiendo (recuerden, no es hambre, es ansiedad).

Algunas ideas:

-Hacer ejercicio.

-Hacer el quehacer del hogar.

-Actividades recreativas con los que están con nosotros.

-Leer.

-Escribir.

-Jugar (videojuegos son sanos, pero hay que saber poner horarios, PARA TODOS).

-Etc.

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Sin embargo, también hay que tener en cuenta lo que estamos viendo. ¿Acaso no creen que no les genera mayor ansiedad e incluso mayor depresión ver series o películas tristes o de miedo? El inconsciente puede llegar a ser en verdad nuestro peor enemigo. Debo decir que me da risa cuando ante la presente realidad haya quienes se deciden por ver películas sobre pandemias, exterminio, fines apocalípticos, etc. ¿Como para qué?

El contenido debe ser algo más agradable, cómico incluso. Hay muchas opciones. Pero otra cosa que no debemos olvidar es la socialización con los que no están ahí con nosotros: aprovechemos plataformas como Hangouts, Skype, WhatsApp (videolllamadas), Zoom, etc., para poder estar en contacto. Anímense a tomarse un «café digital». Pero sobre todo, si conocen personas que padecen ansiedad, depresión, traumas o cualquier padecimiento mental, no los dejen solos. En verdad los necesitan. En verdad los necesitamos.

Les mando un fuerte abrazo y quedo al pendiente de sus mensajes.

Saludos.

Netflix… ése no es Freud

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Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, les deseo que esto que estamos viviendo a nivel mundial del COVID-19 sea algo que pase lo más pronto posible y que todos ustedes y sus seres queridos logren salir avantes.

Ahora que el tema de la cuarentena ha obligado a muchos a quedarse en casa (entendiendo que es una cuestión de privilegio en tanto que no todos, desgraciadamente, se pueden dar el lujo de hacer lo que conocemos como home office), seguramente muchos están accediendo a las plataformas de streaming para poder tener algo más que ver aparte del trabajo y del estudio. Sin duda alguna, una de las más famosas es Netflix, donde podemos encontrar series y películas en verdad entretenidas.

Ahora bien, hace unos días se estrenó a nivel internacional la serie Freud, misma que «habla» sobre el famoso padre del psicoanálisis. Y pongo entre comillas el habla porque realmente no lo hace.

¿Quién es en realidad?

Primero antes que nada tenemos que entender esto: NO TIENE NADA QUE VER CON FREUD. Lejos de las traducciones al castellano de la terminología freudiana (misma que por ahí leí en Facebook que se asemeja a la «equivocación de Ballesteros»), tenemos que en verdad tener un poco de cultura general sobre Sigmund Freud y el psicoanálisis antes de aventurarnos a ver una serie de este tipo. Ya de por sí la idea que se tiene de nuestro autor y de su descubrimiento permanece dentro del oscurantismo cultural, series como ésta lo único que hacen es desvirtuar más y más las cosas como son.

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Poner a Freud como una persona desesperada por «hacer lo que sea» para lograr sobresalir dentro de la comunidad médica vienesa es en sí un grave error. Ciertamente tuvo muchas críticas en aquellos años, sin embargo, Freud fue creciendo en reputación por sus aportaciones y escritos. Además, sí, él tuvo un periodo muy cercano a la cocaína pues la veía como un excelente anestésico para la operación ocular, sin embargo, él perdió su apego a la misma después de que un querido amigo y colega suyo se volviera adicto y perdiera la vida. También se nos presenta como un psiquiatra, cuando en realidad fue neurólogo.

Historia, brujería y rellenos innecesarios

He de confesar que ya sabía que esta serie se iba a tratar de una puntada más por querer ganar dinero aprovechándose de la ingenuidad o ignorancia de las personas. Desde que anunciaron de qué iba a tratarse, el hecho de que dijeran que «Freud trabajará con un detective y con una médium para resolver casos»… ¡Era demasiado! Sin embargo, me animé a verla para poder comentarla. Y lo cierto es que no me gustó, ni siquiera para recomendarla cuando no hay nada más que ver.

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Si no la han visto y tienen pensado hacerlo, adelante, pero no me detendré en spoilear la historia que se nos narra. Como ya había dicho antes, se nos presenta a un joven Freud (Robert Finster) que se ve envuelto en una terrible presión por querer destacar; hace que la ama de llaves actúe como si él la hubiera logrado hipnotizar y sacar el subconsciente (¡subconsciente! ¡No! ¡INCONSCIENTE!) para poder dar con traumas de ella. Después nos encontramos a Fleur Salomé (Ella Rumpf), una médium al servicio/esclava de Viktor (Phillipp Hochmaier) y Sophia (Anja Kling), nobles húngaros de la casa Szápáry, quienes están relacionados con una serie de crímenes en el Imperio Austro-Húngaro, crímenes que están bajo investigación del detective Alfred Kiss (Georg Friedrich).

Como verán, vaya que le metieron ideas (y quién sabe qué más) al desarrollo de esta trama. Antes de que se me olvide, sí hay cosas que se han escrito o llevado al cine y a la televisión respecto al Dr. Sigmund Freud, tales como Elemental, Dr. Freud (The Seven-Per-Cent Solution: Being a Reprint from the Reminiscences of John H. Watson, M.D., 1974), de Nicholas Meyer, El día que Nietzsche lloró (When Nietzsche Wept, 1992), de Irvin D. Yalom o Pasión Secreta (Freud: The Secret Passion, 1962), película dirigida por John Huston y cuyo guión fue escrito en su mayoría, a regañadientes, por Jean-Paul Sartre, entre otras más…

¿Entonces, qué podemos ver?

Para los que están interesados en la vida y obra de Sigmund Freud, vaya que tienen mucho que ver, pero sobre todo leer. Tenemos grandes biografías de las cuales echar mano, por ejemplo las escritas por Ernst Jones, Peter Gay, Élisabeth Roudinesco, etc. Pero, si lo que ustedes quieren es algo más visual, por aquello de que «no les gusta leer», les recomiendo lo siguiente:

«Análisis de la mente» (documental, aunque con una que otra reserva): https://www.youtube.com/watch?v=tQ0Koa3vvPU&t=19s

«Freud» (serie de la BBC de 1984): https://www.youtube.com/watch?v=ogG1vCxENdY&list=PL0679IGx8w0gdU-PB2vB1qVMHw7SyrR9Z

En fin, hay mucho material…

 

Un lugar para la felicidad

Queridos(as) lectores(as):

¿Dónde podremos encontrar un poquito de felicidad? Creo que es la pregunta que todos nos hemos llegado a hacer, porque al final de cuentas en el mismo camino andamos. Pensar que la felicidad es algo que se obtiene para nunca perderla es como pensar que se respira una sola vez en toda la vida. No, no es así, la felicidad no es sino un instante, un desgarre en la eternidad, es un momento, mas no un absoluto. Cuando hablamos de felicidad, debemos tener por seguro que hablamos, para seguir haciéndolo así, desde la falta. En otras palabras: buscamos tener lo que estamos destinados a seguir buscando.

Puede que me digan que hay quienes «parecen» ser felices. No confundamos la alegría con la felicidad. Muy útil para poder hacer esta diferencia, o al menos intentar tenerlo un poco más claro, podría resultarnos lo que el filósofo danés, S. Kierkegaard aporta: lo estético apunta hacia lo temporal, lo ético hacia la eternidad. ¿Cómo? Vamos por partes. En primer lugar, recordemos que este autor es profundamente cristiano, por lo que es de suponer que ponga como punto de referencia a Dios como «la felicidad», lo absoluto. En la creencia cristiana se apuntala hacia Dios como lo máximo. Es un tema de realización a nivel personal del creyente. Pero vamos a alejarnos un poco de la cuestión religiosa.

¿La felicidad es un sentimiento?

Una pregunta que sin lugar a dudas nos llevaría a tener muchos debates interminables. Pero pensemos lo siguiente: ¿qué necesidad existe para limitarla a los sentimientos? Pongamos un ejemplo: ¿se puede ser feliz cuando tenemos el ánimo decaído? Suena extraña la pregunta, hasta contradictoria, pero es importante hacerla porque no debemos olvidar al inconsciente bajo ninguna circunstancia. La felicidad la podemos ver como una actitud, misma que desarrollamos de manera consciente. Esto, entonces, nos hace pensar sobre la manera en la que abordamos la vida. ¿Cómo vivo? ¿Por qué vivo así? ¿Estoy bien o estoy mal? ¿Según qué, quién o quienes?

Hablo del tema de la actitud porque es la manera serena y realista con la que debemos ir ante la vida. Una pregunta más: ¿puedo ser feliz, disfrutar de mi vida, cuando sé que un buen amigo está pasando por el peor momento de su vida? Sí, por supuesto que sí. Claro, estaríamos preocupados y quizá hasta tristes por la lamentable situación que atraviesa esa persona, pero su dolor no es el nuestro, son dos cosas muy distintas. ¿Qué hacer? Seguir con nuestra vida, ayudarle si podemos. Pero no más. Nuestra felicidad no puede depender del otro, pero sí se puede ver afectada. Por ello es que hay que tener cuidado, diferenciar lo que nos pasa a lo que nos conmueve. Se llama empatía.

Tener un propósito

Hace unos días, revisaba con mis alumnos de preparatoria los aportes que hizo el psiquiatra y filósofo vienés, Viktor Frankl (1905-1997), padre la tercera escuela de psicoterapia, conocida como logoterapia. Gracias a su célebre libro, El hombre en busca de sentido (1946), tenemos una reflexión profunda de un sobreviviente de los Campos de Concentración durante el régimen nazi en Europa. ¿Cómo alguien que vivió aquellos horrores podría seguir viviendo? ¿Cómo saber qué pasará después? A lo largo del libro, Frankl comparte vivencias y nos muestra el lado más humano de las personas.

El hombre es un ser que puede acostumbrarse a cualquier cosa.

-Fiodr Dostoyevski

Pero quisiera centrarme en lo que él propone: tener un propósito en la vida claro. Conocer el propósito de nuestras vidas nos brinda el «para qué» para poder lidiar con los «cómos» que vamos enfrentando a diario. Tendríamos que tener en cuenta que el sentido de la vida, como tal, por sí mismo, no existe, el ser humano es quien va dándole un sentido a cada momento, de ahí la importancia del propósito, ya que sin importar las circunstancias, eso nos permitirá seguir adelante. Para Frankl su propósito era ayudar a las personas, él sabía y comprendía que eso le permitiría continuar. Ahora bien, una pregunta más: ¿no será que la felicidad se encuentra escondida en ese propósito? Cuando alguien se centra en ello, a pesar del dolor, las penas, las tristezas y las preocupaciones, la mente encuentra una distracción que le brinda el placer y la satisfacción necesaria para sentirse bien. Pero, cuidado, volvemos al señalamiento previo: no confundamos instante con eternidad.

Saber ser vulnerables

Uno de los grandes problemas que enfrentamos hoy en día es la expectativa que nos impone una sociedad cada vez más deshumanizada. Las personas pasamos a ser cifras, mismas que se suman o se restan y nada más. ¿Dónde queda espacio para poder disfrutar de nuestra humanidad? Es decir, ¿qué acaso somos piedras que no sienten? Las exigencias sociales se traducen como «sé hombre», «no llores», «sonríe», «no pasada nada», «eso no es nada» y la peor de todas: «échale ganas». Ahí está el resultado de la frialdad y de la falta de empatía.

Pero no es necesario ser así. La vida es sencilla, el ser humano es el que la hace compleja. El poder ser vulnerables nos desnuda como lo que somos: seres humanos, seres relacionales. ¿Por qué está mal decir que nos sentimos tristes, molestos, cansados o incluso con miedo? Tendríamos que ser sinceros al respecto y dejar que el otro nos ayude. A veces, cuando ayudamos a otros, nos ayudamos a nosotros también.

En México tenemos la que algunos dicen es la palabra más bonita del castellano: apapachar. ¿Pero qué significa? Más que significar, adquiere todo el valor de la misma expresión, del deseo de ir hacia el otro. Sin embargo, no es como tal una palabra castellana, no, su origen es náhuatl y fue incorporada al idioma. Revisemos su etimología:

Patzoa: se traduce como apretar o, incluso, apachurrar.

Pero para poder dar el paso al «apapacho», tenemos que duplicar la primera sílaba, dándonos «papatzoa». Así, entendemos que se trata de una caricia que se le da a los niños, «que toca el corazón y el alma». Podemos verlo como una muestra de protección, cariño, cuidado y, por supuesto, amor. «Estoy contigo, yo te cuido, yo te quiero, yo te amo». Y fuera de ese abrazo, todo puede pasar, pero nada a nosotros. Sin embargo, hablamos de un suceso metafísico, pues el apapacho es una caricia, un mimo, un gesto tierno y cariñoso que da consuelo al alma.

Quién sabe, pero al menos los mexicanos podemos atrevernos a decir que el apapacho es ese instante, esa actitud, ese encuentro, donde la felicidad nos abraza, nos reconforta, nos reanima… nos hace ser agradecidos y continuar nuestro camino.

¡Un apapacho para cada uno de ustedes!

 

Una cultura cruel

«Casi todo lo que nosotros denominamos ‘cultura superior’ se basa en la espirutualización y profundización de la crueldad… La crueldad es lo que constituye la dolorosa voluptuosidad de la tragedia»

-Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

No tenía pensado escribir algo esta semana, pero hoy, 10 de enero de 2020, en México nos sacudió desde temprano la terrible noticia de un crimen cometido en una escuela en la ciudad de Torreón: un menor de edad llevó un arma de fuego a la escuela, le dio muerte a su maestra, al parecer hirió a otro profesor y a un compañero, para finalizar quitándose la vida.

Pero, ¿qué sucede? ¿Qué estamos haciendo como sociedad? Tenemos que ser claros en algo: la violencia es parte fundante de la sociedad, es parte de la cultura, nos guste o no. Sin embargo, hoy en día padecemos una fuerte falta de empatía, un profundo desinterés e indiferencia. El individualismo, propiciado por las ideas posmodernas, sólo degenera en noticias dolorosas, unas tras otras.

Culpas y más culpas

Lo que me llama la atención de este caso, es la respuesta que dio el representante político de aquella entidad sobre la «causa» de dicha tragedia: la culpa es de los videojuegos. Evidentemente hubo reacción por parte de la comunidad de gamers pues tachaban de absurda dicha declaración. Sin embargo, tenemos que ser críticos en una realidad que parece hemos ignorado y cuyos resultados los estamos viendo: los videojuegos, TODOS, gozan de una categoría que nos dice sobre la recomendación de edad para jugarlos. Y lo cierto es que a muchos no les importa.

El contenido, no sólo de los videojuegos, sino también de programas de televisión (medio de difusión masiva tradicional), llega a ser en suma violento. ¿Quién pone límites en una sociedad atontada por ideales absurdos y estúpidos como «no les digas nada»? La falta de límites, de educación, de respeto, desencadena eventos tristes y profundamente dolorosos. Pero… NO PASA NADA.

¿Y los padres?

Hace tiempo compartí en esta página un texto donde precisamente hacía esa pregunta. ¿Dónde están los padres RESPONSABLES de sus hijos? Qué fácil es «dar lo que no tuve». Qué difícil es aceptar las consecuencias. El control parental debe perdurar. Debe haber una parte que se preocupe por transmitir la responsabilidad de los actos. No necesitamos padres de familia blandengues y permisivos a todas las conductas y actitudes de sus hijos.

Volviendo al niño que cometió los crímenes de hoy: ¿por qué tenía un arma? ¿Por qué tenía acceso a la misma? En Estados Unidos se ha vuelto una tenebrosa tendencia el enterarnos de noticias sobre balaceras en centros educativos. Y con todo, ni el gobierno del supuesto «mejor país del mundo» ha hecho algo. Ignorar la naturaleza humana es en sumo peligroso. ¿Qué sucede? Tiene que ver mucho con la deshumanización de la vida misma: hablamos de cifras, no de personas. Unos más, unos menos. Sumar y restar. La relativización de la existencia es el cáncer de nuestros días.

Contenido y censura

Hace tiempo, platicaba con una amiga sobre lo impactada que está respecto a la forma en la que otros padres «educan» a sus hijos. Ella me comentaba que ha escuchado que algunos padres «hablan de todo» con sus hijos. ¿Acaso ignoran realmente que NO SE TIENE QUE HABLAR DE TODO CON SUS HIJOS? Insisto: vivimos en una época donde los contenidos son en verdad muy fuertes y se les ofrecen a personas sin criterio, sin capacidad reflexiva que regulen o censuren el acceso por parte de los menores. El ser papás cool para «garantizar» el respeto de los hijos lo que realmente ocasiona es que se les pierda el respeto y, por tanto, por las demás figuras de autoridad en nuestra sociedad.

«Total, si en casa no me dicen nada, pues afuera tampoco». Y en ese «no decir nada», hay de fondo un «no existo, no importo, no intereso». ¿En verdad eso quieren para sus hijos? Nos estremece y daña seriamente como sociedad éste y demás casos donde la violencia se normativiza. Pero es ridículo, al final de cuentas, porque lo que nos aterroriza en las calles, lo vemos con fascinación en otros medios. Por poner un ejemplo: ¿recuerdan sus fiestas de cumpleaños? ¿Recuerdan que muchas veces eran temáticas? Los niños querían ser superhéroes, personajes de caricaturas y de cuentos infantiles. ¿Qué sucedió, entonces, que hay fiestas donde a los niños los disfrazan con el estereotipo del narco mexicano? «Qué lindo, se ve bien bonito(a)…».

Cuánta falta de amor, atención, empatía, cuidado, hay en esta cultura cruel.

Nuevo año: ¿nuevo yo?

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, quisiera desearles un año nuevo lleno de pasión y entrega por la existencia. Recordarles la fórmula nietzscheana sobre que «hay que vivir la vida sin dejar que ella nos viva». Es decir, vivir la vida a pesar de sus circunstancias. Recordar y tener presente que no se trata de que si es un año «bueno» o «malo», eso se queda en lo meramente subjetivo, sino de hacer de nosotros algo que continúe a pesar de los obstáculos. Abrazar la vida es hacerlo con todo lo que ella significa.

Un cuento de Navidad

En 1896, en un comunicado con su querido amigo, Wilhelm Fließ, Sigmund Freud comparte esta interesante reflexión:

«En esta fiesta se celebra a la vez un duelo y un pacto. El primero es por algo perdido: los que no están, lo que no se logró. El pacto es un nuevo arreglo con la divinidad, sea Dios, la vida, la contingencia, el estado de cosas, lo irremediable, lo imposible, etc. En ambos casos, nos sigue convocando a desafiar al futuro».

Pase lo que pase, pasará. Tan cierto como aquella sentencia del filósofo griego Heráclito: nunca nos bañamos en el mismo río dos veces. Ni es el mismo río, ni nosotros tampoco. La vida fluye, nosotros también. Sin embargo, ¿qué tan segura es la embarcación sobre la que nos aventuramos al mar de la vida? ¿Qué tan seguros estamos de tener el control? ¿Lo tenemos?

Revolución: mente y corazón

Debemos tener una revolución de corazones y consciencias, cambiar nuestra manera de ver, escuchar y sentir al mundo: ser más tiernos, cariñoso y empáticos. Porque lo somos, pero el mundo nos provoca miedo, estamos heridos, no queremos más dolor. Hay que saber serlo con quien se pueda serlo.

Pero no seamos como el mítico Davy Jones, quien ante la decepción por la traición de la peligrosa Calipso, se extirpó el corazón y lo hizo guardar en un lugar donde la diosa nunca lo encontrara. ¿Realmente vale la pena retirar nuestro corazón del mundo por culpa de algunos? Más bien tendríamos que ver dónde nuestro amor, nuestra ternura y cariño son bien recibidos y bien correspondidos.

Cierto es que hay que «hacer el bien sin mirar a quién», como lo es también que «cuando lo hagamos no esperemos ni una sonrisa siquiera». Pero es complicado. La caótica naturaleza del ser humano es exigente siempre. Estamos ante la falta y la queremos llenar. Pero nuestra obsesión nos lleva a adentrarnos en momentos y circunstancias que sólo nos garantizan dolor por la decepción. El problema no es el otro, sino las altas expectativas que depositamos en él o en ella. ¿Acaso son las mismas expectativas con las que SIEMPRE nos exigimos ser para los demás?

Ser sin ser de más

¿Por qué nos exigimos tanto cuando se trata de ser para los demás? Es decir, ¿dónde queda nuestro ser ante lo que los otros exigen de nosotros? Ya no es fácil decir «NO», así como tampoco resulta fácil expresar lo que realmente sentimos. Insisto: no se trata tanto del otro, sino de lo que nosotros hacemos por el otro. No se trata de renunciar a lo que somos para ser «aceptados», pero tampoco se trata de que acepten lo que somos «les guste o no».

La sabiduría popular mexicana nos dice «siempre hay un roto para un descocido». ¿Qué necesidad de encajar a la fuerza? Debemos saber renunciar al capricho de querer llenar nuestros vacíos con lo primero que encontramos, como si nos diera miedo no encontrar la respuesta después.

Antes de amar al otro, en verdad hay que aprender a amarnos a nosotros mismos. Siempre a mis alumnos trato de enseñarles que hay que escuchar(se). Y en verdad es muy complicado: la demanda posmoderna nos lleva entre el deseo propio y el deseo ajeno. Debemos saber diferenciar y darnos cuenta que también, aquello que tanto «deseamos», puede ser lo mismo que nos aniquile.

De vuelta al diván

Vamos a jalar agua para nuestro molino. ¿Por qué no empezar el año con un propósito que realmente nos ayude a tener claridad en los otros propósitos? La idea de comenzar un análisis, de ir a terapia, realmemte se funda en el deseo, en el querer hacerlo, no en la necesidad. Uno no se analiza porque lo necesita, sino porque así lo quiere. Dar ese paso, al menos eso creo, nos permite tener cierta claridad, cierto contenido sobre lo que somos y estamos siendo. Detrás de las máscaras siempre hay un rostro humano, y todavía más atrás, incontables historias dignas de ser escuchadas.

Comencemos el año regresando a nosotros mismos: recuperemos aquel deseo, aquel motivo, aquel sentido que nos permita abrazar la vida y que podamos afrontarla de la manera más digna posible. Sin miedo. Al final de cuentas, ningún camino se recorre en soledad, tarde o temprano nos topamos con gente fantástica, quienes nos acompañarán. Pero, cuidado, porque en todos los caminos también hay serpientes, lejos de ponernos a pelear con ellas, es mejor pasar de lado. Eso, quizá, es parte fundamental del amor propio.

¡Feliz 2020!

¿Echarle ganas?

«De lo que no hay que hablar, es mejor callarse»

-Ludwig Wittgenstein

Queridos(as) lectores(as):

Por cuestiones personales y laborales no había podido subir contenido en la página. Pero creo que es importante volver a la página con un tema de suma importancia, mismo que se agrava por la poca, si no es que nula, cultura que tenemos sobre la salud mental.

¿Alguna vez han pasado por un momento muy difícil, triste y/o doloroso? Seguramente sí, sin embargo, les puedo apostar que han tenido que pasar, al mismo tiempo, de recibir expresiones tales como «échale ganas», «ánimo», «tú síguele». ¡Y a veces hasta peor! Hay quienes se atreven a decir algo de la talla de «uy, si tú vivieras lo que yo…». Y también les puedo seguir apostando que lo único que hacen es reprimir las ganas de contestarle de manera no tan amable a esa persona y a su «amabilidad».

Wittgenstein y el escarabajo

Ludwig Wittgenstein fue un filósofo austriaco naturalizado británico que trató, entre muchos otros temas, lo que que su creer era el gran problema de la filosofía: el lenguaje. En su libro, Investigaciones filosóficas (1953), él invita al lector a hacer varios juegos de naturaleza mental. Uno de esos juegos trata de imaginar a un grupo de sujetos que están jugando entre ellos. Cada uno tiene una caja y, dentro de la misma, hay un escarabajo. La idea es que ninguno de los participantes puede mirar lo que hay dentro de la caja de los demás.

Ahora bien, Wittgenstein menciona que el escarabajo es lo que cada uno de ellos ha conocido como tal, por lo que podría darse el caso de que en las cajas hubiera algo que no necesariamente sería un escarabajo, sino que podrían ser una abeja, un gusano, un saltamontes, o, incluso, no hubiera nada. Como que esto se nos está yendo, ¿no?

Wittgenstein se hace de este ejemplo para dar con el tema que estamos tratando de abordar en esta entrada. Cuando el filósofo habla del «escarabajo», lo que realmente está haciendo es una sustitución de la noción de dolor. Cada caja es cada uno de nosotros, el escarabajo es el dolor que cada uno de nosotros tenemos. Ninguna sensación es igual, no se siente de la misma manera, no se sufre o se celebra de la misma manera. Nosotros empleamos el lenguaje, específicamente las palabras, para referirnos a cosas que no son iguales, pero sí parecidas. Tenemos un marco referencial para poder, en cierto modo, una comparación. De ahí que hablemos de niveles.

La verdad es que no te entiendo

Tenemos que ser conscientes que lo que experimentamos cuando una persona está expresando un sentir o un sentimiento, es la empatía que nos genera. Es decir, lo que hacemos es ponernos en su lugar y tratar de saber o hacernos la idea de lo que está pasando. Pero nunca será exactamente lo mismo. Como dice la sabiduría popular: «Sólo sabe cuánto pesa el costal el que lo carga».

Pongamos un ejemplo: un querido amigo ha perdido a su madre; me llama para contarme lo sucedido y me pongo a pensar cuando murió mi madre. Mi contestación sería «te entiendo lo que estás sintiendo», sin embargo, no me acercaría ni siquiera a tocar la punta de su dolor. Los dos hemos perdido a nuestras madres, pero cada uno sabe lo que es, lo que duele, no hay punto de comparación: el hecho es el mismo, pero el dolor no. Las personas NO SON IGUALES. La percepción es distinta.

¿Qué decir?

No es que exista una guía para saber cómo reaccionar, qué decir y mucho menos qué no hacer y qué no decir. Estamos limitados por nuestro lenguaje, por nuestra percepción de nuestro mundo (externo e interno). Por eso es que eso de «échale ganas», por ejemplo, puede resultar algo que perjudique más de lo que pensaríamos podría más bien ayudar. ¿No son demasiadas las ganas que tiene el ser que sufre para mantenerse de pie como para decirle (exigirle) más?

Lo mejor que podemos hacer cuando estamos ante la demanda del otro es escuchar y estar. Nada más. Dejar que la persona ponga en palabras su dolor, tristeza y miedo. Nada de andar diciendo cosas que no tienen que ser dichas. Hay que saber estar en silencio, escuchar con atención, porque por muy buenas que sean nuestras intenciones, no debemos descuidar que sufrimos la desesperación silenciosa de sentirnos impotentes ante el dolor de la persona, y eso nos lleva a decir cosas sin medir consecuencias. Es algo perfectamente natural.

Mejor podría ser: «Lamento lo que estás pasando, ¿vamos por un café?». Creo que eso ayudaría más a la persona. Y lo demás, dejarlo a profesionales de la salud mental. El dolor es algo inevitable en esta vida, el sufrimiento es graduable. Tenemos que aprender que el dolor siempre va a existir, sin embargo, es un hecho que con el paso del tiempo irá disminuyendo o aumentando (en el caso de no trabajarlo).

Y el camino sigue…

La oveja negra

Queridos(as) lectores(as):

¿Alguna vez han utilizado la expresión «la oveja negra de la familia»? Quizá sí, o quizá la han utilizado para señalarlos a ustedes. Puede ser. La cuestión aquí es: ¿qué significa eso? Hablando desde México, esa expresión se utiliza de manera despectiva para señalar a un miembro (o hasta varios) de una familia por ser «notoriamente diferente a los demás». Evidentemente esta expresión no se queda en el espectro familiar, sino también en todo lo relacionado con lo social, escolar y laboral.

Hace algunas entradas ya habíamos mencionado la noción de la alteridad, o «sobre el otro», apoyándonos con el filósofo Emmanuel Levinas. Pero en este caso, el otro, bien señalado y hasta a veces separado del resto de la «manada», es visto con cierto recelo, dolor, tristeza, rabia, e incluso de manera envidiosa, inconscientemente hablando.

Marcando diferencias

Es muy común encontrarnos con familias de eminentes médicos, arquitectos, abogados, financieros, etc. Así como es tremendamente fácil encontrar en esas familias al «bicho raro», a ese personaje que no sigue la tendencia. Por poner un ejemplo, pienso en un querido amigo mío que proviene de una familia de notorios abogados. Tiene 3 hermanos, los cuales son abogados, tal como el padre y a su vez como el abuelo. Sin embargo, él optó por estudiar algo distinto. Decidió estudiar Letras Hispánicas.

Me acuerdo que cuando éramos más jóvenes, él nos deleitaba a otros amigos y a mí siempre leyéndonos poesía de Quevedo, exaltando la figura de Lope de Vega, en fin, muchas actividades propias de su ahora carrera. Y recuerdo también comentarios tales como «a ver si esos muertos que lees te pagan la renta», «vamos a ver si no te mueres de hambre», y demás comentarios despectivos y en demasía burlescos. Sin embargo, mi amigo, al menos desde una perspectiva particular que tengo de él y de sus hermanos, es el que más feliz se le ve (aunque claro, con sus oscuros momentos existenciales). Los otros 3 siempre andan a toda prisa, haciendo y deshaciendo contratos; provocando divorcios o tratando de impedir despojos. Mi amigo, en cambio, es feliz dando clases de Español y Literatura. Lo demás, quién sabe.

Adaptarse o… ¿morir?

Una afirmación darwinista sin lugar a dudas. Pero la realidad en esto es que muchas de las «ovejas negras» tienen que llegar a un punto en el que decidan qué hacer, si adaptarse y ser borreguitos blancos y sumisos a la voluntad del otro, o bien, intentar ser felices haciendo lo que les gusta y aceptando todo lo que conlleve su elección.

Cuando mencionaba que existe una cierta envidia inconsciente de los demás para con la oveja negra, es porque precisamente esa persona está haciendo algo con su vida a partir de sus propios gustos. ¿Cuántos casos no conocemos de gente que renuncia a sus sueños con tal de no perder el cobijo familiar, e incluso, la herencia?

Una personalidad amable

Muchos son los casos de ovejas negras que terminan siendo personas muy amables que siempre están dispuestas a estar para quienes cruelmente los señalan. ¿Pero por qué? Existe un aspecto interesante a considerar: los que sufren de manera clara y directa, entienden y comprenden el dolor silencioso y en solitario de los demás. Sin embargo, no todo dura para siempre, y esas personalidades se terminan agotando ante el constante asedio cruel.

Es muy común que estas personalidades terminen siendo quienes se convierten en líderes, porque desde el hecho de que no están esperando a que les digan qué hacer, ellos saben qué hacer y cómo hacerlo. Los otros borreguitos blancos siempre están a la espera del otro, pero no así de simple, sino del Otro. Es decir, se someten a la voluntad y a los designios ajenos para poder «cumplir». ¿No les suena eso de «intentar encajar»?

¡Ese otro al que tanto odio!

Pareciera justo la teoría del chivo expiatorio del filósofo René Girard. Y ese otro es quizá el que llega, no el que sale de nosotros, sino ese extranjero amedrentado por la xenofobia. Pensemos en los muchos y muy sonados problemas alrededor del mundo en la actualidad, donde los movimientos nacionalistas están promoviendo de manera clara el profundo odio y rencor por el inmigrante. Ese otro que llega no es bienvenido, no tendría que estar aquí. Pero al mismo tiempo es el otro que quiero apoyar cuando está en el país de un tercero. Incongruencias de la vida…

Pero, ¿por qué les odiamos? Quizá porque representan en buena medida lo desconocido, aquello que nos da miedo porque no sabemos qué pasará, esa sensación terrible de perder el control. ¿No es acaso parecido al temor que se le tiene a la muerte? Hay personas que tienen tanto miedo a la muerte que es equiparable al miedo al otro. Resulta a veces hasta siniestro. El odio y el miedo, SIEMPRE, caminan junto a la ignorancia.

Sin prejuicios

Para poder concluir este breve repaso sobre la figura de la oveja negra o del «otro indeseable», tendríamos que darnos la oportunidad de abrirnos hacia el otro, teniendo en cuenta que somos el otro para ese otro. En ese ejercicio de reconocimiento, alcanzamos la humanidad que tanto necesitamos en estos días llenos de dolor, tristeza, desesperación y frustración. Porque quizá el otro, en buena medida, sea aquel que pueda ayudarnos a lidiar con nuestros problemas. Bien dicen por ahí que los problemas tienen solución, pero vistos desde diferentes perspectivas, las soluciones son más rápidas y mejores. Quedémonos con mejores.

Entendamos que todos somos la oveja negra de cualquier lado. Nunca vamos a encajar del todo, además tendríamos que pensar si realmente es lo que queremos. Porque cuando se nos prohibe ser lo que somos para que se nos dé la bienvenida, entonces no vale la pena. Hay un dicho mexicano que queda para esto: No somos monedita de oro para caerle bien a todos.

Carta a mi muerte

Queridos(as) lectores(as):

Como muchos de ustedes sabrán, se acerca el 2 de noviembre, fecha en la que en México se celebra el tradicional Día de Muertos. Tradición de fuertes raíces religiosas tanto prehispánicas como católicas, de hecho, está profundamente relacionada con el Día de los Fieles Difuntos y el Día de Todos los Santos. Sin embargo, esta tradición es algo que es muy complicado explicarle a un extranjero, ya que nuestra simbolización es meramente nuestra, de nuestro propio imaginario colectivo y de una esperanza más allá de la muerte misma: volvernos a encontrar.

El Día de Muertos ha llegado a tocar muchos corazones a lo largo del mundo gracias a Disney y a su película Coco, misma que nos regala una canción que, al menos a mi parecer, relata de manera sencilla y directa lo que la tradición nos hace valorar en cada uno de nuestros corazones: Recuérdame. Esta película recibió un cálido recibimiento tanto por parte de creyentes como de no creyentes, además de mexicanos y extranjeros. De hecho, hace poco se estrenó la película Día de Muertos, que también vale mucho la pena ver, para también apoyar lo nacional.

En fin, en esta ocasión quisiera compartirles una carta muy personal, misma que escribí hace unos años. Agradezco su generosa lectura y espero, de corazón, pueda llegar al de ustedes.

A ti, que por ahí me esperas…

Te diré que no pienso poner resistencia, que no pienso poner pretextos y que no pienso, de ninguna manera, negarme a aceptar tu invitación. No te temo, al contrario, pienso que cuando tú llegues será el día en que por fin podré descansar, ¿de qué? De todo, pero sobre todo, de mí mismo. Seguramente será cuando menos lo piense, o quizá serás como aquel grosero invitado que prolonga su llegada hasta que el anfitrión se llega a impacientar. No lo sé, sólo tú. Pero, también te diré que estaré ansioso porque, al menos eso creo, quizá podré reencontrarme con quienes ya se han ido, familiares y amigos, pero sobre todo con aquellos que tanto admiré a lo largo de mi vida: músicos, escritores, filósofos, poetas, etc. 

¿Pero qué pasará con los que atrás se quedan? Sin duda será algo triste y doloroso, para los que me amaron y quisieron, pero también será motivo de alegría para los que no me quisieron, o mejor dicho, para quienes no lograron entenderme. Habrá lágrimas y sonrisas, pero al final, existirá una ausencia. Diles, a modo de secreto, que las ausencias son oportunidades de recordar, no lo malo, sino aquellos bellos momentos que pasamos juntos y en los que pudimos ser felices (aunque varias veces no nos diéramos cuenta de esto último). 

Claro que extrañaré todo lo que se queda atrás, incluso las cosas tristes y dolorosas, ya que de no hacerlo, creo que estaría negando la propia vida. Quien pretende que la vida sea sólo algo digno de agradecer por cosas buenas que le pasan, es que no logra comprender que todo se agradece, porque los momentos difíciles son aquellos que más nos enseñan, que nos hacen ser fuertes para seguir luchando. Oh, querida muerte, en verdad siento y espero que cuando llegues, no sea como yo quiero, sino como tenga que ser. Pero, eso sí, sólo te pido que sea de una manera en la que pueda mirar tranquilo al cielo y pueda recordar en ese breve instante a mis amados, a mis queridos, a mis amigos. Cuando toques la puerta, hazlo con seguridad y firmeza, pues abriré gustoso y te abrazaré con amor, ya que presiento que serás la visita que viene a quererme, bondadosa y cálidamente, para llevarme a donde tenga que ir. 

Por último, sin más, sólo te pido que ese día tan especial, el sol brille. Que los pájaros canten su última melodía para mis oídos, pues el concierto de la naturaleza puede ser mi último regalo. Iré, con Dios o a la nada, pero iré. Y, al final, tendré una sonrisa en mi rostro, pues habré acabado la gran poesía que mis padres empezaron a escribir cuando abrí mis ojos por primera vez. Y sé que habrá flores, muchas. Sin embargo, me parece justo decirte que aunque mi cuerpo fallezca y mi alma ascienda a otro plano existencial, algo de mí queda en el latido de quienes nunca sabrás ni sus nombres ni sus rostros, ahí está mi victoria, ahí está la razón por la que no temo tu visita. ¡Es así como seré inmortal!

Jaque mate…

Héctor 

Bojack: caricaturizando el malestar

Queridos(as) lectores(as):

Seguramente habrá quienes, al igual que yo, se han hecho fans de la serie animada Bojack Horseman en Netflix, quizá habrá quienes ni tienen idea de qué es y mucho menos de qué trata, pero sin lugar a dudas, tenemos que hablar de ella.

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Esta serie, creada por Raphael Bob-Waksberg, guionista y cómico estadounidense, e ilustrada por Lisa Hanawalt, fue estrenada el 22 de agosto de 2014 en Estados Unidos. Nos adentramos a la atormentada vida del actor de televisión, Bojack Horseman, un caballo antropomorfo que, ya entrado en años, vive atrapado en el pasado y en la fama de un personaje y de un programa cómico de los 90’s, Horsin’ Around (Retozando en América Latina), donde fungía como el padre adoptivo de tres niños humanos. Sin embargo, todo lo bueno tiene un final, y el éxito parece ser que es parte de lo trágico.

Espejito, espejito…

Pero, ¿por qué vale la pena ver un programa así? Mi papá dice: «Consecuencias, Héctor, consecuencias». Es decir, hay que tener la capacidad de ver una crítica profunda, dura y sin cuartel que nos ofrece esta serie (tal como es el caso de Los Simpsons, claro, cuando tenía buenos episodios y mejores temporadas) y no sólo eso, ver lo que está pasando. Causa y efecto. La vida de Bojack es un desastre, hablamos de un narcisista empedernido que es incapaz de lograr cambios reales, y muy necesarios en su vida, por el lugar que él mismo ocupa del «pero si yo soy el famoso, a mí es al que hay que aplaudir por todo» y que lo aparta de quienes son sus amigos y se preocupan por él.

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En un principio, cualquiera podría decir que esta serie es «una más del montón», sin embargo, no es así, ya que en verdad se trata del más exacto retrato de una sociedad posmoderna sumida en los efectos de la inmediatez, el egoísmo, el miedo, el dolor, la tristeza, la soledad. En otras palabras: del estercolero en el que nos estamos hundiendo. Perdonen ustedes, pero es la verdad. Me resulta en sumo preocupante que haya quienes dicen: «Yo me identifico con Bojack», pero al decirlo lo hacen como sintiéndose lo mejor de lo mejor. Claro, por qué no habrían de decirlo, después de todo, parece que el caballo atormentado sostiene el espejo donde ellos se reflejan, y ante tanto dolor y frustración, la negación es el único recurso que logran tener para defenderse de ellos mismos.

Un pasado muy pesado

Como les comentaba, Bojack es el clásico ejemplo de quien vive atrapado en las glorias del ayer, sin embargo, y ojo con esto, eso que uno ve de su pasado es algo que no necesariamente fue así. Cuando tenemos pasados dolorosos y tristes, es muy común que hagamos uso de la fantasía hasta desgastarla; lejos de asumir el pasado que fue y que, de cierto modo, nos ha permitido ser lo que somos y estar en donde estamos, esa negación lo único que hace es reprimir todo el malestar. Mi querido maestro, Irvin D. Yalom, siempre gusta de recordar a sus alumnos, pacientes, amigos y lectores: «Renuncia a la esperanza de un pasado mejor». Eso significa que hay que asumirlo, aceptarlo y trabajarlo para poder edificar una vida más llevadera y que se torne hacia la belleza de la existencia misma.

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Evidentemente hay muchos personajes de los cuales podríamos hablar y de los problemas que tienen, sin embargo, es tanto el narcisismo de Bojack que así se llama la serie, casi todo trata sobre él (en tanto que él se encarga de que así sea) y, bueno, al final de cuentas, como en la transferencia, ese otro es el misterio que habla de otro al mismo tiempo.

Sin amor, ¿qué podemos esperar?

La serie es un largo y muy pronunciado grito de la necesidad de amor en nuestras vidas. El mundo se consume día a día. El capitalismo es enemigo de toda objetividad. Hay quienes están peor, pero también que en otras cosas están mejor que uno. Pero, ¿qué pasa cuando el pasado realmente nos condena? Autores como Sartre y Freud dirían que el pasado es algo de lo que no podemos escapar, y en cierto modo es cierto, sin embargo, cuando en el pasado hay persistencia de condena, hagamos lo que hagamos, si no nos dejamos ayudar por otro(s), no sólo el presente, sino el futuro será en verdad desolador.

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Sé que hay quienes no la han visto, pero necesito spoilear un poco en este momento sobre un personaje muy importante en la trama: la madre de Bojack. En un episodio, ya por una de las últimas temporadas, nos hacen ver a la madre de Bojack que le dice a él: «Naciste roto, ese es tu privilegio». Para quienes han visto la serie y comparten mi indignación sobre ese miserable personaje (no sin antes entender el porqué de su forma de ser), entenderán que quizá fue el diálogo más sincero de ella con su hijo, porque hasta existe una disculpa hacia Bojack. Lo demás ya se lo saben o bien se pueden enterar de qué sucede.

Tienes que sonreír, payasito

Bojack Horseman es en verdad una serie animada muy cruda. Sin embargo, podemos hacer uso de ella para reconocernos y ver con claridad, sin olvidar la humildad, que nuestros errores son los de cualquiera, que nuestras vidas por muy «feas» que parezcan tienen esperanza. Vivimos en un tiempo que muchos se atreven a decir que es el peor de toda nuestra Historia, sin embargo, los tiempos por muy cercanos o lejanos que parezcan, llevan sus propios malestares. La vida es vida, que sea fea o bonita depende de nosotros. A veces tendremos que seguir adelante a pesar del dolor, otras tendremos que aceptar que no podemos, pero lo cierto es que no hay que tirar la toalla.

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Valorar la vida por lo que es nos permite aceptarla y ver de qué manera poder sostenernos en la mayor cantidad de momentos bellos y fantásticos, saber renunciar a relaciones fallidas para abrirnos paso hacia mejores y más edificantes. El pasado no tiene por qué condenarnos, siempre y cuando tengamos la voluntad y la determinación de poder escribir para nosotros, y para los que amamos, un mejor futuro. No será fácil, después de todo, tal y como lo indica el título de la novela autobiográfica de Joanne Greenberg: Nunca te prometí un jardín de rosas.

Si no lo encuentras, pues siembra uno…

 

La sonrisa de un ser triste

Queridos(as) lectores(as):

Aprovechando el empujón que la película Joker (2019) ha dado para pensar en el delicadísimo tema de la salud mental, quisiera aprovechar esta oportunidad para hablar sobre un tema que en verdad merece toda nuestra preocupación. Me refiero a la depresión. Aunque les invito, en este punto, a que primero piensen qué entienden por depresión antes de avanzar en la lectura. Muchos de ustedes seguramente se sorprenderán de lo que realmente es.

Depresión, un padecimiento silencioso

Para empezar, definamos la depresión. Según el DSM-5 (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), «los trastornos depresivos se caracterizan por una tristeza de una intensidad o un duración suficiente como para interferir en la funcionalidad y, en ocasiones, por una disminución del interés o del placer despertado por las actividades. Se desconoce la causa exacta, pero probablemente tiene que ver con la herencia, cambios en las concentraciones de neurotransmisores, una alteración en la función neuroendocrina y factores psicosociales. El diagnóstico se basa en la anamnesis. En el tratamiento se utilizan fármacos o psicoterapia y, en ocasiones, terapia electroconvulsiva».

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Aterricemos un poco lo anterior: la depresión es la pérdida total o gradual del interés por la vida. Es decir, no se trata de ver a una persona llorar y estar triste sin más para pensar que padece depresión, ya que muchas veces (sino es que las más) suelen ocultarla tras una amable sonrisa y un comportamiento tranquilo o ameno. Tampoco estoy diciendo que padecer depresión nos lleva al suicidio. Seguramente han visto publicaciones en Facebook, Twitter y demás redes sociales que dicen algo como «los rostros de la depresión» y suelen acompañarlas con fotos de celebridades que se quitaron la vida. El caso es que la depresión se suma a la lista de padecimientos silenciosos que pueden llevar a poner en riesgo la salud y la vida en el peor de los casos.

¿Han escuchado la historia de Pagliacci?

Quizás estén pensando en este momento en el drama operístico italiano Pagliacci (Payasos) de Ruggero Leoncavallo (1892), pero no, en esta ocasión tenemos que apegarnos más a la modernidad, específicamente al mundo de los cómics o de la novela gráfica. En Watchmen (1986) de Alan Moore y de John Higgins, tenemos un personaje llamado Roscharch, un justiciero, quien en un momento a modo de soliloquio nos comparte la historia en cuestión:

Un hombre va al médico. Le cuenta que está deprimido. Le dice que la vida le parece dura y cruel. Dice que se siente muy solo en este mundo lleno de amenazas donde lo que nos espera es vago e incierto. El doctor le responde: “El tratamiento es sencillo, el gran payaso Pagliacci se encuentra esta noche en la ciudad, vaya a verlo, eso lo animará”. El hombre se echa a llorar y dice: “Pero, doctor… yo soy Pagliacci”.

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Terrible, ¿no creen? ¿Se imaginan estar en los zapatos de Pagliacci? Pensemos en lo irónico del asunto: una persona que tiene el gran talento, el maravilloso don, de hacer reír a la gente y que, mientras lo hace, se encuentra hundido en la depresión. Es como el mexicanísimo «saber aconsejar a los demás, menos a mí mismo». En verdad es una experiencia dolorosa y en sumo triste. Sin embargo, es justamente lo que nos debe llamar la atención y dejar de pensar que vamos por el mundo como si se tratara de una comedia, forzándonos a nosotros mismos a estar «bien» ante los ojos de los demás.

Les aseguro: donde abundan las sonrisas, se están derramando las lágrimas.

La sociedad es un baile de máscaras

Justo es la afirmación que encontramos en El retrato de Dorian Gray, del célebre escritor irlandés, Oscar Wilde (1854 – 1900). ¿Pero a qué se refería con eso? Simple: en la sociedad todos actúan. Y a veces resulta peor que los actores políticos, porque los papeles que cada uno de nosotros interpretamos, lo hacemos de una manera forzada y dolorosa, con tal de cumplir con las exigencias y parámetros sociales.

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Tenemos que entender que la depresión, el hecho de padecerla, es algo que le puede suceder a cualquiera. Es como cuando nos enfermamos de gripe: si nos atendemos como es debido, visitando al médico y tomando las medicinas que nos recete y atendamos al pie de la letra sus recomendaciones para nuestro propio cuidado, saldremos bien, pero si no lo hacemos, y seguimos sin cuidarnos, podemos terminar con problemas respiratorios que nos pueden llevar a la muerte. Por eso es que hay que ir con verdaderos especialistas de la salud mental.

¿Pero con quién ir? En muchos casos, es recomendable acudir primero con un psiquiatra, mismo que hará el diagnóstico adecuado, pero que a su vez es más que probable que recomiende que en lo que dura el tratamiento farmacológico que dará, se visite a un psicoterapeuta o psicoanalista para poder poner en palabras lo que nos está carcomiendo el alma.

Por último, no están, no estamos solos. Siempre podremos encontrar el apoyo de profesionales que nos podrán ayudar a salir adelante. Lo cierto es que no podemos menospreciar la compañía de la familia y de los amigos, pero hay veces en que se necesita una escucha neutral. Hay que mantener el ánimo, sin embargo, no permitir el autoengaño. Ya ven que, al final, las máscaras son sólo eso… apariencia de cualquiera.

Los abrazo con mucho cariño.