¿Una Historia fatal?

«La historia humana es cada vez más y más una carrera entre la educación y la catástrofe».

-H.G. Wells

Queridos(as) lectores(as):

¿Por qué será que cada vez tenemos pensamientos pesimistas, e incluso fatalistas, sobre el porvenir? Tantas veces que escucho a mis familiares, amigos y pacientes decirme «no veo las noticias, ¿para qué? Todo es realmente malo…». Ciertamente los medios de comunicación han logrado, junto con la política mundial, la perversidad de adueñarse de nuestros pensamientos cada vez de modo más alarmante, no podemos descuidar que aunque las cosas parece que van mal, hay muchas otras que avanzan favorablemente y que sirven para equilibrar la balanza.

Debo admitir que he tomado con humor (no a modo de hacer menos, que quede claro) cada vez que anuncian que han encontrado una nueva variante del COVID-19. Cosa que debemos entender que es perfectamente entendible en la naturaleza adaptativa y de supervivencia de un virus. «Nada más falta que anuncien una variante Sigma y ahí sí sonaría algo de auténtico terror», le decía a mis conocidos hace unos días. El humor, tal como señalaba Freud en su texto El chiste y su relación con el inconsciente, es un modo de defendernos de la realidad y, a su vez, de poder soportarla. Y para eso los mexicanos nos pintamos solos.

Angelus Novus

No lo sé con exactitud, pero entre 1920 y 1921, el filósofo alemán, Walter Benjamin, se hizo con un cuadro del artista Paul Klee que le impresionó mucho, precisamente se llama Angelus Novus. Esta obra, inspirada en un relato talmúdico, nos explica que en la tradición judía un ángel es una criatura de origen celestial que es creada con la intención de servir y renovar un cántico para la eternidad a Dios. Ahora bien, Benjamin aprovechó la ilustración para su conocida teoría de El ángel de la Historia, de la cual nos dice lo siguiente: «La figura representada en este cuadro es el ángel de la Historia, empujado siempre hacia arriba y hacia adelante por una fuerza invisible como los vientos, pero con el rostro siempre vuelto hacia atrás, hacia el pasado, y mirando a sus pies el cúmulo de ruinas de tiempos antiguos o recientes que se van amontonando».

Estas palabras suenan un tanto amenazantes y desconsoladoras, en medida de que se trata de una visión determinista del acontecer histórico hacia la tragedia. ¿Pero qué no acaso la vida es precisamente una tragedia? Los antiguos griegos lo vieron y entendieron de ese modo, en el sentido de que siempre podrán pasar cosas buenas, maravillosas, chistosas incluso, pero terminan por acabarse. «Una flor es bella porque terminará por marchitarse». Ahora bien, la pregunta que surge aquí es: ¿por qué sólo nos quedamos con el amargo fin, con la triste parte que nos ocasiona dolor? Y agregamos otra: ¿Y lo demás qué?

Pandemias

Hay una analogía que me gusta aportar en mis clases de Filosofía a mis alumnos. «Para que un mosaico nos revele la misteriosa imagen, tenemos que poner cada una de sus piezas». Es decir, la imagen del mundo no queda ni quedará completa con un puñado de partes (o narrativas), tenemos que ver el cuadro completo y detenernos a apreciar cada detalle. Hace unos días, sostuve un encuentro con un amigo, el cual me decía de modo pesimista y un tanto alarmista que «esta pandemia ya nos cargó, nunca se va a acabar, tendremos que vivir con ella por todo lo que tengamos de vida». Y aquí es donde la Historia entra al rescate. Le hice recordar 2 pandemias específicamente. La primera, la famosa Peste bubónica, que de por sí tuvo varios brotes en distintos periodos de la Historia; su origen se centró en las estepas de Mongolia y, según los estudiosos del tema, se debe a la ingesta de carne de marmota por parte de los pobladores. El primer registro nos habla del s. VI d.C., que afectó al Imperio Bizantino en tiempos del emperador Justiniano. De hecho, se le denominó La plaga de Justiniano porque el emperador también se había contagiado y logrado sobrevivir, no así el 25% de la población que murieron, un total aproximado de 50 millones de personas.

El segundo registro lo tenemos entre 1300 y 1400 d.C., del cual se cree que se debió a los comerciantes musulmanes que viajaban de Mongolia hacia Venecia, de donde se expandió el contagio por varios países europeos. Resultando con la muerte de un tercio de la población europea. Se pudo evitar su expansión de varias maneras, primero con la toma de la Ruta de la seda por parte de los mongoles, después con la cacería de ratas para luego quemarlas pues se pensaba que eran las transmisoras de la enfermedad (cuando en realidad lo eran las pulgas que traían), etc. Después hubo otros brotes de la enfermedad endémica, pero no nos alarguemos con esta plaga.

Y después le hablé de la Gripe española, que también fue en su momento una pandemia que causó la muerte de entre 50 y 100 millones de personas en el mundo entre 1918 y 1920. Se cree que el paciente cero fue Gilbert Michell, un cocinero de Fort Riley en Kansas, EEUU. Aunque se tienen registros de brotes en los campamentos militares estadounidenses en Europa por la I Guerra Mundial. Sea como sea, fue una de las pandemias más devastadoras de la Historia. Por cierto, el patógeno de esta gripe se llama «Influenza A subtipo H1N1». ¿Les recuerda algo reciente?

Medicina

En buena medida me sorprende, aunque no tanto, que muchos que critican los sistemas de creencias sean de los primeros en cuestionar a la ciencia. Ahora con nuestra pandemia de COVID-19, la industria farmacéutica, que si bien se le ha visto siempre al servicio del capitalismo salvaje, ha acelerado sus estudios y colaboraciones para tratar de sacar vacunas, medicamentos y tratamientos para combatir esto que pudo haber sido devastadora sin ella en estos primeros 2 años que llevamos. Sí, han habido muchos contagios y tristemente también decesos, pero la ciencia ha salido a enfrentar la enfermedad en un proceso verdaderamente impresionante de corto tiempo.

Ahora que les hablaba de la Gripe española, justamente le decía a mi amigo que la influenza que nos tocó vivir hace unos años, también ha tenido su respectiva mutación a lo largo de los años y que se ha vuelto una enfermedad estacionaria que ya no cobra tantas vidas gracias a las vacunas que surgieron. No sabemos cuántas variantes con exactitud tenga la influenza, pero ya no es algo que nos aterre. Algo así terminará pasando con el COVID-19, pero algo es seguro, no será la última pandemia que nos tocará vivir o al menos a otras generaciones después de las nuestras.

Pero así como la medicina avanza, el ser humano tiene que avanzar también en el sentido de la educación, la información y la cultura. La tendencia hacia teorías conspiranoicas puede resultar algo en verdad catastrófico. No se trata, al menos como sociedad civil, que nos pongamos a ver si el COVID-19 surgió de un murciélago, de un laboratorio, de los aliens o incluso de un castigo divino, sólo podemos ver que es una realidad y que nos enfrenta contra nuestros miedos y vulnerabilidades. No nos toca sino actuar: cumplir con los protocolos, cuidarnos, etc. Pero eso es una responsabilidad de todos y que exige pensar con criterio y actuar con prudencia.

El fin llegará. No sabemos cuándo. Pero en lo que llega, sólo podemos vivir a pesar de las circunstancias.

Ahí donde no buscas

«Escucha cómo canta el pozo. Lo hemos despertado y canta…»

-Antoine de Saint-Exupéry (El principito)

Queridos(as) lectores(as):

Primero antes que nada, les ofrezco una sincera disculpa, ya que no pude publicar el día de ayer, tal como es costumbre en estos encuentros, debido a que tuve un día un tanto complicado. Pero espero que lo que hoy comparto con ustedes sea mi redención. Hace unos días, recibí un mensaje por parte de Marymar (desde Argentina), en el cual me compartía que había descubierto recién este espacio y que había quedado encantada con el contenido (¡una ves vez más, gracias!), y que había podido encontrar consuelo a cosas que le estaban pasando especialmente por dos entradas: Unas palabras para tu tristeza y Unas palabras para tu soledad. Como bien saben, me encanta interactuar con ustedes y descubrir que lo que comparto les ayuda en sus vidas. Pero Marymar me compartió que si me era posible escribir algo más con toque personal, o como yo digo «desde el corazón».

Justamente, el día de ayer, viví unos momentos un poco incómodos por una situación personal, y que recibí el apoyo incondicional de mis amigos. Aprovecho esta oportunidad para agradecer especialmente a mis queridos amigos, Oziel y Melita, quienes generosamente se pusieron en contacto y me acompañaron un buen rato aunque fuera a distancia. Pensaba en aquellas oportunidades que nos da la vida para descubrir donde menos esperamos y cómo se vuelven auténticos tesoros que debemos agradecer.

El pozo, el desierto y la falta

He querido comenzar este encuentro con la cita de la célebre obra de Saint-Exupéry, El principito, porque a pesar de lo «aparentemente sencilla» que nos puede resultar la lectura, encontramos muchas reflexiones muy valiosas para nuestra propia vida. De hecho, más adelante, el autor escribe: «…lo que hace bello el desierto es que en medio de él puedes encontrar un pozo». Esto tiene que ver directamente con aquello que el ser humano tiene y que hace posible, en buena medida, que la vida fluya. Me refiero a lo que conocemos como la «falta». ¿Qué falta en tu vida? ¿Qué te hace pensar que te falta algo? Preguntas que nos llevan, precisamente, a contestar buscando tener lo que no tenemos. Y el deseo por supuesto que nos impulsa a ello. Ahora bien, hay que tener presente que la falta siempre va a existir en nosotros, y me atrevo a decir que sin la falta, la vida no sería más que un estanque aburrido sin sentido alguno. Un pozo seco.

En su hermoso libro, mismo del que ya les he contado con anterioridad, El pequeño camino de las grandes preguntas, Mons. José Tolentino de Mendonça, nos comparte lo siguiente: «Siempre falta algo, nada es perfecto, nada está acabado, nada resuelto. Es como si jugásemos a un juego imposible: si tenemos el pozo, nos falta la cuerda; si tenemos la cuerda, nos falta el balde; si tenemos la cuerda, el balde y el pozo, nos falta la fuerza para llegar al fondo del manantial en busca del agua que nos sacie la sed». Por ello es cierto que reconocer la falta es no tener nada que ocultar.

Detente, respira y mira hacia ti

Recuerdo que en algún encuentro, compartí con ustedes un consejo que daba Edgar Allan Poe: «Detente a escuchar los latidos de tu corazón». Esto en ocasión a la vida tan «desesperada» que llevamos, más en nuestros días donde se favorece de manera preocupante a la inmediatez. Ese «detente» es de vital importancia para poder caer en cuenta que no todo está en el mundo exterior. Si bien ya hemos hablado de la importancia de la vida interior, por tanto no sólo de la salud física sino de la mental también como una armonía, es de sabios, tal como recuerda Mons. de Mendonça, comprender que «…todos tenemos cuanto necesitamos para sentir la alegría. No es un problema de conocimiento, es cuestión de mirar. Mirar lo que somos y lo que nos rodea con un corazón capaz de sintonizar con el don que nos habita. Si acercamos el oído a la extensión de nuestra vida, ¡nuestra vida cantará!».

En la naturaleza creativa del ser humano está la enorme respuesta para afrontar tantos problemas que se viven a diario. Ahora que los casos de COVID-19 se han incrementando por la nueva variante de Omicrón, al menos en México, la amenaza de un nuevo encierro está a las puertas, y con ella vienen todos aquellos sentimientos negativos que terminan por afectarnos a cada uno de maneras distintas pero igual de demoledoras: miedo, tristeza, dolor, desesperación, soledad y sentimiento de abandono, entre muchas otras. Tal como si hiciéramos mucho ejercicio físico, el cansancio mental por estos sentimientos puede ser en demasía pesado. Hay quienes tendrán que encerrarse les guste o no, otros que lo harán por voluntad propia sin esperar indicaciones, todo sea por la salud y la vida. ¿Pero qué hacer? Es el momento, no de mirar al mundo, sino a uno mismo y descubrir o fortalecer los dones que tenemos. Hay que cantar, pintar, bailar, escribir, leer, readaptar los medios de comunicación con los demás, etc.

Dice el Dr. Juan David Nasio: «La capacidad de crear es el dejar de llorar el objeto perdido».

La vida es trabajo y la escritura es libertad

Hace algunos años, asistí a la Feria Internacional del Libro en Guadalajara (México), y tuve la oportunidad de escuchar una entrevista que le estaban haciendo a Etgar Keret, uno de los más importantes escritores israelíes de nuestro tiempo. Además de ser un autor muy afable y que comparte con sinceridad todo lo que piensa en sus libros, me resultó muy bello algo que comentó: «Yo empecé a escribir partiendo de un sentimiento de gran soledad y de cierta incapacidad de comunicarme con el mundo. No es que pensara que tengo mucho que decirle al mundo y que el mundo debe prestarme atención». Justamente toda expresión parte de una necesidad del sujeto, de ahí que se vuelva una experiencia que caerá en la capacidad hermenéutica de los espectadores. Todo arte es libertad de ser.

Por eso, a modo de propuesta para ustedes, les invito a que sean sinceros con ustedes mismos y utilicen los dones y capacidades que tienen para poder expresar lo que sienten. Las grandes obras no estaban pensadas nunca para estar en ciertos museos, recibir ciertos reconocimientos ni para tener un valor material. Jean-Paul Sartre (¿Qué es la literatura?), decía que «al escribir un libro se arroja éste al mundo». Por eso es que la propuesta psicoanalítica es firme al sostener que la respuesta la tiene el sujeto, sólo hace falta ayudarle a que se escuche a sí mismo.

Todos empezamos como amateurs (galicismo tomado del francés). Es decir, por amor al arte se hace lo que se hace. Ya después veremos qué pasa con ello.

Un regalo para los niños grandes

«Da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón»

-John Ruskin

Queridos(as) lectores(as):

El día de hoy se celebra el Día de Reyes en la tradición católica, misma que nos recuerda cuando Jesús (Niño Dios) fue visitado por 3 Reyes magos y que le presentaron regalos en homenaje a su nacimiento, reconociéndole como «rey de reyes». Esta tradición se repite año tras año con los pequeñitos en nuestras familias, mismos que tal como sucede en la Navidad capitalista, escriben su carta a los reyes con la ilusión de recibir este día algunos regalos.

Pero, ¿qué pasa con aquellos niños que se convirtieron en adultos? Hay que tener presente que cada uno de nosotros seguimos teniendo un factor que nos hace seguir siendo niños. De hecho, como ya lo hemos comentado anteriormente, la capacidad que tenemos de asombrarnos es lo que nos permite seguir sosteniendo una parte vital de nuestra infancia, y definitivamente es algo que no podemos perder.

Escuchar al niño interior

Quizá esa frase se haya escuchado incontables veces en los últimos años; años en los que se ha tratado de hacer consciencia sobre aquellas faltas que se han mantenido desde que éramos niños y que de un modo u otro, nos siguen afectando ya en nuestra etapa adulta. Fue el propio Sigmund Freud quien soltó una «polémica» afirmación, la cual dice que «infancia es destino». Pero, ¿acaso significa que lo que nos sucede en la infancia nos determina para siempre en el futuro? Ciertamente hay conductas que son repeticiones de lo vivido durante la infancia, y que en muchos casos (muy lamentables) están ligadas a la violencia, a la carencia y demás cuestiones negativas. Sin embargo, esa repetición puede ser trabajada para justamente evitar que siga sucediendo, de ahí la importancia de asistir con profesionales de la salud mental.

Ahora bien, haciendo a un lado lo negativo, no podemos negar que hay cosas buenas y maravillosas que nos dieron mucha alegría, ilusión y hasta esperanza cuando éramos niños. Unas de esas cosas, en toda medida posible, era justamente la espera por los regalos que Santa Claus, el Niño Jesús, los Reyes Magos y hasta el Ratón o Hada de los dientes, nos tenían. No se trata de engañar a los niños por un hecho de malicia, sino al contrario, por ayudarles a creer en cosas buenas y lindas. Tal como dice el filósofo alemán, Hermann Graf Keyserling: «Cuando un niño pregunta ‘¿por qué?’, sólo se satisface si le indicamos una sola causa clara y precisa, y nosotros sabemos que nunca le decimos la verdad». Es que, como se ha mencionado, hay cosas que los niños por su edad no tienen por qué saber.

Permitirnos ser niños

El día de ayer sostuve un encuentro con mi querido amigo Martín. Nos vimos cerca del WTC para desayunar. Estuvimos platicando precisamente sobre las cosas que antes hacíamos y que ahora, con el paso de los años, pareciera que no nos permitimos más. Entonces, recordé que justo en el WTC estaba una feria o expo de juguetes, a lo que lo invité a ir para «recordar lo que era ser niños». Claro está que nos encontramos a los reyes magos que iban para cumplir con las cartas de los niños. Recorrimos con asombro cada pasillo y recordamos lo maravilloso que es ver un juguete y llenarnos la cabeza con las mil y un ideas de qué hacer con ellos y en qué aventuras nos íbamos a embarcar. Martín se compró un microscopio muy interesante que se conecta vía Bluetooth al celular y yo me hice con una pequeña figura de Gandalf (El señor de los anillos). Salimos sonriendo.

Una vez en casa, abrí con cuidado mi juguete. Me encantaron los detalles, pero sobre todo la sensación recordada de abrir con ilusión una caja con un juguete. Hoy en día, sí llegamos a comprarnos cosas más «de acuerdo a nuestra edad», sin embargo, no es ni será lo mismo porque lo hacemos con otras intenciones, y aunque hay «juguetes» para grandes tales como los videojuegos y en los que ustedes están pensando, hay algo que no viene con ellos y es la ilusión de la posibilidad misma. Me acerqué a mi librero y puse mi nuevo juguete de Gandalf junto a una figurita que tengo del Dr. Freud. De hecho, hasta me inventé un diálogo para terminar con un chistorete psicoanalítico:

-Sr. Gandalf, ¿por qué no llegó a su sesión la semana pasada?

-Un mago nunca llega tarde, Dr. Freud. Ni pronto. Llega exactamente cuando se lo propone.

-Me temo que de cualquier modo le tengo que cobrar la sesión…

Aprendamos de los niños a disfrutar la vida

Cuando los niños están jugando, siempre quieren saber a qué están jugando, después se organizan y se divierten sin preocupación alguna, sólo con el temor de que venga un adulto a arruinarles el momento con un «ya nos tenemos que ir». Sin embargo, los adultos, cuando «jugamos», no nos queremos enterar a qué, sólo jugamos y punto. ¿Por qué ya no preguntamos? ¿Por qué ya no nos organizamos para divertirnos? Hemos hablado ya varias veces sobre la negación de la vida. ¿Por qué empeñarnos a vivir sólo cuando ya no se puede? Es decir, cuántas veces hay en las que nos estamos divirtiendo tanto que se nos olvida que somos adultos y nos ponemos a brincar, a gritar, a reír, a correr, etc., a tal punto que no falta quien nos diga «ya madura». ¿Madurar? Fue Nietzsche quien dijo que «madurar es hacer las cosas con la misma seriedad con la que un niño juega». ¿De qué sirve vivir si nos olvidamos de hacerlo con pasión? ¿Acaso todo eso nada más es propio de los niños?

El mejor regalo de reyes que los adultos nos podemos dar es recordar lo mucho que nos divertíamos cuando éramos niños e imitarnos, disfrutar los momentos y permitirnos incluso ser lo que no pudimos, tener lo que no tuvimos, etc. Si la infancia es destino, podríamos ponerla frente al espejo y ver que no hay sólo dolor y tristeza, decepciones y falsas esperanzas, sino que existe la oportunidad de vivir algo distinto y compartirlo. Bromear, cantar, reír, tirarnos en el pasto, aventarnos al agua, ensuciarnos con tierra y lodo, no perder la vitalidad que los niños nos demuestran cuando sonríen con sus travesuras.

Hay que darnos la oportunidad que quizá no tuvimos, para evitar arruinarle la vida a los más pequeños y demostrarles que, ser adultos, también puede llegar a ser divertido.

¡Feliz Día de Reyes!

Estos nuevos comienzos

«¿Por qué postergar vuestros proyectos? Comenzad ahora mismo y decid: he aquí el momento preciso».

-Tomás de Kempis

Queridos(as) lectores(as):

Antes que nada, les deseo que tengan un excelente 2022 y que, sobre todas las cosas, a pesar de las circunstancias nunca se nieguen a vivir la vida. Muchos pueden llegar a decir que año nuevo no significa nada, que simplemente es el movimiento de la tierra sobre su eje. Y sí, es cierto, pero no hay que olvidar que el ser humano es un ser de símbolos y lo que éstos le significan o representan es algo valioso para cada uno.

Estuve pensando sobre qué compartir con ustedes en este primer encuentro del año y me decidí justo por este tema de los comienzos. Comenzar algo implica muchas cosas: ilusiones, ideas, perspectivas, proyecciones, esperanza, miedos, angustias, etc. Sin embargo, la idea de comenzar tiene que ver directamente con la esperanza, misma de la que hemos venido hablando desde hace varios encuentros. Y, una vez más, esperanza es darle oportunidad a la vida de sorprendernos.

Hacia donde vayamos

Recordaba una anécdota que leí en alguna ocasión en la que se le preguntó a un importante personaje de la política británica sobre la ex Primer Ministro, Margaret Thatcher, y sobre el destino de ella. A lo que se limitó a decir: «No sé hacia dónde vaya, pero estoy seguro que llegará». Y eso es precisamente lo que pasa en la vida de cada uno de nosotros. Nuestro destino es incierto, no sabemos exactamente qué pasará con nosotros, pero sea lo que sea, algo será. Podremos tener planes, ideas, expectativas, etc., sobre nuestro futuro, sin embargo, la vida y su «lógica» nos demuestra que no es algo tan simple o tan sencillo de que suceda. Tengo aquí a la mano un libro de poemas del filósofo alemán, Friedrich Nietzsche, y en él he encontrado uno que quiero compartir con ustedes:

Nach Neuen Meeren (Hacia nuevos mares)

Dorthin -will ich; und ich traue / Allí quiero ir; aún confío

Mir fortan und meinem Griff. / en mi aptitud y en mí.

Offen liegt das Meer, ins Blaue / En torno, el mar abierto, por el azul

Treibt mein Genueser Schiff. / navega mi barca genovesa.

Alles glänzt mir neu und neuer, / Todo resplandece nuevo y renovado,

Mittag schäft auf Raum und Zeit -: / dormita en el espacio y el tiempo el mediodía.

Nur dein Auge -ungeheuer / Sólo tu ojo -desmesurado

Blickt mich’s an, Unendlichkeit! / me contempla, ¡oh, Eternidad!

Mirar con ojos nuevos las cosas que «no lo son» (tal como la recomendación de San Ignacio de Loyola), nos permite brindarle a la vida nuestro asombro. Cuando el ser humano pierde esa capacidad, podemos decir que ha fracasado como ser contemplativo. La idea, en todo, es hacer las cosas, vivirlas, como si fuera la primera vez y descubrir en cada oportunidad algo que habíamos descuidado por estar esperando otras cosas.

Sobre todo nunca digas «imposible»

Partimos siempre con la idea que las cosas no pueden ser de otra manera, y en cierto punto así es, sin embargo, tenemos la oportunidad de abrazar la alternativa que nos permite entender que en la vida no todo es «o lo uno o lo otro». Pensar «es que esto no es para mí» es, en primer lugar, dudar de nosotros mismos y de nuestras capacidades. Cuando algo nos interesa, cuando algo nos gusta, ¿por qué tenemos que caer en el conformismo de la negación de al menos intentarlo? La actitud pesimista es siempre un gran impedimento para descubrir cosas nuevas. Pero, ojo, también hay que tener cuidado con el optimismo desenfrenado que llega a convertirse en tóxico. Hay que tener una actitud realista en cuanto a lo que podemos hacer o no, lo que podemos decir o no, etc. La vida nos enseña que en verdad nada es imposible, sólo hay cosas que cuestan más trabajo que otras.

Antes de que acabara el año, leyendo en un cuaderno de anotaciones personales, me topé con una página en la que narro una brevísima historia de un encuentro que tuve con «la chica del semáforo». No es mi intención compartir de más sobre esa historia, pero lo que fue un brevísimo encuentro, literal en un semáforo, con una chica bellísima y perfectamente desconocida, sin darme cuenta, terminé por conocerla, saber su nombre (Sofía) y tener la fortuna de que se volviera una muy querida, linda y tierna amiga. ¡Imposible! Pero pasó…

Una actitud siempre dispuesta

La realidad que todos afrontamos actualmente nos mantiene en una preocupación constante por el famoso COVID-19 y las consecuencias del mismo. ¿Qué podemos hacer? Lo que podamos. Pero sobre todo, debemos fortalecer la prudencia, la paciencia y el ánimo que nos permitan tener una actitud siempre dispuesta para enfrentar los distintos problemas que vayamos teniendo, a veces de manera individual y otras tantas a modo colectivo, y no dejar que la pandemia pueda más que nosotros. Justo es encontrar la alternativa a lo que parece irremediable. Darnos la oportunidad de vivir a pesar de las circunstancias pero no perder la vida en el intento.

Seamos agradecidos por lo que hay sin volvernos conformistas. Hay cosas que podemos intentar, que podemos probar, sólo es cuestión de quitarnos los miedos y los malos prejuicios para seguir, cada uno, hacia los caminos que nos quedan por andar. 2022 significa para muchos la oportunidad de tomar las riendas de sus vidas y adentrarse con pasión a la existencia. Un paso a la vez, una dificultad a la vez.

¡El mejor de los éxitos para todos(as) ustedes!

La importancia de la Navidad

Queridos(as) lectores(as):

Como es bien sabido, en este espacio hablamos de todo un poco evitando hacer distinciones. En estos días, los creyentes cristianos conmemoramos el nacimiento de Jesús, quien consideramos es el Hijo de Dios. Sin embargo, hay que ampliar el panorama religioso y tornarlo en un significado que abraza a toda la humanidad por igual: la esperanza. También es justo recordar que hay que saber diferenciar entre la natividad (nacimiento) cristiana y la que se funda a partir del consumismo, la mercadotecnia y el capitalismo salvaje.

Pensar en el nacimiento del Niño Dios nos obliga a todos a usar nuestra imaginación y regresar a aquella narrativa en la que se nos enseña que nació en un lugar modesto, junto a nobles animales y humildes pastores, en un pesebre durante una noche fría. ¿Por qué hay que hacer esto? Porque son las herramientas necesarias para tener presente el verdadero significado de la Navidad: de lo más sencillo, en lo menos esperado, en tiempos difíciles, vino a brillar lo más importante, lo más grandioso, lo que consuela al mundo. Citando a Jeremías Springfield (Los Simpsons): «Un espíritu noble engrandece al ser más pequeño».

Los últimos serán los primeros

Esta sentencia es en verdad maravillosa si la sabemos meditar y trabajar en nuestros corazones. Cuando se hace referencia a los humildes pastores en el relato bíblico, nos acercamos justo a los más olvidados, a los que no son tomados en cuenta, de quienes la política suele sacar provecho. Los pastores representan a los más pobres, a quienes son tratados muchas veces como parias. ¿Pero quiénes fueron los primeros en admirar al pequeño Mesías que había llegado con la promesa de la salvación? Recordemos que si bien la Sagrada Familia fue visitada por 3 Reyes Magos, quienes a su vez se rindieron ante el pequeño niño, no podemos descuidar que los primeros fueron los últimos.

Ahora bien, justo este momento nos habla no del festejo de una fecha, sino de un hecho. La Navidad cristiana nos habla de un hecho atemporal que nos lleva a la reunión familiar, a abrazar la esperanza, el amor, la ternura con humilde agradecimiento. En cambio, la navidad (así, en minúsculas) del consumismo se centra en una fecha repetitiva, año tras año, que busca de un modo silencioso pero al mismo tiempo perverso, condicionar las reuniones, los encuentros y hasta los afectos. ¿Dónde hay espacio para el amor donde un regalo es una condición? Es inevitable pensar en «cuánto me quieres según lo que me regales», porque eso es un golpe inconsciente que se ha ido generando en la sociedad a partir de las presiones materialistas y consumistas.

Los signos navideños

No está mal, por supuesto, celebrar en familia y con seres queridos, pero lo que sí está mal es restarle la importancia y el verdadero significado del hecho que estamos recordando. De ahí que nos obliguemos a nosotros mismos a ver qué es exactamente lo que nos da alegría. Las luces, los colores, los sabores, los olores, etc., son signos exteriores que pretendemos son los que nos ofrecen lo que en ninguna temporada del año. Y sí, ciertamente así es. ¿Pero a qué costo? En la Navidad, los creyentes nos aferramos al nacimiento de Jesús, pero no fuera de nosotros, sino dentro de cada uno, en nuestros corazones y en nuestras almas. Porque ahí es donde brota el amor, la esperanza y los buenos deseos que han de exteriorizarse para ser compartidos.

En el Evangelio según San Lucas, encontramos varios puntos que podríamos considerar muy fuertes, pero que son llamadas de atención para un mundo en el que nos olvidamos con mucha facilidad de lo que es en verdad importante. Comparto con ustedes dos:

«Cuiden de ustedes mismos, no sea que la vida depravada, las borracheras o las preocupaciones de este mundo los vuelvan interiormente torpes y ese día caiga sobre ustedes de improviso…»  (Lc, 21:34)

«El Señor les dijo: «Así son ustedes, los fariseos. Ustedes limpian por fuera las copas y platos, pero el interior de ustedes está lleno de rapiñas y perversidades. ¡Insensatos! » (Lc. 11, 39:40)

El signo de Jesús se interioriza en cada uno de nosotros a modo de sentir el poderoso consuelo de lo que sólo el amor y la esperanza nos pueden brindar en tiempos difíciles. Ahora que, por ejemplo, atravesamos esta terrible pandemia del COVID-19 con todo y sus nuevas variantes, ¿cuántos seres queridos se nos han ido? ¿cuántas personas pasarán estos días con el dolor, el miedo, la tristeza y la desesperanza fuera de un hospital esperando a unos que están dentro? ¿cuántas familias no podrán contar con algunos miembros que están atendiendo a enfermos en los hospitales? La Navidad nos invita a olvidarnos del egoísmo y a pensar en los demás. Recordemos: «Cuando estuve enfermo, me atendiste», «Cuando estuve hambriento, me diste de comer», etc.

Un breve relato navideño

“La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que describir de su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho y su leche se convertirá en sangre divina.

De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: ¡mi pequeño! Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto.

Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten exiliadas de esa vida nueva que han hecho con su vida, pero donde habitan pensamientos distintos. Mas ningún niño ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como este niño, pues Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar.

Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí y de su condición humana delante de su hijo. Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, y es Dios.

Le mira y piensa: ‘Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mí. Y ninguna mujer jamás ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos y cubrir de besos, un Dios calentito que sonríe y que respira, un Dios al que se puede tocar; y que sonríe.

Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña y suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

Eso en cuanto a Jesús y la Virgen María. ¿Y José? A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Porque no sabría qué decir de José y José no sabe qué decir de sí mismo.

Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado. Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya al lado de Dios. Porque Dios explota como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar“.

¿Y quién es el autor de este bellísimo fragmento de la obra conocida como Barioná, el hijo del trueno? Nada más y nada menos que el filósofo ateo, Jean-Paul Sartre, quien durante la ocupación nazi de Francia, fue llevado a un campo de concentración (Stalag 12D, Tréveris). Ahí, unos sacerdotes que también habían sido arrestados le pidieron que escribiera algo para la celebración navideña en 1940. El texto en sí se publicó en 1962, ya que el mismo Sartre se negaba a difundir su primer obra teatral por su conocido anticristianismo y procomunismo. No hay que ser creyentes para entender y comprender que un hecho como la Navidad es único e irrepetible y que garantiza para todos por igual, el nacimiento de la esperanza, la ilusión y la búsqueda de la paz.

¡Muy felices fiestas!

Apegados al Tiempo

«Más vale perder un minuto en la vida, que perder la vida en un minuto»

-Proverbio español

Queridos(as) lectores(as):

Atendiendo a la sugerencia que me ha hecho Jirel, quisiera que nos tomemos un momento para hablar sobre el tiempo. ¿Pero cómo podemos hablar de algo que desconocemos en realidad? Es decir, toda medida del tiempo que tenemos es meramente una invención humana. Recordemos que para Immanuel Kant, tanto el espacio como el tiempo son intuiciones puras del ser humano. Podemos hablar del pasado y del futuro en tanto que nos encontramos en el presente. Estamos «atrapados» en el ahora, en tanto que el ayer se habla a partir de los recuerdos y el futuro se espera a partir de la expectativa.

Percibimos el tiempo a modo de que pensamos que los fenómenos o hechos se van desarrollando a lo largo de intervalos sucesivos. Fue gracias a Albert Einstein con su Teoría de la relatividad con la que se invalidó, de cierto modo, al tiempo como una constante universal. David Hume nos aporta, con sus estudios sobre la perspectiva, que cada ser humano es capaz de mirar lo mismo sin estar mirando lo mismo. ¿Confuso? No, es simple, cada uno de nosotros percibe las cosas según su propia experiencia. Por ejemplo: un adulto puede ver un auto de carreras, conociendo sus partes, su capacidad, sus dimensiones, etc., mientras que para la mirada de un niño pequeño, lo que está ahí es un «rrun-rrun». Justo así pasa con el tiempo: cada uno lo percibimos de manera distinta. Lo que para unos se puede pasar muy rápido, para otros es quizá demasiado lento.

El movimiento y la consciencia

Siguiendo lo planteado por Einstein, debemos considerar que de lo más importante en lo relacionado con el tiempo es el movimiento. El ser humano experimenta el tiempo a modo de un flujo continuo, por lo que existe lo que conocemos como «espacio-tiempo». Si podemos sostenernos en esto, podríamos entender que el aquí y el ahora es justo el presente al que llegamos de otro presente que recordamos como el pasado y que avanzamos a otro presente que especulamos como futuro. Sin el movimiento, no podemos entenderlo. La física cuántica, en sus novedosos estudios, cada vez se acerca a la confirmación de que el tiempo no es más que una ilusión.

De hecho, es curioso, porque si recuperamos la idea de inmortalidad en el mundo griego clásico, ellos apostaban a que los recuerdos inmortalizan a los hombres, los sucesos, etc. Por eso es que hablamos de Historia, y cuando lo hacemos estamos teniendo presente lo que ocurrió miles de años atrás. ¿Será que el tiempo entonces está ligado directamente con el lenguaje? Así es, al menos eso es lo que vamos descubriendo. Porque nosotros hablamos sobre el tiempo, no del tiempo. Hablamos entonces de la necesidad de una consciencia observadora, es decir, sin quien observe o sea testigo, no pasa nada.

Sin caer en terrenos de la Física, podemos acercarnos a una evolución de la consciencia que percibe un ahora determinado entre la gama de posibilidades que existen. De ahí que se hable de cosas tales como el famoso multiverso. Pero no hay que desestimar esto de la consciencia observadora, ya que nos es imposible desmentir eso de que «si no lo veo, no pasa». Y caeríamos en un debate metafísico, incluso teológico, interminable. De hecho, para San Agustín de Hipona, tener clara la diferencia entre la esencia divina (la eternidad) y la esencia humana (lo contingente), le permitió comprender más lo que conocemos como finitud.

Percepción y arreglos

Hace unos días estuve visitando algunos museos. Me pareció llamativo quedarme a contemplar algunos fósiles. Mi papá una vez me explicó que lo que veíamos realmente era una configuración neuronal, en tanto que si recordamos algo del pasado, lo recordamos ahora; por lo que si vemos objetos del ayer lo que estamos realmente observando es un arreglo anatómico del objeto hoy. La consciencia observadora, por tanto, me permite que el fósil que veía en el museo sea lo que es hoy, no ayer. Esta capacidad es propia del ser humano, mas no de otro animal, al menos no tenemos evidencia científica que nos contradiga hasta ahora.

Regresando a Kant, él planteaba un experimento mental que me parece muy interesante realizarlo en este momento. Él decía que no podíamos pensar nada fuera de las intuiciones puras que son el espacio y el tiempo. Por ejemplo, pensemos en una manzana. ¿Cómo la pensaron? ¿De qué color? ¿Sobre qué? ¿En dónde? ¿Cuándo? Etc. De hecho, aquí agregamos el factor de la imaginación para poder recrear esa manzana determinada de cada uno de nosotros. Pensando incluso en aquellas cosas que «no logramos recordar con exactitud», no es de sorprendernos que empleemos incluso la fantasía para rellenar esos espacios mentales. Pero para ello también nos ejercitamos en el espacio y tiempo de nuestra propia consciencia observadora.

Delirio por el tiempo

Desde que lo leí en mi adolescencia, El perseguidor de Julio Cortázar me atrapó. En ese cuento, inspirado en la vida de saxofonista, Charlie Parker, el escritor argentino tiene demasiadas consideraciones respecto al tiempo que detallan un cierto delirio que el ser humano tenemos sobre el mismo. Johnny, uno de los personajes más irritantes dentro de la literatura universal, ve el tiempo no como una necesidad, sino como un mero formalismo:

«[…] Pasado mañana es después de mañana, y mañana es mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente«.

En la clínica psicoanalítica, podemos ver con mucha claridad cómo el tiempo es uno de los grandes malestares en tanto que hay arrepentimientos y profundas frustraciones que se ven arrastradas con el «pasado, el presente y el futuro», pero que en ese espacio analítico, pareciera no tener una medida exacta en el discurso del paciente. Incluso, es curioso que muchas veces se inicia la sesión con mucha impaciencia y se termina con un desánimo brutal por la «rapidez» con la que ha concluido o con lo «tardado» que ha sido.

Sea como sea, el tiempo sigue siendo una noción que nos tiene a todos muy atrapados. No pienso que algún día nos «libraremos» de su «cruel yugo», pero sí me parece importante que cada uno de nosotros tratemos de ver que, tras ese fondo temporal, lo único que tenemos es vida y que no sabemos cómo ni cuándo dejaremos de tenerla. Quizá nos inmortalicen con los recuerdos y es por ello que queda siempre camino por andar…

Una vida de análisis

«Negros pensamientos, la tristeza; tengo un peso en el alma que no me deja vivir».

-Fiódor Dostoievski (Pobres gentes)

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, recibí por parte de Susana una pregunta que me pareció muy oportuna: ¿hay necesidad de pasar por psicoanálisis para estar bien? Sin duda no es algo tan fácil de responder, pero sí podemos hacer el esfuerzo de aclarar algunas cosas. Por ejemplo, ¿la idea de analizarse surge de la necesidad? Es decir, ¿es necesario hacer eso en nuestra vida? Hay que recordar que los antiguos griegos recomendaban una «vida de análisis», para ello está el famoso «conócete a ti mismo» del Oráculo de Delfos; sin embargo, es importante tomar en cuenta lo otro: «todo con medida». ¿De qué sirve analizar la vida? Para empezar, el hecho de vivir por vivir nos genera una cierta sensación vacía que nos imposibilita hallarle un sentido a cada día. ¿Por qué hago lo que hago? ¿Por qué me gusta lo que me gusta? ¿Por qué detesto tanto a cierta(s) persona(s)? Y un sinfín de preguntas que nos podríamos hacer a lo largo de la vida. Pero de nada sirve hacerse esas preguntas si no hay intención alguna de contestarlas, o al menos claro de intentar hacerlo.

De hecho, la Filosofía (que en la etimología clásica entendemos como «amor a la sabiduría») es un arte de la vida misma, en sentido de que es la que nos orienta a preguntarnos las cosas del mundo (entiéndase lo que se entienda por ello) y no quedarnos «conformes» con que las cosas son así por que sí. Al contrario, la filosofía debe ser siempre aquello que logre incomodar al sujeto, que le haga moverse de su zona de confort para que descubra que hay algo más y que no es tan evidente como podría pensarse. De hecho, no hay nada más sospechoso que aquello que es «obvio». ¿Por qué es obvio?

Sapere aude!

Los que han sido mis alumnos, y todos aquellos cercanos amigos y familiares con los que gusto tomar un rico té o café por las tardes, están muy acostumbrados a mis cuestionamientos. Recuerdo en una ocasión mientras daba clases de Ética en cierta preparatoria al sur de la Ciudad de México, que estaba haciendo preguntas sobre un tema a mis alumnos y cada uno hacía su propio esfuerzo para contestar por sí mismo a partir de la propia reflexión, intuición y hasta de sus sentimientos. Fue cuando tocó el turno de C., quien era conocido como «el caso perdido» (siempre he tenido mucho problema con esas sentencias de parte de quienes tiran la toalla y no entienden que tienen responsabilidad también), y al evitar una confrontación con el tema, se limitó a decir «lo que usted diga, profe». Mi reacción fue enérgica, pero no grosera, pues grité: «Sapere aude, C.!»

Todos se me quedaron viendo raro y fue cuando recordé que no les había hablado sobre eso. Tal como ya ha sucedido en otros encuentros en esta página, Sapere aude! fue el lema del periodo conocido como La Ilustración. «¡Piensa por ti mismo!» o «¡Atrévete a saber!». Una vez que le expliqué eso al grupo, por tanto a C., fue como si les hubiera dicho algo en verdad extraño, complejo, difícil, pero sobre todo sorprendente. Y salió mi psicoanalista interior: «A ver, C., te escucho…». Poco a poco se fue animando a contestar la pregunta y se mostró contento, pues por primera vez estaba hablando por sí mismo, diciendo cosas que él pensaba. Cabe señalar que siempre les decía a mis alumnos que conmigo tuvieran la confianza de expresarse sin temor a la censura, mucho menos al castigo. Y vaya que me sirvió esa estrategia porque lo que una materia tan «aburrida» como Ética (por tanto las otras que daba de Humanidades), se volvió una que no se perdían por nada del mundo.

Atrévete a saber(te)

Si bien la Filosofía nos confronta con las dudas y preguntas que surgen en el mundo, no podemos descuidar que de hecho es parte obligatoria en esta disciplina voltear a nosotros mismos para poder dar con un mejor entendimiento de nuestra participación aquí y ahora. Goethe decía que «para poder comprender el pensamiento de un autor, había que conocer primero su vida». Y en verdad es fascinante meterse de lleno a las biografías de los autores que nos apasionan y poder tratar de comprenderles. Hay que entender, no justificar. Por eso es que un análisis de nuestras pasiones, nuestros anhelos, nuestros sueños, nuestros deseos, etc., siempre será imprescindible para esta ardua lucha por la vida y por la búsqueda de un significado posible.

Por eso es que Sigmund Freud y demás estudiosos de la psique (mente), han hecho una suerte de filosofía práctica que nos sirve para (intentar) conocernos a nosotros mismos. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto ir a análisis o a terapia? En un principio hablaba sobre la necesidad. Hay que aclarar que nunca uno se analiza por necesidad, porque le sea en suma necesario, sino que tiene que ver más con el deseo, con la voluntad de saber «qué sucede con nosotros». De ahí que de las primeras resistencias que encontramos se traduzcan como una suerte de presión social: «Es que deberías ir a terapia», «Te haría bien si vas con un especialista», etc. No es de sorprender que la negativa se haga presente porque incluso eso lo podemos considerar como una suerte de agresión pasiva que viene de un otro que, a nuestro juicio, quizá quien tendría que ir a terapia o a análisis es esa persona antes que nosotros.

La persona que se «anima» a comenzar un análisis, es quien con valentía y coraje decide «hacerse cargo» de sí mismo; conocer sus debilidades, miedos, tristezas, su «lado oscuro». Cuando digo que se anima es en dirección a «quien se escucha a sí mismo» y cumple con el deseo de analizarse. Fuera de los famosos tabúes sociales de aquellos que son como «sólo van a terapia los que están locos», podríamos señalar algo que el propio Kierkegaard compartía en su filosofía: ¡voy a análisis porque hay pasión por mi existencia! Y en ese recorrido por la historia de uno, de su propio cielo y su propio infierno, el analizando (paciente) no va solo, sino que cuenta con un acompañante (el analista), tal como Virgilio fue con Dante en la Divina Comedia.

Por último, una vida de análisis es un viaje que es capaz de llevarnos a todos lados, en un abrir y cerrar de ojos, pero sin perderse algo importante: la vida misma.

¿Te gustaría empezar tu análisis?

Te escucho.

Mail: psichchp@gmail.com

Unas palabras para tu soledad

Querido(a) lector(a):

No es para nada sorprendente que uno de los grandes malestares de nuestra sociedad sea el de la soledad. Si bien es cierto que, tal como decía el P. Henri Nouwen, «la soledad es el horno de la transformación», no podemos evitar sentir la desolación, la desesperación, la angustia, la ansiedad, etc. Cuando uno está solo, en efecto, tiene la ocasión del encuentro consigo mismo (descansar, meditar, etc.), pero sumando los problemas cotidianos de la vida, tales como la presión laboral, la falta de ingresos, deudas, enfermedades, ahora el COVID-19 y sus variantes, entre otras, puede llegar a convertirse en una sobrecarga de pensamientos que terminan por quebrarnos. La soledad, de este modo, es quizá lo que menos queremos realmente.

A corazón abierto

Una vez más, estamos aquí, yo escribiendo ignorando quién eres, pero con el corazón abierto para acompañarte en tu soledad. Siempre insistiré que somos soledades que nos encontramos. Cada uno de nosotros sabe, o al menos eso queremos decir, que existen ciertas razones que nos han llevado a vivir con dolor, tristeza, soledad, etc. Pero, ¿por qué parece que eso no le importa a los demás? En este punto me imagino que estás pensando en aquellas veces en las que tú estuviste para los demás y que, ahora que los necesitas, simplemente no están. Hay gente que desgraciadamente sólo ve por sus propios intereses, y eso termina lastimando a otros. Pienso mucho en la figura del títere, ya sabes, aquella curiosa figura que puede llegar a ser muy divertida para el momento, pero que acabada la función, o es colgada en una pared o guardada en un baúl en solitario. ¿Te has sentido así? «Ya que se divirtieron, me olvidan». Te comprendo, mejor de lo que crees. De hecho, querido(a) amigo(a), recuerda que la carta siempre será una asociación libre en la que quien escribe proyecta lo suyo. Pero también considera que estas «confesiones», a veces, las necesitamos leer por parte de alguien más para poder darle palabras a nuestros propios sentimientos.

Quiero decirte algo: todos queremos una maravillosa compañía en nuestras vidas. Desde nuestros padres, hermanos, familia, los icónicos amigos, las coincidencias fantásticas y demás sorpresas. Sin embargo, algo nos hace sentir que no es suficiente. Leí hace unos días en un post que compartieron en redes sociales, que «el arte existe porque el mundo no basta». Lo que nos están diciendo con ello es que el ser humano, en su naturaleza creativa, encuentra las formas de expresarse, tarde o temprano, pero lo hace. Te abro mi corazón y te comparto que he pasado días difíciles, donde mi soledad me ha pesado como no tienes idea, sin embargo, ahora que estoy compartiendo contigo estas letras, me siento un poco liberado de su yugo y me da ilusión pensar que estás sonriendo, que te sientes acompañado(a). Como suelen decir por ahí, «no es coincidencia que estés leyendo esto». Algo te brincó que al leer «unas palabras para tu soledad» te hicieran abrir esta entrada. Y sí, cómo no, después de lo que estamos viviendo, lo que más queremos es un poco de consuelo, algo que nos haga levantar el ánimo y al menos descubrir que no estamos tan solos como llegamos a sentirnos en varios momentos del día. Nos hace falta el tacto humano. Te propongo algo: acércate a un ser querido y, sin explicar nada, pídele un abrazo.

La soledad, de hecho, es un recordatorio para cada uno de nosotros que necesitamos al otro para poder seguir en esta vida. Pero no nos confundamos, no caigamos en una suerte de dependencia determinista. Hablar del otro es como lo que estoy haciendo contigo en este momento, no sé quién seas, no sé dónde vivas, no conozco tu nombre ni edad. Pero te escribo estas palabras para que sientas que, en alguna parte del mundo, alguien comparte tus inquietudes y pesares sobre la soledad. Y no, no estás solo(a), sólo sucede que mereces saber ser acompañado(a) pero no por cualquiera. Ya verás que la vida te irá demostrando que, a pesar de la tormenta, siempre habrá alguien dispuesto a compartir su techo contigo. Pero también es fundamental que tú lo hagas. Recuerda esto que les digo: la esperanza nos enseña a ser sembradores, luego cosechadores. La soledad desaparece cuando se comparte. Olvídate de mandar mensajes por whatsapp, mejor habla. Verás que incluso la llamada que podría ser de 5 minutos se vuelve en algo de horas. Busca, no esperes nada más a que te busquen. Nuestro miedo, nuestra tristeza, nos desconectan del mundo y nos encerramos en el nuestro, a veces sólo hace falta una llamada, un encuentro cálido y tierno, para recordar que vivimos en una sociedad para progresar juntos.

Te quiero, te acompaño, no estás solo(a).

P.d. Gracias, Roxanna, Alisa, Martín… gracias por acompañarme.

Amar lo «imposible»

«El amor es una alegría unida a la idea de su causa».

-Baruch Spinoza

Queridos(as) lectores(as):

Hoy nos toca hacer una reflexión sobre el famoso «amor imposible». Sin embargo, como habrán advertido en el título, agregué un «lo» entre ambas nociones. ¿Por qué? Porque en sí es algo en lo que nos detenemos a reafirmar la idea que tenemos sobre algo: lo que no puedo, lo que puede ser, lo que me gustaría, lo que temo, etc. De hecho, empecé con esta cita de Spinoza que encontramos en su libro Ética. Y aquí verán por qué. El hecho de amar a alguien se vuelve una alegría por su mera existencia. Esté o no esté con nosotros esa persona, el simple hecho de que sabemos de ella, hace que nuestro mundo (nuestra vida) se vuelva en verdad hermoso.

Quizá no lo recuerden o no lo tengan tan presente, pero hace ya varias entradas hablaba del tema de la añoranza, del anhelo, que tienen su base fija en la falta. Tiene mucho que ver con lo que Platón nos daba a entender en sus diálogos cuando se abordaba el tema del amor. Pero, ¿por qué no amar la existencia en vez de optar «amar» una ausencia?

Escribo este encuentro en respuesta a «Vivi», quien muy amablemente se puso en contacto conmigo para sugerirme el tema. «¿Pero qué pasa cuando esa persona que amamos apenas y nota que existimos?». Esa pregunta que tanto nos ha dolido a muchos. Me hace pensar en aquella canción del musical El Hombre de la Mancha, «El sueño imposible«.

Amar una idea

Cuando he hablado sobre esto con colegas de Filosofía o del mismo Psicoanálisis, por increíble que parezca, se ven renuentes a aportar lo que uno esperaría estando en confianza para un diálogo enriquecedor. «Es que lo que preguntas es impensable», «Claro que no se puede amar a alguien que no está», «¡Joder, estás loco, para qué perder el tiempo en alguien que ni si quiere le importas!», etc. Como verán, si de pesimismo queremos hablar, hay que comenzar con la desilusión personal para tratar de hacer morir la esperanza de los demás.

Me parece curioso que se olviden con tanta facilidad de lo que la Historia, la Literatura, la propia Filosofía y demás artes nos han logrado demostrar llegando incluso a inmortalizar. Empecemos por algo sencillo que se conoce como el «amor cortés». Esto tenemos registro en la Edad Media, en la que se expresaba un amor tierno, sincero, honrado, virtuoso y DESINTERESADO. Quedémonos con esto último. El noble caballero, valiente y fiel, elige a una dama que será su inspiración a la hora de batirse en duelo; esa dama quizá estaba comprometida o casada ya con otro, sin embargo, la idea del amor cortés radica en que aunque no sea nuestra esa persona, se vive, se pelea, se triunfa y hasta se muere por ella.

Siglos más tarde, los romanticistas y neorromanticistas, encontraron en este tipo de nociones sobre el amor, una herramienta primordial para poder narrar historias hermosas. Uno de mis eternos favoritos fue, es y será Edmond Rostand (1968-1918), a quien le debemos la obra teatral de Cyrano de Bergerac (1897), la cual nos cuenta la historia del amor imposible de Cyrano por su prima, Roxanne, y no sólo eso, sino la manera en la que consciente de ello, nuestro valiente y noble protagonista accede a ayudar a un joven soldado llamado Christian a que conquiste el corazón de ella. Esta obra ha sido llevada no sólo al teatro, sino también al cine. Una de las más emblemáticas es la que protagoniza el actor francés, Gerard Depardieu. La escena del balcón nos ayudaría a entender esta «renuncia» pero que permite a Cyrano expresar de manera indirecta el noble amor por su dama «imposible».

Lo imposible es no amar

Ahora que les he compartido este hermoso ejemplo de Cyrano, quisiera preguntarles: ¿alguna vez estuvieron en una situación parecida? Yo recuerdo mi propio caso cuando cursaba la preparatoria. Había una chica que nos gustaba a varios. Cabe señalar que estudié en una escuela de puros hombres. Pero de algún modo todos la conocíamos y quedábamos maravillados por lo bonita que era, además de ser buena persona y muy agradable. Un día, ella me dirigió la mirada y la palabra (¡triunfé -me dije-, me hizo caso!). De los hombres con los que frecuentaba, con quien más confianza tenía era conmigo. Pero la historia bonita que me hubiera gustado compartirles, en realidad terminó haciéndome probar el amargo sabor de la famosa friend zone (la zona del amigo).

Un día, estando en un café, me confesó que ella estaba enamorada de otro, que casualmente era uno de mis mejores amigos. Entre el dolor y la tristeza de mi desilusión, pero también la alegría y orgullo por la suerte de mi amigo (aunque la envidia es envidia, nada de que «de la buena»), sólo pude sonreír y dar un rostro que no expresara un corazón roto (el orgullo es el orgullo). Cuando mi amigo se enteró del amor de ella, sin saber lo que yo sentía por ella, se acercó y me pidió que le ayudara a escribir una carta y algún problema para dedicárselo a ella. ¡Qué cosa, cómo se atreve! Por eso es que me identifico con Cyrano, al igual que sé que muchos de ustedes han pasado por cosas similares en algún punto de su vida. Creo que terminaron saliendo y después ya no supe qué fue de ellos.

Pero recuerdo que al momento de escribir esa carta y ese poema, pude identificar el amor cortés, y lo hice con total entrega y con los mejores deseos para ella (y también, aunque a «regañadientes» por mi amigo). Me decía «mientras ella sea feliz, fantástico, aunque no sea conmigo». Ya pueden dejar de sentir lástima por mí, queridos(as) lectores(as) jaja.

Tú ama, que serás amado(a)

Ciertamente la noción del amor cortés no es algo que uno quisiera vivir de por vida. ¿Y cuándo llegará el amor? ¿Llegará? Hoy más que nunca, parece ser que esa búsqueda se atenúa por la soledad en nuestras vidas. Sin embargo, hay que saber y entender que ningún amor debe pensarse para una cosa tan utilitarista. Por eso es importante sostener el amor propio en nuestra vida, ya que de no hacerlo, cuando la friend zone se haga presente, podríamos llegar a hasta humillarnos con tal de que esa amada persona nos ame, como si quisiéramos hacerle sentir culpable de nuestro dolor. Cuando caemos en cosas así, perdemos en realidad dos amores: el del otro y el nuestro. Lo que nos rescata, como bien dice mi querido Gabriel Rolón, es la dignidad.

El amor no sólo busca, se deja encontrar. Y esto último, lo olvidamos con bastante frecuencia. Además, ¿quién nos asegura que no somos ese «amor imposible» de alguien más? No olvidemos que no sólo existen puertas, sino también ventanas.

«Vive por la imagen que alienta y justifica todas tus proezas», como diría el Quijote.

El mundo en el que no estamos

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo de lo que he querido escribir para uno de nuestros encuentros desde hace ya bastante tiempo y que una situación personal, muy molesta, me ha inspirado para por fin hacerlo. Una situación, una actitud o un modo de ser en el que cada día nos mostramos aparte del mundo. Como si estuviéramos «desconectados» pero dando a entender que «ahí seguimos». Me atrevería a pensar en una suerte de indiferencia que, entre muchas razones, la encuentro muy cercana a un egoísmo muy radical.

Por poner un breve ejemplo: ¿les ha pasado que quedan de ir a ver a uno o más amigos/familiares a un restaurante o cafetería, y que están sumergidos en sus celulares? En lo personal, puedo decir que es de las cosas que más detesto y que en verdad me fastidian, cosa que no dejo pasar con sencillez y hago notar mi molestia con comentarios del tipo «si quieres dejo que dejes de escribir en tu cel», o cuando siguen sin reaccionar, simplemente me levanto y me voy del lugar. ¿En dónde están cuando fingen estar?

Ese momento en el que no estás

El vitalismo o el «impulso natural a la vida que surge del interior de las personas», es una corriente filosófica de la cual tendríamos que hacer uso para casos como el anterior. Si nos vamos más por el lado psicoanalítico, nos topamos con la pulsión de vida que nos hace, sea como sea, aferrarnos a ella. ¿Pero qué está sucediendo que de la vida nos estamos perdiendo todo, o al menos demasiado, por poner atención a cosas tan diminutas?

Quizá la pregunta correcta en esto es: ¿de qué no se quieren enterar? Cuando las personas que se reúnen tienen estas actitudes de perderse en sus celulares (o móviles), dando a entender una cierta «indiferencia» hacia quienes les rodean, en primer lugar nos lleva a pensar en la falta de prioridades que tienen esas persona. «No creas que no te estoy haciendo caso, tú sigue hablando». ¿Les han llegado a contestar eso? Sí, seguramente sí y estoy seguro que es la peor respuesta que les pueden dar porque incrementa la sensación de que les están dando el avión (en México decimos eso a quien nos ignora y sólo responde por responder).

¿De qué sirve estar por estar sin que haya una intención de estar? Ahora con lo de la pandemia y el encierro que muchos vivimos, leí en redes sociales muchas veces que ya estaban hartos de no poderse ver en persona, de no poder convivir, de poder incluso tocarse. Y claro, todos extrañamos eso. Pero cuando se levantaron las medidas y los encuentros se permitieron, la gente se reunía sin quitarse el celular de las manos.

La inmediatez y la incapacidad de pensar

Hace unos días, pasé por una situación que realmente me molestó. Un querido amigo había olvidado su celular en mi camioneta cuando le di un aventón a un lugar en el que se iba a encontrar con otro amigo. Yo no noté el aparato. Por lo general, los domingos tengo un horario dispuesto que dedico para platicar con mi familia que vive en otros países. Estaba ya preparado para ello cuando de repente veo una serie de mensajes desesperados en Instagram en mi celular. Cabe señalar que a mí no me gusta tener con sonido mi celular, pero estoy al pendiente por una pequeña luz que me avisa siempre cuando llega un mensaje o una llamada. Así que vi la insistencia de la luz y abrí la aplicación. Resulta que el amigo de mi amigo nunca llegó (aparentemente), cosa que le perjudicó porque sí se dio cuenta de que había dejado su celular en mi camioneta, por lo que lo esperaba para poder pedirle que le prestara el suyo para poderse comunicar conmigo.

Este amigo, con quien ya he tenido ocasiones de «regañarlo» por las cosas que no hace por estar embobado con su celular TODO EL DÍA, entró en una crisis brutal. No sabía cómo comunicarse conmigo. Total que terminé «yendo a su rescate». Al contarme la historia de lo sucedido, me dijo que por no tener su celular, no podía pedir un UBER; que en la avenida en la que estaba parado no pasaban taxis y que, para terminar de empeorar su situación, de cualquier modo no tenía dinero en efectivo para pagarlo. 3 cosas:

  1. Si no hay UBER, ¿no hay otra forma? La inmediatez, como ya lo he hablado en encuentros anteriores, nos tiene terriblemente acostumbrados a solucionar las cosas sin hacer mucho esfuerzo, de un modo rápido y sin «problemas».
  2. Si no pasaban taxis en esa avenida, ¿no se puede acercar a otra avenida donde es más que probable que sí tendrá suerte? Una actitud de «espero que pase algo que me ayude sin moverme». Claramente eso no ayuda en nada.
  3. ¿No cargar dinero en efectivo? ¿Qué pasará el día en que la tecnología nos traicione y no nos pueda servir para solucionar nuestros problemas cotidianos? Mi papá me decía siempre que «por lo menos debería tener 200 pesos en la cartera por cualquier emergencia» y también que «la tecnología tiene la gran facultad de hacernos inútiles».

¿En qué mundo estamos? ¿Dónde está la consciencia que es el puente entre aquello que decimos es lo Real y lo nuestro? Este amigo se cerró en su desesperación. De hecho, también me había dicho en su cadena delirante de mensajes que «le pidiera un UBER». La facilidad con la que lo decía evitaba pasar por la reflexión de la complejidad de esa solución. Ahora bien, si no tenía dinero (cosa que le dije), ¿por qué no tomó el taxi y al momento de llegar a mi casa le pedía que lo esperara, me llamara, y le prestara para pagarle? Insisto: la inmediatez lo cerró en su desesperación que le impidió pensar, en darle soluciones a su problema.

Espera… ahorita te atiendo

Después de que tuviera que enfrentarse a mi enojo y fastidio por lo que me hizo al tener que cancelar la única llamada que tengo con mi familia en la semana, sólo recibía de su parte un «ya sé, tienes razón, perdón, perdón». Una vez en casa, me dice que se iba a comunicar con su amigo para saber qué pasó. ¿Y qué sucedió? Se puso a platicar con él por 20 minutos para ponerse al corriente sobre eso, sin importarle que yo estuviera ahí en ese momento con él y seguir platicando de otras cosas. Terminó de hablar, pidió su UBER y se fue. «¿Oye, te paso algo de la gasolina?», «¿Puedes retomar la llamada con tu familia?», etc… No sé, preguntas que uno esperaría por parte de alguien que debería ser empático y agradecido. Pero no, al parecer eso es imposible.

¿Les pareció molesto? ¿Piensan de mí que soy un neuroticazo obsesivo? Sobre esta última pregunta, sí, en buena parte lo soy, pero no debemos confundir la neurosis con el respeto y la educación. Los valores nos forman para justamente evitarnos problemas y no provocarlos o serlo para los demás. Si no existen las prioridades, los valores, la empatía, nos volveremos todos hacia ese mundo digital en el que «no pasa nada» y descuidaremos lo que está pasando fuera, se abrirán los ojos y nos daremos cuenta que hemos perdido todo. Y estoy casi seguro que nos atreveremos a quejarnos por eso. Así de descarados.

¿De qué sirve un aparato que nos conecta con quienes no están cerca y nos aleja de los que están a nuestro alrededor? No nos arrepintamos después y lloremos de maneras inconsolables por no saber valorar, amar y agradecer lo que tenemos y que solemos descuidar por cosas que terminan siendo totalmente ajenas a los momentos especiales e irrepetibles.