Fragmentos de una vida (1/3)

«Todos los misterios de la infancia se van como la niebla del río».

-Yevgueni Yevtushenko

Queridos(as) lectores(as):

He estado pensando mucho de qué manera podría abordar algunos temas que han salido recientemente en clínica; temas que si bien son particulares no dejan de ser bastante comunes. Por lo que el día de ayer por la tarde, mientras tomaba un descanso y hacía mi acostumbrada caminata, mi atención se centró en las biografías que he leído en estos años. A mis alumnos y amigos, siempre recomiendo que antes de entrar al pensamiento de un autor, es importante conocer su historia de vida, haciendo eco al consejo de Goethe. Entre las biografías resaltan las de Karl Marx, Fiódor Dostoievski, Karol Wojtyla (san Juan Pablo II) y Julio Cortázar. Dos de ellas por gusto y las otras dos, si bien por gusto, también para los cursos que he estado dando.

Pero, ¿qué tiene que ver esto de las biografías? Justo pensaba en que sabemos tanto de otros que muchas veces sabemos demasiado poco sobe nosotros mismos. En las biografías uno tiene la facultad de descubrirse en las vivencias ajenas por la similitud que comparten con las nuestras. Nada raro, bastante esperable. Pero, ¿qué hace que nuestra historia escape muchas veces de nuestro interés? Vamos, hay cosas que hemos vivido que nos duelen mucho a pesar de que hayan acontecido hace muchos años, por lo que las resistencias están a flor de piel. Y lo que es un hecho es que la infancia de todos siempre será un misterio que debe ser analizado.

Es por ello, que a modo de homenaje a tantas historias que he escuchado y vivido como en el caso de la mía propia, he querido escribir un pequeño relato que se dividirá en 3 partes. Esto con la mejor intención de ofrecerles, queridos(as) lectores(as), palabras para que puedan hacer suyas y que el sentimiento pueda encontrar un camino seguro.

Desde ya, gracias por leer.

Héctor

No era más que el inicio de algo desconocido

Un día abrí los ojos y me vi rodeado de lo impensable, no había manera alguna en que pudiera poner en palabras el sentimiento que me invadía al estar frente a tantos desconocidos que lo único que hacían era decir muchas cosas que no entendía, entre las cuales una de ellas se repetía mucho. Con el tiempo descubrí que era mi nombre. Besos, caricias, abrazos, de aquí para allá, hambre y sueño. Un bebé no la tiene tan sencilla como muchos pensarían. Pasaron los años y las cosas fueron cambiando. Problemas en casa, reclamos extraños, palabras violentas que me aterraban. Mamá llorando en una esquina con manchas en la cara, papá enfurecido en otro cuarto con las manos rojas. Un día, mamá gritaba mucho, tanto así que corrí a ella y sólo pude sentir la furia de mi papá arremeter contra nosotros. La policía vino y papá se fue con ellos. Mamá dice que se ha ido de viaje para descubrir cosas nuevas. ¿Por qué no nos llevó con él? ¿Y si fue a Disney? Mamá solo podía llorar cuando le hacía esas preguntas. En la escuela las cosas no eran muy diferentes, sólo que el que lloraba ahora era yo. Apodos, relaciones complicadas con los abusivos, maltrato en forma de palabras, profesores que humillan por no entenderlos y largos y prolongados silencios. Un día, Jorge, mi mejor amigo, me dijo que lo iban a sacar de la escuela, me lo dijo asustado y llorando después de aquel día en que el conserje le pidió que lo acompañara atrás de las canchas de fútbol y que «le inspeccionara» sus pantaloncillos cortos. Una vez más, vi coches con sirenas que se llevaban al sr. Raúl. Mamá me explicó que hay veces que los adultos se olvidan que los niños no son adultos y se vuelven contra ellos, depositando los vicios y la mala voluntad en nosotros sin medir las consecuencias. Eso también le pasó a Sara mientras un día visitaba a sus abuelos. Coincidieron ella y su primo, creo que se llamaba David. «Vamos a jugar a las muñecas», le dijo su primo, así que cuando Sara le preguntó que con cuáles, ya que ella no había llevado las suyas, él le dijo que no importaba, que ya verían cómo, sólo que no había que contarle a los abuelos ni a nadie «pues iban a querer jugar y eso era nada más de ellos dos». Sara, a sus 9 años, sintió cómo el tiempo pasaba tan rápido y que los sueños se vuelven pesadillas. Ya tiene tiempo que no ve a su primo, la carta de despedida se firmó cuando un día al orinar sintió mucho dolor y le dijo a su mamá que «David jugó con ella algo que era muy raro y que la incómodo demasiado». Esa familia no volvió a ser la misma. Sara no ríe desde entonces.

Un día, papá volvió a nuestras vidas, pero nuestras salidas no eran como antes, sólo lo veía los fines de semana. Me decían que «su trabajo no le permitía estar con nosotros mucho tiempo». Nunca me gustó su uniforme café, mucho menos esa fría y oscura sala donde nos encontrábamos. Me incomodaba que Manuel, el policía, tuviera que estar ahí con nosotros. Mamá sólo me llevaba y se quedaba unas salas atrás, ella no lo sabía, pero veía que al irme con el policía, se quedaba llorando. Papá me decía que tratara de entender, que el mundo así es, que las cosas son como son. ¿Por qué cuando me decía esas cosas me hacía sentir tanto miedo? De hecho, un día me dijo algo que todavía no me deja dormir tranquilo: «Te toparás con que este mundo es una mierda, así que o te pones las pilas o te chingas». Un día, llamaron a casa, mi mamá contestó el teléfono y vi cómo su rostro, aunque bellísimo, se ponía blanco. «Papá… tuvo un accidente en el trabajo… murió». Tiempo después supe la realidad de su trabajo, pero también supe que el accidente consistió en meterse en un pleito con una persona mala, misma que lo golpeó hasta quitarle la vida. ¡Qué feo! ¡Nunca quisiera crecer! Pero esas cosas no pasan, sólo Peter Pan puede y aún así nunca me lo han presentado en persona. Durante el velorio escuché muchas cosas horribles sobre mi papá, cosas que hacían llorar más y más a mamá. «Se lo merecía», «Ya se habían tardado», etc. Cosas que no entendía. «Ojalá que no vayas a salir como tu papá, pequeño cabrón, ya ves lo que les pasa después», me dijo quien fuera su mejor amigo, que desde hace un tiempo, he visto que llega a casa y se queda muy noche. ¿Por qué lastima a mamá? ¿Por qué ella grita durante las noches? De hecho, una de esas noches, José entró a mi cuarto, puso sus manos en mi entre pierna y sólo me dijo «no grites, de nada servirá, con el tiempo te gustará».

Y los dulces me saben a sal desde entonces…

La crueldad de hacer culpables a los niños

Ahora te hablo a ti, lector(a), amigo(a), para decirte que no hay que llorar ni sufrir por cosas que cuando éramos niños éramos incapaces de entender. ¿Qué se podía hacer? Había miedo y extrañeza, nos prometieron cosas lindas y sólo nos abrieron las puertas del infierno. Claro que las infancias son distintas, algunos pasan cosas horribles, otros tuvimos otra suerte mejor, pero niños fuimos todos y el futuro nos está esperando. Las heridas del ayer pueden cicatrizar, pero hay que trabajar. Quizá nunca se pueda olvidar, pero tampoco es como para sólo quedarnos atrapados en ese pasado tan cruel y doloroso. Los días están llegando y nosotros con ellos. No estás solo(a), siempre tendrás quienes te podamos ayudar, y si necesitas llorar, hazlo… por ahí se empieza. Pero recuerda: NO FUE TU CULPA.

Te abrazo.

(Continuará…)

(ADVERTENCIA: ESTOS FRAGMENTOS HAN SIDO ESCRITOS CON LA INTENCIÓN DE EXPONER SITUACIONES ESPECÍFICAS QUE NO TIENEN COMO TAL PERSONAJES IDENTIFICABLES CON PERSONAS CONOCIDAS. LO QUE AQUÍ SE NARRA ES UNA HISTORIA FICTICIA, NO HAY NADA DISFRAZADO. SÓLO ESTÁ EL DOLOR Y LA IMPOTENCIA DE ALGUNOS QUE NO DEBE SER CALLADA, NI PERMITIDA NI SOLAPADA)

¡Ya no juego! … Un berrinche de adulto

«A veces, el silencio es la peor mentira».

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

Últimamente he escuchado mucho (y también vivido) eso de que la gente de repente se desaparece, pero a diferencia del fenómeno conocido como ghosting (del cual ya hemos hablado con anterioridad), no lo hacen «para siempre». Es comprensible que muchos se saquen de onda -como decimos en México- sobre este tipo de reacciones por parte de amigos, familiares y conocidos. Pongamos un ejemplo: un día, Manuel estaba hablando con Francisco; pasaron algunas cosas entre ellos y, sin un aparente problema, uno de ellos dejó de estar presente por varios días en la vida del otro. ¿Se enojó? ¿Se ofendió? ¿Qué pasó? Ese silencio y esa retirada no son sino un mecanismo de defensa por las inseguridades del sujeto. Pero, lo que es más llamativo de esto, es que ya es una tendencia social que si bien no es preocupante, puede llegar a serlo en otros factores de la vida.

Algo que me llama mucho la atención es la apología que se hace de la persona que recurre a esas (re)acciones, pues suelen decir de ella que «así es» y, peor todavía: «hay que entenderle». ¿Por qué digo peor? Veamos, cuando no se hablan las cosas, se puede prestar para un sinfín de posibilidades tanto para el sujeto que se calla y se retira y también para quienes «padecen» de eso. Por un lado, el sujeto no logra comunicar el malestar que le ocasiona algo en específico y al no trabajarlo, puede empeorar con el transcurso del tiempo haciendo que se acostumbre a no lidiar con los problemas. Por el otro, los demás empiezan a sentirse mal y logran generar un sentimiento de rechazo por parte del otro. Claro, estoy siendo muy simplista, pues debo insistir que es un abanico de posibilidades lo que puede suceder.

¿Infantilización?

Como decía al principio, cada vez es más notorio que las personas recurran a estos mecanismos de defensa, que bien podemos decir pueden tener un origen inconsciente pero, en muchas ocasiones es bastante consciente. Lo cierto es que por lo general se debe a que el sujeto yace frente a un problema del cual no quiere saber. Que alguien más se haga cargo, que alguien más vea qué se puede hacer. Al menos eso pensamos en primera instancia. Pero, ¿qué sucede cuando hay algo más de por medio? Es decir, ya lo decía también al principio, estamos hablando de las inseguridades del sujeto, entre las cuales quizá haya una de cierta impotencia que lo haga sentirse menos ante las cosas y las personas. Lo curioso es que se torna en una cierta derivación de responsabilidades: una actitud infantil.

El niño sólo se concentra en sus deseos, aunque no los tenga bien definidos. Al niño lo único que le importa es jugar, divertirse, que nadie lo moleste. Pero, ¿qué pasa cuando en el juego existe una molestia con los demás niños? Es muy común que el niño diga «ya no juego», se enoja y se retira. Los demás sólo se le quedan viendo sin entender qué pasó, porque por lo general el berrinche no da explicación del porqué. Eso mismo estamos viendo en estos casos de adultos que guardan silencio y no comparten su malestar, optando por «ya no jugar», irse y dejar que se les pase aquello que los molestó/ofendió/asustó. Puede ser unas horas, unos días, un mes… pero pasa y vuelven. Lo llamativo resulta cuando en su retorno tampoco hay una explicación o una disculpa. ¿Por qué habría de haberla? Es decir, «yo sé por qué me fui, yo sé por qué regreso».

Actitudes que no evolucionan

Cuando los niños hacen este tipo de berrinches, el adulto por lo general se acerca para preguntarles qué ha pasado. Al menos así era en mis tiempos, porque hoy en día eso de «tipos de crianza» ha dado paso a muchos caminos que no dejan claridad de qué manera se involucran directamente los padres. En fin, no soy pedagogo, pero sí he llevado por un tiempo psicoanálisis infantil, y puedo decir desde mi experiencia que muchos padres nos traen a sus hijos para que nosotros averigüemos qué pasa con ellos, con el pretexto de «no sé qué le pasa, pero no sé qué hacer para que me lo diga». Las resistencias en la mente de los niños son para muchos muy complicadas, pero hay que tratar de abordarlos de tal manera que no se sientan presionados y que, al contrario, tengan la seguridad de tener un espacio donde puedan decir lo que sienten. Eso de no hacerse responsable es algo que se hereda al momento de la mímesis. Recordemos que los niños aprenden por lo que ven que los adultos hacen.

Ahora bien, pensemos un poco en aquella obra literaria, El tambor de hojalata (Die Blechtrommel, (1959) de Günter Grass. El protagonista del mismo, Oscar Matzerath, es un niño que a los 3 años de edad decide negarse a seguir creciendo, logrando que su mente se desarrolle como la de un adulto, pero conservando su cuerpo de infante y cómo es que terminó siendo recluido en el psiquiátrico a los 29 años. Por otro lado, pensemos ahora en James Matthew Barrie, célebre autor escocés de la obra de teatro Peter Pan y Wendy (1904), que como sabemos se trata de un niño que se niega a crecer también. La diferencia entre Oscar y Peter radica en que el primero sí «madura» (sea lo que entendamos por esto) a nivel mental, y el segundo se mantiene como niño «por nunca jamás». Esto permitió que en la década de los 80’s, el psicólogo estadounidense, Dan Kiley, planteara lo que se conoce como el Síndrome de Peter Pan, a partir de la observación de varios de sus pacientes y cómo estos se negaban a tomar las responsabilidades propias de los adultos. Ese miedo a crecer, muchos lo comentamos (y lidiamos con ello) a modo de broma cuando decimos que «nos estafaron y que queremos nuestra infancia de vuelta». Sea pues que las personas que en silencio se retiran, es perfectamente entendible que padezcan en cierta medida un temor inconsciente a la responsabilidad social y afectiva, prefiriendo huir por un tiempo, para regresar cuando sientan que ya pasó el «peligro» de hacerse responsables.

Cronopios, Cortázar y Famas

«El que no inventa, no vive».

-Ana María Matute

Queridos(as) lectores(as):

Ahora que estoy empezando el curso Julio Cortázar: cuentista del hombre en la Universidad Panamericana, mi alma mater, he vuelto a «hojear» los libros de este fascinante escritor argentino que, desde mi adolescencia, siempre ha ocupado un lugar de honor en mi biblioteca gracias a mi madre. Y no es fácil leer por leer a Julio, porque Cortázar no es sólo un autor famoso, sino que orienta una lectura bastante inquietante posibilitada a partir de su cultura asombrosa y por el camino que trazó a la psique humana después de haber leído a Sigmund Freud.

Entre las muchas dudas que suelen salir al momento de adentrarse al mundo cortazariano, una que predomina por mucho es la de: ¿qué son los cronopios y qué son los famas? De hecho, en el libro Historias de cronopios y famas (1962), todos caemos en la curiosidad de encontrarnos qué son tales cosas. Y no, no encontramos explicación alguna de estos neologismos del autor argentino. Fue hasta el 20 de marzo de 1977, que en el programa «A fondo», del periodista y conductor español, Joaquín Soler, que durante la entrevista con Julio Cortázar, pudimos enterarnos sobre lo que eran.

Explicaciones a pura pérdida

Tras ser cuestionado sobre el origen de estos seres, Cortázar empieza diciendo «cuando me piden explicaciones es a pura pérdida, porque a mí me cuesta mucho explicar cosas que no me las explico yo mismo». Fue en París en 1956, durante un concierto en honor a Igor Stravinski en el Théâtre des ChampsÉlysées, que nos cuenta nuestro autor lo siguiente:

«Me quedé completamente solo en ese inmenso teatro. Entonces, de golpe, tuve una sensación de que había en el aire personajes indefinibles, una especie de globos que los veía de color verdes, muy cómicos y muy amigos y su nombre era «cronopios» […] Vino así, el nombre y la imagen, y es por eso que al principio cuando se los define, se busca la definición en el mismo libro; empecé a escribir sin saber cómo eran y luego ya tomaron un aspecto humano, relativamente humano porque nunca son completamente seres humanos, con esas conductas especiales de los cronopios que son un poco la conducta del poeta, del asocial, del hombre que vive un poco al margen de las cosas; frente a los cuales se plantan los famas que son los grandes gerentes de los bancos y los presidentes de las repúblicas, de la gente formal que defiende un orden, etc».

Exacto. Sí, justo así. No se entiende a la ligera y seguramente se han dicho «tengo que volver a leer esto porque no me quedó claro». Descuiden, me parece que justo nos volvemos en este momento un personaje más en las intenciones de Julio Cortázar. Los famas se presentan como el elemento apolíneo, es decir, que siguen un orden determinado, que no se dejan doblegar por la novedad y que buscan un fin determinado sin cosas aparte. Mientras que los cronopios son elementos dionisiacos, que van de aquí para allá, sin orden alguno, desafiando y logrando distintas posibilidades.

Ah… ¡qué freudiano! (Esperen…)

Podríamos entender que nuestro autor, siguiendo esa postura de «el niño que creció pero que no lo hizo realmente» que lo caracterizó en su vida, hizo uso de la imaginación que posibilitó una literatura entre lo surrealista y el realismo mágico. Pero lo que nos debe llamar la atención con estos personajes tan curiosos, es la necesidad que llevó a Cortázar a crearlos, porque lo que hace en este esfuerzo literario no es sino un efecto de identificación meramente personal que termina por facilitarle las cosas. Es decir, siguiendo la biografía de Julio, podemos ver que los cronopios son unos más como él, mas no al revés. Recordemos aquello que decía el mismo autor: «Yo parezco haber nacido para no aceptar las cosas tal como me son dadas». La rebeldía era muy propia de Cortázar, pero no una rebeldía cualquiera de su época, sino algo que permitía una alternativa más personal y que, al mismo tiempo, aseguraba una identidad en medio de tanto conflicto social.

Pensando un poco en psicoanálisis, incluso me atrevería a hacer una cierta comparación con estos personajes y la segunda tópica freudiana. Veamos qué sale:

Ello – Cronopios / Yo – Esperanzas / Superyó – Famas

¿Esperanzas? Sí, así es. En la misma entrevista con Soler, Cortázar habla de este tercer personaje y dice lo siguiente:

«Las esperanzas son personajes intermedios, que están un poco a mitad de camino, sometidas a la influencia de los famas o de los cronopios, según las circunstancias».

El Ello es lo más primitivo del ser humano, el Superyó la proyección e interiorización de la ley o de la autoridad y el Yo es lo que trata de cumplir con las exigencias del Ello y con los límites el Superyó. Esa figura que llamo «el gran negociador», me parece que puede verse con claridad reflejado en las esperanzas de Julio Cortázar. Las circunstancias, en efecto, nos influencian de un modo u otro. Vaya cosa interesante, pues les aseguro que en este breve acercamiento a uno de los tantos contenidos literarios cortazarianos, me topé con un acercamiento a lo expuesto por Freud. Y sí, puede que me equivoque, pero al menos pude experimentar lo divertido que es ser un cronopio… ¡que se dejen venir los famas a decirme que estoy equivocado!

El privilegio de estar rotos

«Si me dan a elegir entre la tristeza y la soledad, me quedo con la tristeza».

-William Faulkner

Queridos(as) lectores(as):

Sinceramente me han sorprendido con la respuesta que han tenido con el último encuentro (El vacío de una persona rota). Me han hecho llegar muchos comentarios y en verdad agradezco cada uno de ellos. Sin embargo, uno que otro de ustedes me hizo centrarme en lo que compartí de la serie Bojack Horseman: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Una sentencia en verdad dura y muy pesada. ¿Pero por qué? Evidentemente, muchos(as) de ustedes se identificaron con esa expresión y me manifestaron (muy hermosamente) algunos aspectos de sus vidas que los tienen «rotos». Así que, en respuesta a esto, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones.

¿Qué significa estar rotos? Bueno, no es algo tan difícil de explicar. Pero lo llamativo es que decimos que «estamos rotos» en vez de decir que «estamos heridos/lastimados/dolidos». El uso del lenguaje y de ciertas palabras no es algo en vano. Las analogías lingüísticas que solemos usar son en verdad fascinantes dadas las referencias que tenemos sobre ellas. Decir que algo está roto nos plantea dos opciones: se repara o se deshecha. Pero, pensando en lo personal, en lo que nos hace estar rotos, me parece que se vuelve una condena muy fatalista respecto a la vida misma. ¿Quién puede sonreír cuando está destrozado(a)?

De corazones

Siguiendo el consejo de John Ruskin, «da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón», podemos tener en cuenta el hecho del tesoro de la infancia que se ve en constante peligro cuando se va creciendo y avanzando hacia la edad adulta. El corazón de los niños es una visión del futuro que les espera. Infancia es destino, es lo que entendemos en el psicoanálisis como lo determinante en la vida de los hombres. Hubo corazones que fueron cuidados, que fueron amados, que fueron tomados en cuenta y que dieron oportunidad, pasados los años, de quebrarse. Pero también hubo corazones descuidados, que fueron ignorados, que no se les tomó en cuenta, que sólo fueron puestos a disposición de la aparente crueldad del mundo. Sin embargo, ¿en verdad es un destino funesto del que no se puede escapar? Muy por el contrario de lo que sentencian algunos, el ser humano tiene la posibilidad siempre de probar cosas nuevas y abrirse en totalidad a descubrir lo mejor para sí mismo. Lo que no se tuvo, se puede tener; lo que no se fue, se puede ser. Abordamos la existencia desde el hecho de ser para estar siendo.

El corazón y el ser, pintura al óleo de Cristina Alejos

Un corazón que fue cuidado por alguien más y que ahora está roto, en ningún momento sentencia una realidad que se asemeje a la eternidad de su dolor y de su tristeza. El privilegio que se tiene de poder llorar, de poder dolerse, de poder sufrir, nos abre las puertas de par en par al descubrimiento mismo de la vida. ¿Quién cuando ve a alguien triste no siente el impulso de querer abrazarle y consolarle? Los adultos que sufren son niños que están llorando. La empatía nos permite situarnos en la posición del otro y nos obliga a callar nuestros prejuicios. Un corazón roto debe ser reparado, nunca despreciado. No olvidemos lo que León Tolstoi decía: «A un gran corazón ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa». La tristeza y el dolor son ocasiones de encuentro en el que la humanidad tiene la oportunidad de abrazar la vulnerabilidad y descubrir que nada nos diferencia tanto como normalmente creemos.

El desencuentro conmigo mismo(a)

Sin embargo, no hay que perder de vista algo importante: de nada ni de nadie depende nuestra vida más que de nosotros mismos. La vida del ser humano es tan caótica que es fácil perderse en ideas que nos alejan, que nos hacen sentir solos y que nos provocan miedo de cualquier tipo de encuentros. ¿Cómo puedo esperar que alguien me ayude si esa persona también tiene sus propios problemas? ¿Cómo voy a ayudar a esa persona que sólo ha sido «mala» y que no merece ninguna consideración? Razonamientos así nos impulsan hacia un individualismo salvaje que termina por desmoronar todo tipo de noción de ayuda que podemos plantearnos como sociedad. Muchas veces, el doctor no puede ir al enfermo o el enfermo no puede asistir con el médico, por ello es que hay que entender y ver qué se puede hacer al respecto. A veces por miedo, a veces por duda, pero lo cierto es que no podemos estar esperando que alguien «se apiade» de nosotros si nos somos capaces de pedir ayuda.

Por eso es que hay que considerar el hecho de que en el colapso de nuestro ser en aquellos momentos de desolación, lo que solemos hacer (de manera inconsciente) es abandonarnos. Dejamos de comer, dejamos de apreciar el canto de las aves, todo es oscuro y la luz no tiene ni un lugar donde sea capaz de brillar. La depresión posibilita una idea incisiva y dañina de la falta de esperanza en nuestra vida. Y no, no es así. Pero también hay que ver que ese abandono es una oportunidad de volver hacia nosotros mismos. No es nada fácil, pero tenemos que encontrar fuerzas en cualquier lado para levantarnos y empezar, poco a poco, a retomar la vida, ya que ésta no se acaba por un tropezón. Bien dicen por ahí que «la mejor venganza contra nuestros enemigos es seguir viviendo». Por eso es importante la idea del perdón, pero un perdón personal que nos permita quitarnos las cadenas de aquello que nos mantiene cautivos en los aparentes resultados de nuestras anteriores decisiones. Perdonar(se) es un ejercicio de humildad y una oportunidad de enmendar y seguir adelante.

Saber estar rotos

Una cosa que quizá no habíamos podido contemplar respecto al uso de las palabras para expresar nuestro sentir, es que en este caso al decir que estamos rotos, se abre al mismo tiempo una ilusión de poder «ser reparados». ¿Alguna vez les ha pasado que entienden mejor cómo funciona algo cuando se rompe? Es decir, pienso en aquel juguete de la infancia que por un descuido se terminó rompiendo. Al ver lo que hay dentro del juguete, en cierto modo es fascinante descubrir cómo funciona. Eso mismo pasa con un corazón. Qué fácil nos resulta decir que estamos felices o que estamos tristes, pero qué difícil es explicar el porqué. Y no nos vayamos por la fácil de «es que no puedo explicarlo», porque queda demostrado lo que estoy abordando. Ni nos vayamos por la evasiva retórica al estilo de uno de los amigos de Antonio en El mercader de Venecia (William Shakespeare) cuando le dice a éste (parafraseando): «Estás triste porque no estás contento». La repetición es un fenómeno psíquico bastante común en el ser humano. En la clínica vemos cómo los pacientes no recuerdan, sino que repiten actuando algo en específico. Algo inconcluso, algo no trabajado, termina por repetirse una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

Pienso en N, quien una vez me decía que siempre que hablaba con él, le era imposible no sentirse profundamente triste. ¿Te da tristeza hablar conmigo? -le pregunté. A lo que me contestó: No, pero hay algo en tu voz que me hace recordar a mi abuelo, y pues ya que murió ya no puedo hablar con él. Indagando en esa valiosa información que me dio, pudimos caer en cuenta que el tono de mi voz era muy similar al de su abuelo, y con otras cosas que no puedo compartir aquí, N se sentí muy cercano y a su vez lejano a él al hablar conmigo. Una vez aclarado eso, la tristeza se volvió alegría. Por eso es que hay que entender que estar rotos es un privilegio porque nos permite indagar en nosotros mismos y ver de qué manera podemos «repararnos», qué cosas podemos cambiar, qué cosas podemos incluso eliminar. Saber estar rotos es saber darnos una pausa para estar con nosotros mismos. Y, tal como sostenía Blaise Pascal, «el corazón tiene razones que la razón no conoce». Hay que hacer(nos) preguntas para poder dar con las emociones más profundas y dejarlas fluir con los sentimientos más claros.

El vacío de una persona rota

«Comprender el vacío no es nada fácil».

-Tenzin Gyazo (Dalái Lama)

Queridos(as) lectores(as):

Quiero aprovechar estos días para «ponerme al corriente» de los encuentros que no habíamos podido tener. El día de ayer platicaba con una amiga. P me hizo recordar varias cosas sobre la fragilidad del ser humano. Si bien es cierto que hay personas que consideran la fragilidad (o la vulnerabilidad) como una suerte de «vicio» sentimental, dadas las circunstancias de su entorno, no podemos darnos el lujo de tomar tan a la ligera esa realidad. La fragilidad es propia del ser humano y llama siempre a una esperanza de sentirse mejor. Recordé una escena de la serie Bojack Horseman en la que la madre del protagonista le dice a este: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Hoy por hoy, esa expresión la conocemos mucho ya que solemos escuchar un «estoy roto», «tengo roto el corazón», «voy con el alma rota», etc. En cierto modo, me resulta algo tiernas esa expresiones ya que me remiten a la manera en la que los niños describen sus tristezas, miedos y confusiones. Y precisamente, en buena medida, de eso se trata: el retorno a un periodo en el que algo se rompió.

Dicen por ahí que cuando el corazón duele, es porque alguien antes lo había cuidado y ahora ya no. ¿Pero por qué duele tanto el corazón? ¿Por qué los sentimientos nos consumen si no sabemos controlarlos? P me comentaba que ella «siente mucho», a lo que le respondí que es algo muy suyo, pero tampoco algo extraño. Cuando las personas sienten demasiado, a mi parecer hay una falta de administración sentimental. Hoy en día le llama educación emocional, pero no resulta tan sencillo. La emoción es algo que se produce a nivel inconsciente, mientras que el sentimiento es ser conscientes de las emociones al ser algo más racional. Si somos capaces de analizar el sentimiento, debemos poco a poco ir descubriendo el origen de las emociones. Un amor, por ejemplo, tiene un origen inconsciente que busca ponerle nombre y rostro.

Aquello que hace posible lo demás

Ese vacío que podemos llegar a sentir en algún momento de nuestra vida, podríamos convertirlo a otra noción, la cual sería «la falta». ¿Qué buscamos? Llenar el vacío. Pero, ¿qué pasa cuando ese vacío o falta se presenta como un agujero negro y que nada ni nadie puede llegar a llenarlo? Pues es precisamente lo que deja abierta la posibilidad misma del vivir. Hay que entender y tener muy claro que la falta es lo que permite, en cierta medida, el movimiento, el ir hacia el encuentro con algo determinado. Pero, a su vez, ese encuentro se ve afectado por dos realidades simultáneas: el primero que es la expectativa que de un modo sentencia lo que queremos y, por el otro, aquello que desconocemos y que a su vez es lo que es. Es decir, por un lado buscamos algo con ciertas características, mismas que se nos presentan de modo inconsciente, y por el otro nos topamos con una realidad muy distinta por cuestión de detalles. Y nos aborda un sentimiento de incompletud, algo falta. Curiosamente nunca hay algo que sobre.

«Es lo que yo quería, pero algo le falta». ¿Cuántas veces hemos dicho/oído algo así? Si las cosas fueran al 100% tal y como las esperamos, mucho me temo que no sabríamos valorarlas. ¿Quién se lamenta por estar un día en paz? Incluso en esto último que pregunto, podríamos decir que algo falta: la presencia de un ser querido, una buena comida, una buena bebida, un plan para hacer algo, etc. Entonces, esto nos lleva a cuestionarnos, ¿qué es lo que falta? Y es maravilloso analizarlo. Quien conoce su falta no tiene nada que ocultar.

El paraíso perdido

En el libro del Génesis de la Biblia, conocemos el famoso relato sobre Adán y Eva, quienes son considerados los «primeros padres». Tras el pecado original, fueron expulsados del paraíso. Si entendemos esto a modo de analogía, el paraíso representaba un todo, donde no había falta. Y esto lo vamos a sostener con pinzas. Al ser expulsados, pierden y ganan algo. El vacío interior es vivo ejemplo de ello. Muchas veces no sabemos qué nos sucede cuando respondemos de manera inconsciente a un estímulo exterior. ¿Por qué me dio tanta risa un comentario que hizo un amigo si quizá no es tan chistoso? ¿Por qué me cuesta tanto lidiar con un lugar sumido en la oscuridad? ¿Por qué al escuchar cierta melodía no puedo evitar sentir nostalgia y salen de mis ojos algunas lágrimas? Sigmund Freud «odiaba» la música, pero en realidad no es que no le gustara, lo que sucedía es que le era imposible explicar el hecho de que ésta lograra en el ser humano una lluvia de emociones tan diversas y tan profundas. Una melodía podía hacer sonreír y provocar el llanto al mismo tiempo.

Siempre hablamos de querer ir, de querer estar, en un lugar distinto al que estamos para «sentirnos bien» o «mejor». Pero, ¿qué sucede si el error se encuentra en la expresión? El filósofo rumano-francés, Emil Cioran, sostenía que el ser humano lo que hace es añorar el paraíso perdido, mismo que, a su creer, es el lugar y momento en el que el ser humano fue feliz en realidad, en el que tenía todo, en el que no le faltaba (al parecer) nada. Si pensamos en el paraíso perdido de los «primeros padres», caeríamos en una nostalgia religiosa incierta. Pero si pensamos en nuestro propio paraíso perdido encontraríamos un lugar muy cercano a nuestra infancia. Hay días en los que solemos decir, a modo de burla, que «nos engañaron, que no está tan genial ser adultos». Cuando somos niños, fantaseamos con ser grandes por todas las cosas que percibimos y que nos maravillan. Cuando somos adultos, quisiéramos regresar a aquel momento en el que no teníamos tantas preocupaciones. Se trata de la falta original: ser niños era poder disfrutar el mundo sin comprometernos con él.

Un pasado pesado

Aunque claro, no siempre pensar en el pasado nos resulta algo bello o alegre. La vida, siendo la posibilidad de las posibilidades, no es la misma para todos. Unos tuvieron, otros carecieron. Unos fueron amados, otros fueron descuidados. Si bien es cierto que el pasado nos marca, debemos comenzar a abrazar la esperanza de un modo distinto. Irvin D. Yalom invita a que «abandonemos la esperanza de un pasado mejor». Lo que no fue, no fue. Hay que permitirnos soltar las cadenas del pasado un poco y dejarnos libres para lo que está siendo, para lo que está por ser. El pasado no puede (ni debe) determinar el futuro. Antes bien, nos debe servir como experiencia para poder asimilar la realidad y ver de qué manera podríamos lograr lo que ayer no fue. Aquellos que no fueron amados, habrán de poder ser amados. Pero no es fácil cuando hay tanta culpa de por medio. Me ha tocado escuchar incontables veces a pacientes que «no se perdonan por haber permitido lo que pasó». ¿Qué se podía hacer en aquellos momentos donde no estábamos preparados para las cosas malas que sucedieron? Hay tantas personas que no fueron sólo víctimas ayer, sino que hoy siguen siéndolo por lo que no logran soltar. Amor, comprensión y empatía son herramientas necesarias para todo y para todos.

Volviendo a temas religiosos, San Agustín nos recuerda que «la salvación no es de todos, sino de muchos». Hay quienes no podrán ser salvados, quienes no podrán ser ayudados, por mucho que haya quienes queramos hacerlo. No depende de nadie la salvación o la perdición del otro. Uno puede hacer algo, servir y amar, pero del otro también depende una cierta carga de trabajo para ello. Por eso es que el vacío de las personas que están rotas, a mi creer, es fuente de inagotable ternura y oportunidad. Si apreciamos un corazón que está roto, lo buscaremos reparar. Si no, terminará siendo desechado. Quien piense que estar roto es una tragedia, es que no ha entendido que el vacío es ocasión de aprendizaje constante y de descubrimientos inigualables. El ser humano tiene en sus manos el poder hacer algo o no con su vida. Recordemos a Nietzsche: vivir la vida sin que la vida nos viva.

Cambiar y cambiar

«Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo».

-Julio Cortázar

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que no había podido estar con ustedes en nuestro encuentro acostumbrado en esta página. Pero ahora que la ocasión lo permite, me gustaría plantear una pregunta: ¿qué sucede cuando no nos queda más que «volver a empezar»? Evidentemente se trata de una pregunta muy abstracta y que facilita el hecho de que haya incontables respuestas, pero me parece que podemos comenzar justo con una base a modo de cuestionamiento meramente personal. Volver a empezar implica, antes que nada, aprender a renunciar. ¿A qué? A lo que precisamente nos ha hecho estar en donde estamos.

Vamos a poner un ejemplo muy común: una relación nueva. Si bien es cierto que el rompimiento o el fin de una relación nos orienta hacia un duelo, debemos entender que es el fin de A con B, mas no el fin de A ni de B. Ver la relación existente que acaba es posibilitar la aceptación de la individualidad que se mantiene. Por lo que A y B tienen una nueva oportunidad de relacionarse con C, D, E, F, G… etc. Lo que se acaba es el vínculo. Pero, aunque esto suene muy fácil, sabemos y comprendemos que no lo es del todo. Y con eso hay que empezar, por trabajar aquello que cuesta.

El fin del mundo llega en todo momento

El fin de semana tuve la oportunidad de compartir con un querido amigo, R. Él ha pasado por una situación en la que le han puesto fin a un trabajo suyo por razones que no diré aquí. Pude observar y conocer en sus palabras las ideas, las dudas, las molestias y demás cosas alrededor de lo sucedido. Pero, mucho tiempo antes de lo sucedido, fue precisamente con R con quien tuve una plática sobre «el fin del mundo». ¿No les parece interesante cómo la narrativa personal proporciona un material inigualable para la reflexión general? «El mundo se está acabando, estimado» -le dije. ¿Qué mundo? El que conocemos, el que vivimos, en el que participamos. ¿Pero se trata del mundo Tierra o el mundo abstracto? Todo lo existente desde su inicio lleva asegurado un fin.

Hoy por hoy, podemos estar seguros que las ideas de progreso, avance, evolución, etc., dan paso a cambios a todo nivel. Pero, cuidado, los cambios no son necesariamente buenos, así como tampoco malos. Sucede que estamos muy «acostumbrados» a lo que hemos vivido por tanto tiempo, y una vez más, para bien o para mal, que la idea de cambio nos hace dudar, cuestionar, incluso hasta sentenciar de manera negativa. Hay cosas que podemos intentar cambiar, pero otras que por mucho que la sociedad se esfuerce, no se logrará tan fácilmente, porque hay que tener claro que los cambios se dan de forma paulatina, nunca de golpe. Antes bien, los cambios que se dan de un día a otro, caen en lo que podemos conocer como «lo que se impone», y eso atenta contra la libertad y la voluntad de las personas. Así como las estrellas que vemos en el cielo, es más que probable que llevan años muertas, los cambios que estamos presenciando en el día a día llevan años en el proceso. El mundo ha estado muriendo desde que empezó.

Instrucciones para afrontar un cambio

Ahora que inicié este encuentro citando a Julio Cortázar, quiero aprovechar lo que el escritor ha hecho con algunos de sus textos «instructivos» y hacer algo parecido a ello. Pero… ¿qué pasaría si la instrucción fuera sólo una? ¿Es posible? Veamos…

1.- Viva.

Ya. Eso es todo. Qué simple. ¿Pero por qué nos cuesta tanto vivir? ¿Qué significa eso? Para empezar, ¿acaso existe un manual del saber vivir? Pareciera que desde que nacemos, los seremos humanos estamos estrechamente ligados con la noción de supervivencia. De un modo más darwiniano, estamos ante la selección natural de la supervivencia del más apto. Uno observa, uno siente, uno reflexiona, uno hace… o no a todo lo anterior. Lo que me resulta muy llamativo es la manera en la que no dejamos el papel protagónico en todo lo que sucede: «Es que yo(no)…», «Yo (no)creo que…», «A mí (no)me parece…», etc. El narcisismo en todo su apogeo. El cambio, insisto, es parte de un proceso que lleva tiempo gestándose. Uno se adapta o muere. Quizá no, porque la adaptación al final de cuentas es también un modo en el que cada uno lo hace y en el que cada uno logra algo determinado. R y yo, aunque somos amigos casi de toda la vida, aunque coincidamos en muchos puntos, chocamos de manera directa en otros. Atrapados en el mismo proceso, R y yo confeccionamos estrategias que nos permitan sobrevivir, adaptarnos, a la realidad. Y quién sabe qué diablos es eso…

Volver a empezar es sólo empezar

Lo cierto es que en la vida estamos muy orientados a creer que las cosas se van a dar según las esperamos, porque esa es la expectativa de cada quien. Pero eso es tratar de escribir un guión y que las cosas pasen tal y como queremos que pasen. Dice un refrán por ahí, «cuéntale tus planes a Dios y se reirá de ti». O algo así. Ya es un tema que hemos abordado en otros encuentros, pero me parece oportuno volverlo a mencionar ahora que hablamos del cambio y del volver a empezar.

Vamos a trasladarnos al Japón antiguo, específicamente al periodo Sengoku. Existió en aquel entonces un famoso espadachín, Kojiro Sasaki, quien fue famoso, entre otras cosas, por ser el rival más fuerte y difícil de vencer que tuvo el legendario Miyamoto Musashi. Sasaki blandía una nodachi, una espada similar a una katana, sólo que en vez de los 70 cm de la hoja de la última, era de 90 cm. A pesar de eso, del peso también que tenía su espada a la cual se le conocía como «el tendedero», Sasaki se volvió un hábil espadachín y causó el terror y la admiración de todo aquel que se atreviera a desafiarlo. ¿Y qué tiene que ver esto? Sasaki vivía en un periodo en el que ser espadachín, samurai en algunos casos, era ser ligado al uso de la katana, el arma común. La nodachi que empleaba en ningún momento le hizo mella, pero sí lo hizo singular y famoso. Él logró que los demás se tuvieran que adaptar al cambio que él hacía consigo mismo. Las circunstancias pueden ser tanto externas como internas, pero el camino de la virtud, al final de cuentas, siempre es el mismo: cuesta.

Y un cambio, al final, nos hace empezar de nuevo… sólo que con experiencia previa.

Tatuaje: símbolo y subjetividad

«Nuestros cuerpos fueron impresos como páginas en blanco para ser llenados con la tinta de nuestro corazón».

-Michael Biondi

Queridos(as) lectores(as):

Recientemente el tema de los tatuajes ha salido mucho en algunas conversaciones que he tenido con amigos y familiares, ni qué decir en la clínica, pero lo que es un hecho es que se trata de un tema que sigue dividiendo mucho entre opiniones y sentencias. ¿Sentencias? Sí, porque todavía hay posicionamientos sociales que señalan que el tatuarse es algo que entra dentro de un parámetro moral muy marcado. Todavía el tatuaje se debate entre el bien y el mal. Es curioso porque lejos de hablar sobre el tatuaje, habla sobre quienes lo perciben.

De hecho, apenas el día de ayer, una conocida en Instagram compartió que acababa de hacerse un tatuaje. Palabras más palabras menos, ella expresaba lo que significaba para ella romper con ese tabú de prohibición ya que se trataba de su primer tatuaje. Lo que me llamó la atención fue que pedía que la respetaran y que no le hicieran comentarios negativos, ya que para ella se trataba de un proceso muy difícil de aceptar todavía. Una marca en la piel, no… un significado. Pero es cierto, de repente la «opinología» que se abre paso en las redes sociales puede ser devastadora y cruel.

Símbolo y significado

Los tatuajes entran de llano en el mundo de los símbolos, por eso, tal como estos últimos, el tatuaje no determina, no define, más bien nos orienta. ¿A qué? A un significado. Hay que hacer un esfuerzo por comprender que todo símbolo va más allá de lo estrictamente racional. Podemos decir que se trata de un auténtico paradigma del ser y esto, a su vez, posibilita que las cosas sean. La expresión siempre queda limitada por el lenguaje, pero nunca va más allá del mismo. Es decir, un símbolo puede simplificar una expresión pero siempre hará uso de toda palabra posible en el mismísimo imaginario del ser humano. Y es, a su vez, la posibilidad misma de la interpretación. Sin embargo, en el tatuaje, toda interpretación es posible en tanto que el significado del mismo sí existe, pero que es custodiada celosamente por el sentimiento de quien lo tiene en su piel.

Lo maravilloso del símbolo es que nos revela distintas y muy variadas consideraciones respecto al sentido del mismo. Por poner unos casos: parábola, analogía, metáfora, alegoría, atributo… síntoma… etc. Entonces, el símbolo nos conduce más allá de la significación al requerir una interpretación y, a su vez, de cierta predisposición. Lo que nos hace pensar en la carga afectiva y en la demanda de dinamismo que tiene por parte de quien lo utiliza (y de quien lo contempla). Un cruz, por ejemplo, puede significar tantas cosas y a la vez nada. Puede ser representación del cristianismo, de un fallecimiento, de vida y esperanza, una operación matemática, un hospital o servicio de emergencia, etc.

El tatuaje y lo prohibido

Regresando a esta conocida, me puedo imaginar los mil y un comentarios que hubo, que se expresaron y que se callaron. La cuestión es que hayan sido positivos o negativos, esos comentarios nos relatan una historia muy particular que nos conduce directamente a la experiencia subjetiva de cada uno de los emisores. Es curioso, ahora que lo pienso, porque lo que para ella fue ponerse un tatuaje de una llave, que Jean Chevalier y Alain Gheerbrant en su maravilloso Diccionario de los símbolos nos dicen que «el simbolismo de la llave es del todo evidente en relación con su doble papel de abertura y cierre», fue abrir la puerta para que los demás proyectaran su sentir a partir de ella. De hecho, le comenté en una de las historias que compartió, que «esa llave abrió la puerta de la posibilidad. Todo lo que puedes ser».

Es fascinante en verdad el mundo de los tatuajes por todo lo que podemos aprender de ello. Estoy casi seguro que habrá quienes me cuestionarán si con esto «autorizo» (¿quién soy o qué para tal cosa?) que la gente se ponga tatuajes, si pienso si está bien o no considero que esté mal. Me parece que eso es una decisión muy personal de cada uno. Si bien es cierto que sigue siendo un tema, como dije al principio, tabú para algunas culturas y expresiones religiosas, aquí la pregunta que cada uno de nosotros nos tendríamos que hacer, me parece que sería: ¿por qué me afecta a mí el que alguien más tenga un tatuaje? Y eso nos conduciría, quizá, a otra pregunta muy certera: ¿por qué él/ella sí y yo no?

De lo personal

Recordemos a Ludwig Wittgenstein con algo muy sencillo: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar». Habría que pensar en qué yace en nosotros que nos inquieta tanto y que nos mueve a opinar sobre lo que los demás hacen o no. Es muy común que la opinión se vuelva tan desgastante y perjudicial porque quien la expresa no logra dimensionar la falta que le lleva a ello. Es decir, volviendo a lo que preguntaba en el pasaje anterior, ¿a mí qué me afecta que el otro haga lo que yo no? Un tatuaje es un recordatorio muy personal de algún suceso, algún recuerdo especial, y como decíamos anteriormente, que fue revestido de una carga afectiva tremenda, y que brinda al portador un cobijo simbólico que jamás seremos capaces de entender siendo meramente espectadores.

Hace algunos años, descubrí que un tatuaje se estaba volviendo «moda» entre ciertas personas. El tatuaje no era otro sino un «;» en la parte de abajo de la muñeca. Lo notaba más y más. Hasta que un día, una persona me contó que se lo había hecho porque había pasado por varios intentos de suicidio. Ese punto y coma tenía un valor simbólico enorme para esta persona. Me explicó que era algo que compartían entre los que habían vivido algo así. Y no tardé en encontrarme con quien se lo hizo sólo porque lo vio en otra persona y se le hizo cool. No es para juzgar a esta persona, porque tampoco sabremos qué le hizo pensar eso sobre ese tatuaje. Sí, el tatuaje puede caer en asuntos de moda o estética, pero nunca debemos despreciar el hecho de que también, aún así, hay un valor simbólico de por medio y que la persona guarda ese secreto. O tal vez no…

¿Por qué nos cuesta tanto «vivir»?

«El hombre que más ha vivido no es aquel que más años ha cumplido, sino aquel que más ha experimentado la vida».

-Jean Jacques Rousseau

Queridos(as) lectores(as):

Les pido me disculpen, pero he tenido dos semanas un tanto pesadas por el inicio de actividades de este año, por lo que no me había podido sentar a compartir un encuentro con ustedes. De hecho, en mi Instagram (@HCHP1), había hecho una actividad en la que la mayoría de los participantes pidieron que tratara el tema de «lidiar con los sentimientos». No crean que se me olvidó, pero prometo que esta misma semana podrán leer sobre ello. Pero ahora, me gustaría comenzar haciendo énfasis en la pregunta del título de este encuentro: ¿por qué nos cuesta tanto vivir? Es decir, ¿qué es lo que pasa que no nos permite, o no nos permitimos, vivir la vida como quisiéramos?

Cuando hablamos sobre las cosas que hacemos a diario, muchas veces (si no es que siempre) omitimos lo que nos hubiera gustado haber hecho o dicho. ¿Qué pasa con toda esa vida que se queda encerrada en nosotros? Es ahogar el deseo y dar paso luego al arrepentimiento y, por tanto, al auto-reclamo sobre nuestra «mala decisión». Me parece que día a día pensamos demasiado la vida, tratando de aferrarnos lo más posible de manera inconsciente a la falsa idea de control que tenemos. Y, por supuesto, a escena entra el famoso «deber ser» que, como ya hemos comentado antes, se planta como un auténtico dictador y nos hace decir «no» a tantas cosas, sin saber exactamente por qué. Es el recordatorio superyoico de una autoridad que nos persigue desde nuestros padres. «Es que si no hago esto, me puede pasar esto», «es que si hago aquello, puede pasar esto otro»… Y nos pretendemos gobernantes absolutos del devenir. Pero la incertidumbre del futuro nos demuestra que generar tanta expectativa nos destruye.

Un paseo dominical

El día de ayer quedé de verme con una amiga en Reforma, a la altura del Bosque de Chapultepec. En ningún momento dijimos con exactitud en qué lugar. De hecho, ella me escribió un WhatsApp diciéndome «encuéntrame». Para quienes no son de México o que no conocen este lugar, se trata de un espacio enorme donde hay mil y un posibilidades para poderse encontrar. Justo afuera del Museo de Antropología e Historia, está una atracción turística que tiene años: los Voladores de Papantla (del Estado mexicano de Veracruz). Siempre es fascinante ver todo lo que hacen y el espectáculo que brinda ver a 4 hombres que se dejan caer desde una gran altura confiando en una cuerda que se atan en la cintura mientras giran alrededor del enorme poste. ¿Ustedes se atreverían a aventarse? Es que justamente lo que ellos hacen es dar un «salto de fe». Para el filósofo danés, Sören A. Kierkegaard, dar un salto de fe (dicho mal y pronto) es reconocer lo racional para poder comprender lo irracional que se nos brinda por aquello que es trascendental. En otras palabras, es confiar en lo que será ante la duda misma. ¿Ustedes confían en lo que saben? ¿Confían en lo que son? ¿Confían en sus capacidades? A la hora de tomar una decisión, entre otras cosas, es de vital importancia tener confianza en uno mismo. Venga lo que venga y como venga. Pero dar el salto de fe no significa darlo a lo tonto. Es como si estos hombres se aventaran sin cuerda alguna esperando caer sanos y salvos. Pues no…

Después de encontrarme con mi amiga, nos pusimos a caminar «sin sentido», es decir, no teníamos claro hacia dónde íbamos. Caminamos y caminamos. ¿Qué te gustaría comer? -me preguntó-, a lo que le contesté «lo que tú quieras, vamos, confío en tu gusto». Y sin decir más, me dijo que iríamos a comer ramen japonés. Muy bien, eso hicimos y estuvo rico. Después regresamos a mi departamento, platicamos y bromeamos un rato, después fuimos a tomar un café y la llevé a su casa ya en la noche. Todo esto sin la necesidad de tenerlo planeado. Las cosas «se fueron dando». Y pasamos un feliz día. Justo lo que decía más arriba: la expectativa termina por destruirnos. Esto lo refiero a que muchas veces hay que animarse a «vivir» sin estar pensando cómo. Claro, hay cosas que se pueden planear, pero como bien dice el saber popular: «cuéntale tus planes a Dios y Él se reirá de ti». No todo lo podemos controlar. Y quien se la pasa viviendo pensando tanto, se muere sin haber vivido. (Gracias, querida M.)

Vivir significa atreverse

Muchos hemos crecido con ciertos «temores» de muchas cosas que para otros pareciera que no es del todo parecido. Hay quienes hacen cosas que sólo podemos quedarnos viendo y envidiar. Nada que «es envidia de la buena», no, es envidia sin agregar calificativo alguno. La manifestación del deseo es evidente, pero lo que no queda claro es el porqué no lo realizamos. Además de aquellas prohibiciones que se daban sin dejar claro el porqué de las mismas, uno de los factores más grandes es sin duda alguna el miedo. ¿Miedo a qué? En este particular caso: miedo a vivir. Es en verdad muy interesante ver toda esa capacidad creativa y de auto-castigo que tenemos a la hora de explicar el porqué no hacemos o decimos algo. Pareciera que fuéramos videntes y que quedara sentenciado que lo que pensamos va a suceder como tal. ¿Cuántas veces hemos vivido anticipándonos a todo? Por ahí dicen «la vida es de quienes se arriesgan», y en buena medida es cierto.

Siempre nos toparemos con narrativas fantásticas de muchas personas que se atrevieron a hacer cosas que los demás sólo «soñaban». En la antigüedad, los egipcios, mesopotámicos, chinos, indios, griegos, persas, mayas, aztecas, incas, etc., sólo podían mirar el cielo y aprender lo que les era posible, hoy por hoy, tenemos máquinas que se acercan a las estrellas, las estudian, las analizan, se desmienten antiguas creencias. Pero sólo fue posible cuando alguien se atrevió a dar un paso más. ¿Cuántas cartas de amor tienen que no se atrevieron a mandar? ¿Cuántos corajes han pasado por no atreverse a pedir perdón o a reclamar? Todos los mal entendidos son justamente eso porque no hay quien aclare las cosas. ¿Qué va a pasar? Lo que tenga que pasar. ¿Qué podremos hacer? Lo que podamos hacer si se puede hacer algo.

Un día como cualquier otro

«El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido»

-Horacio

Queridos(as) lectores(as):

¡Vaya que ha sido una semana de escribir y escribir! Y me alegra mucho, sobre todo porque han sido temas que favorecen nuestros encuentros en medida de hacer más consciencia sobre la salud mental. Ahora bien, como sabemos, cada 13 de enero se conmemora el Día mundial de la lucha contra la depresión. Es importante que existan estos días, por supuesto que sí, sin embargo, no es que nada más nos acordemos de eso un día y los demás tengamos casto silencio. Es momento de hacer eco en los corazones una vez más.

La depresión no es un padecimiento nuevo. En la antigüedad se le equiparaba con la melancolía, la nostalgia, en casos extremos con la desolación (que no es lo mismo) y de manera más simplona con la tristeza. El estado de depresión por el que atraviesan un gran número de personas en el mundo se debe a muchas razones, en algunos casos a cuestiones neuronales (como una falla de neurotransmisores), en otros casos por los sentimientos de impotencia y frustración ocasionados por la sociedad tan exigente en la que vivimos, algunos por cosas familiares, etc. Vamos, hay muchos motivos, pero parece que el malestar nunca desaparece.

Un día a la vez

Hay un error vital en creer que la vida es por sí misma justa. No existe tal lógica. «Es que si hago las cosas de tal modo así me irá», por supuesto que no es una ley ni tiene por qué cumplirse. Justo es uno de los inicios de este problema. La expectativa, el exceso de pensamiento optimista que abusa de ignorar la realidad, genera en el ser humano una falsa idea de bienestar que al no cumplirse se torna en un escandaloso y lamentable infierno. Cada ser humano tiene la capacidad de ser feliz, pero no hay que pensar que se obtiene del mismo modo y haciendo las mismas cosas. Uno puede ser feliz si se saca la lotería (¡quién no!), otros pueden ser felices por estar con sus seres queridos, algunos son felices porque ya acabó el trabajo duro de la semana y otros tantos son felices con quitarse los zapatos al llegar a casa. Son tantas las comparaciones que tenemos entre nosotros que no aprendemos a abrazar nuestra propia individualidad.

En el panorama social existe una suerte de idea de cumplir con lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser exitosos en todo, ser los mejores sin competencia, ser siempre el objeto de atención, el centro de todas las miradas. ¿Por qué? Claramente existe una virtud que es la magnanimidad, que nos impulsa a ser mejores en nuestra vida, pero esa virtud en ningún momento debe convertirse en un vicio o en una adicción. En la reciente película de Guillermo del Toro, Pinocho (2022), hay un pequeño diálogo entre el grillo y la hada: «Haré lo que pueda hacer»-dice el pequeño ser, a lo que el hada le contesta «Y es lo mejor que puedes hacer». ¿Qué necesidad de sobre exigirnos? Se hace lo que se puede con lo que se tenga, poco a poco. Es un proceso. Hay que entender que cada quien tiene sus modos y maneras, pero sobre todo (y eso se lo repito mucho a mis pacientes), su ritmo y su tiempo. Hay cosas que nos corresponden, otras que no. «Si no tienes comezón, no te rasques».

Hacer ruido, hacer presencia

Muchas veces pensamos que nuestros problemas son nada en comparación con otros. Y sí, puede ser que sí sea. No sé, pienso en que no puedo comparar el hecho de que se ponchó una llanta de mi camioneta con la enfermedad terminal de alguna persona en alguna parte del mundo. Pero, a pesar de eso, es un problema y es muy nuestro. El minimizar nuestros problemas es minimizarnos al mismo tiempo. Hay veces en las que podemos darle solución y otras en las que necesitamos a los demás. El dejarnos ayudar por otros, sobre todo cuando ellos son los que se ofrecen a hacerlo, nos hace ser agradecidos desde la más pura humildad. No tenemos que poder con todo ni contra todos. Y así es como se paga el favor, quizá no directamente a quien nos ayudó, pero si tenemos la oportunidad de ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo? En este mundo de egoísmos, también hay personas amables y lindas que a pesar de los malos tiempos, encuentran el modo de ayudar.

Hay días en los que «no sabemos» por qué estamos tan tristes, sin ganas, y pensamos que la mejor acción que podemos realizar es alejarnos y estar en soledad. Puede ser que para algunos les sirva, pero en realidad no es bueno, porque justamente es irse o encerrarse con los pensamientos negativos que nos consumen poco a poco de una forma muy dolorosa. Siempre habrá alguien que esté dispuesto a escucharnos, pero sobre todo, a acompañarnos. Pero eso sí, hay que entender que cuando nos toca ser quien es buscado por esa persona que nos necesita, lo mejor que podemos hacer es precisamente acompañarle, no opinar, no decir ni tratar de llenarle con optimismo que no sirve en ese momento: escuchar, consolar, abrazar, acariciar, ir a caminar, secar lágrimas… estemos para el otro. Ya habrá algún momento para algo más.

Unas palabras para ti:

Puede ser que estés pasando por un momento difícil y triste. No me imagino qué te tiene así. Pero te digo con toda mi alma y con un corazón sincero: NO ESTÁS SOLO(A). Hace años decidí abrir este espacio para compartir un poco de lo que he aprendido con mis estudios, pero sobre todo, con la vida. Sé lo que es una enfermedad que puede costar la vida, sé lo que es el dolor de perder a un ser querido, de quedarse sin padres, de perder trabajos, el dolor de la traición, de un rompimiento, de una separación. Por eso es que insisto en que la empatía es la respuesta en este mundo de amor. No calles por pena o miedo lo que sientes, siempre habrá alguien para ti. Busca la ayuda de un profesional. Quizá sea momento de un apoyo psicofarmacológico, mientras puedas llevar una terapia al mismo tiempo. Esos medicamentos tiene fecha de inicio y de terminación. Acércate a tus amigos, a tu familia… a veces encuentras incluso amor en donde menos esperabas. Pero sobre todo, tente amor y compasión. No tienes por qué sufrir de más, no te castigues tanto. Quítate los zapatos y los calcetines y camina sobre el pasto. Acuéstate, ve la forma de las nubes, escucha tu música favorita, haz ejercicio, camina, come lo que te gusta, ve una serie, conoce gente, lee un libro, acaricia a los perritos en la calle, haz sonreír a un niño… hay tantas cosas que puedes hacer que te sorprendería todo lo que puedes lograr. Pero, por favor, no dejes de ser tú mismo.

En este mundo de amor, también lo hay para ti.

Nos haces falta, te queremos con nosotros.

¡Resiste, que no estás solo(a)!

Héctor Chávez Pérez

P.d. A veces tenemos que perder para saber valorar. A veces perdemos algo, pero ganamos algo más. Es un balance. ¡Que pronto encuentres paz!

Shakira y la sublimación

«La desilusión no es más que la desaparición repentina de una certeza»

-María Aurèlia Capmany

Queridos(as) lectores(as):

Recientemente hemos estado escuchando y leyendo mucho respecto a Shakira y el tormentoso desenlace de su matrimonio con el ex-futbolista español (catalán para que no se enoje) Gerard Piqué. Esto no se trata de «echar el chal» (expresión mexicana que se refiere a estar contando el chisme), de hecho no sirve de nada hablar de más sobre cosas que se han presentado más que notorias. En el caso del ex-futbolista del Barça de España, se le ha visto «relajado» y como si no pasara nada, aunque claro, no han faltado las oportunidades para «bromear» o hacer algún comentario (in)oportuno respecto a lo que está pasando. Recordemos brevemente que la relación con la cantante colombiana llegó a su fin por una supuesta infidelidad por parte de él. Una relación que tiene de por medio a dos pequeños niños y años de aparente (y envidiable para muchos) estabilidad y «amor».

Lo que más ha llamado la atención es la manera en que Shakira ha encontrado y ha echado mano de ello para sacar y compartir el tremendo malestar emocional que carga. A ver, no se trata de ponerse de un lado ni de criticar los modos y las maneras, porque ya hay «bandos» que están a favor de uno o de la otra. No han faltado comentarios del tipo «hay que pensar en los niños que la han de pasar mal también». Me parece que ninguno de los 4 involucrados la pasa bien y cada uno lleva este proceso de duelo, porque es eso, a su modo.

Antología de la decepción

Si bien es cierto que Gerard Piqué no es exactamente un personaje muy querido por todos, ya que incluso tiene sus detractores en la propia comunidad culé, ningún personaje público está exento de la polémica. La propia Shakira ha sido objeto de ataques que van desde su físico, el cambio de estilo musical, los distanciamientos originales de sus primeras canciones hacia las nuevas exigencias de marketing, etc. Pero, una vez más, lo que más llama la atención es lo que su música ha comunicado muy recientemente. Se dice que el catalán le había estado «poniendo los cuernos» (siendo infiel) desde hace años. Aquí no se trata de que si lo sabía la colombiana o no, sino lo que las letras de sus últimas canciones Te felicito, Monotonía y ahora BZRP Music Session #53, están compartiendo con el mundo.

Como decía, ya existen bandos que atacan o defienden lo hecho por Shakira, sin embargo, hay que entender que, tal como decía más arriba, cada quién encuentra el modo de lidiar con procesos tales como el duelo. La cantante, y no es nuevo, justamente ha utilizado la música y su voz para ello. Eso se llama sublimar. Para Sigmund Freud, la sublimación es un mecanismo de defensa de la psique que facilita la transformación de nuestras pulsiones que están en conflicto hacia una realidad tangible, pero sobre todo, expresable. En el caso de la colombiana, todo el dolor, la tristeza, la desilusión y demás sentimientos negativos, en vez de que se tornen contra su salud mental, ella los proyecta en sus canciones. Ya lo decía, no es la primera vez que lo hace ni tampoco la única persona. Todos sublimamos constantemente los sentimientos que traemos atravesados de maneras distintas. De hecho, el arte es resultado de la sublimación.

Espejo de silencios

Ahora bien, apartándonos de la triste y lamentable situación que están pasando estos personajes, desde que salieron las primeras manifestaciones de lo ocurrido, muchas personas han ido «eligiendo» un bando, nada raro cuando se trata precisamente de situaciones y personajes públicos. Tampoco es tan superficial como mucho «intelectual» pretende sentenciar, ya que han habido casos en la Historia del Pensamiento en que grandes pensadores, hombres y mujeres, se han dado con todo con cartas, escritos, poemas, canciones, arte plástico, etc. Pero, ¿qué estamos expresando con ello? Un proceso muy interesante de identificación, pero lo que es todavía más interesante (y preocupante) es cuando uno aplaude, felicita, venera del personaje público pero que en su vida es incapaz de hacer. Por poner un brevísimo ejemplo: hay quienes están del lado de Shakira elogiando que «esté poniendo en su lugar a Piqué», pero que no se atreven a hacer lo mismo en sus relaciones con quienes les están haciendo pasarla tan mal.

Hay que considerar que estos fenómenos sociales funcionan como espejos de silencios en cuanto a quienes se ven reflejados en ellos. Y sí, es algo perfectamente normal y se le conoce como transferencia: depositamos algo de nosotros en el otro, aunque ese otro no sea precisamente en quien estamos pensando (inconscientemente). Hay quienes dicen «no te proyectes». Y sí, justo es la oportunidad de sublimar con halagos y/o quejas lo que estamos callando, defendiendo nuestra propia psique o mente, aunque no estemos haciendo realmente nada para cambiar las cosas. El otro, en este caso Shakira, pone las palabras y las acciones que no nos atrevemos a expresar o hacer por nuestra cuenta.

Ojalá que estos personajes encuentren pronto paz y calma, y que el duelo no les haga perder la esperanza.