«Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo».
-Julio Cortázar
Queridos(as) lectores(as):
Hace tiempo que no había podido estar con ustedes en nuestro encuentro acostumbrado en esta página. Pero ahora que la ocasión lo permite, me gustaría plantear una pregunta: ¿qué sucede cuando no nos queda más que «volver a empezar»? Evidentemente se trata de una pregunta muy abstracta y que facilita el hecho de que haya incontables respuestas, pero me parece que podemos comenzar justo con una base a modo de cuestionamiento meramente personal. Volver a empezar implica, antes que nada, aprender a renunciar. ¿A qué? A lo que precisamente nos ha hecho estar en donde estamos.
Vamos a poner un ejemplo muy común: una relación nueva. Si bien es cierto que el rompimiento o el fin de una relación nos orienta hacia un duelo, debemos entender que es el fin de A con B, mas no el fin de A ni de B. Ver la relación existente que acaba es posibilitar la aceptación de la individualidad que se mantiene. Por lo que A y B tienen una nueva oportunidad de relacionarse con C, D, E, F, G… etc. Lo que se acaba es el vínculo. Pero, aunque esto suene muy fácil, sabemos y comprendemos que no lo es del todo. Y con eso hay que empezar, por trabajar aquello que cuesta.
El fin del mundo llega en todo momento
El fin de semana tuve la oportunidad de compartir con un querido amigo, R. Él ha pasado por una situación en la que le han puesto fin a un trabajo suyo por razones que no diré aquí. Pude observar y conocer en sus palabras las ideas, las dudas, las molestias y demás cosas alrededor de lo sucedido. Pero, mucho tiempo antes de lo sucedido, fue precisamente con R con quien tuve una plática sobre «el fin del mundo». ¿No les parece interesante cómo la narrativa personal proporciona un material inigualable para la reflexión general? «El mundo se está acabando, estimado» -le dije. ¿Qué mundo? El que conocemos, el que vivimos, en el que participamos. ¿Pero se trata del mundo Tierra o el mundo abstracto? Todo lo existente desde su inicio lleva asegurado un fin.

Hoy por hoy, podemos estar seguros que las ideas de progreso, avance, evolución, etc., dan paso a cambios a todo nivel. Pero, cuidado, los cambios no son necesariamente buenos, así como tampoco malos. Sucede que estamos muy «acostumbrados» a lo que hemos vivido por tanto tiempo, y una vez más, para bien o para mal, que la idea de cambio nos hace dudar, cuestionar, incluso hasta sentenciar de manera negativa. Hay cosas que podemos intentar cambiar, pero otras que por mucho que la sociedad se esfuerce, no se logrará tan fácilmente, porque hay que tener claro que los cambios se dan de forma paulatina, nunca de golpe. Antes bien, los cambios que se dan de un día a otro, caen en lo que podemos conocer como «lo que se impone», y eso atenta contra la libertad y la voluntad de las personas. Así como las estrellas que vemos en el cielo, es más que probable que llevan años muertas, los cambios que estamos presenciando en el día a día llevan años en el proceso. El mundo ha estado muriendo desde que empezó.
Instrucciones para afrontar un cambio
Ahora que inicié este encuentro citando a Julio Cortázar, quiero aprovechar lo que el escritor ha hecho con algunos de sus textos «instructivos» y hacer algo parecido a ello. Pero… ¿qué pasaría si la instrucción fuera sólo una? ¿Es posible? Veamos…
1.- Viva.
Ya. Eso es todo. Qué simple. ¿Pero por qué nos cuesta tanto vivir? ¿Qué significa eso? Para empezar, ¿acaso existe un manual del saber vivir? Pareciera que desde que nacemos, los seremos humanos estamos estrechamente ligados con la noción de supervivencia. De un modo más darwiniano, estamos ante la selección natural de la supervivencia del más apto. Uno observa, uno siente, uno reflexiona, uno hace… o no a todo lo anterior. Lo que me resulta muy llamativo es la manera en la que no dejamos el papel protagónico en todo lo que sucede: «Es que yo(no)…», «Yo (no)creo que…», «A mí (no)me parece…», etc. El narcisismo en todo su apogeo. El cambio, insisto, es parte de un proceso que lleva tiempo gestándose. Uno se adapta o muere. Quizá no, porque la adaptación al final de cuentas es también un modo en el que cada uno lo hace y en el que cada uno logra algo determinado. R y yo, aunque somos amigos casi de toda la vida, aunque coincidamos en muchos puntos, chocamos de manera directa en otros. Atrapados en el mismo proceso, R y yo confeccionamos estrategias que nos permitan sobrevivir, adaptarnos, a la realidad. Y quién sabe qué diablos es eso…
Volver a empezar es sólo empezar
Lo cierto es que en la vida estamos muy orientados a creer que las cosas se van a dar según las esperamos, porque esa es la expectativa de cada quien. Pero eso es tratar de escribir un guión y que las cosas pasen tal y como queremos que pasen. Dice un refrán por ahí, «cuéntale tus planes a Dios y se reirá de ti». O algo así. Ya es un tema que hemos abordado en otros encuentros, pero me parece oportuno volverlo a mencionar ahora que hablamos del cambio y del volver a empezar.

Vamos a trasladarnos al Japón antiguo, específicamente al periodo Sengoku. Existió en aquel entonces un famoso espadachín, Kojiro Sasaki, quien fue famoso, entre otras cosas, por ser el rival más fuerte y difícil de vencer que tuvo el legendario Miyamoto Musashi. Sasaki blandía una nodachi, una espada similar a una katana, sólo que en vez de los 70 cm de la hoja de la última, era de 90 cm. A pesar de eso, del peso también que tenía su espada a la cual se le conocía como «el tendedero», Sasaki se volvió un hábil espadachín y causó el terror y la admiración de todo aquel que se atreviera a desafiarlo. ¿Y qué tiene que ver esto? Sasaki vivía en un periodo en el que ser espadachín, samurai en algunos casos, era ser ligado al uso de la katana, el arma común. La nodachi que empleaba en ningún momento le hizo mella, pero sí lo hizo singular y famoso. Él logró que los demás se tuvieran que adaptar al cambio que él hacía consigo mismo. Las circunstancias pueden ser tanto externas como internas, pero el camino de la virtud, al final de cuentas, siempre es el mismo: cuesta.
Y un cambio, al final, nos hace empezar de nuevo… sólo que con experiencia previa.

Quien dijo que todo esta perdido, Yo vengo a ofrecer mi corazon. Fito Páez
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