Después del absurdo: continuar

«Ahora sé que el hombre es capaz de grandes actos. Pero si no es capaz de un gran sentimiento, no me interesa».

-Albert Camus (La peste)

Queridos(as) lectores(as):

Hace algunos años me diagnosticaron con «depresión» (crónica). He vivido desde entonces dependiendo de antidepresivos, y aunque tienen su efecto, a veces tiendo a pensar que les hago más favor a ellos que ellos a mí. La medicación para combatir estos pequeños escenarios trágicos en la vida de incontables personas alrededor del mundo sin duda es un gran avance, sin embargo, ¿qué sucede cuando la depresión se torna parte de uno mismo sin la capacidad de procesar el silencioso duelo ocasionante?

Varios de mis conocidos me han cuestionado el porqué me he centrado en la lectura de la obra del filósofo francés-argelino, Albert Camus (1913-1960), y les he contestado: «No, lo que pasa es que me descentralicé de su trabajo». Cuando estaba en la preparatoria, tuve mi primer acercamiento a este premio Nobel, con su famosísima obra L’Étranger (El extranjero, 1942). Claramente, mi lectura estaba limitada por mis pasiones juveniles y carentes de formación apropiada, por lo que sí impactó en mí, pero no de la misma manera como fue pasados unos años ya después de terminar la carrera de Filosofía. Hubo una frase que me incomodó, al punto de hacerme ver que estaba en verdad perdido: «Siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto».

Después de la ilusión

Es muy común que todos nosotros hayamos atravesado por una etapa en nuestra vida que muchos solemos llamarle «un despertar». Claro, sucede con mucha naturalidad, de tantos años con lo mismo (lo familiar), nos topemos directamente con cosas nuevas, que nos hacen preguntarnos tantas cosas que hasta pueden lograr que nos desesperemos. Un periodo así fue para mí la preparatoria. De una familia tradicional católica, pasé a una auténtica rebeldía. Si bien no renuncié a mi fe, mi actitud se fue desprendiendo de toda actividad religiosa. No me convencía el «creer por creer», y me fui empapando de ideas, reflexiones y, por qué no, cuestionamientos muy marcados que me hicieron «ver el otro lado de la vida». Fueron 3 años «locos», pero que terminaron por redirigir mi vida hacia algo que yo podía aceptar, algo que yo podía amar, pero sobre todo, que podía vivir apasionadamente: puede elegir. A mi regreso, mi fe y actividades se fortalecieron, pero eso fue por mí.

Autores como Schopenhauer, Kierkegaard, Nietzsche, Dostoievski, Tolstoi, Freud, etc., son siempre a los que se le atribuyen esos «despertares» intelectuales. Y algo hay de razón en ello. Digamos que tienen la frescura de hacer que quienes los descubren, entren con manos vacías… ¡pero salgan endeudados! Qué decir de otros como Cioran, Sade, Marx, Gogol, y otros más. Sin embargo, cuando en «casa» tienes nombres tan propios y ajenos como Plotino, San Agustín, Santo Tomás de Aquino… ¡Platón y Aristóteles!… descubres que todo en verdad se trata del fascinante mundo de la doxa (opinión). Pero si el espíritu se permite ser sincero, uno descubre que hace falta más de uno, sin abrazar tanto lo que otros dicen, sin verse sometidos a la vez que fascinados. Uno debe encontrar su propia voz en el testimonio del otro. Estos autores ponen palabras donde hace falta expresión, pero nunca ponen una guía, una dirección, sólo ofrecen una perspectiva. El viaje es de uno, y nada más.

El duelo, melancolía y absurdo

Comencé hablando de mi propia depresión, misma que se ha visto «fortalecida» por varias tragedias en mi vida. Enfermedad, muerte de seres queridos, conflictos personales y laborales, etc. Pero, a pesar de ello, ha habido la oportunidad de continuar. ¿Cómo? Como se ha podido. El duelo es una capacidad que el ser humano tiene para llorar la pérdida del objeto amado, de tal modo que pueda «renunciar» a él, aprendiendo a vivir aparte de. Pero, cuando no existe esa oportunidad, caemos en el peligroso estado de la melancolía, en donde aquello que hemos perdido, se va formando parte de nuestro propio yo. Al ocurrir esto, nuestro propio deseo se va muriendo. Si no hay deseo, hay muerte. Camus tiene muy presente esto y lo demuestra en el profundo malestar de Mersault (protagonista de El extranjero). Pero también en su famoso ensayo Le Mythe de Sisyphe (El mito de Sísifo, 1942).

Camus se hace de la famosa tragedia de Sísifo, rey de Éfira (después Corinto), para profundizar en el tema del suicidio, el valor de la vida y, sobre todo, dar inicio a lo que conoceremos como filosofía del absurdo o absurdismo. Tras engañar 2 veces a la muerte, y de algún modo burlarse con ello de los dioses, Zeus termina sentenciándolo a una eternidad de tener que subir una montaña, empujando una gran piedra, misma que al llegar a la cima, se cae y Sísifo tiene que volver a por ella. Camus señala con ello un esfuerzo, absurdo e incesante del ser humano. La vida no tiene sentido. Pero, sí podemos dárselo. El auténtico problema con ello surge cuando nos quedamos varados en la aparente imposibilidad de hacer, pero sobre todo, de ser. ¿Qué sucede cuando vivimos por vivir? Una y otra vez aquella cruel realidad de la repetición. Unos terminan con su vida, unos en análisis o terapia, y otros… simplemente siguen empujando su piedra.

Dejar de empujar/cargar la piedra

No recuerdo exactamente en qué año, pero llegó a mis manos el libro Nada (2000) de la escritora danesa, Janne Teller. Dicho texto resulta una crítica a una sociedad desesperada, donde la búsqueda de sentido se vuelve la pérdida (constante) del mismo. Un sentido de masa que se impone, pero que no se asegura. Si todo se puede, ¿qué importa entonces? Sin embargo, la lucha contra la imposición social plantea la oportunidad de regresar al individuo y que éste «decida» salir de la multitud (eco existencialista de Kierkegaard). Muchas veces, la masa no es más que la piedra que el pobre Sísifo (fiel reflejo de nosotros mismos) sube una y otra, y otra, y otra vez. Y el malestar continua.

¿Qué sucedería si Sísifo, si nosotros, dijéramos «no más»? Claro, Zeus, los demás, se molestarían con nosotros y quizá habría otro tipo de castigo, pero el poder rebelarse es ocasión de afirmar la vida de cada uno de nosotros, para poder descubrir la posibilidad, la oportunidad, la alternativa. Hacer algo más. Ponerle fin a la repetición también puede traducirse como el esfuerzo por entender por qué lo hacemos, y darnos la oportunidad de resignificar eso. Una vez abiertos los ojos, es probable que la luz nos ciegue también. ¡Tiene que haber luz, pero sin perder la claridad! Uno puede ponerse unos lentes de sol y listo, a seguir hacia adelante. Pero tiene que existir, en buena medida, pasión por la vida, sea lo que sea, venga lo que venga. Ya veremos qué pasa, pero eso nos corresponde a cada uno, no a la masa…

Depresión y creatividad

«Aunque no me apetezca trabajar, lo hago. No puedo esperar a que me visite la inspiración».

-Igor Stravinski

Queridos(as) lectores(as):

He recibido un mensaje por parte de Ricardo, quien escribe desde Canadá. En un momento, me comparte que el clima allá, como bien sabemos, llega a ser un poco complicado ya que el invierno es en verdad invierno, que el frío es tremendo y que tanto blanco llega a deprimir. Es curioso, por lo general en el imaginario colectivo de quienes no estamos acostumbrados a esas temperaturas y a las nevadas, siempre tenemos la idea de que es divertido y genial poder estar tanto tiempo jugando: hacer muñecos, angelitos, fuertes y guerras con bolas de nieve, etc. Sin embargo, la realidad es otra y parece que sus efectos son muy contrarios. «No sabe, doc, pero en verdad ni me dan ganas de nada». Claro, la depresión es precisamente eso: se nos van las ganas de vivir (ojo, no confundir con el suicidio).

Aunque ya hemos hablado varias veces sobre la depresión, me parece que pocas han sido en las que haya cosas por hacer para combatirla. Y que quede claro algo: hoy en día, TODOS, tenemos algo de depresión. Hay quienes necesitan un apoyo farmacológico, sesiones de terapia o análisis, etc. Y son buenas herramientas, después de todo, ¿a quién le gusta sentirse desganado y con «tristeza» de pronto? Amigos(as), como todo en la vida, tenemos que saber lidiar con ello sin que se vuelva una pesada carga, sin que nos volvamos la carga de los demás.

¿Qué es la creatividad?

Thomas Moore, en su libro Las noches oscuras del alma (2004), comparte una definición muy linda: «… creatividad significa ser quien uno es; buscar palabras e imágenes para describir sus pensamientos y sentimientos; traducir su vida interior en formas externas, ya sea un jardín, una pintura, un poema, un hogar, un niño o un estilo de vida» […] La creatividad consiste en crear una vida y un mundo». Yo añadiría a esto que la creatividad es perdernos el miedo a nosotros mismos. Después de todo, pensemos en tantas represiones que tenemos por aquellos traumas de la infancia, aquellos momentos en los que nos vimos limitados por las situaciones y circunstancias que, muchas veces, ni siquiera entendíamos. Porque claro, no hay que ser niños para no entender, de adultos hay ocasiones que no tenemos ni la más remota idea de lo que estamos haciendo o por qué pasan las cosas. Y el miedo siempre nos paraliza.

Hace algún tiempo, un paciente mío que atiendo en línea, me comentó que le estaba costando mucho trabajo hablar sobre un tema. En un momento de la sesión, dijo «la pintura siempre me ayuda», por lo que mi intervención fue decirle «¿y si pintas para contarme sobre ello?». Y eso hicimos. Para la siguiente sesión, acomodó su cámara de tal modo que pudiera verlo a él mientras pintaba en un lienzo. No se necesitaron palabras, el color nos dijo todo. Aunque fue una vivencia en verdad complicada, el momento fue hermoso. Pero la pintura en sí no fue su única manera de expresarse: sus ademanes, movimientos, pequeños bailes, algunas micro-expresiones lingüísticas, etc., fueron herramientas que ayudaron a complementar lo que quería decir.

Hacer sin neutralizar

Para Julia Kristeva, psicoanalista francesa, existe una distinción interesante entre el lenguaje y las imágenes, de modo que hay que buscar «antidepresivos lúcidos en lugar de antidepresivos neutralizantes». ¿A qué se refiere? Hagamos primero un acercamiento necesario a la práctica psiquiátrica y al uso de antidepresivos. Lo primero que debemos tener claro es que ese tipo de medicinas NO CURAN la depresión, pero sí ayudan a que no nos pegue tan fuerte (por así decirlo pronto y mal). La idea principal de su uso es que sirvan para mantenernos funcionales. Pero para poder atender bien la depresión, debemos conocer su origen, por lo que es importante y recomendable que haya un acompañamiento analítico o psicoterapéutico. Quien pretenda aliviarse al negarla y huyendo de ella, no encontrará sino fracaso. Hay que afrontar ese dolor, esa tristeza, ese miedo, todo aquello que nos quita el aliento. Por eso es que podemos escribir, pintar, bailar, cantar, dibujar, etc., pero para ello hay que dedicarle su tiempo exclusivo. Y así, poco a poco el malestar se irá atenuando.

A mis pacientes les recuerdo que siempre hay tiempo para todo y hay que saberlo dar, pero sobre todo, aprovecharlo. Si hay tiempo para leer, leamos. Si hay tiempo para trabajar, trabajemos. Si hay tiempo para llorar, lloremos. Pero tengamos presente algo: no pretendamos ser multiusos en eso. Hay quienes no hacen algo sin estar haciendo otra cosa al mismo tiempo. Tengo el caso de un amigo que, por ejemplo, no puede trabajar sin estar escuchando música. ¿Y qué tiene eso de malo, Héctor? Pues que no es música propia para trabajar, ya que en realidad se trata de canciones, por lo que se distrae constantemente siguiendo la letra o el ritmo. Y eso se ve reflejado en su productividad. Dar el tiempo a las cosas es darnos tiempo a nosotros para ello. Y no es lo mismo. De no hacerlo, qué creen, lo único que sí hacemos es huir, nos neutralizamos. El escape de las cosas nos dice demasiado sobre nosotros mismos. Pero algo interesante surge en el hacer algo más al mismo tiempo: resulta que no sabemos estar solos. Al final de cuentas, la creatividad requiere que seamos nosotros mismos para con nosotros. ¿Y qué pasa con la creatividad del baile? ¿No me digan que cuando están solos, escuchando la música que les gusta, no se ponen a bailar sin preocuparse que los vean? Baile y música se complementan, pero la armonía se traduce en ustedes siendo ustedes…

Lo absurdo y lo terrible (primer libro)

Queridos(as) lectores(as):

Les comparto con mucha alegría de que ya pueden adquirir mi primer libro publicado. Se trata de un compendio de cuentos que escribí hace unos años, pero que no me había animado a publicar. Como podrán advertir en el título, se trata de cuentos «fuertes» en cuanto a los temas que toco. Habrá suspenso, terror paranormal y psicológico, etc. Pero con un mensaje para reflexionar en cada uno de ellos.

De corazón espero que les guste este «atrevimiento» y estaré encantado de recibir cada una de sus opiniones, críticas y demás. La idea es mejorar siempre.

Pueden adquirirlo en Amazon en el siguiente link: https://www.amazon.com.mx/dp/B0CS9YS3V8/ref=cbw_us_mx_dp_narx_gl_book?fbclid=IwAR11NU1CqdxcYHUqGvslczWdFRE-5gTonMgDr0mLsPmVWD4eVG-ZvMx7L4Q

Lo difícil de lo fácil

«En medio de la plenitud del aire y la fertilidad del cielo, parecía que la única tarea de los hombres era vivir y ser felices».

-Albert Camus (La muerte feliz / La mort heureuse)

A Martha.

Queridos(as) lectores(as):

Qué fácil es decir las cosas. Qué sencillo es decir cosas tales como «sufres porque quieres». Qué sencillo es hablar a detalle de la tormenta sin estar siendo empapado por ella. Recordemos que los seres humanos somos testigos privilegiados de la creación. Podemos observar, dejarnos maravillar, aterrarnos, etc. Pero, cuando pasamos al privilegio de la experiencia personal, la realidad es todo lo contrario a lo que tanto presumíamos entender. Lo difícil de lo fácil tiene otro nombre: vivir.

Y es que, ¿acaso no vivir es complicado? Hay quienes afirman que es fácil. Y pues depende del momento, la circunstancia, la época, la geografía, etc. Recuerdo un meme que en cierto modo me da gracia, pero que después de quitarnos la parte cómica caemos en la reflexión trágica. Se trata de unos cuadros donde en cada uno están distintos continentes, y sobre cada uno de ellos, leyendas que hacen referencia a los niveles de dificultad de los videojuegos respecto al modo de vivir en cada uno de ellos. América del Norte (Canadá y EEUU, los demás países no) queda como «fácil», Europa como «normal», Asia «moderado», América del Sur (aunque agregamos a México y demás países caribeños) «difícil» y África «experto». Oceanía ni lo toman en cuenta. Qué fácil… qué sencillo.

Genealogía subjetiva

Cuando nos damos la licencia para opinar sobre la vida de los demás, y no sólo ello, sino que lo hacemos a modo de crítica (muchas veces no constructiva), partimos del absoluto que somos. «Es que deberías hacer esto…», «es que te va mal por esto…», «es que no es posible que sigas cometiendo el mismo error…», etc. En cada una de esas expresiones va un yo incluido. Aunque claro, no debemos descuidar la intencionalidad de ello. En muchos casos, el amor y la preocupación se logran sentir en ello, el problema es cuando el hecho se vuelve creencia, al estilo «te lo digo así porque así creo que debe ser».

Retomando aquello que decía al inicio, «sufres porque quieres», en Psicoanálisis tenemos PROHIBIDO llegar a decir semejante cosa. Quitemos al masoquismo de la ecuación. Nadie sufre porque quiere, aunque tengamos la «idea» de que así es. «Es que cómo no entiendes que esto no es así…», «ahí vas otra vez con tu ex, no entiendes…». Más empatía y más comprensión. Cada uno de nosotros llegamos a repetir algunas cosas que nuestro inconsciente ha guardado. ¿Les suena «infancia es destino»? Si bien es cierto que no podemos caer en el peligroso juego del determinismo, sí tenemos que tener claro que muchas cosas que no trabajamos de nuestra infancia, terminan por ser «condenas» en nuestro presente. Quitarnos el protagonismo de la vida, sobre todo en el de los demás, nos permite que tengamos más oportunidades de aliviar la carga diaria.

Poder abrir la jaula

Ustedes me disculparán, pero tengo mala memoria en este momento en el que estoy escribiendo esto, pero recuerdo brevemente algo sobre una historia de un preso que por alguna razón encuentra a un ave ahí en su celda, misma a la que cuida hasta que está en condiciones de poder volar. Con tristeza, el hombre acepta que no es el destino de su pequeña amiga compartir esa prisión, por lo que decide dejarla libre al sacarla por los barrotes. ¿Qué nos dice este relato? Claro, que existe el amor y la preocupación por el otro, pero muchas veces eso implica renunciar a su compañía. «No entiendo por qué la gente llega y luego se va así sin más de mi vida». ¿Cuántos no hemos pasado por algo así? ¿Qué podemos responder? Algo muy difícil de aceptar: porque se tenían que ir, y los que no, se quisieron quedar. Hay que entender que la vida ajena no está en nuestro control, que el compartir tiene un final. Claro, duele que nos dejen, así como les ha dolido que los dejemos.

El prisionero que deja libre al ave también es una analogía que apunta hacia nosotros mismos. Hay que dejar libre las emociones que nos atormentan más de lo que nos ayudan. Aprender a administrar lo que sentimos de tal manera que ni se vuelva demasiado personal ni que se convierta en una difícil y pesada carga. Tiempo al tiempo. Suceden y sucederán cosas complicadas en la vida de cada uno de nosotros; algunas tendremos el apoyo de algunos, en otras estaremos «solos» enfrentándolas, pero justo de eso se trata, no de quejarse, sino ver qué podemos hacer y salir de ello.

Ya lo decía Frieda Fromm-Reichman: «nadie nos prometió un jardín de rosas». Y a pesar de ello, nos olvidamos que las rosas también tienen espinas. Es un balance, y uno debe aprender a balancearse. A ser. A vivir.

Resistan… que ahí vamos.

Un nuevo despertar

«El público comprende siempre cuando se le emociona».

-Jacinto de Benavente

Queridos(as) lectores(as):

Ahora sí que me llevé varios meses para escribir acá. Les puedo decir que necesitaba una cierta desconexión (cosa que también sucedió en mi Facebook y Twitter o «X»). Pero me parece buena ocasión esto del año nuevo para comenzar «nuevamente» en este nuestro espacio de encuentros. ¡Feliz 2024!

Siempre me ha resultado fascinante este fenómeno socio-cultural del nuevo año. Tantos propósitos, tantas promesas, tantas cosas que se van diluyendo en varios casos y otras que parece se van cumpliendo. A pesar de ello, la vida sigue su rumbo y el fin siempre existe: unos mueren, otros nacen; unos son despedidos, otros son contratados; unos se separan, otros se conocen, etc. Es la vida, insisto, que sigue su camino. Pero algo siempre se mantiene como un constante en cada uno de nosotros, aquello que nos cuesta tanto dejar atrás y que, en buena medida, va determinando nuestra vida. Todos los seres humanos tenemos «maletas» que vamos cargando, unas más livianas que otras, pero que llevan bordadas el nombre de Pasado, y el interior cuenta con varios detalles del ayer, entre los cuales yacen las emociones. Y éstas, mis queridos(as) lectores(as), son las que más cuesta dejar atrás, sobre todo cuando son negativas.

Diferencias

Hace unas horas, antes de sentarme a escribir este encuentro, mi amiga Fernanda me preguntaba sobre la diferencia entre la Psicología y el Psicoanálisis. Traté de ser breve para diferenciar la terapia del análisis, ya que como ustedes bien entenderán, no son lo mismo ni tienen que serlo. La marcada diferencia entre las cosas puede ser clave para lo que estamos tratando de clarificar hoy. Cuando Martin Heidegger a partir de su pregunta por el ser, tras la publicación de su obra Ser y Tiempo en 1927, comparte su famosísimo (y a veces polémico) Dasein (da=ahí / sein=ser .: ser ahí), nos ofrece una manera distinta de analizar la existencia, específicamente la del ser humano, ya que no es como la de los demás objetos del mundo. A lo que se refiere es que el ser humano existe como posibilidad antes que como realidad. Podríamos decir que el ser humano no es, sino que está «condenado» a ser. Y de ahí tenemos mayor claridad del principio existencialista: no somos, estamos siendo.

Ahora bien, si eso lo utilizamos en el plano de las emociones humanas, podría incluso servirnos como herramienta para poder lidiar con aquello que ha sido, que puede dejar de ser, que puede ser (algo más) y que puede llegar a no-ser. Ya sé, esto puede ser complicado, pero en realidad es fácil de explicar: si entendemos que el ser humano no es, sino que está siendo, algo que le es propio pasa exactamente por lo mismo. Las emociones cambian. La pregunta entonces sería: ¿por qué nos aferramos a ellas? Durante las vacaciones (que no lo fueron tanto para mí, pero ni hablar de ello), sostuve un lindo encuentro con una colega psicoanalista. Me quedé como regalo de Navidad algo que me dijo: «Tenemos tanto miedo a la diferencia, que nos olvidamos de qué tan diferentes somos». ¿No será que las emociones a las que nos aferramos son porque tememos a emociones diferentes?

Oportunidades

El hecho de que el ser humano sea ante todo posibilidad, nos abre el paso hacia una infinidad de oportunidades. ¿Qué esperamos para generar motivos para nuevas emociones? Irvin D. Yalom, en su hermoso libro Mirar al sol (2008), en algún momento plantea la experiencia del despertar, que no es otra cosa que «un enfrentamiento directo con la muerte que termina por enriquecer la vida». Yalom nos encamina a una interesante reflexión que yace en la obra de León Tolstoi, La muerte de Iván Ilich (1886), donde el protagonista, un miserable y ruin burócrata, tras sufrir dolores abdominales terribles que lo llevan a una experiencia cercana a la muerte, en un momento de profunda reflexión, cae en cuenta que está muriendo muy mal porque vivió muy mal. Esto es nada más y nada menos que tomar consciencia de su ser.

Recordemos que hablar de muerte es hablar de manera abstracta, es hablar del fin de algo. Eso también pasa con las emociones. Pero a diferencia de la creencia de «estar condenados a», que Heidegger deja sin más (aunque sus followers no estén de acuerdo), curiosamente es irónica ya que imposibilita todo intento de libertad que se desarrolla en la posibilidad. Las emociones, ciertamente, constituyen en el ser humano gran parte de su historia pasada, presente y futura, pero en ningún momento se tornan en algo absoluto. Vivir encadenados a las emociones es renegar de la posibilidad de crear, de descubrir, de generar, incluso de «dejarse contagiar». El amor es quizá una de las más grandes víctimas: si la tristeza fue su color, ¿habrá de serlo hoy o mañana también? Y me parece que la respuesta es muy diferente: no, puede serlo, pero no necesariamente.

Para que las emociones dejen de ser cadenas, uno debe analizar, haciendo consciencia de sí mismo, qué es lo que no está permitiendo morir, qué es lo que no está permitiendo dejar de ser en ellas. Sólo así podremos hablar de un nuevo despertar. Si ayer el amor fue triste, y hoy nos encontramos a alguien que nos hace «sentir mariposas en el estómago», habríamos que entender que la emoción puede ser la misma, pero no la persona, y no estoy hablando nada más del otro, sino de nosotros mismos. «La vida fluye», nosotros también.

El silencio y sus hechos

«Quien calla, otorga».

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo, mi amiga Berenice me pidió que escribiera algo sobre el tema que se trata en una miniserie de Netflix, Desde dentro (Inside man, 2022), protagonizada por Stanley Tucci, David Tennant, Dolly Wells, entre otros. A modo de brevísimo resumen (sin spoilers), trata sobre un criminólogo que yace en el pasillo de la muerte de una prisión esperando su condena, mientras resuelve algunos casos siempre y cuando cumplan con sus exigentes demandas profesionales; hasta que un día se topa con uno en el cual todo comenzó con «guardar un perturbador secreto». No diré más.

Para muchos ha sido una muy buena mini serie, para otros ha sido aburrida, pero me parece que aborda el tema de callar y encubrir de un modo bastante interesante. ¿Qué harían ustedes si alguien les hiciera guardar algo y que después descubrieran el contenido perturbador del mismo? Cabe decir que ese alguien es muy querido y amado, por quien sienten cierta responsabilidad. Quizá muchos podrían contestarme que «harían lo correcto», pero creanme que a la hora de la verdad hay cosas que nos pueden llegar a traicionar. Dejemos eso en intriga por si les he picado la morbosidad como para ver de qué se trata esa serie.

*A veces creo que Netflix me debería contratar…

El callar

En la cultura occidental es muy común que el tema del silencio se desarrolle en muchos panoramas sociales. Desde una perspectiva se le ve como sinónimo de prudencia, en otra como cobardía, en otra como obediencia, etc. Depende la situación, el lugar y con quién. Sin embargo, el callarse siempre, en todos los casos, genera algo a nivel psicológico que da paso a incontables realidades en el individuo. Ciertamente en ocasiones se ejercitan las virtudes, pero en otras tantas se generan traumas, dolencias, resistencias, miedos, etc. Cuando empiezo este encuentro con el famoso refrán «el que calla, otorga», no es en vano. ¿Cuántas veces hemos sido testigos del poder demoledor de las cosas que se callan en la estabilidad mental de las personas, incluso de nosotros mismos?

En psicoanálisis entendemos que lo que no se pone en palabras, el cuerpo encuentra la manera de expresarlo, de ahí que demos directamente con la psico-somatización, y el cuerpo comienza a enfermar aunque no tenga un origen fisiológico. En nuestros días estamos muy acostumbrados, malamente, al «tú calla y aguanta», ante malos tratos, malas maneras y formas. «Es que cómo le voy a contestar al jefe», «cómo le voy a decir que no a mis padres», etc., y muchos cuestionamientos entendibles pero preocupantes. A ver, no se trata de aguantar, se trata también de guardar respeto por nuestra propia dignidad: nada ni nadie puede pasar por encima de nosotros sólo porque representa una autoridad. De ahí que los expertos en negocios sepan diferenciar la figura del jefe y del líder.

Saber hablar

Estoy más que seguro que esto que estoy por decir causará «ruido» en muchos de ustedes, sobre todo en quienes defienden a capa y espada los nuevos sistemas de crianza que se están teniendo con los niños, pero aún así no es mi idea ni mi intención entrar en polémica ni generar un interminable debate de proyecciones y resentimientos personales. Éste es un lugar de diálogo y lo que expreso aquí no es sino una opinión, misma que está abierta a la posibilidad de sostenerse o cambiar. Ahora bien, esa idea de «no les digas nada» que se tiene respecto a los niños por el «temor a traumarlos», genera muchos comportamientos que terminan por despreciar los límites y a la autoridad. Sé que he hablado de esta última en el punto anterior, pero a eso voy. Hablar con los niños y decirles cuándo están haciendo mal las cosas, es necesario y muy importante en la formación psicosocial y en el modo de relacionarse con los demás. Un regaño bien fundamentando con las palabras adecuadas, sin gritos ni ofensas, mucho menos con violencia física, puede ayudarles a tener claras las cosas.

El modo en el que hablamos configura el mundo en el que somos. Veamos: ¿por qué cuando pensamos en la noción de «queja» automáticamente pensamos en algo agresivo? La queja es una respuesta ante algo negativo que le sucede al sujeto. Es un «no dejarse». Sin embargo, hay modos de quejarse y precisamente es por eso que hay que tener la claridad que exigimos en los niños. El modo de hacer las cosas nos permite tener una convivencia más sana. Apostando siempre por la verdad. Porque si callamos y sólo nos guardamos las cosas, damos paso a muchos problemas, entre los cuales el mal entendido es uno de ellos, y lo que era algo quizá «casi insignificante» se vuelve un ver arder Troya. Y por esto último es que les invito a que vean la serie. El silencio puede resultar en un grave error y muchas cosas se pueden evitar al no tenerlo.

El valor de nuestro corazón

«Lo que no se sabe expresar, no se sabe».

-Miguel de Unamuno

Queridos(as) lectores(as):

¿Por qué será que las personas no saben o no sabemos decir las cosas y preferimos guardar silencio? «No sé qué decirte», «no tengo palabras», etc. Son sentencias que disimulan una realidad distinta. ¿O es acaso que en verdad nunca hay qué decir? Es muy común que cuando pasa una tragedia justo digamos «no hay palabras», pero lo cierto es que sí las hay, incluso hasta sobran, pero también existe un cierto temor a equivocarse en lo que decimos y que la situación se pueda tornar más dolorosa o por lo menos más incómoda. Es muy común hoy en día que el silencio predomine y pareciera que las muestras afectivas se ven limitadas a las circunstancias que sólo aceptamos. ¿Dónde queda entonces la empatía?

Dudar de lo que sentimos a la hora de querer expresarnos puede convertirse en una condena injusta. Pienso, por ejemplo, cuando un ser querido se acerca a nosotros para contarnos algo que le está pasando y que le está ocasionando mucho malestar, y a pesar de ello, «no sabemos qué decirle», sólo «podemos escucharlo» y ya. Y claro, le sugerimos que vaya con un profesional de la salud mental, con un sacerdote, un rabino o alguna «autoridad» más capacitada para poder ayudarle. En parte es una buena acción el escucharle y sugerirle que busque ayuda no está del todo mal, pero tenemos que tener presente que el primer apoyo es la red emocional que creamos con amigos y familiares, siendo la primer contención.

Confiar en el corazón

Cuando estamos pasando por un momento triste, difícil y desesperado, lo primero que buscamos es quien nos ayude a tranquilizarnos. Quizá no necesariamente que nos consuele, pero alguien que nos ayude a aligerar el agobiante peso que estamos cargando. Acudimos, pues, con algún buen amigo, con un familiar, incluso los animales de casa se vuelven excelentes terapeutas pues aunque no nos digan nada, nos dan un amor incondicional que nos ayuda a sentirnos mejor (como dato cultural: ¿sabían que el ronronear de un gato puede ayudar a controlar la frecuencia cardiaca, reduciendo el estrés?). Pero, a pesar de esto, en la actualidad el otro teme expresarse, teme decir «algo que no». Y claro, con tanto bombardeo publicitario de pseudo salud mental en el que le meten miedo a las personas por el «poder de la palabra», no hay quien quiera «hacerse responsable». No sabía que dar un abrazo, un consuelo, una caricia, un «aquí estoy contigo», fuera tan peligroso…

Obra: Gatos abrazados / Kerstin Haase (No cuento con los derechos de autor, es sólo por el uso ilustrativo sin intenciones de lucro)

Es muy común que, tal como decimos en México, ante situaciones así «nos agarren en curva» o desprevenidos y que, en efecto, no sepamos qué decir, pero eso no puede ser motivo suficiente para evadir responder a la demanda de apoyo, amor, comprensión y cariño del doliente hacia nosotros. Cuando se trata de un ser querido, ¿no es acaso suficiente el amor que sentimos por esa persona como para tratar de decirle las cosas desde el corazón? Cierto, no debemos caer en los vicios de la desesperación ante el ser amado que sufre y por querer ayudarle alimentemos su dolor, miedo o tristeza. Las palabras del corazón SIEMPRE deben ofrecer serenidad, paz y consuelo. «No tengáis miedo de expresar la ternura de vuestro corazón», nos recuerda constantemente el papa Francisco.

Es un momento importante

Sí, la idea es que cuando las personas tienen problemas de depresión, ansiedad, estrés, etc., acudan con profesionales de la salud para tratar cuanto antes eso y evitarles que se generen problemas más delicados. Pero no temamos ofrecer una escucha amable, unas palabras tiernas y cariñosas (nada de regaños ni «tú debes de…»), un bonito abrazo y hasta una mirada de confianza. Esos son los primeros pasos hacia la cura de un dolor del alma. Nuestra misión como seres humanos podemos encontrarla en una verdadera empatía, a partir del entendimiento de que estamos en esta existencia compartiendo con la alteridad misma. ¿Cómo queremos estar bien cuando unos sufren? No se trata de hacerla de super héroes (y mucho menos saliendo en videos o fotos presumiendo nuestra «buena acción») e intentar salvar a medio mundo. Empecemos por los que nos rodean, y no tengamos miedo de confiar en el corazón en ese momento.

También es muy común la idea de «esperar a que pidan ayuda». ¿Por qué? ¿Es que acaso vemos a una persona que se ha caído en la calle y esperamos hasta que nos pida, nos ruegue, ayuda? Qué posicionamiento tan cuestionable. El amor responde ante su ausencia. Y así como tenemos un corazón dispuesto a ayudar al otro, debemos ser conscientes que el nuestro también necesita ayuda de vez en cuando. El verdadero valor de toda expresión es la sinceridad con la que se genera. Reconocernos humanos es aceptar que siempre todos hemos de necesitar ayuda, y que ésta llega en primeros pasos que se abren hacia un sendero de mejora.

Si necesitan un abrazo, podrían empezar por pedirlo…

El placer de saberse ignorar

«El que conoce poco, lo repite a menudo».

-Thomas Fuller

Queridos(as) lectores(as):

Muchas gracias a quienes se han sumado al podcast de este espacio. Si todavía no lo hacen, no dejen de seguirlo y activar la campanita para recibir notificaciones. Por el momento acabó la primera temporada y estoy pensando en cómo mejorar y variar el contenido de la siguiente. Mientras sigamos teniendo estos encuentros de este lado. Así es, han leído bien, «saberse ignorar», y créanme que encontraremos la razón de ello. El día de ayer recibí una carta por parte de mi querido amigo, Sebas, desde Ecuador. Las relaciones epistolares son algo que, a mi creer, no deberían perderse sin más en nuestro tiempo. Por una cosa que me compartía, le sugerí que una parte del amor propio es «sabernos mentar la madre de vez en cuando», es decir, no hacernos caso siempre.

Cuando digo esto, me refiero a un ejercicio sincero del autoconocimiento que tenemos que tener en nuestra vida. Muchas veces, nos empeñamos en cosas que se vuelven meras obsesiones y que terminan por generar en nosotros profundos malestares. Hay ideas que se cuelan en nuestra mente y van de un lugar a otro tornándose en un auténtico suplicio. «Es que yo quiero», «es que yo debo», «es que tiene que ser», «es que, es que, es que…», y de ahí al infinito. ¿Por qué no somos capaces de analizar dichas ideas y caer en cuenta que, en la mayoría de las veces, se mantienen en nosotros por mero capricho o terquedad? Hay cosas de las que no habría que lamentarnos porque no sucedan o no se nos den en nuestra vida.

El deber ser (in)conveniente

Hemos hablado de este famosísimo tema ya en varios encuentros pasados, sin embargo, ¿qué pasa cuando el deber ser es en realidad un disparate sin fundamento? Es decir, muchas veces damos por sentado que las cosas deberían ser de tal manera. Pero, ¿cuántas de esas veces las pensamos a partir de un capricho desde lo que suponemos nos ofrecería algo mejor o más cómodo para nosotros? Por ejemplo: «¡Ay, es que no debería haber tanto tráfico ahora que estoy manejando!». Claro, puede haberlo cuando yo no esté directamente involucrado, pero cuando sí, pues por supuesto que no debería haberlo. Regresando a ese momento de queja, es fascinante ver cómo las cosas las vamos forzando directamente con (especialmente en contra) de nuestro malestar. Nuestro sentido del humor cambia, hacemos la cosas de malas, contestamos de manera agresiva, etc.

Mandando guardar silencio / Getty images

¿Qué sucedería sin en el momento en el que nos estamos quejando, mejor nos planteamos algo distinto que nos ayude a sobre llevar el momento? No sé, poner algo de música, aprovechar el tiempo y hacer una llamada a un ser querido, escuchar un podcast (sobre todo el de Crónicas del diván, claramente), etc., por mucho descubriríamos que el ignorarnos cuando estamos frustrados por algo así, nos ayudaría a incluso hacernos más responsables. Diría san Agustín de Hipona: «Conócete, acéptate, supérate». Si el malestar de nuestro padecimiento se pudiera evitar pensando y actuando de mejor manera, ¿por qué no intentarlo? En vez de lamentarnos por el «tráfico que hay cuando estamos manejando», que muchas veces es por salir tarde y no anticiparnos con las mil y un cosas que pueden pasar en el lugar donde vivimos, quizá podríamos pensar «¿qué puedo hacer para evitar el trafico cuando yo esté manejando?». Pero, cuando vemos que la responsabilidad recae sobre nosotros, ya no es tan sencillo quejarse, ¿cierto?

Callar al niño berrinchudo

No es nuevo, pero ciertamente vivimos en una sociedad en demasía infantilizada, en la que muchos de los individuos evaden toda responsabilidad personal y suelen cargarle los problemas a los demás. Nadie quiere hacerse cargo y menos de sus propias cosas. Están acostumbrados a que alguien más les resuelva la vida. Así es el pensamiento berrinchudo que muchas veces nos invade y nos lleva muy lejos de una vida más práctica y serena. Por eso es que debemos activar ciertos filtros que nos ayuden a lidiar con nuestra mente en momentos de aburrimiento, de frustración o de simplemente no saber qué hacer, pues hay razonamientos que sólo nos joden, pero que no ofrecen nada bueno al final. Por eso mencionaba el deber ser que se vuelve algo irritante y comodino, entre otros ejemplos que cada uno de ustedes se podrá ir dando.

El famoso «conócete a ti mismo» implica también un ejercicio de humildad y sinceridad en el que cada uno de nosotros habremos de ser responsables de cosas que están en nuestras manos y que realmente resulten favorables para nuestra persona, nuestra actividad laboral y demás, sin caer en el vicio de sobre pensar las cosas y pretender que las éstas serán siempre como queramos a la hora que exijamos. Sí, quizá descubran en esto una lucha interna contra la propia inmediatez que, de hecho, muchas veces responde a los caprichos, al niño berrinchudo, terco y grosero que piensa que el mundo le debe todo.

El placer de saberse ignorar, en verdad, también es necesario…

Las promesas del esperado amor

«¡Ah¡ Por tu felicidad yo daría la mía, aunque tú nunca llegaras a enterarte de nada».

-Edmund Rostand (Cyrano de Bergerac)

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa por ausentarme un tiempo por este nuestro espacio, pero he andado aprendiendo más sobre el mundo del podcast, recordándoles que la primera temporada de Crónicas del diván está en curso (no deje de seguir y activar la campanita en Spotify).

Ahora bien, uno de ustedes me hizo llegar varios mensajes que no había podido ordenar en cuanto al tema que me estaba pidiendo que compartiera una reflexión. Y me parece que no es nada nuevo y quizá muy sonado en la vida de cada uno de nosotros: ¿y qué pasó con el amor? No hay ser humano en esta vida que no ame y mucho menos que no busque ser amado. Hace unos días, mi querida Rocío compartió un reel en su Instagram, en el que hablaba sobre el famoso «peor es nada», haciéndonos pensar en lo horrible de esa situación al no poner en ningún lado a una persona. ¿Y su dignidad? Ella, después, aclara que entonces «mejor es nada». ¿Vemos la diferencia? Además, sutilmente se muestra un «no juegues con los sentimientos de alguien» y, entre esas palabras, «cuando no tienes claridad en los tuyos». Todo lo que se dice, todo lo que leemos. Parafraseando a Jacques Lacan: «Uno tiene responsabilidad de lo que dice, no de lo que el otro entiende».

La pegunta «¿y qué pasó con el amor?» me parece una que, al menos en muchos casos, costará mucho contestar y que la respuesta dé una verdadera satisfacción. Pero, hagamos un intento por analizar lo que hoy por hoy estamos viviendo.

En otros tiempos…

Muchos de nosotros crecimos con narrativas interesantes respecto al amor. La clásica historia de amor de los abuelos, la de los padres, los cancioneros (de esos que «ya no son como los de ahora»); muchos crecimos escuchando a José Luis Perales, Camilo Sesto, José José, Juan Gabriel, Roberto Carlos, etc., canciones bellísimas y cargadas de un sentimiento sin igual. Pero todas esas canciones, al menos vamos a quedarnos con el lado musical del pasado, tenían ciertas promesas del amor esperado. Ya fuera canciones de amor o de desamor, en ellas había una claridad que ayudaba o siguen ayudando a dar voz a nuestros sentimientos. Pero aquel romanticismo, aquel tributo al amor, pareciera que en este tiempo sólo se queda en una triste y prolongada añoranza del mañana que se quedó en el ayer.

Aunque no es nuevo, la demanda de amor en nuestros días mueve mucho a los individuos en la sociedad. Hay quienes no encuentran el amor que buscan (y quizá no se den cuenta de la alta exigencia que tienen sobre el mismo), otros lo encuentran pero no les es suficiente, otros sufren la duda de haberlo encontrado pero de no estar seguros si es conveniente o no, etc. Son tantos malestares que ponemos entorno al amor que, o lo hacemos imposible o nos estamos volviendo inaccesibles. ¿Qué será? Hace tiempo, ya varios años atrás, una persona tuvo sentimientos por otra, cosa que al parecer eran recíprocos, sin embargo, «a la hora de la verdad», resulta que la contestación fue «sí, pero no ahorita, mejor después». Y claramente ese «después» nunca llegó. ¿Les ha pasado?

El amor fuera del guión

Ciertamente, muchos crecieron o crecimos con los estándares del amor moderno «disfrazado» de «el de siempre». Tantas películas a la Disney, tantas narrativas tan de OTROS. El error que tenemos, no sólo en cuestiones del amor, es pretender tener lo que otros tuvieron. ¿Dónde queda el pensar en las distintas circunstancias? ¿Dónde queda el aceptar las alternativas? El amor no es NUNCA una alternativa, pero nos brinda varias. Es decir, pensar que el amor es o debe ser tal y como lo hemos visto en OTROS casos, es sentenciarnos a una insatisfacción eterna. Sin embargo, pasa algo curioso, cuando se dan detalles que parecen sacados de una película cursi y empalagosa (aunque muchas de ellas muy buenas), aparece el «ah, qué lindo(a), pero ahorita no». Y seguimos buscando el amor con nombre y apellido que «tanto hemos esperado».

En cuestiones del amor, el guión es siempre un crimen. Es decir, el amor debe sorprendernos, de manera espontánea, lo más maravilloso que permite el asombro. Si estamos exigiendo que el amor sea tal y como otros lo han encontrado, lo han vivido, etc., nos estamos volviendo ese «peor es nada» para alguien más. Porque quien impone sus reglas personales al amor, lo desvirtúa. Y quien se arranca la posibilidad de amor, de amar y de ser amado, renuncia poco a poco a su propia dignidad. El tema acá no son las promesas del amor esperado, sino las exigencias del amor sentenciado. Cambiar de perspectiva, quizá, nos ayude más a escribir y cantar cosas de amor, que ahogar penas y tragedias «por el amor que nunca nos llega».

Además, ¿quién dijo que el amor tiene un determinado tiempo y lugar de llegada?

Habemus podcast!

Queridos(as) lectores(as):

Tal como lo leen, ayer estrené la versión podcast de este lugar de encuentros. Esperen, no, no se me asusten, que no significa que dejaré de estar escribiendo. Les cuento un poco. Hace tiempo, varias personas me dijeron que les gustaba mucho el contenido que les ofrezco en esta página, pero había algunos que por x o y razón no podían leer completo. Otros me decían que me «extrañaban» en mi programa de radio cultural que tenía antes (In.Cultura) y que les gustaba mucho mi voz (halago que a veces no les creo jaja). Así que inspirado por todos ellos (muchos de ustedes incluso lo sugirieron en sus grandiosos mensajes), con el apoyo técnico de mi super productor, Héctor García (Tito, Titazo), Black Media Films y Estudio 56, hemos dado el salto al podcast.

Lo que hice fue buscar algunos de los encuentros que más les movieron o que más les gustaron y los grabé. La idea es que esta primera temporada, estaré subiendo 1 encuentro (episodio) por día. Por lo que, además de agradecerles los buenos deseos que sé que tienen para mí y este proyecto, les pido que no dejen de suscribirse, activar notificaciones y me ayuden a dar a conocer el podcast (además, claro, de esta página jaja).

Ya saben que los leo, por lo que no dejen de ponerse en contacto, cosa que también pueden hacer en mi mail psichchp@gmail.com (incluso si buscan poder analizarse conmigo, ya saben que los atiendo con gusto).

-En Spotify

-Les dejo el enlace a RSS

¡Muchas gracias! Los espero…

¡Nos estamos escuchando!