Amar lo «imposible»

«El amor es una alegría unida a la idea de su causa».

-Baruch Spinoza

Queridos(as) lectores(as):

Hoy nos toca hacer una reflexión sobre el famoso «amor imposible». Sin embargo, como habrán advertido en el título, agregué un «lo» entre ambas nociones. ¿Por qué? Porque en sí es algo en lo que nos detenemos a reafirmar la idea que tenemos sobre algo: lo que no puedo, lo que puede ser, lo que me gustaría, lo que temo, etc. De hecho, empecé con esta cita de Spinoza que encontramos en su libro Ética. Y aquí verán por qué. El hecho de amar a alguien se vuelve una alegría por su mera existencia. Esté o no esté con nosotros esa persona, el simple hecho de que sabemos de ella, hace que nuestro mundo (nuestra vida) se vuelva en verdad hermoso.

Quizá no lo recuerden o no lo tengan tan presente, pero hace ya varias entradas hablaba del tema de la añoranza, del anhelo, que tienen su base fija en la falta. Tiene mucho que ver con lo que Platón nos daba a entender en sus diálogos cuando se abordaba el tema del amor. Pero, ¿por qué no amar la existencia en vez de optar «amar» una ausencia?

Escribo este encuentro en respuesta a «Vivi», quien muy amablemente se puso en contacto conmigo para sugerirme el tema. «¿Pero qué pasa cuando esa persona que amamos apenas y nota que existimos?». Esa pregunta que tanto nos ha dolido a muchos. Me hace pensar en aquella canción del musical El Hombre de la Mancha, «El sueño imposible«.

Amar una idea

Cuando he hablado sobre esto con colegas de Filosofía o del mismo Psicoanálisis, por increíble que parezca, se ven renuentes a aportar lo que uno esperaría estando en confianza para un diálogo enriquecedor. «Es que lo que preguntas es impensable», «Claro que no se puede amar a alguien que no está», «¡Joder, estás loco, para qué perder el tiempo en alguien que ni si quiere le importas!», etc. Como verán, si de pesimismo queremos hablar, hay que comenzar con la desilusión personal para tratar de hacer morir la esperanza de los demás.

Me parece curioso que se olviden con tanta facilidad de lo que la Historia, la Literatura, la propia Filosofía y demás artes nos han logrado demostrar llegando incluso a inmortalizar. Empecemos por algo sencillo que se conoce como el «amor cortés». Esto tenemos registro en la Edad Media, en la que se expresaba un amor tierno, sincero, honrado, virtuoso y DESINTERESADO. Quedémonos con esto último. El noble caballero, valiente y fiel, elige a una dama que será su inspiración a la hora de batirse en duelo; esa dama quizá estaba comprometida o casada ya con otro, sin embargo, la idea del amor cortés radica en que aunque no sea nuestra esa persona, se vive, se pelea, se triunfa y hasta se muere por ella.

Siglos más tarde, los romanticistas y neorromanticistas, encontraron en este tipo de nociones sobre el amor, una herramienta primordial para poder narrar historias hermosas. Uno de mis eternos favoritos fue, es y será Edmond Rostand (1968-1918), a quien le debemos la obra teatral de Cyrano de Bergerac (1897), la cual nos cuenta la historia del amor imposible de Cyrano por su prima, Roxanne, y no sólo eso, sino la manera en la que consciente de ello, nuestro valiente y noble protagonista accede a ayudar a un joven soldado llamado Christian a que conquiste el corazón de ella. Esta obra ha sido llevada no sólo al teatro, sino también al cine. Una de las más emblemáticas es la que protagoniza el actor francés, Gerard Depardieu. La escena del balcón nos ayudaría a entender esta «renuncia» pero que permite a Cyrano expresar de manera indirecta el noble amor por su dama «imposible».

Lo imposible es no amar

Ahora que les he compartido este hermoso ejemplo de Cyrano, quisiera preguntarles: ¿alguna vez estuvieron en una situación parecida? Yo recuerdo mi propio caso cuando cursaba la preparatoria. Había una chica que nos gustaba a varios. Cabe señalar que estudié en una escuela de puros hombres. Pero de algún modo todos la conocíamos y quedábamos maravillados por lo bonita que era, además de ser buena persona y muy agradable. Un día, ella me dirigió la mirada y la palabra (¡triunfé -me dije-, me hizo caso!). De los hombres con los que frecuentaba, con quien más confianza tenía era conmigo. Pero la historia bonita que me hubiera gustado compartirles, en realidad terminó haciéndome probar el amargo sabor de la famosa friend zone (la zona del amigo).

Un día, estando en un café, me confesó que ella estaba enamorada de otro, que casualmente era uno de mis mejores amigos. Entre el dolor y la tristeza de mi desilusión, pero también la alegría y orgullo por la suerte de mi amigo (aunque la envidia es envidia, nada de que «de la buena»), sólo pude sonreír y dar un rostro que no expresara un corazón roto (el orgullo es el orgullo). Cuando mi amigo se enteró del amor de ella, sin saber lo que yo sentía por ella, se acercó y me pidió que le ayudara a escribir una carta y algún problema para dedicárselo a ella. ¡Qué cosa, cómo se atreve! Por eso es que me identifico con Cyrano, al igual que sé que muchos de ustedes han pasado por cosas similares en algún punto de su vida. Creo que terminaron saliendo y después ya no supe qué fue de ellos.

Pero recuerdo que al momento de escribir esa carta y ese poema, pude identificar el amor cortés, y lo hice con total entrega y con los mejores deseos para ella (y también, aunque a «regañadientes» por mi amigo). Me decía «mientras ella sea feliz, fantástico, aunque no sea conmigo». Ya pueden dejar de sentir lástima por mí, queridos(as) lectores(as) jaja.

Tú ama, que serás amado(a)

Ciertamente la noción del amor cortés no es algo que uno quisiera vivir de por vida. ¿Y cuándo llegará el amor? ¿Llegará? Hoy más que nunca, parece ser que esa búsqueda se atenúa por la soledad en nuestras vidas. Sin embargo, hay que saber y entender que ningún amor debe pensarse para una cosa tan utilitarista. Por eso es importante sostener el amor propio en nuestra vida, ya que de no hacerlo, cuando la friend zone se haga presente, podríamos llegar a hasta humillarnos con tal de que esa amada persona nos ame, como si quisiéramos hacerle sentir culpable de nuestro dolor. Cuando caemos en cosas así, perdemos en realidad dos amores: el del otro y el nuestro. Lo que nos rescata, como bien dice mi querido Gabriel Rolón, es la dignidad.

El amor no sólo busca, se deja encontrar. Y esto último, lo olvidamos con bastante frecuencia. Además, ¿quién nos asegura que no somos ese «amor imposible» de alguien más? No olvidemos que no sólo existen puertas, sino también ventanas.

«Vive por la imagen que alienta y justifica todas tus proezas», como diría el Quijote.

El mundo en el que no estamos

Queridos(as) lectores(as):

Hay algo de lo que he querido escribir para uno de nuestros encuentros desde hace ya bastante tiempo y que una situación personal, muy molesta, me ha inspirado para por fin hacerlo. Una situación, una actitud o un modo de ser en el que cada día nos mostramos aparte del mundo. Como si estuviéramos «desconectados» pero dando a entender que «ahí seguimos». Me atrevería a pensar en una suerte de indiferencia que, entre muchas razones, la encuentro muy cercana a un egoísmo muy radical.

Por poner un breve ejemplo: ¿les ha pasado que quedan de ir a ver a uno o más amigos/familiares a un restaurante o cafetería, y que están sumergidos en sus celulares? En lo personal, puedo decir que es de las cosas que más detesto y que en verdad me fastidian, cosa que no dejo pasar con sencillez y hago notar mi molestia con comentarios del tipo «si quieres dejo que dejes de escribir en tu cel», o cuando siguen sin reaccionar, simplemente me levanto y me voy del lugar. ¿En dónde están cuando fingen estar?

Ese momento en el que no estás

El vitalismo o el «impulso natural a la vida que surge del interior de las personas», es una corriente filosófica de la cual tendríamos que hacer uso para casos como el anterior. Si nos vamos más por el lado psicoanalítico, nos topamos con la pulsión de vida que nos hace, sea como sea, aferrarnos a ella. ¿Pero qué está sucediendo que de la vida nos estamos perdiendo todo, o al menos demasiado, por poner atención a cosas tan diminutas?

Quizá la pregunta correcta en esto es: ¿de qué no se quieren enterar? Cuando las personas que se reúnen tienen estas actitudes de perderse en sus celulares (o móviles), dando a entender una cierta «indiferencia» hacia quienes les rodean, en primer lugar nos lleva a pensar en la falta de prioridades que tienen esas persona. «No creas que no te estoy haciendo caso, tú sigue hablando». ¿Les han llegado a contestar eso? Sí, seguramente sí y estoy seguro que es la peor respuesta que les pueden dar porque incrementa la sensación de que les están dando el avión (en México decimos eso a quien nos ignora y sólo responde por responder).

¿De qué sirve estar por estar sin que haya una intención de estar? Ahora con lo de la pandemia y el encierro que muchos vivimos, leí en redes sociales muchas veces que ya estaban hartos de no poderse ver en persona, de no poder convivir, de poder incluso tocarse. Y claro, todos extrañamos eso. Pero cuando se levantaron las medidas y los encuentros se permitieron, la gente se reunía sin quitarse el celular de las manos.

La inmediatez y la incapacidad de pensar

Hace unos días, pasé por una situación que realmente me molestó. Un querido amigo había olvidado su celular en mi camioneta cuando le di un aventón a un lugar en el que se iba a encontrar con otro amigo. Yo no noté el aparato. Por lo general, los domingos tengo un horario dispuesto que dedico para platicar con mi familia que vive en otros países. Estaba ya preparado para ello cuando de repente veo una serie de mensajes desesperados en Instagram en mi celular. Cabe señalar que a mí no me gusta tener con sonido mi celular, pero estoy al pendiente por una pequeña luz que me avisa siempre cuando llega un mensaje o una llamada. Así que vi la insistencia de la luz y abrí la aplicación. Resulta que el amigo de mi amigo nunca llegó (aparentemente), cosa que le perjudicó porque sí se dio cuenta de que había dejado su celular en mi camioneta, por lo que lo esperaba para poder pedirle que le prestara el suyo para poderse comunicar conmigo.

Este amigo, con quien ya he tenido ocasiones de «regañarlo» por las cosas que no hace por estar embobado con su celular TODO EL DÍA, entró en una crisis brutal. No sabía cómo comunicarse conmigo. Total que terminé «yendo a su rescate». Al contarme la historia de lo sucedido, me dijo que por no tener su celular, no podía pedir un UBER; que en la avenida en la que estaba parado no pasaban taxis y que, para terminar de empeorar su situación, de cualquier modo no tenía dinero en efectivo para pagarlo. 3 cosas:

  1. Si no hay UBER, ¿no hay otra forma? La inmediatez, como ya lo he hablado en encuentros anteriores, nos tiene terriblemente acostumbrados a solucionar las cosas sin hacer mucho esfuerzo, de un modo rápido y sin «problemas».
  2. Si no pasaban taxis en esa avenida, ¿no se puede acercar a otra avenida donde es más que probable que sí tendrá suerte? Una actitud de «espero que pase algo que me ayude sin moverme». Claramente eso no ayuda en nada.
  3. ¿No cargar dinero en efectivo? ¿Qué pasará el día en que la tecnología nos traicione y no nos pueda servir para solucionar nuestros problemas cotidianos? Mi papá me decía siempre que «por lo menos debería tener 200 pesos en la cartera por cualquier emergencia» y también que «la tecnología tiene la gran facultad de hacernos inútiles».

¿En qué mundo estamos? ¿Dónde está la consciencia que es el puente entre aquello que decimos es lo Real y lo nuestro? Este amigo se cerró en su desesperación. De hecho, también me había dicho en su cadena delirante de mensajes que «le pidiera un UBER». La facilidad con la que lo decía evitaba pasar por la reflexión de la complejidad de esa solución. Ahora bien, si no tenía dinero (cosa que le dije), ¿por qué no tomó el taxi y al momento de llegar a mi casa le pedía que lo esperara, me llamara, y le prestara para pagarle? Insisto: la inmediatez lo cerró en su desesperación que le impidió pensar, en darle soluciones a su problema.

Espera… ahorita te atiendo

Después de que tuviera que enfrentarse a mi enojo y fastidio por lo que me hizo al tener que cancelar la única llamada que tengo con mi familia en la semana, sólo recibía de su parte un «ya sé, tienes razón, perdón, perdón». Una vez en casa, me dice que se iba a comunicar con su amigo para saber qué pasó. ¿Y qué sucedió? Se puso a platicar con él por 20 minutos para ponerse al corriente sobre eso, sin importarle que yo estuviera ahí en ese momento con él y seguir platicando de otras cosas. Terminó de hablar, pidió su UBER y se fue. «¿Oye, te paso algo de la gasolina?», «¿Puedes retomar la llamada con tu familia?», etc… No sé, preguntas que uno esperaría por parte de alguien que debería ser empático y agradecido. Pero no, al parecer eso es imposible.

¿Les pareció molesto? ¿Piensan de mí que soy un neuroticazo obsesivo? Sobre esta última pregunta, sí, en buena parte lo soy, pero no debemos confundir la neurosis con el respeto y la educación. Los valores nos forman para justamente evitarnos problemas y no provocarlos o serlo para los demás. Si no existen las prioridades, los valores, la empatía, nos volveremos todos hacia ese mundo digital en el que «no pasa nada» y descuidaremos lo que está pasando fuera, se abrirán los ojos y nos daremos cuenta que hemos perdido todo. Y estoy casi seguro que nos atreveremos a quejarnos por eso. Así de descarados.

¿De qué sirve un aparato que nos conecta con quienes no están cerca y nos aleja de los que están a nuestro alrededor? No nos arrepintamos después y lloremos de maneras inconsolables por no saber valorar, amar y agradecer lo que tenemos y que solemos descuidar por cosas que terminan siendo totalmente ajenas a los momentos especiales e irrepetibles.

Y tú… ¿sufres porque quieres?

«Si amas, sufres. Si no amas, enfermas»

-Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Antes de comenzar este encuentro, me gustaría compartirles una cita del Dr. Arnoldo Kraus, Dolor de uno, dolor de todos:

«Predecir y medir las respuestas provenientes de los sentimientos ‘del alma’ no es materia sencilla. Cuestiones cotidianas ejemplifican la incapacidad para explicar los claroscuros del alma, ¿por qué el enamoramiento?, ¿por qué enloquecerse por la de allá y no por la de acá?, ¿por qué sentirse atraído por la hermana gemela con el pelo rizado en lugar de la del pelo lacio?, ¿por qué es imposible explicar el dolor del abdomen?, ¿por qué el deseo? […] Los lenguajes de la empatía, de la fraternidad, del odio y del dolor son meandros fundamentales del alma, propios de cada individuo, de la arquitectura que se traza y se modifica conforme transcurre la vida».

Perdonen si la cita es un poco larga, pero me parece que abarca muchos puntos importantes que en este encuentro habremos de buscar tratar de la mejor manera posible. El simple hecho de escuchar un «sufres porque quieres», demuestra una falta de sensibilidad, tacto, amor y real preocupación de quien lo expresa. No podemos decir que todos están obligados a tener profundos conocimientos (al menos básicos) de teorías psicoanalíticas o psicológicas, pero lo que es imperdonable es la frialdad y esa apática manera de responder ante alguien que nos comparte su dolor.

Siempre hay una razón (o más)

La frase con la que inicié este encuentro es de Introducción al narcisismo. Quizá es una de las más conocidas de Freud, pero al mismo tiempo de las que menos se consideran. Empecemos por entender que todo dolor tiene una ligazón con el amor. Y viceversa, de ahí que surja la sabiduría popular a decirnos «el amor es triste». Cuando una persona sufre, puede ser por varios motivos, mismos que al nos ser experimentados por nosotros, podríamos llegar al atrevimiento de juzgarlos: es que es una tontería, es que no vale la pena, ¡por favor, ni que fuera la gran cosa!… madura, ¿quieres? Etc.

Hay que considerar que nunca es fácil abrir el corazón para compartir cosas tristes o dolorosas, ya que existen ciertas resistencias de por medio (frustración, miedo, desconfianza, etc). «¿Qué pensará de mí si le digo que estoy triste?», por poner un ejemplo. Cuando la persona logra, tras una conflictiva lucha interna, romper esas resistencias y expresar sus sentimientos, y lo que recibe son regaños, comentarios burlescos, e incluso que hagan menos lo que siente, se va generando una idea silenciosa y profundamente dolorosa: no les importo.

Esa expresión, «sufres porque quieres», la he escuchado mucho en los últimos meses y he visto a quienes la reciben cómo pasan momentos de tremenda angustia, tristeza y depresión. De hecho, recientemente me enteré que a una paciente, una «amiga» suya, que se dice profesional de la salud mental, al comentarle una situación por la que está atravesando, le contestó con eso. ¡Y ya me imagino de qué modo! No piensan, no alcanzan a dimensionar la responsabilidad emocional, mental y hasta física que están generando por parte de a quien se lo dicen con esa apatía tan miserable.

Hacer consciente lo inconsciente

Esta es la tesis principal del psicoanálisis. ¿Pero para qué sirve exactamente? En su libro, Los perversos narcisistas, Jean-Charles Bouchoux nos dice lo siguiente: «Cuanto mayor es el encuentro con nuestro inconsciente, menos utilizamos los mecanismos de defensa y más ganamos libertad. Ya no estamos guiados por fuerzas inconscientes que se nos escapan, sino por motivaciones reales, o que nos lleva hacia la vía de la resiliencia». Si lo traducimos a un lenguaje filosófico, específicamente socrático: conocerse a uno mismo. Por ello es que aceptar nuestra falta es no tener nada que ocultar.

Para poder entender, o al menos dar ciertas explicaciones sobre nuestro dolor o sufrimiento, tendríamos que hacer un sincero análisis de nuestra vida. Poder dar con pistas que nos ayuden a entender por qué hay cosas que nos afectan tanto, que nos perturban, que hacen que algo aparentemente distinto nos perjudique de una forma tan dolorosa. Por eso es necesario que exista una escucha neutra para ello: por una parte, no nos darán por nuestro lado haciéndonos escuchar «lo que queremos», y por la otra, no seremos víctimas de los problemas y dolencias que el otro proyecta, quizá de manera inconsciente, en nosotros.

Nadie sufre porque quiere, es una realidad que tenemos que entender. Tengamos mayor empatía, amor, cariño y ternura ante el otro que se acerca con fe y esperanza a nosotros, buscando encontrar consuelo o palabras que le ayuden a encontrar paz durante la tormentosa tempestad en su vida. Nunca está de más un abrazo, pero siempre una escucha atenta y cariñosa puede salvar vidas.

¿Te gustaría comenzar tu análisis? Te escucho… no estás solo(a)

Mail: psichchp@gmail.com

Cel: 55 27 09 25 45 (México)

Atención en línea.

¿Existe la plenitud?

«El poeta que estuviera satisfecho del mundo en que vive, no sería poeta»

-Giovanni Papini

Queridos(as) lectores(as):

El fin de semana recibí por parte de una querida amiga, una sugerencia como tema para una posible entrada (encuentro) en la página. La adorable Jimena se refería a la plenitud. Palabra curiosa, noción un tanto compleja. ¿Qué es exactamente la plenitud? Hablamos de «estado de plenitud» cuando algo o alguien ha alcanzado su máximo punto de desarrollo o perfección. Pero esto último nos inquieta: ¿perfección? Hablando desde el punto de vista meramente humano, la perfección si bien es algo que se busca (y debe buscarse), nunca queda claro si es realmente posible. Por ello es que comencé este encuentro con la cita de Papini. Hablamos de un anhelo, de un deseo de plenitud, sentir que nada nos falta, que estamos satisfechos. Pero sabemos y entendemos que la satisfacción si bien es posible, no es del duradera. No podemos descuidar que el ser humano se presenta siempre frente a la nada, que es la falta. ¿Qué nos mueve? Quizá podríamos comenzar precisamente con esa fascinante intención de llegar a ser plenos.

Me siento pleno, nada me falta.

Es curiosa esta afirmación que se escucha muy a menudo en la gente entusiasta por la vida. Pero, ¿cómo sabemos exactamente eso de que «nada me falta»? De ser así, ¿ya no habría nada más por lo cual seguir viviendo? Es como si pusiéramos una meta determinada en la vida que fuera motivo suficiente para vivir, pero cuando se llegara a «ver realizada», lo demás perdiera sentido. Cosa que nos hace volver a la búsqueda de sentido por el que todos atravesamos toda la vida. En el momento que afirmamos «sentirnos plenos» estamos apostando por un absoluto dudoso, pero que encuentra la manera de hacernos sentir ciertos sobre ello. Pienso en el éxito, que se empareja naturalmente con el estado de plenitud. El éxito es lo que todos buscamos, ¿pero hasta qué punto?

Ya lo había mencionado con anterioridad: la naturaleza caótica del ser humano no le deja ni dejará tranquilo nunca. Una vez que se ha probado la «dulce miel» del éxito, ¿es que de ahí no puede haber más o, incluso, haber menos? Siempre se presentarán nuevos desafíos que brindan de valor y pasión la existencia de las personas. Recordemos la maravillosa noción de magnanimidad: siempre apostar por ser mejores y hacer mejor las cosas. Es el impulso a salir de ese aparente estado de plenitud. ¡Así es! El estado de plenitud es una pausa que nos lleva a preguntarnos «¿ahora, qué sigue?». Y no, no caigamos en la tentación errónea de decir que se trata de avaricia (pues esta existe cuando el deseo se desenfrenado sin sentido) o lo que en tiempos recientes algunos sujetos políticos tachan como aspiracionismo (como algo, irónicamente, malo o negativo).

Una génesis

Tenemos que tener presente que esta noción de plenitud nos fue heredada por el neoplatonismo y que encontró un fuerte estudio en la Edad Media. Sin embargo, no es exactamente lo que hemos venido hablando hasta el momento. El principio de plenitud parte de la visión del universo como una cadena del ser, donde todo lo posible debe existir. Diódoro de Cronos nos ofrece lo que conocemos como el argumento victorioso, en el que explica que «todo lo posible se realiza y lo que no se realiza no es posible». Aquí, lo posible real está estrechamente identificado con lo potencial. No sólo es, sino será. (Aunque hay un tema aquí que se abre entre la verdad y la coherencia, pero eso no lo veremos por el momento).

Pasando por el lado platónico de esto, existe un cuestionamiento sobre «algo más allá de la plenitud». Debe existir una razón autoexplicativa y suficiente. ¿Qué puede haber en este mundo que realmente nos haga decir que no necesitamos más? El estado de plenitud me hace pensar en justo el momento en el que alcanzamos cierta meta pero se nos permite la ocasión de reflexionar, recordar y aceptar que todavía queda más por hacer. Y esto más es la propia posibilidad. Si bien nos vamos apostando hacia el seguir adelante, en ningún momento se plantea la destrucción de lo logrado, sino más bien se abraza la adaptación de ello a lo que puede seguir siendo «algo más».

Un sentido diferente

En la tradición judeo-cristiana, esta reflexión sobre la plenitud evidentemente encuentra un sentido, quizá un significado, que trasciende a hacia una realidad metafísica. Cuando los creyentes dicen que «el estado de plenitud real es aquel que se tiene cuando se ha cumplido en esta tierra y ahora toca estar frente a frente al Creador», se resignifica lo que se ha estado entendiendo con lo propuesto anteriormente. De hecho, podemos encontrar en esto lo que el platonismo sugería al decir «hay algo más allá de la plenitud». ¿Será acaso que la plenitud no es otra cosa que una pantalla para cubrir algo? Si aceptáramos esto, ¿qué estaríamos cubriendo? No, no hay que irse por las ramas, como decimos en México, no se trata de no querer ver nada más, a suerte de negación. Muy por el contrario, y quiero insistir en este punto: ante la posibilidad que se busca, el estado de plenitud es el momento en el que se alcanza UNA parte precisa, donde hayamos un descanso que nos invita a la contemplación, la profunda reflexión sobre nuestras vidas y nos indica que todavía hay que seguir adelante. Entonces, la plenitud podríamos presentarla como ocasión de encuentro en el que somos atravesados por la nada.

El teólogo Hans Urs von Balthasar, de hecho, concibe al ser como «plenitud atravesada por la nada». Vamos por partes. Hemos mencionado brevemente aquello de la potencialidad, pero también hemos hablado sobre la adaptación. Tendríamos que partir de una actualidad donde no hay carencia de nada, surgiendo de la misma, por lo que no sería de sorprender que la nada fuera parte de ella. Aquí hay que detenernos para pensar la nada fuera de un sentido negativo, sino que nos permitiera aceptarla a modo de una «profundidad», y que a su vez es algo positiva. Al apreciar de este modo a la nada, somos testigos del surgimiento de la singularidad. «El hombre resuena ante la inmensidad de la nada», decía un poema que al momento no logro recordar.

La plenitud de buscar lo pleno

Sin lugar a dudas, este tema nos invita a una reflexión mayor. No es ni será fácil abarcar tanto en un encuentro, pero hay que recordar, mis queridos(as) lectores(as) que es así como se inician los diálogos: aportando todos lo suyo en búsqueda de la Verdad. Por eso es que hasta el momento sitúo la plenitud en un campo de amplio beneficio existencial, una apuesta por el «lo he logrado, mas no he acabado». Y cada uno tendrá seguramente algo que decir sobre todo esto.

Por ahora me siento pleno, porque he podido reflexionar un poco sobre esto, pero claramente no me siento satisfecho, pues no se ha dicho todo. Y aquí lo interesante: a pesar de algo así, uno puede decir «con esto me basta», mas no necesariamente un «ya basta, no hay más». Podremos seguir hablando del tema, o tal vez no, pero no significa que no haya nada más para seguir hablando. La plenitud, entonces, es acto y potencia.

¿Qué opinan?

Breve nota sobre la comunidad

Cor unum et anima una

Queridos(as) lectores(as):

La frase latina con la que empecé significa «un corazón y un alma», que tiene en sí un origen profundamente cristiano. Podemos encontrar la referencia en Hechos de los Apóstoles 4:32, donde leemos: «La multitud de los creyentes no tenía sino un sólo corazón y una sola alma». Yéndonos varios años antes de la fundación del cristianismo, nos encontramos con la palabra griega ékklesía (ἐκκλησία), que podemos traducir como lugar de reunión o asamblea del pueblo. ¿Y para qué se reunían? Para ejercer la democracia, que en su génesis nos orienta hacia «donde se escucha la voz de todos». De ahí que el cristianismo tomara esta palabra para convertirla en Iglesia, pero que no hace referencia a los templos o edificios religiosos, sino a la comunidad de creyentes.

¿Por qué hablo sobre este tema? Porque parece que como sociedad hemos hecho oídos sordos a la responsabilidad que conlleva lo mismo. Hijos de un individualismo salvaje y depredador, nos hemos alejado paulatinamente del sentido de unión, de pertenencia y quizá hasta identitario de lo que ser comunidad significa. Por eso es que aplaudo a quienes sostienen que el capitalismo no es el problema, sino lo capitalistas. La sociedad, por tanto, no es el problema, sino los individuos que se desentienden del compromiso.

Hacia la unidad

Los griegos, de hecho, apostaban siempre hacia la unidad. Entendían y comprendían que aquel dicho popular de «la unión hace la fuerza» es cierto. Recordemos cómo cuando las Ciudades-Estado griegas estaban divididas, los persas (o iraníes) hicieron lo que quisieron con ellos. Pero cuando Leónidas, Temístocles y otros grandes héroes unieron a lis griegos, la realidad cambió, dando paso a la unificación macedonia por parte de Filipo y luego al gran imperio de Alejandro Magno. No es de sorprender que el pensamiento aristotélico tuviera algo que ver al denunciar que a diferencia de los griegos, los denominados bárbaros o no-griegos eran sujetos esclavizados a sus pasiones. Podríamos decir que fue uno de los pilares originales de las corrientes nacionalistas. Sin embargo, el propio Alejandro Magno, alumno directo del estagirita, se dice que en una ocasión tras celebrarse su boda con una bárbara, comentó: «Aristóteles se equivocó, no es que sean esclavos de sus pasiones, es que no las niegan».

En la actualidad, la gran apuesta es por la diferencia, por lo distinto. Y mientras más nos vamos diferenciando, más nos vamos alejando del sentido de la comunidad. Esto sucede porque lejos de decir «personas», hablamos con etiquetas. Es muy peligroso, incluso a niveles políticos, acceder a discursos populistas (que se entienden como convenencieros), que agitan las pasiones, el resentimiento, el miedo y el odio, a puntos donde la unidad sea impensable. ¿Por qué compramos discursos que nos obligan a señalar al otro? Por eso es que he insistido que debemos tener el tema de la alteridad desde la bondad y no desde el ser. A seguir trabajando con la propuesta de Emmanuel Levinas.

Tomemos un rico café

El día de ayer por la tarde/noche, tuve la oportunidad de ver a un muy querido amigo. Mismo que ha escuchado su llamado vocacional y que pronto abrazará la vida sacerdotal. A pesar de que quizá tengamos ideas un tanto distintas, siempre ha existido la cordialidad y el respeto entre los dos. Quizá también exagero yo un poco con aquello de «distintas». No pude evitar ver cómo varios comensales nos veían con cierta incredulidad, sobre todo a mi amigo. Me parece cómico cómo es que la gente se hace ideas como de que religiosos (de cualquier credo) no pueden entrar a lugares «no religiosos» como una cafetería cualquiera.

Charlamos brevemente, pero el momento fue maravilloso. Sobre todo porque nos identificamos, no como amigos, sino como partes de lo mismo: de una comunidad y que de la cual queremos siempre promover lo mejor para todos. La gente veían a un «sacerdote» con un sujeto vestido de negro. Sólo había dos amigos, compartiendo un sólo corazón y una sola alma. Había esperanza, la vida seguía esperando.

La puerta de la felicidad

«¡Ay! La puerta de la dicha no se abre hacia dentro, de tal manera que uno pudiera abrirla de un empujón lanzándose sobre ella, sino hacia fuera; por eso no hay nada que hacer».

-Søren Kierkegaard

Queridos(as) lectores(as):

Ya van varios encuentros en los que comento un poco respecto a la felicidad. Sin embargo, como uno de los grandes temas de la humanidad, nunca será suficiente lo que digamos, pero todo puede ir sumando. Por lo que en esta ocasión he querido tomar prestada la palabra «puerta» de la frase que les he compartido de Kierkegaard para dar otra aproximación. Sin lugar a dudas, esta palabra nos hará reflexionar mucho. Por cierto, antes de continuar, desde hace tiempo que he querido recomendarles a los amantes de los símbolos y de la simbología, un libro que sin lugar a dudas encontrarán fascinante y en el cual, en este encuentro, nos podremos apoyar. El libro en cuestión se llama Diccionario de los símbolos (1969), de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant.

Una puerta hacia dos direcciones

Veamos qué nos dicen los autores respecto a la palabra «puerta»:

«La puerta simboliza el lugar de paso entre dos estados, entre dos mundos, entre lo conocido y lo desconocido, la luz y las tinieblas, el tesoro y la necesidad. La puerta se abre hacia un misterio. Pero tiene un valor dinámico, psicológico; pues no solamente indica un pasaje, sino que invita a atravesarlo. Es la invitación al viaje hacia un más allá… La puerta es la abertura que permite entrar y salir, y por tanto el pasaje posible -aunque único- de un dominio a otro: por lo general, en la acepción simbólica, del dominio profano al domino sagrado. Así, el pórtico de las catedrales, los torana hindúes, las puertas de los templos o de las ciudades kmers, los torii japoneses, etc».

Hace algunos años, a mis alumnos de preparatoria, cuando tocaba el turno de hablar sobre Kierkegaard, les comentaba a modo de ejemplo que el sujeto yace siempre frente a incontables puertas, éstas representan de un modo la angustia y atrás de cada una se encuentra la posibilidad misma de la existencia: lo que es aunque nosotros estemos pensando en otra cosa. Tal como señalan los autores, es un paso entre dos mundos, entre lo que es y entre lo que nos espera. De ahí que es interesante lo que plantea nuestro autor danés al decir que la puerta de la felicidad es algo que se abre hacia fuera, nunca hacia dentro. ¿Y eso pone en riesgo el pensar que la felicidad de cada uno de nosotros no depende de nosotros sino del mundo externo? Me atrevo a decir que no, al menos habría que aclarar que justo no se abre hacia dentro «porque ahí ya estamos», se «abre hacia fuera» porque hay que salir de nosotros a vivir con pasión la existencia.

Pero sigue sin ser muy convincente. En la explicación del símbolo de la puerta, hay una parte muy llamativa: «La puerta es la abertura que permite entrar y salir, y por tanto el pasaje posible -aunque único- de un dominio a otro». ¡Ahí está la clave! ¡Dominio! Por su propia definición, dominio «es aquel lugar que es propio o pertenece a algo o a alguien». ¿Qué acaso no nos pertenecemos a nosotros mismos? ¿No somos nuestro propio dominio? Quisiéramos pensar que sí, pero hay que tener presente que no se trata más que una ilusión de poder que llegamos a tener engañándonos a nosotros mismos. Recordemos: la motivación humana, así como el deseo, es algo que solemos decir que sí nos conocemos, pero realmente no es tan sencillo.

Conócete a ti mismo… ¿otra vez?

Así es, me temo que no «queda de otra». La invitación socrática es algo que NUNCA veremos realizada en totalidad. El día que una persona se conozca realmente a sí misma, se muere. No habría nada más que hacer, pero descuiden, eso no pasará. Sin embargo, el conocerse a uno mismo es acto y potencia al mismo tiempo, algo que por su propia naturaleza caótica (en tanto a que no es un ejercicio nada sencillo) se vuelve una invitación permanente. Quienes dicen «es que yo sé lo que soy y lo que quiero», ¡caray!, en verdad que no saben lo que dicen. En otras palabras, lo que expresan, es una suerte de conformismo que se sitúa en la mediocridad de no ser lo que se está llamado a ser y sólo quedarse con lo que les han dicho que está bien, que no se necesita nada más.

Antes de tan siquiera pensar en la felicidad, tendríamos que ser conocedores de la puerta de cada uno de nosotros. Ese momento en el que damos el paso hacia la Verdad, hacia lo que nos llama, hacia aquello que aunque estemos inseguros, nos invita a descubrirle. Pero cuidado, no confundamos la sana curiosidad y pasión por la existencia, con las tentaciones mundanas propias del rebaño. Es decir, no es lo mismo querer saber sobre nuestros sentimientos que querer «buscarlos» con drogas, por ejemplo. Recordemos a autores como Schopenhauer, Nietzsche o Freud que nos hablan de lo que oculta la vida, lo que nos distrae de ella, etc. En este caso, la droga no nos hace ver las cosas, nos hace «escapar» de ellas. Ahora bien, uno en efecto tiene que entrar a sus propios dominios para conocerlos, para ver qué hace falta, para ver qué sí y qué no tienen lugar ahí, qué cosas hay que sacar o conservar, y después de ello, ahora sí, se abre la puerta hacia afuera y dar más espacio, entre lo que hay y lo que podrá haber.

La felicidad es aquello que debemos experimentar

Como todo en la vida, no podemos quedarnos sólo con la teoría, debemos dar paso a la práctica. Si bien podemos tener al alcance varias definiciones sobre las cosas, mismas que nos harían apuntalar hacia un valor objetivo, universal y general, podríamos encontrar más frustración que paz. Pero, ¿entonces la felicidad es lo que cada uno entienda a su modo? Podría ser fantástico pensarlo así, pero como ya he mencionado, hay que tener cuidado de no dejarse llevar por las pasiones que nos «aseguran» la satisfacción y que nos «alejan» del displacer. Muchas veces, como seres humanos, cometemos el error de reducir las experiencias y verlas como un todo. ¿Pero por qué pasa eso? Me parece que hay un factor de miedo a no volver a experimentar algo tan agradable y placentero. Y en buena medida hay razón para ello. Sin embargo, hablar de una experiencia o situación determinada como en verdad lo único e irrepetible, es negarse a seguir abriendo puertas de la posibilidad.

Pero tampoco cometamos el error de suponer que entonces de ninguna manera podremos ser felices o estar al menos conformes con lo que, en apariencia, nos está brindando auténtica felicidad. Sólo es no aferrarse a que x es lo único y que de ahí no habrá más. Por eso es que los procesos de duelo son muy complicados. Aferrarse a algo es negarse a aceptar la finitud de todo, incluyéndonos. De este modo, podemos considerar que la adaptación es lo que permite a ser humano hacer con lo que tiene, sin limitarse por lo que no tiene. Así, la felicidad es un ejercicio de la virtud constante que nos recuerda que hay que vivir, hay que experimentar… hay que existir.

Camino a la eternidad (Día de Muertos)

«Amar a alguien es decirle ‘tú no morirás'»

-Gabriel Marcel

Queridos(as) lectores(as):

Octubre y noviembre, en Occidente, representan dos meses en los que la muerte está presente. Por un lado tenemos la festividad pagana (por los rituales celtas) de Halloween que en el mundo anglosajón viene a significar, como contracción, All Hallows ‘evening (noche previa o víspera de todos los santos) y en el mundo hispano las festividades religiosas del Día de Todos los Santos (primero de noviembre) y, especialmente en México y en otros países de Centro América, Día de Muertos (dos de noviembre).

¿Pero por qué es que la muerte está tan presente en estas culturas? Heidegger decía que la existencia del ser humano es una constante huída de la muerte, entendiendo esta última noción como una posibilidad muy variada desde la interpretación. Pero, para poder hablar de la muerte, hay que hablar de la vida y viceversa. Tomemos en cuenta y resaltemos el profundo significado religioso (cristiano): hay vida después de la muerte. No podemos, ni debemos, descuidar que el ser humano se rige por un sistema de creencias muy particular y éste es algo vital para «sostenerle» en los brazos de la vida.

Un adiós temporal

La creencia cristiana de la vida después de la muerte es en sí una esperanza de los creyentes de, no sólo vivir frente a Dios, sino de volverse a encontrar con aquellos seres amados que en algún momento se les tuvo que decir un «último adiós». Esa esperanza es la que se vuelve un herramienta, muy poderosa, en el duelo. ¿Qué es el duelo? En Duelo y melancolía, Sigmund Freud nos explica lo siguiente: «El duelo es, por regla general, la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, como la patria, la libertad, un ideal, etc.». Esta reacción de la que habla el padre del psicoanálisis es justo ante algo o alguien amado, es decir, de aquello en lo que hemos depositado una gran carga afectiva. No se trata de cualquier cosa. Y de la mano con este duelo, es perfectamente entendible que vivamos una profunda tristeza, pasando a una especie de indiferencia por el mundo, etc. Hay dolor, mucho… pero no significa el fin.

Cuando perdemos a un ser querido, no sólo tenemos que lidiar con su ausencia en nuestra vida, sino precisamente nuestra propia ausencia en cosas que no podrán volver a vivirse pues ya no está con quien las vivíamos. Es decir, cuando el ser amado muere, una parte de nosotros se muere con él. ¿Han escuchado «no te mueras con tus muertos»? Hace tiempo que muchas corrientes psicológicas han venido planteando esta fórmula en apariencia simple pero profundamente importante. Es entendible que la muerte del ser amado nos ocasione un cierto «negro deseo» de morirnos también. ¿Qué caso tiene vivir si ya no está esa persona con nosotros? ¿Cómo podríamos hacerlo? ¿Qué hacemos ahora? Y muchas preguntas se tornan contra nosotros. Pero hay que tener presente, si seguimos la creencia religiosa, que ese triste adiós no es más que un poderoso anhelo de volvernos a encontrar. ¿Creemos o no creemos? Eso depende de cada uno…

Día de Muertos

¿Qué puedo decir? Sin lugar a dudas es una festividad que se ha vuelto con los años cada vez más importante para mí. En lo personal, he pasado por muchos fallecimientos de gente muy querida, de seres amadísimos y que sin duda extrañaré hasta mis últimos momentos consciente. Día de Muertos es quizá una de las tradiciones mexicanas que más le cuesta entender a los extranjeros, sobre todo a quienes no comparten el mismo sistema de creencias de la cultura latinoamericana. Fue gracias a la película de Disney, Coco (2017) que el mundo pudo darse una brevísima idea del tremendo significado de esta celebración mexicana. Un día en el que los muertos «cruzan» el umbral que hay entre la vida y la muerte y que visitan de manera espiritual a sus seres queridos que siguen vivos. La oportunidad de recordar con amor, ternura y cariño, donde hermosas lágrimas van acompañadas de sonrisas y profundos suspiros.

¿Es que acaso tener una tradición así nos hace negar la vida? Me atrevo a decir que no, al contrario, es parte del hermoso testimonio de nuestra humanidad y de cómo hay sentimientos que nos unen a todos. Hay ausencias que se tornan en presencias y en nuevas compañías, en momentos llenos de homenajes inagotables y en las que presentamos a quienes ya no pueden hacerlo con las nuevas generaciones que hubiera sido hermoso que les hubieran conocido. «Papá, háblame del abuelo», «Mamá, ¿cómo era mi tía X?», «Ay, compadrito, ¡cuánto se le extraña!».

Por eso es que «no hay que morirse con nuestros muertos», porque si lo hacemos, ¿cómo haremos que los demás se acuerden de ellos? Es un acto de amor, de profundo anhelo el hacer presente atravesando mares de tiempo para ello. Y sí, al final, justo es el amor el que no deja que el olvido triunfe. Sin embargo, mientras que la muerte nos separa, aprovechemos y disfrutemos lindos momentos con nuestros seres queridos, así cuando tengamos que despedirnos, el dolor se torne en ternura y el corazón encuentre la forma más sencilla para seguir latiendo.

Hoy, queridos(as) amigos(as), brindemos, por sus muertos y por los míos.

Unas palabras para tu tristeza

«¿Y quién puede saber lo que es reír y vivir bien, si antes no sabe lo que es batallar y vencer?»

-Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

A modo de una carta que no lleva nombre, ni lugar, ni fecha, quiero compartirles unas palabras porque sé, que como todos en el mundo, hay veces que la tristeza corroe el corazón. Pero también sé que no hay nada más hermoso que sentir que le importamos a alguien y que sus palabras se vuelven parte de la esperanza necesaria para combatir esos «negros episodios» que la vida también nos tiene.

Abro mi corazón y estas palabras son para ti:

Qué tal, amigo(a), ¿por qué lloras, por qué te duele tanto? Empecemos por decir que alguien antes cuidó tu corazón y hoy sientes como si alguien más lo hubiera roto. ¡Qué descuido! Pero está bien, es momento de que llores, de que lamentes lo que tanto te pesa en tu ser. Hazlo, porque así como cuando hay momentos para reír, cantar y hasta bailar de alegría, hay algunos que son para permitir que las lágrimas y el llanto manifiesten el dolor que cargamos. Siente la confianza de que nadie más que tú comprende lo que te está pasando. Eso te servirá para cuando te cuestiones «por qué es que nadie me entiende». Habrá muchos que quizá no te abracen ni te hablen, pueden ser ciertos en decir que no saben qué expresar o qué hacer para ayudarte a sentirte mejor. Es que les falta creatividad, trata de comprender eso. Y si no es así y sólo notas que hay una indiferencia hacia ti, que así sea: no hay mejor enseñanza que la que viene del error y del dolor. Ya sabrás con quiénes cuentas «en las buenas, pero sobre todo en las malas». Pero no albergues culpa alguna, no te culpes por esas reacciones de los demás. Insisto, nadie más que tú sabe lo que te está doliendo. Llora, abraza una almohada, toma un vaso de agua. Haz lo que tengas que hacer, pero no te niegues lo que estás viviendo.

Llegará un momento en el que las lágrimas sólo limpiarán tu rostro, haciéndote recordar que la ternura también vive en tu corazón. No te detengas a pensar escenarios de soledad, porque realmente no existen. Sucede que a veces uno no sabe distinguir entre las estatuas del jardín y los amigos del alma. Aprende a ver la Verdad y a escucharla. No tienes lo que dices querer, realmente tienes o tendrás lo que necesitas. Confía en Dios, en la vida, en los demás. Ponle el nombre que quieras, pero confía. Las tormentas en el mar son un contratiempo, pero pasarán y el barco podrá seguir adelante. Cuánto quisiera poder decirte todo esto y estar frente a frente, compartiendo un momento tan sagrado contigo; momento en el que tu corazón te hace recordar que eres humano, no una pieza de metal fría e insensible. ¡Es que no tienes que ser fuerte siempre ni para todo! ¡Qué dichoso(a) serás cuando aprendas a decir «hasta aquí, no puedo más» y te permitas buscar ayuda! Verás que la encontrarás, y te aseguro que muchas veces te sorprenderá recibirla de quienes menos esperas.

Ay, amigo(a), en verdad que te entiendo. Somos soledades que nos encontramos. Y es cierto que hay ocasiones en las que por muy acompañados que estemos, sólo sabremos sentir nuestra soledad con todo su peso. Es momento de recordar que en esta vida te tienes a ti. Aprovecha ese encuentro que la vida te regala y atrévete a ser sincero(a) contigo mismo(a). Es momento de que comiences a pensar en ti. ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres? Podrá ser que nunca sepamos lo que queremos con exactitud, pero te apuesto a que si se te antoja un chocolate, hablar con alguna amistad, salir a pasear a tu perro, ¡puedes hacerlo! No te castigues negándote un poco de placer en ese momento tan displacentero. Ya suficiente cargas con el dolor del mundo como para que hagas más pesado el momento con tu propia severidad y restricción. En verdad que quiero estar contigo y ver cómo una hermosa sonrisa se escapa y se va afianzando en tu mirada. Sé que no es difícil hacerte sonreír. Porque lo mereces, ¡tantas veces que ni tú te lo imaginas! Pero para que puedas saberlo, primero tienes que aceptar lo que estás viviendo. En el llanto uno está haciendo un poderoso llamado al corazón de los demás. Habrá quienes respondan enseguida, otros que tardarán un poco, algunos que no entiendan y otros tantos que ni se quieran enterar. Calma, no olvides que todos cargamos con dolores que muchas veces, por miedo a seguir sufriendo, no compartimos. Genera en ti el amor que necesitas y no olvides brindarlo cuando veas que alguien te necesite aunque no sepa tu nombre ni tú el suyo.

Querido(a) amigo(a), ¿te das cuenta que aunque no estemos juntos, participamos de un maravilloso encuentro en el que te estoy escribiendo sin conocerte y tú imaginas mi voz que se convierte en un tierno abrazo para ti? Así pasa cuando los humanos nos aceptamos como tales. Hoy por ti, mañana por mí. Que nunca falten las palabras de amorosa esperanza, ¡pero que siempre sean acompañadas por las acciones que inmortalizan los más bellos sentimientos! Te escribo con todo mi amor y cariño, sin conocer tu nombre, sin saber de dónde eres ni cuándo leas esta carta que es tuya, porque quiero que sepas que en verdad no estás solo(a), que a veces las cartas llegan sin tener en ellas un destinatario determinado.

Te abrazo, te acompaño, te escucho.

¡Sonríe! ¡Qué bien te ves así!

Atte.

Héctor Chávez Pérez

psichchp@gmail.com

Nota breve sobre el duelo

Queridos(as) lectores(as):

Una disculpa sincera por llevar un tiempo sin subir encuentros, pero he andado ocupado con unas cosas personales. Hace unos días, me encontré con una ex alumna. Debo de decir que me dio gusto que ella me reconociera entre tantos cubrebocas. Me contó que va a la mitad de la carrera de Psicología y que espera luego poderse formar como psicoanalista. «Es su culpa, ¿sabe?» -me dijo sonriendo-. Y me sentí contento con esa «culpa».

En un momento, ella recibió un mensaje en su celular y el rostro alegre se transformó en un escenarios de lágrimas y tristeza. Le pegunté qué pasaba y sólo me pudo decir «pasó, ya no está aquí mi abuelito». Le acababan de notificar que había fallecido su abuelo. No pude brindarle un consuelo apropiado por la inmediatez de la situación, pero sólo me pude despedir y desearle que el proceso pasara a su modo y a su tiempo.

Cuando hay duelo, yo vuelvo

Hace tiempo, en mi propio análisis, estaba llevando a sesión mi duelo por la muerte de mi papá. Mi psicoanalista, Mario, a quien debo un agradecimiento eterno por su amabilidad y generosidad en cada una de sus devoluciones, me hizo notar que llegué a decir «cuando hay duelo, yo vuelvo». Parece algo sencillo, pero si nos detenemos a pensarlo, el duelo es en sí un volver. Un sentimiento tan fuerte que nos hace volver una y otra vez a la ausencia de aquella parte de nosotros que ha muerto con la persona amada.

Ciertamente, el duelo es uno de los temas más recurrentes en la clínica. Los psicoanalistas estamos «haciéndonos cayo» ante esas situaciones, pero hay algo con lo que tenemos que tener especial cuidado: no volvernos fríos. De hecho, como bien resalta mi querido Gabriel Rolón en su libro El Duelo (cuando el dolor se hace carne), «no todo el que tiene un título habilitante está capacitado para ejercer el Psicoanálisis. No basta estudiar, hacer una carrera y recibirse. Tampoco alcanza con haber llevado adelante un profundo análisis personal. El analista es, antes que nada, un artesano cuyas herramientas son el conocimiento, la escucha, la intuición y la capacidad de mirar cara a cara el padecimiento ajeno sin huir de él ni caer en la tentación del consuelo».

En otras palabras, hay que dejar que el analizando (paciente) vuelva a sí, que experimente todo lo que está sintiendo sin que le interrumpamos. Quizá algo más sencillo: dejarle ser en su dolor. Pero con el cuidadoso trato que no le haga sentir una indiferencia, al contrario, existe un vínculo muy fuerte en ese momento y un «llora, aquí estoy, que acá te escucho» puede ser un regalo de amor y ternura en un momento de dolor y amargura.

Aunque duela, que nos duela

La época actual nos enseña, a veces de modo forzoso, que debemos escapar de todo aquello que no nos guste. No es nuevo que el dolor esté en esa lista. ¿A quién le gusta sufrir y que no sea masoquista? Pero, una vez más, volvemos a la importancia que tiene no negar la vida por el hecho de que nos duela lo que está pasando. Pensemos por un momento: el dolor está aquí, lo siente mi cuerpo, lo siente mi alma, ¿qué hago? Hagamos lo que hagamos, el dolor sólo se irá cuando se tenga que ir. Para ello necesitamos trabajarlo, aceptarlo y confrontarlo. Hay dolores que, por desgracia, no tienen fecha de caducidad (por así decirlo), y nos conducen poco a poco a la muerte. Eso es parte de la vida.

Esto último ha abierto varios frentes respecto a la eutanasia y a su práctica. Pero no hablaremos de ello en este encuentro. Es importante recordar que el dolor es un sentir que nos permite volver a nosotros, porque ante la ajetreada vida que llevamos día con día, muchas veces parece que tenemos que darnos un golpe para que nos acordemos de nosotros. La enfermedad de nuestro tiempo bien podría ser el egoísmo, pero habría que definirlo de otra manera, porque irónicamente, al ser egoístas nos olvidamos también de nosotros.

Para finalizar, el duelo es una ocasión de un retorno a nosotros mismos, que nos insta a no perdernos en la multitud, ya que de hecho aunque haya quienes están pasando el mismo duelo, no lo viven de la misma manera. El duelo es algo meramente subjetivo, por lo que no hay que apresurarlo, no hay que evitarlo, en todo caso hay que abrir el corazón a ese dolor y permitir que, con el paso del tiempo, cada «vuelta» a nosotros mismos con cada recuerdo, sea de un modo tierno y hermoso.

Y si el dolor no cesa, les invito a que busquen ayuda. Siempre habrá alguien dispuesto a escucharles. Nunca están solos.

Alimentar la esperanza

«La esperanza hace que agite el náufrago sus brazos en medio de las aguas aun cuando no vea tierra por ningún lado»

-Ovidio

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días recibí un mensaje de uno de ustedes. Agradezco la confianza y espero de corazón que encuentren la pronta y más certera solución a sus problemas. En dicho mensaje, una frase me cimbró en lo más profundo: «…¿en verdad valdrá la pena el dolor que vivo? ¿Qué nos queda?». En algún encuentro anterior, les compartí una anécdota que mi papá me contaba desde niño, me refiero a la de Alejandro Magno y que con gusto vuelvo a repetirles. Después de una batalla, uno de sus generales y más cercanos amigos, Perdicas, le cuestionó a Alejandro que siempre repartiera entre sus hombres los botines de los lugares conquistados y que él no se quedara con nada de ello, a lo que la respuesta del conquistador fue: «Mi amado Perdicas, yo me quedo con la esperanza».

Un muy querido amigo sacerdote siempre nos decía en sus sermones: «Las cosas pasarán, y eso será lo mejor». Cuando nos decía eso, nos hacía reconocer nuestra humanidad en el hecho de que el mañana es algo que está fuera de nuestras manos, en tanto que hay cosas en él que no dependen directamente de nosotros. La esperanza, por tanto, es dejar que pase lo que tenga que pasar y, a partir de ello, continuar. El «tú confía» va en dirección a que confiemos en nosotros mismos también, de que ya veremos qué hacer.

A la orilla del río

Cuando era niño, una amiga de mi mamá nos contaba a sus hijos y a mí muchas historias. En esta ocasión recuerdo con especial agradecimiento una. Es breve, por lo que también la quiero compartir con ustedes:

En un lugar allá por donde los sueños comienzan, un niño estaba sentado a la orilla de un hermoso río. Todos los días, después del colegio, el niño no podía descuidar el poder ir a ese lugar y sentarse por varios minutos. Lleno de curiosidad, un joven pescador se acercó al niño y le preguntó por qué siempre iba a sentarse al mismo lugar sin hacer nada más. El niño le contestó: «Es que estoy seguro que un día podré ver el mar». El pescador, entre el asombro y la burla, le dijo: «¡Vaya! ¿Pero cómo verás el mar si sólo te quedas aquí mirando este simple río?». «Ya lo verás -dijo con calma el niño-, un día sé que será». Pasaron los años y no se volvió a ver al niño. Un día, el pescador, que ya contaba con poco más de 50 años, vio llegar un navío hermoso a través del río. Maravillado, se acercó para verle mejor. Muchos eran los productos que traían en el barco. Entonces, vio bajar al capitán. «¡Qué hermoso barco, capitán!». El capitán, sonrió al verle y le contestó: «Gracias. Se lo agradezco. Y todo comenzó con la idea de ver un día el mar».

Este relato, nos habla de dos partes: en primer lugar la esperanza que las personas tienen y en segundo lugar, quienes están para intentar destruirla. El Corán tiene una parte en la que recuerdo que dice: «Aquellos que tienen grandes sueños y mantienen sus promesas, deberán estar listos para hacer grandes sacrificios». ¿Por qué será que el sacrificio va de la mano con el placer de la realización de metas y sueños? Porque no podría ser de otra manera. Recordando a Aristóteles, él sostenía que lo importante entre el punto A y el punto B es el recorrido o el proceso que hay entre ambos. Porque uno encuentra mayor beneficio por todo lo que aprende en el recorrido, y al llegar, llega con manos llenas.

La esperanza requiere no especular

El sociólogo alemán, Ivan Illich, decía que «debemos redescubrir la distinción entre expectativas y esperanza». Si hay cosas del mañana que no dependen de nosotros, tendríamos que entender que la expectativa es una suerte de exigencia al futuro. Queremos y deseamos tantas cosas, que por muy buenas y nobles que sean, no tienen que ser nada más porque sí. Solemos confundir muy a menudo la esperanza con la expectativa. Claramente, todos decimos que «sabemos» lo que sería lo mejor que podría pasar para nosotros, sin embargo, la lógica de la vida no funciona así (planteando que exista tal cosa). La esperanza es un recordatorio de que el mañana siempre nos dará algo, unos podrán decir que lo necesario, lo que tiene que pasar, y otros dirán que será lo peor, algo que lamentaremos después. La subjetividad es el distanciamiento de la Verdad en la mayoría de las veces. Y cada quien dirá lo que ya ha vivido proyectándolo al porvenir.

Pero no caigamos en la fina y delicada tentación de querer planear sobre el aire. La esperanza debe ser una apuesta por la vida. Pase lo que pase y como tenga que pasar. Los frutos se irán viendo, pero no olvidemos que hay frutos que se pudren o que no tuvieron el suficientemente tiempo para madurar. Lo importante en todo esto es que siempre habrá alguien más en el camino. Y ese alguien es un misterio. Ahora bien, si la esperanza no la encontramos, habrá que serla nosotros mismos, abrazando nuestra vulnerabilidad que nos hará descubrir nuestra humanidad y con ello la fuerza amorosa de la empatía y del servicio. Acá en México decimos «hoy por ti, mañana por mí». En la carrera de la vida, a cada uno de nosotros nos corresponde en algún momento ser relevo del otro.

No sabemos qué pasará, pero en esta existencia compartida, sabemos que solos no estaremos. Sólo hay que eliminar el nombre y el rostro, para poder acceder al otro desde la bondad. Y poder así alimentar la esperanza, no hay más.