La puerta de la felicidad

«¡Ay! La puerta de la dicha no se abre hacia dentro, de tal manera que uno pudiera abrirla de un empujón lanzándose sobre ella, sino hacia fuera; por eso no hay nada que hacer».

-Søren Kierkegaard

Queridos(as) lectores(as):

Ya van varios encuentros en los que comento un poco respecto a la felicidad. Sin embargo, como uno de los grandes temas de la humanidad, nunca será suficiente lo que digamos, pero todo puede ir sumando. Por lo que en esta ocasión he querido tomar prestada la palabra «puerta» de la frase que les he compartido de Kierkegaard para dar otra aproximación. Sin lugar a dudas, esta palabra nos hará reflexionar mucho. Por cierto, antes de continuar, desde hace tiempo que he querido recomendarles a los amantes de los símbolos y de la simbología, un libro que sin lugar a dudas encontrarán fascinante y en el cual, en este encuentro, nos podremos apoyar. El libro en cuestión se llama Diccionario de los símbolos (1969), de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant.

Una puerta hacia dos direcciones

Veamos qué nos dicen los autores respecto a la palabra «puerta»:

«La puerta simboliza el lugar de paso entre dos estados, entre dos mundos, entre lo conocido y lo desconocido, la luz y las tinieblas, el tesoro y la necesidad. La puerta se abre hacia un misterio. Pero tiene un valor dinámico, psicológico; pues no solamente indica un pasaje, sino que invita a atravesarlo. Es la invitación al viaje hacia un más allá… La puerta es la abertura que permite entrar y salir, y por tanto el pasaje posible -aunque único- de un dominio a otro: por lo general, en la acepción simbólica, del dominio profano al domino sagrado. Así, el pórtico de las catedrales, los torana hindúes, las puertas de los templos o de las ciudades kmers, los torii japoneses, etc».

Hace algunos años, a mis alumnos de preparatoria, cuando tocaba el turno de hablar sobre Kierkegaard, les comentaba a modo de ejemplo que el sujeto yace siempre frente a incontables puertas, éstas representan de un modo la angustia y atrás de cada una se encuentra la posibilidad misma de la existencia: lo que es aunque nosotros estemos pensando en otra cosa. Tal como señalan los autores, es un paso entre dos mundos, entre lo que es y entre lo que nos espera. De ahí que es interesante lo que plantea nuestro autor danés al decir que la puerta de la felicidad es algo que se abre hacia fuera, nunca hacia dentro. ¿Y eso pone en riesgo el pensar que la felicidad de cada uno de nosotros no depende de nosotros sino del mundo externo? Me atrevo a decir que no, al menos habría que aclarar que justo no se abre hacia dentro «porque ahí ya estamos», se «abre hacia fuera» porque hay que salir de nosotros a vivir con pasión la existencia.

Pero sigue sin ser muy convincente. En la explicación del símbolo de la puerta, hay una parte muy llamativa: «La puerta es la abertura que permite entrar y salir, y por tanto el pasaje posible -aunque único- de un dominio a otro». ¡Ahí está la clave! ¡Dominio! Por su propia definición, dominio «es aquel lugar que es propio o pertenece a algo o a alguien». ¿Qué acaso no nos pertenecemos a nosotros mismos? ¿No somos nuestro propio dominio? Quisiéramos pensar que sí, pero hay que tener presente que no se trata más que una ilusión de poder que llegamos a tener engañándonos a nosotros mismos. Recordemos: la motivación humana, así como el deseo, es algo que solemos decir que sí nos conocemos, pero realmente no es tan sencillo.

Conócete a ti mismo… ¿otra vez?

Así es, me temo que no «queda de otra». La invitación socrática es algo que NUNCA veremos realizada en totalidad. El día que una persona se conozca realmente a sí misma, se muere. No habría nada más que hacer, pero descuiden, eso no pasará. Sin embargo, el conocerse a uno mismo es acto y potencia al mismo tiempo, algo que por su propia naturaleza caótica (en tanto a que no es un ejercicio nada sencillo) se vuelve una invitación permanente. Quienes dicen «es que yo sé lo que soy y lo que quiero», ¡caray!, en verdad que no saben lo que dicen. En otras palabras, lo que expresan, es una suerte de conformismo que se sitúa en la mediocridad de no ser lo que se está llamado a ser y sólo quedarse con lo que les han dicho que está bien, que no se necesita nada más.

Antes de tan siquiera pensar en la felicidad, tendríamos que ser conocedores de la puerta de cada uno de nosotros. Ese momento en el que damos el paso hacia la Verdad, hacia lo que nos llama, hacia aquello que aunque estemos inseguros, nos invita a descubrirle. Pero cuidado, no confundamos la sana curiosidad y pasión por la existencia, con las tentaciones mundanas propias del rebaño. Es decir, no es lo mismo querer saber sobre nuestros sentimientos que querer «buscarlos» con drogas, por ejemplo. Recordemos a autores como Schopenhauer, Nietzsche o Freud que nos hablan de lo que oculta la vida, lo que nos distrae de ella, etc. En este caso, la droga no nos hace ver las cosas, nos hace «escapar» de ellas. Ahora bien, uno en efecto tiene que entrar a sus propios dominios para conocerlos, para ver qué hace falta, para ver qué sí y qué no tienen lugar ahí, qué cosas hay que sacar o conservar, y después de ello, ahora sí, se abre la puerta hacia afuera y dar más espacio, entre lo que hay y lo que podrá haber.

La felicidad es aquello que debemos experimentar

Como todo en la vida, no podemos quedarnos sólo con la teoría, debemos dar paso a la práctica. Si bien podemos tener al alcance varias definiciones sobre las cosas, mismas que nos harían apuntalar hacia un valor objetivo, universal y general, podríamos encontrar más frustración que paz. Pero, ¿entonces la felicidad es lo que cada uno entienda a su modo? Podría ser fantástico pensarlo así, pero como ya he mencionado, hay que tener cuidado de no dejarse llevar por las pasiones que nos «aseguran» la satisfacción y que nos «alejan» del displacer. Muchas veces, como seres humanos, cometemos el error de reducir las experiencias y verlas como un todo. ¿Pero por qué pasa eso? Me parece que hay un factor de miedo a no volver a experimentar algo tan agradable y placentero. Y en buena medida hay razón para ello. Sin embargo, hablar de una experiencia o situación determinada como en verdad lo único e irrepetible, es negarse a seguir abriendo puertas de la posibilidad.

Pero tampoco cometamos el error de suponer que entonces de ninguna manera podremos ser felices o estar al menos conformes con lo que, en apariencia, nos está brindando auténtica felicidad. Sólo es no aferrarse a que x es lo único y que de ahí no habrá más. Por eso es que los procesos de duelo son muy complicados. Aferrarse a algo es negarse a aceptar la finitud de todo, incluyéndonos. De este modo, podemos considerar que la adaptación es lo que permite a ser humano hacer con lo que tiene, sin limitarse por lo que no tiene. Así, la felicidad es un ejercicio de la virtud constante que nos recuerda que hay que vivir, hay que experimentar… hay que existir.

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