El privilegio de estar rotos

«Si me dan a elegir entre la tristeza y la soledad, me quedo con la tristeza».

-William Faulkner

Queridos(as) lectores(as):

Sinceramente me han sorprendido con la respuesta que han tenido con el último encuentro (El vacío de una persona rota). Me han hecho llegar muchos comentarios y en verdad agradezco cada uno de ellos. Sin embargo, uno que otro de ustedes me hizo centrarme en lo que compartí de la serie Bojack Horseman: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Una sentencia en verdad dura y muy pesada. ¿Pero por qué? Evidentemente, muchos(as) de ustedes se identificaron con esa expresión y me manifestaron (muy hermosamente) algunos aspectos de sus vidas que los tienen «rotos». Así que, en respuesta a esto, quiero compartir con ustedes algunas reflexiones.

¿Qué significa estar rotos? Bueno, no es algo tan difícil de explicar. Pero lo llamativo es que decimos que «estamos rotos» en vez de decir que «estamos heridos/lastimados/dolidos». El uso del lenguaje y de ciertas palabras no es algo en vano. Las analogías lingüísticas que solemos usar son en verdad fascinantes dadas las referencias que tenemos sobre ellas. Decir que algo está roto nos plantea dos opciones: se repara o se deshecha. Pero, pensando en lo personal, en lo que nos hace estar rotos, me parece que se vuelve una condena muy fatalista respecto a la vida misma. ¿Quién puede sonreír cuando está destrozado(a)?

De corazones

Siguiendo el consejo de John Ruskin, «da un poco de amor a un niño y ganarás un corazón», podemos tener en cuenta el hecho del tesoro de la infancia que se ve en constante peligro cuando se va creciendo y avanzando hacia la edad adulta. El corazón de los niños es una visión del futuro que les espera. Infancia es destino, es lo que entendemos en el psicoanálisis como lo determinante en la vida de los hombres. Hubo corazones que fueron cuidados, que fueron amados, que fueron tomados en cuenta y que dieron oportunidad, pasados los años, de quebrarse. Pero también hubo corazones descuidados, que fueron ignorados, que no se les tomó en cuenta, que sólo fueron puestos a disposición de la aparente crueldad del mundo. Sin embargo, ¿en verdad es un destino funesto del que no se puede escapar? Muy por el contrario de lo que sentencian algunos, el ser humano tiene la posibilidad siempre de probar cosas nuevas y abrirse en totalidad a descubrir lo mejor para sí mismo. Lo que no se tuvo, se puede tener; lo que no se fue, se puede ser. Abordamos la existencia desde el hecho de ser para estar siendo.

El corazón y el ser, pintura al óleo de Cristina Alejos

Un corazón que fue cuidado por alguien más y que ahora está roto, en ningún momento sentencia una realidad que se asemeje a la eternidad de su dolor y de su tristeza. El privilegio que se tiene de poder llorar, de poder dolerse, de poder sufrir, nos abre las puertas de par en par al descubrimiento mismo de la vida. ¿Quién cuando ve a alguien triste no siente el impulso de querer abrazarle y consolarle? Los adultos que sufren son niños que están llorando. La empatía nos permite situarnos en la posición del otro y nos obliga a callar nuestros prejuicios. Un corazón roto debe ser reparado, nunca despreciado. No olvidemos lo que León Tolstoi decía: «A un gran corazón ninguna ingratitud lo cierra, ninguna indiferencia lo cansa». La tristeza y el dolor son ocasiones de encuentro en el que la humanidad tiene la oportunidad de abrazar la vulnerabilidad y descubrir que nada nos diferencia tanto como normalmente creemos.

El desencuentro conmigo mismo(a)

Sin embargo, no hay que perder de vista algo importante: de nada ni de nadie depende nuestra vida más que de nosotros mismos. La vida del ser humano es tan caótica que es fácil perderse en ideas que nos alejan, que nos hacen sentir solos y que nos provocan miedo de cualquier tipo de encuentros. ¿Cómo puedo esperar que alguien me ayude si esa persona también tiene sus propios problemas? ¿Cómo voy a ayudar a esa persona que sólo ha sido «mala» y que no merece ninguna consideración? Razonamientos así nos impulsan hacia un individualismo salvaje que termina por desmoronar todo tipo de noción de ayuda que podemos plantearnos como sociedad. Muchas veces, el doctor no puede ir al enfermo o el enfermo no puede asistir con el médico, por ello es que hay que entender y ver qué se puede hacer al respecto. A veces por miedo, a veces por duda, pero lo cierto es que no podemos estar esperando que alguien «se apiade» de nosotros si nos somos capaces de pedir ayuda.

Por eso es que hay que considerar el hecho de que en el colapso de nuestro ser en aquellos momentos de desolación, lo que solemos hacer (de manera inconsciente) es abandonarnos. Dejamos de comer, dejamos de apreciar el canto de las aves, todo es oscuro y la luz no tiene ni un lugar donde sea capaz de brillar. La depresión posibilita una idea incisiva y dañina de la falta de esperanza en nuestra vida. Y no, no es así. Pero también hay que ver que ese abandono es una oportunidad de volver hacia nosotros mismos. No es nada fácil, pero tenemos que encontrar fuerzas en cualquier lado para levantarnos y empezar, poco a poco, a retomar la vida, ya que ésta no se acaba por un tropezón. Bien dicen por ahí que «la mejor venganza contra nuestros enemigos es seguir viviendo». Por eso es importante la idea del perdón, pero un perdón personal que nos permita quitarnos las cadenas de aquello que nos mantiene cautivos en los aparentes resultados de nuestras anteriores decisiones. Perdonar(se) es un ejercicio de humildad y una oportunidad de enmendar y seguir adelante.

Saber estar rotos

Una cosa que quizá no habíamos podido contemplar respecto al uso de las palabras para expresar nuestro sentir, es que en este caso al decir que estamos rotos, se abre al mismo tiempo una ilusión de poder «ser reparados». ¿Alguna vez les ha pasado que entienden mejor cómo funciona algo cuando se rompe? Es decir, pienso en aquel juguete de la infancia que por un descuido se terminó rompiendo. Al ver lo que hay dentro del juguete, en cierto modo es fascinante descubrir cómo funciona. Eso mismo pasa con un corazón. Qué fácil nos resulta decir que estamos felices o que estamos tristes, pero qué difícil es explicar el porqué. Y no nos vayamos por la fácil de «es que no puedo explicarlo», porque queda demostrado lo que estoy abordando. Ni nos vayamos por la evasiva retórica al estilo de uno de los amigos de Antonio en El mercader de Venecia (William Shakespeare) cuando le dice a éste (parafraseando): «Estás triste porque no estás contento». La repetición es un fenómeno psíquico bastante común en el ser humano. En la clínica vemos cómo los pacientes no recuerdan, sino que repiten actuando algo en específico. Algo inconcluso, algo no trabajado, termina por repetirse una y otra vez a lo largo de nuestras vidas.

Pienso en N, quien una vez me decía que siempre que hablaba con él, le era imposible no sentirse profundamente triste. ¿Te da tristeza hablar conmigo? -le pregunté. A lo que me contestó: No, pero hay algo en tu voz que me hace recordar a mi abuelo, y pues ya que murió ya no puedo hablar con él. Indagando en esa valiosa información que me dio, pudimos caer en cuenta que el tono de mi voz era muy similar al de su abuelo, y con otras cosas que no puedo compartir aquí, N se sentí muy cercano y a su vez lejano a él al hablar conmigo. Una vez aclarado eso, la tristeza se volvió alegría. Por eso es que hay que entender que estar rotos es un privilegio porque nos permite indagar en nosotros mismos y ver de qué manera podemos «repararnos», qué cosas podemos cambiar, qué cosas podemos incluso eliminar. Saber estar rotos es saber darnos una pausa para estar con nosotros mismos. Y, tal como sostenía Blaise Pascal, «el corazón tiene razones que la razón no conoce». Hay que hacer(nos) preguntas para poder dar con las emociones más profundas y dejarlas fluir con los sentimientos más claros.

El vacío de una persona rota

«Comprender el vacío no es nada fácil».

-Tenzin Gyazo (Dalái Lama)

Queridos(as) lectores(as):

Quiero aprovechar estos días para «ponerme al corriente» de los encuentros que no habíamos podido tener. El día de ayer platicaba con una amiga. P me hizo recordar varias cosas sobre la fragilidad del ser humano. Si bien es cierto que hay personas que consideran la fragilidad (o la vulnerabilidad) como una suerte de «vicio» sentimental, dadas las circunstancias de su entorno, no podemos darnos el lujo de tomar tan a la ligera esa realidad. La fragilidad es propia del ser humano y llama siempre a una esperanza de sentirse mejor. Recordé una escena de la serie Bojack Horseman en la que la madre del protagonista le dice a este: «Naciste roto, y ese es tu privilegio». Hoy por hoy, esa expresión la conocemos mucho ya que solemos escuchar un «estoy roto», «tengo roto el corazón», «voy con el alma rota», etc. En cierto modo, me resulta algo tiernas esa expresiones ya que me remiten a la manera en la que los niños describen sus tristezas, miedos y confusiones. Y precisamente, en buena medida, de eso se trata: el retorno a un periodo en el que algo se rompió.

Dicen por ahí que cuando el corazón duele, es porque alguien antes lo había cuidado y ahora ya no. ¿Pero por qué duele tanto el corazón? ¿Por qué los sentimientos nos consumen si no sabemos controlarlos? P me comentaba que ella «siente mucho», a lo que le respondí que es algo muy suyo, pero tampoco algo extraño. Cuando las personas sienten demasiado, a mi parecer hay una falta de administración sentimental. Hoy en día le llama educación emocional, pero no resulta tan sencillo. La emoción es algo que se produce a nivel inconsciente, mientras que el sentimiento es ser conscientes de las emociones al ser algo más racional. Si somos capaces de analizar el sentimiento, debemos poco a poco ir descubriendo el origen de las emociones. Un amor, por ejemplo, tiene un origen inconsciente que busca ponerle nombre y rostro.

Aquello que hace posible lo demás

Ese vacío que podemos llegar a sentir en algún momento de nuestra vida, podríamos convertirlo a otra noción, la cual sería «la falta». ¿Qué buscamos? Llenar el vacío. Pero, ¿qué pasa cuando ese vacío o falta se presenta como un agujero negro y que nada ni nadie puede llegar a llenarlo? Pues es precisamente lo que deja abierta la posibilidad misma del vivir. Hay que entender y tener muy claro que la falta es lo que permite, en cierta medida, el movimiento, el ir hacia el encuentro con algo determinado. Pero, a su vez, ese encuentro se ve afectado por dos realidades simultáneas: el primero que es la expectativa que de un modo sentencia lo que queremos y, por el otro, aquello que desconocemos y que a su vez es lo que es. Es decir, por un lado buscamos algo con ciertas características, mismas que se nos presentan de modo inconsciente, y por el otro nos topamos con una realidad muy distinta por cuestión de detalles. Y nos aborda un sentimiento de incompletud, algo falta. Curiosamente nunca hay algo que sobre.

«Es lo que yo quería, pero algo le falta». ¿Cuántas veces hemos dicho/oído algo así? Si las cosas fueran al 100% tal y como las esperamos, mucho me temo que no sabríamos valorarlas. ¿Quién se lamenta por estar un día en paz? Incluso en esto último que pregunto, podríamos decir que algo falta: la presencia de un ser querido, una buena comida, una buena bebida, un plan para hacer algo, etc. Entonces, esto nos lleva a cuestionarnos, ¿qué es lo que falta? Y es maravilloso analizarlo. Quien conoce su falta no tiene nada que ocultar.

El paraíso perdido

En el libro del Génesis de la Biblia, conocemos el famoso relato sobre Adán y Eva, quienes son considerados los «primeros padres». Tras el pecado original, fueron expulsados del paraíso. Si entendemos esto a modo de analogía, el paraíso representaba un todo, donde no había falta. Y esto lo vamos a sostener con pinzas. Al ser expulsados, pierden y ganan algo. El vacío interior es vivo ejemplo de ello. Muchas veces no sabemos qué nos sucede cuando respondemos de manera inconsciente a un estímulo exterior. ¿Por qué me dio tanta risa un comentario que hizo un amigo si quizá no es tan chistoso? ¿Por qué me cuesta tanto lidiar con un lugar sumido en la oscuridad? ¿Por qué al escuchar cierta melodía no puedo evitar sentir nostalgia y salen de mis ojos algunas lágrimas? Sigmund Freud «odiaba» la música, pero en realidad no es que no le gustara, lo que sucedía es que le era imposible explicar el hecho de que ésta lograra en el ser humano una lluvia de emociones tan diversas y tan profundas. Una melodía podía hacer sonreír y provocar el llanto al mismo tiempo.

Siempre hablamos de querer ir, de querer estar, en un lugar distinto al que estamos para «sentirnos bien» o «mejor». Pero, ¿qué sucede si el error se encuentra en la expresión? El filósofo rumano-francés, Emil Cioran, sostenía que el ser humano lo que hace es añorar el paraíso perdido, mismo que, a su creer, es el lugar y momento en el que el ser humano fue feliz en realidad, en el que tenía todo, en el que no le faltaba (al parecer) nada. Si pensamos en el paraíso perdido de los «primeros padres», caeríamos en una nostalgia religiosa incierta. Pero si pensamos en nuestro propio paraíso perdido encontraríamos un lugar muy cercano a nuestra infancia. Hay días en los que solemos decir, a modo de burla, que «nos engañaron, que no está tan genial ser adultos». Cuando somos niños, fantaseamos con ser grandes por todas las cosas que percibimos y que nos maravillan. Cuando somos adultos, quisiéramos regresar a aquel momento en el que no teníamos tantas preocupaciones. Se trata de la falta original: ser niños era poder disfrutar el mundo sin comprometernos con él.

Un pasado pesado

Aunque claro, no siempre pensar en el pasado nos resulta algo bello o alegre. La vida, siendo la posibilidad de las posibilidades, no es la misma para todos. Unos tuvieron, otros carecieron. Unos fueron amados, otros fueron descuidados. Si bien es cierto que el pasado nos marca, debemos comenzar a abrazar la esperanza de un modo distinto. Irvin D. Yalom invita a que «abandonemos la esperanza de un pasado mejor». Lo que no fue, no fue. Hay que permitirnos soltar las cadenas del pasado un poco y dejarnos libres para lo que está siendo, para lo que está por ser. El pasado no puede (ni debe) determinar el futuro. Antes bien, nos debe servir como experiencia para poder asimilar la realidad y ver de qué manera podríamos lograr lo que ayer no fue. Aquellos que no fueron amados, habrán de poder ser amados. Pero no es fácil cuando hay tanta culpa de por medio. Me ha tocado escuchar incontables veces a pacientes que «no se perdonan por haber permitido lo que pasó». ¿Qué se podía hacer en aquellos momentos donde no estábamos preparados para las cosas malas que sucedieron? Hay tantas personas que no fueron sólo víctimas ayer, sino que hoy siguen siéndolo por lo que no logran soltar. Amor, comprensión y empatía son herramientas necesarias para todo y para todos.

Volviendo a temas religiosos, San Agustín nos recuerda que «la salvación no es de todos, sino de muchos». Hay quienes no podrán ser salvados, quienes no podrán ser ayudados, por mucho que haya quienes queramos hacerlo. No depende de nadie la salvación o la perdición del otro. Uno puede hacer algo, servir y amar, pero del otro también depende una cierta carga de trabajo para ello. Por eso es que el vacío de las personas que están rotas, a mi creer, es fuente de inagotable ternura y oportunidad. Si apreciamos un corazón que está roto, lo buscaremos reparar. Si no, terminará siendo desechado. Quien piense que estar roto es una tragedia, es que no ha entendido que el vacío es ocasión de aprendizaje constante y de descubrimientos inigualables. El ser humano tiene en sus manos el poder hacer algo o no con su vida. Recordemos a Nietzsche: vivir la vida sin que la vida nos viva.

Cambiar y cambiar

«Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo».

-Julio Cortázar

Queridos(as) lectores(as):

Hace tiempo que no había podido estar con ustedes en nuestro encuentro acostumbrado en esta página. Pero ahora que la ocasión lo permite, me gustaría plantear una pregunta: ¿qué sucede cuando no nos queda más que «volver a empezar»? Evidentemente se trata de una pregunta muy abstracta y que facilita el hecho de que haya incontables respuestas, pero me parece que podemos comenzar justo con una base a modo de cuestionamiento meramente personal. Volver a empezar implica, antes que nada, aprender a renunciar. ¿A qué? A lo que precisamente nos ha hecho estar en donde estamos.

Vamos a poner un ejemplo muy común: una relación nueva. Si bien es cierto que el rompimiento o el fin de una relación nos orienta hacia un duelo, debemos entender que es el fin de A con B, mas no el fin de A ni de B. Ver la relación existente que acaba es posibilitar la aceptación de la individualidad que se mantiene. Por lo que A y B tienen una nueva oportunidad de relacionarse con C, D, E, F, G… etc. Lo que se acaba es el vínculo. Pero, aunque esto suene muy fácil, sabemos y comprendemos que no lo es del todo. Y con eso hay que empezar, por trabajar aquello que cuesta.

El fin del mundo llega en todo momento

El fin de semana tuve la oportunidad de compartir con un querido amigo, R. Él ha pasado por una situación en la que le han puesto fin a un trabajo suyo por razones que no diré aquí. Pude observar y conocer en sus palabras las ideas, las dudas, las molestias y demás cosas alrededor de lo sucedido. Pero, mucho tiempo antes de lo sucedido, fue precisamente con R con quien tuve una plática sobre «el fin del mundo». ¿No les parece interesante cómo la narrativa personal proporciona un material inigualable para la reflexión general? «El mundo se está acabando, estimado» -le dije. ¿Qué mundo? El que conocemos, el que vivimos, en el que participamos. ¿Pero se trata del mundo Tierra o el mundo abstracto? Todo lo existente desde su inicio lleva asegurado un fin.

Hoy por hoy, podemos estar seguros que las ideas de progreso, avance, evolución, etc., dan paso a cambios a todo nivel. Pero, cuidado, los cambios no son necesariamente buenos, así como tampoco malos. Sucede que estamos muy «acostumbrados» a lo que hemos vivido por tanto tiempo, y una vez más, para bien o para mal, que la idea de cambio nos hace dudar, cuestionar, incluso hasta sentenciar de manera negativa. Hay cosas que podemos intentar cambiar, pero otras que por mucho que la sociedad se esfuerce, no se logrará tan fácilmente, porque hay que tener claro que los cambios se dan de forma paulatina, nunca de golpe. Antes bien, los cambios que se dan de un día a otro, caen en lo que podemos conocer como «lo que se impone», y eso atenta contra la libertad y la voluntad de las personas. Así como las estrellas que vemos en el cielo, es más que probable que llevan años muertas, los cambios que estamos presenciando en el día a día llevan años en el proceso. El mundo ha estado muriendo desde que empezó.

Instrucciones para afrontar un cambio

Ahora que inicié este encuentro citando a Julio Cortázar, quiero aprovechar lo que el escritor ha hecho con algunos de sus textos «instructivos» y hacer algo parecido a ello. Pero… ¿qué pasaría si la instrucción fuera sólo una? ¿Es posible? Veamos…

1.- Viva.

Ya. Eso es todo. Qué simple. ¿Pero por qué nos cuesta tanto vivir? ¿Qué significa eso? Para empezar, ¿acaso existe un manual del saber vivir? Pareciera que desde que nacemos, los seremos humanos estamos estrechamente ligados con la noción de supervivencia. De un modo más darwiniano, estamos ante la selección natural de la supervivencia del más apto. Uno observa, uno siente, uno reflexiona, uno hace… o no a todo lo anterior. Lo que me resulta muy llamativo es la manera en la que no dejamos el papel protagónico en todo lo que sucede: «Es que yo(no)…», «Yo (no)creo que…», «A mí (no)me parece…», etc. El narcisismo en todo su apogeo. El cambio, insisto, es parte de un proceso que lleva tiempo gestándose. Uno se adapta o muere. Quizá no, porque la adaptación al final de cuentas es también un modo en el que cada uno lo hace y en el que cada uno logra algo determinado. R y yo, aunque somos amigos casi de toda la vida, aunque coincidamos en muchos puntos, chocamos de manera directa en otros. Atrapados en el mismo proceso, R y yo confeccionamos estrategias que nos permitan sobrevivir, adaptarnos, a la realidad. Y quién sabe qué diablos es eso…

Volver a empezar es sólo empezar

Lo cierto es que en la vida estamos muy orientados a creer que las cosas se van a dar según las esperamos, porque esa es la expectativa de cada quien. Pero eso es tratar de escribir un guión y que las cosas pasen tal y como queremos que pasen. Dice un refrán por ahí, «cuéntale tus planes a Dios y se reirá de ti». O algo así. Ya es un tema que hemos abordado en otros encuentros, pero me parece oportuno volverlo a mencionar ahora que hablamos del cambio y del volver a empezar.

Vamos a trasladarnos al Japón antiguo, específicamente al periodo Sengoku. Existió en aquel entonces un famoso espadachín, Kojiro Sasaki, quien fue famoso, entre otras cosas, por ser el rival más fuerte y difícil de vencer que tuvo el legendario Miyamoto Musashi. Sasaki blandía una nodachi, una espada similar a una katana, sólo que en vez de los 70 cm de la hoja de la última, era de 90 cm. A pesar de eso, del peso también que tenía su espada a la cual se le conocía como «el tendedero», Sasaki se volvió un hábil espadachín y causó el terror y la admiración de todo aquel que se atreviera a desafiarlo. ¿Y qué tiene que ver esto? Sasaki vivía en un periodo en el que ser espadachín, samurai en algunos casos, era ser ligado al uso de la katana, el arma común. La nodachi que empleaba en ningún momento le hizo mella, pero sí lo hizo singular y famoso. Él logró que los demás se tuvieran que adaptar al cambio que él hacía consigo mismo. Las circunstancias pueden ser tanto externas como internas, pero el camino de la virtud, al final de cuentas, siempre es el mismo: cuesta.

Y un cambio, al final, nos hace empezar de nuevo… sólo que con experiencia previa.

Tatuaje: símbolo y subjetividad

«Nuestros cuerpos fueron impresos como páginas en blanco para ser llenados con la tinta de nuestro corazón».

-Michael Biondi

Queridos(as) lectores(as):

Recientemente el tema de los tatuajes ha salido mucho en algunas conversaciones que he tenido con amigos y familiares, ni qué decir en la clínica, pero lo que es un hecho es que se trata de un tema que sigue dividiendo mucho entre opiniones y sentencias. ¿Sentencias? Sí, porque todavía hay posicionamientos sociales que señalan que el tatuarse es algo que entra dentro de un parámetro moral muy marcado. Todavía el tatuaje se debate entre el bien y el mal. Es curioso porque lejos de hablar sobre el tatuaje, habla sobre quienes lo perciben.

De hecho, apenas el día de ayer, una conocida en Instagram compartió que acababa de hacerse un tatuaje. Palabras más palabras menos, ella expresaba lo que significaba para ella romper con ese tabú de prohibición ya que se trataba de su primer tatuaje. Lo que me llamó la atención fue que pedía que la respetaran y que no le hicieran comentarios negativos, ya que para ella se trataba de un proceso muy difícil de aceptar todavía. Una marca en la piel, no… un significado. Pero es cierto, de repente la «opinología» que se abre paso en las redes sociales puede ser devastadora y cruel.

Símbolo y significado

Los tatuajes entran de llano en el mundo de los símbolos, por eso, tal como estos últimos, el tatuaje no determina, no define, más bien nos orienta. ¿A qué? A un significado. Hay que hacer un esfuerzo por comprender que todo símbolo va más allá de lo estrictamente racional. Podemos decir que se trata de un auténtico paradigma del ser y esto, a su vez, posibilita que las cosas sean. La expresión siempre queda limitada por el lenguaje, pero nunca va más allá del mismo. Es decir, un símbolo puede simplificar una expresión pero siempre hará uso de toda palabra posible en el mismísimo imaginario del ser humano. Y es, a su vez, la posibilidad misma de la interpretación. Sin embargo, en el tatuaje, toda interpretación es posible en tanto que el significado del mismo sí existe, pero que es custodiada celosamente por el sentimiento de quien lo tiene en su piel.

Lo maravilloso del símbolo es que nos revela distintas y muy variadas consideraciones respecto al sentido del mismo. Por poner unos casos: parábola, analogía, metáfora, alegoría, atributo… síntoma… etc. Entonces, el símbolo nos conduce más allá de la significación al requerir una interpretación y, a su vez, de cierta predisposición. Lo que nos hace pensar en la carga afectiva y en la demanda de dinamismo que tiene por parte de quien lo utiliza (y de quien lo contempla). Un cruz, por ejemplo, puede significar tantas cosas y a la vez nada. Puede ser representación del cristianismo, de un fallecimiento, de vida y esperanza, una operación matemática, un hospital o servicio de emergencia, etc.

El tatuaje y lo prohibido

Regresando a esta conocida, me puedo imaginar los mil y un comentarios que hubo, que se expresaron y que se callaron. La cuestión es que hayan sido positivos o negativos, esos comentarios nos relatan una historia muy particular que nos conduce directamente a la experiencia subjetiva de cada uno de los emisores. Es curioso, ahora que lo pienso, porque lo que para ella fue ponerse un tatuaje de una llave, que Jean Chevalier y Alain Gheerbrant en su maravilloso Diccionario de los símbolos nos dicen que «el simbolismo de la llave es del todo evidente en relación con su doble papel de abertura y cierre», fue abrir la puerta para que los demás proyectaran su sentir a partir de ella. De hecho, le comenté en una de las historias que compartió, que «esa llave abrió la puerta de la posibilidad. Todo lo que puedes ser».

Es fascinante en verdad el mundo de los tatuajes por todo lo que podemos aprender de ello. Estoy casi seguro que habrá quienes me cuestionarán si con esto «autorizo» (¿quién soy o qué para tal cosa?) que la gente se ponga tatuajes, si pienso si está bien o no considero que esté mal. Me parece que eso es una decisión muy personal de cada uno. Si bien es cierto que sigue siendo un tema, como dije al principio, tabú para algunas culturas y expresiones religiosas, aquí la pregunta que cada uno de nosotros nos tendríamos que hacer, me parece que sería: ¿por qué me afecta a mí el que alguien más tenga un tatuaje? Y eso nos conduciría, quizá, a otra pregunta muy certera: ¿por qué él/ella sí y yo no?

De lo personal

Recordemos a Ludwig Wittgenstein con algo muy sencillo: «De lo que no se puede hablar, es mejor callar». Habría que pensar en qué yace en nosotros que nos inquieta tanto y que nos mueve a opinar sobre lo que los demás hacen o no. Es muy común que la opinión se vuelva tan desgastante y perjudicial porque quien la expresa no logra dimensionar la falta que le lleva a ello. Es decir, volviendo a lo que preguntaba en el pasaje anterior, ¿a mí qué me afecta que el otro haga lo que yo no? Un tatuaje es un recordatorio muy personal de algún suceso, algún recuerdo especial, y como decíamos anteriormente, que fue revestido de una carga afectiva tremenda, y que brinda al portador un cobijo simbólico que jamás seremos capaces de entender siendo meramente espectadores.

Hace algunos años, descubrí que un tatuaje se estaba volviendo «moda» entre ciertas personas. El tatuaje no era otro sino un «;» en la parte de abajo de la muñeca. Lo notaba más y más. Hasta que un día, una persona me contó que se lo había hecho porque había pasado por varios intentos de suicidio. Ese punto y coma tenía un valor simbólico enorme para esta persona. Me explicó que era algo que compartían entre los que habían vivido algo así. Y no tardé en encontrarme con quien se lo hizo sólo porque lo vio en otra persona y se le hizo cool. No es para juzgar a esta persona, porque tampoco sabremos qué le hizo pensar eso sobre ese tatuaje. Sí, el tatuaje puede caer en asuntos de moda o estética, pero nunca debemos despreciar el hecho de que también, aún así, hay un valor simbólico de por medio y que la persona guarda ese secreto. O tal vez no…

¿Por qué nos cuesta tanto «vivir»?

«El hombre que más ha vivido no es aquel que más años ha cumplido, sino aquel que más ha experimentado la vida».

-Jean Jacques Rousseau

Queridos(as) lectores(as):

Les pido me disculpen, pero he tenido dos semanas un tanto pesadas por el inicio de actividades de este año, por lo que no me había podido sentar a compartir un encuentro con ustedes. De hecho, en mi Instagram (@HCHP1), había hecho una actividad en la que la mayoría de los participantes pidieron que tratara el tema de «lidiar con los sentimientos». No crean que se me olvidó, pero prometo que esta misma semana podrán leer sobre ello. Pero ahora, me gustaría comenzar haciendo énfasis en la pregunta del título de este encuentro: ¿por qué nos cuesta tanto vivir? Es decir, ¿qué es lo que pasa que no nos permite, o no nos permitimos, vivir la vida como quisiéramos?

Cuando hablamos sobre las cosas que hacemos a diario, muchas veces (si no es que siempre) omitimos lo que nos hubiera gustado haber hecho o dicho. ¿Qué pasa con toda esa vida que se queda encerrada en nosotros? Es ahogar el deseo y dar paso luego al arrepentimiento y, por tanto, al auto-reclamo sobre nuestra «mala decisión». Me parece que día a día pensamos demasiado la vida, tratando de aferrarnos lo más posible de manera inconsciente a la falsa idea de control que tenemos. Y, por supuesto, a escena entra el famoso «deber ser» que, como ya hemos comentado antes, se planta como un auténtico dictador y nos hace decir «no» a tantas cosas, sin saber exactamente por qué. Es el recordatorio superyoico de una autoridad que nos persigue desde nuestros padres. «Es que si no hago esto, me puede pasar esto», «es que si hago aquello, puede pasar esto otro»… Y nos pretendemos gobernantes absolutos del devenir. Pero la incertidumbre del futuro nos demuestra que generar tanta expectativa nos destruye.

Un paseo dominical

El día de ayer quedé de verme con una amiga en Reforma, a la altura del Bosque de Chapultepec. En ningún momento dijimos con exactitud en qué lugar. De hecho, ella me escribió un WhatsApp diciéndome «encuéntrame». Para quienes no son de México o que no conocen este lugar, se trata de un espacio enorme donde hay mil y un posibilidades para poderse encontrar. Justo afuera del Museo de Antropología e Historia, está una atracción turística que tiene años: los Voladores de Papantla (del Estado mexicano de Veracruz). Siempre es fascinante ver todo lo que hacen y el espectáculo que brinda ver a 4 hombres que se dejan caer desde una gran altura confiando en una cuerda que se atan en la cintura mientras giran alrededor del enorme poste. ¿Ustedes se atreverían a aventarse? Es que justamente lo que ellos hacen es dar un «salto de fe». Para el filósofo danés, Sören A. Kierkegaard, dar un salto de fe (dicho mal y pronto) es reconocer lo racional para poder comprender lo irracional que se nos brinda por aquello que es trascendental. En otras palabras, es confiar en lo que será ante la duda misma. ¿Ustedes confían en lo que saben? ¿Confían en lo que son? ¿Confían en sus capacidades? A la hora de tomar una decisión, entre otras cosas, es de vital importancia tener confianza en uno mismo. Venga lo que venga y como venga. Pero dar el salto de fe no significa darlo a lo tonto. Es como si estos hombres se aventaran sin cuerda alguna esperando caer sanos y salvos. Pues no…

Después de encontrarme con mi amiga, nos pusimos a caminar «sin sentido», es decir, no teníamos claro hacia dónde íbamos. Caminamos y caminamos. ¿Qué te gustaría comer? -me preguntó-, a lo que le contesté «lo que tú quieras, vamos, confío en tu gusto». Y sin decir más, me dijo que iríamos a comer ramen japonés. Muy bien, eso hicimos y estuvo rico. Después regresamos a mi departamento, platicamos y bromeamos un rato, después fuimos a tomar un café y la llevé a su casa ya en la noche. Todo esto sin la necesidad de tenerlo planeado. Las cosas «se fueron dando». Y pasamos un feliz día. Justo lo que decía más arriba: la expectativa termina por destruirnos. Esto lo refiero a que muchas veces hay que animarse a «vivir» sin estar pensando cómo. Claro, hay cosas que se pueden planear, pero como bien dice el saber popular: «cuéntale tus planes a Dios y Él se reirá de ti». No todo lo podemos controlar. Y quien se la pasa viviendo pensando tanto, se muere sin haber vivido. (Gracias, querida M.)

Vivir significa atreverse

Muchos hemos crecido con ciertos «temores» de muchas cosas que para otros pareciera que no es del todo parecido. Hay quienes hacen cosas que sólo podemos quedarnos viendo y envidiar. Nada que «es envidia de la buena», no, es envidia sin agregar calificativo alguno. La manifestación del deseo es evidente, pero lo que no queda claro es el porqué no lo realizamos. Además de aquellas prohibiciones que se daban sin dejar claro el porqué de las mismas, uno de los factores más grandes es sin duda alguna el miedo. ¿Miedo a qué? En este particular caso: miedo a vivir. Es en verdad muy interesante ver toda esa capacidad creativa y de auto-castigo que tenemos a la hora de explicar el porqué no hacemos o decimos algo. Pareciera que fuéramos videntes y que quedara sentenciado que lo que pensamos va a suceder como tal. ¿Cuántas veces hemos vivido anticipándonos a todo? Por ahí dicen «la vida es de quienes se arriesgan», y en buena medida es cierto.

Siempre nos toparemos con narrativas fantásticas de muchas personas que se atrevieron a hacer cosas que los demás sólo «soñaban». En la antigüedad, los egipcios, mesopotámicos, chinos, indios, griegos, persas, mayas, aztecas, incas, etc., sólo podían mirar el cielo y aprender lo que les era posible, hoy por hoy, tenemos máquinas que se acercan a las estrellas, las estudian, las analizan, se desmienten antiguas creencias. Pero sólo fue posible cuando alguien se atrevió a dar un paso más. ¿Cuántas cartas de amor tienen que no se atrevieron a mandar? ¿Cuántos corajes han pasado por no atreverse a pedir perdón o a reclamar? Todos los mal entendidos son justamente eso porque no hay quien aclare las cosas. ¿Qué va a pasar? Lo que tenga que pasar. ¿Qué podremos hacer? Lo que podamos hacer si se puede hacer algo.

Un día como cualquier otro

«El cuerpo sufre por los excesos, también el ánimo abatido»

-Horacio

Queridos(as) lectores(as):

¡Vaya que ha sido una semana de escribir y escribir! Y me alegra mucho, sobre todo porque han sido temas que favorecen nuestros encuentros en medida de hacer más consciencia sobre la salud mental. Ahora bien, como sabemos, cada 13 de enero se conmemora el Día mundial de la lucha contra la depresión. Es importante que existan estos días, por supuesto que sí, sin embargo, no es que nada más nos acordemos de eso un día y los demás tengamos casto silencio. Es momento de hacer eco en los corazones una vez más.

La depresión no es un padecimiento nuevo. En la antigüedad se le equiparaba con la melancolía, la nostalgia, en casos extremos con la desolación (que no es lo mismo) y de manera más simplona con la tristeza. El estado de depresión por el que atraviesan un gran número de personas en el mundo se debe a muchas razones, en algunos casos a cuestiones neuronales (como una falla de neurotransmisores), en otros casos por los sentimientos de impotencia y frustración ocasionados por la sociedad tan exigente en la que vivimos, algunos por cosas familiares, etc. Vamos, hay muchos motivos, pero parece que el malestar nunca desaparece.

Un día a la vez

Hay un error vital en creer que la vida es por sí misma justa. No existe tal lógica. «Es que si hago las cosas de tal modo así me irá», por supuesto que no es una ley ni tiene por qué cumplirse. Justo es uno de los inicios de este problema. La expectativa, el exceso de pensamiento optimista que abusa de ignorar la realidad, genera en el ser humano una falsa idea de bienestar que al no cumplirse se torna en un escandaloso y lamentable infierno. Cada ser humano tiene la capacidad de ser feliz, pero no hay que pensar que se obtiene del mismo modo y haciendo las mismas cosas. Uno puede ser feliz si se saca la lotería (¡quién no!), otros pueden ser felices por estar con sus seres queridos, algunos son felices porque ya acabó el trabajo duro de la semana y otros tantos son felices con quitarse los zapatos al llegar a casa. Son tantas las comparaciones que tenemos entre nosotros que no aprendemos a abrazar nuestra propia individualidad.

En el panorama social existe una suerte de idea de cumplir con lo que se espera de nosotros. Tenemos que ser exitosos en todo, ser los mejores sin competencia, ser siempre el objeto de atención, el centro de todas las miradas. ¿Por qué? Claramente existe una virtud que es la magnanimidad, que nos impulsa a ser mejores en nuestra vida, pero esa virtud en ningún momento debe convertirse en un vicio o en una adicción. En la reciente película de Guillermo del Toro, Pinocho (2022), hay un pequeño diálogo entre el grillo y la hada: «Haré lo que pueda hacer»-dice el pequeño ser, a lo que el hada le contesta «Y es lo mejor que puedes hacer». ¿Qué necesidad de sobre exigirnos? Se hace lo que se puede con lo que se tenga, poco a poco. Es un proceso. Hay que entender que cada quien tiene sus modos y maneras, pero sobre todo (y eso se lo repito mucho a mis pacientes), su ritmo y su tiempo. Hay cosas que nos corresponden, otras que no. «Si no tienes comezón, no te rasques».

Hacer ruido, hacer presencia

Muchas veces pensamos que nuestros problemas son nada en comparación con otros. Y sí, puede ser que sí sea. No sé, pienso en que no puedo comparar el hecho de que se ponchó una llanta de mi camioneta con la enfermedad terminal de alguna persona en alguna parte del mundo. Pero, a pesar de eso, es un problema y es muy nuestro. El minimizar nuestros problemas es minimizarnos al mismo tiempo. Hay veces en las que podemos darle solución y otras en las que necesitamos a los demás. El dejarnos ayudar por otros, sobre todo cuando ellos son los que se ofrecen a hacerlo, nos hace ser agradecidos desde la más pura humildad. No tenemos que poder con todo ni contra todos. Y así es como se paga el favor, quizá no directamente a quien nos ayudó, pero si tenemos la oportunidad de ayudar a alguien más, ¿por qué no hacerlo? En este mundo de egoísmos, también hay personas amables y lindas que a pesar de los malos tiempos, encuentran el modo de ayudar.

Hay días en los que «no sabemos» por qué estamos tan tristes, sin ganas, y pensamos que la mejor acción que podemos realizar es alejarnos y estar en soledad. Puede ser que para algunos les sirva, pero en realidad no es bueno, porque justamente es irse o encerrarse con los pensamientos negativos que nos consumen poco a poco de una forma muy dolorosa. Siempre habrá alguien que esté dispuesto a escucharnos, pero sobre todo, a acompañarnos. Pero eso sí, hay que entender que cuando nos toca ser quien es buscado por esa persona que nos necesita, lo mejor que podemos hacer es precisamente acompañarle, no opinar, no decir ni tratar de llenarle con optimismo que no sirve en ese momento: escuchar, consolar, abrazar, acariciar, ir a caminar, secar lágrimas… estemos para el otro. Ya habrá algún momento para algo más.

Unas palabras para ti:

Puede ser que estés pasando por un momento difícil y triste. No me imagino qué te tiene así. Pero te digo con toda mi alma y con un corazón sincero: NO ESTÁS SOLO(A). Hace años decidí abrir este espacio para compartir un poco de lo que he aprendido con mis estudios, pero sobre todo, con la vida. Sé lo que es una enfermedad que puede costar la vida, sé lo que es el dolor de perder a un ser querido, de quedarse sin padres, de perder trabajos, el dolor de la traición, de un rompimiento, de una separación. Por eso es que insisto en que la empatía es la respuesta en este mundo de amor. No calles por pena o miedo lo que sientes, siempre habrá alguien para ti. Busca la ayuda de un profesional. Quizá sea momento de un apoyo psicofarmacológico, mientras puedas llevar una terapia al mismo tiempo. Esos medicamentos tiene fecha de inicio y de terminación. Acércate a tus amigos, a tu familia… a veces encuentras incluso amor en donde menos esperabas. Pero sobre todo, tente amor y compasión. No tienes por qué sufrir de más, no te castigues tanto. Quítate los zapatos y los calcetines y camina sobre el pasto. Acuéstate, ve la forma de las nubes, escucha tu música favorita, haz ejercicio, camina, come lo que te gusta, ve una serie, conoce gente, lee un libro, acaricia a los perritos en la calle, haz sonreír a un niño… hay tantas cosas que puedes hacer que te sorprendería todo lo que puedes lograr. Pero, por favor, no dejes de ser tú mismo.

En este mundo de amor, también lo hay para ti.

Nos haces falta, te queremos con nosotros.

¡Resiste, que no estás solo(a)!

Héctor Chávez Pérez

P.d. A veces tenemos que perder para saber valorar. A veces perdemos algo, pero ganamos algo más. Es un balance. ¡Que pronto encuentres paz!

Shakira y la sublimación

«La desilusión no es más que la desaparición repentina de una certeza»

-María Aurèlia Capmany

Queridos(as) lectores(as):

Recientemente hemos estado escuchando y leyendo mucho respecto a Shakira y el tormentoso desenlace de su matrimonio con el ex-futbolista español (catalán para que no se enoje) Gerard Piqué. Esto no se trata de «echar el chal» (expresión mexicana que se refiere a estar contando el chisme), de hecho no sirve de nada hablar de más sobre cosas que se han presentado más que notorias. En el caso del ex-futbolista del Barça de España, se le ha visto «relajado» y como si no pasara nada, aunque claro, no han faltado las oportunidades para «bromear» o hacer algún comentario (in)oportuno respecto a lo que está pasando. Recordemos brevemente que la relación con la cantante colombiana llegó a su fin por una supuesta infidelidad por parte de él. Una relación que tiene de por medio a dos pequeños niños y años de aparente (y envidiable para muchos) estabilidad y «amor».

Lo que más ha llamado la atención es la manera en que Shakira ha encontrado y ha echado mano de ello para sacar y compartir el tremendo malestar emocional que carga. A ver, no se trata de ponerse de un lado ni de criticar los modos y las maneras, porque ya hay «bandos» que están a favor de uno o de la otra. No han faltado comentarios del tipo «hay que pensar en los niños que la han de pasar mal también». Me parece que ninguno de los 4 involucrados la pasa bien y cada uno lleva este proceso de duelo, porque es eso, a su modo.

Antología de la decepción

Si bien es cierto que Gerard Piqué no es exactamente un personaje muy querido por todos, ya que incluso tiene sus detractores en la propia comunidad culé, ningún personaje público está exento de la polémica. La propia Shakira ha sido objeto de ataques que van desde su físico, el cambio de estilo musical, los distanciamientos originales de sus primeras canciones hacia las nuevas exigencias de marketing, etc. Pero, una vez más, lo que más llama la atención es lo que su música ha comunicado muy recientemente. Se dice que el catalán le había estado «poniendo los cuernos» (siendo infiel) desde hace años. Aquí no se trata de que si lo sabía la colombiana o no, sino lo que las letras de sus últimas canciones Te felicito, Monotonía y ahora BZRP Music Session #53, están compartiendo con el mundo.

Como decía, ya existen bandos que atacan o defienden lo hecho por Shakira, sin embargo, hay que entender que, tal como decía más arriba, cada quién encuentra el modo de lidiar con procesos tales como el duelo. La cantante, y no es nuevo, justamente ha utilizado la música y su voz para ello. Eso se llama sublimar. Para Sigmund Freud, la sublimación es un mecanismo de defensa de la psique que facilita la transformación de nuestras pulsiones que están en conflicto hacia una realidad tangible, pero sobre todo, expresable. En el caso de la colombiana, todo el dolor, la tristeza, la desilusión y demás sentimientos negativos, en vez de que se tornen contra su salud mental, ella los proyecta en sus canciones. Ya lo decía, no es la primera vez que lo hace ni tampoco la única persona. Todos sublimamos constantemente los sentimientos que traemos atravesados de maneras distintas. De hecho, el arte es resultado de la sublimación.

Espejo de silencios

Ahora bien, apartándonos de la triste y lamentable situación que están pasando estos personajes, desde que salieron las primeras manifestaciones de lo ocurrido, muchas personas han ido «eligiendo» un bando, nada raro cuando se trata precisamente de situaciones y personajes públicos. Tampoco es tan superficial como mucho «intelectual» pretende sentenciar, ya que han habido casos en la Historia del Pensamiento en que grandes pensadores, hombres y mujeres, se han dado con todo con cartas, escritos, poemas, canciones, arte plástico, etc. Pero, ¿qué estamos expresando con ello? Un proceso muy interesante de identificación, pero lo que es todavía más interesante (y preocupante) es cuando uno aplaude, felicita, venera del personaje público pero que en su vida es incapaz de hacer. Por poner un brevísimo ejemplo: hay quienes están del lado de Shakira elogiando que «esté poniendo en su lugar a Piqué», pero que no se atreven a hacer lo mismo en sus relaciones con quienes les están haciendo pasarla tan mal.

Hay que considerar que estos fenómenos sociales funcionan como espejos de silencios en cuanto a quienes se ven reflejados en ellos. Y sí, es algo perfectamente normal y se le conoce como transferencia: depositamos algo de nosotros en el otro, aunque ese otro no sea precisamente en quien estamos pensando (inconscientemente). Hay quienes dicen «no te proyectes». Y sí, justo es la oportunidad de sublimar con halagos y/o quejas lo que estamos callando, defendiendo nuestra propia psique o mente, aunque no estemos haciendo realmente nada para cambiar las cosas. El otro, en este caso Shakira, pone las palabras y las acciones que no nos atrevemos a expresar o hacer por nuestra cuenta.

Ojalá que estos personajes encuentren pronto paz y calma, y que el duelo no les haga perder la esperanza.

La «molesta» fragilidad

«La fortuna es como vidrio: cuanto más brilla más frágil es»

-Publilio Sirio

Para V.

Queridos(as) lectores(as):

Hace unos días, tuve el enorme gusto de conocer a una persona a través de las redes sociales (en mi caso fue Instagram). Dos perfectos desconocidos que intercambiaban con exactitud el misterio y la incógnita, atravesada de la sospecha y, por qué no, de la inseguridad. Uno de los problemas más comunes de las redes sociales es que en realidad nunca se está del todo seguro con quién se está hablando, y ya hemos visto muchas cosas que tristemente han terminado muy mal. En fin, en este caso, un feliz encuentro derivó en una nueva amistad para mí.

Esta persona en cuestión, en un momento me hizo pensar mucho en algo que parece molestar, quizá sea la palabra equivocada, pero podría ser incluso «apenar» a los demás. Me refiero a mostrar o compartir la fragilidad. ¿Y pues por qué no? Al final de cuentas, en la sociedad tenemos ideas muy perpetradas que sentencian que la fragilidad es sinónimo de debilidad y, por tanto, oportunidad y/u ocasión para que los demás se aprovechen. Esta persona me decía que «tenía un corazón que le hacía llorar por muchas cosas». En México tenemos la expresión «corazón de pollo» (¿será que los pollos lloran todo el tiempo por cualquier cosa? Nunca me he detenido a verlos…). Pero, a diferencia de otros casos, esta persona lo decía con orgullo, cosa que me dio en verdad alegría, pues compartir esas fragilidades es tener la confianza y la seguridad de sentir realmente con el corazón sin preocuparse por lo que otros dirán. Ahora bien, haciendo un eco de esta situación de temer a mostrarnos frágiles, me parece interesante reflexionar sobre ello en este encuentro.

Corazones de cristal

Fue el escritor irlandés, Oscar Wilde, quien sentenció en su célebre y conmovedor texto, De profundis (1897), que: «El corazón fue hecho para romperse». Aunque en ese caso se refería a lo que era la vida de presidio, pues recordemos que él fue hecho prisionero en la época victoriana por el «terrible e imperdonable crimen» de ser homosexual, podemos darnos la licencia de tomarlo y proyectarlo precisamente hacia el ser humano a lo largo de su vida. «Fragilidad» tiene sus raíces latinas en frangere (romper, quebrar) e –ilis (que se puede), pero le sumamos el sufijo –dad (cualidad), así que significa «cualidad de poderse romper». Vamos a quedarnos un momento con esto de «romperse». El ser humano es muy dado a tratar de explicar sus sentimientos, pero lo cierto es que el lenguaje nunca será capaz de lograrlo al 100%, al menos no de la manera exacta que cada uno quisiera poder expresar. Pero es muy común que existan ciertas nociones que llegan a un tipo de acuerdo general para poder significar cosas, momentos, situaciones, sentimientos, etc.

Cuando hablamos de «romper» siempre viene a su vez una noción de destruir, de hacer pedazos, etc. Aunque lo verdaderamente fascinante es cómo ese rompimiento tiende a seguir fragmentando «al infinito» los pedazos del todo. Por eso, cuando decimos «estoy roto», el significado verdadero es tan amplio como abstracto. ¿Qué se ha roto? ¿Por qué se rompió? ¿Es que acaso no se tenía que romper? Es curioso que le damos más importancia a las cosas cuando se dañan, cuando se lastiman. Recuerdo hace unos años que platicaba con un alumno de que no somos conscientes de nuestro cuerpo sino hasta que nos pasa algo en él: un dedo roto, un brazo dislocado, una torcedura, etc. El problema con los órganos internos es que no los sentimos, pero eso no significa que no estén funcionando o que sí lo estén haciendo.

Sentirnos vivos

La fragilidad del ser humano nos recuerda precisamente nuestra propia humanidad. La idea falsa que persiste en nuestros días que «podemos y debemos poder con todo y contra todos», una vez más, no es sino un marketing cruel y despiadado que privatiza hacia el olvido nuestros sentimientos y nos hace hasta ponerlos en duda. Ser frágiles en una sociedad de insensibles es, hasta cierto punto, una ventaja que nos permite ser conscientes de lo que estamos viviendo y de qué manera lo estamos haciendo. Es un error suponer, además de un ingenuo estereotipo, que la fragilidad sólo es posible en las mujeres. En obras como Hamlet de William Shakespeare, encontramos cosas como: «¡Fragilidad, tienes nombre de mujer!». Pero, ¿qué no estará el bardo sino hablando de su propia fragilidad, de aquello que no puede hablar y solamente callar en doloroso silencio?

Confesar la fragilidad es reconocer los sentimientos más nobles de hombres y mujeres. Y en esa confesión no encontramos sino un acercamiento a una posible cura ante el malestar y el dolor de vivir en silencio, de callar justo aquello que lastima. ¿Por qué hay que ser fuertes y aguantar? ¿Por qué hay que rendirse ante el dolor? La auténtica rebelión del ser humano es la de aceptarse humano. Apartarse de un modelo robótico que torna en cifra insensible a un valioso ser que siente, que piensa, que vive…

Esta maravillosa y linda persona en un momento me pidió perdón por ser «tan llorona», a lo que le respondí que no había necesidad de pedir perdón por lo que es y por lo que le hace ser sincera consigo misma. La autenticidad de la vida comienza por no negar las propias lágrimas, ya sean tristes o por una inmensa alegría.

La frustrante frustración

Queridos(as) lectores(as):

Espero que sea el inicio de un gran año para todos nosotros y que logremos lo posible. Como ya saben, he empezado a hacer dinámicas en mi cuenta de Instagram (@HCHP1) para ver sobre qué temas les gustaría que abordáramos en nuestros encuentros, y siguiendo con ello, pidieron que les hablara sobre la tolerancia a la frustración. ¿Qué es exactamente la frustración? Pero, más importante, ¿por qué nos frustramos?

Empecemos por conocer la etimología, que quienes ya están acostumbrados a la lectura de esta página, saben y comprenden que siempre es clave para poder entender las nociones. Viene del latín frustratio, frustrationis, que nos dice que se trata de llevar a alguien al error, a la decepción y/o a la equivocación. A su vez es nombre de acción y efecto del verbo frustrare, que es equivocar, estar engañados, tergiversar), pero su derivación viene del adverbio frustra, que es aquello que es vano o inútil.

Tiempos y resultados

Justo hace unos días platicaba con unos amigos sobre cuando éramos niños y teníamos que ir con nuestras madres a la estética, al banco, al médico o a cualquier lugar que supusiera tener que esperarlas. Lo que bien podría ser cuestión de minutos o quizá una hora a lo mucho, para un niño puede tratarse de una eternidad. Albert Einstein explicaba la relatividad del tiempo, y los niños lo comprobaban. Y es que las acciones eran totalmente distintas: por un lado, el lapso de tiempo era diferente para la madre que se ocupaba y el niño que esperaba. La acción es el quehacer, la espera es el no-quehacer. Por eso es que en aquellas épocas, las madres solían advertir a los niños que llevaran algo (un juguete, un libro, colores, etc.) para que se entretuvieran «en lo que esperaban». Claramente hay generaciones cuyas elecciones eran diametralmente distintas, ya que en algunos casos existía el privilegio de llevar videojuegos. Pobre del niño que olvidara su divertimento en casa. La desesperación se volvía una sentencia, y sólo quedaba «esperar desesperados». En cierta medida, esas generaciones nos fuimos preparando de manera inconsciente a resistir y aguantar la frustración de no poder hacer nada más. Sin embargo, de un modo u otro, los niños se las arreglaban con algo que veremos más adelante…

Hoy en día, la tecnología y las nuevas crianzas, aseguran que un niño de privilegios no se aburra, no se desespere, pues se les da el celular, la tablet o algún otro dispositivo digital para que «no estén molestando» y en esto está la clave para entender un rompimiento relacional de los padres con sus hijos. Solemos ver que la interacción empieza a quebrarse, y las pantallas dividen, separan, teniéndolos de frente. Pero, ¿qué pasa si no hay con qué entretener a los peques? Ya hablamos de dos desesperaciones distintas y el malestar se agiganta. La frustración deriva entonces en el fracaso, en el «no hay de otra, pero, ¡exijo que haya de otra!». Y la realidad es que sí la hay, pero resulta inconveniente que los niños (y muchos adultos) ya no cuentan con un factor que generaciones atrás sí: la imaginación. Y los problemas, ridículos pero en demasía incómodos, se vuelven enormes.

Vivir el momento tal y como es

Hay que tener claro algo: cuando las cosas no salen como las esperamos, nos frustramos. Es perfectamente entendible y, por qué no, natural. Un profesor en la carrera nos decía que «la Filosofía es una herramienta para lidiar con la frustración». ¿A qué se refería con ello? Primero hay que recordar que la Filosofía precisamente es un modo de vivir. Eso de «mi filosofía de vida» es una narrativa posmoderna que pretende que suene muy profundo el decir «yo vivo así». Nada más. Pero resulta muy frustrante cuando ese «modo de vivir» no da resultados realmente buenos. En fin, no entraré en esa discusión en este encuentro. Poder lidiar con la frustración es entender que NO ES TODO, que se trata de un momento y de una situación que NO DETERMINA lo demás. Pero, cuidado, no caigamos en la terquedad de tener ese pensamiento mágico de «si niego la frustración, no existe». Por favor, no lo hagamos.

El primer paso para lidiar con la frustración es aceptarla. Ya que de no hacerlo, caemos en un círculo vicioso de intento de auto-superación que lo único que genera es más y más frustración sin poder salir de ello. Como todo sentimiento, la frustración debe saberse controlar y administrar. Segundo, hay que evitar a toda costa ver cosas donde no hay, es decir, cuidado con la expectativa. Muchas veces pecamos de un optimismo o de una negatividad tal que los llevamos al extremo. Hay que abrazar la idea de que las cosas son como son (ojo: no como deben ser, porque eso es comprar una cierta expectativa y negar toda posibilidad de cambio).

Aquí la pregunta que debemos hacernos es: ¿de qué manera VIVIMOS las cosas? Cuando aprendemos a lidiar con lo que no podemos controlar (al menos no del todo), logramos convertirnos en observadores en lugar de ser simplemente los sujetos pacientes de las mismas. Por poner un ejemplo: cuando vamos manejando y hay mucho tráfico, en ese momento, ¿qué podemos hacer? Tocar el claxon de manera desesperada, decir una y otra grosería, no hará que los demás coches desaparezcan de manera mágica. Lo único que queda es aceptar lo que está sucediendo, quizá poner algo de música que nos ayude a relajarnos, aprovechar y hacer alguna llamada, etc. ¿De qué manera vivimos el momento? Se trata de aceptar y reconocer que hay cosas, momentos, personas, que no podemos controlar sin más. Pero a nosotros mismos sí y ver qué está en nuestras manos para lograr otras cosas. ¿Qué vida ponen a su tiempo?

Ejercitar la virtud

La frustración es un sentimiento que sólo empeora la condición. Es por ello que a nuestro rescate vienen las virtudes, mismas que solemos olvidar o que nos hacen olvidar. Virtudes tales como la paciencia, la prudencia, la amabilidad y, por qué no decirlo, incluso la caridad, son las que más nos pueden ayudar en los tremendos momentos de frustración. Hay que aprender a anticiparnos a las cosas, pero sobre todo, darnos cuenta que siempre hay algo que podemos hacer para ayudarnos en momentos complicados. Y no olvidar, sobre todo, que no estamos solos, siempre podemos contar con algún familiar, algún amigo, pero también con profesionales de la salud mental realmente capacitados.

Ejercitar la virtud es lograr apuntalar hacia la meta que no es otra que aprender a encontrar calma en medio de la tormenta. La frustración es un engaño en sí mismo, es un pensamiento que se empecina en nublarnos la mente. De hecho, también hay que aprender a decir «hasta aquí», en sentido de que muchas veces estamos muy sumidos en cosas que nos estresan y frustran. ¿Por qué no poner pausa? Salirse a caminar un rato, leer un libro, ver alguna serie, relajarse, hacer algo de meditación, orar, platicar con algún amigo, comer algo rico, etc. No sé… imaginar es gratis…

Festividades distintas

Queridos(as) lectores(as):

Los días están llegando y con ellos el fin de este año. No había podido sentarme a escribir, pero quiero aprovechar esta oportunidad para compartir con ustedes una reflexión respecto a las festividades que estamos celebrando o por celebrar. Definitivamente, al hablar de diciembre, por lo general lo hacemos desde cierto optimismo, con determinados colores y sabores, alegría, esperanza y demás sentimientos relacionados con el amor. Y eso es bueno, después de todo, la vida sigue y hay que seguir edificando caminos hacia cosas mejores.

Sin embargo, es un hecho también que descuidamos el sentido trágico de la vida y lo que ello significa. Para muchas personas es bien sabido que diciembre no es exactamente su mes favorito: hay tristeza, dolor de ausencias, soledad, sentimientos que acarician las más profundas desolaciones y demás. A veces, una festividad no es del todo bien recibida, y no somos quiénes para juzgar. Antes bien, hay que saber ver esta realidad, no desde el absoluto que podemos ser para nosotros mismos y decirles a estas personas cómo deberían sentirse. Eso es tan absurdo y tan inútil. Es importante saber estar, recordar también la parte difícil que los creyentes olvidamos de aquella noche fría para unos padres y su bebé. ¿Por qué nos olvidamos que no todo es risa y diversión? También hay que pasar por momentos complicados, y por ello es que «existir es compartir». ¿Compartir? Sí, unos con otros.

En algún lugar en Palestina

Para muchos(as) de mis lectores(as), es perfectamente entendible que yacen dentro de una estructura social judeo-cristiana, es decir, somos occidentales y nuestras culturas, por muchas diferencias que haya en sus expresiones, comparten una base innegable. Se sea creyente o no, no podemos descuidar el tremendo valor simbólico de la Navidad, que en su espíritu universal nos invita a dejar a un lado las diferencias y unificarnos en un profundo deseo de paz y amor para el mundo. Por el lado creyente, es tener presente cómo un pequeño bebé llegó a este mundo para precisamente dar la esperanza de amor, donde quienes fuesen enemigos se volvieran amigos y donde las diferencias enriquecieran todo. ¿Pero es posible hablar de ello cuando dejamos que los prejuicios y los ecos del rencor y la ignorancia determinen nuestro pensar y actuar?

Trato de pensar en aquella noche fría (que si bien fue establecida durante un Concilio) no deja de ser un hecho que las dificultades son reales. ¿Imaginan a dos padres buscando un lugar para pasar la noche fría con su pequeño en brazos? Hoy en día hay muchas personas en las mismas circunstancias en la calle, y no sólo perros o gatos, sino que hay humanos, hay personas que tienen frío, hambre, y la mirada consumida por la desesperanza. ¿Dónde yace entonces su Palestina? ¿Dónde hay un lugar en nuestros corazones para ellos? Pero, como decía al principio, no sólo son unos, sino que hay personas aún más cercanas que tienen la mirada perdida en una profunda tristeza. ¿Podemos acercarnos a ellos y abrazarlos con total amor y sin «deber ser»?

Un tipo de alegría especial

Seguimos viviendo, por desgracia, los estragos de la pandemia mundial de COVID-19. En Ucrania una guerra sin sentido, en África persecuciones religiosas, en América Latina gobiernos que desestabilizan a sus poblaciones, etc… El mundo es un hervidero de cosas lamentables, es por eso que estas festividades deben ser distintas y marcar nuevas rutas. Como hemos visto, las diferencias suelen usarlas como armas, como propagandas ridículas que distancian los corazones, lejos de unirlos y fortalecerlos. La esperanza del mundo radica en la posibilidad que tenemos de ver con nuevos ojos aquello que por sí mismo ya no lo es, pero recuperar la capacidad de asombro debería ser nuestra ocasión para descubrirnos, frente a frente, recorriendo juntos este mundo. Dejar los prejuicios a un lado y abrazarnos como hermanos. Como personas que sienten, que sonríen, que lloran, que sufren, que gozan, que disfrutan… que se sienten solas. Somos soledades que nos encontramos.

Te dirijo estas palabras a ti, seas quien seas:

No puedo dimensionar lo que estás pasando, lo que tiene a tu corazón frío y con tristeza, pero te puedo asegurar que no estás solo(a). Siempre habrá quien esté dispuesto a ofrecerte un cálido abrazo, a hacerte sonreír. A veces hay que buscar, pero también hay que dejarse encontrar. Si no te hablan, habla. No esperes lo que quieres, sino aprende a recibir lo que necesitas. Encontrarás mucho cuando dejes de fijarte sólo en la puerta y recuerdes que también hay ventanas. Quizá haya dolor, tristeza, falta de esperanza por el porvenir, pero mira que el sol siempre sale. Sé que es una frase auto-motivacional y que puede ser un cliché, pero es cierto. Te abrazo con todo mi amor y deseo que poco a poco recuperes esa alegría, esa emoción y, sobre todo, la pasión por vivir. Date la oportunidad de vivir una vida en la que las cosas siempre sirvan para edificar tu vida, y cuando estés por rendirte, recuerda que hay cruces que se cargan, pero siempre llega alguien, quizá un perfecto desconocido, a ayudarnos.

¡Feliz Janucá!

¡Feliz Navidad!

¡Feliz Año Nuevo!

Dios te sonría, que la vida te sorprenda, y que seas la fantástica persona que eres, pues te queremos aquí con nosotros, ¿quién sería capaz de ocupar tu lugar? ¡Nadie!

¡Gracias por seguir! ¡Resiste!

Nos estamos encontrando luego.

Héctor Chávez Pérez