Cuando ya no puedas más

“Uno no puede defenderse de la tristeza sino mediante la emoción”.

— Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hoy no quiero escribirles una reflexión académica. No quiero esconderme detrás de conceptos, teorías o tecnicismos. Hoy quiero escribirles como se le escribe a alguien que uno aprecia de verdad. Como se le habla a un(a) amigo(a) a quien se le nota el cansancio en los ojos aunque siga sonriendo. Como se le habla a quien sigue funcionando… pero hace tiempo dejó de sentirse vivo(a). Porque algo está pasando con nosotros. Y no me refiero solamente a la política, la economía, la violencia o las redes sociales.

Me refiero a algo más profundo. Más silencioso. Más íntimo. Una especie de agotamiento mental que se está metiendo por debajo de las puertas. Una tristeza rara. Una ansiedad permanente. Una sensación de vacío que ya no desaparece ni con entretenimiento, ni con likes, ni con productividad, ni con sexo, ni con “estar ocupado(a)”. Estamos cansados(as). Y creo que muchos(as) ya ni siquiera saben exactamente de qué.

La generación que aprendió a distraerse de sí misma

Sigmund Freud escribió en El malestar en la cultura (1928) algo profundamente incómodo: “Los hombres han llegado a tal punto en el dominio de las fuerzas de la naturaleza, que con su ayuda les sería fácil exterminarse mutuamente hasta el último hombre». La frase suele citarse pensando en guerras o tecnología, pero creo que hoy tiene otra dimensión: estamos aprendiendo a destruirnos lentamente desde dentro. Nunca habíamos tenido tanto acceso al placer inmediato y, al mismo tiempo, tanta dificultad para soportar el silencio. Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos y, sin embargo, tantas personas sintiéndose profundamente solas. Nunca habíamos hablado tanto de salud mental mientras seguimos viviendo de maneras que nos enferman todos los días. Nos hemos acostumbrado a distraernos de nosotros mismos.

Abrimos el celular apenas despertamos porque el silencio interior nos incomoda. Consumimos contenido sin parar porque detenernos implica escuchar pensamientos que llevamos años evitando. Fingimos fortaleza porque mostrar dolor parece un fracaso. Sonreímos en historias de Instagram mientras por dentro sentimos que algo se está apagando lentamente. Y lo más triste es que muchos(as) ya normalizaron eso.

Normalizaron vivir sin descanso.
Normalizaron no sentirse suficientes.
Normalizaron trabajar hasta deshumanizarse.
Normalizaron relaciones vacías.
Normalizaron el miedo al compromiso.
Normalizaron la ansiedad como estilo de vida.
Normalizaron la indiferencia.
Normalizaron sobrevivir.

Pero sobrevivir no es vivir.

Nos prometieron libertad… y terminamos más perdidos(as)

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han escribió en La sociedad del cansancio (2010): “La sociedad disciplinaria es reemplazada por la sociedad del rendimiento». Y vaya que tenía razón. Antes las personas eran explotadas por otros. Hoy muchas se explotan solas. Nos convertimos en nuestros propios verdugos. Tenemos que producir más, mejorar más, sanar más rápido, ser más atractivos(as), más exitosos(as), más interesantes, más espirituales, más inteligentes. Todo el tiempo sentimos que deberíamos estar haciendo algo más con nuestra vida. Y así terminamos agotados(as), culpables y vacíos(as).

Hay personas que ya no descansan sin sentirse inútiles. Personas que ya no pueden comer sin culpa. Personas que ya no pueden amar sin miedo. Personas que ya no pueden estar solas porque inmediatamente aparecen pensamientos dolorosos que llevaban meses evitando. Vivimos hiperestimulados(as), pero profundamente desconectados(as). Desconectados(as) del cuerpo. Del alma. De Dios (los creyentes). De los demás. Y, sobre todo, de nosotros mismos.

A veces el cansancio no viene del trabajo… sino de llevar demasiado tiempo sobreviviendo lejos de uno mismo.

La tragedia de no saber quién eres

Hay algo particularmente doloroso en esta época: mucha gente construyó una identidad basada únicamente en cómo es percibida. Likes. Deseo. Éxito. Validación. Aprobación. Atención. Pero cuando una persona necesita constantemente ser vista para sentir que existe, termina convirtiéndose en esclava de la mirada ajena. Carl Gustav Jung escribió en Aion (1951): “Quien mira hacia afuera sueña; quien mira hacia adentro despierta». El problema es que mirar hacia adentro da miedo. Porque ahí están las heridas que nunca sanaron. El abandono. La tristeza. La rabia. La sensación de no haber sido suficientemente amado(a). El miedo a fracasar. El miedo a no importar.

Entonces seguimos corriendo. Más trabajo. Más ruido. Más distracción. Más contenido. Más consumo. Más apariencias. Todo para no quedarnos a solas con nosotros mismos(as). Pero tarde o temprano la vida obliga a detenerse. Y cuando eso ocurre, muchas personas descubren algo terrible: llevaban años sin conocerse realmente.

Estamos perdiendo la capacidad de acompañarnos

Hay otra cosa que me preocupa profundamente: nos estamos volviendo emocionalmente analfabetos(as). Sabemos reaccionar. Sabemos opinar. Sabemos cancelar. Sabemos exhibir. Pero cada vez menos personas saben escuchar de verdad. La gente quiere compañía… pero no sabe acompañar. Quiere comprensión… pero no sabe comprender. Quiere amor… pero muchas veces no sabe amar sin controlar, consumir o usar. Emmanuel Levinas decía en Totalidad e infinito (1961) que el rostro del otro nos llama éticamente. Es decir: el otro no debería ser un objeto para usar, sino alguien cuya existencia nos compromete.

Y, sin embargo, vivimos en una cultura donde muchas relaciones se han vuelto profundamente utilitarias. Personas descartables. Conversaciones reemplazables. Vínculos frágiles. Todo rápido. Todo inmediato. Todo superficial. Hay gente muriéndose de tristeza mientras publica memes. Hay personas que llevan meses deseando que alguien les pregunte sinceramente: “¿Cómo estás?” Y nadie lo hace. Porque todos(as) están demasiado ocupados(as) sobreviviendo también.

Pero todavía hay esperanza

Y aquí viene lo importante de este encuentro. No quiero dejarles solamente angustia. No quiero hacer de la tristeza una estética. No quiero romantizar el sufrimiento. Bastante pesado se ha vuelto ya el mundo como para encima convertir el dolor en identidad. Lo que quiero decirles es otra cosa: todavía estamos a tiempo de volver a nosotros mismos(as). Sí, incluso después del cansancio. Incluso después de las pérdidas. Incluso después de los errores. Incluso después de sentir que uno se rompió demasiado. Porque el alma humana tiene una capacidad impresionante para reconstruirse cuando vuelve a encontrar sentido.

Viktor Frankl escribió en El hombre en busca de sentido (1946): “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo», Y quizá eso sea precisamente lo que muchos(as) necesitamos recuperar: el sentido. No solamente existir. No solamente producir. No solamente funcionar. Sino volver a encontrar razones reales para vivir. Una conversación honesta. Un abrazo sincero. La fe. La amistad. La contemplación. La música. El silencio. El amor verdadero. El descanso. La ternura. La belleza. La esperanza. Sí, esperanza. Aunque hoy parezca cursi hablar de ella.

Una pregunta incómoda para terminar

Y ahora quiero preguntarte algo, lector(a): ¿cuánto tiempo llevas viviendo lejos de ti mismo(a)? No de la imagen que muestras. No del personaje que sostienes. No de la máscara que aprendiste a usar para sobrevivir. De ti.

¿Hace cuánto no descansas de verdad?
¿Hace cuánto no lloras honestamente?
¿Hace cuánto no te permites sentir?
¿Hace cuánto no hablas con alguien sin mirar el celular?
¿Hace cuánto no te preguntas quién eres realmente?
¿Hace cuánto no abrazas a alguien con el alma?

Tal vez estás más cansado(a) de lo que admites. Tal vez llevas demasiado tiempo siendo fuerte. Tal vez ya no puedes más. Y quizá eso no te vuelve débil.

Quizá solamente te vuelve humano(a)…


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