Los Meyerowitz: lo que nunca fue

“La forma más común de desesperación es no ser quien uno es”.
—Søren A. Kierkegaard

Queridos(as) lectores(as):

Hay películas que no buscan conmover con grandes gestos ni redenciones tardías, sino que se limitan a mirar. Los Meyerowitz (2017) es una de ellas. No ofrece héroes ni villanos claros, sino una familia atravesada por un mal silencioso: la necesidad de reconocimiento. El arte, la inteligencia, la sensibilidad —todo aquello que suele ennoblecer— aparece aquí como escenario de una herida que no cierra. La película no pregunta quién triunfó, sino quién quedó esperando un aplauso que nunca llegó. Desde el inicio, el tono es incómodo porque resulta familiar. Padres que hablan más de sí mismos que de sus hijos. Hijos adultos que aún compiten por una mirada. Hermanos que se comparan sin decirlo. No hay gritos constantes ni violencia explícita; hay algo más corrosivo: la comparación permanente. Y eso, en términos psíquicos, es devastador. Freud nombró este mecanismo cuando habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias” (El malestar en la cultura, 1930): no necesitamos un enemigo externo cuando la rivalidad habita en casa.

En muchas familias latinoamericanas esta dinámica se reconoce de inmediato. El padre frustrado que “pudo haber sido”, la madre que sostiene silenciosamente, los hijos que cargan expectativas ajenas como si fueran herencias inevitables. El talento no se celebra, se administra. El éxito no libera, compromete. El fracaso no se llora, se niega. Y así se forman biografías vividas como deuda. Esta entrada no es una reseña. Es una invitación a mirar, a través de la película, aquello que suele permanecer sin palabras: la tristeza de vivir a la sombra de un deseo que no era propio.

El padre que compite: cuando la ley se vuelve demanda

El personaje del padre, Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman,) encarna una figura conocida: el adulto que nunca dejó de necesitar ser visto. No transmite una ley simbólica que ordene y libere; transmite una exigencia. No dice “sé tú”, sino “mírame”. Desde el psicoanálisis, esta confusión es clave: cuando el padre compite con el hijo, el lugar de la autoridad se vacía y se llena de demanda narcisista. Donald Winnicott lo expresó con una claridad brutal al afirmar: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). El problema es cuando el adulto exige ser encontrado a costa de que el niño —luego adulto— no pueda esconderse nunca. El hijo se convierte entonces en espectador de la frustración paterna, no en sujeto de su propio deseo.

En la película, el arte del padre no es un puente, sino un altar. Todo gira en torno a su obra, a su genio incomprendido, a la injusticia del mundo que no supo reconocerlo. Este gesto es profundamente latinoamericano: cuántos padres hablan de lo que sacrificaron, de lo que dejaron, de lo que el país no permitió. El relato del sacrificio se vuelve así una hipoteca afectiva. El resultado es previsible y trágico: hijos que no saben si viven para sí mismos o para reparar una herida que no les pertenece. El padre no cae como tirano; cae como alguien que nunca pudo soltar su propio espejo. Y ese peso, heredado, rara vez se cuestiona.

Hermanos: la comparación como forma de violencia

Los hermanos en Los Meyerowitz no se odian. Se miden. Se observan. Se comparan. El éxito de uno, Matthew (Ben Stiller), no inspira; humilla. El fracaso del otro, Danny (Adam Sandler), no conmueve; incomoda. Kierkegaard llamaría a esto desesperación silenciosa: vivir una vida que se siente siempre insuficiente frente a la del otro, incluso cuando no hay un motivo claro para hacerlo. “La desesperación es no querer ser uno mismo” (La enfermedad mortal, 1849). Y pocas cosas impiden tanto ser uno mismo como crecer en un sistema familiar donde todo se evalúa: quién logró más, quién decepcionó menos, quién fue digno de ser nombrado. No hay libertad cuando la biografía se vive como competencia.

En América Latina, esta escena es cotidiana. El primo exitoso, el hermano “que sí pudo”, el que se casó bien, el que se quedó dando clases, el que vive de viejos logros. Las reuniones familiares funcionan como tribunales simbólicos donde nadie dicta sentencia, pero todos toman nota. El silencio pesa más que el reproche. La película acierta al no ofrecer reconciliaciones grandilocuentes. Porque, en la vida real, la comparación no se resuelve con un abrazo final. A veces sólo se atenúa cuando uno deja de mirar al costado y empieza, con dificultad, a habitar su propio lugar.

El arte como promesa rota

Uno de los gestos más incómodos de la película es su honestidad con el arte. Aquí, el arte no salva. No garantiza sentido ni plenitud. Puede ser incluso una coartada elegante para no asumir el propio vacío. Thomas Mann ya lo había intuido al retratar artistas brillantes y profundamente escindidos, incapaces de reconciliar vida y obra (Tonio Kröger, 1903). En muchas biografías latinoamericanas, el arte aparece como sueño postergado o como excusa permanente: “yo pude haber sido”, “si este país dejara”, “si hubiera tenido oportunidades”. Octavio Paz lo formuló con crudeza al decir: “La soledad es el fondo último de la condición humana” (El laberinto de la soledad, 1950). El problema no es la soledad, sino usar el talento para no mirarla.

En la película, algunos personajes viven de antiguos reconocimientos, otros enseñan, otros simplemente sobreviven. Ninguno parece plenamente reconciliado con su obra. Y ahí está la verdad incómoda: el talento no sustituye el trabajo interior. El arte puede iluminar, pero no repara por sí mismo las heridas narcisistas. Esta constatación duele porque desmonta una ilusión muy arraigada: la idea de que crear nos hará inmunes al fracaso existencial. No es así. Crear no nos exime de la tarea más difícil: asumir la vida que efectivamente vivimos.

«Estaba adelantado a mi tiempo»

El tiempo y la renuncia tardía

Hacia el final, el cuerpo del padre cae, la memoria se fragmenta y la pelea pierde sentido. No hay justicia poética. Hay tiempo. Y el tiempo, como escribió Heidegger, nos confronta con una verdad radical: “El ser-ahí es en cada caso mío” (Ser y tiempo, 1927). Nadie puede vivir por otro. Nadie puede cerrar cuentas ajenas. Este momento es profundamente humano y profundamente latinoamericano. Familias donde nunca se habló, donde nunca se pidió perdón, donde la historia quedó suspendida en reproches mudos. Y aun así, la vida sigue. No porque todo se resuelva, sino porque ya no hay fuerza para seguir reclamando.

La paz que ofrece la película no es luminosa. Es mínima. Es la que llega cuando uno deja de exigirle al pasado que sea distinto. Cuando acepta que ciertos aplausos no llegaron y no llegarán. Y que, aun así, la vida —con todo y su modestia— merece ser habitada. Tal vez esa sea la enseñanza más dura y más necesaria: no siempre hay reparación, pero puede haber descanso. No siempre hay reconocimiento, pero puede haber verdad.

Reflexión final

¿A quién sigues esperando que te reconozca? ¿Qué parte de tu vida sigue vivida como promesa? ¿Y qué pasaría si dejaras, por fin, de reclamarle a tu historia aquello que no pudo darte?


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