Querido lector, querida lectora:
Si llegaste hasta aquí, tal vez no fue por curiosidad ni por esperanza. Tal vez fue simplemente porque ya no sabías muy bien a quién decirle cómo estás. Porque hay cansancios que no se gritan, que no se notan desde fuera, que no tienen palabras claras… y aun así pesan. Déjame preguntarte algo, con cuidado: ¿cuándo fue la última vez que te sentiste verdaderamente sostenido(a)? No admirado(a), no celebrado(a), no fuerte. Sostenido(a). Vivimos en un tiempo que exige respuestas rápidas para dolores lentos. Nos piden resiliencia cuando lo que necesitamos es descanso. Nos hablan de motivación cuando el cuerpo y el alma ya están exhaustos. Y en medio de todo eso, tú sigues. No siempre convencido(a). No siempre animado(a). Pero sigues.
¿Te has preguntado alguna vez por qué? Tal vez no sigues porque creas que todo va a mejorar pronto. Tal vez no sigues porque tengas claridad. Tal vez sigues porque, aun cansado(a), hay algo en ti que se niega a desaparecer. Algo pequeño, casi imperceptible, que no hace ruido, pero que no se suelta. A veces la esperanza no es una luz al final del túnel. A veces es sólo no apagarlo todo. No tomar ciertas decisiones. No cerrarte del todo. No endurecerte por completo. Seguir habitando el día, aunque duela, aunque canse, aunque no tenga sentido claro. ¿Y si no rendirte ahora no fuera un acto heroico, sino un acto de honestidad? ¿Y si no se tratara de ser fuerte, sino de no traicionarte en el momento más frágil?
Hay personas que creen que rendirse es caer. Pero hay otra forma de rendición más peligrosa: abandonarse por dentro mientras el cuerpo sigue funcionando. Tú, en cambio, aunque estés agotado(a), sigues presente. Sigues sintiendo. Sigues preguntándote cosas. Y eso —aunque no lo parezca— es una forma profunda de fidelidad a ti mismo(a). Quizá hoy no puedes sostener grandes certezas. Está bien. Quizá sólo puedes sostener preguntas. Preguntas como: ¿Qué necesito hoy, de verdad? ¿Qué me duele más de lo que admito? ¿A qué le he sido leal incluso cuando me ha costado tanto? No te exijas respuestas inmediatas. Hay preguntas que no buscan solución, sino compañía. Preguntas que sólo quieren ser escuchadas sin prisa.

Seguir cuando no hay señales no te vuelve ingenuo(a). Te vuelve humano(a). Significa que, aun sin garantías, eliges no cerrarte al todo. Que aceptas que hoy no puedes más… pero tampoco te vas. Y si hoy lo único que puedes hacer es leer estas líneas, respirar hondo y seguir un día más, eso es suficiente. No para siempre. No para resolverlo todo. Sólo para hoy. Recuerda: lo que es hoy no significa que sea igual mañana. No estás fallando por sentirte así. No estás atrasado(a). No estás roto(a). Estás cansado(a). Y aun así, sigues. Y mientras sigas —aunque sea con pasos lentos, torpes, silenciosos— hay algo en ti que sigue diciendo que tu historia no se reduce a este momento. Aunque no sepas cómo ni cuándo, sigues dejando la puerta apenas entreabierta.
Aquí no hay fórmulas. No hay moralejas. Sólo esta certeza compartida: seguir, a veces, es la forma más humilde y más verdadera de esperanza. Y si hoy no puedes creer en el mañana, cree al menos esto: no estás solo(a) en este modo de seguir. Hay otros caminando igual, sin ruido, sin aplausos, sosteniéndose como pueden.
Hoy basta con no rendirse.
Mañana veremos. Aquí sigo contigo…
Te abrazo, con el alma abierta y el corazón dispuesto.
Héctor Chávez Pérez
