Dignidad en la intemperie

«El hombre, por mucho que haya descendido, exige instintivamente el respeto debido a su dignidad de hombre».

—Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

Hay libros que no se leen: se visitan. Se entra en ellos como se entra en una casa ajena en la que alguien acaba de llorar. Memorias de la casa muerta (1862) de Dostoievski, no te pide admiración; te pide presencia. Uno avanza por sus páginas y siente que la mirada se vuelve más lenta, más humilde, como si el texto te estuviera entrenando —con paciencia y severidad— para mirar a un ser humano incluso donde todo invita a no verlo. A mí me tocó por un punto muy preciso: la identidad cuando te la arrancan. No “identidad” como esa palabra ruidosa que hoy se usa para pelear, sino identidad como lo más sencillo y a la vez más frágil: el derecho a seguir siendo alguien cuando el mundo te reduce a una marca, a un expediente, a un “reprobó”, a un número, a un apodo cruel. Dostoievski escribe desde un presidio, sí, pero en el fondo escribe desde la pregunta que todavía nos persigue: ¿qué queda de mí cuando me ven sólo por lo peor?

Quizá por eso este libro le habla tan bien a nuestros lectores actuales. Vivimos en una época que etiqueta con rapidez: diagnósticos, condenas sociales, simplificaciones morales, identidades convertidas en hashtags. Y, como si el mundo tuviera prisa, se nos enseña a creer que una persona “es” su fallo, su síntoma, su error, su pecado. Dostoievski, en cambio, se obstina en lo contrario: te muestra el barro, la violencia, lo sórdido… y aun así insiste: ahí dentro, todavía hay alguien. Vamos a leerlo desde dos palabras que hoy parecen casi subversivas: dignidad e identidad. Y lo haremos con una intención íntima: no para juzgar a los presos, ni para romantizarlos, sino para rescatar una verdad humana que nos conviene recordar cuando se endurece el corazón. Que incluso el hombre degradado guarda una porción invencible de sí mismo.

El estigma: cuando te borran el nombre

El presidio, en Dostoievski, no es sólo un lugar: es una pedagogía de la reducción. Él describe un espacio donde se aprende a mirar al otro como cosa, como problema, como amenaza. Y de inmediato aparece algo que duele por su actualidad: la sociedad “secciona” al condenado, lo expulsa simbólicamente del cuerpo común y lo deja marcado para que la identidad quede fijada, para siempre, en una sola palabra: culpable. Dostoievski lo dice sin metáfora: “[…] eran miembros corrompidos de la sociedad que los seccionaba de su cuerpo después de haberlos marcado en la frente con el hierro candente… su oprobio” (Memorias de la casa muerta, 1861). Esa marca no es sólo una marca: es una sentencia sobre el ser. Y aquí quizá conviene detenernos con calma: ¿no ocurre algo parecido cuando una persona es reducida a su diagnóstico, a su pasado, a su “caso”, a su expediente? Cambia el hierro candente por la etiqueta moderna, pero el gesto profundo se parece: te conozco por tu estigma; lo demás me estorba. Hay una violencia fría en ese recorte. No porque el crimen no importe, sino porque el ser humano es más ancho que su peor acto.

Dostoievski no niega la culpa; lo que se niega es a que la culpa sea una definición ontológica. Por eso insiste en un punto que, leído hoy, suena casi como una ética: el penado sabe que está preso, sabe que hay distancia, sabe que su lugar social fue degradado… pero hay algo que no se deja borrar. “Ni el estigma, ni las cadenas, ni el presidio le harán olvidar que es hombre” (Memorias de la casa muerta, 1861). Y aquí se asoma, para mí, el núcleo íntimo del libro: la identidad, en su forma más desnuda, no es un discurso que uno pronuncia; es un resto que resiste. Uno puede perder todo —ropa, dignidad pública, reputación— y sin embargo seguir sintiendo por dentro: no soy una cosa. Eso es lo que el texto me susurra, y me gusta pensarlo así: en el fondo, Dostoievski no está narrando la cárcel; está defendiendo, con terquedad de santo y de pecador, que hay una parte del hombre que no se deja convertir en objeto.

“Acostumbrarse a todo”: la resistencia que también es peligro

Hay una frase famosa que suele citarse como si fuera una lección optimista. Pero en el libro suena más bien como un escalofrío: “El hombre es un animal indestructible… se podría también definir diciendo que es un animal que se acostumbra a todo” (Memorias de la casa muerta, 1861). ¿Qué significa “acostumbrarse”? A veces es resistencia. A veces es supervivencia. A veces es el milagro mínimo de no romperse. Pero otras veces es la tragedia: la capacidad de habituarse a lo inhumano. Dostoievski lo muestra en los detalles: el aire nauseabundo, el ruido de cadenas, la confusión de cuerpos rapados, la noche larga. No escribe para impresionarte; escribe para que entiendas algo más sutil: que el ser humano puede aprender a vivir en lo que no debería ser vivible. Y esa plasticidad es ambigua: salva, pero también envilece. Te mantiene con vida, pero puede ir apagando la conciencia de lo que merecías.

Por eso me parece tan actual. Hay gente que hoy “se acostumbra” al maltrato emocional, a relaciones rotas, a trabajos sin alma, a vidas sin descanso, a humillaciones cotidianas. Y el día que uno se acostumbra, empieza a dudar de su propio derecho a algo distinto. La identidad se adelgaza: ya no dices “yo soy”, sino “yo aguanto”. Dostoievski retrata ese riesgo desde la Siberia del siglo XIX, pero la frase cae como una piedra sobre el presente. Aquí encaja una lectura lúcida de Nietzsche, que —por una de esas ironías hermosas de la Historia— se sintió enseñado por Dostoievski. Nietzsche escribió: “Dostoievski, el único psicólogo, dicho sea de paso, que me ha enseñado algo” (El ocaso de los ídolos, 1889). Y cuando Nietzsche dice “psicólogo”, no habla de manuales: habla de alguien que vio el alma humana sin maquillaje, precisamente ahí donde el hombre se acostumbra, se deforma, se defiende… y aun así sigue siendo un misterio. Entonces, leamos esa frase famosa con respeto y temor. Sí: el hombre puede acostumbrarse a todo. Pero eso no nos tranquiliza; nos responsabiliza. Porque si el ser humano puede acostumbrarse a lo indigno, también puede olvidar su propia dignidad. Y a veces el primer acto de salvación es tan sencillo como esto: recordar que no deberíamos acostumbrarnos.

Incluso en el lugar donde intentan borrarte, algo en ti sigue diciendo: soy alguien.

Dignidad: el derecho a ser tratado como humano

Hay un pasaje que, para mí, podría ser el corazón moral de la obra. Dostoievski no predica; observa. Y en su observación suelta una verdad que debería estar escrita en la pared de todas las instituciones: “El hombre, por mucho que haya descendido, exige instintivamente el respeto debido a su dignidad de hombre… Es preciso, pues, tratarles humanamente” (Memorias de la casa muerta, 1861). Ese “instintivamente” me conmueve. Como si la dignidad no fuera un adorno cultural, sino un reclamo profundo de la condición humana. Aun el culpable, aun el degradado, aun el que ya perdió el honor ante los otros, guarda dentro un punto que pide ser reconocido. Y es ahí donde el libro se vuelve incómodo: porque nos obliga a preguntarnos qué hacemos nosotros con el otro cuando cae. Si lo tratamos como alguien o como basura. Dostoievski no idealiza a los presos. Él describe violencia, grosería, cinismo, crueldad. Pero distingue una cosa con precisión: la justicia no puede consistir en borrar lo humano. Hay castigo, sí. Hay responsabilidad, sí. Pero si el castigo se convierte en deshumanización, ya no corrige: embrutece. Y aquí el libro parece adelantarse a una intuición contemporánea: el hombre puede reintegrarse a la vida social sólo si, en algún punto, alguien le sostuvo la posibilidad de seguir siendo persona.

En psicoanálisis, cuando la identidad está herida, a veces lo primero no es interpretar: es reconocer. Reconocer que hay sujeto. Que hay alguien detrás del síntoma, detrás de la defensa, detrás del acto. El presidio, en el libro, sería el lugar donde el mundo grita lo contrario: “sí, eres tu delito”. Y Dostoievski, sin ingenuidad, sin moralismo barato, responde: “no: es hombre”. Albert Camus leyó a Dostoievski como quien lee un diagnóstico del siglo. En un pasaje atribuido a El hombre rebelde (1951), se cita esta frase: “Ahora se sabe que su profecía ha fracasado. Y descubrimos que el verdadero profeta era Dostoievski. Ha profetizado el reino de los grandes inquisidores y el triunfo del poder sobre la justicia” (El hombre rebelde, 1951). ¿Qué está diciendo Camus? Que Dostoievski vio lo que pasa cuando el poder se separa de la justicia y la persona se reduce a objeto: eso que hoy, de otras maneras, seguimos padeciendo.

El trabajo inútil y la identidad que se rompe por dentro

Hay un punto que me parece finísimo y profundamente actual: Dostoievski entiende que hay castigos que destruyen no por dolor físico, sino por vacío de sentido. En un pasaje brutal, afirma: “Si se condena al hombre… a realizar un trabajo con carácter de inutilidad perfecta… estoy persuadido de que se ahorcaría o cometería mil crímenes, prefiriendo la pena de muerte a tal envilecimiento, a tanta tortura” (Memorias de la casa muerta, 1861). Ese fragmento me da vueltas porque no habla sólo de la cárcel. Habla de la vida cuando se vuelve una repetición sin sentido. Y aquí, perdóname lo directo, pienso en cuánta gente vive hoy cargando “tinajas” invisibles: jornadas interminables, trámites absurdos, labores que no construyen nada, vidas que se sienten como un castigo administrativo. El sufrimiento no siempre viene de un golpe; a veces viene de la inutilidad. La identidad, en esos contextos, se erosiona en silencio. Ya no te preguntas quién eres, sino cuánto falta para terminar el día. Y cuando el día termina, no queda nada que te devuelva a ti mismo. Dostoievski entendió que eso es tortura, porque toca el centro de la persona: el sentido. Por eso, incluso si hablamos de dignidad, no hablamos sólo de “trato” externo; hablamos de lo que se hace con el tiempo humano, con la energía humana, con el deseo humano.

Y aquí vuelve lo íntimo: ¿qué nos sostiene cuando el sentido se apaga? A veces una frase. A veces un recuerdo. A veces una risa. Dostoievski, con una ternura inesperada, incluso deja caer una observación sobre la risa como signo moral: “Quizá me equivoque, pero tengo por seguro que se puede conocer a un hombre por su modo de reír… si la risa de un desconocido nos resulta simpática, podemos afirmar que aquel hombre es bueno” (Memorias de la casa muerta, 1861). En medio de la “casa muerta”, todavía hay chispas de humanidad que no se dejan enterrar. Me quedo con eso como una imagen cálida. Incluso en el lugar donde el sistema quiere fabricar sombras, aparece una risa “dulce y bondadosa” —y con ella, una prueba sencilla de identidad: aquí hay alguien capaz de bien. Dostoievski no te promete finales felices; te ofrece algo más serio: la posibilidad de mirar al otro sin cancelar su humanidad.

Reflexión final

Si hoy te pidiera —con cariño— que te quedes un minuto en silencio después de leer esto, te preguntaría algo muy simple: ¿A quién estás reduciendo tú, sin darte cuenta, a su peor etiqueta? ¿A quién le has negado el derecho a ser más que su error? ¿Y en qué parte de tu propia historia te han tratado como si fueras sólo “tu estigma”? Porque quizá la dignidad no se decide en grandes discursos, sino en gestos pequeños: en cómo miras, en cómo hablas, en cómo nombras. Dostoievski, desde una prisión, nos deja una tarea íntima: aprender a ver al ser humano donde el mundo ya no quiere verlo.

Y una última pregunta, la más personal: ¿qué parte de ti sigue viva —terca, silenciosa, invencible— incluso cuando te sientes degradado(a) o incomprendido(a)?

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