Querido(a) lector(a):
Sé que este no es un tema que quieras volver a tocar. Lo imagino: ya has cerrado la ventana, corrido las cortinas, apagado la luz… y aún así, el amor se cuela en forma de recuerdo o de vacío. Y no hay defensa que alcance. A veces no se deja de creer en el amor por rabia. Se deja de creer por pudor. Por cansancio. Porque algo en uno ya no quiere exponerse. Uno no renuncia al amor como quien arroja la toalla, sino como quien, tras mil intentos, deja de llamar a una puerta que nunca se abrió.
Y entonces viene ese silencio que no es paz, pero se le parece. Esa resignación que se instala como si fuera madurez, pero en realidad es tristeza contenida. Si estás ahí, si ese silencio se parece al tuyo, te escribo para que sepas que no estás tan solo(a) como crees.
Que no hay nada ridículo en haber amado de verdad. Ni en haber esperado. Ni siquiera en haberte roto.
Lo que duele no es el amor. Lo que duele es la ausencia de respuesta, las medias verdades, los gestos que prometen y no se quedan.
Lo que agota es haber dado lo mejor de ti y sentir que nadie lo supo ver. Pero quiero decirte algo con todo mi corazón: aunque ahora no lo parezca, eso que diste no fue en vano. Porque el amor —incluso el que no fue correspondido— humaniza. Nos vuelve más porosos, más lúcidos, más capaces de leer el alma ajena. Y eso no desaparece: se transforma. Se queda contigo. Te moldea. Y sí… quizá por ahora no quieras volver a creer. Y está bien. Pero no dejes que esa desilusión te haga desconfiar de ti mismo(a). El hecho de que el otro no supo amar no significa que tú no hayas amado bien. Eso te honra.
Recuerdo unas palabras que pronuncia el Conde de Montecristo (obra de Alexander Dumás) cuando un joven le pregunta qué hacer con su dolor: “Busque su árbol, siéntese bajo él y deje que la vida lo alcance.” Tal vez no necesites ahora a alguien que te ame. Tal vez lo que necesitas es encontrarte contigo(a) bajo ese árbol. No para olvidar, sino para recordarte quién eras antes del desencanto.
Para dejar que brote algo que no habías podido escuchar: tu propia ternura. Y si acaso un día vuelves a amar —de otra forma, desde otro lugar, con otra piel o incluso con otras palabras— que no sea por necesidad,
sino por libertad. Por alegría silenciosa.
Porque has sanado sin rencor. Porque ya no buscas un refugio, sino una presencia.
Y si no llega… si nunca llega eso que tanto anhelaste, aun así no viviste en vano. Como escribió el soñador en Noches blancas (de Dostoievski), después de perder a quien creyó amar para siempre: “Una noche de felicidad… ¿Acaso no es eso suficiente para toda una vida?” Quizá no fue eterno. Pero fue real.
Y en este mundo, eso ya es milagro. Con profundo respeto por tu historia, y con la esperanza intacta de que algún día vuelva a brotar la risa sin peso.

Atte.
Héctor Chávez Pérez

Increíble texto, gracias amigo!!
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Muchas gracias. Un fuerte abrazo.
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