Inseguridades: heridas que aprendieron a hablar

“Lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino”

—Carl Gustav Jung

Queridos(as) lectores(as):

Todos conocemos la palabra inseguridad, pero casi nadie se detiene a escuchar lo que realmente nombra. La usamos como una etiqueta ligera —“soy inseguro”, “me falta autoestima”, “no me siento suficiente”—, cuando en realidad estamos intentando decir algo mucho más delicado: que hay una parte de nosotros que aprendió a mirarse con sospecha. No es una falla moral ni una debilidad de carácter. Es una forma de memoria afectiva que sigue viva, aun cuando creemos haberla superado. Desde el psicoanálisis, la inseguridad no es un rasgo fijo de personalidad, sino una experiencia que se fue inscribiendo en el cuerpo y en la manera de sentir. No aparece porque sí: se construye en el encuentro con el otro, con la mirada que no sostuvo, con la palabra que no llegó, con el amor que fue ambiguo o condicional. Allí donde el deseo del otro fue incierto, el sujeto aprendió a dudar de su propio valor.

Vivimos en una cultura que nos exige mostrarnos seguros, decididos, autosuficientes, como si la fragilidad fuera un defecto y no una condición humana. Las redes sociales, el discurso motivacional y la obsesión por el rendimiento nos empujan a actuar una versión inflada de nosotros mismos, pero cuanto más se refuerza esa máscara, más se ahoga la herida que intenta decir algo verdadero. La inseguridad no desaparece cuando la tapamos: se vuelve más ruidosa. Por eso hoy no quiero invitarte a “superar” tus inseguridades, sino a comprenderlas. Porque cuando uno se atreve a escuchar de dónde vienen, dejan de ser una condena silenciosa y se transforman en una historia que puede ser elaborada. Y en ese punto, por primera vez, dejan de gobernar nuestras decisiones.

La inseguridad como eco del Otro

Sigmund Freud comprendió muy pronto que el yo no se construye en soledad, sino en relación. En Introducción al narcisismo (1914) explica que el amor propio del niño se forma a partir de la mirada de quienes lo cuidan: somos valiosos porque primero fuimos valiosos para alguien. Cuando ese espejo afectivo es consistente, el sujeto aprende a habitar el mundo con una base interna de confianza. Pero cuando ese espejo es inestable —cuando el amor se retira, se condiciona o se vuelve impredecible— el yo queda marcado por una pregunta que no se apaga: “¿soy suficiente para ser amado?”. Esa pregunta no suele expresarse en palabras; se encarna en actitudes, en comparaciones constantes, en miedo al rechazo, en la necesidad de agradar o de esconderse. La inseguridad es la voz de ese interrogante antiguo que sigue sin respuesta.

Melanie Klein, en Envidia y gratitud (1957), mostró cómo las primeras experiencias de cuidado organizan la forma en que el sujeto se relaciona consigo mismo y con los demás. Un bebé que no puede confiar plenamente en la disponibilidad del otro desarrolla un mundo interno atravesado por desconfianza y ansiedad. Esa huella temprana puede reaparecer décadas después bajo la forma de inseguridad crónica. Por eso muchas inseguridades adultas no tienen que ver con lo que realmente somos hoy, sino con lo que alguna vez temimos ser para alguien importante. No es que ahora no valgas; es que una parte de ti sigue viviendo como si todavía tuviera que ganarse el derecho a existir en el corazón del otro.

El impostor interior

Muchas personas viven con una sensación persistente de fraude, como si en cualquier momento alguien fuera a descubrir que no son tan capaces, tan interesantes o tan valiosas como aparentan. Aunque socialmente se le llame síndrome del impostor, en el fondo no se trata de un problema de competencia, sino de identidad. El sujeto no duda de lo que hace; duda de lo que es. Y esa duda suele ser devastadora, porque no se resuelve con logros ni con aplausos. Donald Winnicott explicó este fenómeno en El proceso de maduración en el niño (1965) al describir la formación del falso self. Cuando un niño no se siente recibido en su espontaneidad —cuando percibe que debe adaptarse para no perder el amor— aprende a fabricar una versión aceptable de sí mismo. Esa versión puede funcionar socialmente, pero por dentro queda una grieta: la sensación de que nadie ama al yo verdadero.

Desde ahí nace el impostor interior. No importa cuántos reconocimientos lleguen, porque siempre están dirigidos al personaje y no a la persona. Jacques Lacan lo formuló de modo contundente en Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964): el sujeto queda atrapado en el deseo del Otro, intentando ser lo que cree que debe ser para no ser rechazado. La inseguridad es el precio psíquico de esa actuación permanente. La película Black Swan/El cisne negro (Darren Aronofsky, 2010) es una metáfora brutal de este proceso. Nina no fracasa por falta de talento, sino por la imposibilidad de habitar su deseo sin culpa. Vive sometida a un ideal imposible, y cuanto más intenta cumplirlo, más se desmorona por dentro. La inseguridad no es carencia de capacidad; es ausencia de permiso para ser.

A veces no nos duele lo que somos, sino todo lo que aprendimos a callar para poder ser amados.

Inseguridad y amor: cuando el vínculo se vuelve prueba

La inseguridad encuentra su escenario más doloroso en el amor. No porque el otro sea necesariamente cruel, sino porque el vínculo íntimo reactiva las heridas más antiguas. Allí donde el apego fue frágil, el amor adulto suele vivirse como una amenaza: algo que puede perderse en cualquier momento. El sujeto no ama desde la presencia, sino desde el miedo. Erich Fromm advirtió en El arte de amar (1956) que muchas relaciones están atravesadas por una confusión radical entre amor y necesidad. Cuando alguien cree que sin el otro no existe, el vínculo deja de ser encuentro y se vuelve dependencia. La inseguridad no busca amar: busca no ser abandonada.

Esto se ve con crudeza en Blue Valentine (Derek Cianfrance, 2010), donde dos personas que se aman quedan atrapadas en reproches, celos y demandas imposibles. No porque no haya afecto, sino porque cada gesto del otro se vive como una prueba de valor propio. Cuando la inseguridad gobierna, el amor deja de ser refugio y se vuelve tribunal. Jessica Benjamin han mostrado en The Bonds of Love (1988) que el deseo de reconocimiento mutuo es central en toda relación. Cuando uno de los dos no se siente digno de ser reconocido, el vínculo se vuelve asimétrico y doloroso. La inseguridad no destruye el amor; lo convierte en campo de batalla.

Vergüenza: el corazón secreto de la inseguridad

Debajo de casi toda inseguridad hay vergüenza. No el pudor sano, sino la sensación profunda de que algo en uno está mal. Alice Miller lo describió con claridad en El drama del niño dotado (1979): muchos adultos brillantes cargan en secreto con la convicción de no haber sido amados por lo que realmente eran, sino por lo que supieron ofrecer. La vergüenza no se expresa en gritos, sino en silencios. Hace que la persona se esconda, se minimice, se excuse por existir. “No molestes”, “no pidas”, “no seas demasiado”. Así, la inseguridad no sólo duele: encoge la vida.

En El guardián entre el centeno (1951), J. D. Salinger muestra a Holden Caulfield como un joven irónico y desafiante, pero en el fondo devastado por una vergüenza que no sabe nombrar. Su inseguridad no es falta de carácter, sino exceso de herida. La vergüenza es una emoción social: nace cuando el sujeto siente que no es digno de pertenecer. Por eso la inseguridad no se cura con autoestima inflada, sino con experiencias reales de reconocimiento.

Curar no es volverse seguro, es volverse propio

El objetivo del psicoanálisis no es fabricar personas seguras en el sentido narcisista, sino sujetos más habitables para sí mismos. Freud escribió en El yo y el ello (1923) que el trabajo psíquico consiste en que “donde estaba el ello, advenga el yo”: que uno pueda apropiarse de su historia sin quedar esclavo de ella. Curarse de la inseguridad no significa dejar de dudar, sino dejar de odiarse por dudar. Significa reconocer que la herida existió, que fue real, que dolió, pero que ya no necesita dirigir cada decisión. La inseguridad deja de ser destino cuando se vuelve relato.

La película Good Will Hunting (Gus Van Sant, 1997) lo muestra con una claridad conmovedora: Will no es inseguro por falta de inteligencia, sino porque nadie le enseñó que merecía ser amado sin condiciones. Sólo cuando alguien insiste en decirle “no es tu culpa”, algo se afloja por dentro. No te vuelves digno cuando ya no tienes inseguridades. Te vuelves digno cuando te permites existir aun con ellas, sin convertirlas en juez de tu valor.

Reflexión final

Tal vez nunca te habías detenido a pensar que tu inseguridad no es un defecto, sino una memoria. Una memoria del amor que no llegó como lo necesitabas, de la mirada que se ausentó justo cuando estabas formando tu imagen de ti mismo(a), de la palabra que no dijo “eres suficiente” cuando más la necesitabas escuchar. No para hacerte fuerte, sino para hacerte existir. Quizá por eso te exiges tanto. Quizá por eso te comparas, te disculpas, dudas, te escondes o te vuelves duro(a) contigo. No porque seas débil, sino porque una parte tuya sigue intentando protegerse de un rechazo que ya pasó, pero que el cuerpo no ha olvidado. La inseguridad no es tu enemiga: es una historia que nunca fue contada del todo.

Y tal vez hoy, al leer esto, puedas empezar a mirarte con otros ojos. No con indulgencia vacía, sino con verdad. Reconocer de dónde viene tu miedo a no ser suficiente no te hace frágil; te vuelve más libre. Porque lo que se comprende deja de gobernar en silencio. Así que te dejo estas preguntas, no para que las respondas rápido, sino para que te acompañen con calma:

¿A quién sigues intentando demostrarle que mereces amor?

¿Desde cuándo te miras como si tuvieras que ganarte el derecho a existir?

¿Y qué pasaría si, por primera vez, te permitieras habitarte sin pedir permiso?

—————————————-

Si este texto resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejarme un comentario, a escribirme por Contacto si algo se movió por dentro, y a acompañarme también en Instagram: @hchp1. A veces, una sola palabra compartida puede ser el comienzo de una forma más amable de estar en el mundo.

Optimismo tóxico: el lenguaje enfermo

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

—Ludwig Wittgenstein

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en una época que presume una sensibilidad inédita hacia la salud mental, pero que paradójicamente tolera cada vez menos el malestar humano. Basta observar el lenguaje cotidiano para notarlo: estar triste se vuelve sospechoso, callar se interpreta como alarma y estar solo aparece casi automáticamente como un problema a resolver. Bajo la apariencia de cuidado, se ha instalado una exigencia silenciosa: estar bien, funcionar, mantenerse positivo. A este fenómeno se le suele llamar “positividad tóxica”. Yo prefiero nombrarlo optimismo tóxico, porque no estamos ante una actitud espontánea de esperanza, sino ante una norma emocional que opera como mandato. No se trata de acompañar al sujeto en su sufrimiento, sino de corregirlo; no de escuchar lo que duele, sino de neutralizarlo rápidamente con frases, técnicas o consignas.

Lo que propongo en esta entrada es una tesis concreta: el éxito cultural del optimismo tóxico se apoya en una transformación profunda del lenguaje. No solo cambió lo que sentimos, sino cómo nombramos lo que sentimos. Y cuando las palabras cambian de sentido, la experiencia subjetiva también se transforma. Desde la filosofía del lenguaje y el psicoanálisis, esto no es un detalle menor. El lenguaje no es un simple medio de expresión; es la estructura misma a partir de la cual el sujeto se piensa, se interpreta y se juzga. Cuando el lenguaje enferma, el sujeto queda sin palabras para habitar lo que le pasa, y eso tiene consecuencias psíquicas profundas.

El lenguaje no describe la realidad: la produce

Solemos creer que primero vivimos las cosas y luego buscamos palabras para explicarlas, como si el lenguaje llegara siempre después de la experiencia. Sin embargo, buena parte de la filosofía del siglo XX mostró que esta secuencia es engañosa: no sólo nombramos lo que vivimos, sino que vivimos según las palabras que tenemos disponibles. Cuando una cultura empobrece o distorsiona su lenguaje, no silencia la experiencia humana, pero sí la vuelve confusa, culpable o ilegítima. Ludwig Wittgenstein llegó a esta conclusión tras abandonar la idea de que el lenguaje fuera un simple reflejo lógico del mundo. En Investigaciones filosóficas (1953), al sostener que “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje” (parágrafo 43), no estaba haciendo una observación técnica, sino señalando que las palabras adquieren sentido dentro de formas de vida concretas. Dicho de otro modo: si el uso cultural de términos como soledad o silencio se transforma, también se transforma la manera en que esas experiencias son vividas por el sujeto.

Esta dimensión estructurante del lenguaje encuentra una formulación aún más radical en el psicoanálisis lacaniano. Cuando Jacques Lacan afirma en El Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, no propone una metáfora elegante, sino una tesis clínica precisa: el sujeto queda capturado en la red de significantes que su cultura pone a su disposición. No sufrimos sólo por lo que ocurre, sino por cómo eso que ocurre puede —o no— decirse. Desde aquí se entiende por qué el malestar contemporáneo no proviene únicamente del dolor, sino del juicio que el lenguaje ejerce sobre él. Cuando una cultura convierte el silencio en sospecha o la soledad en déficit, el sujeto no deja de callar ni de estar solo; lo que pierde es el derecho a hacerlo sin sentirse defectuoso. Y es precisamente en ese punto donde el optimismo tóxico se presenta como respuesta: no para comprender el sufrimiento, sino para silenciarlo con un lenguaje que ya no sabe alojarlo.

Cuando las palabras se vuelven sospechosas

Hay un fenómeno que atraviesa silenciosamente nuestra época: ciertas palabras han dejado de nombrar experiencias para empezar a señalar fallas. No se trata sólo de un cambio de sensibilidad, sino de una mutación semántica. Decir “estoy solo” ya no describe una situación; parece activar una alarma. Decir “necesito silencio” ya no expresa una necesidad; suena a retraimiento problemático. El lenguaje, en lugar de abrir sentido, empieza a cerrar posibilidades de existencia. Desde la lingüística y la filosofía del lenguaje, esto puede leerse a la luz de Émile Benveniste, quien mostró que el lenguaje no es sólo un sistema de signos, sino el lugar donde el sujeto se constituye. En Problemas de lingüística general (1966), al afirmar que “es en y por el lenguaje como el hombre se constituye como sujeto”, Benveniste subraya que no hay experiencia humana previa a la enunciación. Si esto es así, cuando una cultura vuelve sospechosas ciertas palabras, no sólo limita lo que se puede decir, sino lo que se puede ser.

Esta sospecha semántica no actúa de forma explícita, sino insinuada. No se prohíbe estar solo; se sugiere que algo anda mal si lo estás. No se censura el silencio; se lo rodea de discursos que lo asocian con vacío, desconexión o riesgo. El lenguaje opera aquí como un corrector moral: no castiga, pero incomoda. El sujeto aprende rápidamente que ciertas palabras conviene evitarlas si no quiere ser mirado con preocupación, condescendencia o urgencia terapéutica. Desde el psicoanálisis, esta operación tiene consecuencias claras. Cuando una experiencia no encuentra palabras legítimas para decirse, retorna como síntoma. Jacques Lacan lo formuló con precisión en El Seminario X: La angustia (1962-1963), al señalar que la angustia emerge allí donde el significante falla, allí donde el sujeto no puede inscribirse simbólicamente. Si el lenguaje cultural invalida experiencias como la soledad o el silencio, el sujeto no deja de vivirlas; lo que ocurre es que las vive sin amparo simbólico, y eso intensifica el malestar en lugar de aliviarlo.

Lenguaje, poder y la normalidad emocional

Este desplazamiento semántico no ocurre en el vacío. Michel Foucault mostró que el poder moderno no se ejerce sólo mediante la prohibición, sino a través de la producción de discursos que definen lo normal y lo anormal. En Microfísica del poder (1977), al analizar cómo el saber y el poder se entrelazan, Foucault explica que los discursos no describen simplemente la realidad social: la organizan, la jerarquizan y la administran. Aplicado al campo emocional, esto implica que ciertas formas de sentir se vuelven legítimas y otras sospechosas. No se persigue la tristeza, pero se la medicaliza. No se prohíbe el silencio, pero se lo interpreta como síntoma. Así, el lenguaje del bienestar establece una normalidad afectiva donde estar mal está mal, y donde cualquier desviación debe ser rápidamente corregida.

Paul Ricoeur advirtió que el sentido nunca es neutro. En Del texto a la acción (1986), al señalar que “la interpretación es siempre una mediación entre el lenguaje y la vida”, Ricoeur muestra que cómo interpretamos una experiencia determina cómo la vivimos. Cuando el discurso dominante interpreta el malestar como error, el sujeto termina interpretándose a sí mismo como problema. Desde el psicoanálisis, esta normalización produce un efecto clínico reconocible: la culpa de no estar bien. En El Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis (1969-1970), Lacan describe el discurso del amo moderno como aquel que exige rendimiento, adaptación y goce regulado. El optimismo tóxico encaja perfectamente aquí: no prohíbe el sufrimiento, pero exige que no dure, que no incomode, que no detenga.

No todo el que sonríe se salva; a veces el pulgar arriba es solo la última forma aceptable de pedir ayuda.

El círculo del optimismo tóxico

El funcionamiento del optimismo tóxico puede describirse como un círculo cerrado. Primero, el lenguaje desvaloriza ciertas experiencias humanas básicas. Luego, esas experiencias se viven como fallas personales. Finalmente, se ofrece una solución emocional prefabricada: actitud positiva, gratitud constante, resiliencia sin pausa. El problema no es la esperanza, sino la obligación de sostenerla incluso cuando no hay palabras para hacerlo. Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno desde la filosofía contemporánea. En La sociedad del cansancio (2010), al afirmar que “la violencia de la positividad no excluye, sino que satura”, Han muestra cómo el exceso de estímulo positivo termina agotando al sujeto. No hay espacio para detenerse, para callar, para elaborar; solo para seguir funcionando.

Desde la clínica psicoanalítica, esto produce un efecto paradójico: cuanto más se exige estar bien, más se intensifica el malestar. El sujeto ya no sufre sólo por lo que le pasa, sino por no poder cumplir con la expectativa de estar bien. El optimismo, en lugar de aliviar, se vuelve una fuente adicional de angustia. Aquí, Lacan resulta nuevamente esclarecedor. En El Seminario XI, al distinguir entre el deseo y el mandato, advierte que cuando el deseo es reemplazado por la obligación de gozar, el sujeto se desubjetiviza. El optimismo tóxico no acompaña el deseo; lo suplanta con consigna. Y allí donde hay consigna, ya no hay escucha.

Rehabilitar el silencio y la soledad

Defender el silencio y la soledad no es romantizar el sufrimiento ni negar la importancia del acompañamiento. Es recordar algo elemental: hay experiencias que no son patologías, sino condiciones de interioridad. El silencio no es ausencia de sentido; muchas veces es el espacio donde el sentido se gesta. La soledad no es siempre abandono; puede ser recogimiento, elaboración, descanso del ruido. El problema no es atravesar estas experiencias, sino haber perdido el lenguaje para habitarlas sin culpa. Cuando todo debe ser dicho inmediatamente, compartido, optimizado o corregido, el sujeto pierde el derecho a la pausa. Y sin pausa, no hay pensamiento; sin pensamiento, no hay elaboración; sin elaboración, el dolor se cronifica.

Desde el psicoanálisis, acompañar no significa eliminar el silencio, sino sostenerlo. Lacan insistía en que el analista no debe apresurar el sentido, porque allí donde el sentido se impone, el sujeto se borra. El silencio, lejos de ser un enemigo, puede ser un aliado del trabajo psíquico. Rehabilitar estas palabras —silencio, soledad, tristeza— no implica negar el sufrimiento, sino devolverle dignidad simbólica. Nombrarlas sin miedo es el primer gesto para que dejen de volverse contra el sujeto.

Reflexión final

Quizá una de las formas más sutiles de violencia contemporánea no sea el dolor en sí, sino la prohibición de nombrarlo sin vergüenza. Cuando el lenguaje ya no permite decir “estoy cansado”, “estoy triste”, “necesito callar”, algo profundamente humano se rompe. Tal vez no necesitamos más optimismo. Tal vez necesitamos un lenguaje más honesto, capaz de alojar la fragilidad sin convertirla en error.

¿Qué palabras de tu vida han sido injustamente condenadas? ¿A cuáles les has tenido miedo sólo porque te dijeron que no debías sentirlas?

———————————–

Si este texto te resonó, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a compartirlo con alguien que lo necesite y a dejar tus reflexiones en los comentarios. Puedes escribirme también desde la sección Contacto y acompañar este espacio en Instagram: @hchp1.

Martín Fierro o la dignidad del que sobra

«El ser gaucho es un delito»

—José Hernández

Queridos(as) lectores(as):

Cuando yo era niño, mi mamá me leía Martín Fierro (1872) con una paciencia que hoy entiendo mejor. No lo leía “para que yo aprendiera literatura”, ni para que me volviera solemne, ni para presumir cultura: lo leía como se acompaña a alguien a cruzar un campo grande, de noche, con una linterna chiquita pero fiel. Y lo más importante es esto: ella no suavizaba el texto, pero sí me suavizaba a mí el mundo. Me enseñaba que una obra dura puede leerse desde un lugar tierno, y que esa ternura no es ingenuidad: es fuerza.

Con los años, a Martín Fierro lo vi reducido a dos o tres frases sueltas, a una especie de “manual de citas” que se repite sin respiración. Y sin embargo, si uno lo escucha de verdad, lo que aparece es otra cosa: una historia de expulsión, de intemperie, de humillación legalizada, de desarraigo, y también de una dignidad que no es épica ni decorativa, sino la dignidad mínima del que no quiere dejarse convertir en animal domesticado por el abuso. Hoy, en esta entrada, quiero hacer contigo lo que mi mamá hacía conmigo: acompañarte. No imponerte el libro como deber, sino ofrecerlo como conversación. Daniel Pennac, escritor y profesor francés, lo dijo con una claridad deliciosa: “El verbo leer no tolera el imperativo” (Como una novela, 1992). Ese será nuestro tono: sin látigo, sin pose, sin superioridad. Solo un texto grande mirado de frente, con cuidado.

La expulsión: cuando la ley empuja

Hay un punto en Martín Fierro donde la frase deja de ser literatura y se vuelve diagnóstico social: “Él anda siempre juyendo, / siempre pobre y perseguido, / no tiene cueva ni nido / como si juera maldito… / …el ser gaucho es un delito» (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es una metáfora bonita: es el retrato de alguien a quien el sistema ya decidió tratar como culpable antes de que haga nada. No se lo juzga por un acto: se le juzga por ser quien es. Cuando mi mamá me leía esa parte, no me decía “mira qué injusto el Estado” con un discurso grande. Me decía cosas simples, casi domésticas: “Fíjate: lo persiguen aunque no haya hecho nada. A veces, negrito, a la gente la castigan por existir». Y esa frase —dicha en voz bajita— me enseñó más sobre el dolor social que muchas clases. Porque la ternura, cuando es verdadera, no es ceguera: es una manera de mirar sin volverse cruel.

Fierro cuenta su historia desde un lugar que duele: “Ninguno me hable de penas, / porque yo penando vivo…” (El gaucho Martín Fierro, 1872). Es el tipo de verso que uno entiende distinto según la edad. De chico, yo lo oía como lamento. De grande, lo oigo como algo más serio: una advertencia. Hay sufrimientos que no son “un mal día”, sino un modo de vivir. Y cuando eso pasa, el mundo se llena de gente que opina desde afuera con una ligereza insoportable. Quizá por eso este libro incomoda: porque no es folklore simpático, sino un espejo. Un espejo que nos pregunta —sin pedir permiso— cuántas veces hemos visto a alguien quedar fuera (del trabajo, de la familia, del respeto, de la escucha) y hemos dicho: “seguro algo hizo”. Fierro muestra cómo la expulsión se vuelve costumbre, y cómo la costumbre se disfraza de normalidad. Y esa, me parece, es una de las violencias más finas: cuando lo injusto ya ni siquiera sorprende.

Desarraigo: no tener dónde caer vivo

El desarraigo en Martín Fierro no es postal romántica de “vida libre”: es intemperie real. “No tiene cueva ni nido”, dice el poema (El gaucho Martín Fierro, 1872). Y ahí hay una verdad psíquica brutal: cuando alguien no tiene lugar, empieza a dudar de su derecho a existir. No se trata sólo de techo; se trata de pertenencia. De la sensación íntima de que hay un sitio para uno en el mundo. Mi mamá, cuando leía esas estrofas, bajaba un poco la voz. Como si el texto mismo pidiera más cuidado. Y yo, sin saberlo, aprendía una lección de vida: que hay dolores que no se arreglan con frases motivacionales, y que acompañar a alguien no significa resolverle todo, sino no abandonarlo en la intemperie de su propia historia.

Fierro, además, muestra que el desarraigo tiene una segunda herida: la de la mirada ajena. El que vive “rumbiando para otro pago” no sólo está lejos; también está bajo sospecha. Y eso se parece más de lo que creemos a lo que muchas personas viven hoy: el que “no encaja” es rápidamente etiquetado; el que no tiene red es leído como amenaza; el que no tiene palabras elegantes es tratado como inferior. No es poesía vieja: es presente con otro disfraz. Michèle Petit, antropóloga e investigadora francesa de la lectura, habla de algo que me encanta porque nombra con precisión lo que mi mamá hacía sin teorizarlo: la cultura —y especialmente la lectura— puede ayudar a “construir, paso a paso, un mundo habitable” (Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, 2015). Eso, exactamente eso, era su lectura: una forma de volver habitable lo que podía asustar, entristecer o confundir.

«Los hermanos sean unidos,
porque ésa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea».
—José Hernández

La dignidad del que sobra

Hay una dignidad que no grita. No es la dignidad del héroe, sino la dignidad del que no quiere ser reducido. Martín Fierro tiene versos donde el canto aparece como refugio: “Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela… / …como la ave solitaria / con el cantar se consuela” (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es “cantar por alegría”: es cantar para no quebrarse. Para no dejar que el dolor sea lo único que hable. Y aquí aparece algo que a mí me parece central: el canto de Fierro no es un adorno estético; es una manera de sostener la identidad cuando todo alrededor quiere disolverla. Cuando te persiguen, cuando te nombran “vago”, cuando te tratan como delito, la dignidad consiste, a veces, en lo mínimo: seguir hablando con tu voz, no con la voz que te impusieron.

Mi mamá me enseñó esa dignidad sin decir la palabra “dignidad”. Me decía: “Mira: él canta. No para lucirse. Canta para no perderse”. Y yo veía —sin entender del todo— que hay resistencias que no se ven en pancartas: están en la forma en que alguien se niega a convertirse en lo que el abuso espera. Se niega a ser puro resentimiento. Se niega a ser puro silencio. Es el Fierro que nos incomoda porque nos muestra al “sobrante” —al que no encaja, al que estorba, al que nadie presume invitar— y nos pregunta qué hacemos con él: ¿lo escuchamos?, ¿lo etiquetamos?, ¿lo usamos para un discurso?, ¿o lo dejamos solo en su desierto?

La voz que acompaña: de mi madre a esta página

Hay algo que quiero decirte con claridad: esta entrada no es sólo sobre un libro; es sobre una experiencia. La experiencia de ser acompañado por una voz amorosa mientras uno escucha un texto áspero. Esa fue mi infancia con Martín Fierro. Yo recibí un poema duro de manos de una mujer que lo volvía respirable sin quitarle verdad. Y eso, con el tiempo, se convirtió en una forma de mirar la vida: la verdad no necesita crueldad para ser verdad. Pennac tiene razón: leer no se ordena. Y sin embargo, sí se contagia. Se contagia cuando alguien lee cerca de ti sin humillarte. Se contagia cuando alguien te deja preguntar sin burlarse. Se contagia cuando alguien te enseña que un libro no es un examen, sino una compañía. Mi mamá hizo eso conmigo, y yo le tengo un cariño enorme a esa imagen: ella leyendo, yo escuchando, y el mundo —por un rato— un poco menos caótico.

Ahora me toca a mí ocupar ese lugar, pero de otro modo: no como “maestro” ni como “dueño” del texto, sino como quien se sienta al lado del lector y le dice «vamos a leer juntos«. Vamos a entrar sin prisa. Vamos a notar lo que duele. Vamos a rescatar lo que es digno. Y si algo en este poema te toca una herida —porque es probable— entonces que esta lectura no sea otra intemperie, sino un espacio donde la herida tenga lenguaje. Y aquí cierro con una imagen sencilla: si Martín Fierro es una pampa grande, no quiero soltarte ahí con un “léelo, te hará bien”. Quiero hacer lo que mi mamá hacía: caminar a tu lado, señalar lo importante, y recordarte que incluso en los textos más duros hay algo que se salva cuando alguien acompaña. Quizá, al final, de eso se trate también la vida: de no dejar que el otro atraviese sólo lo que ya es bastante difícil.

Reflexión final

¿A quién tuviste tú que te leyera el mundo cuando eras pequeño(a)? ¿Quién te explicó con paciencia lo que no entendías, sin hacerte sentir menos? ¿En qué parte de tu vida te has sentido “sobrante”, como si tu sola existencia estorbara? ¿Y a quién podrías acompañar tú hoy —aunque sea con una conversación, una presencia, una lectura compartida— para que su mundo sea un poco más habitable?

————————————

Si te gustó esta entrada, te invito a seguir leyendo en Crónicas del Diván, a dejarme un comentario, a escribirme desde la pestaña de “Contacto” y a seguirme en Instagram @hchp1.

No es otro año: eres tú

“El mayor descubrimiento de mi generación es que un ser humano puede alterar su vida al alterar su actitud mental” .

—William James

Queridos(as) lectores(as):

Cada inicio de año viene acompañado de una promesa tácita: ahora sí. Ahora sí cambiaré, ahora sí me sentiré distinto(a), ahora sí dejaré atrás lo que pesa. Sin embargo, enero suele convertirse en una repetición más elegante de diciembre. Cambia la fecha, cambian las metas escritas en una libreta nueva, pero el modo de estar en la vida permanece intacto. Tal vez por eso tantos comienzos terminan en frustración. No porque falte voluntad, sino porque el problema nunca estuvo en el calendario. Estuvo —y sigue estando— en aquello que no se ha querido mirar. Arrastramos historias no pensadas, decisiones no elaboradas, duelos inconclusos, y esperamos que el tiempo haga lo que sólo el trabajo interior puede lograr.

Esta entrada no es una invitación amable ni un mensaje motivacional. Es una provocación. Porque hay años que no fracasan por mala suerte, sino por exceso de repetición. Y repetir no es vivir: es sobrevivir con variaciones mínimas. Quizá este no sea el año de empezar de cero. Quizá sea el año de empezar a mirarte, empezar a escucharte.

El pasado no se va: se infiltra

Hay una fantasía —una mentira— muy extendida: creer que el pasado queda atrás sólo porque ya no se habla de él. Pero lo no dicho no desaparece; se transforma en síntoma, en carácter, en destino repetido. El pasado que no se piensa vuelve, no como recuerdo, sino como forma de vivir. Sigmund Freud lo formuló con una claridad incómoda cuando escribió: “Aquello que no se recuerda, se repite” (Más allá del principio del placer, 1920). No se trata de nostalgia ni de trauma espectacular, sino de pequeñas escenas que se reeditan sin que el sujeto lo advierta: los mismos conflictos, los mismos fracasos, los mismos vínculos que prometían algo distinto y terminan igual.

Por eso el tiempo, por sí sólo, no cura. El tiempo encubre, sedimenta, endurece. Los años pasan y el malestar se vuelve más silencioso, más sofisticado, más difícil de nombrar. Uno ya no se queja: se resigna. Y esa resignación suele confundirse con madurez. Analizarse no es quedarse atrapado en el pasado. Es liberarse de él. No para borrarlo, sino para que deje de decidir por nosotros.

“Conócete a ti mismo”: no era un consejo amable

La famosa inscripción del Templo de Delfos suele citarse como una frase inspiradora, pero su sentido original era todo menos complaciente. “Conócete a ti mismo” no invitaba al bienestar, sino a la medida, al límite, a la conciencia de la propia fragilidad. Platón pone en boca de Sócrates una idea decisiva: “La vida no examinada no merece ser vivida” (Apología de Sócrates, ca. 399 a. C.). No porque toda vida deba ser analítica, sino porque vivir sin preguntarse es vivir a merced de fuerzas desconocidas. El que no se interroga se convierte en extranjero de sí mismo.

El psicoanálisis recoge esa exigencia antigua: no promete respuestas rápidas ni soluciones mágicas, sino algo más inquietante, hacerse cargo de la propia verdad. No la verdad ideal, no la que quisiéramos contar, sino la que se filtra en los actos, en los lapsus, en lo que se repite sin permiso. Conocerse no es gustarse. A veces es tolerarse. Y otras veces, aceptar que no todo en uno es tan noble como se pensaba.

El tiempo pasa, pero si no te analizas, quien no cambia eres tú.

El cuidado de sí: una ética, no una técnica

En la actualidad, el cuidado personal suele reducirse a hábitos, rutinas o consumo de bienestar. Pero en su sentido profundo, el cuidado de sí es una posición ética frente a la propia existencia. Michel Foucault lo explicó con precisión al señalar: “El cuidado de sí es una práctica social que implica una transformación del sujeto” (Hermenéutica del sujeto, 2001). No se trata de sentirse mejor, sino de vivir con mayor verdad. El psicoanálisis no busca fabricar sujetos funcionales ni adaptados a cualquier precio. Busca sujetos que no se traicionen sistemáticamente sin saberlo.

Por eso analizarse no es delegar el malestar ni pedir instrucciones. Es aceptar que hay zonas opacas, contradicciones, deseos incómodos, y que ignorar eso tiene un costo. Un costo que suele pagarse con el cuerpo, con los vínculos o con la sensación persistente de vacío. Cuidarse no es consentirse. A veces es enfrentarse.

¿Por qué empezar ahora?

Porque esperar “el momento adecuado” suele ser otra forma de postergar. Porque los años no hacen el trabajo que uno evita. Porque seguir igual también es una elección, aunque se viva como destino. Albert Camus escribió: “El verdadero problema filosófico es el suicidio” (El mito de Sísifo, 1942). No en el sentido literal únicamente, sino como pregunta por si la vida merece ser vivida tal como está. El psicoanálisis aparece ahí: como un acto de rebelión íntima contra una existencia automática.

Empezar un análisis no es señal de debilidad, sino de responsabilidad. Es decir: no quiero vivir sin entender qué me mueve, qué me detiene, qué me habita. No quiero que este año sea sólo otro intento fallido de cambiar sin cambiar nada. Tal vez este año no te transforme por completo. Pero puede ser el año en que dejaste de mentirte.

Reflexión final

No todos los años son para lograr cosas. Algunos son para comprender. Y comprender, aunque no luzca en redes ni se celebre con aplausos, cambia la vida desde adentro. La pregunta no es qué esperas de este año. La pregunta es: ¿qué sigues evitando mirar en ti?

—————————————-

Si este texto te incomodó, quizá esté funcionando. Te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tu comentario y a escribirme desde Contacto si sientes que algo de esto te concierne. Incluso, si quieres empezar tu proceso de análisis, escríbeme con confianza, no importa si no eres de México.

A veces, el verdadero comienzo no es un propósito nuevo, sino una decisión honesta.

Nos seguimos leyendo también en Instagram: @hchp1.

Las mesas en diciembre

“El recuerdo es la única forma de encuentro con lo que ya no está».

—Alejandra Pizarnik

Gracias, (zarina) Patricia…

Queridos(as) lectores(as):

En estas fiestas decembrinas —la Navidad, por ejemplo— algo se mueve silenciosamente en la vida interior de las personas. No siempre se nota a simple vista. A veces aparece como nostalgia, otras como cansancio, otras como una alegría inesperada, y muchas más como un nudo difícil de nombrar. Diciembre no crea lo que sentimos: lo revela. Pone sobre la mesa —literal y simbólicamente— aquello que el resto del año suele quedar en segundo plano. Las fechas no operan sólo como celebración social, sino como reactivadores de memoria.

El pasado no vuelve como recuerdo neutro, sino como afecto. La poeta argentina, Alejandra Pizarnik, lo comprendió con crudeza cuando escribió que el recuerdo no es una presencia amable, sino una forma de encuentro con lo ausente, una manera de habitar aquello que ya no está: “El recuerdo no es una presencia, sino una forma de encuentro con lo ausente; no consuela, pero insiste” (Diarios, 1954–1971). Quizá por eso estas fechas incomodan tanto a algunos: no por lo que ocurre afuera, sino por lo que regresa adentro.

La mesa como escena psíquica

La mesa navideña no es sólo un mueble ni una tradición familiar. Es una escena psíquica. Un espacio donde se distribuyen lugares, roles, silencios y miradas. Quién se sienta dónde, quién falta, quién ocupa un lugar nuevo, quién observa desde fuera o guarda silencio. Desde una lectura psicoanalítica, la mesa funciona como una puesta en acto del lazo. Cada quien llega con su historia, con su manera de amar, con sus duelos abiertos o cerrados a medias. Nadie se sienta igual dos años seguidos, aunque la disposición sea idéntica. El inconsciente también se sienta a la mesa, aunque nadie lo haya invitado.

Sigmund Freud advirtió tempranamente que la vida psíquica no obedece al olvido voluntario. Explicó que aquello que creemos superado no desaparece, sino que queda a la espera de una ocasión propicia para retornar: “Las huellas mnémicas de las experiencias no se pierden; lo que llamamos olvido no es más que una inaccesibilidad momentánea, y bajo determinadas condiciones lo reprimido retorna con una fuerza que sorprende al propio sujeto” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Por eso, para algunos, estas fechas son profundamente gozosas; para otros, inquietantes. No porque haya algo defectuoso en ellos, sino porque la escena toca fibras que no siempre están listas para celebrarse.

Cuando la Navidad deja de ser postal

La literatura ha sabido decir esto con una claridad que a veces supera a los discursos psicológicos. Basta pensar en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens. Lejos de ser una historia edulcorada, es un relato sobre la soledad, la memoria y la responsabilidad frente a la propia vida. El momento decisivo del texto no es la fiesta, sino la confrontación. Cuando Scrooge decide cambiar, no lo hace por una emoción pasajera, sino porque ha sido obligado a mirar su historia completa. Dickens lo expresa con una frase extensa y significativa, que no suele citarse entera, pero que da verdadero contexto a la transformación: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los espíritus de los tres estarán siempre dentro de mí, y no rechazaré las lecciones que me enseñen”.

No hay aquí magia fácil: hay memoria, responsabilidad y decisión. Dickens entendió que la Navidad no redime por sí misma; obliga a mirar. Algo semejante ocurre en los relatos de Antón Chéjov, quien sostenía que la literatura debía mostrar la complejidad humana sin consuelo forzado. En una de sus cartas afirmó que el trabajo del escritor no consiste en tranquilizar, sino en revelar: “El artista no debe resolver los problemas que plantea, sino presentarlos de tal modo que el lector los vea en toda su profundidad y contradicción” (Cartas, 1895). Las celebraciones, como la buena literatura, no tapan la verdad: la exponen.

Nostalgia: exceso de memoria, no debilidad

En consulta, no es raro escuchar en estas fechas frases como: “No sé por qué estoy así, si debería estar contento(a)”. La nostalgia suele confundirse con fragilidad, cuando en realidad es exceso de memoria. No es querer volver atrás, sino intentar darle sentido a lo perdido. Freud explicó el trabajo del duelo con una precisión que sigue siendo vigente. En Duelo y melancolía (1917), señaló que el dolor no consiste sólo en la pérdida, sino en el arduo proceso psíquico de soltar aquello a lo que se estaba ligado: “La realidad exige que la libido retire su adhesión a todos y cada uno de los recuerdos y expectativas ligadas al objeto perdido. Esta exigencia es resistida, pero finalmente se impone, y con ello el yo queda libre nuevamente”.

Ese proceso no sigue el calendario. Sin embargo, diciembre, con sus rituales repetidos, reactiva escenas, voces, ausencias. No trae sólo imágenes: trae afectos. Y el afecto, cuando no encuentra palabra, pesa. No todos lloran por tristeza. Muchos lloran porque recuerdan. Y recordar, a veces, duele más que olvidar.

Muchas veces, estamos sentados en la misma mesa, sin estarlo como todos creen… y está bien.

La exigencia de estar bien

Uno de los grandes malestares contemporáneos es la exigencia de felicidad. Incluso en fechas donde el dolor se vuelve más visible, pareciera que hay que cumplir con una consigna: estar bien, agradecer, sonreír. Donald Winnicott criticó esta lógica desde la clínica cuando advirtió que el cuidado verdadero no consiste en imponer estados ideales, sino en sostener la experiencia real del sujeto. Escribió: “La función del entorno no es producir perfección, sino ofrecer un sostén suficientemente bueno que permita al individuo existir sin la presión de adaptarse prematuramente” (The Child, the Family, and the Outside World, 1964).

Hay personas que atraviesan estas fiestas trabajando, cuidando a alguien enfermo, sosteniendo duelos recientes o antiguos. No necesitan frases luminosas ni optimismo impuesto. Necesitan permiso para no estar bien. Eso no es debilidad. Es humanidad.

Mirar más allá de lo propio

Quizá el problema no es que estas festividades sean distintas para cada quien, sino que nos cuesta permitirlo. Nos cuesta aceptar que el otro no siente como yo, que no celebra igual, que no puede —o no quiere— vivirlo del mismo modo. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia ética con radicalidad al afirmar que el encuentro con el otro no es cómodo ni neutro, sino descentrador: “El rostro del otro me saca de mi tranquilidad, me despoja de mi soberanía y me obliga a responder; no me permite encerrarme en mí mismo” (Totalidad e infinito, 1961).

Tal vez estas fechas sean una oportunidad —difícil, pero real— para ese gesto: escuchar sin corregir, acompañar sin minimizar, estar sin exigir alegría. A veces, la ética no consiste en decir algo brillante, sino simplemente en quedarse.

Reflexión final

Para muchos, estas festividades son realmente hermosas: reunión, risas, mesas llenas, recuerdos buenos. Para otros, no tanto. Y eso también está bien. No todos llegan a diciembre desde el mismo lugar ni con la misma historia. Quizá el verdadero gesto humano de estas fechas no sea exigir alegría, sino atrevernos a compartir lo que sentimos y darnos la oportunidad de ver más allá de lo nuestro. A veces, eso basta. No para borrar el dolor, pero sí para que pese menos. No para llenar la mesa, pero sí para que nadie se sienta completamente sólo frente a ella.

¿Desde dónde estás viviendo estas fiestas? ¿Qué lugar ocupas hoy en la mesa? ¿A quién sigues recordando en silencio?

——————————-

Si este texto tocó algo en ti, si estas palabras acompañaron —aunque sea un poco— lo que estás viviendo en estas fechas, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Puedes dejar tu comentario, compartir tu experiencia o escribirme directamente desde la sección de Contacto. A veces, poner en palabras lo que pesa ya es un primer alivio.

También puedes acompañar este espacio en Instagram (@hchp1), donde seguimos pensando juntos la vida, el dolor, los vínculos y aquello que muchas veces no se dice, pero se siente.

Gracias por estar.
Gracias por leer despacio.
Y gracias, también, por sentarte —aunque sea un momento— a esta mesa.

Te abrazo…

El peso invisible de quienes sostienen

“Obrar responsablemente significa, en primer lugar, asumir que nuestras acciones nos comprometen más allá del instante y que, una vez realizadas, ya no podemos retirarnos de sus consecuencias”
—Hans Jonas

Queridos(as) lectores(as):

Hay personas que no pueden darse el lujo de quebrarse. No porque sean más fuertes que los demás, sino porque si caen, algo más cae con ellos. No es heroísmo ni vocación de sacrificio; muchas veces es simple realidad. Alguien tiene que sostener, y ese alguien suele hacerlo sin aplausos, sin relato y sin permiso para detenerse. Vivimos en una época que dice valorar la vulnerabilidad, pero sólo cierta vulnerabilidad: la que se puede narrar, mostrar, estetizar. Hay fragilidades que no caben en ese marco, porque exhibirlas tendría consecuencias. La fragilidad del que decide, del que cuida, del que responde por otros no se celebra; se exige que sea administrada en silencio.

Por eso me resulta tan potente que el manga/anime Record of Ragnarok haya puesto en escena figuras como el dios Hades y al emperador Qin Shi Huang. No como símbolos de fuerza ruidosa, sino como personajes atravesados por una carga interior constante. No luchan únicamente contra un adversario externo, sino contra el peso íntimo de sostener un lugar que no admite descanso. Hoy quiero pensar contigo —sin prisa, como frente a un café— qué sucede por dentro de quienes sostienen sin poder correrse. No para glorificar el sufrimiento, sino para nombrar una experiencia humana que suele quedar fuera del discurso contemporáneo.

Hades y la dignidad de responder

Hades no gobierna desde el espectáculo ni desde el reconocimiento. Su poder no se apoya en el carisma, sino en la estabilidad. Es el dios que mantiene el orden sin ser visto, el que sostiene para que otros puedan habitar. Y eso lo vuelve una figura incómoda en una cultura que asocia valor con visibilidad. En Record of Ragnarok, Hades no combate para demostrar superioridad ni para ganar afecto. Combate porque entiende que su lugar implica responder. No hay queja ni dramatización; hay aceptación de una tarea que no eligió del todo, pero que asume como propia.

Aquí resulta iluminador el pensamiento de Paul Ricoeur, cuando reflexiona sobre la identidad ligada a la responsabilidad. Ricoeur escribe: “El sí mismo no se comprende a partir de una sustancia inmutable, sino a partir de la capacidad de responder de sus actos, de mantener una palabra y de sostener una promesa, incluso cuando hacerlo implica pérdida o renuncia” (Sí mismo como otro, 1990). Hades encarna precisamente esta forma de identidad: no la del que brilla, sino la del que responde. En un mundo que mide el valor por el impacto, su figura recuerda algo esencial: hay dignidades que sólo existen cuando alguien está dispuesto a cargar sin ser visto.

Qin Shi Huang: el cuerpo como lugar del costo

Si Hades sostiene desde el silencio, Qin Shi Huang sostiene desde el cuerpo. En Record of Ragnarok, su figura resulta perturbadora porque muestra con crudeza que el poder no es sólo una posición simbólica, sino una experiencia encarnada, dolorosa, que deja marca. Qin no puede tocar sin herirse. Cada contacto es sufrimiento. Su cuerpo se convierte en el lugar donde se inscribe el precio de gobernar. No puede delegar ese dolor, ni anestesiarlo sin perder aquello que lo define. El poder, en su caso, no es distancia: es exposición.

Hans Jonas, filósofo alemán, pensó con mucha seriedad esta dimensión del poder y la responsabilidad. En El principio de responsabilidad (1979) advierte: “Quien actúa asume una carga que no puede disolverse en la colectividad ni repartirse sin más; la responsabilidad recae de manera asimétrica sobre quien decide, y esa carga es inseparable de la acción misma”. Qin no es admirable por ser invulnerable, sino porque no huye del costo que implica su lugar. En una época que promete poder sin consecuencias, su figura incomoda porque recuerda una verdad incómoda: toda autoridad real se paga, y muchas veces se paga en soledad.

“El mayor peso no es el que se ve, sino el que no encuentra palabras».
—Maurice Blanchot

El poder que aísla

El cine ha sabido mostrar con gran honestidad esta soledad. En El Padrino II (1990), Michael Corleone descubre que cuanto más asciende, más se estrecha su mundo. El poder no lo libera; lo encierra. No hay descanso posible, ni diálogo genuino, ni regreso a la inocencia. La música también ha sabido nombrar esta experiencia sin edulcorarla. Leonard Cohen lo expresa con crudeza cuando canta: “There is a loneliness in this world so great that you can see it in the slow movement of the hands of a clock / Hay una soledad en este mundo tan grande que puedes verla en el movimiento lento de las manecillas del reloj» (Songs of Love and Hate, 1971). No es una soledad romántica, sino una soledad estructural, ligada a ciertos lugares que se habitan sin compañía.

Estas obras no glorifican el poder; lo desnundan. Muestran que decidir, gobernar o sostener no es un privilegio limpio, sino una experiencia ambigua, muchas veces amarga. Y por eso incomodan tanto a una cultura que quiere éxito sin herida. Hades, Qin, Michael Corleone o la voz cansada de Cohen dicen lo mismo desde lenguajes distintos: hay posiciones que se asumen a costa de la propia intimidad. Y no siempre hay alguien que sostenga al que sostiene.

Los que sostienen en la vida cotidiana

Todo esto no ocurre sólo en mitos, animes o películas. Ocurre todos los días. En el padre o la madre que no puede quebrarse. En el cuidador que no tiene relevo. En quien toma decisiones difíciles sabiendo que no todos quedarán conformes. En quienes cargan sin permiso para caer. José Ortega y Gasset lo dijo con una claridad que sigue vigente: “La vida no es algo que se nos da hecho, sino algo que hay que hacer; es tarea, problema y quehacer incesante” (Meditaciones del Quijote, 1914). Vivir no es simplemente experimentar, sino sostener una forma de estar en el mundo.

Nuestra época celebra al que se expresa, pero suele pasar por alto al que resiste. Al que sigue sin discurso, sin épica, sin relato heroico. Y, sin embargo, gran parte del mundo se mantiene en pie gracias a esas figuras silenciosas. Tal vez por eso estas historias nos tocan tanto. Porque, en algún punto, todos hemos sido —o somos— quienes sostienen sin permiso de quebrarse. Nombrarlo no es debilitarse; es reconocer la verdad de esa carga.

Reflexión final

Déjame dejarte con estas preguntas, sin cerrarlas:

  • ¿Qué cargas sostienes hoy que nadie ve?
  • ¿Qué precio estás pagando en silencio?
  • ¿Quién sostiene al que sostiene?

Pensar esto no nos hace frágiles. Nos vuelve más honestos.

————————————-

Si esta entrada resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tu comentario y a escribir por la sección Contacto. Pensar juntos, a veces, ya es una forma de alivio. También puedes seguirme en Instagram @hchp1, donde estas conversaciones continúan por otros caminos.

Gracias por quedarte.
Nos leemos.

La repetición, el ruido, la falta de profundidad

“El hábito debilita todos los sentimientos, salvo el del dolor”
—Honoré de Balzac

Queridos(as) lectores(as):

Quiero empezar con algo que pienso de verdad, no como provocación ni como pose intelectual: creo que gran parte del cansancio contemporáneo no viene de hacer demasiado, sino de vivir sin espesor. Hay agendas llenas, pantallas encendidas, opiniones constantes, pero poca experiencia real. Mucho pasa, pero poco nos pasa. Y esa diferencia, aunque sutil, termina siendo devastadora. Escucho con frecuencia frases como “todo está bien, pero algo no cuadra” o “no me falta nada, pero me siento vacío”. No siempre hay un drama evidente, ni una pérdida concreta, ni un conflicto puntual. Lo que hay es una sensación de desgaste difuso, como si la vida se repitiera sin dejar huella, como si los días se sucedieran sin ser verdaderamente habitados.

Creo que esta época confunde movimiento con vida, reacción con pensamiento e intensidad con profundidad. Todo se acelera, todo se comenta, todo se juzga. Pero casi nada se elabora. Y cuando la elaboración desaparece, lo humano empieza a empobrecerse, aunque esté rodeado de estímulos. Por eso quiero que hoy pensemos juntos —sin prisa, sin consignas y sin moralismos— qué hay detrás de esta repetición constante, de este ruido permanente y de esta dificultad creciente para sentir que algo importa de verdad. No para dar respuestas rápidas, sino para recuperar un poco de claridad.

La repetición que no transforma

No toda repetición es enemiga de la vida. Hay repeticiones que sostienen: rituales, hábitos, rutinas que organizan el tiempo y permiten cierta estabilidad. El problema comienza cuando la repetición deja de ser forma y se convierte en inercia, cuando ya no estructura la existencia sino que la aplana. La literatura ha sabido mostrar esto con una lucidez inquietante. En La invención de Morel, Adolfo Bioy Casares presenta una repetición perfecta y vacía: personas que repiten eternamente los mismos gestos y palabras sin conciencia ni posibilidad de encuentro real. El narrador lo expresa con crudeza: “Vi que aquellos seres no podían advertir mi presencia, porque no estaban vivos” (La invención de Morel, 1940). La repetición no conserva la vida: la simula.

Algo muy parecido ocurre hoy en muchos niveles de nuestra experiencia cotidiana. Repetimos discursos, posturas morales, reacciones emocionales esperadas. Cambian los temas, pero no la estructura. Se repite la indignación, se repite el entusiasmo, se repite el rechazo. Pero rara vez hay apropiación subjetiva o transformación real. Zygmunt Bauman, sociólogo polaco, lo advirtió con claridad al afirmar que “en una vida líquida, las formas sociales no tienen tiempo de solidificarse” (Vida líquida, 2005). Cuando nada dura lo suficiente, la repetición no construye identidad ni sentido. Sólo produce cansancio. Y cuando la repetición no transforma, la vida empieza a sentirse como un eco de sí misma.

El ruido como anestesia

El ruido no es sólo un exceso accidental; muchas veces es una defensa. Defenderse de qué: del silencio. Porque el silencio obliga a escucharse, y escucharse implica encontrarse con preguntas que no tienen respuestas inmediatas ni cómodas. Vivimos en una cultura que sospecha del silencio y se apresura a llenarlo. Música de fondo constante, videos encadenados, debates interminables, opiniones a granel. Todo con tal de no detenerse demasiado tiempo en un sólo punto. El ruido no aclara: distrae.

El antropólogo francés David Le Breton ha señalado que “el silencio ya no es vivido como una plenitud, sino como un vacío inquietante” (El silencio, 1997). Cuando el silencio se vuelve intolerable, el ruido ocupa su lugar como calmante momentáneo, aunque el malestar de fondo permanezca intacto. Algo muy similar se muestra en la película Her (2013) de Spike Jonze, donde los personajes están permanentemente acompañados por voces, estímulos y vínculos artificiales, pero profundamente solos. El ruido afectivo no sustituye la presencia real. Sólo la aplaza. Y cuanto más se aplaza, más duele cuando irrumpe el vacío.

Superficie emocional

Otro rasgo de esta época es la emocionalidad rápida y exhibible. Se nos invita a sentir fuerte, expresar mucho y pasar pronto a lo siguiente. Llorar en público, sanar en frases, indignarse por turnos. Todo parece emoción, pero muy poco se asienta. La filósofa francesa Simone Weil, escribió: “La atención es la forma más rara y pura de la generosidad” (La gravedad y la gracia, 1947). Sentir de verdad requiere atención, y la atención necesita tiempo, silencio y paciencia. Justo lo que menos favorece la lógica actual.

Cuando no hay tiempo para elaborar lo que sentimos, las emociones se vuelven superficiales o tiránicas. O se evaporan rápido, o nos arrastran sin comprensión. En ambos casos, el sujeto queda desbordado, pero no acompañado. Por eso muchas personas dicen sentirse “vacías” aun estando emocionalmente activas. No es falta de emociones, sino falta de profundidad emocional. Falta de un espacio donde lo vivido pueda ser pensado, digerido y vuelto propio.

No nos falta comunicación; nos falta profundidad para encontrarnos de verdad.

Pensar como acto de resistencia

Pensar hoy es un acto incómodo. No reaccionar de inmediato, no alinearse automáticamente, no repetir consignas listas para usar tiene un costo. Pero también tiene una recompensa: la dignidad de una vida pensada. Hannah Arendt advirtió que el mayor peligro no era la maldad consciente, sino la irreflexión, esa incapacidad de detenerse a pensar lo que se hace y se dice: “La ausencia de pensamiento no es estupidez; es irreflexión” (Eichmann en Jerusalén, 1963). Cuando dejamos de pensar, dejamos de hacernos responsables.

Pensar no es aislarse del mundo, sino habitarlo con criterio. No es volverse frío, sino resistir la manipulación emocional. No es cerrarse, sino elegir desde dónde se abre uno. Y aquí quiero decir algo con claridad personal: yo desconfío de los discursos que prometen profundidad sin incomodidad y bienestar sin conflicto. La vida real no funciona así. Pensar implica riesgo, lentitud y, a veces, soledad. Pero también es la única forma de no vivir anestesiados.

Reflexión final

Déjame preguntarte algo, ahora que estamos aquí, como si estuviéramos frente a frente tomando un café: ¿Cuánto de tu vida es repetición automática y cuánto experiencia viva?¿Qué ruido utilizas para no escucharte? ¿Qué pasaría si te permitieras un poco más de silencio, aunque incomode? No son preguntas para responder rápido. Son preguntas para acompañarse.

————————————-

Si este texto resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tu comentario y a escribir por la sección Contacto. Pensar juntos, a veces, ya es un primer alivio. También puedes seguirme en Instagram @hchp1, donde estas conversaciones continúan por otros caminos.

Gracias por quedarte un rato.
Nos leemos.

Carta a quien llega cansado(a)

Querido lector, querida lectora:

No sé en qué momento exacto llegaste hasta aquí. Tal vez fue por curiosidad, tal vez por cansancio, tal vez porque algo en ti —que no siempre sabe explicarse— pidió silencio y palabras honestas al mismo tiempo. Sea como sea, quiero que sepas algo desde el inicio: no llegas tarde, ni llegas mal, ni llegas roto(a). Llegas humano(a). Es posible que estés cansado(a). Cansado(a) de intentar, de sostener, de explicar lo que te duele sin encontrar del todo las palabras. Cansado(a) de los silencios propios y ajenos. De la tristeza que no siempre se deja nombrar. De esa sensación de ir cumpliendo con todo mientras por dentro algo pide tregua. Si es así, no estás solo(a). De verdad: no lo estás.

La Historia —la verdadera, no la de los monumentos— está llena de hombres y mujeres cansados. No héroes incansables, sino personas que siguieron adelante aun cuando el alma pedía sentarse. Fiódor Dostoievski escribió Crimen y castigo acosado por deudas, epilepsia y una culpa que no era sólo literaria. En una carta confiesa: “He sido probado hasta el límite de mis fuerzas” (Cartas, 1867). Y sin embargo, siguió escribiendo, no para triunfar, sino para no mentirse. Marina Tsvietáieva, poeta rusa marcada por el exilio, el hambre y la pérdida, escribió algo que no tiene nada de grandilocuente y lo dice todo: “No hay nada más terrible que vivir sin fe en la vida” (Cuadernos, 1919). No hablaba de optimismo, sino de esa fe mínima que a veces sólo consiste en no rendirse hoy.

Estas Crónicas no nacieron para dar recetas ni para levantar consignas. Nacieron desde el mismo lugar desde donde ahora te escribo: desde la experiencia de saberse frágil, desde el intento sincero de comprender lo que duele sin convertirlo en espectáculo ni en consigna vacía. Aquí no se trata de “pensar positivo”, ni de negar el dolor, ni de apurarte a sanar. Aquí se trata de acompañar. Hay días —quizá hoy sea uno de ellos— en los que no se puede con todo. Y eso no te hace débil. Albert Camus, que sabía algo del absurdo y del cansancio, escribió: “El verdadero esfuerzo es el que se hace cada día para no ceder” (El mito de Sísifo, 1942). No hablaba de grandes gestas, sino de ese gesto silencioso de levantarse aun cuando no hay aplausos ni certezas.

Tal vez hoy no tengas fuerzas para grandes decisiones. Está bien. A veces resistir ya es una forma de valentía. Seguir leyendo cuando uno está cansado también lo es. Permanecer, aunque sea con dudas, aunque sea con miedo, aunque sea con el corazón en pausa, también cuenta. No todo coraje grita; hay un coraje silencioso que simplemente no se rinde. Pienso también en Abraham Lincoln, que atravesó fracasos políticos, pérdidas familiares profundas y una melancolía persistente. En medio de la guerra civil escribió: “Con frecuencia me he visto llevado al borde de la desesperación, pero no podía rendirme” (Carta a Joshua Speed, 1841). No porque fuera invulnerable, sino porque sabía que rendirse también tenía consecuencias.

“Hay un cansancio que no es del cuerpo, sino de la vida misma”
—Fernando Pessoa (Libro del desasosiego, 1982)

Quisiera decirte algo con claridad y sin dramatismos: no te rindas. No porque todo vaya a mejorar mágicamente, no porque el dolor tenga siempre una explicación justa, sino porque tú vales más que el cansancio que hoy te pesa. Porque incluso en medio de la tristeza hay algo en ti que sigue buscando sentido, verdad, descanso. Y eso ya es un gesto profundamente humano y digno. León Tolstói, en uno de sus momentos de crisis más severos, escribió: “Mientras hay vida, hay posibilidad de bien” (Confesión, 1882). No lo dijo desde la comodidad, sino desde el borde. Desde ese lugar donde uno no promete felicidad, pero se niega a cerrar del todo la puerta.Si continúas leyendo estas páginas, ojalá encuentres aquí un lugar donde puedas bajar la guardia. Un espacio donde pensar no sea una carga, donde sentir no sea un pecado, donde la inteligencia y la ternura puedan caminar juntas sin hacerse daño. Escribo para acompañarte un tramo del camino, no para decirte cómo vivirlo.

Gracias por quedarte. Gracias por leer. Gracias, incluso, por tu cansancio: habla de alguien que ha vivido, que ha amado, que ha intentado. Simone Weil, otra gran cansada lúcida, escribió: “La atención es la forma más rara y más pura de generosidad” (La gravedad y la gracia, 1947). Si has llegado hasta aquí, ya has ejercido esa atención contigo mismo(a).

Te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Y si lo deseas, a escribirme. A veces una palabra compartida no resuelve la vida, pero la vuelve un poco más habitable. No prometo respuestas fáciles, pero sí una compañía honesta.

Aquí seguimos.
Con el corazón abierto.

Atte.

Héctor Chávez

Progreso sin conciencia

“Una vida mejor no puede lograrse más que con el progreso de la conciencia humana”.

—León Tolstói

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en una época que confunde avanzar con mejorar. Se nos repite que todo progreso es, por definición, un bien; que más velocidad, más tecnología y más opciones equivalen necesariamente a una vida más digna. Pero algo no termina de cuadrar. A pesar de los adelantos, el cansancio crece, la violencia se sofistica y la indiferencia se normaliza. Sabemos más, podemos más, hacemos más… y, sin embargo, algo esencial parece haberse quedado atrás.

León Tolstói, uno de los grandes escritores rusos del siglo XIX, fue un crítico implacable de esta confusión. No desde el rechazo a la ciencia ni desde la nostalgia romántica, sino desde una pregunta incómoda y profundamente actual: ¿qué sentido tiene el progreso si no nos vuelve moralmente mejores? Pensar hoy con Tolstói no es mirar al pasado, sino examinar el presente con una lucidez que incomoda.

El progreso como nueva fe

Para Tolstói, el gran error de la modernidad consiste en creer que el cambio exterior produce automáticamente una transformación interior. Lo dice con una claridad brutal cuando afirma que “los hombres piensan mejorar su vida cambiando las condiciones externas, cuando la verdadera mejora sólo puede provenir del perfeccionamiento moral de cada uno” (Cristianismo y anarquismo, 1901). El progreso, así entendido, se vuelve una nueva fe secular: promete salvación sin conversión, bienestar sin responsabilidad, futuro sin conciencia.

Se confía en sistemas, técnicas y estructuras para resolver problemas que, en el fondo, siguen siendo humanos: la ambición, la violencia, el desprecio por el débil, la mentira cotidiana. Tolstói no niega los avances técnicos. Lo que cuestiona es su absolutización. Cuando el progreso se convierte en un fin en sí mismo, deja de preguntarse para quién avanza, a costa de qué, y con qué consecuencias morales. Entonces ya no ilumina: deslumbra.

Tolstói: un testigo incómodo de su tiempo

Conviene subrayarlo con fuerza: Tolstói no escribió desde una torre de marfil. Fue aristócrata, sí, pero también oficial del ejército en la Guerra de Crimea; conoció de cerca la violencia organizada y la lógica impersonal del Estado. Presenció la miseria campesina en una Rusia que se industrializaba sin piedad y se escandalizó ante el contraste entre el lujo urbano y el sufrimiento rural. Su conversión moral no fue teórica. Renunció progresivamente a privilegios, vivió con austeridad, abrió escuelas para hijos de campesinos y entró en conflicto tanto con el poder político como con la Iglesia institucional (ortodoxa rusa).

Su crítica al progreso nace de la experiencia directa de una civilización que se decía avanzada mientras seguía sacrificando vidas humanas en nombre del orden, la eficacia o la Historia. Por eso puede escribir, sin ironía, que “el progreso técnico no sólo no libera al hombre, sino que con frecuencia lo esclaviza de un modo más refinado” (El reino de Dios está en vosotros, 1894). Tolstói no denuncia el cambio, denuncia la incoherencia moral que lo acompaña.

“La técnica ha dejado de ser un medio y se ha convertido en un fin; y cuando esto ocurre, el hombre deja de dominarla y comienza a servirla”
—Nikolái Berdiaev (El destino del hombre en el mundo contemporáneo, 1934).

Tecnología que avanza, conciencia que se detiene

Aquí está el núcleo de su pensamiento: no todo lo posible es legítimo. El hecho de que algo pueda hacerse no significa que deba hacerse. Y cuando la conciencia abdica de su papel crítico, la técnica se convierte en una fuerza ciega. Tolstói lo expresa con dureza: “El progreso de las formas externas de la vida puede ir acompañado de un retroceso moral” (Cristianismo y anarquismo, 1901). Esta frase resuena hoy con una vigencia inquietante.

Nunca fue tan fácil comunicarse, y nunca fue tan frecuente la deshumanización del otro. Nunca hubo tanta información disponible, y nunca fue tan común la indiferencia. El progreso técnico promete ahorrar tiempo, pero roba atención; promete comodidad, pero produce dependencia; promete control, pero genera ansiedad. Sin una conciencia que lo gobierne, termina dictando el ritmo de la vida y no sirviéndola.

Dostoievski y la civilización como refinamiento de la crueldad

En la misma Rusia del siglo XIX, Fiódor Dostoievski lanzó una advertencia feroz contra el optimismo ingenuo del progreso. Desde la voz amarga del hombre del subsuelo escribe: “La civilización ha hecho al hombre, si no más sanguinario, al menos más vilmente sanguinario” (Memorias del subsuelo, 1864). No se trata de más violencia, sino de una violencia mejor justificada, más racional, más limpia en apariencia.

La técnica no elimina la crueldad; a veces la vuelve eficiente y presentable. El progreso, sin conciencia, no cura el mal humano: lo organiza. Dostoievski desconfiaba profundamente de la idea de que el bienestar material baste para hacer bueno al hombre. El corazón humano, advertía, no se reforma por cálculo ni por comodidad, sino por una lucha interior que ninguna técnica puede reemplazar.

Otras voces rusas contra la ilusión del progreso

Antón Chéjov, médico y escritor, observador fino de la vida cotidiana, escribió con ironía amarga: “El hombre se volverá mejor cuando le mostréis cómo es” (Cuadernos, ca. 1890). No cuando tenga más cosas, sino cuando se mire con honestidad. Aleksandr Herzen, testigo de las promesas y fracasos del progreso político, advirtió que el futuro no puede justificarse sacrificando al presente: “No hay nada más inmoral que vivir para un mañana que nunca llega” (Cartas desde Francia e Italia, 1851).

Vladímir Soloviov, filósofo ruso profundamente preocupado por la Ética, lo formuló de modo aún más claro: “El progreso que no está subordinado al bien moral es sólo una intensificación del mal” (La justificación del bien, 1897). Estas voces, distintas entre sí, convergen en un mismo punto: sin conciencia, el progreso se vuelve peligroso.

Reflexión final

¿En qué aspectos de tu vida avanzas sin mejorar? ¿Dónde confundes comodidad con plenitud? ¿Qué progreso exterior ha dejado intactas —o incluso ha reforzado— tus incoherencias interiores? ¿De qué serviría un mundo más eficiente si seguimos siendo igual de injustos? Tolstói no nos invita a detener la Historia, sino a detenernos nosotros. A recordar que el único progreso que no traiciona es el que nos vuelve más responsables, más lúcidos, más humanos.

———————————-

Si esta reflexión te resonó, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. A recorrer otras entradas, a pensar sin prisa, a no conformarte con respuestas fáciles. Y si deseas escribirme, compartir lo que estás viviendo o seguir este diálogo, puedes hacerlo desde Contacto o encontrarme en Instagram como @hchp1.

Capricho disfrazado de consenso

“La peor esclavitud es aquella que no se reconoce como tal”.
— Friedrich Nietzsche

Queridos(as) lectores(as):

Hay una frase que repito con frecuencia a mis alumnos y que hoy quiero traer hasta aquí: “Cuando en una pareja los dos ‘piensan igual’, en realidad uno está pensando por los dos». Y es que vivimos un tiempo extraño, lleno de discursos que hablan de acuerdos, consensos y decisiones compartidas, pero que esconden una trampa silenciosa: la imposición de un deseo individual disfrazado de voluntad común. No hay que ir tan lejos para verlo; basta con observar cómo ciertas relaciones —de pareja, amistad, familia, trabajo o incluso comunidad— funcionan bajo el régimen invisible de una sola cabeza. Una que dicta, persuade, sugiere y acomoda, mientras la otra sostiene la ficción del “estamos de acuerdo”. En el fondo, muchas personas no buscan un diálogo, sino un espejo; no buscan a un otro, sino a alguien que valide sin interrogar. El amor, la lealtad o el simple deseo de evitar tensiones se convierten en terreno fértil para que el capricho se convierta en ley y para que el individualismo salvaje se disfrace de “armonía”.

Hoy quiero reflexionar sobre esa forma contemporánea de egoísmo que no grita, que no golpea la mesa, pero que organiza la vida emocional de quienes la rodean. Este encuentro no es una denuncia moral, sino una invitación a mirar de frente la dinámica del pseudo-consenso. A reconocer cuándo cedemos por miedo y cuándo pedimos que otros cedan en nuestro nombre. A observar con claridad ese lugar donde la diferencia muere, y con ella, la posibilidad de un amor adulto y una convivencia justa.

El capricho moderno: una forma refinada de dominio

Vivimos en una época donde el capricho se ha convertido en virtud. La cultura de la inmediatez, el derecho a la comodidad y la idea de que el mundo debe adaptarse a nuestros estados de ánimo han creado sujetos profundamente convencidos de que su deseo es prioridad absoluta. Lo grave es que muchos ni siquiera lo reconocen como capricho: lo viven como autenticidad, como coherencia consigo mismos. El psicoanalista Donald Winnicott escribió alguna vez que “el verdadero self sólo puede aparecer cuando no se exige al niño que se adapte prematuramente” (Realidad y juego, 1971). Paradójicamente, hoy muchos adultos buscan que todos a su alrededor se adapten a ellos, como si la vida debiera protegerles de la frustración. El capricho moderno no es un berrinche estruendoso; es más sofisticado. Se expresa en frases como “no me gusta”, “me siento incómodo”, “creo que eso no va conmigo” o “si tú me quisieras, entenderías”. Es una forma de gobierno emocional que opera desde la suavidad. No ordena: sugestiona. No exige: insinúa. No impone: emocionaliza la decisión hasta que el otro prefiere ceder. Y una vez cedido, el capricho queda legitimado como acuerdo mutuo.

El problema no es buscar lo que uno quiere. Eso es humano y razonable. El problema es cuando esa voluntad individual se convierte en brújula universal, cuando el deseo de uno se presenta como el bienestar de todos. Ahí surge la trampa más peligrosa: disfrazar la conveniencia personal de armonía colectiva. Como escribió Hannah Arendt, “la persuasión puede ser más tiránica que la fuerza cuando elimina la posibilidad de disentir” (Entre el pasado y el futuro, 1961). Quizá por eso, en las relaciones actuales, muchos dicen creer en el diálogo, pero en realidad esperan que el otro entienda —sin que haya que explicarlo— que “lo mejor” es hacer lo que ellos necesitan. Es el triunfo silencioso del individualismo salvaje: creer que la vida se sostiene mientras todo el mundo piense igual que yo.

El pseudo-consenso: una ilusión que empobrece la relación

¿Qué ocurre cuando alguien dice “estamos de acuerdo” pero no lo está? Lo que ocurre es una renuncia subjetiva, una especie de autocensura afectiva que busca evitar conflicto. El sujeto sacrifica su pensamiento para preservar la relación, olvidando que ninguna relación sana exige ese precio. Como señaló Martin Buber: “Toda vida verdadera es encuentro” (Yo y Tú, 1923). Un encuentro implica dos miradas, no una sola replicada en el otro. El pseudo-consenso opera como un mecanismo de defensa: la persona teme el desacuerdo, teme molestar, teme perder la paz. Entonces dice “sí” para no enfrentar la posibilidad de la diferencia. Pero ese “sí” no construye intimidad; la destruye. Porque la intimidad real se basa en la capacidad de exponerse, de disentir, de revelar el pensamiento propio sin miedo a romper algo. Cuando eso se pierde, la relación se convierte en un teatro donde uno actúa y el otro aplaude.

En psicoanálisis, este fenómeno se reconoce como una modalidad de sumisión afectiva: el sujeto renuncia a su criterio para no desatar la frustración del otro. No es obediencia, es mantenimiento de la ficción: “Si yo no digo nada, todo estará bien”. Pero nada está bien. Lo que se mantiene no es la relación, sino la ilusión de que no hay tensiones. Y esa ilusión, tarde o temprano, cobra un precio emocional altísimo. La ilusión del consenso no sólo afecta a las parejas. Lo vemos en grupos de trabajo donde todos “piensan igual”, aunque nadie se atreva a decir lo contrario. Lo vemos en familias donde una opinión domina y los demás se pliegan. Lo vemos en amistades donde una persona siempre decide. Desde fuera, parece armonía; desde dentro, es silencio. Y como advertía Simone Weil, “el consentimiento real sólo es posible cuando también existe la posibilidad de negarse” (Espera de Dios, 1942).

“La mayoría de la gente no es consciente de su necesidad de obedecer; simplemente siente que seguir a la mayoría es lo correcto”.
— Erich Fromm, El miedo a la libertad (1941)

La sugestión emocional: cuando el deseo del otro ocupa mi lugar

Hay personas que no necesitan imponer nada; basta con que expresen un malestar, una incomodidad o un gesto de desagrado para que quienes las rodean se reorganicen alrededor de su sentir. El otro deja de pensar desde sí mismo y comienza a pensar desde el estado emocional ajeno. Ese es el terreno fértil donde crece la sugestión. El deseo del otro se vuelve brújula de la propia conducta. Sigmund Freud describió este fenómeno como “identificación con el ideal del objeto”, donde el yo renuncia a su criterio para conservar el amor del otro (Psicología de las masas y análisis del yo, 1921). No estamos ante una manipulación consciente, sino ante un lazo afectivo donde el temor a defraudar supera el deseo de ser uno mismo. El sujeto comienza a anticipar lo que el otro quiere, a preverlo, a evitarle molestias, a alinearse sin que se lo pidan. Y así, poco a poco, deja de existir como sujeto diferenciado.

Este tipo de relaciones son, en apariencia, tranquilas. No hay discusiones, no hay peleas, no hay tensiones abiertas. Pero el costo es brutal: el silencio interior del que cede. Ese silencio se llena de cansancio, resentimiento y tristeza, porque la persona empieza a vivir la vida del otro, no la propia. Y nadie puede sostener eso sin quebrarse. El problema con la sugestión emocional es que parece amor. Parece empatía. Parece sensibilidad. Pero no lo es. El amor invita a la diferencia; la sugestión la asfixia. La empatía abre espacio; la sugestión lo reduce. La sensibilidad escucha; la sugestión espera obediencia. Si no se nombra esta dinámica, puede convertirse en una forma de dependencia que destruye lentamente la subjetividad.

La comodidad del que impone: un poder que rara vez se reconoce

En toda relación donde uno piensa por dos, hay alguien que obtiene un beneficio: comodidad. La comodidad de no esforzarse en dialogar, de no tolerar la diferencia, de no revisar sus deseos, de no negociar. Esa comodidad es profundamente humana, pero también profundamente peligrosa. Emmanuel Levinas advirtió que “el egoísmo es la pereza del corazón” (Totalidad e infinito, 1961). Es más fácil pedir, exigir o insinuar que escuchar, comprender y renunciar. El que impone no siempre sabe que lo hace. Muchas veces lo interpreta como sensibilidad: “yo sólo dije que me incomoda”, “yo sólo expresé lo que siento”, “yo sólo pedí que me entiendas”. Pero detrás de esas frases puede esconderse una expectativa invisible: que el mundo —o la relación— se acomode alrededor de su necesidad. La psicología contemporánea lo llama centrado en sí: la incapacidad de considerar que el otro existe con pensamientos, ritmos y deseos propios.

El egoísmo moderno no es agresivo; es narcisista. Está convencido de que su postura es la más razonable, la más lógica, la más humana. Por eso suele sorprenderse cuando alguien se atreve a disentir: “¿pero por qué te molesta?”, “¿por qué te lo tomas personal?”, “¿qué tiene de malo hacerlo así?”. La sorpresa revela el punto ciego: la creencia de que sus decisiones son neutrales, universales, incluso moralmente superiores. Cuando el egoísmo se disfraza de buena voluntad, la relación queda atrapada en un espejismo: parece que ambos están de acuerdo, pero en realidad sólo uno está cómodo. El otro está cansado.

Recuperar la diferencia: condición para amar de verdad

La diferencia no es amenaza: es vínculo. Pensar distinto no rompe nada; rompe más fingir que se piensa igual. Si queremos construir relaciones adultas, profundas y verdaderas, necesitamos recuperar el derecho a disentir. Como escribió Søren Kierkegaard, “la desesperación más profunda es perderse a sí mismo” (La enfermedad mortal, 1849). Y muchas personas se pierden intentando sostener relaciones donde no hay espacio para la propia voz. Recuperar la diferencia implica reconocer que el otro no está obligado a coincidir conmigo. Implica entender que amar no es exigir, sino escuchar. Implica aceptar que el desacuerdo no es sinónimo de conflicto, sino de humanidad. En análisis, uno de los trabajos más significativos es ayudar al paciente a recuperar su propio criterio, su propio deseo, su propia palabra, después de años de ceder para sostener un pseudo-consenso emocional.

La diferencia es el espacio donde las dos subjetividades se encuentran sin perderse. Es el territorio donde se puede hablar, negociar, disentir, reconciliarse. Sin diferencia, sólo hay fusión; y la fusión, aunque parezca romántica, es una forma de anulación. El sujeto se convierte en sombra del otro, en eco, en asistente emocional. Ninguna relación puede florecer ahí. Por eso, quizá, la frase inicial es más profunda de lo que parece: cuando dos “piensan igual”, alguien está renunciando a sí mismo. La tarea no es romper esas relaciones, sino transformarlas. Hacer espacio para la voz que no se ha escuchado, para el desacuerdo que nunca se ha permitido, para la subjetividad que ha esperado demasiado tiempo en silencio.

Reflexión final

Queridos(as) lectores(as), todos hemos sido alguno de los dos: el que cede demasiado o el que, sin darse cuenta, pide demasiado. Todos hemos participado del engaño del pseudo-consenso. Todos hemos tenido miedo de hablar o hemos disfrutado de que el otro calle. La pregunta importante no es “¿quién tiene la razón?”, sino: ¿qué verdad no se está diciendo en mi relación? ¿Dónde he pensado por dos? ¿Dónde he permitido que otro piense por mí?
¿En qué lugar de mi vida he confundido capricho con amor, comodidad con armonía, silencio con paz?
La diferencia no rompe. Lo que rompe es la renuncia interior. Que podamos recuperar nuestra voz y, desde ella, construir vínculos donde pensar juntos no sea pensar igual, sino pensar de verdad.

——————————————-

Si esta reflexión te hizo pensar en tus relaciones, te invito a: seguir el blog, dejar un comentario, escribirme por la página de Contacto, y seguirme en Instagram @hchp1, donde comparto reflexiones breves y contenido sobre psicoanálisis y vida cotidiana. Estoy contigo en este camino de pensarnos con mayor verdad.