Un paso al frente

“La vida se encoge o se expande en proporción al coraje”.
-Anaïs Nin, Diarios (1931)

Queridos(as) lectores(as):

Hay un momento en la vida —a veces breve como un parpadeo, otras veces largo como un invierno— en el que el alma se agota de esperar. No se trata de impaciencia ni de capricho. Es algo más hondo, más visceral. Un cansancio que no es solo físico, sino existencial: uno se cansa de no entenderse, de vivir con el piloto automático, de fingir que está bien, de sostener vínculos que ya no se sostienen solos. Y ese cansancio, paradójicamente, puede volverse el umbral de algo nuevo.

Recuerdo a J, una conocida de 39 años que una vez soltó una frase demoledora: “Me cansé de mi vida”. Es directora de una empresa, madre de dos hijos, casada desde hace quince años. Desde fuera, todo parecía en orden. Pero por dentro vivía en ruinas: sin deseo, sin palabra, sin pausa. Había pasado años cumpliendo todos los deberes —trabajar, criar, sostener, rendir— sin escuchar nunca qué quería para sí. Lo que la trajo al análisis no fue una crisis dramática, sino el agotamiento absoluto. Un día, mientras se preparaba el café, sintió que algo en su cuerpo ya no respondía. “Me senté en el suelo de la cocina y me puse a llorar. No de tristeza. De vacío».

J no lo sabía, pero ese llanto era ya un paso al frente. Venía de tocar fondo, sí, pero también de empezar a decirse. Comenzó un proceso psicoanalítico. A lo largo del proceso, no tomó decisiones ruidosas. No se divorció, no dejó su trabajo, no se fue a recorrer el mundo. Pero aprendió a tomar distancia de los mandatos que la oprimían. A decir “no” sin culpa. A pedir ayuda. A dormir sin exigirse salvar a todos. Y poco a poco, su vida se fue ensanchando: no por lo que cambió afuera, sino por lo que por fin se movió adentro. Este encuentro es para quienes han sentido que ya no pueden más, pero no se han rendido. Para los que viven atrapados en una rutina que ya no les refleja, para los que sienten que algo en su interior está pidiendo un cambio, aunque no sepan por dónde empezar. Porque a veces, avanzar no es correr ni volar. A veces, simplemente, es dar un paso al frente.

El hartazgo como umbral

A veces el punto de partida no es la esperanza, sino la fatiga. El análisis, los cambios de vida, las decisiones que transforman rara vez empiezan por una visión clara del futuro; casi siempre comienzan cuando ya no se puede sostener el presente. No hay cosa más solitaria que sentir que uno está viviendo una vida que no le pertenece. Y, sin embargo, esa soledad —tan honda, tan paralizante— puede convertirse en terreno fértil. ¿Por qué? Porque cuando todo se rompe por dentro, también se abren rendijas por donde empieza a entrar la verdad. “Estoy cansado”, “ya no puedo”, “esto no es lo que quiero”, son frases que, dichas con honestidad, contienen una potencia silenciosa. Reconocerse agotado puede ser más valiente que insistir en seguir funcionando.

Viktor Frankl, sobreviviente de los Campos de Concentración, escribió una frase que suele pasar desapercibida entre sus ideas más conocidas, pero que aquí cobra sentido: “Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, estamos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos» (El hombre en busca de sentido, 1946). El hartazgo genuino, el que nace desde lo más íntimo, es un signo de que algo en nosotros aún vive, aún resiste, aún quiere. No es resignación: es inicio.

El miedo a moverse

Si el hartazgo es el umbral, el miedo es la puerta. Una puerta pesada, silenciosa, que uno rodea muchas veces antes de atreverse a tocar. Porque cuando el cansancio ya no puede más, aparece el paso inevitable: moverse. Pero es entonces cuando surge el miedo con toda su voz: ¿Y si cambio todo y sigue igual? ¿Y si salto y me rompo? ¿Y si descubro que ni siquiera era eso lo que buscaba? El miedo al cambio no es signo de cobardía, sino de lucidez. Sólo teme quien ha imaginado consecuencias, quien ha vivido suficiente como para saber que no hay garantías. Incluso las decisiones más nobles pueden doler. Incluso los caminos más necesarios pueden estar llenos de incertidumbre.

La filósofa francesa, Simone Weil, lo encarnó con radicalidad. En 1935, renunció a su cátedra en París para trabajar como obrera en una fábrica metalúrgica. Lo hizo, escribió, “porque necesitaba sentir en el cuerpo el peso de aquello que tanto había teorizado”. Su familia, sus colegas, sus amigos: todos le dijeron que era un error. Que una mujer frágil, brillante, de salud delicada, no podía sobrevivir ahí. Y tenían razón. Sufrió desmayos, humillaciones, agotamiento. Pero también algo dentro de ella despertó. En sus Cuadernos dejó escrito: “El miedo de caer es más violento que la caída misma” (1938). Sabía que el paso más difícil no era el físico, sino el interior: vencer la parálisis que impone el temor. No se trataba de masoquismo ni de heroísmo. Sino de una certeza casi espiritual: no se puede pensar verdaderamente el mundo desde la comodidad perpetua. Hay que habitarlo. Hay que rozar el abismo con los pies. Uno no da un paso al frente cuando deja de tener miedo, sino cuando deja de obedecerle.

Una pequeña decisión lo cambia todo

No siempre es un gran gesto el que cambia la vida. A veces es una acción mínima, una frase apenas dicha, una puerta que se cierra sin estruendo. El primer paso hacia uno mismo rara vez es visible para los demás. Pero adentro, en lo más íntimo, puede ser decisivo. C.S. Lewis, el escritor y pensador inglés que muchos conocen por Las Crónicas de Narnia, fue durante años un ateo convencido. No por frivolidad, sino por lógica. Educado en la razón, marcado por el dolor, había aprendido a desconfiar de toda esperanza trascendente. Y sin embargo, como contaría en Cautivado por la alegría (1955), hubo un instante silencioso que lo transformó todo. Fue en un paseo en motocicleta hacia el zoológico de Whipsnade. Subió al sidecar como no creyente, y al llegar, algo en él había cambiado: “Cuando salí del zoológico, ya creía en Dios”.

No hubo una visión, ni una epifanía dramática. Sólo un giro interno, casi imperceptible, pero irreversible. Lewis mismo lo escribió con ironía: “Era como si, sin saber cómo ni por qué, me hubiese pasado algo. No lo busqué. No lo entendí del todo. Pero supe que ya no podía volver atrás”. Ese tipo de decisiones —que no siempre son religiosas, pero sí existenciales— se parecen mucho al paso al frente del que hablamos aquí. No siempre tienen forma de ruptura visible. Pero marcan un antes y un después. Como cuando alguien, por primera vez, dice: “No quiero seguir así”. O: “Quiero vivir con sentido, aunque aún no sepa cómo”. Hay pasos que no se anuncian. Se dan.

Mi mamá me decía: «Cuando pienses de más… salte mejor a caminar un rato».

Nadie puede dar el paso por ti

Hay decisiones que se toman entre muchos: mudanzas, proyectos, matrimonios, incluso terapias. Pero el paso al frente del que hablamos aquí —ese que inaugura una vida más fiel a uno mismo— siempre se da en soledad. No porque uno esté solo, sino porque nadie puede ocupar ese lugar. Elegir es asumir. Y asumir es dejar de delegar en los otros la responsabilidad de lo que uno vive. Es fácil decir que no se puede por el trabajo, la pareja, la familia, la economía, los traumas del pasado. Y muchas veces todo eso es cierto. Pero también es cierto que, tarde o temprano, uno tiene que decidir si quiere seguir repitiendo lo que no elige… o empezar a elegir lo que aún no sabe cómo vivir. Hannah Arendt, marcada por el exilio y el horror de su tiempo, escribió una frase punzante en su ensayo La vida del espíritu (1971): “Ser libre es estar solo con uno mismo y atreverse a juzgar”. En un mundo que todo lo mide por la aprobación externa, por el algoritmo o por el éxito visible, elegir desde dentro se vuelve un acto subversivo. Y profundamente humano.

No hay garantías. Nadie aplaude. Nadie absuelve. Pero en esa elección —íntima, silenciosa, propia— comienza la libertad. No la abstracta, sino la concreta: la de decirse con verdad, la de vivir con coherencia, la de mirar el espejo sin vergüenza. Uno da un paso al frente no porque alguien más lo empuje, sino porque algo en el interior por fin se alinea. Y ese paso, aunque no lo vea nadie, cambia el mundo de quien lo da.

Cuando la vida se ensancha

Después del paso, no siempre llega la paz. A veces viene la duda, el desconcierto, el silencio. Pero también, de pronto, aparece un pequeño respiro. La vida no se transforma de golpe, pero comienza a sentirse más respirable. Como si uno pudiera habitar su propia existencia con menos miedo. Con más verdad. Hay quien al dar ese paso vuelve a dormir sin ansiedad. Otro descubre que puede caminar más lento. Otro más —sin saber cómo— empieza a llorar por fin, o a reír con algo de ternura.

María Zambrano, exiliada durante décadas y profundamente atenta al alma humana, escribió: “Toda verdad es un alumbramiento, y todo alumbramiento trae su dolor” (Claros del bosque, 1977). Pero también dijo que, tras ese dolor, “la vida se dilata, como si uno pudiera ser por fin más ancho que sus miedos”. Y eso es lo que ocurre: no que todo se arregle, sino que todo se vuelve más amplio. Más real. Más propio.

Reflexión final

Quizá tú, que estás leyendo esto, también estés en ese momento. Quizá ya te cansaste de fingir que no pasa nada. Quizá ya no te alcanza la energía para sostener lo insostenible. Si es así, no esperes un gran milagro. No lo necesitas. Basta un gesto: escribir ese mensaje que llevas días postergando. Decir esa verdad que duele. O simplemente sentarte en silencio y admitir lo que ya sabías, pero no te habías atrevido a mirar. A veces, el paso más valiente es el más sencillo: dejar de mentirse.

Dar un paso al frente no es cambiarlo todo. Es dejar de esconderse. Es recuperar la dignidad de moverse, aunque sea con miedo. Y si tiembla la voz, que tiemble. Pero que sea tuya. La vida, con sus contradicciones y sus heridas, aún puede ensancharse. Y empieza por ahí.


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Justificar el daño

“El colmo del trauma no es lo que te hicieron. Es que termines convenciéndote de que estuvo bien”.
— Christiane Sanderson

Queridos(as) lectores(as):

Hay frases que uno escucha en consulta con el estómago apretado. No porque sorprendan, sino porque duelen. Duelen por la normalidad con la que se dicen, por la ternura con la que se recuerdan, por la obediencia con la que se repiten. Una de ellas es: “Bueno, no fue tan grave… igual me quiso a su manera”. ¿A su manera? ¿Qué significa eso cuando hablamos de alguien que te controló, que te humilló en nombre del amor, que manipuló tu vulnerabilidad como si fuera un interruptor que podía apagar o encender según su humor?

Estamos en una época que romantiza el trauma, lo camufla, lo justifica. En vez de llamar al abuso por su nombre, le decimos “dinámica difícil”, “relación intensa” o simplemente “algo que no funcionó”. Y muchas veces no lo hacemos por ingenuidad, sino por miedo. Miedo a aceptar que alguien que amábamos profundamente… no supo amarnos sin destruirnos un poco o bastante. Hoy vamos a hablar de eso: de la trampa emocional de justificar a quien te hirió. Porque sí, el abuso emocional existe. Y no siempre deja moretones visibles, pero sí deja almas hechas polvo.

El lenguaje del abusador

El abuso emocional no siempre se anuncia con golpes ni con amenazas. Es más sutil, más elegante, más difícil de rastrear. Es el comentario sarcástico lanzado como una broma. Es la crítica constante disfrazada de preocupación. Es el castigo silencioso que te congela cuando no obedeces. Es el “te quiero, pero…” Una paciente me relataba con voz temblorosa: “Al principio era sólo eso… que me hacía sentir que yo exageraba. Después, cada vez que discutíamos, decía que él no podía estar con alguien tan inestable. Llegó un momento en que yo le pedía perdón por llorar”.

El abuso emocional no necesita fuerza física. Necesita acceso a tu alma. A tus miedos más íntimos. A esa parte tuya que se pregunta si tal vez, sólo tal vez, mereces que te quieran a medias. Byung-Chul Han escribió que hoy vivimos en una sociedad del rendimiento donde uno mismo se vuelve explotador de sí mismo. En el abuso emocional ocurre algo parecido: la víctima termina siendo parte del mecanismo que la somete.

Las excusas que nos tragamos

Hay algo muy cruel en el modo en que justificamos el daño. A veces, nos volvemos más defensores del abusador que testigos de nuestro propio sufrimiento. Y no es porque no lo sintamos, sino porque nos resulta insoportable mirarlo de frente. “Es que nadie le enseñó a amar”. “Él también tenía ansiedad”. “Yo era muy demandante». “Ella tuvo una infancia difícil». Sí, puede que todo eso sea cierto. Pero no borra el daño. El hecho de que alguien esté herido no le da derecho a herirte también. Lo que pasa es que a veces necesitamos justificarlo porque reconocer el abuso nos haría enfrentarnos a una nueva pérdida: la del amor idealizado.

La filósofa Simone Weil decía que “La desgracia arrastra al alma hasta el último límite de la miseria” (La gravedad y la gracia, 1947) Y sí, a veces la desdicha hace que la víctima se convenza de que lo que vivió no fue tan malo, sólo para poder seguir caminando. Pero hay que tener el valor de llamar al daño por su nombre. No por rencor, sino por dignidad.

¿Por qué nos cuesta tanto nombrarlo?

Nombrar lo que nos hicieron es también nombrar lo que permitimos. Y eso nos llena de vergüenza. ¿Cómo pude quedarme tanto tiempo ahí? ¿Cómo pude amar a alguien que me apagaba? ¿Cómo no me di cuenta? Nos cuesta porque al reconocerlo, toca rehacer toda la historia. Desde el principio. Como si tuviéramos que quemar el diario donde habíamos escrito nuestra versión del amor. Y sin diario, ¿quiénes somos?

Vivimos en una cultura que espiritualiza el aguante. “Perdona”, “entiende”, “suelta”. Pero pocas veces se dice: “nómbralo”, “denúncialo”, “párate frente a eso y no te muevas”. La sanación no siempre es suave. A veces arde. A veces implica decir: sí, me lastimaron. No, no estuvo bien. Y no lo voy a justificar más. Recuerdo cariñosamente a una amiga, cuyo padre la insultaba cada vez que se equivocaba. Nunca la tocó, pero la hacía sentir inútil. Ya adulta, decía: “Es que él quería que yo fuera fuerte. Me estaba formando para el mundo”. No, amiga. No era formación. Era violencia emocional. Y está bien que te duela decirlo.

Hay quienes piensan que el amor real es el que más duele. Y no, no es así…

Del dolor que libera al dolor que encadena

No todo dolor es crecimiento. Hay dolores que son cárceles, que se repiten como un eco porque nadie se atrevió a interrumpir el sonido. Justificar a quien te hirió es como ponerle flores a una celda. Puede parecer bonito, pero sigues encerrado. El dolor que libera es el que se dice, el que se llora, el que se escribe aunque sea con la mano temblando. Es el que atraviesa la vergüenza y la culpa, y llega al otro lado, donde hay palabras nuevas: límite, derecho, reparación, libertad.

Un conocido me decía: “No sé por qué me duele más reconocer que fue abuso que haberlo vivido”. Y otro le contestó: “Porque cuando lo vivías, al menos tenías la fantasía de que algún día iba a cambiar. Ahora sabes que no”. Aceptar eso duele. Pero también libera. Porque uno ya no espera nada del otro. Comienza a esperarse a sí mismo.

Y tú, ¿de qué te estás convenciendo?

Hoy quiero hacerte unas preguntas que no buscan culparte, sino despertarte: ¿qué historia te estás contando para no enfrentarte al dolor real? ¿Sigues pensando que él era “bueno, pero confundido”? ¿Que ella te amaba, pero tenía miedo? ¿Que tú eres el problema porque siempre fuiste “demasiado”? Tal vez esa historia te ayudó a sobrevivir. Pero ya no necesitas sobrevivir: necesitas vivir. Y para eso, hay que dejar de justificar. No estás solo, no estás sola. No estás loco, no estás loca. No estás exagerando. Y si hay una parte de ti que se sintió reconocida en estas líneas, entonces ya comenzaste el camino de regreso. A tu voz. A tu verdad. A tu vida sin disfraces.

Sanar no es olvidar. Sanar es dejar de mentirse para proteger quien te rompió. No necesitas gritarlo, pero sí decirlo. Aunque sea en voz baja. Aunque sea hoy, frente a esta pantalla, en la soledad de tu habitación. “Eso que me hicieron estuvo mal”.
Y aunque nadie más lo entienda, tú lo sabes. Y eso basta.


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Gracias por leer con el corazón.

IA y la salud mental

“Las máquinas nos dan respuestas; pero sólo el alma humana puede formular las verdaderas preguntas”.
— Viktor Frankl

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en un tiempo extraño: tan hiperinformado como desorientado, tan conectado como solitario. La inteligencia artificial (IA), protagonista indiscutible de esta nueva era, no sólo ha modificado la manera en que nos comunicamos, trabajamos o consumimos, sino también —y quizá de forma más silenciosa— cómo nos pensamos a nosotros mismos. En el ámbito de la salud mental, su presencia es cada vez más visible: plataformas que ofrecen apoyo emocional, algoritmos que detectan señales de riesgo suicida, sistemas que prometen una psicoterapia automatizada y sin demoras.

A primera vista, esto puede parecer una bendición: en un mundo donde el sufrimiento psíquico se ha vuelto pandemia, contar con herramientas accesibles, inmediatas y eficaces suena como una respuesta esperanzadora. Sin embargo, la pregunta no es sólo qué puede hacer la tecnología, sino qué está dejando de hacer la presencia humana. ¿Qué se pierde cuando el consuelo llega en forma de notificación? ¿Qué se rompe cuando el otro es sustituido por una interfaz? Esta entrada se adentra en ese intersticio entre la promesa del algoritmo y la herida del alma: un diálogo urgente entre inteligencia artificial y salud mental.

La promesa tecnológica: prevención, eficiencia y vigilancia emocional

Uno de los grandes atractivos de la IA en salud mental es su capacidad para procesar datos masivos y detectar patrones antes de que un síntoma se verbalice. Estudios recientes muestran que, mediante el análisis de publicaciones en redes sociales, registros de voz o patrones de sueño, los algoritmos pueden predecir episodios depresivos o ansiosos con una precisión notable. Esto abre posibilidades fascinantes en términos de prevención y acceso temprano a tratamiento, sobre todo en regiones con escasez de profesionales. En una de sus aportaciones, Johannes C. Eichstaedt nos explica: “Los algoritmos pueden identificar marcadores lingüísticos de depresión con una precisión del 70%, incluso antes de que el sujeto haya sido diagnosticado clínicamente» (Nature Human Behaviour, 2018).

Sin embargo, detrás de esta precisión cuantitativa se esconde un problema cualitativo: la reducción del sujeto a un perfil de riesgo. El algoritmo no escucha el sufrimiento; lo clasifica. No aloja la palabra; la traduce a variables. Y eso plantea una paradoja inquietante: cuanto más eficaz es la IA en predecir, menos espacio deja para el acontecimiento subjetivo, lo imprevisto, lo que irrumpe sin lógica. El riesgo, entonces, no es sólo técnico sino clínico: pensar que saber antes equivale a curar mejor, cuando en realidad, en salud mental, lo importante no es la anticipación sino el encuentro.

¿Puede una máquina escuchar el dolor?

Surgieron ya múltiples aplicaciones que ofrecen acompañamiento emocional 24/7. Algunas, como Woebot o Wysa, se presentan como “robots empáticos” entrenados en terapia cognitivo-conductual, capaces de sostener conversaciones aparentemente afectuosas y de dar consejos útiles para lidiar con el estrés o la ansiedad. Pero no descuidemos un punto importante: esta función de la IA no es y no debe ser un sustituto del analista o terapeuta. Hablamos sólo de una compañía momentánea, una contención del momento. En una entrevista para la revista Forbes en 2018, la fundadora de Woebot Health, Alison Darcy, decía esto: “Woebot no fue creado para reemplazar a los terapeutas, sino para acompañar a las personas allí donde están — en sus teléfonos — y ofrecer algo útil en el momento». Esto en sí es inquietante y muy alarmante, ya que nos hace ver una realidad que estamos descuidando: el acompañamiento cada vez se vuelve más y más artificial. ¿Dónde están los demás?

Lo que distingue la escucha clínica no es la amabilidad del lenguaje ni la coherencia de la respuesta. Es la capacidad de sostener la palabra del otro sin apresurarla, de tolerar su ambigüedad, su repetición, su silencio. Es comprender que el dolor no siempre busca una solución, sino un lugar donde ser dicho. Jacques Lacan advertía que “la palabra tiene efectos de cuerpo” (Escritos, 1966). Y ese cuerpo, en la clínica, no es sólo el del analizando: es también el del analista, el terapeuta, el otro encarnado que se conmueve, se cansa, se confunde y, aun así, permanece. La IA, por su propia estructura, no puede ser afectada. Puede simular empatía, pero no padecerla. Y eso, en el vínculo terapéutico, hace toda la diferencia.

No habrá inconsciente, pero al menos sí protocolo…

El sujeto dividido frente al algoritmo que todo lo sabe

En el corazón del psicoanálisis habita una certeza: el sujeto está dividido. No es dueño de su palabra ni transparente ante sí mismo. Se contradice, se pierde, se traiciona. Su dolor no siempre tiene sentido, y muchas veces lo que más sufre es lo que no puede nombrar. La IA, por el contrario, opera bajo el principio de la consistencia. Busca regularidades, reducir ambigüedades, optimizar comportamientos. Y aunque esto puede ser útil para predecir ciertas conductas, es profundamente insuficiente para alojar lo que el sujeto no sabe que dice cuando habla. En su libro, Cinco lecciones sobre el psicoanálisis (1992), Juan David Nasio señala algo que nos es de mucha utilidad en este tema: “El inconsciente no es un algoritmo: no responde a reglas explícitas, sino a desplazamientos, condensaciones y silencios”.

El riesgo aquí no es sólo técnico, sino simbólico: que la lógica del rendimiento colonice también los territorios del alma. Que el síntoma, lejos de ser escuchado como un mensaje cifrado, sea visto como un error de sistema a corregir. Que el deseo se confunda con un desajuste estadístico. Y que el sufrimiento, en lugar de ser atravesado, sea simplemente callado por una notificación bien redactada.

Más conectados, más solos

Vivimos en la era de la conectividad constante. Sin embargo, nunca como ahora hemos sentido tan intensamente la soledad. No soy el primero ni el único en decirlo, pero sucede mucho que en las redes sociales, sobre todo Facebook, el efecto es demoledor: nos acerca a gente lejana, nos aleja de gente cercana. Sumado a esto, la inmediatez (de la que ya hemos hablado en varios encuentros) hoy exige más de lo que realmente se puede ofrecer. Es irónico, porque incluso podemos señalar «lo que es humanamente imposible de ofrecer»: presencia constante y activa. En este contexto, la IA promete una presencia permanente, una compañía sin juicio, sin demora, sin conflicto. Pero, ¿qué clase de presencia es aquella que no puede faltar? Hace unos días asistí a una lectura sobre la obra de Byung-Chul Han, en donde uno de mis queridos amigos hizo hincapié en una cita que hasta apunté: “El malestar actual no proviene de la falta de herramientas, sino de la falta de vínculos reales. La IA puede ser una prótesis, pero nunca un otro” (La expulsión de lo distinto, 2014). Un efecto más del «progreso» tecnológico: la deshumanización de las relaciones. Donde «sustituir» se vuelve «expulsar».

La clínica —y, más ampliamente, la experiencia humana— necesita del otro como alteridad, no como reflejo. El vínculo que cura no es el que responde siempre bien, sino el que permite habitar la incertidumbre. La IA, en su afán de eficiencia, nos da respuestas limpias y rápidas. Pero lo humano se gesta, muchas veces, en la espera, en el equívoco, en el no saber. No es casual que muchas personas que han conversado largamente con asistentes de IA terminen experimentando una angustia sorda: intuyen que, en el fondo, no hay nadie del otro lado. Y eso, más que consolar, desampara. ¿Uno puede encontrar consuelo en una respuesta fría, calculada y estadística?

Ética, límites y responsabilidad clínica en tiempos de automatización

El ejercicio clínico no es una técnica neutral. Implica una ética: una disposición a hacerse responsable por el otro, a poner el cuerpo —no sólo en sentido físico, sino afectivo, simbólico, incluso espiritual— frente al dolor ajeno. La IA, por muy potente que sea, no puede asumir responsabilidad. Puede calcular probabilidades, pero no cargar con consecuencias. Puede indicar riesgos, pero no decidir qué hacer con ellos. Y, sobre todo, no puede responder con presencia cuando algo en el otro se rompe. De hecho, hay que ser justos con la IA también, ya que en sus respuestas suelen concluir con una recomendación de buscar apoyo profesional, filial o familiar. Pero eso, como pasa seguido, es lo que menos se lee. ¿Y por qué no se lee? Porque ya hay una resistencia de por medio: si estoy con la IA, es porque no encontré a alguien más. Por miedo, por pena, por inseguridad, por la razón que queramos. Ya que todo acto clínico implica una responsabilidad subjetiva. La IA no puede ser imputable del sufrimiento que toca.

Conviene recordar a Hans Jonas: “La técnica debe ser guiada por una ética del futuro, una ética de la responsabilidad por la fragilidad humana» (El principio de responsabilidad, 1979). Por eso, más que pensar en reemplazar al terapeuta con una IA, conviene imaginar modos de complementariedad responsables, donde la tecnología amplíe el acceso, pero no sustituya el lazo. Donde el algoritmo sea herramienta, pero nunca interlocutor. Donde lo humano, con su fragilidad y su exceso, siga siendo el centro.

Reflexión final

La inteligencia artificial ha llegado para quedarse, y su aporte a la salud mental puede ser valioso. Pero también nos confronta con una decisión profunda: ¿queremos alivio o queremos sentido? ¿Queremos que nos calmen o que nos escuchen? ¿Queremos una respuesta rápida o una compañía real? En Crónicas del Diván, sabemos que el alma humana no se deja reducir a patrones ni a comandos. Que el dolor, cuando se dice, necesita un otro que lo escuche de verdad. Que el consuelo no está en la respuesta correcta, sino en la presencia que no se va. Tal vez la IA pueda ayudarnos a llegar antes. Pero aún necesitamos alguien que, al abrir la puerta, nos diga: “aquí estoy, no sé todo… pero te escucho”.

Soportar la indiferencia

«Nada es más insoportable que el silencio de aquellos a quienes uno ama»

-Pascal Quignard

En respuesta a la amable y generosa carta de Julieta (Uruguay).

Queridos(as) lectores(as):

Es difícil explicar lo que se siente cuando uno ofrece algo desde el corazón y lo que recibe a cambio es silencio. No un silencio profundo, meditativo, ni mucho menos agradecido, sino ese otro: el que vacía. El que deja en visto. El que no responde ni con una palabra, ni con un «lo leí», ni con un simple «gracias». Ese que, a fuerza de repetirse, comienza a doler. Lo que más duele, a veces, no es que no te lean. Es que no te lean quienes pensabas que te iban a leer. Es que no te escuchen los que conoces, los que alguna vez dijeron admirar lo que haces, los que comparten memes o trivialidades, pero no se detienen frente a algo que puede hacerles bien, aunque sea por un momento.

Algo que no se vende, que no se cobra, que no busca otra cosa más que compartir un pensamiento que tal vez alivie, acompañe o despierte algo valioso en el otro. Y entonces uno se pregunta: ¿vale la pena seguir? ¿Tiene sentido regalar palabras que a veces parecen caer en un abismo? La respuesta no es sencilla, pero tampoco desesperanzadora. Porque hay algo en nosotros que insiste. Algo que nos recuerda que no escribimos sólo por ser leídos, sino porque callar nos lastima más que el silencio de los otros.

La trampa de las expectativas

Es curioso —y cruel, a veces— cómo uno va alimentando expectativas sin querer. Esas pequeñas esperanzas que se tejen al escribir algo y compartirlo, al hacerlo llegar a personas cercanas. Uno cree que, por el vínculo, por el aprecio mutuo, por la historia compartida, esa persona leerá, comentará, dirá algo. Lo que sea. Porque no se está vendiendo nada, no se está imponiendo un discurso, sino regalando un pensamiento. Y sin embargo… no ocurre. La decepción, entonces, no nace de un rechazo explícito, sino de una ausencia que pesa. Porque lo que duele no es sólo que el otro no lea, sino que no quiera hacerlo. Que no tenga ni la curiosidad, ni el gesto, ni el mínimo movimiento del alma para acercarse a algo que podría tocarlo, ayudarlo o simplemente acompañarlo. Decía Albert Camus: «No ser amado es una simple desventura. La verdadera desgracia es no saber amar» (El mito de Sísifo, 1942).

Ahí es cuando la expectativa se revela como una trampa. Porque uno no escribía para ser aplaudido… pero secretamente, sí esperaba algo. Esperaba un gesto. Un eco. Una señal. Y cuando esa señal no llega, no queda más remedio que mirarse por dentro y preguntarse: ¿por qué me dolió tanto? ¿Es por ellos o por lo que había en mí, esperándolos? La respuesta no siempre consuela, pero libera. Porque al reconocer esa trampa, también se reconoce el valor de seguir escribiendo aun cuando no haya respuesta. Como quien deja una carta en una botella, con la esperanza serena —y muchas veces solitaria— de que algún día, en alguna orilla del mundo interior de alguien, esa carta será leída.

El silencio que duele más que un «no»

Hay silencios que sanan, y otros que matan algo dentro. Hay silencios llenos de respeto, de espera, de escucha… y hay otros que son indiferencia disfrazada de paz. El segundo es el que más duele. Porque no es un rechazo frontal, no es una crítica que permita diálogo o respuesta. Parafraseando a María Zambrano: «El silencio que no espera es el más cruel de todos». Es una ausencia elegante, una especie de vacío decorado con cordialidad digital: el “visto” de las redes sociales. Vivimos una época donde la exposición es constante, pero el verdadero encuentro escasea. Se responde más rápido a un meme que a una reflexión. Se comparte antes una frase hecha que un pensamiento profundo. Y así, cuando uno lanza algo importante —algo trabajado, cuidado, sentido— y lo único que recibe a cambio es ese silencio pulido de las plataformas, la herida se abre en un lugar inesperado: no en el ego, sino en la esperanza.

Porque uno no esperaba ovaciones, ni palabras grandilocuentes. A veces, con un simple «te leí», bastaba. Pero no llega. Y entonces el silencio se vuelve estruendo. No por su volumen, sino por su carga simbólica. Quien no responde, el que no se toma ni un minuto, parece decir —aunque no lo diga—: «no me interesa». Pero ¿realmente no les interesa? ¿O hemos llegado a tal nivel de anestesia emocional que lo gratuito, lo profundo y lo humano ya no convoca? La respuesta, quizás, no esté en ellos. Tal vez esté en nosotros. En quienes aún creemos que el alma merece ser tocada, incluso por palabras que nadie pidió, pero que alguien podría necesitar. Y aunque el silencio siga cayendo como una losa, la palabra, si es honesta, seguirá siendo un acto de resistencia. Un gesto de fe. Un modo de decir: «Aquí estoy. Y aunque no respondas, sigo creyendo que el encuentro es posible».

«A veces hay cosas más interesantes e importantes en un mundo absurdo que un buen libro» -Héctor Chávez Pérez

El valor de lo gratuito

Hay una profunda distorsión en la forma en que entendemos el valor. Se ha instalado la creencia de que sólo vale aquello que se puede comprar, medir, monetizar. Y sin embargo, lo gratuito —lo verdaderamente gratuito— no es sinónimo de barato, ni de irrelevante. Es, en realidad, una de las formas más puras de lo humano. Es fácil despreciar lo que se ofrece sin costo. Y más aún, ignorarlo. Pero lo gratuito lleva consigo una densidad que no siempre se ve: implica tiempo, dedicación, deseo de bien. Tal como dice Ivan Illich en su texto, La convivencialidad (1973): «Lo gratuito no es lo que carece de precio, sino lo que nace de una relación humana auténtica». Implica vínculo. Cuando alguien escribe, comparte una reflexión, un pensamiento cuidado, y lo hace sin esperar nada a cambio, está haciendo una ofrenda. Una invitación silenciosa al encuentro. Pero vivimos en tiempos en los que dar sin pedir parece ingenuo. Como si fuera sospechoso. Como si no tuviera lugar en un mundo regido por el rendimiento, la utilidad y el consumo.

Y entonces lo gratuito —en lugar de ser honrado como un acto noble— es ignorado como si fuera una molestia. Sin embargo, quienes seguimos apostando por la palabra gratuita, por el pensamiento que se entrega sin factura, no lo hacemos por necedad, sino por fidelidad a algo que sentimos verdadero. Porque el alma también necesita ofrecer, y no siempre desde la necesidad de respuesta, sino desde la convicción de que hay cosas que deben ser compartidas. Escribir y ofrecer lo escrito sin precio no es un gesto menor. Es resistir. Es confiar en que lo humano aún vive en alguna parte. Es tender puentes donde todo parece construido con muros. Y si algún día alguien cruza ese puente, aunque sea una sola persona… entonces habrá valido la pena.

¿Para quién se escribe, entonces?

Hay un momento inevitable en la vida de quien escribe —de quien da, de quien piensa y comparte— en el que la pregunta se vuelve punzante: ¿para quién lo estoy haciendo? Cuando no hay respuesta, cuando el silencio se multiplica, cuando los propios cercanos parecen no ver lo que uno ofrece… esa pregunta no es un ejercicio intelectual: es una herida abierta. Pero en medio de esa incertidumbre, hay algo que se impone como necesidad: escribo porque si no lo hiciera, me dolería aún más. Escribo porque es mi manera de seguir buscando sentido, de nombrar lo que no debe quedar en la sombra, de acompañar aunque no siempre haya compañia de vuelta.

Clarice Lispector, en una de esas frases que parecen salidas del fondo de una noche silenciosa, escribió: «Escribo para entender lo que el silencio me dice» (esta frase, por cierto, la encontramos incontables veces en varios lugares, pero realmente es una paráfrasis de lo que dice, hermosamente, en Un soplo de vida (1978): «Escribir es una maldición que salva»). Y quizás ahí esté una de las claves. Porque a veces no se escribe para otros, sino para intentar traducir lo que se mueve en el alma cuando el mundo calla. La escritura se convierte entonces en una forma de oración, de memoria, de testimonio. No se trata de si lo leen hoy o mañana, ni siquiera de si lo agradecen. Se trata de que hay cosas que deben ser dichas. Y si uno tiene el privilegio —o la carga— de poder decirlas, callar se vuelve una forma de traición.

Una semilla invisible

Escribir, dar, compartir sin saber si alguien escucha… puede parecer un acto ingenuo, casi absurdo. Pero no lo es. Es, en realidad, un gesto de fe. De una fe que no siempre se nombra en voz alta, pero que sostiene la vida misma: la creencia de que nuestras palabras —como semillas— pueden crecer incluso en tierras que no vemos. A veces, uno se siente como ese personaje de Jean Giono en su obra El hombre que plantaba árboles (1953), quien planta árboles en una tierra desolada, sin esperar que alguien lo aplauda, sin pedir reconocimiento, simplemente porque es necesario. Giono escribe: “Para que el carácter de un ser humano revele cualidades verdaderamente excepcionales, hay que tener la suerte de poder observar su acción durante largos períodos. Si esa acción no persigue ningún interés propio, entonces es posible juzgar que se está ante una grandeza de alma”. Y en la escritura gratuita —esa que nace sin interés ni contrato— también hay algo de esa grandeza silenciosa.

Tal vez nuestras palabras no germinen hoy. Tal vez no sean vistas por quienes más esperábamos. Pero en alguna parte, en algún momento, pueden tocar un corazón herido, una mente confundida, un alma que buscaba algo y no sabía qué. Como la lluvia que cae sobre la tierra seca… aunque no sepamos a qué profundidad llegó. Por eso, a pesar del desencanto, de la indiferencia ajena, de las expectativas rotas, sigo escribiendo. Porque a veces —y esto lo aprendí con el tiempo— el simple acto de dar puede salvar, no al otro, sino a uno mismo.

Y si alguna de estas palabras encuentra eco, aunque sea en una sola persona, entonces ya no fueron en vano…

Un momento de paz en tu día

«La contemplación no es evasión, sino presencia absoluta. Es tomarse un momento para decirle sí a lo que es».

-Thomas Merton

Queridos(as) lectores(as):

Siempre decimos que no hay tiempo. Que la vida no da tregua, que los días se nos escapan como agua entre los dedos. Pero cuando finalmente lo hay—cuando se abre un espacio sin obligaciones inmediatas—hacemos todo, menos buscar la paz. Ponemos una serie, revisamos redes, buscamos cualquier distracción que nos aparte de nosotros mismos. Y sin embargo, lo que más anhelamos no es entretenimiento… es reposo. ¿Cuántos de nosotros, cuando tenemos un momento apartados del estudio y del trabajo, lo primero que hacemos es ponernos a platicar con alguien en vez de dedicarnos un tiempo para nosotros mismos?

La paz no llega por accidente. Se cultiva. Como una flor frágil, necesita espacio, silencio, luz. Y sobre todo, voluntad. Porque estar en paz es una decisión. Hace algunos años, y quienes llevan tiempo acompañándome en este lugar de encuentro, recordarán que sostuve una amena plática con un monje budista. Quiero traer a este momento algo que me dijo y que, en buena medida, toca con profunda armonía el tema que estamos tratando: «Un momento de paz en tu día, es un momento que tienes para ser consciente de todo». ¿Cuántas veces vivimos de manera automatizada sin reparar en lo que hacemos? Vivir cada día es vivir en consciencia, porque sucede que a veces hacemos cosas que podríamos hacer de otra manera e, incluso, no habría necesidad alguna de hacerla. En esta época donde la tecnología pareciera que nos está consumiendo, no seamos robots, seamos perfectamente humanos.

Respirar como acto sagrado

El cuerpo sabe cosas que el alma olvida. Basta sentarse en silencio y seguir el vaivén de la respiración. Inhalar como quien recibe. Exhalar como quien entrega. “Presta atención a tu respiración, porque en ella habita tu regreso, enseñan muchas escuelas de meditación budista. Thich Nhat Hanh, monje zen y poeta, escribió: “La paz está presente en cada paso. Si uno camina en paz, el mundo entero camina en paz» (La paz está en cada paso, 2006). En otros encuentros hemos hablado sobre cómo las personas van a la deriva con la mirada perdida y los pensamientos revoloteando como porcas (cabezas de cerdo con alas de murciélago) en nuestra mente. Mucho ruido y poca claridad: dudas que se vuelven delirios. Tener un momento de paz durante nuestro andar es darnos la oportunidad de «apagar el switch» sobre las cosas que nos preocupan y centrarnos en lo que nos rodea. Pienso, por ejemplo, en las veces en las que tomo el metrobus: me pongo mis audífonos, pongo música tranquila y apropiada, mientras voy «descubriendo» el camino por el que voy. Este no es un ejercicio de evasión. Es el comienzo de la presencia.

>Una práctica simple:

  • Inhalen en 4 segundos
  • Retengan 4 segundos
  • Exhalen en 6 segundos
  • Descansen 2 segundos

Háganlo 3 ó 4 veces al día. Es una forma de regresar a casa. Y pensamos en lo que Albert Camus decía: “En medio del invierno, descubrí que había en mí un verano invencible» (El verano, 1950).

El ritual en lo cotidiano

Preparar una taza de café puede ser un acto espiritual si se lo vive con atención plena. El sonido del agua, el aroma, el calor entre las manos… todo habla. En ese pequeño ritual, uno se reconcilia con el instante. En un encuentro anterior (Ven, preparemos un mate) les contaba cuando mi mamá me ayudaba a recuperar la paciencia sobre las cosas mientras nos preparábamos un mate. Un ritual tiene un poder simbólico profundo y muy personal que justo nos ayuda a centrarnos, a volvernos al aquí y al ahora. Una paciente me cuenta tiernamente que ella tiene un momento de paz cuando se pone a regar sus plantas cuando regresa a casa después del trabajo: «No sabes, me encanta, voy y les echo agua… ¡y platico con ellas! Les cuento mi día, les hablo con ternura y no sé, me ayuda a sentirme menos estresada».

Vivimos siempre a las carreras que hasta se nos olvida disfrutar de lo que hacemos en el proceso. Una vez, un querido amigo me invitó a tomar un café antes de que le tocara ir a recoger a sus hijos a la escuela. Me llamó la atención que su plática se veía constantemente interrumpida por estar viendo el celular o el reloj. «Perdona, es que no quiero que se me vaya a pasar la hora». Le sugerí que pusiera una alarma quizá unos 15 minutos antes (cabe decir que faltaban como 3 horas para que tuviera que ir por sus hijos). Lo hizo, y eso le ayudó a estar más en la plática… o eso creí. Resulta que mientras me contaba sobre las distintas cosas de su vida y de su trabajo, el bebía su café como si fuera agua. Y ojo aquí: la simplicidad del agua pareciera que nos hace evadir el lujo que es poder tomarla. Hoy hacemos las cosas tan en automático que no reparamos en disfrutarlas.

Mi café me duró fácilmente unos 40 minutos, entre que estaba muy caliente y mi lengua de gato no me permite tomarlo así, y entre que disfrutaba cada sorbo el sabor tan peculiar y delicioso. Mi amigo se tomó el suyo en 10 minutos. ¿Ven a lo que me refiero de la importancia de los rituales en el día a día? Basta un gesto: encender una vela, escribir tres líneas en un diario, tomar un té en silencio, cerrar los ojos y dar gracias. La espiritualidad, en su sentido más amplio, no es otra cosa que aprender a estar presentes con amor en cada gesto, por pequeño que sea. Ya lo decía santa Teresa de Calcuta: “Haz lo ordinario con amor extraordinario» (Donde hay amor, está Dios, 2010).

La oración como brújula

La tradición católica no excluye el silencio. Muy al contrario, lo necesita. “Cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que ve en lo secreto” (Mt 6,6). En la oración aprendemos a decir nuestras inquietudes sin pretender dominarlas. A veces basta una súplica: “Señor, que vea” (Mc 10,51). Ver lo que sentimos. Ver lo que evitamos. Ver lo que necesitamos. Como decía Simone Weil, tan cercana a la mística como al sufrimiento humano: “La atención, tomada en su forma más elevada, es la oración» (A la espera de Dios, 1996). La oración es también una forma de reordenar lo disperso. Cuando el creyente entra en oración, lo que hace antes de cualquier cosa es centrar su atención en su corazón. ¿Qué me duele? ¿Qué me preocupa? ¿Qué me da tanta alegría? Etc. Eso es ser conscientes de nuestros sentimientos y cómo reaccionamos ante ellos. Muchas veces nos damos cuenta que lo que tanto nos puede estar afligiendo, en realidad no depende de nosotros, no está en nuestras manos. ¡Y cuánto nos agobia! Esa consciencia de lo que sucede nos ayuda a hacernos responsables de lo que nos toca, de lo que podemos hacer, y dejar el resto en manos de Dios (o simplemente que pasen como tengan que pasar).

Desde la tradición católica ortodoxa llega una de las formas más bellas de oración contemplativa: la Oración del corazón, también conocida como la Oración de Jesús: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. Se repite con cada respiración, permitiendo que el ritmo del cuerpo acompañe el alma. No es una súplica desesperada, sino una invocación constante de presencia amorosa. “Baja con la mente al corazón y permanece allí, frente al Señor”, decía san Teófano «el Recluso». Es una forma de unificar pensamiento, cuerpo y espíritu en un mismo gesto de humildad y entrega.

Incluso contemplar la naturaleza es desconectarse del caos, conectándonos al mismo tiempo al resto de la vida.

La paz no es negación

No buscamos “positividad tóxica” ni forzar la calma. Buscamos la paz real: esa que nace de enfrentar la vida como es, sin adornos ni máscaras. Marco Aurelio, emperador romano estoico, escribió en sus Meditaciones: “La felicidad de tu vida depende de la calidad de tus pensamientos”. Y añadía: “No dejes que tu mente divague lejos de ti”. Pensemos por un momento lo siguiente: ¿cuántas veces nos preocupamos por cosas que poco o nada tienen que ver con nosotros? De acuerdo, no se trata de ser indiferente, pero tampoco se trata de hacer que todo gire alrededor nuestro. Una amiga me decía que no podía dormir porque le angustiaba mucho el tema de los pasados incendios en Los Ángeles. Pensaba en la pobre gente que había perdido todo, en quienes murieron, etc. ¡Y qué alegría que haya quienes se les conmueva todavía el corazón por la desgracia ajena! Sin embargo, ¿ella podía hacer algo desde la Ciudad de México para ayudar a las personas allá? Claro que sí, podía estar al pendiente de campañas oficiales de apoyo económico, poder llevar despensas a los centros de acopio, ofrecerse como voluntaria… y ya. De ahí en fuera, no había más que hacer.

No se trata de apagar el mundo, sino de aprender a habitarlo sin ser arrastrados por él. Hay que entender que hay cosas que nos corresponden y otras que no, que tal vez podamos hacer algo y a veces no podamos hacer nada. Pero de ahí a que la frustración generada domine nuestras vidas al punto de quitarnos el sueño, de arrebatarnos la paz y demás, es algo que no permite que tengamos ni un momento de paz por mucho que lo busquemos. No se trata de negar la vida, sino de aceptarla, tal y como es. Habrá que ver qué se puede hacer, si es que se puede hacer algo y si es que tenemos los medios o los recursos para hacerlo. No todo depende de nosotros. Aprendamos a perderle el protagonismo innecesario a la vida que no es nuestra. Aceptar que no podemos con todo también es un acto de fe. La humildad de saberse limitado es el principio de la verdadera paz.

Ascética cotidiana, no heroica

La paz no es para los monasterios únicamente. Está disponible para quien decide, por un momento, no dejarse llevar por el automatismo. Encender una vela. Escuchar música con los ojos cerrados. Leer un Salmo. Repetir un versículo. Respirar con consciencia. Dar gracias por lo que se tiene (y por lo que no). Todo eso es una forma de ascesis: no de castigo, sino de afinamiento del alma. Evagrio Póntico, uno de los padres del desierto, escribió: “Si eres auténtico en lo poco, serás auténtico en lo grande. La paz comienza en lo simple» (Tratados ascéticos, 2013). Quizá el mayor acto de amor por uno mismo no sea cambiar de vida. Tal vez, sea cambiar la forma de habitarla. Regalarse un instante cada día donde el alma, al fin, pueda sentarse y decir: “aquí estoy». Porque la paz no es ausencia de conflicto. Es presencia real. Es la presencia nuestra en nuestra vida. Y esa… comienza hoy. Tal vez no necesitamos cambiar de ciudad, de trabajo o de vida. Tal vez necesitamos cambiar de ritmo, de gesto, de silencio.

5 minutos para el alma

Siempre hay tiempo, lo que falta es querer tomarlo y aprovecharlo. Todos tenemos incontables cosas que hacer a lo largo del día, cosas que nos preocupan, que nos tienen en constante vigilia. Definitivamente no podemos hacer mucho al respecto. Pero todos, también, tenemos tiempo para hacer otras cosas en el proceso diario. Si tenemos, por ejemplo, 5 minutos entre hora y hora, podemos aprovecharlos para levantarnos a estirarnos, mojarnos la cara, salir a tomar aire fresco, un poco de sol, prepararnos una rica bebida fría, escribirle un mensaje a un ser querido (pero esto último no debe ser lo primero). Porque esos 5 minutos son nuestros. Cuando los dedicamos a alguien más, los perdemos. Porque nos dedicamos al otro, no a nosotros mismos. Y no caigamos en el autoengaño simplón: «Es que es lo que yo decido hacer con mi tiempo». Porque en realidad se trata de algo más preocupante: NO SABER ESTAR SOLOS. NO SABER ESTAR CON NOSOTROS MISMOS.

Y esto último lo reforzamos con una cosa que decía el P. Henri Nouwen: “Cuando te sientes en silencio contigo mismo, estás orando. Aunque no digas nada».

Redes sociales: llamadas de auxilio

«Las redes sociales han creado un espacio donde la intimidad se convierte en mercancía y el yo en espectáculo».

-Sherry Turkle

Queridos(as) lectores(as)

Vivimos en una época donde el narcisismo no es un rasgo patológico, sino una expectativa social. Las redes no nos piden autenticidad; nos piden visibilidad. Hace unos días, estuvo saliendo en redes sociales un video de una chica (que desconozco quién sea) que al parecer está en un estadio deportivo, y que cuando empieza a sonar la música, parecía «rendirse» a la «necesidad» de ponerse a bailar, cosa que nadie más hizo y sólo se le quedaban viendo. En palabras de ella «no me pude resistir». De acuerdo, a cuántos no nos ha pasado eso, que escuchamos algo de música que nos gusta y no podemos evitar empezar a movernos con ritmo. El tema acá es que ella hacía ciertos gestos entre el dolor y el goce, casi como una actriz atrapada en un guión no escrito: el del espectáculo de sí misma. Y no sólo fueron los gestos de los demás que la veían, cuando uno entraba a la sección de comentarios, en verdad fue impresionante cómo se le fueron con todo: «Ridícula», «Cuando ya no sabes cómo llamar la atención», «Así o más fingido», «¿En verdad está llorando por bailar?, «Cómo se ve que sabía que la estaban grabando», etc.

Y no es la primera vez que sucede algo así (y por lo que veo tampoco la última). Si bien tuvo sus «defensores» que salieron a decir que los demás eran unos amargados y demás, cosa que también es una posibilidad, no dejar de ser algo que nos inquieta y nos hace preguntar: ¿qué necesidad? ¿De bailar? No, de exponernos. Claro, todos somos libres de hacer lo que se nos pegue la gana, pero haciéndonos cargo de las consecuencias, sean positivas o negativas. Desconozco si la chica en algún momento salió a decir algo sobre lo que se había generado, pero lo que es un hecho es que dejó huella en el eterno malestar del ser humano (por nada). En palabras de Byung-Chul Han: «La sociedad actual no se basa en el deber, sino en el rendimiento. Y el sujeto del rendimiento es un empresario de sí mismo« (La sociedad del cansancio, 2010). El problema es que ese “emprendimiento de uno mismo” en redes como Instagram ha degenerado en una sobreexposición vacía: no se sube contenido con sentido, sino con urgencia. Urgencia de ser visto, de no desaparecer. De gritar, aunque nadie escuche. Todo espectáculo necesita una audiencia. Y todo vacío, un disfraz.

Publicar como acto de supervivencia

La necesidad de llamar la atención en redes es, en el fondo, un síntoma. Un síntoma de angustia y de deseo mal canalizado. Sigmund Freud ya lo anticipaba en El malestar en la cultura (1928), cuando hablaba de la tensión entre el yo y el otro, entre la pulsión y el orden social. Lo que hoy vemos en redes es una forma de acting out digital: «El sujeto no sabe lo que desea, pero actúa su deseo sin saberlo». Así, vemos a miles de personas exponiendo su vida sin contexto, sin forma, sin sentido, sólo con la esperanza de no ser ignorados. Porque en esta era, el anonimato duele más que la crítica. Ser invisible es peor que ser odiado. Aunque, cabe decir, no tiene nada de malo disfrutar lo que uno hace, al contrario, qué mejor para lidiar con tanto estrés y cosas que nos obligan a «ser otros» en la sociedad moderna. Sin embargo, sí es justo entender que las intenciones reales de cada «compartir» nos hablan de ciertas necesidades que no sabemos expresar con palabras, y como diría Freud, sólo las actuamos.

Hay un ejemplo que a más de uno nos hace ruido: cuando vamos a un restaurante y queremos compartir «nada más porque sí» lo que nos acaban de traer. Y nos sale el fotógrafo profesional que habita en nosotros, acomodamos todo de tal manera que luzca todavía mejor el platillo. Tomamos la foto y la subimos a redes sociales. Por lo general acompañada de un texto tipo: «Disfrutando la vida», «Deli», «Viviendo la vida»… etc. Pregunta: ¿por qué? Es decir, de acuerdo, la presentación del platillo puede ser maravillosa, y como bien dice el dicho «de la vista nace el amor». Pero volvamos a algo anterior: acomodamos todo. Lo que se acomoda no es sólo el platillo, sino la escena entera: un montaje donde no buscamos comer, sino ser vistos comiendo. Y a veces ni eso. ¿Qué tiene que ver el ambiente, la distribución de los cubiertos, los condimentos, el servilletero, etc., para este fin? Han habido videos donde las personas que hacen eso, de repente se ven afectados por quien los está grabando ya que les hacen algo que les arruina su moderno ritual, ya sea metiendo la mano en la foto, destruyendo con el tenedor la rebanada de postre, etc. Y claro, la reacción es automática: furia y desquite. Cualquiera reaccionaría así ante una acción como esa, pero, ¿fue por arruinarles el platillo o por arruinarles la foto?

El juicio del otro como condena compartida

Muy bien, dejemos por un momento a la persona que sube el contenido a redes sociales. Hay un fenómeno paralelo que merece atención: cada vez más usuarios se quejan del contenido ajeno. Lo ridiculizan, lo atacan, lo critican. Como si no soportaran ver ese grito desesperado en el otro porque les recuerda el suyo. Jacques Lacan lo explica con claridad: “El deseo del hombre es el deseo del Otro”. (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, 1964). Una vez, platicando con unos amigos, salió el tema de por qué la gente odia tanto a ciertos individuos. No voy a poner nombres, pero sí profesiones, porque eso nos ayuda a ampliar el espectro: futbolistas, modelos, artistas, youtubers, escritores, influencers, etc. Es en verdad increíble cuánta molestia despiertan en algunas personas, y eso tiene nombre: envidia. ¿Envidia de qué? De que ellos son o hacen lo que los otros no podemos ser o hacer. En aquella ocasión, un amigo me dijo: «Mientras no seas un escritor como Paulo Coelho, no pasa nada». Este autor brasileño es uno de lo más atacados a nivel mundial porque se dice de él que escribe cosas muy bobas o tontas, que es muy simplona su literatura. A lo que le contesté: «Pues ojalá sea como él, que por cosas así me hagan un Best Seller a nivel mundial y pueda vivir de mis libros». Las risas no faltaron.

Rechazar al otro es una manera de no enfrentarnos al vacío propio. Es más fácil burlarse del que sube una foto sin sentido que preguntarse por qué nos molesta tanto. Y esto, una vez más, es un síntoma que cada vez se replica más y más. Søren Kierkegaard nos dice algo importante en su libro La enfermedad mortal (1849): “La desesperación es no querer ser uno mismo». Cuando hablaba de la envidia del otro, no me refiero sólo a lo que es o a lo que hace, sino a todo lo que hace posible que eso suceda. Pienso en cuando un youtuber o influencer sube cualquier cosa y por ello le pagan. ¿Cuál es uno de los primeros reclamos que solemos escuchar? «No, pues así yo también me hago famoso». Es interesante. ¿»Así» qué? Es que es bonita, tiene buen cuerpo, es atractivo, está todo macizo por el gimnasio… etc. Claro, accidentes que «facilitan» el llamar la atención a empresas que se aprovechan de eso para poder vender. Y es una realidad: mientras vendas, me sirves. Pero, aquí está el silencioso problema que padecen a los que usan: tarde o temprano, serán descartados. ¿Después de la belleza y el estilo, qué queda? ¿Con qué se va a llenar ese vacío? El sujeto, como mercancía, tiene fecha de caducidad emocional. Después de usarlo, lo olvidan. Y uno, sin saber quién era antes de todo eso, se queda sólo con el eco del aplauso. Las redes sociales, al final de cuentas, exponen una vida que no es del todo cierta. Es un juego de ilusiones que ocultan muchas carencias dolorosas y silenciosas. Aunque, francamente, eso de que «ocultan», me parece que poco a poco es lo contrario: evidencian.

La pulsión escópica: cuando mirar no basta

En psicoanálisis, la pulsión escópica se refiere al deseo de mirar y ser mirado. En redes sociales, esta pulsión se ha desbordado. No basta con mirar: queremos ser el centro de la mirada del otro. Ya lo decía Oscar Wilde: «Que hablen de uno es espantoso. Que no hablen, es peor». ¿Pero hasta qué punto tan drástico se está llegando? A un voyeurismo peligroso. Un voyeurismo invertido: mostrar para ser consumido. Jacques-Alain Miller, discípulo y yerno de Lacan, afirma: «Las redes sociales son una máquina de producción de goce. Pero el goce sin sentido conduce al agotamiento, no al placer». (Conferencia: “La era del Otro que no existe”, 2004). Una vez más: ilusiones que queremos que crean como una realidad. No nos gusta nuestra vida, no nos parece interesante, no nos gusta la manera en la que pensamos las cosas porque nos ocasiona más molestia que gusto. Y muchas cosas más que se confiesa de manera, otra vez, silenciosa y dolorosa. Las redes sociales se vuelven fábrica de apariencias y descartes: se aparenta algo, descartándonos en ello. Publicar no es siempre compartir. A veces, es simplemente implorar compañía.

Esa producción constante de “yo” —historias, fotos, reels, filtros, frases “inspiradoras”— se vuelve un mandato, casi una compulsión. Y como toda compulsión, termina por alienar al sujeto. Cada vez el sujeto es menos auténtico y su contenido peor. De un vacío no se puede sacar más que vacío. Mi cuenta de Instagram (@hchp1) es meramente de difusión cultural. Mi contenido yo sé que «no vende», que no llama siempre la atención. Primero: a la gente no le gusta leer, segundo, las imágenes no son ni a lo que están acostumbrados ni mucho menos lo que buscan. Una vez le pregunté a mis alumnos en la prepa qué esperaban encontrar en esa red social: los hombres fueron descaradamente sinceros, ellos querían ver mujeres guapas, las mujeres… ¡ellas sí que tienen claro que lo suyo es el mundo como tal! Fue impresionante el número de cosas que fueron diciéndome, cosa que me pareció maravillosa. Sin embargo, el hecho de que se abarquen tantas posibilidades corre el riesgo de nunca tener claridad sobre algo en específico. Porque de nada sirve un «me gusta de todo», cuando «no todo me llama la atención realmente». Mi humilde contenido de repente se lleva unos cuantos likes, pero nada en comparación con otros contenidos que estallan tanto en likes como en comentarios. Y créanme que no es queja, es una realidad: si no vendes, no importa. Yo sigo publicando y me da gusto cuando les gusta. Nada más. Pero sabemos bien que claro que me pesa que mi contenido no llame tanto la atención, pero ni modo, es lo que ofrezco.

¿Qué nos queda?

Lo que queda, quizá, es el silencio. La pausa. La posibilidad de no subir, de no mirar, de no buscar likes como forma de existencia. Pero eso exige una fortaleza emocional que pocos tenemos. Como escribió Søren Kierkegaard: «La desesperación más profunda es darse cuenta de que uno ha vivido su vida entera sin ser verdaderamente uno mismo» (La enfermedad mortal, 1849). Y esa es la paradoja: mostramos para ser alguien, pero mientras más mostramos, menos sabemos quién somos. Desde el diván, lo veo con frecuencia. Personas que llegan exhaustas, vacías, con ansiedad, sin saber por qué sienten que no valen nada si nadie les responde una historia o no alcanzan cierto número de vistas. La lógica del mercado se ha colado en la autoestima. Lo que subimos a redes, muchas veces, es lo que no nos atrevemos a decir en voz baja. A veces, sólo les hago una pregunta: «¿Para quién subiste eso?». No buscan respuesta. Sólo quieren ser escuchados. Como todos. Y entonces, en el fondo, Instagram no es más que una gran sala de espera. Un espacio lleno de pacientes sin terapeuta, gritando desde sus celulares lo que no pueden decir en voz alta: Mírame, por favor. No quiero desaparecer.

Si llegaron hasta aquí, tal vez esta entrada tocó algo en ustedes. No lo digo como juicio, sino como invitación a mirar un poco más dentro. Aquí algunas preguntas que vale la pena hacerse:

  1. ¿Alguna vez sintieron que si no subían algo a redes, nadie sabría que existen?
  2. ¿Se han sorprendido esperando ansiosamente que alguien vea o reaccione a sus historias?
  3. ¿Han borrado una publicación porque no tuvo suficientes “me gusta”?
  4. ¿Suelen juzgar con dureza el contenido de los demás, sin preguntarse por qué les molesta tanto?

Si alguna de estas preguntas les incomoda, no es casualidad. Quizás, en ese leve escozor, hay algo valioso que quiere ser atendido. Y para eso, como siempre decimos en este espacio, el diván está disponible. Porque a veces, lo más urgente no es subir algo más… sino bajar a ese lugar interno donde el deseo se aclara, el dolor se nombra y la angustia se acompaña. El análisis o la terapia están ahí para ayudarnos.

Los escucho.

Carta a los amores trágicos

Querido(a) lector(a):

Te escribo a ti, que conoces el peso de la soledad después de haberlo dado todo. A ti, que aprendiste que el amor no siempre se corresponde con la misma intensidad con la que lo entregamos. Vivimos tiempos extraños, tiempos en los que el amor parece ser un riesgo y la indiferencia un escudo. Tiempos donde los corazones se han vuelto cautelosos, donde muchos prefieren esconderse detrás del cinismo antes que arriesgarse a sentir. En este mundo, abundan las historias de personas que amaron demasiado y fueron dejadas atrás, de quienes construyeron castillos en el aire sólo para verlos derrumbarse con una despedida. Y también están aquellos que, sin darse cuenta, han aprendido a amar de una manera egoísta, como si el mundo les debiera todo, sin estar dispuestos a dar nada a cambio.

Te escribo a ti, que te duele haber escrito poemas que nunca serán leídos. Te escribo a ti, que esperaste una llamada que nunca llegó. A ti, que guardaste con ternura un regalo que nunca tuviste la oportunidad de dar. A ti, que fuiste refugio para alguien que, una vez sanado, siguió su camino sin mirar atrás. A ti, que te dormiste con el celular en la mano, esperando un mensaje que nunca apareció. A ti, que bajaste el volumen de tu amor para no incomodar a quien nunca tuvo la intención de escucharlo. A ti, que abrazaste a quien jamás supo sostenerte.

No te escribo para abrir más la herida, sino para recordarte que no estás solo(a). Para decirte que tu amor no fue en vano, que no fuiste ingenuo(a) por creer, ni débil por esperar. No es un fracaso haber amado con sinceridad en un mundo que muchas veces no sabe qué hacer con lo auténtico. Sé que el dolor te ha hecho preguntarte si vale la pena volver a intentarlo, si es mejor aprender a no esperar nada de nadie. Pero no dejes que la tristeza te convenza de que amar es un error. No te castigues con la indiferencia sólo porque otros no supieron valorarte. No te pierdas en tu tragedia. No te conviertas en alguien que deja de sentir por miedo a volver a sufrir. No permitas que el amor que llevas dentro se marchite por culpa de quienes no supieron verlo. El amor no debería ser un sacrificio perpetuo, ni un juego de pérdidas. El amor es lo que nos hace humanos, lo que nos da sentido, lo que nos permite ver la belleza incluso en medio del caos.

Así que sigue adelante. No con prisa, no con la urgencia de encontrar a alguien más, sino con la certeza de que mereces un amor que te encuentre en tu verdad. Un amor que no exija que te conviertas en otra persona, que no te haga sentir que eres demasiado o que no eres suficiente. Abraza la esperanza de amores cada vez más dignos. Amores que no sólo duelan, sino que sanen. Amores que no sólo sean promesas, sino presencias. Amores que no sólo existan en la nostalgia, sino en la realidad.

Sé que en este momento puede parecer imposible. Sé que te preguntas si realmente es posible amar sin perder, sin sufrir, sin entregarse hasta quedarse vacío. Sé que has visto tantas historias rotas que llegaste a creer que el amor sólo es un preludio del dolor. Pero no. El amor no es sólo lo que se pierde. También es lo que se transforma. Es el eco de lo que un día entregaste y que, aunque no haya sido correspondido como esperabas, dejó huella en el mundo. Es la semilla que sigue creciendo, aunque no la veas. No pienses que fuiste ingenuo(a) por haber creído, ni que el dolor es prueba de tu fracaso. Amar nunca ha sido una garantía de reciprocidad, pero sí es la prueba más hermosa de que estamos vivos, de que no hemos renunciado a nuestra humanidad.

No te aferres a la tristeza. No creas que el amor es un enemigo sólo porque alguien más no supo cómo recibir el tuyo. No te conviertas en alguien que huye del amor sólo porque alguna vez lo perdió. Mereces ser amado(a) con la misma ternura con la que amas. Mereces ser elegido(a), no como opción, sino como certeza. Mereces un amor que no te haga preguntarte cada día si serás suficiente. Y ese amor llegará. Tal vez no como lo imaginaste, no en la forma ni en el tiempo que esperabas. Tal vez no con la persona a la que una vez esperaste con ansias. Pero llegará. Porque el amor, cuando es real, encuentra caminos inesperados.

Cuando llegue, no lo mires con la desconfianza de quien ha sido herido, sino con la gratitud de quien sigue creyendo. No lo pongas a prueba como si fuera un enemigo, sino abrázalo con la sabiduría de quien ha aprendido que la vida siempre da segundas oportunidades a los corazones valientes. Y si aún sientes que el amor está lejos, recuerda esto: el amor no sólo se encuentra en los brazos de alguien más. Está en la amistad que nunca te ha fallado. En el café que te reconforta en una mañana difícil. En la música que te salva del silencio. En las palabras que lees y que parecen hablarte a ti. El amor está en todas partes, incluso ahora, incluso en este momento en que piensas que te ha abandonado.

Así que no cierres tu corazón. No te conviertas en alguien que no reconoce el amor cuando llega. No dejes que una historia triste te haga olvidar todas las historias hermosas que aún están por escribirse. Porque un día, sin esperarlo, volverás a amar. Y esta vez, no será una tragedia. Será todo lo que siempre mereciste.

Con cariño,

Héctor Chávez Pérez

P.D. Sé que duele. Sé que a veces parece que el amor es sólo una herida que no deja de abrirse. Pero ven aquí, acércate… deja que te seque las lágrimas. Respira. Estás aquí, sigues aquí, y eso significa que aún hay amor esperándote en algún rincón del mundo. No te desesperes. El amor no ha terminado contigo. Sólo está tomando un camino distinto para encontrarte. Te amo, no lo olvides.

Manual exprés para vivir con miedo y no morir en el intento

«Lo que temes, te pertenece».

-Franz Kafka

Queridos(as) lectores(as):

Dicen que el miedo paraliza, pero lo cierto es que el miedo produce: produce dinero, produce novelas, produce candidatos, produce guerras, produce excusas, produce rezos y produce soledad. Es el gran motor oculto de la modernidad. Nos educaron para temer: temer al dolor, temer al fracaso, temer a la soledad, temer al amor, temer a la muerte, temer al placer, temer a la locura, temer a la verdad. Y así, generación tras generación, aprendimos a vivir con miedo como quien hereda una casa llena de goteras y decide poner cubetas en lugar de arreglar el techo.

El miedo es el sentimiento más democrático del mundo. No distingue entre ricos y pobres, ateos y creyentes, intelectuales y analfabetos. Es la sombra que nos sigue a todas partes, el peso invisible en el pecho, la voz que susurra en las noches más silenciosas: «Y si todo lo que crees sobre ti mismo es mentira?» Pero, en una sociedad que glorifica el control, la seguridad y la previsibilidad, admitir que se tiene miedo es un acto de vulnerabilidad que pocos están dispuestos a permitir. Por eso lo disfrazamos. Lo escondemos detrás de diagnósticos modernos, lo cubrimos con hiperactividad, con distracción, con consumo. Nos convencemos de que el miedo es un error del sistema, algo que debe corregirse o ignorarse, cuando en realidad es la señal más humana que tenemos.

Y así, sin más preámbulos, aquí está el manual exprés (inspirado claramente en las «instrucciones» de Julio Cortázar) para vivir con miedo sin morir en el intento. Léanlo con atención, porque sin duda ya están aplicándolo sin saberlo.

Instrucciones para vivir con miedo (y hacerlo con estilo)

1.- Ubique el miedo correctamente. No se vaya a confundir con el susto momentáneo o la paranoia social. El miedo del que hablamos es ese zumbido en el pecho a las tres de la mañana, ese temblor sutil cuando alguien le dice “tenemos que hablar” o cuando siente que su vida es una fotocopia de sí misma.

2.- Niegue que tiene miedo. Este paso es crucial. La gente decente no dice «tengo miedo», dice «ando estresado», «es que así soy», o la mejor de todas: «es la edad». Hay que camuflar el miedo como síntoma de algo menor. Es un arte.

3.- Coloque el miedo en el lugar equivocado. No lo asocie con su infancia, con ese padre ausente o esa madre sobreprotectora. No lo vincule con su primer rechazo o con aquella vez que se enteró de que nadie es indispensable. Mejor diga que es culpa de la inflación, de Putin, de la IA, de los astros o del cambio climático. O una clásica mexicana: «¡Todo es culpa de Calderón!». Sonría y siéntase moralmente superior (hay quien le funcionó por años y a la fecha).

4.- Romantice su miedo. Llámelo «mi sensibilidad especial» o «mi mente inquieta». Jamás diga que es terror existencial puro, eso es vulgar y demasiado honesto. Mejor léase a Bukowski o a Murakami y cite frases al azar sobre almas rotas. Pero si quiere ser más profundo, trate de conciliar ideas que leyó vagamente en un meme de aquellos donde sale el Joker, eso le dará más caché.

5.- Cree rituales para distraerse. Cada vez que el miedo se asome, prenda una pantalla. Netflix, TikTok, Tinder o cualquier cosa que le haga creer que está conectado al mundo. Como decía Zygmunt Bauman, “la cultura líquida no cultiva recuerdos, sólo el olvido”. Haga del olvido un hábito. Olvídese de sus problemas… olvídese que por ello después querrá no haber olvidado eso.

6.- Vaya a terapia/análisis, pero como quien va a un spa. No busque entender su miedo, busque validación. Si el terapeuta/analista le confronta, acúsele de ser tóxico o poco empático. Mejor cambie de terapeuta/analista hasta encontrar uno que le diga lo que usted quiere oír. ¡Esos son los mejores!

7.- Si todo falla, haga del miedo una identidad. Diga que es “un alma compleja, incomprendida, con mucha ansiedad social y un TDAH autodiagnosticado en TikTok”. Recuerde: mejor ser una víctima fashion que un adulto responsable.

Un arte conceptual y simbólico que representa el miedo y la auto-reflexión

Fuera de las instrucciones

Pero, y esto no estaba en las instrucciones, resulta que el miedo es más sabio de lo que parece. Es un maestro incómodo. Como decía Rilke: «Lo terrible es, a fin de cuentas, sólo aquello que nos exige transformar nuestra vida». El problema nunca fue el miedo. El problema es que hemos sido educados para huir de él. Nadie nos enseñó a mirarlo de frente, a preguntarle qué quiere, qué necesita, qué intenta mostrarnos. En su Seminario X, Lacan advertía que «el deseo está estructurado en torno a la falta», y el miedo no es otra cosa que el eco de esa falta.

El diván enseña que el miedo no es el enemigo. El miedo es el mensajero. Viene a avisar que hay una herida abierta, un deseo oculto, una verdad pendiente. El miedo es el timbre de la puerta. Y nosotros, en lugar de abrirla, fingimos no estar. Lo que realmente da miedo no es el miedo en sí, sino la verdad que lo provoca. Porque como decía Simone Weil: «Sólo el que ha mirado cara a cara la necesidad absoluta puede conocer la verdadera libertad».

Después de esto, ¿qué les parece si dejamos otras instruccione que nos ayuden, realmente, con este tema?

Instrucciones honestas para atravesar el miedo (y no sólo maquillarlo)

1.- Nombre su miedo. Rilke decía: “Lo terrible es sólo aquello que nos exige transformar nuestra vida.” Llámelo por su nombre: miedo al abandono, miedo al fracaso, miedo a ser visto tal cual es. Póngale nombre y apellidos. El lenguaje crea realidades.

2.- Escúchelo sin huir. El miedo tiene una historia que contar. Es la memoria viva de cada herida no atendida. “I got this feeling on a summer day when you were gone…” (Tuve este sentimiento el día de verano que te fuiste), canta Tove Lo. El miedo es el eco de todos los «when you were gone» (cuando te fuiste) que hemos vivido.

3.- Cuestiónelo. No todo miedo es una advertencia válida. Muchos son relatos heredados. Como escribió Jeanette Winterson: “We are all stories in the end” (Al final todos somos historias). Pregúntese: ¿este miedo es mío o es de alguien que me educó a su imagen y semejanza?

4.- Atrévase a estar solo. Sin pantalla, sin ruido, sin scroll infinito. Como diría Blaise Pascal, “toda la desgracia de los hombres proviene de no saber permanecer en reposo en una habitación”. Siéntese con su miedo. Mírelo a los ojos. Lo que teme podría ser una versión suya pidiendo ser escuchada.

5.- Entienda que el miedo es amor disfrazado. Tememos perder lo que amamos. Tememos no ser amados. Tememos que nos falte el amor propio para sostenernos si nos dejan. Como cantaba Florence Welch: “You can’t carry it with you if you want to survive” (No puedes llevarlos contigo si quieres sobrevivir). Hay que soltar. Y soltar da miedo. Pero quedarse duele más.

6.- No busque eliminarlo, aprenda a convivir con él. Como decía Yalal ad-Din Muhammad Rumi: “El miedo es el carcelero de la verdad”. Y como decía Leonard Cohen: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”. No busque ser invulnerable, busque ser honesto.

7.- Acepte que no hay garantías. El miedo quiere certezas. Pero la vida es incertidumbre. “Nobody said it was easy” (Nadie dijo que fuera fácil), nos lo recordó Coldplay. Estar vivos es aceptar la intemperie.

8.- Hágase responsable. Viktor Frankl lo dejó claro: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad”. El miedo existe. Pero qué hacemos con él es nuestra responsabilidad.

Platiquemos

No olviden compartir sus respuestas, la idea al final es que podamos estar juntos en esto, poder trabajar en soluciones que ayuden a todos. Les dejo las preguntas finales:

-¿Cuántos de sus miedos son realmente suyos y cuántos se los heredaron?

-¿Quiénes serían si el miedo no dictara sus decisiones?

-¿Qué conversaciones tienen consigo mismos que siguen postergando?

-¿Qué prefieren: la incomodidad de mirarse de frente o la comodidad de seguir distraídos?

-Si sus miedos hablaran con la voz de sus infancias, ¿qué historias les contarían?

-¿Tendrán el valor de abrir esa puerta, o seguirán esperando que alguien más lo haga por ustedes?

Soledad en la era digital

«Estar juntos pero solos»

-Sherry Turkle

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en un mundo hiperconectado, donde un mensaje de WhatsApp puede viajar miles de kilómetros en segundos y las redes sociales nos permiten «compartir» momentos en tiempo real. Sin embargo, nunca hemos estado más solos. Sherry Turkle, en Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other (2011), advierte que las nuevas tecnologías nos han hecho confundir conexión con intimidad. La conversación ha sido sustituida por la mensajería instantánea, donde los tiempos de respuesta, los «visto» y las reacciones sustituyen la profundidad del diálogo.

Desde el psicoanálisis, Freud hablaba del individuo y cómo, al vivir en sociedad, debe reprimir sus deseos y emociones más profundas. En la era digital, esto se multiplica: presentamos una imagen editada de nosotros mismos, dejando fuera los aspectos más humanos como el dolor, la tristeza y la vulnerabilidad. ¿Cómo podríamos construir relaciones genuinas si constantemente estamos administrando nuestra «marca personal»? En su libro, El malestar en la cultura (1928), nos dice: «La felicidad en el sentido restringido del término solo es posible en contraposición con el sufrimiento. La vida social nos exige renunciar a impulsos que nos son propios, y en ese sacrificio se encuentra nuestra frustración».

El miedo al silencio y la incapacidad de estar con uno mismo

Uno de los grandes problemas de nuestra época es la incapacidad de estar solos sin estímulos externos. Todo el tiempo buscamos algo con qué distraernos: redes sociales, series, música, mensajes. El silencio se ha convertido en un enemigo. Hannah Arendt, filósofa alemana, nos vería de reojo y sentenciaría: «La soledad es la condición humana. Cultívala». Para Hannah Arendt, la verdadera soledad no es la ausencia de compañía, sino la incapacidad de tener un diálogo interno. Es en la introspección donde realmente nos encontramos con nosotros mismos, pero en un mundo donde todo es inmediato, ¿cómo podríamos detenernos a pensar y sentir? En su libro, La condición humana (1958), Arendt nos explica que «el pensamiento comienza en la soledad, cuando nos distanciamos del ruido del mundo y nos enfrentamos a nuestra propia conciencia«.

Freud también abordó el tema de la evitación del vacío. Desde su perspectiva, la mente busca placer y huye del displacer. Si el silencio nos incomoda, si estar con nosotros mismos genera angustia, es porque hemos aprendido a huir de nuestras propias emociones. Me he topado varios casos en los que las personas no pueden, no toleran, estar en silencio. Cayendo entonces en una desesperada respuesta: hacer ruido, sea como sea. «El ruido como un inquietante y necesario acompañante», diría un paciente. Lo llamativo aquí es que hay ocasiones en que incluso irrumpen de manera directa, y hasta grosera, con el silencio de otros. Pienso en un amigo, que sin importarle que esté yo escribiendo o leyendo, por esa necesidad desesperada de interacción, demanda mi atención al mostrarme algo en su celular o compartirme algo que quizás no es para mí de importancia o interés. ¿Pero qué importa? Hay que satisfacer esa demanda sea como sea, porque la angustia es insufrible.

El culto al «yo» y la soledad como alienación

El auge del individualismo nos ha llevado a creer que ser autosuficientes es un valor absoluto, pero ¿realmente lo es? Erich Fromm, en El arte de amar (1959), advierte que en la sociedad moderna la independencia ha sido llevada a un extremo tal, que hemos perdido la capacidad de vincularnos con los demás. Nos aislamos en la idea de que «nadie nos merece», en la necesidad de validación digital y en la obsesión por demostrar que somos exitosos sin necesitar a nadie. Pero Fromm nos recuerda: «Si el hombre es incapaz de construir un puente hacia el otro, se condena a sí mismo a la soledad». Un amigo me decía que «los valores no existen, sólo en la bolsa». Claramente lo decía con ironía. Ciertamente estamos atrapados en una manera de vivir en la que el individualismo nos consume de una manera desmedida. Y es que es muy común que confundamos las nociones. «La independencia no es aislamiento. El amor es la superación de la separación humana», recalca Fromm.

Zygmunt Bauman, por su parte, en Amor líquido (2003), analiza cómo las relaciones humanas han perdido solidez y se han vuelto reemplazables. En la era digital, las personas son «descartables», los vínculos frágiles y las conexiones efímeras. No nos damos el tiempo de profundizar en los otros porque la inmediatez nos ha enseñado que todo es reemplazable, incluso el amor y la amistad. Hay prisa. No hay tiempo. Conocer al otro es algo todavía más riesgoso: implicaría tener que conocerme bien, o al menos intentarlo. ¿Qué pasaría si el otro me pregunta genuinamente sobre mí? En una ocasión, charlando con una amiga vía Whatsapp, le dije: «Ya no me hables de tus problemas y frustraciones. Cuéntame sobre ti». Y la respuesta fue automática: «No hay nada que decir». ¿Y los sueños, los gustos, los miedos, las vivencias del día a día, etc.? Me parece que al momento en el que se pone sobre la mesa de la conversación algo que limita al sujeto en su satisfacción inmediata, pongamos por ejemplo la queja, hace que una barrera se alce entre los interlocutores y no haya otra posibilidad. Bauman agrega: «Las relaciones humanas se han convertido en productos de consumo, desechables cuando ya no producen satisfacción inmediata».

El diván en tiempos de redes sociales

En el espacio psicoanalítico, el silencio tiene un valor fundamental. Mientras que el mundo exige respuestas rápidas, en el diván el tiempo se detiene y se permite el pensamiento sin presión. El filósofo francés, Roland Barthes, hablaba del lenguaje como un acto de amor, donde el significado real no siempre está en lo que se dice, sino en lo que se deja entrever. En su libro, Fragmentos de un discurso amoroso (1977), Barthes nos dice: «En un mundo de constantes interacciones, pocos se detienen a escuchar«. Hoy por hoy es más que notorio que la demanda individual exige la escucha del otro, pero no hay espacio para una demanda empática de también escucharlo. Las constantes interrupciones durante una charla, el no dar su espacio y tiempo al tema que el otro está compartiendo, arremeter con algo que no tiene nada que ver y advertir en forma de disculpa «perdona, antes de que sigas, un paréntesis», son muestra de ello.

En un mundo donde todo se comparte en redes, nos olvidamos de que hay cosas que no necesitan ser vistas para ser reales. Muchas veces, la verdadera conexión se encuentra en lo invisible: en una mirada sincera, en el tiempo que se dedica a escuchar, en el acto de estar presentes. «El amor no se dice, se muestra en la espera, en la escucha, en el cuidado», nos anima Barthes. Es curioso cómo lo que antes podría ser visto como una falta de educación, hoy no es otra cosa sino la imposición narcisista de la inseguridad personal. Mi amigo tenía razón en su ironía: los valores no existen. Y es que estamos haciendo que no existan. Las demandas constantes no está balanceados con lo que ofrecemos al otro. Es exigir sin dar. Reclamar sin ofrecer. No es de sorprender que la gente se termine cansando. Que limite sus interacciones. «¿De qué sirve que cuente si no me escuchan?». Y a pesar de ello, la resistencia a ir con el psicoanalista no cede. Porque incluso en eso hay una demanda: yo merezco que me escuchen, pero a mi modo, a mi manera, cuando yo quiera. Pero los pretextos son otros a la hora de afrontar la posibilidad de una terapia, de un análisis, etc.

La soledad como posibilidad

La soledad no es el problema. El problema es la incapacidad de abrazarla como un espacio de introspección y crecimiento. Nos han hecho creer que estar solos es un fracaso, cuando en realidad es una oportunidad. La era digital nos ha quitado la paciencia, el silencio y la intimidad, pero no estamos condenados a ello. Podemos recuperar la capacidad de conversar, de escuchar y de estar realmente presentes en nuestra vida y en la de los demás.

Porque, como decía Arendt, «la soledad no es ausencia de compañía, sino la capacidad de dialogar con uno mismo». El problema surge cuando decimos: «no tengo nada interesante que contar». Me voy asumiendo poco o nada interesante. Alguien más. Una vida cualquiera sin valor. Sin chiste. Es así cuando la soledad negativa en verdad triunfa: no vale la pena frecuentar a esa persona. Qué aburrido. Qué pérdida de tiempo. Pero las redes sociales siempre estarán ahí para enmascararnos. Para culpar al mundo. Para no hacernos responsables.

Carta a los que ya no pueden más.

Querido(a) lector(a):

Si estás leyendo esto, es porque algo dentro de ti está cansado. Pero no hablo de un cansancio común, de esos que se quitan con una siesta o un café. Hablo de ese agotamiento que se siente en el alma, ese que arrastras día tras día sin saber exactamente cuándo empezó ni si alguna vez terminará. Tal vez nadie lo nota. Tal vez sigues funcionando, sigues cumpliendo con lo que se espera de ti, sigues siendo la persona que todos creen conocer. Y tal vez incluso sonríes, pero por dentro, el peso sigue ahí. Un peso que no se mide en kilos, sino en decepciones, en heridas, en cosas que callaste porque en este mundo nadie tiene tiempo para escuchar de verdad.

Si supieras cuántas veces he pensado en esto… En lo injusto que es que nos enseñen a seguir adelante como si fuera tan fácil. En cómo la gente te dice que seas fuerte, que no te rindas, que «todo pasa por algo», como si eso solucionara algo, como si no supieras ya todas esas frases. Pero dime… ¿quién escucha a los que escuchan? ¿Quién cuida a los que siempre están ahí para los demás? ¿Quién nota cuando alguien como tú está al límite, cuando ya no puede más? Tal vez nadie lo ha hecho. O tal vez sí, pero no de la forma en la que realmente necesitabas. Porque no es suficiente con un «¿cómo estás?« lanzado al aire. A veces lo que uno necesita es que alguien simplemente esté ahí, sin consejos, sin prisas, sin exigencias.

No sé cuánto has cargado, ni cuánto te ha dolido. Pero lo que sí sé es esto: NO ESTÁS SOLO(A).

No, no es una frase vacía. Es una verdad que quiero que sientas, aunque sea por un momento. Porque ahora mismo, mientras lees esto, alguien te está diciendo lo que quizás nadie te ha dicho en mucho tiempo: lo que sientes es válido. Lo que has vivido importa. Y si sigues aquí, no es por debilidad, sino por una fuerza que ni siquiera tú alcanzas a ver en ti mismo(a).

Y aunque el dolor parece interminable, aunque la desesperación a veces nuble todo, quiero recordarte algo: la vida sigue valiendo la pena. No porque sea fácil, no porque siempre tenga sentido, sino porque, a pesar de todo, hay instantes de belleza, momentos de calma, pequeñas luces que aparecen cuando menos lo esperas. Tal vez hoy no puedas verlas, tal vez sientas que todo está cubierto de sombras. Pero en medio del caos, la vida aún nos ofrece cosas que hacen que todo este camino, con sus heridas y su cansancio, valga la pena. Porque la vida no es sólo dolor. También es esa canción que te hace cerrar los ojos y suspirar. Es una risa inesperada en medio de un día gris. Es el abrazo que no pediste pero necesitabas. Es el consuelo de alguien que, sin conocer tu historia, te dice: «te entiendo».

Y si después de leer esto sientes aunque sea un poco de alivio, si dentro de ti hubo un mínimo suspiro de descanso, quiero pedirte algo: respóndeme. No tienes que escribir nada largo. Sólo un «gracias», un «te leí», un «aquí sigo». Porque así como tú necesitabas leer esto, yo también necesito saber que esto llegó a alguien. Que no escribí en el vacío. Que, aunque sea por un instante, no estamos solos. Porque aunque no nos conozcamos, o tal vez sí, nos hicimos un rato de una maravillosa compañía, más allá del tiempo y del espacio.

Gracias por ser quien eres, porque junto con lo que haces, ES MUY VALIOSO.

¡RESISTE!

Te abrazo.

Te acompaño.

Atte.

Héctor Chávez Pérez

P.d. Qué bien te ves hoy. Y más con esa sonrisa increíble que tienes ahora en tu rostro.