Tu lugar seguro

“Ser plenamente visto(a) por alguien y, aun así, ser amado(a): eso es un milagro humano”.

— Elizabeth Gilbert

Para Ana M. (gracias)

Queridos(as) lectores(as):

Creo que una de las mayores tragedias de nuestro tiempo es que muchas personas ya no saben descansar emocionalmente. Aprendimos a sobrevivir, a trabajar incluso agotados(as), a responder “estoy bien” aunque por dentro nos estemos cayendo a pedazos, y a vivir con una especie de armadura permanente para evitar que el mundo nos lastime demasiado. Hay personas que sonríen todo el día y aun así se sienten profundamente solas. Personas que llevan años sin sentirse realmente escuchadas. Personas que se acostumbraron tanto a defenderse que olvidaron cómo se siente la tranquilidad de bajar la guardia frente a alguien.

Quizá por eso conmueve tanto encontrar seres humanos que se sienten como refugio. Personas cuya presencia no nos exige perfección. Personas que no minimizan nuestro cansancio, que notan cuando algo nos pasa aunque digamos “no es nada”, que preguntan si ya descansamos, si ya comimos, si llegamos bien a casa. Y honestamente… qué raro y qué hermoso es eso en un mundo donde tantas relaciones parecen construidas sobre la prisa, el ego y la distracción permanente. Porque sí, queridos(as) lectores(as): hay personas que no sólo nos gustan. Hay personas que nos hacen sentir seguros(as).

El cansancio de vivir a la defensiva

Donald Winnicott escribió una frase devastadoramente humana: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). Siempre me ha parecido que esa frase resume perfectamente el drama emocional contemporáneo. Mucha gente vive escondiendo partes enteras de sí misma. El miedo al abandono, la tristeza, la ansiedad, la necesidad de cariño, el agotamiento emocional. Y al mismo tiempo desea secretamente que alguien sea capaz de mirar más allá de todo eso. El problema es que vivimos en una cultura donde parecer fuerte vale más que sentirse acompañado(a). Nos enseñaron a impresionar antes que a conectar. A demostrar valor constantemente. A no “molestar” demasiado con nuestras emociones. Por eso tantas personas terminan agotadas emocionalmente. Porque nunca descansan de sí mismas.

Y el cuerpo lo resiente. Hay quienes viven tensando la mandíbula mientras trabajan, quienes no pueden dormir sin sobrepensar todo o quienes sienten ansiedad incluso cuando aparentemente “todo está bien”. El cuerpo también aprende a defenderse. El cuerpo también se cansa de vivir emocionalmente inseguro. En la película Her (Spike Jonze, 2013), Theodore se enamora de algo que parece simple pero es profundamente humano: sentirse escuchado sin humillación, sin máscaras y sin miedo al juicio. Y quizá ahí radica una de las necesidades más profundas del ser humano moderno: encontrar alguien frente a quien podamos dejar de actuar.

Las personas que se sienten como casa

Con el tiempo uno descubre que no toda compañía acompaña realmente. Hay personas frente a quienes debemos medir cada palabra, justificar cada emoción o esconder partes de nosotros(as) mismos(as) para evitar conflicto. Son vínculos donde uno termina agotado(a), incluso después de convivir. Pero también existen otras personas. Personas cuya presencia tranquiliza. Personas con las que incluso el silencio descansa. Personas frente a quienes uno siente algo muy raro: la posibilidad de existir sin miedo. Erich Fromm escribió: “El amor es la preocupación activa por la vida y el crecimiento de lo que amamos” (El arte de amar, 1956). Y honestamente, me parece una definición infinitamente más madura y más profunda que muchas ideas actuales sobre el amor. Porque amar no es únicamente desear. Amar también es cuidar. Escuchar. Permanecer. Aprender el cansancio del otro. Notar cuándo alguien necesita espacio y cuándo necesita compañía.

En la película Il Postino (Michael Radford, 1994), la ternura nunca aparece como algo exagerado o escandaloso. Surge en las pausas, en las conversaciones sencillas, en la escucha y en las palabras dichas despacio. Y quizá esa película entendió algo que el mundo contemporáneo olvida constantemente: muchas veces las personas no necesitan ser impresionadas; necesitan sentirse cuidadas. Porque sí… hay personas que terminan sintiéndose como hogar incluso desde lejos.

La intimidad de sentirse entendido(a)

Existe una intimidad más profunda que la física: la de sentirse comprendido(a). Cuando alguien logra entender nuestros silencios, nuestras contradicciones o incluso la tristeza que intentamos disimular, algo dentro de nosotros cambia. Nos sentimos menos solos(as). Menos extraños(as). Menos obligados(as) a defendernos constantemente. Carl Rogers escribió: “Cuando alguien te escucha realmente sin juzgarte, sin tratar de responsabilizarse por ti, sin tratar de moldearte, se siente condenadamente bien” (El camino del ser, 1980). Y creo que cualquier persona que haya encontrado un vínculo así sabe exactamente de qué está hablando. Porque hay relaciones donde uno vive traduciendo lo que siente para no incomodar. Y hay otras donde basta una mirada para sentirse entendido(a).

La serie Gente normal (Lenny Abrahamson y Hettie Macdonald, 2020) muestra precisamente eso: dos personas heridas que encuentran descanso emocional mutuo aun en medio de sus propias contradicciones. No porque sean perfectas, sino porque logran verse de una manera que el resto del mundo no consigue. Y quizá una de las experiencias más hermosas de la vida adulta sea precisamente esa: descubrir que alguien no sólo nos desea, sino que también nos comprende.

Quizá crecer también consiste en dejar de buscar personas que nos aceleren… y empezar a valorar a quienes nos hacen sentir en casa.

Cuando el cuerpo también descansa

A veces olvidamos que la tranquilidad emocional también se siente físicamente. Hay personas cuya presencia baja nuestra ansiedad. Personas que hacen que el pecho deje de sentirse tan apretado. Personas frente a quienes la respiración cambia, el cuerpo se relaja y el mundo parece menos hostil durante unos minutos. Personas que nos quitan hasta el dolor de cabeza más agudo. Y no, eso no es exageración romántica. El afecto seguro transforma literalmente nuestra manera de habitar el mundo. Byung-Chul Han escribió: “La sociedad del cansancio produce sujetos agotados y depresivos” (La sociedad del cansancio, 2010). Vivimos emocionalmente exhaustos(as) porque sentimos que siempre debemos rendir, demostrar y sobrevivir. Por eso conmueve tanto encontrar personas frente a quienes no necesitamos actuar.

A veces el amor empieza de formas muy pequeñas: alguien preguntando si ya descansaste, alguien quedándose despierto(a) para hacerte compañía mientras trabajas, alguien preocupado(a) por tu dolor de cabeza o alguien recordándote que no tienes que cargar el mundo tú solo(a). Y quizá parezcan detalles mínimos. Pero la vida humana está hecha precisamente de esas pequeñas cosas que terminan salvándonos más de lo que imaginamos.

El amor como refugio y no como guerra

Nos enseñaron a pensar el amor como intensidad permanente, drama, celos y sufrimiento. Como si amar tuviera que doler para ser verdadero. Pero con el tiempo uno descubre algo mucho más profundo: el amor sano también tranquiliza. Hay personas que despiertan ansiedad. Y hay otras que despiertan paz. Y honestamente, estas últimas suelen ser las más importantes.

Porque el verdadero cariño no se siente como una batalla constante. Se siente como descanso. Como llegar cansado(a) después de un día difícil y encontrar un lugar donde el alma puede sentarse un momento sin miedo. Quizá por eso algunos vínculos cambian tanto nuestra vida: porque nos recuerdan cómo se siente ser tratados(as) con ternura.

Todos necesitamos un lugar seguro

Tal vez muchos(as) lectores(as) llevan demasiado tiempo sobreviviendo emocionalmente. Demasiado tiempo sintiendo que deben esconder partes de sí mismos(as) para ser aceptados(as). Demasiado tiempo viviendo a la defensiva. Por eso hoy quisiera preguntarles algo: ¿Hace cuánto no sienten verdadera calma frente a alguien? ¿Hace cuánto no sienten que pueden hablar sin miedo al juicio? ¿Hace cuánto no sienten que otra persona se convierte, aunque sea por un momento, en un lugar seguro?

Porque quizá amar también sea eso. Convertirse en el sitio donde otro ser humano puede descansar un rato de la vida. Tener un respiro…


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