La vida real… ¿en Dan?

“Uno no se vuelve neurótico por tener ideales, sino por no poder vivir sin traicionarse”.
—Sigmund Freud

Queridos(as) lectores(as):

Hay hombres que no se rompen de golpe. No caen, no estallan, no se descomponen públicamente. Simplemente aprenden a sostener. Sostienen a los hijos, a la familia, las expectativas, la imagen de que “todo está bajo control”. Y en ese aprendizaje silencioso, van dejando algo propio para después, como si cuidarse a sí mismos fuera un lujo o una traición. Dan in Real Life (Dan en la vida real, 2007) suele leerse como una comedia romántica tardía, pero en el fondo es otra cosa: una película sobre el agotamiento ético. Sobre lo que ocurre cuando alguien se esfuerza tanto por ser correcto que ya no se permite preguntarse qué desea. Dan no está deprimido en el sentido clásico; está deshabitado, y eso suele pasar desapercibido incluso para quien lo padece.

La historia no avanza por grandes conflictos externos, sino por una tensión íntima: Dan es un hombre que vive entre lo que cree que debe ser y lo que todavía podría llegar a ser. Esa grieta —discreta, constante— es la que lentamente lo cansa. No porque quiera otra vida grandiosa, sino porque la vida que lleva ya no lo incluye del todo. Esta entrada no busca juzgarlo ni idealizarlo. Busca acompañar esa zona incómoda donde muchos lectores habitan sin nombre: el lugar del que sostiene, del que cumple, del que no molesta… y del que ya no sabe cómo cuidarse sin culpa.

El hombre que sostiene (y se olvida de sí)

Dan (Steve Carell) es el que escucha, el que aconseja, el que está disponible. Viudo, padre de tres hijas, miembro confiable de una familia extensa que funciona como refugio afectivo. Nada en él parece disfuncional. Sin embargo, hay algo llamativo: nadie le pregunta realmente cómo está, porque él ya aprendió a mostrarse funcional. Y cuando uno funciona bien, deja de ser mirado. Donald Winnicott¡ advertía que el peligro no siempre está en el fracaso visible, sino en el desarrollo de un falso self que se organiza para responder a las demandas del entorno, mientras el self verdadero queda relegado. Winnicott lo dice con claridad en El proceso de maduración en el niño (1965): “El falso self tiene como función principal ocultar y proteger al self verdadero”. Dan no miente ni actúa: se adapta, y esa adaptación constante también agota.

Sostener a los otros se vuelve, poco a poco, su identidad. Y cuando sostener se convierte en identidad, el deseo empieza a sentirse como una amenaza. No porque sea incorrecto, sino porque desorganiza. Dan no se permite necesitar, no se permite flaquear, no se permite desear algo que no esté previamente autorizado por su rol. Hay hombres así: buenos, decentes, responsables. No fracasan, pero se cansan de existir en segundo plano. No porque nadie los oprima, sino porque ellos mismos aprendieron a no ocupar demasiado lugar.

El Ideal del Yo: ser correcto a cualquier precio

Freud distingue con precisión el Ideal del Yo, esa instancia psíquica que encarna lo que creemos que deberíamos ser para sentirnos valiosos. En Introducción del narcisismo (1914), escribe: “El ideal del yo es el heredero del narcisismo infantil, en el que el sujeto era su propio ideal”. Ese ideal no es maligno; orienta, ordena, da sentido. El problema aparece cuando ya no orienta, sino vigila. Dan vive bajo un Ideal del Yo muy claro: el padre ejemplar, el viudo digno, el hermano sensato, el hombre que no complica las cosas. No es un ideal impuesto desde afuera; es uno que él mismo ha asumido como brújula moral. Pero esa brújula ya no apunta a la vida, sino al deber. Y cuando el deber se vuelve absoluto, el deseo queda fuera de juego.

Lacan advertía que el Ideal del Yo puede convertirse en una instancia feroz cuando el sujeto intenta encarnarlo sin resto. En el Seminario I (1953), señala que el ideal puede volverse “una imagen tiránica frente a la cual el sujeto se juzga siempre insuficiente”. Dan no se siente orgulloso de sí mismo; se siente adecuado, que no es lo mismo. Ser correcto empieza a costarle caro. No porque el ideal sea falso, sino porque ya no dialoga con su experiencia viva. El precio de no desviarse nunca es dejar de preguntarse si el camino todavía es propio.

A veces sólo hace falta «darse cuenta» que aquí seguimos. ¿Qué estamos esperando? ¿A quién?

El Yo ideal: el deseo que irrumpe

Marie (Juliette Binoche) aparece como un accidente. No como promesa de felicidad, sino como recordatorio. No le promete una vida mejor; le devuelve una pregunta que Dan había aprendido a silenciar: ¿qué deseas tú? Ese es el Yo ideal, no la fantasía grandiosa, sino la imagen íntima de una vida posible, limitada, pero vivible. Lacan insistía en que el deseo no es capricho, sino estructura. En el Seminario XI (1964) afirma: “El deseo es el deseo del Otro, pero también es lo que hace que el sujeto no se reduzca a una función”. Marie no despierta un romance adolescente; despierta una incomodidad existencial. Dan no se ilusiona: se desordena.

Por eso el encuentro no lo alegra. Lo angustia. Porque el deseo llega cuando él ya se había acomodado a no esperar nada. Y cuando uno deja de esperar, el deseo se vive como intrusión, no como regalo. Dan siente que llega tarde, que no corresponde, que no es para él. Aquí se juega algo profundamente humano: no siempre sentimos que perdemos porque otro gane; a veces sentimos que ya no tenemos derecho a ganar. El deseo aparece, pero la vida ya parece decidida de antemano.

Elegir sin traicionarse

Dan no elige lo fácil. Tampoco elige el sacrificio heroico. Elige no romperse por dentro. No actúa desde la grandilocuencia moral, sino desde un límite íntimo. Emmanuel Levinas escribió en Totalidad e infinito (1961): “La responsabilidad no es una elección entre opciones, sino una forma de estar ante el otro”. Dan se mantiene fiel a esa forma, aun cuando le cueste. No hay triunfo romántico ni catarsis emocional. Hay algo más sobrio y más difícil: sostener una ética sin espectáculo, sin aplauso, sin garantía de recompensa. Dan no se convierte en mártir ni en cínico. Sigue siendo un hombre decente, pero ahora sabe que la decencia no debería exigir la renuncia total a sí mismo.

La película no ofrece una solución cerrada. Ofrece algo más honesto: la posibilidad de no confundirse más. De no llamar dignidad al abandono propio. De no usar el Ideal del Yo como excusa para no escuchar el deseo. Tal vez por eso incomoda. Porque muestra que el verdadero conflicto no siempre es entre el bien y el mal, sino entre ser correcto y estar vivo.

Reflexión final

¿Cuántas personas viven sosteniendo ideales que ya no las sostienen? ¿Cuántas han confundido responsabilidad con olvido de sí? ¿En qué momento cuidar de los otros dejó de incluirse?


Si esta reflexión resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tus comentarios, a escribirme desde la sección Contacto, y a acompañarme también en Instagram @hchp1. Pensar juntos, a veces, es la primera forma de volver a habitarse.

Volver a sentarnos juntos

“Nos necesitamos unos a otros” .

—Aristóteles

Queridos(as) lectores(as):

Algo se nos está rompiendo en silencio, y no es una exageración decirlo así. No se trata únicamente de la tecnología, ni del ritmo acelerado de la vida contemporánea, ni siquiera de la soledad —esa vieja compañera de la condición humana—, sino de algo más sutil y más grave: la desaparición de los espacios donde las personas pueden hablar y ser escuchadas sin prisa, sin defensa y sin espectáculo. Cafés llenos de gente que no se mira, casas donde ya no existe la sobremesa, trabajos que no dejan lugar para una conversación humana, vínculos sostenidos a base de mensajes breves y reacciones rápidas. Y luego nos preguntamos, con genuina sorpresa, por qué estamos exhaustos, irritables, desconectados. Nunca habíamos hablado tanto y, paradójicamente, nunca nos había costado tanto conversar. Opinamos, reaccionamos, corregimos, juzgamos. Pero sostener una escucha real —permanecer frente a otro sin interrumpirlo, sin salvarlo, sin huir cuando aparece algo incómodo— se ha vuelto casi un arte perdido. Hemos confundido expresión con encuentro, visibilidad con vínculo, ruido con palabra.

Esta entrada nace de una convicción profunda, trabajada tanto en la clínica como en la vida cotidiana, impulsada también por una inquietud de un paciente (gracias, D): la salud psíquica y social depende, en buena medida, de que volvamos a crear espacios humanos de diálogo. Lugares imperfectos, sin glamour, donde no todo tenga que resolverse ni brillar, pero donde la palabra pueda demorarse lo suficiente como para tocar algo verdadero. No es nostalgia ni romanticismo. Es una cuestión de humanidad básica.

El ser humano no es un monólogo

Aristóteles, filósofo griego y uno de los pilares del pensamiento occidental, afirmó que el ser humano es un zóon politikón (animal político), un ser hecho para la vida compartida. En Política (siglo IV a. C.) escribió una frase que sigue incomodando: “El que no puede vivir en comunidad, o no necesita nada por su propia suficiencia, no es parte de la ciudad, sino una bestia o un dios”. La crudeza de esta afirmación señala algo esencial: fuera del vínculo humano, algo de nosotros se descompone, se endurece o se deshumaniza. Cuando los espacios de encuentro desaparecen, la palabra deja de ser puente y se vuelve arma o muralla. No dialogamos: monologamos frente a otros, hablamos para imponer, para defendernos, para ganar una discusión imaginaria. Escuchar se vuelve una rareza y, en algunos contextos, casi una debilidad. Sin escucha, la palabra pierde su función creadora y se convierte en ruido, en descarga, en violencia simbólica.

El cine contemporáneo ha sabido retratar esta soledad ruidosa. En Her (Spike Jonze, 2013), Theodore vive rodeado de mensajes, voces y estímulos constantes, pero profundamente solo. Puede hablar durante horas, pero no logra sostener un encuentro encarnado, real, vulnerable. La película no condena la tecnología, sino la incapacidad moderna para habitar el diálogo donde el otro no puede silenciarse ni apagarse. La literatura lo había advertido mucho antes. En El extranjero (1942), Albert Camus construye a Meursault como un hombre desconectado no por crueldad, sino por falta de vínculo significativo. Cuando no hay espacios de conversación, la existencia se vuelve absurda, ajena, incluso para uno mismo, y el sujeto queda a la intemperie frente al mundo.

La escucha como acto de cuidado

Donald Winnicott dedicó buena parte de su obra a mostrar que el desarrollo psíquico sólo es posible dentro de un entorno suficientemente bueno. En Realidad y juego (1971) escribió: “Es en el espacio potencial entre el individuo y el ambiente donde surge la experiencia cultural”. Ese espacio potencial no es abstracto: es un lugar humano donde alguien es escuchado sin ser invadido ni corregido. Escuchar es cuidar, aunque hoy parezca algo menor. No se trata de resolver, aconsejar o interpretar, sino de sostener la presencia. Permitir que el otro exista sin tener que justificarse ni explicarse de más. En una cultura obsesionada con la eficiencia, la productividad y el rendimiento emocional, los espacios de escucha se vuelven actos de resistencia silenciosa.

El anime March Comes in Like a Lion (Sangatsu no Lion, 2017) muestra con una delicadeza extraordinaria cómo un sujeto profundamente herido comienza a recomponerse no gracias a grandes discursos, sino a través de una mesa compartida, una comida sencilla y un silencio hospitalario. No hay palabras brillantes, sólo presencia, y eso basta para que algo, lentamente, se ordene por dentro. Winnicott advertía que sin este sostén el sujeto desarrolla un falso self, una forma de estar en el mundo que no le pertenece del todo. Hoy podríamos decirlo así: sin escucha, aprendemos a sobrevivir, pero no a vivir, a funcionar, pero no a habitar nuestra propia experiencia.

Donde alguien puede hablar sin prisa y otro está dispuesto a escuchar, todavía existe un lugar humano.

La sobremesa y el encuentro perdido

Durante siglos, la sobremesa fue un espacio antropológico fundamental. No era un lujo ni una pérdida de tiempo: era el lugar donde la comida se transformaba en relato y el relato en vínculo. Ahí se transmitían historias familiares, miedos, silencios, valores. La conversación cumplía una función estructurante para el sujeto y para la comunidad. Martin Buber formuló esta intuición con precisión en Yo y Tú (1923): “El hombre se hace yo en el tú”. Sin ese encuentro, el otro se degrada en objeto, función o estorbo. Cuando desaparecen los espacios de diálogo, dejamos de encontrarnos y sólo nos cruzamos, coexistimos sin tocarnos verdaderamente.

El manga Solanin (2005) de Inio Asano retrata con honestidad brutal a una generación que trabaja, se relaciona y sobrevive, pero carece de lugares donde decir en voz alta lo que duele. No falta contacto físico ni interacción social: falta encuentro simbólico, falta un espacio donde la palabra tenga peso. Recuperar la sobremesa —literal o simbólicamente— no es un gesto romántico. Es una necesidad psíquica elemental, un intento por devolverle al vínculo su densidad humana.

Hablar implica riesgo

Hablar de verdad nunca ha sido cómodo. Implica exponerse, mostrar una grieta, decir algo que quizá no será aplaudido. Hannah Arendt escribió en La condición humana (1958): “Mediante la palabra y la acción nos insertamos en el mundo humano”. Pero esa inserción siempre conlleva riesgo y vulnerabilidad. Preferimos callar antes que incomodar, reaccionar antes que dialogar, ironizar antes que decir lo que realmente nos pasa. Sin embargo, sin el riesgo de la palabra no hay intimidad, sólo cercanía superficial y vínculos desechables.

En Before Sunrise (Antes del amanecer, Richard Linklater, 1995), dos desconocidos construyen un vínculo profundo únicamente hablando. No prometen nada, no resuelven nada, pero se escuchan. Y eso basta para que el encuentro sea real, irrepetible, humano. Crear espacios de diálogo no significa evitar el conflicto, sino aprender a sostenerlo sin destruir al otro, sin reducirlo a caricatura ni enemigo.

Crear espacios es una responsabilidad compartida

Con frecuencia esperamos que alguien más haga algo: el Estado, la escuela, la empresa, la institución religiosa. Pero los espacios humanos no nacen de decretos, sino de gestos pequeños y concretos. Apagar el celular, invitar a sentarse, preguntar “¿cómo estás?” y quedarse a escuchar la respuesta. Zygmunt Bauman advirtió en Vida líquida (2005) que los vínculos frágiles son el precio de una sociedad que teme el compromiso. Crear espacios de encuentro hoy es ir contra la corriente, aceptar la incomodidad del tiempo compartido.

No todo se sana en terapia, pero muchas heridas se profundizan por falta de palabra compartida. Donde no hay conversación, crecen el aislamiento, la violencia y la desconfianza. Tal vez no podamos cambiar el mundo entero, pero sí crear un lugar donde alguien no se sienta solo. Y eso, aunque parezca pequeño, es profundamente humano.

Reflexión final

¿Dónde hablas sin prisa? ¿Quién te escucha sin corregirte? ¿A quién estás dispuesto(a) a escuchar tú?


Si este texto resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, dejar tu comentario, escribirme desde la sección Contacto y acompañarme en Instagram: @hchp1.

Epstein: ignorar las advertencias

“El problema de Eichmann era precisamente que muchos eran como él, y que estos muchos no eran ni perversos ni sádicos, sino terriblemente normales».
— Hannah Arendt

Queridos(as) lectores(as):

Durante meses, el nombre de Jeffrey Epstein ha circulado como una herida abierta en el discurso público. No sólo por la gravedad de los hechos atribuidos a su figura, sino por algo mucho más inquietante: la sensación de que todo aquello no ocurrió en los márgenes, sino en el corazón mismo de los espacios más protegidos del poder, del dinero y del prestigio social. El estupor no provenía únicamente del crimen, sino de la constatación de que el horror puede instalarse sin estridencias, sin ruptura visible, como parte de una normalidad cuidadosamente administrada. Lo verdaderamente perturbador no fue descubrir que algo así ocurrió, sino advertir que pudo ocurrir durante años sin que se activaran alarmas éticas eficaces. No porque nadie supiera nada, sino porque saber no siempre conduce a pensar, y pensar no siempre conduce a actuar. En ese desfase entre conocimiento y responsabilidad se abre un abismo moral que la sociedad contemporánea parece cada vez más dispuesta a tolerar, siempre que el costo de mirar hacia otro lado sea menor que el de enfrentar la verdad.

Esta entrada no busca describir hechos ni recrear escenas. Tampoco pretende señalar culpables concretos ni sustituir el trabajo —indispensable— del periodismo o de la justicia. La pregunta aquí es otra, más lenta y más incómoda: ¿qué estructuras de poder, qué vaciamientos éticos, qué advertencias ignoradas hicieron posible que algo así se sostuviera en el tiempo? Porque antes de que el horror se vuelva real, casi siempre fue pensado, escrito y advertido. La literatura, la filosofía y el psicoanálisis han insistido, desde hace siglos, en una misma intuición: cuando el poder se separa del límite y la ética se vuelve decorativa, el mal deja de presentarse como excepción y comienza a operar como sistema. Ignorar esas advertencias no es ingenuidad; es una renuncia moral cuyos efectos siempre se pagan después.

Figuras de poder y nulidad ética

Existe una tendencia persistente a explicar el mal como anomalía individual, como si los grandes horrores fueran obra de sujetos excepcionalmente perversos, radicalmente distintos al resto de la sociedad. Esta explicación tranquiliza, porque permite pensar que el problema está lejos, encapsulado en figuras monstruosas que no nos representan. Sin embargo, la Historia muestra algo muy distinto: los peores daños no suelen nacer del exceso pasional, sino de una nulidad ética, de un progresivo vaciamiento del sentido de responsabilidad que acompaña al ejercicio del poder.

Cuando quien detenta poder deja de interrogarse por el límite, por el otro y por la consecuencia de sus actos, el mal ya no necesita justificación ideológica. No aparece como transgresión escandalosa, sino como funcionamiento normal. En este punto resulta inevitable volver a Hannah Arendt, quien al analizar el caso Eichmann observó que el problema central no era una maldad demoníaca, sino una inquietante ausencia de pensamiento. Arendt escribió que Eichmann no era un monstruo moral, sino alguien incapaz de reflexionar sobre el sentido de lo que hacía (cfr. Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, 1963).

La banalización del mal no describe una maldad pequeña o irrelevante, sino una maldad desprovista de reflexión, ejecutada por sujetos que cumplen funciones sin detenerse a pensar su significado. El poder, en estas condiciones, ya no se vive como responsabilidad, sino como rutina. No se pregunta si algo debe hacerse, sino únicamente si puede hacerse. Las figuras de poder éticamente vaciadas no necesitan crueldad explícita. Les basta con la indiferencia, con el silencio, con la delegación constante de la responsabilidad en protocolos, jerarquías o procedimientos. El mal, así entendido, no irrumpe: se instala.

La decadencia del poder

En Friedrich Nietzsche encontramos una advertencia que con frecuencia ha sido trivializada. Nietzsche no condena el poder en sí mismo; tampoco glorifica cualquier forma de dominio. La voluntad de poder, cuando afirma la vida, cuando crea valores y engendra cultura, puede ser una fuerza vital. El problema surge cuando el poder se independiza de toda finalidad humana y se convierte en fin en sí mismo. En La genealogía de la moral (1887), Nietzsche describe la decadencia no como un exceso de energía, sino como un empobrecimiento del espíritu, una pérdida de vitalidad que se disfraza de orden y control. La decadencia no grita ni se desborda; se vuelve eficiente, administrada, correcta. En Más allá del bien y del mal (1886), advierte que “quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo”, señalando el riesgo de que el ejercicio del poder termine reproduciendo aquello que dice combatir.

Cuando el poder deja de servir a la vida, cuando ya no crea ni sostiene sentido, se vuelve autorreferencial. Su única finalidad es perpetuarse. En ese proceso, la ética se transforma en estorbo, en obstáculo para la eficacia. No se la niega abiertamente; se la vuelve irrelevante. Este tipo de poder no es pasional ni caótico. Es frío, calculado, vacío. Y precisamente por eso resulta tan peligroso: porque puede operar durante largos periodos sin despertar resistencia, amparado por la apariencia de normalidad.

El problema no es el poder, sino lo que se ignora cuando se tiene.

El poder como red de relaciones

Para comprender cómo el mal puede sostenerse sin sobresaltos, es necesario abandonar una concepción ingenua del poder como algo que reside únicamente en figuras visibles. Michel Foucault mostró que el poder no se posee, sino que se ejerce y circula como una red de relaciones que atraviesa cuerpos, discursos, instituciones y silencios. En Microfísica del poder (1979), Foucault afirma que “el poder funciona y se ejerce en red”. Esta idea permite comprender por qué no es necesaria una conspiración perfectamente organizada para que el horror ocurra. Basta con que cada nodo de la red cumpla su función sin interrogar el conjunto, sin asumir la responsabilidad de aquello que contribuye a sostener.

El poder se reproduce tanto en quien actúa como en quien calla, en quien ejecuta como en quien mira hacia otro lado. La responsabilidad se fragmenta, la culpa se diluye y nadie se siente plenamente responsable de lo que ocurre. El mal, entonces, no necesita órdenes explícitas: avanza por inercia. Esta lógica es especialmente inquietante porque no requiere sujetos crueles, sino sujetos funcionales. Personas que cumplen, que obedecen, que no piensan demasiado. El poder, entendido así, se vuelve impersonal, y precisamente por eso tan difícil de detener.

Las instituciones bajo la lupa

Este análisis conduce inevitablemente a una pregunta incómoda: ¿hay que dudar de las instituciones? La respuesta no puede ser simplista. Las instituciones son necesarias para la vida social; ordenan, regulan, protegen. Sin embargo, cuando se vuelven autorreferenciales, cuando priorizan su prestigio, su estabilidad o su imagen por encima del bien que dicen resguardar, comienzan a vaciarse éticamente. Una institución puede funcionar de manera impecable desde el punto de vista técnico y, aun así, fallar moralmente. Puede cumplir protocolos, respetar procedimientos y, sin embargo, abandonar al vulnerable. El problema no es la existencia de reglas, sino la sustitución de la ética por el mero cumplimiento formal.

En estos casos, la institución deja de preguntarse por la justicia y se conforma con el orden. Confunde legalidad con legitimidad, funcionamiento con responsabilidad. La ética, reducida a reglamento, pierde su fuerza crítica. Dudar de las instituciones no significa destruirlas, sino exigirles una dimensión ética que no puede reducirse a procedimientos. Cuando esa exigencia desaparece, las instituciones se convierten en espacios donde el mal puede operar sin resistencia, amparado por la corrección formal.

Escribir el horror como advertencia

Pocas figuras han sido tan mal entendidas como el Marqués de Sade. Con frecuencia se lo reduce a un promotor de la crueldad, como si escribir el horror equivaliera a celebrarlo. Sin embargo, no podemos afirmar que Sade practicara lo que escribió, y confundir escritura con apología es un error intelectual grave. Sade lleva la imaginación hasta un límite insoportable para mostrar qué ocurre cuando el poder se emancipa por completo de la ley y del otro. Su escritura no busca seducir ni excitar; busca saturar, agotar al lector, volver irrespirable la lógica del goce sin límite. El asco no es un efecto secundario, sino el núcleo de su obra.

En ese sentido, Sade no propone un mundo deseable, sino un mundo inhabitable. Su literatura funciona como advertencia extrema: cuando todo límite cae, cuando el otro deja de existir como sujeto, el resultado no es libertad, sino destrucción sistemática. Leer a Sade como apología del mal es no haberlo leído. Su radicalidad no consiste en promover la crueldad, sino en exponer su lógica hasta hacerla intolerable.

Los 120 días de Sodoma: la administración del mal

En Los 120 días de Sodoma (1785) no hay erotismo ni exaltación vital. Hay estructura, método, repetición. La obra no describe un exceso caótico, sino una administración del mal, cuidadosamente organizada y segura de su impunidad. Sodoma no es un espacio de pasión, sino de burocracia del horror. Todo está reglamentado, previsto, sistematizado. La ley no ha desaparecido: ha sido sustituida por una lógica cerrada que ya no reconoce al otro como sujeto.

La advertencia de Sade es brutal y clara: cuando el poder no reconoce límite, el mal no necesita justificación moral. Basta con que funcione. No hace falta odio; alcanza con sistema. La ficción sadeana no invita a imitar, sino a retroceder. Muestra, con crudeza insoportable, lo que ocurre cuando el poder se vuelve absoluto y la ética deja de importar.

Reflexión final

La literatura pensó este escenario. La filosofía lo advirtió. El psicoanálisis lo conceptualizó. Y aun así, ocurrió. No porque nadie supiera, sino porque pensar incomoda, y sostener una pregunta ética suele resultar más costoso que mirar hacia otro lado. Ignorar las advertencias no es un error intelectual menor. Es una decisión moral. El mal no siempre irrumpe como tragedia; a veces se instala como rutina, como normalidad administrada. La pregunta que queda no es qué hicieron algunos, sino qué estamos dispuestos a no volver a ignorar.


Si esta entrada te movió algo por dentro, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván y a dejar tus comentarios. Puedes escribirme desde la sección Contacto del blog y seguirme en Instagram @hchp1, donde seguimos pensando juntos eso que a veces duele, pero también despierta.

No estoy mal… pero tampoco bien

“Lo contrario de la depresión no es la felicidad, es la vitalidad».

—Andrew Solomon

Queridos(as) lectores(as):

Hay un estado anímico que se ha vuelto extraordinariamente común y, al mismo tiempo, profundamente invisible. No aparece en manuales diagnósticos con nombre propio, no suele motivar consultas urgentes ni despierta alarmas en quienes rodean a la persona que lo vive. Es un malestar educado, silencioso, funcional. Ese lugar incómodo donde uno no puede decir honestamente que está mal… pero tampoco logra decir que está bien. Y lo inquietante es que, desde fuera, todo parece marchar con normalidad. Quien habita este estado suele cumplir con lo esperado: trabaja, responde, mantiene vínculos, sonríe cuando corresponde. No hay colapso, no hay drama, no hay tragedia visible. Pero hay una sensación persistente de lejanía respecto de la propia vida, como si se la estuviera viviendo desde una cierta distancia emocional.

No duele lo suficiente como para detenerse, pero tampoco entusiasma lo suficiente como para comprometerse de verdad. Se vive, sí, pero con el freno de mano ligeramente puesto. Esta entrada no está dirigida a quien se siente devastado o hundido, sino a quien se siente apagado. A quien ha aprendido a funcionar sin preguntarse demasiado, a quien ha confundido estabilidad con bienestar, y ha normalizado una vida emocional en modo ahorro de energía. Porque a veces el problema no es estar mal, sino haber dejado de estar vivo sin notarlo.

El limbo emocional: cuando nada duele, pero nada vive

Una de las grandes trampas de nuestra época es haber convertido la neutralidad emocional en una virtud. No sufrir demasiado, no sentir demasiado, no implicarse demasiado. Vivir “tranquilo”. El problema es que esa tranquilidad, muchas veces, no es paz, sino anestesia. No es equilibrio, sino adormecimiento. Albert Camus describió con precisión este estado cuando hablaba de la experiencia del absurdo cotidiano, ese momento en el que la vida se vuelve una secuencia mecánica de actos repetidos, desprovistos de verdadero sentido: “El levantarse, el tranvía, cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la comida, el sueño, y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado según el mismo ritmo…” (El mito de Sísifo, 1942).

Camus no hablaba de depresión clínica, sino de una vida que ha perdido espesor existencial. Y eso es justamente lo que ocurre en este limbo emocional: nada va mal de manera evidente, pero nada vibra. No hay grandes dolores, pero tampoco grandes deseos. La vida se vuelve correcta, eficiente, incluso cómoda… y al mismo tiempo, extrañamente ajena. En la cultura pop este estado aparece retratado con crudeza en personajes como Don Draper, de Mad Men (2007-2015): exitoso, admirado, funcional, y profundamente vacío. No está “mal” en el sentido clásico, pero vive desconectado de sí mismo, anestesiado por el trabajo, el alcohol y una identidad que ya no le pertenece. El espectador intuye algo que el propio personaje tarda temporadas en admitir: funcionar no equivale a estar bien.

Funcionar no es lo mismo que desear

Una de las confusiones más dañinas del mundo contemporáneo es identificar el bienestar con el rendimiento. Mientras una persona funcione —produzca, responda, cumpla— se asume que está bien. Pero el psiquismo no se organiza solo en torno a la eficiencia. Sigmund Freud fue claro al señalar que el ser humano no se rige únicamente por el principio de realidad, sino también por el deseo, y que cuando este queda sistemáticamente relegado, el malestar aparece por otras vías: “El yo no es dueño en su propia casa” (Introducción al psicoanálisis, 1917). Cuando el deseo es ignorado, no desaparece: se transforma en apatía, en cansancio vital, en irritabilidad difusa o en una sensación persistente de sinsentido.

Muchas personas no están tristes, pero han dejado de entusiasmarse. No están deprimidas, pero nada las convoca de verdad. Han construido una vida “como debe ser”, pero no una vida que les pertenezca. Este fenómeno se refleja con fuerza en películas como Lost in Translation (Perdidos en Tokio, 2003), donde los protagonistas no sufren grandes tragedias, pero se sienten profundamente desconectados. No están mal, pero tampoco están bien. Están suspendidos en una vida que ocurre sin ellos. Y esa distancia interna, sostenida en el tiempo, termina siendo profundamente desgastante.

«Cuanto más sabes quién eres y lo que quieres, menos permites que las cosas te afecten».
—Charlotte, Lost in Translation (2003)

El miedo a sentir demasiado

¿Por qué tantas personas prefieren este estado tibio antes que arriesgarse a sentir? Porque sentir implica vulnerabilidad. Implica exponerse a la pérdida, al fracaso, a la decepción. En una cultura que valora el control emocional y sospecha de la intensidad, no sentir se vuelve una estrategia de supervivencia. Søren A. Kierkegaard describió magistralmente esta forma silenciosa de desesperación: “La forma más común de desesperación es no ser consciente de estar desesperado” (La enfermedad mortal, 1849). No sentir demasiado suele presentarse como madurez, autocontrol o estabilidad. Pero muchas veces es miedo. Miedo a volver a ilusionarse, miedo a necesitar, miedo a perder el equilibrio precario que se ha construido.

Así, la persona se instala en una vida emocional de bajo voltaje, donde nada desborda, pero nada transforma. Series como BoJack Horseman (2014) llevan esta lógica al extremo: el personaje principal vive rodeado de éxito, reconocimiento y recursos, pero emocionalmente está anestesiado. La serie insiste una y otra vez en esta idea incómoda: evitar el dolor no garantiza una vida vivible. A veces sólo garantiza una vida vacía.

“No me quejo porque no tengo de qué”

Uno de los mayores obstáculos para reconocer este malestar es la culpa. “No debería sentirme así”, “hay gente peor”, “no me falta nada”. Este discurso, que parece razonable, termina invalidando la experiencia subjetiva. Pero el sufrimiento no funciona por comparación. No se cancela porque otros sufran más. Donald Winnicott, pediatra y psicoanalista británico, advertía que una de las formas más profundas de sufrimiento es la pérdida de la sensación de estar vivo, incluso en contextos aparentemente favorables: “Es una experiencia terrible no sentirse real” (Realidad y juego, 1971). Y esa irrealidad subjetiva suele aparecer justamente cuando uno se obliga a estar bien por razones externas.

En redes sociales, esta lógica se refuerza: vidas editadas, sonrisas constantes, gratitud obligatoria. El mensaje implícito es claro: si no estás bien, algo estás haciendo mal. Así, muchas personas aprenden a callar su vacío, a normalizarlo, a convivir con él como si fuera el precio inevitable de la adultez.

Cuando la vida pide ser escuchada

Martin Heidegger sostuvo que existir no es simplemente “estar ahí”, sino hacerse cargo de la propia posibilidad: “La existencia es siempre mía” (Ser y tiempo, 1927). Este estado de “no estoy mal, pero tampoco estoy bien” puede ser leído no como un fracaso, sino como una señal. Una invitación incómoda a preguntarse por el propio modo de vivir. Tal vez no estés mal. Y eso es importante reconocerlo.

Pero quizá tampoco estás verdaderamente bien. Y eso merece atención. No para dramatizar, sino para escuchar. Para preguntarte qué te importa, qué te mueve, qué te hace sentir vivo, aunque implique incomodarte. La vitalidad no es euforia ni optimismo forzado. Es presencia. Es sentir que la vida, con todo y su peso, todavía te concierne.

Reflexión final

¿Y si no estar mal no fuera suficiente? ¿Y si la pregunta no fuera “qué me falta”, sino “qué estoy dejando de escuchar”? ¿Desde cuándo vivir se volvió sólo cumplir?


Si esta reflexión resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tu comentario, a escribirme desde la sección Contacto, y a acompañar estas reflexiones también en Instagram @hchp1.

A veces, empezar a estar mejor no implica grandes cambios, sino atreverse a no seguir anestesiado.

Los Meyerowitz: lo que nunca fue

“La forma más común de desesperación es no ser quien uno es”.
—Søren A. Kierkegaard

Queridos(as) lectores(as):

Hay películas que no buscan conmover con grandes gestos ni redenciones tardías, sino que se limitan a mirar. Los Meyerowitz (2017) es una de ellas. No ofrece héroes ni villanos claros, sino una familia atravesada por un mal silencioso: la necesidad de reconocimiento. El arte, la inteligencia, la sensibilidad —todo aquello que suele ennoblecer— aparece aquí como escenario de una herida que no cierra. La película no pregunta quién triunfó, sino quién quedó esperando un aplauso que nunca llegó. Desde el inicio, el tono es incómodo porque resulta familiar. Padres que hablan más de sí mismos que de sus hijos. Hijos adultos que aún compiten por una mirada. Hermanos que se comparan sin decirlo. No hay gritos constantes ni violencia explícita; hay algo más corrosivo: la comparación permanente. Y eso, en términos psíquicos, es devastador. Freud nombró este mecanismo cuando habló del “narcisismo de las pequeñas diferencias” (El malestar en la cultura, 1930): no necesitamos un enemigo externo cuando la rivalidad habita en casa.

En muchas familias latinoamericanas esta dinámica se reconoce de inmediato. El padre frustrado que “pudo haber sido”, la madre que sostiene silenciosamente, los hijos que cargan expectativas ajenas como si fueran herencias inevitables. El talento no se celebra, se administra. El éxito no libera, compromete. El fracaso no se llora, se niega. Y así se forman biografías vividas como deuda. Esta entrada no es una reseña. Es una invitación a mirar, a través de la película, aquello que suele permanecer sin palabras: la tristeza de vivir a la sombra de un deseo que no era propio.

El padre que compite: cuando la ley se vuelve demanda

El personaje del padre, Harold Meyerowitz (Dustin Hoffman,) encarna una figura conocida: el adulto que nunca dejó de necesitar ser visto. No transmite una ley simbólica que ordene y libere; transmite una exigencia. No dice “sé tú”, sino “mírame”. Desde el psicoanálisis, esta confusión es clave: cuando el padre compite con el hijo, el lugar de la autoridad se vacía y se llena de demanda narcisista. Donald Winnicott lo expresó con una claridad brutal al afirmar: “Es una alegría estar escondido, pero un desastre no ser encontrado” (Realidad y juego, 1971). El problema es cuando el adulto exige ser encontrado a costa de que el niño —luego adulto— no pueda esconderse nunca. El hijo se convierte entonces en espectador de la frustración paterna, no en sujeto de su propio deseo.

En la película, el arte del padre no es un puente, sino un altar. Todo gira en torno a su obra, a su genio incomprendido, a la injusticia del mundo que no supo reconocerlo. Este gesto es profundamente latinoamericano: cuántos padres hablan de lo que sacrificaron, de lo que dejaron, de lo que el país no permitió. El relato del sacrificio se vuelve así una hipoteca afectiva. El resultado es previsible y trágico: hijos que no saben si viven para sí mismos o para reparar una herida que no les pertenece. El padre no cae como tirano; cae como alguien que nunca pudo soltar su propio espejo. Y ese peso, heredado, rara vez se cuestiona.

Hermanos: la comparación como forma de violencia

Los hermanos en Los Meyerowitz no se odian. Se miden. Se observan. Se comparan. El éxito de uno, Matthew (Ben Stiller), no inspira; humilla. El fracaso del otro, Danny (Adam Sandler), no conmueve; incomoda. Kierkegaard llamaría a esto desesperación silenciosa: vivir una vida que se siente siempre insuficiente frente a la del otro, incluso cuando no hay un motivo claro para hacerlo. “La desesperación es no querer ser uno mismo” (La enfermedad mortal, 1849). Y pocas cosas impiden tanto ser uno mismo como crecer en un sistema familiar donde todo se evalúa: quién logró más, quién decepcionó menos, quién fue digno de ser nombrado. No hay libertad cuando la biografía se vive como competencia.

En América Latina, esta escena es cotidiana. El primo exitoso, el hermano “que sí pudo”, el que se casó bien, el que se quedó dando clases, el que vive de viejos logros. Las reuniones familiares funcionan como tribunales simbólicos donde nadie dicta sentencia, pero todos toman nota. El silencio pesa más que el reproche. La película acierta al no ofrecer reconciliaciones grandilocuentes. Porque, en la vida real, la comparación no se resuelve con un abrazo final. A veces sólo se atenúa cuando uno deja de mirar al costado y empieza, con dificultad, a habitar su propio lugar.

El arte como promesa rota

Uno de los gestos más incómodos de la película es su honestidad con el arte. Aquí, el arte no salva. No garantiza sentido ni plenitud. Puede ser incluso una coartada elegante para no asumir el propio vacío. Thomas Mann ya lo había intuido al retratar artistas brillantes y profundamente escindidos, incapaces de reconciliar vida y obra (Tonio Kröger, 1903). En muchas biografías latinoamericanas, el arte aparece como sueño postergado o como excusa permanente: “yo pude haber sido”, “si este país dejara”, “si hubiera tenido oportunidades”. Octavio Paz lo formuló con crudeza al decir: “La soledad es el fondo último de la condición humana” (El laberinto de la soledad, 1950). El problema no es la soledad, sino usar el talento para no mirarla.

En la película, algunos personajes viven de antiguos reconocimientos, otros enseñan, otros simplemente sobreviven. Ninguno parece plenamente reconciliado con su obra. Y ahí está la verdad incómoda: el talento no sustituye el trabajo interior. El arte puede iluminar, pero no repara por sí mismo las heridas narcisistas. Esta constatación duele porque desmonta una ilusión muy arraigada: la idea de que crear nos hará inmunes al fracaso existencial. No es así. Crear no nos exime de la tarea más difícil: asumir la vida que efectivamente vivimos.

«Estaba adelantado a mi tiempo»

El tiempo y la renuncia tardía

Hacia el final, el cuerpo del padre cae, la memoria se fragmenta y la pelea pierde sentido. No hay justicia poética. Hay tiempo. Y el tiempo, como escribió Heidegger, nos confronta con una verdad radical: “El ser-ahí es en cada caso mío” (Ser y tiempo, 1927). Nadie puede vivir por otro. Nadie puede cerrar cuentas ajenas. Este momento es profundamente humano y profundamente latinoamericano. Familias donde nunca se habló, donde nunca se pidió perdón, donde la historia quedó suspendida en reproches mudos. Y aun así, la vida sigue. No porque todo se resuelva, sino porque ya no hay fuerza para seguir reclamando.

La paz que ofrece la película no es luminosa. Es mínima. Es la que llega cuando uno deja de exigirle al pasado que sea distinto. Cuando acepta que ciertos aplausos no llegaron y no llegarán. Y que, aun así, la vida —con todo y su modestia— merece ser habitada. Tal vez esa sea la enseñanza más dura y más necesaria: no siempre hay reparación, pero puede haber descanso. No siempre hay reconocimiento, pero puede haber verdad.

Reflexión final

¿A quién sigues esperando que te reconozca? ¿Qué parte de tu vida sigue vivida como promesa? ¿Y qué pasaría si dejaras, por fin, de reclamarle a tu historia aquello que no pudo darte?


Si este texto resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tu comentario, a escribirme desde la sección Contacto y a acompañar este espacio también en Instagram: @hchp1. Aquí seguimos pensando —con cuidado y sin prisa— eso que nos duele y nos constituye.

Wittgentsein y el cuidado de las palabras

“La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio del lenguaje”.

— Ludwig Wittgenstein

Queridos(as) lectores(as):

Hay sufrimientos que no provienen de una herida profunda ni de un conflicto inconsciente, sino de algo más cotidiano y silencioso: una forma de hablar que se nos ha vuelto rígida. Palabras que repetimos como sentencias, ideas que asumimos como verdades indiscutibles, preguntas que regresan una y otra vez porque están mal planteadas desde el inicio. No todo malestar es patológico; a veces es simplemente lingüístico. En nuestra época se ha vuelto casi automático pensar que todo dolor debe ser explicado, diagnosticado o interpretado. Sin embargo, el filósofo Ludwig Wittgenstein propuso una vía distinta: entender la filosofía no como una teoría del mundo, sino como una práctica terapéutica. No para curar en sentido médico, sino para aliviar el sufrimiento que nace de la confusión conceptual.

Wittgenstein parte de una intuición tan simple como inquietante: muchas de nuestras angustias no surgen de lo que nos ocurre, sino de cómo lo decimos. El lenguaje, cuando deja de ser herramienta y se convierte en prisión, puede generar un malestar real, persistente, desgastante. Y frente a eso, la filosofía no promete respuestas últimas, sino algo más modesto y más honesto: claridad. Pensar la filosofía como terapia no significa rebajarla, sino devolverle su dimensión humana. Significa asumir que pensar bien no es un lujo intelectual, sino una forma de cuidado. Y que, en ocasiones, vivir mejor no exige comprender más, sino hablar de otro modo.

La filosofía no explica: deshace nudos

Wittgenstein rompe de manera radical con la idea tradicional de la filosofía como sistema explicativo. En Investigaciones filosóficas (1953) afirma con claridad que “la filosofía no puede interferir en el uso efectivo del lenguaje; sólo puede, en último término, describirlo. Pues tampoco puede fundamentarlo. Deja todo como está”. Esta afirmación no es una renuncia, sino un cambio de enfoque: la filosofía no añade teorías, retira confusiones. Muchos problemas filosóficos —y existenciales— persisten porque buscamos respuestas donde lo que hace falta es orden. Wittgenstein sostiene que “los problemas filosóficos surgen cuando el lenguaje se va de vacaciones” (Investigaciones filosóficas, 1953). Es decir, cuando usamos palabras fuera del contexto que les da sentido, cuando las forzamos a decir más de lo que pueden decir.

La terapia filosófica consiste entonces en devolver las palabras a su lugar. No se trata de descubrir algo oculto, sino de mirar con atención lo que ya está ahí. Como cuando una persona insiste en una pregunta que la atormenta y, al reformularla, descubre que el problema se disuelve sin necesidad de respuesta. Desde esta perspectiva, la filosofía no funciona como una ciencia explicativa, sino como una práctica de desenredo. Allí donde el pensamiento se ha enredado en sí mismo, la tarea filosófica es aflojar el nudo, no apretarlo con nuevas teorías.

El embrujamiento del lenguaje

Wittgenstein habla explícamente del “embrujamiento” que el lenguaje ejerce sobre nuestro entendimiento. En sus propias palabras: “La filosofía es una lucha contra el embrujamiento de nuestro entendimiento por medio del lenguaje” (Investigaciones filosóficas, 1953). No se trata de un efecto poético, sino de una advertencia seria: el lenguaje puede hechizarnos. Este embrujamiento ocurre cuando tomamos las palabras como si nombraran esencias fijas. Cuando decimos “soy un fracaso”, “esto es lo normal”, “debería ser así”, dejamos de usar el lenguaje como herramienta y comenzamos a sufrirlo como destino. La palabra se endurece, se absolutiza, y con ello empobrece la experiencia.

Wittgenstein insiste en que “una imagen nos tenía cautivos. Y no podíamos salir de ella, pues estaba en nuestro lenguaje, y este parecía repetírnosla inexorablemente” (Investigaciones filosóficas, 1953). La imagen no oprime desde fuera; oprime desde dentro, desde el modo en que hablamos y pensamos. La terapia filosófica no combate el dolor directamente, sino el hechizo que lo sostiene. Al mostrar que la imagen no es necesaria, que el uso puede ser otro, el sufrimiento pierde parte de su fuerza sin haber sido atacado frontalmente.

Juegos de lenguaje y formas de vida

Una de las contribuciones más profundas de Wittgenstein es la noción de juegos de lenguaje. El significado de una palabra no reside en una definición abstracta, sino en su uso dentro de una práctica humana concreta. Como él mismo afirma: “El significado de una palabra es su uso en el lenguaje” (Investigaciones filosóficas, 1953). Esto implica que no hablamos desde el vacío. Hablamos desde formas de vida, desde hábitos, tradiciones, historias compartidas. Muchas discusiones —internas y externas— fracasan porque se ignora este punto: creemos hablar de lo mismo cuando en realidad jugamos juegos distintos.

Comprender esto tiene un efecto terapéutico profundo. Nos permite dejar de buscar el “significado verdadero” y empezar a observar cómo estamos usando las palabras. Y al hacerlo, muchas tensiones se relajan, porque ya no exigimos al lenguaje lo que no puede darnos. La filosofía, entendida así, no impone un marco único de sentido. Ayuda a reconocer el juego en el que estamos participando, y con ello nos devuelve una libertad elemental: la posibilidad de jugar de otro modo.

“Una imagen nos tenía cautivos. Y no podíamos salir de ella, pues yacía en nuestro lenguaje, y este parecía repetírnosla inexorablemente».
— Ludwig Wittgenstein (Investigaciones filosóficas, 1953)

Claridad sin promesa de salvación

Wittgenstein fue explícito al rechazar la idea de que la filosofía pudiera ofrecer consuelo en el sentido fuerte. Sin embargo, reconocía su poder terapéutico. “El trabajo del filósofo es reunir recuerdos con un propósito determinado” (Cuadernos azul y marrón, 1958). Ese propósito es la claridad. La claridad no elimina el dolor, pero lo vuelve habitable. Permite distinguir entre lo que duele y lo que confunde. Muchas veces, el sufrimiento se intensifica no por lo que ocurre, sino por la forma en que lo conceptualizamos, por las imágenes que lo sostienen.

La filosofía no anestesia ni promete redención. Pero al ordenar el pensamiento, reduce la fricción innecesaria. Nos libera de problemas que no eran tales, sino efectos de un mal uso del lenguaje. En ese sentido, la claridad es ya una forma de alivio. No porque solucione la vida, sino porque evita que la empeore artificialmente.

Filosofía y psicoanálisis: una vecindad fecunda

Aunque Wittgenstein fue crítico del psicoanálisis como teoría explicativa, su enfoque terapéutico del lenguaje mantiene una cercanía profunda con la práctica clínica. Ambos parten de una convicción común: la forma de decir importa. Antes de interpretar, conviene escuchar. Antes de buscar causas profundas, conviene examinar cómo está formulado el problema. Wittgenstein lo expresa con precisión cuando afirma que “no pensamos realmente en los problemas, sino que nos dejamos llevar por ellos” (Investigaciones filosóficas, 1953).

La filosofía, como la clínica, no impone sentido desde fuera. Acompaña el proceso por el cual el sujeto se escucha decir, se reconoce atrapado en ciertas formulaciones y, eventualmente, encuentra otras maneras de hablar —y de vivir— su experiencia. No se trata de sustituir una práctica por otra, sino de reconocer una vecindad fecunda. Allí donde el lenguaje duele, pensar bien puede ser ya una forma de cuidado.

Reflexión final

¿Y si parte de tu malestar no necesitara una explicación más profunda, sino una palabra menos rígida? ¿Y si no todo problema pidiera una solución, sino una reformulación honesta? ¿Desde qué imágenes, qué juegos de lenguaje, estás viviendo hoy tu propia historia?

Si esta reflexión resonó contigo, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a dejar tus comentarios y a escribirme desde la sección Contacto. También puedes acompañar estas reflexiones en Instagram: @hchp1.

La bondad como escándalo

“La compasión es la ley principal de la existencia humana”

— Fiódor Dostoievski

Queridos(as) lectores(as):

Hay libros que no se limitan a narrar una historia, sino que interpelan la estructura moral del lector. El idiota (1869)nes uno de ellos. No porque proponga una doctrina clara, sino porque introduce una figura —el príncipe Mishkin— que funciona como una pregunta viviente: ¿qué ocurre cuando la bondad deja de ser un ideal abstracto y se encarna en un ser humano real, vulnerable, expuesto? Dostoievski escribió esta novela en un contexto de sufrimiento personal profundo, marcado por la epilepsia, la pobreza y una lucidez despiadada respecto del alma humana. Desde ahí, se atreve a formular una hipótesis extrema: “El hombre bueno es, ante todo, un hombre ridículo” (El idiota, 1869). No lo dice como burla, sino como constatación social. La bondad, cuando no se disfraza de poder, suele ser malentendida.

La novela no pregunta si la bondad es deseable, sino si es soportable. Porque quizá el verdadero problema no sea la ausencia de bien, sino nuestra incapacidad para convivir con él sin sentirnos juzgados, expuestos o amenazados.

El príncipe Mishkin: la bondad sin defensas

El príncipe Lev Nikoláievich Mishkin no es un tonto. Es un hombre que no sabe protegerse mediante la agresión. En un mundo donde la inteligencia se mide por la capacidad de dominar, su incapacidad para manipular lo convierte en sospechoso. Dostoievski lo deja claro cuando uno de los personajes afirma: “Usted no se parece a nadie… y por eso mismo nadie lo entiende” (El idiota, 1869). Mishkin escucha sin prisa, responde sin ironía, mira sin deseo de posesión. Su forma de estar en el mundo no es estratégica, sino hospitalaria. Y eso, lejos de despertar admiración, genera desconcierto. Porque la bondad que no exige nada a cambio rompe las reglas implícitas del intercambio social.

En la novela, el propio Mishkin afirma: “La compasión es el principal y quizá el único principio de la existencia humana” (El idiota, 1869). No lo dice como consigna moral, sino como intuición nacida del dolor. Sin compasión, el otro deja de existir como rostro y se vuelve objeto. Hoy, una figura así resultaría incómoda. En la cultura pop celebramos al antihéroe brillante, al personaje irónico que humilla con inteligencia. Mishkin estaría más cerca de personajes como Ted Lasso, cuya bondad desarma porque no responde a la lógica del rendimiento. Y, como entonces, muchos se preguntarían: ¿es auténtico… o simplemente ingenuo?

El egoísmo como norma invisible

Lo perturbador de El idiota es que nadie es monstruoso. Los personajes que rodean a Mishkin son personas cultas, sensibles, incluso encantadoras. Pero viven desde una lógica donde amar implica poseer y ayudar implica dominar. Dostoievski pone en boca de uno de ellos una frase reveladora: “Aquí todos se aman a sí mismos por encima de todo” (El idiota, 1869). La bondad de Mishkin resulta ofensiva porque no entra en esa economía. No busca reconocimiento ni deuda moral. Simplemente está. Y esa gratuidad deja en evidencia algo incómodo: que el egoísmo no siempre es crueldad consciente, sino una forma socialmente aceptada de supervivencia.

En nuestro presente, esta lógica se ha sofisticado. Hablamos de “poner límites”, de “cuidarse”, de “no desgastarse”, y muchas veces convertimos esas nociones legítimas en coartadas para no involucrarnos. El egoísmo ya no se vive como vicio, sino como madurez emocional. Dostoievski parece anticiparlo cuando muestra que la bondad no es rechazada por ser peligrosa, sino por ser innecesaria para un mundo que ha aprendido a funcionar sin ella. Y esa normalización es, quizá, la forma más silenciosa de la pérdida moral.

Nastasia Filíppovna: la herida que no puede creer

Nastasia Filíppovna no encarna el mal, sino la herida que ha aprendido a desconfiar del bien. Ha sido humillada, utilizada, convertida en objeto. Su relación con Mishkin no fracasa por falta de amor, sino por exceso de verdad. Él la mira sin deseo de posesión, y eso la deja sin refugio. En uno de los pasajes más dolorosos, Mishkin le dice: “Usted no tiene culpa de nada” (El idiota, 1869). Esa frase, lejos de sanar, desestabiliza. Porque aceptar la propia inocencia implica renunciar a una identidad construida desde el castigo y la vergüenza.

Dostoievski muestra algo que el psicoanálisis confirmará después: el sufrimiento puede volverse identidad. Sigmund Freud señalará que el sujeto puede aferrarse a su dolor porque en él encuentra una forma de coherencia (Más allá del principio del placer, 1920). La herida, aunque duela, ofrece sentido. La cultura contemporánea está llena de Nastasias: personajes que sabotean el amor porque no saben habitarlo. Series como Euphoria o BoJack Horseman retratan esa imposibilidad de creer en el bien sin sospecha. La bondad, para quien ha sido herido, puede sentirse como una amenaza.

«La compasión es la forma principal, quizá la única, de la ley de la existencia de toda la humanidad. Quien no sabe compadecer no sabe amar. Y quien no sabe amar, no puede comprender al hombre». —Fiódor Dostoievski (El Idiota, 1869)

El fracaso del bien y nuestra incomodidad

El desenlace de El idiota no es trágico sólo por lo que ocurre, sino por lo que revela: la bondad no salva automáticamente. Dostoievski no ofrece finales redentores. Al contrario, deja una frase devastadora en el aire: “Es difícil amar al prójimo; quizá sea imposible” (El idiota, 1869). Esa imposibilidad no es metafísica, sino humana. Amar sin dominar, ayudar sin poseer, escuchar sin corregir exige una renuncia que no siempre estamos dispuestos a hacer. Preferimos la ironía al cuidado, la lucidez cruel al perdón incómodo.

Hannah Arendt advirtió que el mal puede volverse banal cuando se normaliza (Eichmann en Jerusalén, 1963). Algo similar ocurre con el egoísmo: cuando se vuelve norma, deja de escandalizar. Y entonces la bondad aparece como exceso, como torpeza, como idiotez. Quizá por eso Mishkin fracasa. No porque la bondad carezca de valor, sino porque el mundo no sabe qué hacer con ella cuando no se convierte en poder.

Reflexión final

¿A quién llamas “idiota” hoy? ¿A quién ridiculizas por no responder con cinismo? ¿A quién descartas por no saber jugar el juego del cálculo emocional? ¿Y si la bondad no fuera ingenuidad, sino una forma extrema de valentía? ¿Y si el verdadero escándalo no fuera su fracaso, sino nuestra incapacidad para sostenerla sin sentirnos expuestos?

Tal vez la bondad no ha desaparecido. Tal vez somos nosotros quienes ya no sabemos vivir con ella sin defendernos.

————————————————————

Si esta reflexión te incomodó, te invito a quedarte. Sigue leyendo Crónicas del Diván, deja tus comentarios y comparte este texto. Puedes escribirme desde la sección Contacto y seguirme en Instagram @hchp1 para continuar la conversación.

Optimismo tóxico: el lenguaje enfermo

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

—Ludwig Wittgenstein

Queridos(as) lectores(as):

Vivimos en una época que presume una sensibilidad inédita hacia la salud mental, pero que paradójicamente tolera cada vez menos el malestar humano. Basta observar el lenguaje cotidiano para notarlo: estar triste se vuelve sospechoso, callar se interpreta como alarma y estar solo aparece casi automáticamente como un problema a resolver. Bajo la apariencia de cuidado, se ha instalado una exigencia silenciosa: estar bien, funcionar, mantenerse positivo. A este fenómeno se le suele llamar “positividad tóxica”. Yo prefiero nombrarlo optimismo tóxico, porque no estamos ante una actitud espontánea de esperanza, sino ante una norma emocional que opera como mandato. No se trata de acompañar al sujeto en su sufrimiento, sino de corregirlo; no de escuchar lo que duele, sino de neutralizarlo rápidamente con frases, técnicas o consignas.

Lo que propongo en esta entrada es una tesis concreta: el éxito cultural del optimismo tóxico se apoya en una transformación profunda del lenguaje. No solo cambió lo que sentimos, sino cómo nombramos lo que sentimos. Y cuando las palabras cambian de sentido, la experiencia subjetiva también se transforma. Desde la filosofía del lenguaje y el psicoanálisis, esto no es un detalle menor. El lenguaje no es un simple medio de expresión; es la estructura misma a partir de la cual el sujeto se piensa, se interpreta y se juzga. Cuando el lenguaje enferma, el sujeto queda sin palabras para habitar lo que le pasa, y eso tiene consecuencias psíquicas profundas.

El lenguaje no describe la realidad: la produce

Solemos creer que primero vivimos las cosas y luego buscamos palabras para explicarlas, como si el lenguaje llegara siempre después de la experiencia. Sin embargo, buena parte de la filosofía del siglo XX mostró que esta secuencia es engañosa: no sólo nombramos lo que vivimos, sino que vivimos según las palabras que tenemos disponibles. Cuando una cultura empobrece o distorsiona su lenguaje, no silencia la experiencia humana, pero sí la vuelve confusa, culpable o ilegítima. Ludwig Wittgenstein llegó a esta conclusión tras abandonar la idea de que el lenguaje fuera un simple reflejo lógico del mundo. En Investigaciones filosóficas (1953), al sostener que “el significado de una palabra es su uso en el lenguaje” (parágrafo 43), no estaba haciendo una observación técnica, sino señalando que las palabras adquieren sentido dentro de formas de vida concretas. Dicho de otro modo: si el uso cultural de términos como soledad o silencio se transforma, también se transforma la manera en que esas experiencias son vividas por el sujeto.

Esta dimensión estructurante del lenguaje encuentra una formulación aún más radical en el psicoanálisis lacaniano. Cuando Jacques Lacan afirma en El Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964), que “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, no propone una metáfora elegante, sino una tesis clínica precisa: el sujeto queda capturado en la red de significantes que su cultura pone a su disposición. No sufrimos sólo por lo que ocurre, sino por cómo eso que ocurre puede —o no— decirse. Desde aquí se entiende por qué el malestar contemporáneo no proviene únicamente del dolor, sino del juicio que el lenguaje ejerce sobre él. Cuando una cultura convierte el silencio en sospecha o la soledad en déficit, el sujeto no deja de callar ni de estar solo; lo que pierde es el derecho a hacerlo sin sentirse defectuoso. Y es precisamente en ese punto donde el optimismo tóxico se presenta como respuesta: no para comprender el sufrimiento, sino para silenciarlo con un lenguaje que ya no sabe alojarlo.

Cuando las palabras se vuelven sospechosas

Hay un fenómeno que atraviesa silenciosamente nuestra época: ciertas palabras han dejado de nombrar experiencias para empezar a señalar fallas. No se trata sólo de un cambio de sensibilidad, sino de una mutación semántica. Decir “estoy solo” ya no describe una situación; parece activar una alarma. Decir “necesito silencio” ya no expresa una necesidad; suena a retraimiento problemático. El lenguaje, en lugar de abrir sentido, empieza a cerrar posibilidades de existencia. Desde la lingüística y la filosofía del lenguaje, esto puede leerse a la luz de Émile Benveniste, quien mostró que el lenguaje no es sólo un sistema de signos, sino el lugar donde el sujeto se constituye. En Problemas de lingüística general (1966), al afirmar que “es en y por el lenguaje como el hombre se constituye como sujeto”, Benveniste subraya que no hay experiencia humana previa a la enunciación. Si esto es así, cuando una cultura vuelve sospechosas ciertas palabras, no sólo limita lo que se puede decir, sino lo que se puede ser.

Esta sospecha semántica no actúa de forma explícita, sino insinuada. No se prohíbe estar solo; se sugiere que algo anda mal si lo estás. No se censura el silencio; se lo rodea de discursos que lo asocian con vacío, desconexión o riesgo. El lenguaje opera aquí como un corrector moral: no castiga, pero incomoda. El sujeto aprende rápidamente que ciertas palabras conviene evitarlas si no quiere ser mirado con preocupación, condescendencia o urgencia terapéutica. Desde el psicoanálisis, esta operación tiene consecuencias claras. Cuando una experiencia no encuentra palabras legítimas para decirse, retorna como síntoma. Jacques Lacan lo formuló con precisión en El Seminario X: La angustia (1962-1963), al señalar que la angustia emerge allí donde el significante falla, allí donde el sujeto no puede inscribirse simbólicamente. Si el lenguaje cultural invalida experiencias como la soledad o el silencio, el sujeto no deja de vivirlas; lo que ocurre es que las vive sin amparo simbólico, y eso intensifica el malestar en lugar de aliviarlo.

Lenguaje, poder y la normalidad emocional

Este desplazamiento semántico no ocurre en el vacío. Michel Foucault mostró que el poder moderno no se ejerce sólo mediante la prohibición, sino a través de la producción de discursos que definen lo normal y lo anormal. En Microfísica del poder (1977), al analizar cómo el saber y el poder se entrelazan, Foucault explica que los discursos no describen simplemente la realidad social: la organizan, la jerarquizan y la administran. Aplicado al campo emocional, esto implica que ciertas formas de sentir se vuelven legítimas y otras sospechosas. No se persigue la tristeza, pero se la medicaliza. No se prohíbe el silencio, pero se lo interpreta como síntoma. Así, el lenguaje del bienestar establece una normalidad afectiva donde estar mal está mal, y donde cualquier desviación debe ser rápidamente corregida.

Paul Ricoeur advirtió que el sentido nunca es neutro. En Del texto a la acción (1986), al señalar que “la interpretación es siempre una mediación entre el lenguaje y la vida”, Ricoeur muestra que cómo interpretamos una experiencia determina cómo la vivimos. Cuando el discurso dominante interpreta el malestar como error, el sujeto termina interpretándose a sí mismo como problema. Desde el psicoanálisis, esta normalización produce un efecto clínico reconocible: la culpa de no estar bien. En El Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis (1969-1970), Lacan describe el discurso del amo moderno como aquel que exige rendimiento, adaptación y goce regulado. El optimismo tóxico encaja perfectamente aquí: no prohíbe el sufrimiento, pero exige que no dure, que no incomode, que no detenga.

No todo el que sonríe se salva; a veces el pulgar arriba es solo la última forma aceptable de pedir ayuda.

El círculo del optimismo tóxico

El funcionamiento del optimismo tóxico puede describirse como un círculo cerrado. Primero, el lenguaje desvaloriza ciertas experiencias humanas básicas. Luego, esas experiencias se viven como fallas personales. Finalmente, se ofrece una solución emocional prefabricada: actitud positiva, gratitud constante, resiliencia sin pausa. El problema no es la esperanza, sino la obligación de sostenerla incluso cuando no hay palabras para hacerlo. Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno desde la filosofía contemporánea. En La sociedad del cansancio (2010), al afirmar que “la violencia de la positividad no excluye, sino que satura”, Han muestra cómo el exceso de estímulo positivo termina agotando al sujeto. No hay espacio para detenerse, para callar, para elaborar; solo para seguir funcionando.

Desde la clínica psicoanalítica, esto produce un efecto paradójico: cuanto más se exige estar bien, más se intensifica el malestar. El sujeto ya no sufre sólo por lo que le pasa, sino por no poder cumplir con la expectativa de estar bien. El optimismo, en lugar de aliviar, se vuelve una fuente adicional de angustia. Aquí, Lacan resulta nuevamente esclarecedor. En El Seminario XI, al distinguir entre el deseo y el mandato, advierte que cuando el deseo es reemplazado por la obligación de gozar, el sujeto se desubjetiviza. El optimismo tóxico no acompaña el deseo; lo suplanta con consigna. Y allí donde hay consigna, ya no hay escucha.

Rehabilitar el silencio y la soledad

Defender el silencio y la soledad no es romantizar el sufrimiento ni negar la importancia del acompañamiento. Es recordar algo elemental: hay experiencias que no son patologías, sino condiciones de interioridad. El silencio no es ausencia de sentido; muchas veces es el espacio donde el sentido se gesta. La soledad no es siempre abandono; puede ser recogimiento, elaboración, descanso del ruido. El problema no es atravesar estas experiencias, sino haber perdido el lenguaje para habitarlas sin culpa. Cuando todo debe ser dicho inmediatamente, compartido, optimizado o corregido, el sujeto pierde el derecho a la pausa. Y sin pausa, no hay pensamiento; sin pensamiento, no hay elaboración; sin elaboración, el dolor se cronifica.

Desde el psicoanálisis, acompañar no significa eliminar el silencio, sino sostenerlo. Lacan insistía en que el analista no debe apresurar el sentido, porque allí donde el sentido se impone, el sujeto se borra. El silencio, lejos de ser un enemigo, puede ser un aliado del trabajo psíquico. Rehabilitar estas palabras —silencio, soledad, tristeza— no implica negar el sufrimiento, sino devolverle dignidad simbólica. Nombrarlas sin miedo es el primer gesto para que dejen de volverse contra el sujeto.

Reflexión final

Quizá una de las formas más sutiles de violencia contemporánea no sea el dolor en sí, sino la prohibición de nombrarlo sin vergüenza. Cuando el lenguaje ya no permite decir “estoy cansado”, “estoy triste”, “necesito callar”, algo profundamente humano se rompe. Tal vez no necesitamos más optimismo. Tal vez necesitamos un lenguaje más honesto, capaz de alojar la fragilidad sin convertirla en error.

¿Qué palabras de tu vida han sido injustamente condenadas? ¿A cuáles les has tenido miedo sólo porque te dijeron que no debías sentirlas?

———————————–

Si este texto te resonó, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván, a compartirlo con alguien que lo necesite y a dejar tus reflexiones en los comentarios. Puedes escribirme también desde la sección Contacto y acompañar este espacio en Instagram: @hchp1.

Martín Fierro o la dignidad del que sobra

«El ser gaucho es un delito»

—José Hernández

Queridos(as) lectores(as):

Cuando yo era niño, mi mamá me leía Martín Fierro (1872) con una paciencia que hoy entiendo mejor. No lo leía “para que yo aprendiera literatura”, ni para que me volviera solemne, ni para presumir cultura: lo leía como se acompaña a alguien a cruzar un campo grande, de noche, con una linterna chiquita pero fiel. Y lo más importante es esto: ella no suavizaba el texto, pero sí me suavizaba a mí el mundo. Me enseñaba que una obra dura puede leerse desde un lugar tierno, y que esa ternura no es ingenuidad: es fuerza.

Con los años, a Martín Fierro lo vi reducido a dos o tres frases sueltas, a una especie de “manual de citas” que se repite sin respiración. Y sin embargo, si uno lo escucha de verdad, lo que aparece es otra cosa: una historia de expulsión, de intemperie, de humillación legalizada, de desarraigo, y también de una dignidad que no es épica ni decorativa, sino la dignidad mínima del que no quiere dejarse convertir en animal domesticado por el abuso. Hoy, en esta entrada, quiero hacer contigo lo que mi mamá hacía conmigo: acompañarte. No imponerte el libro como deber, sino ofrecerlo como conversación. Daniel Pennac, escritor y profesor francés, lo dijo con una claridad deliciosa: “El verbo leer no tolera el imperativo” (Como una novela, 1992). Ese será nuestro tono: sin látigo, sin pose, sin superioridad. Solo un texto grande mirado de frente, con cuidado.

La expulsión: cuando la ley empuja

Hay un punto en Martín Fierro donde la frase deja de ser literatura y se vuelve diagnóstico social: “Él anda siempre juyendo, / siempre pobre y perseguido, / no tiene cueva ni nido / como si juera maldito… / …el ser gaucho es un delito» (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es una metáfora bonita: es el retrato de alguien a quien el sistema ya decidió tratar como culpable antes de que haga nada. No se lo juzga por un acto: se le juzga por ser quien es. Cuando mi mamá me leía esa parte, no me decía “mira qué injusto el Estado” con un discurso grande. Me decía cosas simples, casi domésticas: “Fíjate: lo persiguen aunque no haya hecho nada. A veces, negrito, a la gente la castigan por existir». Y esa frase —dicha en voz bajita— me enseñó más sobre el dolor social que muchas clases. Porque la ternura, cuando es verdadera, no es ceguera: es una manera de mirar sin volverse cruel.

Fierro cuenta su historia desde un lugar que duele: “Ninguno me hable de penas, / porque yo penando vivo…” (El gaucho Martín Fierro, 1872). Es el tipo de verso que uno entiende distinto según la edad. De chico, yo lo oía como lamento. De grande, lo oigo como algo más serio: una advertencia. Hay sufrimientos que no son “un mal día”, sino un modo de vivir. Y cuando eso pasa, el mundo se llena de gente que opina desde afuera con una ligereza insoportable. Quizá por eso este libro incomoda: porque no es folklore simpático, sino un espejo. Un espejo que nos pregunta —sin pedir permiso— cuántas veces hemos visto a alguien quedar fuera (del trabajo, de la familia, del respeto, de la escucha) y hemos dicho: “seguro algo hizo”. Fierro muestra cómo la expulsión se vuelve costumbre, y cómo la costumbre se disfraza de normalidad. Y esa, me parece, es una de las violencias más finas: cuando lo injusto ya ni siquiera sorprende.

Desarraigo: no tener dónde caer vivo

El desarraigo en Martín Fierro no es postal romántica de “vida libre”: es intemperie real. “No tiene cueva ni nido”, dice el poema (El gaucho Martín Fierro, 1872). Y ahí hay una verdad psíquica brutal: cuando alguien no tiene lugar, empieza a dudar de su derecho a existir. No se trata sólo de techo; se trata de pertenencia. De la sensación íntima de que hay un sitio para uno en el mundo. Mi mamá, cuando leía esas estrofas, bajaba un poco la voz. Como si el texto mismo pidiera más cuidado. Y yo, sin saberlo, aprendía una lección de vida: que hay dolores que no se arreglan con frases motivacionales, y que acompañar a alguien no significa resolverle todo, sino no abandonarlo en la intemperie de su propia historia.

Fierro, además, muestra que el desarraigo tiene una segunda herida: la de la mirada ajena. El que vive “rumbiando para otro pago” no sólo está lejos; también está bajo sospecha. Y eso se parece más de lo que creemos a lo que muchas personas viven hoy: el que “no encaja” es rápidamente etiquetado; el que no tiene red es leído como amenaza; el que no tiene palabras elegantes es tratado como inferior. No es poesía vieja: es presente con otro disfraz. Michèle Petit, antropóloga e investigadora francesa de la lectura, habla de algo que me encanta porque nombra con precisión lo que mi mamá hacía sin teorizarlo: la cultura —y especialmente la lectura— puede ayudar a “construir, paso a paso, un mundo habitable” (Leer el mundo: experiencias actuales de transmisión cultural, 2015). Eso, exactamente eso, era su lectura: una forma de volver habitable lo que podía asustar, entristecer o confundir.

«Los hermanos sean unidos,
porque ésa es la ley primera;
tengan unión verdadera
en cualquier tiempo que sea».
—José Hernández

La dignidad del que sobra

Hay una dignidad que no grita. No es la dignidad del héroe, sino la dignidad del que no quiere ser reducido. Martín Fierro tiene versos donde el canto aparece como refugio: “Aquí me pongo a cantar / al compás de la vigüela… / …como la ave solitaria / con el cantar se consuela” (El gaucho Martín Fierro, 1872). No es “cantar por alegría”: es cantar para no quebrarse. Para no dejar que el dolor sea lo único que hable. Y aquí aparece algo que a mí me parece central: el canto de Fierro no es un adorno estético; es una manera de sostener la identidad cuando todo alrededor quiere disolverla. Cuando te persiguen, cuando te nombran “vago”, cuando te tratan como delito, la dignidad consiste, a veces, en lo mínimo: seguir hablando con tu voz, no con la voz que te impusieron.

Mi mamá me enseñó esa dignidad sin decir la palabra “dignidad”. Me decía: “Mira: él canta. No para lucirse. Canta para no perderse”. Y yo veía —sin entender del todo— que hay resistencias que no se ven en pancartas: están en la forma en que alguien se niega a convertirse en lo que el abuso espera. Se niega a ser puro resentimiento. Se niega a ser puro silencio. Es el Fierro que nos incomoda porque nos muestra al “sobrante” —al que no encaja, al que estorba, al que nadie presume invitar— y nos pregunta qué hacemos con él: ¿lo escuchamos?, ¿lo etiquetamos?, ¿lo usamos para un discurso?, ¿o lo dejamos solo en su desierto?

La voz que acompaña: de mi madre a esta página

Hay algo que quiero decirte con claridad: esta entrada no es sólo sobre un libro; es sobre una experiencia. La experiencia de ser acompañado por una voz amorosa mientras uno escucha un texto áspero. Esa fue mi infancia con Martín Fierro. Yo recibí un poema duro de manos de una mujer que lo volvía respirable sin quitarle verdad. Y eso, con el tiempo, se convirtió en una forma de mirar la vida: la verdad no necesita crueldad para ser verdad. Pennac tiene razón: leer no se ordena. Y sin embargo, sí se contagia. Se contagia cuando alguien lee cerca de ti sin humillarte. Se contagia cuando alguien te deja preguntar sin burlarse. Se contagia cuando alguien te enseña que un libro no es un examen, sino una compañía. Mi mamá hizo eso conmigo, y yo le tengo un cariño enorme a esa imagen: ella leyendo, yo escuchando, y el mundo —por un rato— un poco menos caótico.

Ahora me toca a mí ocupar ese lugar, pero de otro modo: no como “maestro” ni como “dueño” del texto, sino como quien se sienta al lado del lector y le dice «vamos a leer juntos«. Vamos a entrar sin prisa. Vamos a notar lo que duele. Vamos a rescatar lo que es digno. Y si algo en este poema te toca una herida —porque es probable— entonces que esta lectura no sea otra intemperie, sino un espacio donde la herida tenga lenguaje. Y aquí cierro con una imagen sencilla: si Martín Fierro es una pampa grande, no quiero soltarte ahí con un “léelo, te hará bien”. Quiero hacer lo que mi mamá hacía: caminar a tu lado, señalar lo importante, y recordarte que incluso en los textos más duros hay algo que se salva cuando alguien acompaña. Quizá, al final, de eso se trate también la vida: de no dejar que el otro atraviese sólo lo que ya es bastante difícil.

Reflexión final

¿A quién tuviste tú que te leyera el mundo cuando eras pequeño(a)? ¿Quién te explicó con paciencia lo que no entendías, sin hacerte sentir menos? ¿En qué parte de tu vida te has sentido “sobrante”, como si tu sola existencia estorbara? ¿Y a quién podrías acompañar tú hoy —aunque sea con una conversación, una presencia, una lectura compartida— para que su mundo sea un poco más habitable?

————————————

Si te gustó esta entrada, te invito a seguir leyendo en Crónicas del Diván, a dejarme un comentario, a escribirme desde la pestaña de “Contacto” y a seguirme en Instagram @hchp1.

Las mesas en diciembre

“El recuerdo es la única forma de encuentro con lo que ya no está».

—Alejandra Pizarnik

Gracias, (zarina) Patricia…

Queridos(as) lectores(as):

En estas fiestas decembrinas —la Navidad, por ejemplo— algo se mueve silenciosamente en la vida interior de las personas. No siempre se nota a simple vista. A veces aparece como nostalgia, otras como cansancio, otras como una alegría inesperada, y muchas más como un nudo difícil de nombrar. Diciembre no crea lo que sentimos: lo revela. Pone sobre la mesa —literal y simbólicamente— aquello que el resto del año suele quedar en segundo plano. Las fechas no operan sólo como celebración social, sino como reactivadores de memoria.

El pasado no vuelve como recuerdo neutro, sino como afecto. La poeta argentina, Alejandra Pizarnik, lo comprendió con crudeza cuando escribió que el recuerdo no es una presencia amable, sino una forma de encuentro con lo ausente, una manera de habitar aquello que ya no está: “El recuerdo no es una presencia, sino una forma de encuentro con lo ausente; no consuela, pero insiste” (Diarios, 1954–1971). Quizá por eso estas fechas incomodan tanto a algunos: no por lo que ocurre afuera, sino por lo que regresa adentro.

La mesa como escena psíquica

La mesa navideña no es sólo un mueble ni una tradición familiar. Es una escena psíquica. Un espacio donde se distribuyen lugares, roles, silencios y miradas. Quién se sienta dónde, quién falta, quién ocupa un lugar nuevo, quién observa desde fuera o guarda silencio. Desde una lectura psicoanalítica, la mesa funciona como una puesta en acto del lazo. Cada quien llega con su historia, con su manera de amar, con sus duelos abiertos o cerrados a medias. Nadie se sienta igual dos años seguidos, aunque la disposición sea idéntica. El inconsciente también se sienta a la mesa, aunque nadie lo haya invitado.

Sigmund Freud advirtió tempranamente que la vida psíquica no obedece al olvido voluntario. Explicó que aquello que creemos superado no desaparece, sino que queda a la espera de una ocasión propicia para retornar: “Las huellas mnémicas de las experiencias no se pierden; lo que llamamos olvido no es más que una inaccesibilidad momentánea, y bajo determinadas condiciones lo reprimido retorna con una fuerza que sorprende al propio sujeto” (Psicopatología de la vida cotidiana, 1901). Por eso, para algunos, estas fechas son profundamente gozosas; para otros, inquietantes. No porque haya algo defectuoso en ellos, sino porque la escena toca fibras que no siempre están listas para celebrarse.

Cuando la Navidad deja de ser postal

La literatura ha sabido decir esto con una claridad que a veces supera a los discursos psicológicos. Basta pensar en Cuento de Navidad (1843), de Charles Dickens. Lejos de ser una historia edulcorada, es un relato sobre la soledad, la memoria y la responsabilidad frente a la propia vida. El momento decisivo del texto no es la fiesta, sino la confrontación. Cuando Scrooge decide cambiar, no lo hace por una emoción pasajera, sino porque ha sido obligado a mirar su historia completa. Dickens lo expresa con una frase extensa y significativa, que no suele citarse entera, pero que da verdadero contexto a la transformación: “Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla todo el año. Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los espíritus de los tres estarán siempre dentro de mí, y no rechazaré las lecciones que me enseñen”.

No hay aquí magia fácil: hay memoria, responsabilidad y decisión. Dickens entendió que la Navidad no redime por sí misma; obliga a mirar. Algo semejante ocurre en los relatos de Antón Chéjov, quien sostenía que la literatura debía mostrar la complejidad humana sin consuelo forzado. En una de sus cartas afirmó que el trabajo del escritor no consiste en tranquilizar, sino en revelar: “El artista no debe resolver los problemas que plantea, sino presentarlos de tal modo que el lector los vea en toda su profundidad y contradicción” (Cartas, 1895). Las celebraciones, como la buena literatura, no tapan la verdad: la exponen.

Nostalgia: exceso de memoria, no debilidad

En consulta, no es raro escuchar en estas fechas frases como: “No sé por qué estoy así, si debería estar contento(a)”. La nostalgia suele confundirse con fragilidad, cuando en realidad es exceso de memoria. No es querer volver atrás, sino intentar darle sentido a lo perdido. Freud explicó el trabajo del duelo con una precisión que sigue siendo vigente. En Duelo y melancolía (1917), señaló que el dolor no consiste sólo en la pérdida, sino en el arduo proceso psíquico de soltar aquello a lo que se estaba ligado: “La realidad exige que la libido retire su adhesión a todos y cada uno de los recuerdos y expectativas ligadas al objeto perdido. Esta exigencia es resistida, pero finalmente se impone, y con ello el yo queda libre nuevamente”.

Ese proceso no sigue el calendario. Sin embargo, diciembre, con sus rituales repetidos, reactiva escenas, voces, ausencias. No trae sólo imágenes: trae afectos. Y el afecto, cuando no encuentra palabra, pesa. No todos lloran por tristeza. Muchos lloran porque recuerdan. Y recordar, a veces, duele más que olvidar.

Muchas veces, estamos sentados en la misma mesa, sin estarlo como todos creen… y está bien.

La exigencia de estar bien

Uno de los grandes malestares contemporáneos es la exigencia de felicidad. Incluso en fechas donde el dolor se vuelve más visible, pareciera que hay que cumplir con una consigna: estar bien, agradecer, sonreír. Donald Winnicott criticó esta lógica desde la clínica cuando advirtió que el cuidado verdadero no consiste en imponer estados ideales, sino en sostener la experiencia real del sujeto. Escribió: “La función del entorno no es producir perfección, sino ofrecer un sostén suficientemente bueno que permita al individuo existir sin la presión de adaptarse prematuramente” (The Child, the Family, and the Outside World, 1964).

Hay personas que atraviesan estas fiestas trabajando, cuidando a alguien enfermo, sosteniendo duelos recientes o antiguos. No necesitan frases luminosas ni optimismo impuesto. Necesitan permiso para no estar bien. Eso no es debilidad. Es humanidad.

Mirar más allá de lo propio

Quizá el problema no es que estas festividades sean distintas para cada quien, sino que nos cuesta permitirlo. Nos cuesta aceptar que el otro no siente como yo, que no celebra igual, que no puede —o no quiere— vivirlo del mismo modo. Emmanuel Levinas formuló esta exigencia ética con radicalidad al afirmar que el encuentro con el otro no es cómodo ni neutro, sino descentrador: “El rostro del otro me saca de mi tranquilidad, me despoja de mi soberanía y me obliga a responder; no me permite encerrarme en mí mismo” (Totalidad e infinito, 1961).

Tal vez estas fechas sean una oportunidad —difícil, pero real— para ese gesto: escuchar sin corregir, acompañar sin minimizar, estar sin exigir alegría. A veces, la ética no consiste en decir algo brillante, sino simplemente en quedarse.

Reflexión final

Para muchos, estas festividades son realmente hermosas: reunión, risas, mesas llenas, recuerdos buenos. Para otros, no tanto. Y eso también está bien. No todos llegan a diciembre desde el mismo lugar ni con la misma historia. Quizá el verdadero gesto humano de estas fechas no sea exigir alegría, sino atrevernos a compartir lo que sentimos y darnos la oportunidad de ver más allá de lo nuestro. A veces, eso basta. No para borrar el dolor, pero sí para que pese menos. No para llenar la mesa, pero sí para que nadie se sienta completamente sólo frente a ella.

¿Desde dónde estás viviendo estas fiestas? ¿Qué lugar ocupas hoy en la mesa? ¿A quién sigues recordando en silencio?

——————————-

Si este texto tocó algo en ti, si estas palabras acompañaron —aunque sea un poco— lo que estás viviendo en estas fechas, te invito a seguir leyendo Crónicas del Diván. Puedes dejar tu comentario, compartir tu experiencia o escribirme directamente desde la sección de Contacto. A veces, poner en palabras lo que pesa ya es un primer alivio.

También puedes acompañar este espacio en Instagram (@hchp1), donde seguimos pensando juntos la vida, el dolor, los vínculos y aquello que muchas veces no se dice, pero se siente.

Gracias por estar.
Gracias por leer despacio.
Y gracias, también, por sentarte —aunque sea un momento— a esta mesa.

Te abrazo…